Trumpazo (III/2)

Pero hasta la paciencia tiene un límite. Y cuando aquellos a quienes te has comprometido a defender o sus dirigentes te desprecian —gracias a la propaganda y a un extraño prurito de veteranía— porque te ven como un cowboy de gatillo demasiado suelto, empiezas a pensar en el dinero que llevas enterrando en Europa desde hace 70 años. Y piensas: «Desagradecidos. Que os vayan dando». Y puede que se vuelva hacia Asia, donde podrá hacer mejores negocios y, en principio, sufrirá menos dolores de cabeza.

Eso puede plantear una incógnita muy incómoda a la élite extractiva europea, que hasta ahora y en conjunto se ha comportado como los pretendientes en casa de Ulises. Resulta que, si Trump toma esa dirección, ya no podrán dedicarse a legislar cuántas gotas de agua se pueden gastar más allá de las once de la noche. Ni podrán dedicarse a concluir pingües negocios con el dinero de todos los europeos. Tendrán que pensar en crear un ejército de la nada, pues nadie habrá que nos defienda salvo nosotros mismos. Eso, como saben ellos muy bien, no se crea en cuatro días. Y su mantenimiento, una vez creado, tampoco son baratos, ni mucho menos. Añorarán los días de vino y rosas. O tal vez no. Cabe la posibilidad de que se digan a sí mismos: «¿Peligro, dices? Nadie se atreverá a atacar de verdad a Europa. Los cuatro crímenes que han causado los islamistas son peccata minuta». Algo como esto en el Europarlamento:

—Bueno, hay que pensar en defenderse. Se acabaron los días felices —dice un diputado de centro-derecha—.

—¿Defenderse de quién? Nosotros somos pacifistas, queremos la paz a toda costa y no queremos hacer la guerra a nadie —responde uno de ultraizquierda—.

—Pero igualmente, si les atacan tendrán que defenderse, ¿no?

—En absoluto. Nosotros no queremos Ejército, somos pacifistas y si nos atacan nos rendiremos debidamente. First is business.

—Claro, claro. Tienen razón. Nada de militares en Europa. First is business.

La otra posibilidad es que desde Bruselas se firme un Reglamento que cree una especie de «Servicio Militar Europeo» y obligue a todos los Estados miembros a contribuir en consecuencia. Naturalmente, todos los nacionalismos de vía estrecha se negarán aunque ya no pasen por sus respectivas metrópolis («A Brussel·les sense passar per Madrit»). Y así, tanto cabrá que un danés acabe haciendo la mili en Torrevieja, Alicante, como que un español la acabe haciendo en Cluj, Rumania. De cualquier modo, un territorio se defiende (o dicho en términos más jurídicos, «se mantiene su paz y seguridad») a través de unas fuerzas armadas bien entrenadas y en estado de revista. Lo de dejar que cada país se ocupe de sus fronteras, como hasta ahora, no es una opción porque ya se ha probado y no funciona. Lo demás, y lo siento por los pacifistas, son tonterías. No está el horno para bollos.

Y si algún pacifista de vía estrecha me acusa de ser un «militarista» y bla-bla-bla, le diré esto…

Trumpazo (III/1)

Me queda por reflexionar, en esta serie de entradas, sobre algunos otros efectos que ha provocado el desembarco de Trump en la Casa Blanca. Teniendo en cuenta que la campaña que ha llevado a cabo no ha sido más que una cortina en que ha mostrado unos modales poco adecuados —en esto Clinton y sus partidarios tampoco se quedaron atrás—, queda por saber qué parte de todo lo que dijo en campaña va a mantener.

En política internacional hay un asunto que preocupa a los dirigentes europeos y que en este blog hemos mencionado alguna vez: la famosa relación transatlántica entre Estados Unidos y Europa. De este lado del Atlántico piensan que «puede haber problemas» y ya han organizado lo que se ha dado en llamar la cena del miedo. Una reunión de los principales mandamases de la UE cuyo orden del día contiene un único punto: «a ver qué hacemos ahora». Máxime cuando parece seguro que los ingleses, que son los otros que tienen un ejército digno de tal nombre en Europa, también van a irse puesto que su gobierno no va a rectificar el resultado del engaño del Brexit.

Pero si es perfectamente lógico, hombre. Les explico: los USA, hasta ahora, habían tenido a Europa como prioridad debido al avance del comunismo. Cayó el Muro de la Vergüenza europeo, el de Berlín, y los USA se comprometieron a seguir desplegando un dispositivo defensivo en Europa ante futuras amenazas. Un dispositivo que les cuesta un pastón, además. Sin embargo y desde hace 27 años (los que hace que cayó el Muro), la izquierda cateta y troglodita que padecemos en Europa no deja de dar el coñazo con el pacifismo. Incluso yo, desde que tengo uso de razón, recuerdo aquellas consignas de «¡OTAN no, bases fora!» que berreaba la izquierda antes de que un presidente… socialista… nos hiciera entrar en la OTAN.


Siempre me pareció curioso que protestaran por el militarismo de los USA y no por el de la URSS. Pero claro: ése sí que estaba justificado. Había que defenderse de las agresiones imperialistas americanas a base de jeans y Coca-Cola. Frente a los misiles Pershing, los SS-20 moscovitas. Faltaría más. Que en 1989 y en los años siguientes quedara sobradamente demostrado que los misiles no son materia comestible no ha arredrado a estos héroes de la pancarta (y de nada más). Siguen ahí dando el coñazo con consignas viejas y nuevas sobre el mismo tema (principio de orquestación); y la propaganda parece haber calado en la superestructura, que diría Marx.