El problema catalán (VIII)

Al final todo ha sido una tramoya. No cuela —por ahora— la famosa «reforma prostitucional» que iba a colarnos nuestra casta política y la jugada ha quedado, poco más o menos, en salvar los muebles ante la opinión pública. Rajoy declara un «155 limitado» y todos contentos. Los únicos que pueden estar furiosos son las bases de la CUP, que ya se veían apatrullando Cataluña a la caza del facha español tras la DUI. DUI que al final no fue ni declaración, ni unilateral ni de independencia. Puigdemont no tiene los huevos que tuvo el masón Companys de salir al balcón y proclamar la república catalana. Ni siquiera proclamó la republiqueta catalana, no fuera a ser que le empapelaran por rebelión.

De hecho, los empapelables no son de mucho nivel: Trapero y unos cuantos más. Cuando las cosas se ponen feas y la manada que antes protegía se disuelve, quedan los cabezas de turco. Y es bueno para los políticos malos tener uno al menos. El de Puigdemont es el major de los Mossos. Y los demás (Forcadell y cía) ya veremos qué excusa se sacarán. O irán como los cátaros a la hoguera (hoy un poco de prisión y poco más): cantando himnos de alabanza y sabiéndose mártires por la causa. Mártires que serán citados en la intimidad familiar, al modo como lo cuenta Jon Juaristi en su ensayo sobre el nacionalismo vasco y que serán, con el tiempo, semilla de nuevos tarados separatistas porque el Gobierno no hizo en su momento los deberes.

Y luego, por fin, el art. 155, precedido de unas infectas declaraciones del menistro-portacoz coincidiendo con los agitadores de cuarta del procés: que la situación de la educación en Cataluña es como una bassa d’oli y que las denuncias por acoso lingüístico y tal «son casos aislados». O este ministro es tonto, o nos toma por tontos a los demás y se ríe en nuestras barbas. Seguramente en su logia estarán contentos; pero un ministro que ante los casos que se han dado en su ramo no quiere trabajar tiene derecho a ser expulsado del Gobierno. Pero, claro, como el jefe tampoco quiere que perturben su cómoda siesta, es del mismo parecer y aquí no pasa nada.

Lo que queda claro, tras la «aplicación del 155», es lo siguiente: que el Gobierno de Mariano no se ha querido arremangar los brazos y trabajar en el nivel más básico de la política. Igual que en Madrid ha dejado la educación, la cultura y la comunicación en manos rojo-masónicas, ha hecho lo mismo en Cataluña, dejándolas en manos de los separatistas (que alguno de ésos estará también en la logia seguro). No es así como se desmonta la hegemonía del programa separatista.

Sepan ustedes que cuando los useños se apoderaron, tras el breve conflicto con España, de las Filipinas, una de las primeras cosas que hicieron fue mandar al archipiélago filipino nada menos que 10.000 (diez mil) profesores de lengua inglesa para enseñar a la nueva colonia de los USA the Empire’s Language. Lo que, con el tiempo, se ha convertido en la razón por la cual la población filipina tiene nombre español y, sin embargo, habla en inglés (y tagalo). Sin embargo, de tan «democrático» que quiere parecer nuestro Gobierno, parece tonto. Estoy seguro de que en Francia o en Alemania habría una purga de profesores y directores de colegios comprometidos con la independencia de Bretaña o Baviera, respectivamente. Y a nadie le parecería «antidemocrática» la medida. Pero aquí, donde el lenguaje separatista y proterrorista ha ganado la batalla, ocurriría distinto. Teniendo un ministro de ¿Cultura? que gusta de que le rompan la cara en las galas de los titiriteros, ¿cómo vamos a pensar que hará algo por recuperar las competencias educativas que Aznar cedió graciosamente (hoy ya no tiene gracia) a las CC.AA. y defender de paso el derecho de las familias a educar en la lengua oficial del país en todo su territorio?

La otra parte de la opereta montada es la de las elecciones. Primero, elecciones a cambio de la DUI: «Si no declaras la independencia y aceptas elecciones, no te aplicaré el 155». Como Puigdemont no dijo ni una cosa ni otra, la aplicación del susodicho artículo ha conllevado la disolución del Parlament y la convocatoria de elecciones en dos meses. Y qué manía la de Rajoy de convocarlas en diciembre, justo antes de Navidad. Tendrá sus razones, desde luego. Solamente espero que la Cataluña no separatista no se vaya de vacaciones, como suele hacer, y piense que no se juega nada con esas elecciones. Elecciones, como decimos, en una Cataluña en que los separatistas controlan la educación, la cultura y la comunicación.

Yo siempre les digo que no sé para quién trabaja nuestro Gobierno; pero desde luego, no es para nosotros. Me da igual el color del Gobierno. Corran apuestas: puede que trabaje para Bruselas, que odia los Estados-Nación y busca crear un superestado neutro en que todos sus habitantes compartan un sustrato común sin desviaciones regionales o locales. Por eso odia a países como Hungría o Polonia, que hacen valer su tradición católica frente al laicismo de los eurócratas y se niegan a aceptar las decisiones de Bruselas contrarias a esa tradición.

O puede ser que esté trabajando por la implantación definitiva del Nuevo Orden Mundial, cuyo fin es la transformación de las sociedades cristianas en «relativistas, naturalistas y laicistas (o sea, masonizadas e incluso masónicas)» (P. Manuel Guerra). Ya llevamos un trecho en ese camino, impulsados desde Bruselas en lo cercano. Cataluña ha sido y es banco de pruebas. En mi opinión, no ha de llevar a nada bueno. En cinco años lo veremos casi seguro.

El problema catalán (VII)

Menuda ceremonia de la confusión que ha habido en las dos últimas semanas. Ceremonia que, según parece, terminó ayer con la declaración refinitiva del famoso artículo 155 CE. Los acontecimientos se han sucedido, a ras de suelo, como una confusa catarata de declaraciones y contradeclaraciones, en las que prácticamente todos se han retratado. Pero vamos por partes, que diría Jack el Destripador.

Dejábamos nuestro relato en el punto del sorprendente discurso del Rey, que en nuestra opinión no fue escrito por ningún fontanero de lo políticamente correcto. Dicho discurso provocó una reacción inesperada para quienes conducen el vehículo de la presunta reforma constitucional: ese fin de semana Madrid y después Barcelona se llenaron de banderas españolas. Prescindamos de los nombres propios que los manifestantes querían llevar a prisión. Al pueblo, ése que nuestros (presuntos) representantes desprecian en el fondo, le daba igual si reforma sí o sí no: hartos de toda la tramoya, pedían el regreso a la normalidad de la situación política y la aplicación de la Ley y la actuación de la Justicia y las fuerzas del orden en todo el territorio español.

Lo cual hizo que los sesudos conductores se detuvieran un tanto. Ante tal marea de banderas, se dijeron: «Con tanta banderita será imposible que traguen con una reforma constitucional que encima les dé más poder». Y entonces, gentuza como Pablo Iglesias pareció ver la luz: un tío que afirmaba no poder decir «España» y que el himno nacional le parecía una «cutre pachanga fachosa» ahora «amaba España». Pero es sabido que para Pablemos y su troupe no hay límite: tanto la verdad como la mentira son armas revolucionarias. El hecho cierto es que reculan todos, menos Cs que sí había pedido la aplicación del citado artículo.

Requiéreme otra vez

Así las cosas, el art. 155 CE exige un requerimiento a la comunidad incumplidora para que cese en su incumplimiento. La escena es digna de un Berlanga, aunque me temo que hoy en el cine español no hay nadie que le chiste al Gobierno, salvo para pedirle más dinero e insultar al ministro del ramo que no es de su cuerda. Podría ser algo como esto:

—Carlesh, te requiero para que no proclamesh la independencia.

—No la voy a proclamarla del todo, sólo un poquito.

—Bueno, pues yo te aplicaré el 155 sólo un poquito.

Home, cómo te pones. Estamos entre amics, ¿no?

Amiguiños sí, pero a vaquiña polo que vale, ¿eh? —Rajoy hasta se sorprende: tamén fala galego na intimidade—.

Hay que imaginarse la jugada: en Barcelona y en Madrid hay sendos camarotes de los hermanos Marx. En Madrid, el monstruo de Sánchezstein y Pablemos; en Barcelona, el PSC, que es casi autónomo de su centro madrileño. «Hay que dialogar, como no puede ser de otra manera. ¿Cómo se atreve Rajoy a no dialogar?», a ambos extremos de la línea. En Barcelona, además, los de la CUP. Están nerviosos porque Puigdemont parece que se arruga un poco ante la posibilidad de que el pagano del sarao sea él y unos pocos más de los suyos. Le empujan, seguros del poder que empiezan a tener en la calle a través de los CDR (Comités de Defensa del Referéndum, una transposición de sus homólogos cubanos): «¡Como no declares la independencia vamos a por ti!». Como ya hemos hablado del diálogo no vamos a volver sobre ello.

Total, que entre unos y otros la escena se convierte en el clásico de la despedida telefónica de enamorados:

—Empieza tú por no declarar la independencia…

—No, tú a no aplicar el 155…

—No, tú…

—No, no, tú…

Y así, ad nauseam. Tres veces, no una, requirió Rajoy a Puigdemont. Tres veces citó al toro y tres se negó a salir, aunque luego al final declarara la independencia del pobre.

Aunque lo que nos tiene con las dichosas náuseas es que esto se pudo haber acabado en 2014. Pero fue tan brutal el ejercicio de la negación de la realidad en aquel entonces que ha habido que esperar tres años después. Y encima, a la aplicación de un 155 limitado. Tanto, que no sabemos si en realidad es un 15,5 o un 1,55. Lo fundamental es que a partir de las manifestaciones en Madrid y Barcelona tanto hunos y hotros no han hecho otra cosa que recular, aunque las calles catalanas, tomadas por la CUP hayan parecido decir otra cosa.

El problema catalán (VI)

Seguimos contando la relación, como si los fets de l’1 d’octubre fueran un romance de ciego. Y ciegos estábamos cuando nos explicaban todo lo que pasaba en Cataluña. «¡Esto es un escándalo… una inmoralidad!» se truena desde los medios. Los periodistas, cada uno desde su línea editorial, tratan de formar el «séquito» que refuerce sus propias afirmaciones. Así, ante lo anterior, al periodista que se dice influencer le encanta oír «¡Sí, sí, sí, Puigdemont al paredón!». Naturalmente, estamos hablando de redes sociales, donde no cuesta nada pegar un puñetazo en la barra virtual.

Dejemos por un momento la crítica de las redes sociales —volveremos sobre ello— y centrémonos en el siguiente acto de este sainete, entremés u obra del género chico —la ópera, sin duda, es más propia de los italianos, franceses y alemanes—.

Terminado, pues la escena electoral, con unos resultados falsos y falseados, las espadas están en alto. Rajoy no dice gran cosa, salvo que tiende la mano al diálogo. El espadón de Mojácar, junto con la go-gó del Llobregat, poco menos que exigen diálogo. Ciudadanos pide la aplicación del 155 CE, pero con un poco de diálogo, no sea que les vuelvan a romper las lunas de alguna sede en Cataluña. ¡Hombre! ¡Si hasta los comunistas de Podemos piden diálogo! Diálogo es la palabra de moda en la última semana. Pero como les decía en otra entrada de esta serie, no se dialoga con los delincuentes (hablamos de delitos de sedición e incluso de rebelión). Y en cuanto a «negociar el cumplimiento de la ley», como yo les decía, vayan ustedes a su Ayuntamiento a «negociar» el pago de un impuesto municipal, ya sea la cantidad o el momento del pago. Se van a enterar ustedes de lo que vale un peine.

Entonces, Puigdemont se ve atrapado. Si declara de verdad la independència, Rajoy le echará encima a la Justicia y con razón, porque habría cometido el delito de rebelión (472 CP). Y si no lo hace, sus amigotes de la CUP le darán la patada del sillón del President. ¿Qué hacer? ¿Cómo contentar a todos? Sencillo —o no—: declarar la independencia y, acto seguido, suspenderla. Y mientras tanto, seguir dialogando para ganar tiempo mientras el paralelogramo de fuerzas se estabiliza.

Pero hete aquí que, de una forma imprevista, hace su aparición el Rey. El jueves, día 4 de octubre, Don Felipe realiza una intervención televisada, una alocución a todo el país. En el rompecabezas de lo que está ocurriendo, este discurso es una pieza que no termina de encajar del todo. Sin tartamudear y sin campechanías de ningún tipo —«En estos tiempos de paz y concordia…», «la Reina y yo…»—, gracias a Dios, tenemos un Jefe de Estado como Dios manda. La comparación con el discurso de su señor padre en el 23-F es inevitable; y, en mi opinión, sale ganando el Rey actual. ¿Por qué? Porque hoy no ha hecho falta vestir al Jefe del Estado de Capitán General de los Ejércitos ni traerlo a rastras ante las Cámaras, que se sepa. Lo mejor de todo es que no parece que ningún fontanero de Moncloa le escribiera el discurso. Los cuatro primeros párrafos no tienen desperdicio; pero por no citarlo todo, destacaremos el segundo y el tercer párrafo del mismo :

Desde hace ya tiempo, determinadas autoridades de Cataluña, de una manera reiterada, consciente y deliberada, han venido incumpliendo la Constitución y su Estatuto de Autonomía, que es la Ley que reconoce, protege y ampara sus instituciones históricas y su autogobierno.

Con sus decisiones han vulnerado de manera sistemática las normas aprobadas legal y legítimamente, demostrando una deslealtad inadmisible hacia los poderes del Estado. Un Estado al que, precisamente, esas autoridades representan en Cataluña.

Esto, en otros tiempos, no se le hubiera permitido al Jefe del Estado decirlo —Pujol mandaba mucho y no se hubiera dejado avergonzar de esa manera—. Pero tal vez hoy las cosas hayan cambiado un poco. Quizá todos los que hace algún tiempo se reían de El Preparao tengan que guardar las risitas para otros asuntos. Entiendo que, de toda la patrulla y dentro del estrecho corsé constitucional en que se le ha metido, el Rey es el único hasta ahora que ha estado a la altura de la situación. Los demás, hunos y hotros, están naturalmente a lo que están. Y lo contaremos en la entrada siguiente.

El problema catalán (V)

Y llegó el día. El domingo día 1, el «día D», es desfermaren les hostilitats y hubo una gran fiesta y no hubo nada. La festa, naturalmente, para los antifas y otra gente de buen rollito que se congregó especialmente en Barcelona y Gerona. Unos autóctonos y otros foráneos, pero todos unidos por el odio a la puta Espanya. El nivel de delirio alcanzó niveles insostenibles y fue directamente proporcional al acoso a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Pero vayamos por partes, que dijera Jack el Destripador.

«Vamos a tomar serias medidas»

En Madrit vieron lo que se avecinaba y Zoido, flamante y orondo Ministro del Interior, ni corto ni perezoso, mandó a 10.000 hombres entre policías y guardias civiles a Cataluña. Lo malo es que prácticamente les mandó desnudos: con armas, pero sin derecho a usarlas, sin derecho a repeler las agresiones y provocaciones de las que efectivamente fueron objeto. Más aún: esos miembros de las FCSE son acosados en los hoteles en los que se hospedan e intimados a que se marchen, mientras los alcaldes correspondientes cometen sendos delitos de amenazas y coacciones. Incluso los del PSC, que previamente fueron amenazados ─supongo que no sólo en su integridad física─; pero es que ni el espadón de Mojácar ni la go-gó del Baix Llobregat dan para más.

Por su parte, la jornada ha servido para comprobar el nivel de deslealtad institucional de los Mossos. Riéndose con los secesionistas, o incluso votando con ellos. No tengo ninguna duda de que son la policía de opereta de los partidos que okupan la Generalitat, lo mismo que la Ertzaintza lo era del PNV en los nefastos años de plomo. Y si anteriormente tenía alguna duda, el domingo se disiparon todas. Sin embargo, hablamos de la justicia mariana, lo cual explica que Trapero, el Majormajor poca-vergonya», deberíamos decir) de los Mossos no haya sido cesado ni mucho menos detenido o citado a declarar.

«Vamos a contar mentiras, tralará»

Y con la jornada llegaron las mentiras. Supongo que aquí es cierto que «mientras la verdad viaja a pie, la mentira lo hace en avión». Las imágenes que «han dado la vuelta al mundo» no han sido precisamente las de la verdad de lo que ocurrió. Todo lo contrario: han sido las fotos trucadas de otros años y otras manifestaciones, que la mayoría de la mal llamada «prensa internacional» ha tragado sin chistar o, simplemente, porque colaboran en dañar la imagen de España allende nuestras fronteras. Por no hablar de otras falsificaciones, como la de la «senyora» Marta Torrecillas, alias Marta Dedosrotos, concejal de ERC en Gallifa, que se inventó con bastante éxito lo de las «agresiones de la Policía» hasta que, finalmente, descubrimos la verdad: que de «dedos rotos» nada. Que sólo inflamados. Esa «senyora» ya se ha enterado de que mentir tiene un precio: no ya el legal, pues estaríamos hablando de un delito de calumnia, sino el económico y social. Esta «senyora» ha tenido que eliminar su presencia de las redes sociales por la catarata de críticas ante su actuación… y posiblemente tenga que tancar la paradeta. ¿Quién le dice a uno que si es capaz de mentir sobre las FCSE no es igualmente capaz de hacerlo respecto de sus mercancías?

No menos vistosas han sido las mentiras sobre los «ferits»: el propio Puigdemont afirmó, totalmente despeinado, que «se contaban más de 800 heridos en los disturbios. Al final resultó que sólo fueron cuatro. Pero, como dijo ZP, «lo importante es la foto»; sobre todo, la primera foto.

Pero para fotos curiosas, ésta misma:


Lástima que no tengamos en activo a Wilfred y La Ganga para que nos escribiese un rap titulado algo así como «Mi abuela y el Gordo».

Pero la peor falsificación de todas fue la de la «voluntat del poble català». Habría que empezar por definir qué es lo que algunos entienden por «poble català». ¿Pertenece al poble català aquel que «vive y trabaja en Cataluña», que es lo que decía Pujol hace unos cuantos años? ¿O es que ya hemos dejado atrás esa definición tan neutra y tan bonita y ahora el poble català sólo es aquella parte de los habitantes de Cataluña que vota a partidos secesionistas? Las urnas fueron la mejor demostración del fraude: con forma de cubo de basura, no entraron vacías en los colegios electorales, de forma que los «resultados» reflejaron lo que ocurrió. Dado que se pudo votar más de una vez porque no había control del censo, no fue infrecuente que el resultado en muchas poblaciones catalanas fuera «más del 100% a favor de la independencia». Farsa total. Como le dijo un servidor a Lluís Llach:

Trapero, policia. Puigdemont, mal actor.
Mals actors, mal teatre, mal públic, teló.

Que luego resulte que todos nuestros ¿representantes? sean unos fills de… Hiroshima… bueno. No es que no estuviera en el guión; pero poco a poco nos vamos enterando de ello.