Dignidad e indignidad

Hay cosas que, a poco que se las expliquen, uno las entiende muy bien. En ese grupo entra, sin dudarlo, el mal llamado proceso de paz colombiano. A vista de pájaro el proceso parecía una buena idea. Juan Manuel Santos necesitaría un éxito que vender a su pueblo; ¿y qué mejor que vender la pacificación del bello país caribeño? Manos a la obra, ¡no faltaba más! Luego uno se va enterando de cosas y, a medida que se va enterando, va torciendo el morro.

Lo primero, el hecho de que las conversaciones se llevaran a cabo en Cuba. Prohijadas por el régimen dinosaurio de La Habana, el tufo comunista que echan ya le hace a uno sospechar. Pero no queda sólo en eso: en líneas generales, el famoso acuerdo de paz logrado en la Habana se concentra en dos puntos según mis informaciones. Primero, el hecho de que los terroristas asesinos de las FARC «dejan de matar» y, «a cambio, no se les ha de juzgar por los crímenes cometidos durante cincuenta años». Segundo punto: además de la inmunidad judicial, han conseguido que Santos trague con que puedan convertirse en señorías respetables. Es decir: que se puedan presentar a las elecciones limpios como una patena y puedan ser elegidos como representantes del pueblo.

Yo es que los entiendo. Vivir todo el santo día en la selva Lacandona es un coñazo cuando sólo tienes la distracción del culebrón de turno (se dice que durante la emisión de Betty la fea el país se paralizaba… y la selva Lacandona también). Y bueno, de vez en cuando una incursión en los pueblos de la zona, para recolectar la coca (el verdadero negocio de estos asesinos hoy, no se olvide), pegar cuatro tiros bajo excusa de resistencia, violar a las aldeanas de la zona y reclutar niños para su ejército de propina. Un verdadero aburrimiento, oigan. Y eso, que lo han hecho durante cincuenta años y ha causado doscientos mil muertos aproximadamente, parece no importar en absoluto al presidente Santos. Le estoy oyendo: «Lo importante es la pazzzzz». Más o menos como un ZP indiano.

Sin embargo, el presidente Santos cometió un error. Quiso ser «demócrata» y sometió el acuerdo de bajada de pantalones de paz a referéndum. Es decir: preguntó al pueblo colombiano, que es el que realmente había sufrido la lacra terrorista, si aceptaba esa bajada de pantalones. Para asegurarse el , Santos compró todos los medios de comunicación bizcochables, al efecto de impedir que Andrés Pastrana y sobre todo Álvaro Uribe, de quien fue ministro, hicieran campaña por el no. Hasta El País, nuestro «diario dependiendo de la mañana», hizo campaña por el . Hasta el Papa fue allí a decir algo —no sabemos muy bien qué porque no lo han explicado—; y sorprende que el Santo Padre se haya decidido por el «perdón» antes que por la justicia.

Sin embargo, el pueblo colombiano ha demostrado que, aun con los medios en contra, le queda dignidad. A pesar de que Pastrana y Uribe no pudieran hacer campaña, el pueblo colombiano tuvo arrestos para votar en contra de la bajada de pantalones. Puedo imaginarme a Santos en el palacio presidencial, rumiando su derrota, a ratos deprimido y a ratos lanzando improperios contra «los pendejos que han votado no». «¡Bola de desagradecidos! ¿Cómo me han hecho esto, con lo bueno que era el plan? ¡Pero si hasta el Papa lo ha bendecido!». Y aquí el otro dato sospechoso: la izquierda toda, empezando por la española, aplaudiendo el plan e insultando a los que votaron «no».

Y luego, el otro fenómeno extraño: la concesión exprés del Nobel de la Paz a Santos. No obstante, si se lo explican como Ramón Pérez-Maura hoy en ABC, uno lo entiende muy clarito. Ni siquiera es una especie de premio de consolación y no es de ninguna manera una iniciativa desinteresada. Los señores de Oslo han demostrado que han entregado un Nobel sin nivel alguno y que van a tarifa: si uno paga lo que piden, se le puede dar hasta Nobel con hojas de roble y tal. A mí ya me cayó a los pies cuando se lo dieron a Obama la noche antes de que éste mandara treinta mil soldados a Irak. «En misión de paz», seguro.

Tendrían que haber aprendido de la madre patria. Aquí se firmó un plan de paz (le pregunten a ZP y a la ETA de 2011). Eran los tiempos de «ETA mata pero no miente». ¿O era «miente y no mata»? ¿O las dos cosas, según conviniera? Bueno, a lo que iba. Se firmó un plan de paz, que estos indignos señores de la foto de abajo bendijeron pasando por encima del Tribunal Supremo. A los españoles nadie nos preguntó si queríamos o no queríamos ese plan. Se coció en las cocinas de Moncloa, se pactó de espaldas al pueblo y casi que contra sus intereses.


Y todo así. Pelillos a la mar. A saber las concesiones que habrá hecho Santos para que haya un coro internacional a favor del sí. Como sea, la superficie cultivada de coca ha crecido desde los tiempos de Pastrana y Uribe. Que eso no lo cuentan los medios afines.

¿Lo triste? Que, entre otras cosas, se haya otorgado categoría de interlocutor a un señor cuyo nombre de batalla debió ser una burla para el valiente camarada Semyon Konstantínovich y que ese acuerdo se firmara con el invento de otro valiente, el camarada Mijaíl Timoféyevich, sobre la mesa. Y que debía haber muerto en una de esas batallas o, en su caso, haber empezado a cumplir una larga condena en un penal.

P.S. (e IV)

Tercera cuestión: ¿quién podría beneficiarse del batacazo socialista? Muy factiblemente, Pablenin y sus boys, dado que el podemismo —si es que se le puede llamar así a eso de «salir a cazar fachas»— es hijo espiritual o mutación genética del zapaterismo. Menos probablemente C’s, que ante unas elecciones puede que se moviera uno o dos escaños hacia arriba o hacia abajo, con lo que se quedaría más o menos igual. Mucho tendría que cambiar el panorama para que C’s saltara como un cohete a una situación de verdadera influencia.

Por de pronto C’s tiene dos problemas: primero, la complacencia de Juanillo Marín, que ejerce de agradaó ofisiá de Susana Díaz; segundo, el flamante matrimonio de Inés Arrimadas, la guapa oficial de la política catalana y parte del extranjero (entendida «España» como parte del extranjero, tal y como están las cosas allí ahora). Por lo visto, llega a la cima tantas noches y tantas veces que cuando se levanta por las mañanas debe pensar: «Uffff… es que ni fuerzas tengo para oponerme a la immersió lingüística». Eso podría no tener importancia, si no fuera porque se trata de una de las razones fundacionales del partido naranja. Pregunten a Albert Boadella y a Narcís de Carreras (entre otros) qué firmaron en 2006 y para qué.

La llave, pues, está en manos del PSOE. En Moncloa se frotan las manos porque el sarao socialista, bien atizado por las televisiones afines, ha evitado que se hable del follón organizado en Génova, 13 a cuenta de la Gürtel. Uno se teme que todo quede en pena de telediario y algunas condenas para satisfacer a la masa carroñera (masa no demasiado enfurecida, por cierto). Y para que algunos, campanudamente, digan: «¿Veis? La Justicia funciona». Sobre todo cuando sabemos que los pringados de alto nivel van a ser muchos más que los condenados. Lo mejor: que se habrán asegurado de que entre los juzgadores no haya ningún émulo de Mercedes Alaya. También, que no se hable del Congreso que estatutariamente debía haberse celebrado hace año y medio, por lo que Rajoy estaría, como presidente de su partido, en situación de irregularidad. Pero quiá: eso son menudencias. Y luego: los que han querido decir algo han acabado cogiendo el portante y marchándose (la última, Cayetana Álvarez de Toledo). ¿Quién teme a… (bueno, ya se imaginan)?

P.S. (III)

Me faltaba comentar finalmente las salidas a la situación en que ha quedado el PSOE. Si yo fuera Javier Fernández llamaría a capítulo a Miquel Iceta y a Idoia Mendía y les plantearía la siguiente alternativa: ser nacionalistas como ellos quieren y desgajarse de un PSOE que no puede por ningún concepto perder la E, o permanecer unidos y dejar de comer en el pesebre nacionalista, que sólo aprovecha al nacionalismo radical. Para el caso, también incluiría en ese paquete a Ximo Puig, Francina Armengol y a Javier Lambán, que de un tiempo a esta parte han pillado el sarampión pancatalanista y no hacen más que decir tonterías en ese punto. Y decirles que no se puede estar al plato y a las tajadas. Claro que sería un poco raro ver a Meritxell Batet sentada en el Grupo Mixto; pero las consecuencias de los actos son las que son y uno las asume o se dedica a otra cosa.

Reunido el partido —o soltado el lastre, que también podría ocurrir—, queda el Miura: el famoso dilema entre abstención y elecciones. Ninguna solución es buena, en realidad. Si optan por la abstención, puede ocurrir que la mitad de los diputados y el electorado se echen al monte y se arrejunten con Pablenin. En ese grupo no sólo hay que contar a los asqueados por la filfa-corrupción, sino también a los partidarios pedristas. ¿Razón? El famoso «No es no» y el rechazo de plano de filiación zapatera. Al PP no hay que darle ni agua; y por eso, facilitar con la abstención un nuevo gobierno del PP es poco menos que una especie de traición a los «ideales socialistas», sea lo que sea que signifique esa expresión.

No obstante, si se opta por las elecciones, como les decía en las anteriores entradas, el panorama es más negro. Para empezar, tendrían dos meses apenas para recoser el partido o para soltar lastre. La experiencia demuestra que el electorado castiga —a veces con dureza— la desunión en los partidos. En segundo lugar, y atendidas las circunstancias anteriores, el batacazo puede ser monumental. Algo parecido a lo ocurrido en las autonómicas gallegas: el candidato «nato» está pringado en un asunto de corrupción y hay que poner a alguien. Y no se les ocurre mejor idea que poner a un señor llamado Leiceaga, por embudo y sin galleguizar el apellido. Y es, además, un señor al que, por lo visto, conocen en su casa a la hora de cenar. Con esas credenciales, Feijóo no tenía a nadie enfrente de suficiente fuste (lo siento por Cristina Losada y la campaña de juego sucio que, según ella, le orquestó el PP gallego). Así pues, la solución menos mala parece la abstención. Veremos qué ocurre al final.

P.S. (II)

Decíamos en la entrada anterior que el palmarés electoral de Sánchez es de todo menos bonito. Desde que Rubalcaba soltó las riendas de ese caballo desbocado cuesta abajo en que se convirtió el PSOE tras ZP, las cosas han ido de mal en peor. Sobre todo porque hoy en día han aparecido dos actores políticos más, que al decir de los tertulianos «han venido para quedarse»: C’s y Podemos. En mi opinión, la andadura del PSOE tiene varios problemas:

1.- Vacuidad ideológica. Metiéndonos en el puro mundo de la teoría, ¿quién puede definir hoy qué es ser socialista? No creo que haya mucha gente que sea capaz de definirlo salvo en relación a otros términos. Hoy el “socialismo” patrio sólo se define en relación a lo que no es.

Pero el PSOE, junto con toda la izquierda, tiene un problema de fondo: ha perdido su patria ideológica, que se fue a tomar viento en 1989 con la caída del Muro. Se apuntaron a regañadientes a la fórmula socialdemócrata (la de Bad Godesberg de 1959), en teoría; pero su práctica ha demostrado que en realidad la ideología les ha importado un carajo. A fecha de hoy no hay un solo organismo importante en el que hayan estado los socialistas y no se lo hayan llevado calentito (alguno de ellos, por lo menos).

2.- Tensiones territoriales. No sé si Felipe se habrá arrepentido mucho, pero entregar la Federació Catalana del PSOE a los niños pijos de la gauche divine de los 70 fue un error mayúsculo. Los Serra, Maragall, Obiols y demás patulea eran, ante todo, nacionalistas y, en los primeros tiempos, perfectamente intercambiables con los seguidores de Pujol. Iceta no deja de ser heredero de esa tradición tan socialista catalana de el cor a l’esquerra i la butxaca a la dreta. Y es un grano en salva sea la parte de Ferraz. Quizá si solucionaran eso empezarían a ser mirados con un poco más de respeto, en vez de caminar hacia la irrelevancia o la disolución en el magma nacionalista del que provienen sus dirigentes.

3.- Dificultades de diferenciación del producto.- Aunque es terminología comercial o económica, sirve perfectamente para ilustrar una de las grandes dificultades del PSOE a la hora de presentarse ante Lagente. Hoy a los votantes nos cuesta distinguir al PSOE de los demás partidos. Primero, porque a la que tienen algún poder empiezan a mirar con deseo el patrimonio de todos que no es de nadie (que dijo Carmencita Calvo).

Segundo, porque el PP, que antes era «derecha-derecha», hoy es «derecha socialdemócrata», como lo demuestran el aviso de 2008 de Rajoy en Elche y hoy la progre Cifuentes, con lo que quita espacio al PSOE por el lado “moderado”. De ese lado también hay que sumar a C’s, que es izquierda “moderada”. El problema es que desde el lado “radical” aprieta Podemos, al que se percibía como caballo ganador de la izquierda, sin más patrimonio intelectual que su «odio al PP y a la derecha». Podemos ha engullido a IU, para disgusto de alguno de los militantes de ésta (y alivio de sus dirigentes, porque les ha pagado las deudas, como hizo Pujol con el PI de Àngel Colom). Y va a por el PSOE.

Todo eso hace que en estos momentos sea sumamente complicado, para un votante medio de izquierdas, decidirse a votar al PSOE. Por si faltara algo, en los medios se habla de la podemización del PSOE desde que entró en escena Podemos. Los votantes más rebecos se habrían asqueado de la filfa-corrupción en que está metido el PSOE y abrazan sin complejos a los nuevos. Eso habría asustado a la dirigencia del PSOE, sobre todo a la que tiene cargo público. Se han movido los hilos y a pesar del grito de Pedro Sánchez («¡Aquí caerá Pedrón y cuantos con él son!»), solamente ha caído él. Bueno, y César Luena, que parece un híbrido de Gremlin, Smithers y el Txori, repitiendo todo el rato a la oreja de Sánchez: «¡Eres el puto amo!».

P.S. (I)

Después de ciertos menesteres que me han tenido apartado de este blog mío y de ustedes, vuelvo a comentar un poco todo lo que ha ocurrido en política nacional. Lo más importante, naturalmente, ha sido la defenestración de Pedrito guapo (y nada más), así como el sarao concomitante.

La verdad es que cuando lo eligieron parecía otra cosa. Alt com un Sant Pau, que diríamos en Cataluña y compitiendo en estatura con García Albiol, es lo cierto que el hombre ha ido menguando de tal manera que, de no ser por su apellido compuesto y su familia pudiente, tendría suerte si lo contrataran de utilero del Estudiantes. Pero no: parece ser que no va a poner su escaño a disposición del Partido (por la mitad) y hará, por ejemplo, como Jordi Sevilla, que de su Ministerio de Administraciones Públicas saltó a una consultora privada (puerta giratoria mediante). Él seguirá atornillado a su escaño, «luchando naturalmente por la libertad de expresión de las bases del Partido Socialista».

Que oye o lee uno esa afirmación enfática y campanuda y le entra la risa. ¿Cuándo se ha dado verdadera voz a los militantes en las sectas políticas que tenemos hoy? Pues cuando la cosa pinta de color hormiga. Cuando las cosas han ido bien, a ninguna Ejecutiva de ningún partido grande o mediano se le ha ocurrido consultar a la militancia acerca de la decisión a tomar en un asunto concreto. Volvamos nuevamente a recordar el art. 6 de la CE y echémonos unas risas a cuenta de ese precioso —e incumplido— artículo de la muerta.

Pero empecemos por el final (o no). La dimisión de Pedro Sánchez del cargo de secretario general de su partido era algo bastante anunciado. No tan rápido como hubiesen querido diarios como ABC, que desde hacía un mes le ahorcaban en efigie todos los días. Nunca faltaba un editorial o un artículo de opinión que aseverara que Pedro «tenía que irse para así facilitar la abstención y dar paso a un Gobierno de Mariano Rajoy». Espero que Mariano les pague generosamente la campaña que le han hecho (aunque viendo cómo se la pagaron a Intereconomía, más vale que pongan sus barbas a remojar). Claro que cuando, siendo socialista, ya pierdes hasta el apoyo de El País, digamos que el asunto se pone muy feo.

La marcha de Pedro Sánchez —que podría acabar en el Grupo Mixto si se ponen a olvidarlo— deja al partido muy malparado y, sobre todo, partido en dos. Quizá la Gestora que han organizado consiga acercar («coser» es el verbo que más se conjuga en estos días en Casa Ferraz) las posiciones de cada facción y puedan presentar para el 18-D (salvo milagros de última hora, en mi opinión es posible que tengamos que ir a votar con abrigo y mitones) un candidato al que le puedan partir la cara con alguna dignidad. Porque ése es el primer problema del PSOE en la etapa de Sánchez: el palmarés electoral. Pedro Sánchez ha conseguido superar… por abajo… a Rubalcaba, nada menos. Y en cada cita electoral ha ido perdiendo sufragios. Lo cual, naturalmente, pone muy nerviosos a los gerifaltes. Y las perspectivas no son nada halagüeñas para diciembre.