P.S. (e IV)

Tercera cuestión: ¿quién podría beneficiarse del batacazo socialista? Muy factiblemente, Pablenin y sus boys, dado que el podemismo —si es que se le puede llamar así a eso de «salir a cazar fachas»— es hijo espiritual o mutación genética del zapaterismo. Menos probablemente C’s, que ante unas elecciones puede que se moviera uno o dos escaños hacia arriba o hacia abajo, con lo que se quedaría más o menos igual. Mucho tendría que cambiar el panorama para que C’s saltara como un cohete a una situación de verdadera influencia.

Por de pronto C’s tiene dos problemas: primero, la complacencia de Juanillo Marín, que ejerce de agradaó ofisiá de Susana Díaz; segundo, el flamante matrimonio de Inés Arrimadas, la guapa oficial de la política catalana y parte del extranjero (entendida «España» como parte del extranjero, tal y como están las cosas allí ahora). Por lo visto, llega a la cima tantas noches y tantas veces que cuando se levanta por las mañanas debe pensar: «Uffff… es que ni fuerzas tengo para oponerme a la immersió lingüística». Eso podría no tener importancia, si no fuera porque se trata de una de las razones fundacionales del partido naranja. Pregunten a Albert Boadella y a Narcís de Carreras (entre otros) qué firmaron en 2006 y para qué.

La llave, pues, está en manos del PSOE. En Moncloa se frotan las manos porque el sarao socialista, bien atizado por las televisiones afines, ha evitado que se hable del follón organizado en Génova, 13 a cuenta de la Gürtel. Uno se teme que todo quede en pena de telediario y algunas condenas para satisfacer a la masa carroñera (masa no demasiado enfurecida, por cierto). Y para que algunos, campanudamente, digan: «¿Veis? La Justicia funciona». Sobre todo cuando sabemos que los pringados de alto nivel van a ser muchos más que los condenados. Lo mejor: que se habrán asegurado de que entre los juzgadores no haya ningún émulo de Mercedes Alaya. También, que no se hable del Congreso que estatutariamente debía haberse celebrado hace año y medio, por lo que Rajoy estaría, como presidente de su partido, en situación de irregularidad. Pero quiá: eso son menudencias. Y luego: los que han querido decir algo han acabado cogiendo el portante y marchándose (la última, Cayetana Álvarez de Toledo). ¿Quién teme a… (bueno, ya se imaginan)?

P.S. (III)

Me faltaba comentar finalmente las salidas a la situación en que ha quedado el PSOE. Si yo fuera Javier Fernández llamaría a capítulo a Miquel Iceta y a Idoia Mendía y les plantearía la siguiente alternativa: ser nacionalistas como ellos quieren y desgajarse de un PSOE que no puede por ningún concepto perder la E, o permanecer unidos y dejar de comer en el pesebre nacionalista, que sólo aprovecha al nacionalismo radical. Para el caso, también incluiría en ese paquete a Ximo Puig, Francina Armengol y a Javier Lambán, que de un tiempo a esta parte han pillado el sarampión pancatalanista y no hacen más que decir tonterías en ese punto. Y decirles que no se puede estar al plato y a las tajadas. Claro que sería un poco raro ver a Meritxell Batet sentada en el Grupo Mixto; pero las consecuencias de los actos son las que son y uno las asume o se dedica a otra cosa.

Reunido el partido —o soltado el lastre, que también podría ocurrir—, queda el Miura: el famoso dilema entre abstención y elecciones. Ninguna solución es buena, en realidad. Si optan por la abstención, puede ocurrir que la mitad de los diputados y el electorado se echen al monte y se arrejunten con Pablenin. En ese grupo no sólo hay que contar a los asqueados por la filfa-corrupción, sino también a los partidarios pedristas. ¿Razón? El famoso «No es no» y el rechazo de plano de filiación zapatera. Al PP no hay que darle ni agua; y por eso, facilitar con la abstención un nuevo gobierno del PP es poco menos que una especie de traición a los «ideales socialistas», sea lo que sea que signifique esa expresión.

No obstante, si se opta por las elecciones, como les decía en las anteriores entradas, el panorama es más negro. Para empezar, tendrían dos meses apenas para recoser el partido o para soltar lastre. La experiencia demuestra que el electorado castiga —a veces con dureza— la desunión en los partidos. En segundo lugar, y atendidas las circunstancias anteriores, el batacazo puede ser monumental. Algo parecido a lo ocurrido en las autonómicas gallegas: el candidato «nato» está pringado en un asunto de corrupción y hay que poner a alguien. Y no se les ocurre mejor idea que poner a un señor llamado Leiceaga, por embudo y sin galleguizar el apellido. Y es, además, un señor al que, por lo visto, conocen en su casa a la hora de cenar. Con esas credenciales, Feijóo no tenía a nadie enfrente de suficiente fuste (lo siento por Cristina Losada y la campaña de juego sucio que, según ella, le orquestó el PP gallego). Así pues, la solución menos mala parece la abstención. Veremos qué ocurre al final.