Sic transit


Ha muerto Rita Barberá de repente y nadie sabe cómo ha sido. Pero no se crean que esta entrada vaya a ser un panegírico a su memoria. Eso lo dejo a su familia y a aquellos que la conocieron bien. Lo que me interesa destacar aquí son los hechos, hasta donde uno puede tener conocimiento de ellos; y sobre todo, las reacciones, algunas muy llamativas.

De entrada y como dicen los pedantes que usan un extranjerismo para tapar su nulo dominio del español, hay que poner en valor (fíjense el trecho que va de put in value a considerar) los 24 años que Rita Barberá estuvo al frente del Ayuntamiento de Valencia. La ciudad de Valencia, para bien o para mal, es lo que es hoy gracias a Rita Barberá. Que la izquierda troglodita que hoy gobierna allí no lo quiera reconocer… bueno, es como no reconocer que un señor que estuvo 39 años en el poder no dejó una huella profunda en la nación que dirigió y llamar a su mandato “los llamados años”. Igualito que Fernando VII respecto del trienio constitucional-masónico.

Pero nuestra izquierda es así: no le importa darse de puñetazos con la realidad. Y tampoco con la coherencia. De hecho, si tanto tienen que criticar a la difunta, ¿por qué no se largaron de Valencia mientras ella fue alcaldesa? Es el mismo reproche que se les puede hacer a los comunistas cuando empiezan con su discursito —que ya hiede— de «España-mierda–de-país». ¿Por qué no se largan de una vez a Cuba o Venezuela, esos paraísos cuyas alabanzas cantan sin cesar? Los Baldoví, el valencià de Terrassa Joan Ribó, los Ximo Puig… ¿qué hacen que no se fueron de Valencia mientras Rita iba ganando todas las elecciones y todos los candidatos de la oposición se estrellaban contra ella?

No obstante, el ejercicio más impresionante de hipocresía al que hemos asistido en estas últimas horas es el de sus excompañeros de partido. Los que por 50.000 euros blanqueados —en su propio partido hay gentuza que ha robado mucho más— la defenestraron hoy ponían cara de felpudo doliente y decían con voz campanuda «el Partido fue su vida». Y su muerte, podríamos decir. Es de vergüenza. Si por Rita Barberá se ponen así de estupendos, ¿qué no harán por Francisco Granados o Francisco Correa cuando la parca llame a su puerta?

Quizá sea por eso que la familia ha prohibido expresamente la asistencia de políticos al funeral. Y muy especialmente a Mariano Rajoy, que ha visto cómo se le escapaba la ocasión de hacerse la foto, vicio en el que caen los políticos tan a menudo. «¿Cómo? ¿Que no me dejan ashishtir al entierro de Rita? Pero shi le debo todo lo que shoy deshde 2007… Desagradecidosh, deshpuésh de haberla blindado como shenadora…».

El numerito de los de Pablenin boys es para recordar el dicho español de le dijo la sartén al cazo. Se invisten de una impostada superioridad moral y pretenden que nos olvidemos de dónde salen sus dineros y las pifias que han perpetrado algunos, perteneciendo a Podemos o incluso antes de pertenecer a esa formación. Y luego, para que Ana Pastor simplemente los echara del hemiciclo. Pero claro que no: ¿con quién iba a coleguear Mariano si la Presidenta del Congreso echa a sus coleguitas?

Pero lo más “interesante” de este asunto es lo conveniente que ha resultado su muerte. Ateniéndonos al dicho «en política las casualidades no existen» y según el grado de maquiavelismo alcanzado en la política nacional, imagínense ustedes. Cospedal podría pasar de «profeta» a «sospechosa» sólo por haber dicho hace nueve meses que, «con el acoso que está sufriendo, Rita Barberá podría morir de un ataque al corazón». Demos un paso más en nuestra imaginación e imaginemos que Rita Barberá, ante los desplantes, el desprecio y el ninguneo «por orden superior» de sus antiguos compañeros de partido, hubiera tomado la decisión de tirar de la manta, expresión de moda en los Juzgados y Tribunales. No era una persona que le arredrase cualquier cosa y, tal vez, sintiendo que no tenía nada que perder, era el petardo que le quedaba para poder decir: «Yo he hecho cosas feas, pero éstos que voy a decir, mucho más». Y antes de que lo diga, ¡zas! Un muy conveniente ataque al corazón se la lleva por delante. Entre todo lo que puede haber sentido Mariano seguro que no falta el alivio.

Y luego, lo de siempre: los que ponen cara de felpudo doliente habiendo ordenado su ostracismo, los que montan el numerito… El follón es impresionante y nadie sabe muy bien qué ha ocurrido. Pero como todo el mundo estaba pendiente de Trump-Trump-Trump y aquí, en esta última semana, del primer concierto de la Pantoja después de salir de la trena (otra que por mucho menos que otros ha pringado mucho más), los detalles del asunto pasan desapercibidos. Como lo del extraño robo de información en la Red Floridablanca (mi convicción personal es que fueron los chicos de Soraya, tan eficientes ellos). Total, que al final unas noticias como ésta o ésta no importan a nadie. Mucho menos aún los propósitos del nuevo Gobierno. Ya saben que el Gobierno sólo dice la verdad cuando ha de dar malas noticias. Y como mal rollito ya lo tienen o en el trabajo o en su casa, sólo quieren la diversión y el entretenimiento completo por el que clamaba Beatty, de Fahrenheit 451.

Dejen que ponga una nota final de insolidaridad. Rita Barberá era lesbiana y toda Valencia lo sabía. Nada tendría eso de particular si no fuera porque no tenemos noticia de que ningún colectivo LGTBI (Arcopoli y similares) ha manifestado condolencia alguna por el deceso. Resulta que si no eres «de izquierdas» no eres «de los suyos». Ni siquiera entre ellos son capaces de mostrarse piedad.

En cualquier caso y dado que somos católicos, descanse en paz Rita Barberá i Déu l’hagi perdonada

Actualización

Vean ustedes la prueba del trato que dispensó el PP a su ex-militante. Es como esos anuncios de crecepelo de «antes y después», si bien aquí el protagonista es el Hernando malo (el otro, Antonio, es el «peor»)…

Trumpazo (III/2)

Pero hasta la paciencia tiene un límite. Y cuando aquellos a quienes te has comprometido a defender o sus dirigentes te desprecian —gracias a la propaganda y a un extraño prurito de veteranía— porque te ven como un cowboy de gatillo demasiado suelto, empiezas a pensar en el dinero que llevas enterrando en Europa desde hace 70 años. Y piensas: «Desagradecidos. Que os vayan dando». Y puede que se vuelva hacia Asia, donde podrá hacer mejores negocios y, en principio, sufrirá menos dolores de cabeza.

Eso puede plantear una incógnita muy incómoda a la élite extractiva europea, que hasta ahora y en conjunto se ha comportado como los pretendientes en casa de Ulises. Resulta que, si Trump toma esa dirección, ya no podrán dedicarse a legislar cuántas gotas de agua se pueden gastar más allá de las once de la noche. Ni podrán dedicarse a concluir pingües negocios con el dinero de todos los europeos. Tendrán que pensar en crear un ejército de la nada, pues nadie habrá que nos defienda salvo nosotros mismos. Eso, como saben ellos muy bien, no se crea en cuatro días. Y su mantenimiento, una vez creado, tampoco son baratos, ni mucho menos. Añorarán los días de vino y rosas. O tal vez no. Cabe la posibilidad de que se digan a sí mismos: «¿Peligro, dices? Nadie se atreverá a atacar de verdad a Europa. Los cuatro crímenes que han causado los islamistas son peccata minuta». Algo como esto en el Europarlamento:

—Bueno, hay que pensar en defenderse. Se acabaron los días felices —dice un diputado de centro-derecha—.

—¿Defenderse de quién? Nosotros somos pacifistas, queremos la paz a toda costa y no queremos hacer la guerra a nadie —responde uno de ultraizquierda—.

—Pero igualmente, si les atacan tendrán que defenderse, ¿no?

—En absoluto. Nosotros no queremos Ejército, somos pacifistas y si nos atacan nos rendiremos debidamente. First is business.

—Claro, claro. Tienen razón. Nada de militares en Europa. First is business.

La otra posibilidad es que desde Bruselas se firme un Reglamento que cree una especie de «Servicio Militar Europeo» y obligue a todos los Estados miembros a contribuir en consecuencia. Naturalmente, todos los nacionalismos de vía estrecha se negarán aunque ya no pasen por sus respectivas metrópolis («A Brussel·les sense passar per Madrit»). Y así, tanto cabrá que un danés acabe haciendo la mili en Torrevieja, Alicante, como que un español la acabe haciendo en Cluj, Rumania. De cualquier modo, un territorio se defiende (o dicho en términos más jurídicos, «se mantiene su paz y seguridad») a través de unas fuerzas armadas bien entrenadas y en estado de revista. Lo de dejar que cada país se ocupe de sus fronteras, como hasta ahora, no es una opción porque ya se ha probado y no funciona. Lo demás, y lo siento por los pacifistas, son tonterías. No está el horno para bollos.

Y si algún pacifista de vía estrecha me acusa de ser un «militarista» y bla-bla-bla, le diré esto…

Trumpazo (III/1)

Me queda por reflexionar, en esta serie de entradas, sobre algunos otros efectos que ha provocado el desembarco de Trump en la Casa Blanca. Teniendo en cuenta que la campaña que ha llevado a cabo no ha sido más que una cortina en que ha mostrado unos modales poco adecuados —en esto Clinton y sus partidarios tampoco se quedaron atrás—, queda por saber qué parte de todo lo que dijo en campaña va a mantener.

En política internacional hay un asunto que preocupa a los dirigentes europeos y que en este blog hemos mencionado alguna vez: la famosa relación transatlántica entre Estados Unidos y Europa. De este lado del Atlántico piensan que «puede haber problemas» y ya han organizado lo que se ha dado en llamar la cena del miedo. Una reunión de los principales mandamases de la UE cuyo orden del día contiene un único punto: «a ver qué hacemos ahora». Máxime cuando parece seguro que los ingleses, que son los otros que tienen un ejército digno de tal nombre en Europa, también van a irse puesto que su gobierno no va a rectificar el resultado del engaño del Brexit.

Pero si es perfectamente lógico, hombre. Les explico: los USA, hasta ahora, habían tenido a Europa como prioridad debido al avance del comunismo. Cayó el Muro de la Vergüenza europeo, el de Berlín, y los USA se comprometieron a seguir desplegando un dispositivo defensivo en Europa ante futuras amenazas. Un dispositivo que les cuesta un pastón, además. Sin embargo y desde hace 27 años (los que hace que cayó el Muro), la izquierda cateta y troglodita que padecemos en Europa no deja de dar el coñazo con el pacifismo. Incluso yo, desde que tengo uso de razón, recuerdo aquellas consignas de «¡OTAN no, bases fora!» que berreaba la izquierda antes de que un presidente… socialista… nos hiciera entrar en la OTAN.


Siempre me pareció curioso que protestaran por el militarismo de los USA y no por el de la URSS. Pero claro: ése sí que estaba justificado. Había que defenderse de las agresiones imperialistas americanas a base de jeans y Coca-Cola. Frente a los misiles Pershing, los SS-20 moscovitas. Faltaría más. Que en 1989 y en los años siguientes quedara sobradamente demostrado que los misiles no son materia comestible no ha arredrado a estos héroes de la pancarta (y de nada más). Siguen ahí dando el coñazo con consignas viejas y nuevas sobre el mismo tema (principio de orquestación); y la propaganda parece haber calado en la superestructura, que diría Marx.

Trumpazo (II)

La progresía mundial está de luto. Muchos no saben por qué apoyaban en realidad a Clinton, pero tenían clarísimo que Trump era el demonio. Vamos, que poco más que les ha faltado representarlo con cuernos, capa roja y tridente. Luego ha habido un factor con el que no han contado: las encuestas fallaron porque ya nadie se atreve a destapar en público sus preferencias. Prefieren hacerlo en la soledad de la cabina electoral, lo cual es una puñalada trapera al candidato. Claro: uno va convencido de que tiene al establishment de su lado y que basta eso para ganar. Los votantes parecen un barullo lejano. Trump ha partido de esa primera desafección del establishment (un desprecio básico y fundamental por el votante de a pie) para construirse una imagen ganadora de «maverick frente al sistema». Una imagen que, como decíamos en la entrada anterior, bien podría haber agradado a Clint Eastwood, si no fuera porque Trump es en realidad tan sistema como Clinton.

Pero lo interesante, a mi parecer han sido dos cosas: la primera, las reacciones a ambos lados del Atlántico. Por un lado, las de los derrotados demócratas, que prácticamente han llamado a tomar la calle. Es verdad que el discurso de Trump en campaña fue incendiario y no pocas veces ofendoso y faltón. Pero el hecho es que conectó con esa mayoría WASP a la que la política de Obama de favorecimiento de minorías —especialmente la de su color— había arrinconado. Los pijos demócratas no han digerido aún que Estados que fueron feudos suyos dejaran de serlo de un plumazo. Conclusión: el pueblo useño no es tonto y prefiere a alguien que le escuche en vez de a alguien que le dore la píldora pero que en realidad no le respeta, pues se ha dado cuenta de ello. El hecho de que se hayan producido disturbios, por otra parte, dice mucho del talante poco democrático de los seguidores de Clinton. Los Estados Unidos ya no pueden blasonar de su disciplina democrática al aceptar los resultados electorales.

Segunda cosa que me ha llamado la atención: el tratamiento que se ha dado aquí a la campaña electoral useña. En prácticamente todos los medios de cierta importancia, campaña mañana, tarde y noche. Y la noche electoral, la televisión pública anunciando una macroconexión de ¡seis horas, nada menos! para «seguir en directo la campaña. Me imagino que la seguirían los adictos, pero me hace surgir una reflexión. ¿De verdad es tan importante una campaña electoral en un país extranjero, aunque sean los USA? Oyendo a los presentadores y demás, parecía como que hasta teníamos derecho a votar allí, «porque las decisiones que se tomen nos van a afectar y mucho». Ridículo. Es cierto que nos van a afectar; pero dado que no somos ciudadanos useños, no tenemos poder alguno.

Tercera cosa, las reacciones de la intelectualidad en algún medio de comunicación. Particularmente me refiero a John Carlin, que ha escrito un par de libros sobre Mandela y debe creerse merecedor del Nobel, como poco (si se lo han dado a Bob Dylan, en realidad pueden dárselo a cualquiera, porque ese premio ya se ha convertido en un concurso de popularidad). Míster Carlin ha perpetrado una deposición en Er Paí (en realidad una serie), en la que augura toda clase de calamidades y plagas bíblicas a los USA por haber elegido a ese P.T. Barnum of finance como la persona que va a dirigir los destinos de la nación más poderosa durante al menos cuatro años (puede que sean ocho). Naturalmente no lo piensa sólo él, sino que hay muchos que repiten ese mantra. Hasta los comunistas de Podemos se hacen los ofendidos cuando se les compara con él, siendo así que son tan populistas como él.

En mi opinión, Trump es un tipo listo, extravagancias aparte. Otra cosa, que sólo se ha de ver con el tiempo, es si es bueno para los intereses de su país, que es donde realmente importa. Nosotros, tome él las decisiones que tome, nos las tendremos que comer sin poder decir gran cosa al respecto porque no somos nacionales de ese país, pese a que los informativos progres (también el de la televisión pública, que es de todos, o sea, de los partidos) y quienes los dirigen nos quieran convencer de otra cosa.

Trumpazo (I)

Supongo que a la altura de estas fechas cuesta ser original con el asunto de Trump, presidente electo de los Estados Unidos de América. Ha hecho correr ríos de tinta durante la larguísima campaña useña. Voy a desglosar mis impresiones en dos bloques.

Durante la campaña

Como es sabido, en comparación con la campaña española oficial, la campaña electoral useña dura todo un año. El candidato va superando los famosos caucus y supermartes enfrentándose a los rivales de su propio partido: o te los comes, o te comen. A diferencia de otras campañas, en esta no se han ahorrado el juego sucio, los improperios, las amenazas, incluso físicas… en fin, se ha parecido más a una campaña de las nuestras. ¿O es que ya se parecen todas?

Llama la atención que la izquierda toda, de ambos lados del Atlántico, se haya lanzado contra Trump. El candidato ha sido ofendoso y faltón, lo cual ha sido un regalo para la izquierda ofendosa y faltona, pues ha podido despacharse a gusto con alguien que usa sus mismos métodos, al menos en campaña. Frente a la displicencia estirada y gélida estilo Wellesley College —donde estudian las niñas pijaprogres— de Hillary Clinton, Trump se ha construido una imagen de cowboy más del agrado de un buen número de votantes. No es extraño que a Clint Eastwood le cayera simpático; aunque tampoco creo que le contratara para una secuela de su Jinete Pálido, que en este caso debería titularse El jinete peliteñido.

Los intentos de ridiculizar a Trump presentándolo como un estúpido sin matices o con ellos («Como empresario vale; pero como político…») no han colado. Tampoco su propio intento de presentarse como antisistema (o maverick, que dicen por allí) pues es tan «del sistema» como Clinton. Porque si no lo eres, ocurre como en España y la cerrada oligarquía bancaria de Neguri: no te dan ni la hora y te expulsan por «advenedizo». De hecho, Trump y Clinton ya se conocen empresariamente desde hace mucho; hicieron negocios juntos y no demasiado limpios, según se dice por ahí. Y bueno, si fuera un estúpido, no hubiera ampliado el negocio familiar hasta sus dimensiones actuales. Y no hubiera dado ocasión a su ex, Ivana Zelnikova, de decir aquello de «No llores: enriquécete», que es lo que usan ahora las señoras para dejar en paños menores a sus exmaridos tras un divorcio. No es un estúpido, pese a que a muchos les gustaría pensar que es así.

Por lo demás, todo lo que al parecer le han podido encontrar a Trump es que alguna vez no pagó impuestos y que ha proferido expresiones desconsideradas en alguna ocasión contra las mujeres. En cambio, lo curioso y sorprendente es que a Clinton, jugando como jugó la carta del género, muchas mujeres de su mismo status no la consideraran atractiva electoralmente hablando. No menos sorprendente es que Trump, con declaraciones que se calificaron de xenófobas por sus adversarios («Vamos a construir un muro en Río Grande y vamos a conseguir que México pague la mitad»), consiguiera votos especialmente entre los latinos. Claro que, como dice Vicente Santacreu, Peña Nieto debería escandalizarse menos por las declaraciones de Trump y preguntarse más por qué tantos conciudadanos suyos se arriesgan a cruzar el Río Grande en dirección Sur-Norte sin más patrimonio que su voluntad de encontrar un futuro mejor.

¿El error de Clinton? No ha tenido que ver con su género, pues ya ha habido mujeres en puestos importantes de la Administración. Sin ir más lejos, Condoleezza Rice o Madeleine Albright, que la precedieron en el cargo de Secretaria de Estado. O Janet Yellen, presidenta de la Fed. El error que ha cometido Clinton es muy grave, en tanto que pudo haber comprometido la seguridad nacional de su país: usar un servidor de correo privado (Yahoo) para gestionar información de alto secreto. Sin olvidar el desastre de Egipto, en que fue asesinado el embajador useño. Por no hablar de sospechas fundadas de que pudo haber dado carta blanca para financiar al Daesh. En Estados Unidos, todavía la primera potencia mundial, no se andan con chiquitas: si vales, da igual que seas hombre o mujer; y si no vales, también. Por eso pudo ganarla en el último minuto, cuando parecía que ella iba a ser la primera Presidenta mujer de los USA: como si ser mujer concediera un plus de legitimidad e inteligencia que un hombre no tuviera. La minoría negra ya tuvo a su Obama y el juicio que queda es que, aparte de su oratoria (buena), su labor como Presidente se quedó en medianeja, bajadas de pantalones ante Irán aparte.

Ya siendo originales, me resulta curioso el parecido (la similaridad visual, que dice Google cuando uno busca fotos) entre estas dos imágenes…

Jalogüín

Por su interés, reproducimos este artículo, aunque no esté de actualidad porque ya ha pasado una semana. Original aquí.

Del mismo modo que la Semana Santa no tardará en ser confundida con las fiestas de moros y cristianos, las iglesias no tardarán en ser nada más que testigos mudos de un culto extinguido, como los templos paganos y las pirámides.

 

 

 

 

JESÚS LAÍNZ

Calabazas de Halloween acechan entre las verduras. ¡El Imperio ha llegado a la frutería!

Es una constante histórica que a las potencias políticas en sus épocas de grandeza les salgan imitadores. Además del caso más evidente, Roma, si España exportó su lengua, cultura y modas en el siglo XVI, Francia e Inglaterra recogieron el testigo en siglos posteriores. Pero lo que exporta la primera potencia de nuestros días no es precisamente lo elevado: la comida basura, las acrobacias de Michael Jackson y la idiotez de Halloween. Interesante síntoma.

Todas las calabazas son idénticas, perfectas, esféricas, del mismo tamaño y color. Parecen de plástico pero son de verdad. Lo artificial es el aparatoso envoltorio negro, lleno de brujas y espectros, más propio de un juguete que de una hortaliza. Al fin y al cabo se supone que no es para comer, sino para jugar.

Y que nadie eche la culpa a los yanquis: nunca ha existido nada parecido a una Halloween Exportation Agency. Si se ha imitado la cosa en otros países es porque les ha dado la gana. Si el vacío espiritual de Europa se llena con cualquier tontería llegada de la otra orilla del Atlántico o de cualquier otro lugar, no es culpa de los norteamericanos.

Lo más divertido es que estas calabazas tan monas, tan perfectas, tan clónicas que daría grima comérselas, llegadas desde la metrópoli hasta los supermercados más alejados del Imperio, nacieron en Los Alcázares, Murcia, Spain.

Del mismo modo que la Semana Santa no tardará en ser confundida con las fiestas de moros y cristianos, la tomatina de Buñol o la defenestración de la cabra de no sé dónde –para lamentar lo cual no hace falta ni siquiera ser creyente–, las iglesias no tardarán en ser nada más que testigos mudos de un culto extinguido, como los templos paganos y las pirámides. Ya hoy casi sólo cumplen la función de museos para masas ajenas e irrespetuosas con el culto que allí sigue celebrándose marginalmente. Y es la propia Iglesia la que se esfuerza en vulgarizar, en profanar el carácter sacro de sus edificios, rebajando sus ceremonias en persecución de un contraproducente populismo mediante decoraciones degradantes y musiquillas tontas que a veces incluso sirven de soporte para letras disolventes. Por ejemplo, el Imagine de John Lennon durante la consagración. Debe de ser que los curas no saben inglés.

Y en cuanto a la fiesta ésta de las calabazas, no sólo ha barrido con la costumbre bisecular de representar el Tenorio de Zorrilla (¿Tenorio? ¿Zorrilla? No me suenan. ¿En qué equipo juegan?), sino que incluso ha conseguido que mientras los que peinan canas van al cementerio a depositar unas flores y dedicar una oración a sus seres queridos, la juventud más preparada de la historia de Expaña se va de fiesta disfrazada de zombi.

Si en la tradición grecolatina los muertos representaban una presencia benefactora que, generalmente a través de los sueños, aconsejaban y acompañaban a los vivos, los románticos anglosajones consiguieron hacer de ellos unas criaturas espeluznantes; y del Más allá, el reino de la oscuridad. Hasta los niños de corta edad han aprendido que eso de la muerte del cuerpo y la inmortalidad del alma consiste en un pasatiempo dedicado a asustar, perseguir, matar y comerse a la gente. De ello se han encargado hasta los colegios de monjas, donde se anima a la chavalería a celebrar el día de Todos los Santos bailando Thriller.

Esto se cae. Y no por la economía.

Comentario nuestro. Y precisamente porque eso ocurre en escuelas católicas, me gustaría ver a los padres de esas escuelas protestar activamente, contraprogramando la celebración pagana. Y me gustaría también no tener que ver a la Iglesia encogiéndose de hombros, resignada, diciendo: «No se puede luchar contra la moda». Claro que sabiendo quién está al frente de esas modas, pues… Nada tiene de extraño que la juventud actual, recibiendo las enseñanzas que ha recibido, considere la celebración de los Difuntos y de Todos los Santos como una ocasión más para hacer el burro (con todos los respetos para ese noble animal).