Otra cacicada más

La otra pifia de la que les quería hablar y que los plumillas y loros radiofónicos parecen ignorar (en esto, extrañamente, algunos se han vuelto radio-afónicos) es la que se ha plasmado en el Real Decreto Ley 9/2018, de «medidas urgentes» contra la violencia de género. Dejando aparte la quincalla ideológica feminazi que luce esplendorosa en su Exposición de Motivos, ¿subyace una «extraordinaria y urgente necesidad», como exige el art. 86 CE? Desde luego. Pero no para el pueblo, precisamente. La prisa, en realidad, es la de los ingenieros sociales, que quieren cabrear aún más el ambiente. Todo ayuda a aumentar la presión en la olla y a disminuir lo que Pío Moa denomina en alguno de sus libros «índice de salud social», o quizá menos formalmente, diríamos «paz social», que es lo suyo en el comunismo. En el comunismo todo el mundo está en guerra con todo el mundo; y es a eso a lo que se quiere llegar para evitar que el pueblo, hoy degradado a «la gente», se una contra los que manejan el cotarro y cortan el bacalao.

Pero «vamos al dato» interesante. De la lectura del Art. Único 2.2 de esa norma se desprende que, a partir de ahora, la acreditación de situaciones de violencia de género no lo será únicamente por sentencia judicial y, excepcionalmente, por informe del Ministerio Fiscal, como rezaba antes el art. 25 LIVG. Hoy tenemos lo siguiente:

una sentencia condenatoria por un delito de violencia de género, una orden de protección o cualquier otra resolución judicial que acuerde una medida cautelar a favor de la víctima,

o bien por el informe del Ministerio Fiscal que indique la existencia de indicios de que la demandante es víctima de violencia de género.

Primer problema: ¿cualquier resolución judicial? ¿Un Juez puede, por providencia o auto, determinar que existe situación de violencia de género y retirar la patria potestad, con las consecuencias que ello acarrea en materia de relaciones paterno-filiales? Pero sigamos, que la cacicada es mayor aún:

También podrán acreditarse las situaciones de violencia de género:

mediante informe de los servicios sociales, de los servicios especializados, o de los servicios de acogida destinados a víctimas de violencia de género de la Administración Pública competente;

o por cualquier otro título, siempre que ello esté previsto en las disposiciones normativas de carácter sectorial que regulen el acceso a cada uno de los derechos y recursos.

Dicho de otro modo: bajo el paraguas de esta norma, ahora hasta un funcionario (o funcionaria, no vayan a cabrearse las feminazis) del Ministerio de Agricultura –supongo que acogiéndose al axioma general de «todos los hombres son unos cerdos machistas»– podría acreditar una situación de «violencia de género». El segundo inciso aleja dicha decisión por completo del control judicial, que no es menos grave en tanto que significa que a un hombre –nunca a una mujer: detalle– se le puede privar de patria potestad sin el más mínimo control judicial de forma inmediata, con independencia de que de esa situación acreditada se derive un proceso judicial posterior o no.

Añadamos a esto dos detalles más. El primero, la fecha del RDL: 9 de agosto, que es el mes en que los malos gobiernos aprovechan para cometer sus fechorías legislativas. Tradición canalla iniciada en nuestra democracia –o lo que sea– por Felipe González y sus Gobiernos. Y luego, la convalidación del RDL prácticamente sin oposición política –¿dónde estaban Casado y Rivera? ¿En Valencia y Tossa de Mar, respectivamente, tostándose al sol?– y poco o casi nada de ruido en los medios. Quizá es que aquellos que podrían haber dicho algo han creído que «a ellos no les iba a afectar», ya se trate de políticos o de plumillas.

Y para que tengan ustedes el cuadro completo, añadamos la peripecia de una mujer en lucha contra los servicios «asociales», concretamente los de Protecció de Menors de la Generalitat catalana. Imagínense lo que puede resultar de la coyunda inmunda entre el incremento de atribuciones a los servicios «asociales» y el caos reinante en éstos: es decir, imposible poner orden e imposible evitar que actúen. Algo así como un cáncer en plena metástasis. Allende nuestras fronteras la cosa no está mejor: una de las palabras que a los padres y madres alemanas normales (sí, aún quedan) pone los pelos de punta es Jugendamt, organismo todopoderoso y cuasicomunista. Basta una mera denuncia para que se metan en la vida de los otros y en sus cuentas –a cuál peor de las dos cosas–. Ni siquiera hace falta que pongan micros en las casas, como hacía la vieja Stasi bajo el mando de Erich Mielke. Los propios alemanes se denuncian entre ellos. Pregunten y verán.

Lo que a algunos se les olvida decir es que con esta cacicada –y van…– los hombres quedamos un poco más desprotegidos. Algún día se escribirá la historia de cómo se pretendió acabar con el hombre como enemigo de la humanidad, como lo fueron los nazis para los judíos y los burgueses para los comunistas.

¿Traspaso de poder?

Pasan las semanas y volvemos al ruhig fließender Bewegung y a la Lo único que ha parecido agitar un poco el panorama ha sido el acto de Vox en Vistalegre, donde al parecer hubo un llenazo total. No hace tanto que C’s provocaba el mismo efecto, si bien ahora que ya han sido fagocitados por el sistema (no en vano Rosa Díez le llamaba «el niño bonito del Ibex-35») el naranja ha quedado un tanto deslucido. Todos los partidos del sistema han tomado una postura: unos (C’s) «no hablan» y otros (representados por Carmen la egabrense: bendito D. Adolfo Muñoz Alonso, que nos abrió una vía al insulto fino) hablan de «extrema-extrema derecha». Lo malo es que, en realidad, todo son etiquetas para uso de tontos. Porque eso es lo que unos y otros (o hunos y hotros) nos consideran.

Por lo demás, el hecho más relevante que se ha producido en estas últimas semanas es un cierto traspaso de poder: Pablenin ha recibido de manos de un cada vez más menguante Sànches la llave de la caja de los dineros. Vamos, que el primero le ha dicho «Me aprobarás estos presupuestos si quieres comer el turrón este año en Moncloa». Y el otro, que tanto sabe de negros, ha dicho: «Sí, bwana». Es todo un acontecimiento, pues ya vamos camino de la revolución socialista: primero gastas hasta lo que no tienes porque hay mucho. Todo sea por cargarse la gran obra de Franco, que no fue el Valle, sino la clase media. Sí, esa clase media con un sueldo decente, piso en propiedad y vacaciones pagadas. Y luego, como hay poco o casi nada después de lo robado/gastado, hay que racionar lo que quede. El máximo logro de la revolución es, pues… la cartilla de racionamiento. O, dicho de una forma menos amable: «En tiempo de rojos, hambre y piojos». Quizá C’s y PP, dentro de la burbuja política, consigan detener la aprobación de esos presupuestos comunistas, como alguno los ha llamado ya. Y de aquí al Plan Quinquenal, donde todo tenía su precio menos la vida de la gente, un paso, nen. Apriétate el cinturón un poco más, que ya llegamos.

Miren que esto es un baile de máscaras. Parece ser que todo cambia menos una cosa: la ingeniería social. Que la lleva adelante la izquierda y la derecha (recordemos la última frase de Rebelión en la granja), inclinando graciosamente la cabeza. Según veo, eso es lo único que va hacia delante, porque los hunos lo mandan y los hotros lo permiten porque, a fin de cuentas a ellos no les va a afectar. Los abortos se siguen practicando bajo el mando de hunos y hotros, porque son un «derecho», pero sobre todo, un negocio boyante. Y la aprobación de leyes eutanásicas mientras la presunta derecha hace una graciosa reverencia a la izquierda abre también un nicho empresarial (dicho en pedante) y muchos nichos más para los que seguramente ya «sobramos». Todo sea por el negocio.

Y con la mano de Podemos en la caja de los dineros… y una oposición blandengue, que se deja llamar «extrema-extrema-derecha» con una sonrisa estúpida en la cara (piensen en Cuco, personaje de Torrente 2), sigue ese movimiento incesante y la cháchara insulsa. Pero al igual que en el movimiento sinfónico de Mahler, en algún momento llegará el grito de angustia. Para entonces, un servidor espera que las cosas tengan aún remedio.