Adicto (II)

Las redes sociales son un intento de rellenar la soledad de tantas personas. Sin embargo, no deja de ser cierto que siguen solas. Hablarles de Dios y de cómo Él puede llenar su vida de verdad es tontería y trabajo perdido. Como mamíferos que somos (ahorro a ustedes el chiste fácil de que «algunas personas son más bien reptiles») necesitamos del sentido del tacto. Del abrazo, del beso. Las redes sociales han convertido el abrazo, el beso y el ir cogidos de la mano en una ocasión perfecta para pillar cualquier tipo de bacteria. Y las series televisivas refuerzan ese concepto eliminando esos gestos de cariño —siempre sospechosos— del guión. A la hora de la verdad, resulta que nos damos cuenta de que no hay nadie a nuestro alrededor. Los vapores de la borrachera retisocial se desvanecen como humo al viento y uno se da cuenta por fin, de la cruda verdad:


Con suerte uno se da cuenta en algún momento de esta cruda verdad. O, como en mi caso, necesita que alguien le ponga el espejo delante y le diga: «En esto te has convertido». Y uno sabe que es un adicto por la cantidad de resistencia que opone a admitir que está metido hasta el cuello.

No obstante, hay una dimensión más preocupante de eso de las redes sociales. Toda borrachera es mala, incluso la de soledad. Y puede ocurrir que en medio de esa borrachera de soledad uno haga tonterías simplemente por el ansia de pertenecer o formar parte de algo, sentir que es alguien (los “likes” suelen dar esa especie de medida). Uno empieza a dar información que no daría bajo tortura. Es uno mismo el que la cede; nadie le obliga a ello. A cambio de ese falso sentimiento de pertenencia, uno cede esa información. Cuanto más íntima es esa información, más nos conoce aquél a quien se la damos.

¿Problema? Que esa información no es exactamente “privada”. Esto lo saben muy bien las grandes empresas, con el manejo actual de lo que se llama big data: gestión de grandes cantidades de información en un tiempo relativamente breve y que permite generar estrategias de venta. ¿Cómo es posible que una empresa (idealmente grande) sea capaz de predecir que uno va a comprar uno de sus productos? ¿Cómo están tan seguros de vendernos algo que vamos a ser incapaces de rechazar? ¿Tan íntimamente nos conocen? Pues sí.

Otro grupo no menos interesado en ese big data e incluso más peligroso que las grandes corporaciones son los Estados. Al Estado le interesa lo que uno piensa: en el mejor de los casos, porque acudiendo al marketing político puede vender las bondades de su gestión. En el peor, puede neutralizar toda oposición a su acción de forma indolora y a veces casi antes de que ésta tome cuerpo. Son los nuevos Estados totalitarios de formas suaves, que predijo Aldous Huxley en «Un mundo feliz». Todavía no proporcionan soma o «ginebra de la Victoria» (¿o es que ya lo hacen y no nos damos ni cuenta?).

La segunda conclusión es que con menos redes sociales quizá uno esté menos «comunicado» (¿”quien no está en las redes sociales no existe”?), pero es más capaz de distinguir la verdadera información del “ruido”. Hace más de un año que dejé Facebook. Hay vida después de eso. Y ni ganas de volver.

Nota.- Una versión más reducida de estas dos entradas fue colgada como comentario en un portal de Internet. Desapareció misteriosamente de la web a los dos meses, «aprovechando unas modificaciones en la página», suponemos. Cosas que pasan por casualidad (o causalidad)…


Adicto (I)

No sabía muy bien cómo titular esta entrada. Podría haber dicho algo así como «Hola, soy Fulano de Tal y soy adicto a las redes sociales». No obstante, a diferencia de las reuniones de AA.AA., no me respondería nadie. No habría un coro que me consolara diciendo «Te queremos, Fulano». Ni, con el tiempo, me habría ganado la placa de «Hace x meses que no conecto a redes sociales». Internet se ha posesionado de tal modo de nuestra vida que ya es un componente más o extensión de la misma: vida 1.0 (la vida física, la que uno lleva con su cuerpo) versus vida 2.0, en que uno puede configurarse como le dé la gana y le proporciona la ilusión de estar más allá del tiempo y del espacio (o, por lo menos, del espacio; del tiempo, hoy por hoy, no se salva nadie). El famoso hombre “libre” u “hombre nuevo” del que hablan algunos, a un nivel más filosófico.

La «novedad» de este mundo online es que uno está básicamente solo. La sustitución de la vida real por la virtual se produce de forma imperceptible. Uno va dando pequeños pasos, hasta que se da cuenta que está enganchado hasta las cejas. Meterse en una red social es, básicamente, llenar un vacío. Dado que vamos perdiendo la costumbre de la tolerancia y la urbanidad, cada vez nos gusta menos la gente que tenemos al lado y más aquella que no nos ve ni nos oye, aunque esté «en la quinta luna de Dios». Y, metidos en la harina de esas «redes (in)sociales», peleamos por ese «like» o «Me gusta»: «¡Mi reino por un “me gusta”!». No nos gusta no gustar; y tal vez por esa razón redes como Facebook no tienen ese botón tantas veces demandado de «No me gusta».

La primera conclusión es que hoy es difícil vivir fuera de las redes sociales. Aunque sólo sea por su componente adictivo (uno queda atrapado en ellas). Algo que se puede percibir a simple vista en muchos digitales: muchos de ellos obligan a pagar el peaje del «Facebook Social Plugin» para poder emitir una opinión. O en los botones de «Me gusta» (otra vez) y «Compartir» de los artículos y de la información, buena o no, que circula por la Red. Esto me lleva a preguntarme para quién es realmente útil eso de las redes sociales. Y mi respuesta se concentra en cuatro grupos:

  1. Periodistas: obtienen un feedback para sus artículos publicados en los medios o de sus intervenciones en televisión, ya sea que participen o dirijan el programa concreto. Bueno, a veces les mientan la madre, si son lo que se dice «creadores de opinión». Pero es que a más de uno le va la marcha y luego pasa lo que pasa.
  2. Políticos: tienen personas encargadas de surfear las redes para cazar opiniones y tomar el pulso para “adecuar los mensajes”. Segundo, es una forma rápida de esparcir afirmaciones, noticias y bulos contra otros partidos. Tercero, es una forma sencilla de vigilar que los militantes no se desmanden demasiado abriendo la boca. Aparte, cuando manejan su propio perfil también reciben feedback directo, como los periodistas.
  3. Promotores: que también pueden colgarse la “P” de Pelmazos. Van desde empresas que promocionan sus productos hasta el usuario que ha escrito un libro y da el coñazo con su “promoción”, llenando el correo de notificaciones y “actualizaciones”. Hasta que uno o bien les compra el libro o producto, o bien les manda a tomar viento.
  4. Podemos añadir a los Psicólogos: las redes sociales abren campo para el estudio de un variado catálogo de frustraciones, megalomanías y psicopatías (otra P, si queremos seguir distinguiendo) varias, en tanto favorecen esa clase de comportamientos.

Quien no forme parte de los cuatro grupos anteriormente citados debe preguntarse para qué está en una red social (especialmente en Facebook, pero vale para todas las demás). Mientras estuve en Facebook (y llevaba bastante tiempo cuando lo dejé), me harté de ver toda clase de comportamientos: algunos tiernos, otros risibles y otros horripilantes. Por ejemplo, esa necesidad latente de reconocimiento en personas ya talluditas (más de 40 años) subiendo continuamente fotos del estilo “yo con mi perro”, “yo sentado/a con mi perro”, “yo dando un beso en la boca a mi perro” (a éstas no les falta más que decir que quieren más al perro que al marido)… O, simplemente, personas que se pasan en Facebook las horas muertas porque en su horizonte mental no hay nada mejor que hacer.

España, año mil (y II)

Pero lo más sorprendente es lo que está ocurriendo en Aragón. Los ¿representantes? De los oscenses, zaragozanos y turolenses han decidido que el catalán, sub specie «fabla», tiene un lugar en la oficialidad lingüística de Aragón. Se produce aquí una extraña —o no— confluencia de conceptos: por un lado, el lebensraum nacional-socialista, travestido en domini lingüístic; por otro, el expansionismo nacional-catalanista, traducido en la «recuperación» del territorio de la mal llamada Corona catalanoaragonesa, cuyo fundamento es además económico, como hemos explicado alguna vez en este blog y que, en lo que importa, recuperaremos aquí.

Los separatistas (llamemos a las cosas por su nombre y dejémonos de pamplinas de “nacionalistas” o “independentistas”) catalanes saben de sobra que ells sols no van a ninguna parte. De la tradicional fortaleza del textil catalán, con sus aranceles proteccionistas y demás, ya no queda prácticamente nada: la mayor parte de empresas están desaparecidas o deslocalizadas en Marruecos, donde por la mitad que en Terrassa se trabaja el doble que allí —gracias al cònsol Àngel Colom, el gegant del PI—. Les mançanes lleidatanes, si alguna vez se despiertan los andaluces del soPERífero régimen socialista, ya se las pueden ir comiendo en Almatret y Camarasa. Las avellanas turcas sustituyen en precio —aunque no en calidad— a las de les Terres de l’Ebre. Y el fuet de Girona, aun siendo original, lo mismo no resiste la competencia de otros embutidos castellanos. Vamos que ni fent país sale la cosa adelante. Por el contrario, una Grosskatalonien que incluyera la rica huerta valenciana con su potencial turístico, el igualmente potente turismo balear y, por lo que se ve ahora, la rica gastronomía aragonesa, igual podría salir adelante.

¿Dónde nos lleva eso? Bien, nos lleva a partir España en unos cuantos cachos. Como recogimos en nuestra entrada «Castilla, la gran olvidada», si dejamos que se formen los cachos catalán y vasco, dejamos también a su aire a los cachos castellanos, que tendrán más motivos para reunirse si quieren sobrevivir: las dos Castillas, Madrid y Santander. Está claro que ninguno de los presidentes autonómicos quiere saber nada de los demás; pero así fue cómo un enemigo externo, que lleva tiempo infiltrándose en España, llegó a hacerse con toda ella.

Poco a poco vamos llegando a la razón de mi titular. Puestas así las cosas, sigamos con la invención. Imaginemos que tenemos unos gobernantes memos que no hacen nada por atajar ese peligro debido a sus intereses personales, que son lo único que les interesa. Pongamos que hay personas que mueven hilos para, desde dentro, romper la resistencia moral y espiritual a ese enemigo externo. Pongamos que ese enemigo externo crece en número porque se le deja y porque en España, como democracia —depauperada, pero democracia al fin y al cabo— cuentan los votos, es decir, el número. Quisiera equivocarme, pero si no se hace nada al respecto, seguro que acabaremos como en el año 1000: la frontera española, en el Tajo; y los españoles (o lo que quede de ello después de su destrucción), mandando cien doncellas a Sevilla para solaz y disfrute de los moros ricos. Preferentemente, niñas, como se sabe y no se quiere mirar en las atrocidades del IS.

Pero a nadie le importa esto. La mayoría cree que cuando pase esto —ante lo cual no habrán hecho nada— criarán malvas y se cumplirá el españolísimo refrán el que venga detrás que se joda. Claro que a lo mejor esos optimistas se llevan una sorpresa.

España, año mil (I)

Aún desde la lejanía germánica sigo la actualidad española con inquietud. Quizá alguno piense que me estoy repitiendo en ciertas entradas; pero la actualidad, vista desde lejos, no deja lugar a muchas invenciones y puede que a ésta que les voy a proponer tampoco. Pero vamos a ello.

Desde hace algún tiempo vengo observando que existen fuerzas que quieren descomponer España. Ya no sé si son “internas” o “externas”. Lo que sí recuerdo es que Heinrich Kissinger, un señor más malo que la tiña, le dijo a Carrero Blanco que «España, cuando es importante, es peligrosa». Carrero se opuso a esa declaración en un momento en que, si las cosas hubieran ido de otro modo, España podría haber acabado teniendo su propio programa nuclear; y Carrero, a través de la subcontrata de ETA, voló por los aires.

Sea como sea, la entrada de España en un “nuevo tiempo”, de la mano del Rey —antes Juan Carlos I y hoy Campechano I—, supuso el inicio de la tensión sobre la cohesión territorial, especialmente desde Vascongadas y Cataluña. Justamente los más favorecidos por el antiguo Régimen se ponían a la cabeza de los agraviados. El sonsonete «Llibertat, amnistia i Estatut d’Autonomia» fue el mantra de esa primera fase. Nadie quería que lo tildaran de «franquista» (a pesar de que buena parte de la clase política de todos los colores de entonces había entonado el Cara al sol con fervor renovado y en lo alto los luceros). El PNV negoció poniendo los muertos de ETA sobre la mesa y Cataluña el dinero (los entonces nacionalistas catalanes hicieron buena la frase la pela és la pela). Y UCD, que no quería revivir las tensiones de los años 30 que nos llevaron a la guerra civil, cedió. Y cedió. Y cedió. Y volvió a ceder, como los peces en el río.

Tras la fase del Estatut, conseguido éste (en Cataluña, en 1979), los entonces nacionalistas se dedicaron a otra cosa. Emulando a Stalin, podría decirse que se dedicaron a construir el nacionalismo en un solo país y en dos direcciones:

a) Hacia dentro, a través de la lengua y la cultura. Construyeron un discurso que los niños de hoy se saben de la primera a la última letra y que, años después, se sintetizaría en un eslogan que por desgracia haría fortuna: Espanya ens roba. Aunque todo empezó con aquello del fet diferencial, que es como decir: «Nosaltres no sóm espanyols» (lo que, a su vez, en cierto modo recuerda aquel verso de Al vent: «Nosaltres no sóm d’eixe món»). Que, además, haya censura y muerte civil en esas tierras es un accidente y un exotismo. O al menos eso piensan en Madrit.

b) Hacia fuera, a través primero de la queja continua e inconsolable; después, del previo pago para tener la fiesta en paz. Craso error de los Gobiernos centrales que en España han sido, pues eso al final se ha convertido en «Vamos a hacer que nuestra permanencia en el Estat Espanyol sea más cara que nuestra salida».

A partir de ahí se entiende toda la vesania fundamental que se ha ido inoculando en las distintas regiones de España, ante la que los Gobiernos centrales no han hecho absolutamente nada. Y cuando uno lee que hasta los andaluces (algunos de ellos, al menos) dicen querer la independencia, se da cuenta de lo lejos que se ha llegado al tensar la cuerda de la cohesión territorial anulando de paso la influencia de los Gobiernos centrales en los territorios autonómicos. Lo que en la práctica significa pasarse por donde yo les diga el art. 152.1 de la muerta.

11-S-2016

Estamos pendientes, como cada año, de varios eventos que ocurren en el mundo. Como internacionales, señaladamente el día en que los USA fueron atacados en casa. Hasta ese día, lo más cerca que habían estado de algo así fue Pearl Harbor y de aquello hacía 60 años justos. Y antes de eso, las únicas agresiones dentro del territorio USA que se conocen son las propias de la guerra civil entre yankees y sudistas o de su Guerra de la Independencia contra la metrópoli londinense.

Hoy, sin embargo, celebramos que entramos en el nuevo siglo a sangre y fuego, como ocurrió en el XX (primera guerra mundial) y como también ocurrió en el anterior (guerras napoleónicas). Sin embargo y a diferencia de lo que ocurrió en las ocasiones anteriores, esta nueva guerra no tiene parangón con las anteriores. Luchamos contra un enemigo que está en todas partes y que no sólo usa la guerra tradicional como instrumento, sino que se vale de todos los medios que la tecnología actual y las experiencias de las últimas guerras le proporcionan. Amenazan nuestra civilización y nuestro modo de vida al completo. En mi modesta opinión se está gestando un conflicto a nivel mundial, para el que no nos sirven gobernantes memos o comprados.

También hoy las izquierdas tienen algo que “celebrar”: que el sangriento Pinochet se cargó al no menos sangriento régimen del “socialista” y masón Salvador Allende, mitificado hasta la náusea, pero que si le hubieran dejado hubiera sido cabeza de puente del comunismo internacional en el “cono sur de las Américas”, que hubiera dicho Miguel de los Santos. Es raro no ver a los de la bandera roja con cara de felpudo celebrando esa (luctuosa) efeméride. No menos importante es la efeméride de 1989, que nos recuerda que en ese día se rompió el telón de acero entre Austria y Hungría, pasando miles de refugiados la frontera entre ambos países, iniciando/acelerando así el desplome de la Europa comunista.

Frente a todos esos hechos de alcance europeo o mundial, que en Barcelona se pretenda que lo suyo sea un hecho de importancia es una pretensión ridícula. Acaso la de 1977, que fue espontánea —y ni siquiera en la capital, sino en Sant Boi del Llobregat—. La novedad es que esta vez el President de una Generalitat que debería ser de todos se ha puesto del lado de los separatistas y, por tanto, contra el resto de catalanes que no quieren soñar tortillas y que forman la mitad de la población. Pero oigan, ¡si hasta odiAda Colau se ha sumado al carro del dret a defecar! Se conoce que el runrún ya no le funciona como reclamo, ni electoral, ni de otro tipo.

Lo importante, no obstante —y lo hemos dicho en este blog mío y de ustedes— es que el Gobierno central permite estas patochadas con el falso argumento de que «no van a ningún sitio, la sangre no va a llegar al río, ji-jí, ja-já». Toda la rabia que usa el Gobierno contra los leales que le quedan, que le dicen la verdad y le avisan del peligro es rocío al sol cuando se trata de los separatistas, a los que llevan incomprensiblemente entre algodones.

De hecho, un servidor sabe que la Generalitat encargó un informe (imagino que ben pagat, como paga la Gencat a los que le sirven) a un astrólogo para que, usando de los tradicionales conocimientos de la Astrología Electiva, señalara una fecha o un período en el cual presionar para obtener la independencia. El senyor astròleg determinó que eso iba a ocurrir en 2017. Y así los tenemos a todos velando armas y preparándose para el año que viene, que no pinta muy bien si en Madrid se empeñan en prolongar la debilidad institucional. Parecen esos novios incapaces de colgar el teléfono: “Venga, bloquéame tú”. “No, tú”. “No, no, tú”. Y así llevamos dos convocatorias electorales, perfilándose una tercera en el horizonte. Y en la carrera de San Jerónimo tan contentos todos. No menos en Moncloa y en Génova, 13, donde esperan aumentar el numero de escaños a cuenta del hastío y del cabreo del censo electoral. Eso no lo paran ni los palmeros ni trolos en activo de todos los colores.

Habrá que esperar un tiempo para saber qué hay tras todo ese paripé. De hecho, deberíamos saber a quiénes representan de verdad esos colores. Me da igual si es al Ibex-35, al lobby rosa, a la Logia o a quien sea. Yo sé seguro que no es a lagente, neologismo de este “tiempo nuevo”. Pero una cosa es cierta: los que quieren construirse su país petit sobre los escombros de la otrora grande Nación española van avanzando, sin que en Madrid eso importe una boñiga seca a ninguno de los que pueden de verdad pararlo.

Burlas anticatólicas (y III)

Pero hay más. Al margen de que la Iglesia deba poner orden en sus asuntos internos -cosa que sin duda debe hacer para poder enfrentarse con éxito a los enemigos externos (Mt 12:25)-, tampoco ayudan dos clases de críticos: los extremosos y los ateos.

Los extremosos, según mi observación, quieren una versión católica extremadamente rígida, poco menos que veterotestamentaria. Para este grupo, Dios exige la virtud y el cumplimiento de la ley, de tal forma que el perdón tiene poco lugar en esta concepción. Por esa pendiente se deslizan personas como Juan Manuel de Prada, que oficia de católico virtuoso y que en bastantes ocasiones considero que tiene razón; pero que ha perpetrado últimamente en ABC un par de artículos sobre el famoso burkini que me han dejado simplemente perplejo. Para no hacerles la historia larga, defiende en ellos que el burkini es un “símbolo de la liberación de la mujer” y llama “memos” a los que nos oponemos al uso de la supradicha prenda, colocando al mismo nivel la oposición al burkini y la defensa de la pornografía. Él sabrá por qué. En cualquier caso, hace sumamente difícil a los demás ser simplemente católico diocesano. Para ellos, si quieres ser un “buen católico” tienes que pertenecer a su secta.

Pero más que los extremosos, que a fin de cuentas están dentro de la Iglesia (aunque incómodos con este Papa que no les gusta), lo que me fastidia es el aire de superioridad moral que algunos ateos destilan, sobre todo si agarran un micrófono. Son incómodas las risitas y los comentarios jocosos a cuenta de un asunto serio como es el de un obispo que se dedica a holgar con una feligresa, como como ocurrió el viernes pasado. Escucho cada mañana (casi religiosamente, cabría decir) a Federico Jiménez Losantos. Me suelen gustar sus comentarios, bastante acerados cuando se trata de política nacional -y merecidamente en mi opinión-. Pero le rogaría que en materia eclesiástica se guardase sus comentarios sarcásticos. Haber trabajado durante años en la COPE no le da derecho a burlarse de la Iglesia, considerándose de paso un eclesiólogo de salón. Quédese en su ateísmo de tres al cuarto y deje (y respete) que los demás sigamos creyendo en la Iglesia, falible cuanto humana, pero inspirada por Dios.

Quisiera recordar la famosa serie de artículos que Federico permitió perpetrar a César Vidal en Libertad Digital, para defender su mercancía protestante atacando al catolicismo. Todas las cosas (verdades a medias y mentiras completas) que dijo “el problema más gordo de Libertad Digital” (in illo tempore) fueron rigurosamente desmontadas en el blog de Bruno Moreno Ramos. Preferiríamos que Federico, al igual que Rinconete, no se metiera en “tologías” (teologías) y siguiera en lo suyo, que lo hace muy bien y ojalá sea así muchos años.

Burlas anticatólicas (II)

La incomodidad que provoca el catolicismo ha llegado incluso a la vida cotidiana. Dadas las condiciones mencionadas, uno deja de decir que es católico. A ¿nadie? le gusta que le traten de “meapilas” o cosas peores. Se trata al catolicismo como la “enfermedad infantil de la nueva humanidad”. Uno deja hasta de ir a misa; y el que se dice “muy católico” empieza a ser el “héroe” que acude a la misa dominical. Ni siquiera es posible en redes sociales, eso que ahora está tan de moda, pedir un padrenuestro por alguien sin que los fervorosos católicos miren hacia otro lado. Han expulsado a la Iglesia de la enseñanza con el hipócrita pretexto del “adoctrinamiento”, como si no supiéramos lo que hacen en las escuelas catalanas, concertadas o no.

No menos curiosa es la actitud de determinados “ateos” o “agnósticos” (a mí lo de “agnóstico” siempre me pareció algo así como “meterla pero sólo la puntita, por si acaso”) que nos encontramos en nuestra vida diaria. Dicen no creer en Dios; pero su increencia, al contrario de lo que podría parecer, no les ha vuelto más tolerantes, por contraste con el retrato robot que tienen de la Iglesia como “secta oscurantista”, sino más intolerantes, hasta el punto de molestarles que uno simplemente rece sus oraciones en su presencia.

Tal vez la propia Iglesia tiene algo que ver en una especie de política general de “tener la fiesta en paz” y de no poder controlar esos “Estados dentro del Estado” que se han formado en el seno de la propia Iglesia. Pero lo cierto es que el cuello nos lo jugamos todos. Y Dios suele acabar molestando mucho a aquellos que transigen en su catolicismo “por tener la fiesta en paz”.

En este sentido, permítanme comentar que no ayudan las aventurillas que ciertos avezados representantes de la Iglesia hayan tenido con feligresas dispuestas. Me refiero al asunto que ha explotado del ex-Obispo de Palma de Mallorca. En ese asunto, de acuerdo con la información que maneja ahora un servidor, no son de recibo tres cosas:

  1. La actitud del Obispo. Como tal Obispo, pastor de almas, su exigencia moral le obliga a un cumplimiento mucho más estricto de los votos de pobreza, obediencia y, en el caso que nos ocupa, castidad. No está bien y desde luego, si fuera por un servidor, ese Obispo no va de auxiliar a Valencia, sino que es suspendido a divinis y posteriormente enviado a un convento a reflexionar.
  2. La actitud del marido. En nuestra modesta opinión, si el marido hubiera querido arreglar las cosas correctamente, hubiera acudido al conducto eclesiástico reglamentario en vez de dar cuartos de pregonero a la prensa por sus cuernos. Pero es sabido que la venganza es mucho más apetecible que la justicia en determinados casos, sobre todo cuando el hecho vengado no es necesariamente un delito.
  3. La tardanza en resolver de la Iglesia. Dadas las circunstancias del caso, hubiera sido deseable que la Iglesia, tras un período razonablemente corto de investigación, hubiera solucionado el asunto con celeridad. Máxime cuando la Iglesia, como ya hemos comentado está en la mira (telescópica) de ciertos grupos que no pierden ocasión de echar cubos de mierda a la más mínima oportunidad. El problema es que como a los obispos los nombra el Papa, todo está centralizado en Roma; y así es como algunos asuntos, como el de los famosos Legionarios de Cristo se enquistaron hasta que se descubrió el entuerto (un señor a sueldo de ellos que paraba todos los golpes).