Genocidios olvidados

Parece ser que anteayer fue día de recordar a las víctimas del Holocausto, las de la Shoah. Ésas víctimas, por suerte para ellas, han tenido siempre quién les escribiese. Desde Eisenhower, que, con toda razón, pidió a fotógrafos y cineastas que sacaran fotos y películas, «para evitar que en algún punto del camino surgiera un hijo de puta y dijera que eso no había ocurrido», hasta quienes ayer se reunieron para recordar esos sucesos terribles.

Sin embargo, parecen existir genocidios de primera y de segunda clase. El Holocausto judío es high-profile y por lo tanto, todo el mundo sabe algo, y unos hablan a favor de recordarlo y otros —tal y como predijo Eisenhower— en contra, tildándolo de Holocuento. Pero no vamos a entrar en eso. Otros genocidios, les decía, no gozan de esa visibilidad. No entran en las celebraciones oficiales quién sabe por qué extraña razón. Sólo tienen sitio en los canales temáticos de documentos y sólo en caso de insomnio es posible pescar un documental sobre ellos.

En esta categoría entra uno que me interesa especialmente recordar: el holodomor ucraniano. Como les decía antes, los ucranianos no tienen quien les escriba y por eso, lo que sucedió en sus tierras allá por el 1935 no ha tenido prácticamente eco en la historia. Stalin, ese bestia, dejó morir de hambre a cinco millones de ucranianos por una cuestión de simple propaganda. Había que contrarrestar la propaganda de que en el «nuevo Estado soviético» nada era lo que se había prometido y que la ineficiencia era la norma en cuanto al funcionamiento. Había que dar la impresión de que la URSS nadaba en la abundancia. Y al Padrecito no se le ocurrió más brillante idea que exportar a toneladas el grano ucraniano. Ucrania, que tradicionalmente había sido el granero de Rusia, quedó totalmente arrasada y empobrecida. Empezaron las requisas y el hambre asolaba el territorio de parte a parte.

Pero esto, para los progres y a los analfabetos por causa ideológica, no es relevante. Todo lo que hizo Stalin no es relevante, pese a que consta en la página correspondiente de la Wikipedia. Y lo que queda es que Hitler era muy malo por el modo en que eliminó a los judíos (gaseamiento), pero Stalin era «menos malo» porque sólo «mataba de hambre» a sus víctimas. Es como decir que un hombre es menos malo porque no pega a su mujer, aunque en la cotidianeidad la trate como si no existiese o fuese una especie de fantasma.

Algo parecido ha pasado con el holodomor. Se sigue pasando de puntillas. No hay casi testimonios gráficos —¡horror!— y los testimonios más fiables son los de la bábushka que por aquellos años era una niña y tuvo la suerte de sobrevivir. Todo es visibilidad, al final. Mucho hablar de los campos de exterminio nazi, pero poco se habla del Gulag, que era un gigantesco sistema de trabajo esclavo, y al que se accedía… por ninguna causa. Además, no hay fotos ni películas del Gulag, una creación personal del demonio estalinista. Les recomiendo el estupendo libro de la autora Anne Appelbaum, Gulag, sobre el particular. Para los progres, les dejo el enlace en Wikipedia, para que se informen y al menos, cuando quieran cantar las bondades del comunismo, bajen un poco la voz para no hacer el ridículo…

Y mencionamos éste porque es de los más significativamente silenciados. Pero lo mismo cabría decir del genocidio armenio de 1915. Han pasado más de 100 años y los turcos siguen sin reconocer que se pasaron por la piedra nada menos que a un millón de armenios. Y no, no es una estadística, como hubiera dicho el Padrecito…