Macron (I)

Monsieur Le Président

A riesgo de parecer… bueno, lo que ustedes quieran, desconfío por sistema de un candidato en unas elecciones que es apoyado públicamente al mismo tiempo por la Logia y por la morisma. Más todavía si es un candidato casi sin partido ni programa, que en siete meses ha conseguido encaramarse al poder absoluto, cual petit Napoléon. Lo cual es la prueba, al menos en Francia, de que los mítines ya no son necesarios: basta que uno salga por la televisión un número suficiente de veces y que «dé bien», como dicen los profesionales de la cosa, y ya es candidato a lo que sea que se presente. Tout pour la image, podríamos decir.

En España vamos con retraso respecto de eso. Los fieles todavía van a la misa, aunque el descreimiento general va creciendo. Ya no funciona aquello de Hitler de «(…) ordeno a todos que vayan a los mítines, donde se vuelven parte de la masa, les guste o no, tanto los «intelectuales» y burgueses como los trabajadores. Yo me mezclo con el pueblo, y sólo hablo con ellos como masa». El Gran Hermano televisivo permite reproducir la emoción del mítin muchas veces y por eso sale a cuenta. Y por eso, como decía Federico no hace muchos días, si a Podemos se le quitan todas las cadenas en las que sus gerifaltes mueven el rabo con toda libertad, en cuatro meses la intención de voto caería a la mitad.

Otra cosa es el obsceno espectáculo que han ofrecido los medios, tomando partido (con las debidas excepciones) descaradamente y sin objetividad alguna por Macron. Incluso el diario ABC se ha prestado a ello. No les ha faltado más que llamar «nazi» all’zugleich a Marine Le Pen. No menos obscena ha sido la catarata de parabienes recibida por ese hombre una vez el escrutinio terminó y se supo que éste era el vencedor. Sobre todo, les propongo que hagan este ejercicio: sustituyan, en los titulares de todos los periódicos «Europa» por «Unión Europea», que son concetos distintos. Verán cómo la percepción cambia y se acerca más a la verdad. En otra próxima entrada discutiremos esa diferencia.

Finalmente y para esta primera entrada de la serie, tomo este dato: la abstención ha sido del 60%. De lo cual se deduce, claramente, que ha ganado le parti de l’abstention. Sin embargo, la maquinaria sigue, porque en ningún país se ha establecido un número mínimo de votantes para que el resultado de las elecciones sea representativo y legítimo. Es decir, que aunque votara el 10% del censo, se aplicarían los porcentajes y listo. La legitimidad de origen da igual en todas partes y a nadie se le caería la cara de vergüenza si tal cosa sucediese.

20 de abril (y II)

Continuando con la entrada anterior, podríamos remedar el comunicado que el 1 de abril de 1939 Franco hizo circular para decir que la guerra había terminado…


Situémonos ahora en el día 24 de abril de 2017 y digamos algo parecido a esto: «En el día de hoy, cautivas y desarmadas las fuerzas liberales y conservadoras, la facción progresista ha alcanzado sus últimos objetivos militares. LA GUERRA HA TERMINADO. El Presidente, Rajoy».

En esta fecha, hace unos días ya, veíamos cómo Esperanza Aguirre dimitía de todo o, más bien, de lo único que le quedaba: de concejala del Ayuntamiento de Madrid y, sobre todo de su posición de icono de cierta derecha que ahora mismo está replegada o lleva huyendo en desbandada por lo menos desde 2012 (desde que Esperanza dimitió como Presidenta de la CAM).

Como dice el anuncio, «permítanme que insista». Un servidor no termina de entender que, después de tantos avisos, Esperanza Aguirre se negara absolutamente a dar oídos a quienes le hablaban de las pifias de Paquito Granados o Nachete González, y a investigar siquiera un poquito. Consecuencia de lo cual, puede que en el gran juicio final del caso Lezo (vergüenza tendría que darle al policía que bautizó ese caso de delincuencia de cuello blanco con el nombre de uno de nuestros más insignes marinos. A nuestros cargos políticos y altos cargos funcionariales no se les caen los anillos al suelo por enmierdar la memoria de nuestros héroes), puede que no estén todos los que son.

De cualquier modo y a toro pasado, parece una estrategia de manual de cómo llevarse por delante a un rival o a un subordinado molesto:

a) Si es un corrupto, bastará con sacarle alguna pifia. Que es lo que intentaron al hacer pública la declaración de la renta de Aguirre: la campaña de descrédito, el mismo instrumento que usaron exitosamente contra María San Gil. No tanto con Esperanza, porque pese a las zancadillas de su propio partido salió de jefa de la oposición municipal (relegarla a la arena municipal ya fue un golpe duro). Del descubrimiento y revelación de secretos (197 CP) que se hubiera podido imputar al que facilitó la declaración de la renta nunca más se supo.

b) Si no lo es, hay que rodearle de corruptos y luego sacar las pifias de éstos. Se ha ido tirando del hilo y ha resultado que la única que —en principio— no estaba pringada era ella. Les ha quedado el consuelo de que ella reconociese, llorosa, su culpa in vigilando. Pero por encima de todo, consiguieron visibilizar su situación como insostenible y aún otra cosa: que saliera vergonzosamente por la puerta de atrás. «De cine», que hubiera podido decir Mauricio Casals.

La guerra ha terminado. Muy bien. ¿Qué es lo que queda en pie en el PP de Madrid, una vez laminado todo vestigio de la época de Aznar? Poco. Un PP genuflexo ante los postulados del vacío progresismo socialdemócrata, hacia el cual camina con acrisolado fervor y esforzado denuedo. Si es que uno ni sabe por qué lo siguen llamando «la derecha», cuando todo lo que oliese a «derechismo» ha sido barrido completamente (llevaban desde 2008 en ello y ya por fin lo han conseguido). Que Pedro Sánchez y otros en la pesoe hablen aún de «hay que ganar a la derecha» sólo puede significar dos cosas: o que son estúpidos o que toman por estúpidos a quienes les dan oídos.

Para quien quiera entenderlo: lo que ha ocurrido en Madrid, además de una emocionante escena de liquidación política de una persona, ha sido la visibilización del hecho de que la distinción izquierda/derecha ha saltado por los aires. Rajoy ha conseguido que hasta un troll desorejado como Ruby Marmolejo se plantee seriamente votarle, en caso de que condescendiera a leer su programa.

Hoy el PP y especialmente el de Madrid «progresa adecuadamente» hacia la ruina política. De entrada, por algo tan «fascista» como impedir que unos ciudadanos se manifiesten contra la ideología de género montados en un autobús. Y por otras leyes que han aprobado que, a quienes votamos al que en otro tiempo fue el partido que nos representaba, nos hiela la sangre. Eso sí, con el marchamo de calidad LGTB, que hoy es lo que parece preocuparle a Cifuentes y por ende, a Génova 13.

La desgracia de España es que nos gobiernan políticos, mientras que los estadistas batuecos piensan, idean y planifican contra España.