Burlas anticatólicas (y III)

Pero hay más. Al margen de que la Iglesia deba poner orden en sus asuntos internos -cosa que sin duda debe hacer para poder enfrentarse con éxito a los enemigos externos (Mt 12:25)-, tampoco ayudan dos clases de críticos: los extremosos y los ateos.

Los extremosos, según mi observación, quieren una versión católica extremadamente rígida, poco menos que veterotestamentaria. Para este grupo, Dios exige la virtud y el cumplimiento de la ley, de tal forma que el perdón tiene poco lugar en esta concepción. Por esa pendiente se deslizan personas como Juan Manuel de Prada, que oficia de católico virtuoso y que en bastantes ocasiones considero que tiene razón; pero que ha perpetrado últimamente en ABC un par de artículos sobre el famoso burkini que me han dejado simplemente perplejo. Para no hacerles la historia larga, defiende en ellos que el burkini es un “símbolo de la liberación de la mujer” y llama “memos” a los que nos oponemos al uso de la supradicha prenda, colocando al mismo nivel la oposición al burkini y la defensa de la pornografía. Él sabrá por qué. En cualquier caso, hace sumamente difícil a los demás ser simplemente católico diocesano. Para ellos, si quieres ser un “buen católico” tienes que pertenecer a su secta.

Pero más que los extremosos, que a fin de cuentas están dentro de la Iglesia (aunque incómodos con este Papa que no les gusta), lo que me fastidia es el aire de superioridad moral que algunos ateos destilan, sobre todo si agarran un micrófono. Son incómodas las risitas y los comentarios jocosos a cuenta de un asunto serio como es el de un obispo que se dedica a holgar con una feligresa, como como ocurrió el viernes pasado. Escucho cada mañana (casi religiosamente, cabría decir) a Federico Jiménez Losantos. Me suelen gustar sus comentarios, bastante acerados cuando se trata de política nacional -y merecidamente en mi opinión-. Pero le rogaría que en materia eclesiástica se guardase sus comentarios sarcásticos. Haber trabajado durante años en la COPE no le da derecho a burlarse de la Iglesia, considerándose de paso un eclesiólogo de salón. Quédese en su ateísmo de tres al cuarto y deje (y respete) que los demás sigamos creyendo en la Iglesia, falible cuanto humana, pero inspirada por Dios.

Quisiera recordar la famosa serie de artículos que Federico permitió perpetrar a César Vidal en Libertad Digital, para defender su mercancía protestante atacando al catolicismo. Todas las cosas (verdades a medias y mentiras completas) que dijo “el problema más gordo de Libertad Digital” (in illo tempore) fueron rigurosamente desmontadas en el blog de Bruno Moreno Ramos. Preferiríamos que Federico, al igual que Rinconete, no se metiera en “tologías” (teologías) y siguiera en lo suyo, que lo hace muy bien y ojalá sea así muchos años.

Burlas anticatólicas (II)

La incomodidad que provoca el catolicismo ha llegado incluso a la vida cotidiana. Dadas las condiciones mencionadas, uno deja de decir que es católico. A ¿nadie? le gusta que le traten de “meapilas” o cosas peores. Se trata al catolicismo como la “enfermedad infantil de la nueva humanidad”. Uno deja hasta de ir a misa; y el que se dice “muy católico” empieza a ser el “héroe” que acude a la misa dominical. Ni siquiera es posible en redes sociales, eso que ahora está tan de moda, pedir un padrenuestro por alguien sin que los fervorosos católicos miren hacia otro lado. Han expulsado a la Iglesia de la enseñanza con el hipócrita pretexto del “adoctrinamiento”, como si no supiéramos lo que hacen en las escuelas catalanas, concertadas o no.

No menos curiosa es la actitud de determinados “ateos” o “agnósticos” (a mí lo de “agnóstico” siempre me pareció algo así como “meterla pero sólo la puntita, por si acaso”) que nos encontramos en nuestra vida diaria. Dicen no creer en Dios; pero su increencia, al contrario de lo que podría parecer, no les ha vuelto más tolerantes, por contraste con el retrato robot que tienen de la Iglesia como “secta oscurantista”, sino más intolerantes, hasta el punto de molestarles que uno simplemente rece sus oraciones en su presencia.

Tal vez la propia Iglesia tiene algo que ver en una especie de política general de “tener la fiesta en paz” y de no poder controlar esos “Estados dentro del Estado” que se han formado en el seno de la propia Iglesia. Pero lo cierto es que el cuello nos lo jugamos todos. Y Dios suele acabar molestando mucho a aquellos que transigen en su catolicismo “por tener la fiesta en paz”.

En este sentido, permítanme comentar que no ayudan las aventurillas que ciertos avezados representantes de la Iglesia hayan tenido con feligresas dispuestas. Me refiero al asunto que ha explotado del ex-Obispo de Palma de Mallorca. En ese asunto, de acuerdo con la información que maneja ahora un servidor, no son de recibo tres cosas:

  1. La actitud del Obispo. Como tal Obispo, pastor de almas, su exigencia moral le obliga a un cumplimiento mucho más estricto de los votos de pobreza, obediencia y, en el caso que nos ocupa, castidad. No está bien y desde luego, si fuera por un servidor, ese Obispo no va de auxiliar a Valencia, sino que es suspendido a divinis y posteriormente enviado a un convento a reflexionar.
  2. La actitud del marido. En nuestra modesta opinión, si el marido hubiera querido arreglar las cosas correctamente, hubiera acudido al conducto eclesiástico reglamentario en vez de dar cuartos de pregonero a la prensa por sus cuernos. Pero es sabido que la venganza es mucho más apetecible que la justicia en determinados casos, sobre todo cuando el hecho vengado no es necesariamente un delito.
  3. La tardanza en resolver de la Iglesia. Dadas las circunstancias del caso, hubiera sido deseable que la Iglesia, tras un período razonablemente corto de investigación, hubiera solucionado el asunto con celeridad. Máxime cuando la Iglesia, como ya hemos comentado está en la mira (telescópica) de ciertos grupos que no pierden ocasión de echar cubos de mierda a la más mínima oportunidad. El problema es que como a los obispos los nombra el Papa, todo está centralizado en Roma; y así es como algunos asuntos, como el de los famosos Legionarios de Cristo se enquistaron hasta que se descubrió el entuerto (un señor a sueldo de ellos que paraba todos los golpes).

Burlas anticatólicas (I)

Ser católico en un mundo que, según parece, está dejando de serlo, es buscarse problemas. Por supuesto, no se trata de sacar el hacha y decir que uno es más católico que los demás porque lo proclama a los cuatro vientos. Recordemos siempre aquello de «el que esté limpio de pecado tire la primera piedra». Desde un punto de vista “aséptico”, una religión es «un modo de relacionarse con Dios». Nada objetaríamos a esa definición, pues «religión» viene del latín religare, uno de cuyos significados sería «restaurar la relación con Dios, perdida por nuestra aparición en el mundo como seres separados y solos». Hoy parece ya no importar esa «relación con Dios», al menos en el contexto europeo. Desde la feroz proclamación nietzscheana «¡Dios ha muerto!» hasta la aparición de las bioideologías, que quieren a todo trance ocupar el lugar de Dios, hemos recorrido un cierto camino sembrado de muchos cadáveres (camino fabricado por personas que ni física ni intelectualmente apuntaron al Übermensch del filósofo de Sils Maria).

Volviendo al momento actual les diré que, aunque no estoy seguro de que exista una “conspiración de nivel mundial”, lo que aquí se llamó el famoso contubernio judeomasónico internacional (entre paréntesis: me pregunto qué hacen tantas personas que creen en ese contubernio meneando el rabo y otras cosas en una aplicación -Facebook- creada por un judío -Zuckerberg-), sí estoy seguro de algo: algunos «modos de relacionarse con Dios» están más promocionados que otros. Particularmente el budismo, que no cree que exista un Dios, y el islamismo, que sí cree, pero en un Dios vengador respecto de aquellos que “no le adoran”.

A partir de ahí, llevamos décadas de ataques a la religión católica, a sus representantes y a los feligreses. Ataques en distinto grado: en algunos lugares del mundo se les mata físicamente, como hemos denunciado en este blog; en la civilizada Europa se les margina y señala, que suele ser la antesala de algo más, si somos conscientes de la Historia. Claramente tuvimos esa percepción cuando aquellas creencias que aspiran a ocupar el lugar de Dios se frotaron las manos con el asunto de la pederastia sacerdotal. Hoy, ya pasado el vendaval y contrastados los datos fríos, sólo los fanáticos anticatólicos dicen que «la Iglesia está llena de pederastas». Lo curioso es que nadie diga que no pocos de los pederastas que no son sacerdotes han sido previamente o siguen siendo homosexuales (¿mala propaganda para el negocio LGTBI?). Aunque eso ya es harina de otro costal, que los medios controlados o acollonados por el lobby rosa no se molestan en mencionar.