¡Taxi!

Pues nada. Ya lo han conseguido. En la flamante República Catalana, gobernada por el Torrat, no tienen sitio las VTC. Desde el punto de vista del taxista no lo sé; pero desde el punto de vista del cliente, los taxistas defienden su monopolio y su derecho a abusar del cliente cuando les venga en gana. Ésa es la única argumentación que se desprende de lo que se ha ido diciendo en las noticias.

Sin embargo, precisamente de lo que ha salido en las noticias, se pueden extraer unos cuantos detalles curiosos:

Los taxistas no aceptan la competencia que supondrían las VTC. Frente a los abusos de algunos taxistas –quiero pensar que la mayoría son honrados y que sólo algunos toman el pelo al respetable–, la sociedad arbitra una solución. Pero los taxistas –insisto, como colectivo–, son como ese señor que pone un puesto de venta de agua al lado de un río y hace correr la especie de que sólo su agua es buena y que la del río está envenenada. Quieren tener cautivo su segmento de mercado, como lo hacen las eléctricas. El problema, por supuesto, es que ésa es una reclamación injusta y contraria a la libertad de empresa que luce como derecho en el art. 33 de nuestra Constitución. Y que, siendo malo lo que hacen las eléctricas –que lo es–, eso no significa que haya barra libre para todos los demás sectores.

Los taxistas han mostrado unos modos y maneras incompatibles con sus reclamaciones. El hecho de que algunos salvajes de entre ellos hayan administrado palizas a unos «trabajadores» como ellos, pero de Uber o Cabify, les quita toda la razón, sea lo que sea lo que reclamen. Agredir incluso a los clientes de esos servicios está fuera de toda racionalidad. El respetable empieza a percibir a los taxistas como a unos vulgares antisistema, de esos que subcontratan los sindicatos para armar follón, romper escaparates y mobiliario urbano durante o después de la huelga sensu stricto. El Ministro del Interior ha hecho lo que tenía que hacer ordenando el desalojo de los taxistas (antes que «gay» o «de izquierdas» es Ministro del Interior y una de sus obligaciones es el mantenimiento de la seguridad ciudadana). Pero hay un hilo conductor sobre el particular del que hablaremos ahora mismo.

El hilo conductor. Quien crea que lo de los taxis ha explotado en concomitancia con las revueltas de los gilets jaunes franceses puede que sólo tenga la mitad de razón. Esto se venía preparando desde hace tiempo, y no fue exactamente Anderchenan. Quien puso la primera piedra de este conflicto fue… el propio Gobierno de la nación. Gobierno que, en una situación política precaria, no quiso comerse ese marrón y traspasó la patata caliente a las Comunidades Autónomas. Éstas hicieron otro tanto y, al final, quien se come el marrón son los Ayuntamientos, porque a fin de cuentas, se trata de licencias municipales.

Ya tenemos montado el cirio. Los Ayuntamientos regulan cada uno por su lado, sin atender a lo que es una necesidad general y teniendo en cuenta sólo el chanchullo que funciona entre ellos y el sector en su ciudad. Lo cual hace que la cosa pase de cirio a pifostio. Nadie se atreve a decir que el negocio de las VTC es «ilegal» (no lo van a decir porque no lo es), lo que pone al sector en pie de guerra. A estas alturas la «libertad» se confunde con el libertinaje; ¿pero a quién le importa?

El resto ya parece avistarse en el horizonte. No todos están de acuerdo con apalear a la competencia o a sus clientes. La Administración, con sus ¿regulaciones?, no ha hecho más que enredar. Y el panorama ahora empieza a aclararse: las VTC, aunque se han ido de Cataluña, cogen más clientes en el resto del país. Reivindicar está muy bien, pero si no se come, ¿de qué sirven las reivindicaciones? Así las cosas, el sector del taxi está dividido: por un lado, los radicales, que creen que está bien apalear a la competencia o a sus clientes; del otro, los moderados, que piensan que eso les perjudica en todos los aspectos. En fin. Parece ya una especie de culebrón venezolano (del culebrón venezolano verdadero hablaremos en otra próxima entrada).

Todo el problema está en dos cuestiones: la primera, que como es un marrón que el Gobierno no se ha querido comer, el caos generado por la diversidad de regulaciones hará necesaria una armonización de legislaciones vía 150.1 CE. Y esa palabrita causa urticaria como poco en los consejeros autonómicos del ramo. Después de la LOAPA de 1982 ningún Gobierno intentó armonizar nada. La segunda, que las reivindicaciones de sector han perdido fuerza y una huelga profesional se ha convertido en política, específicamente prohibida por el RD 17/1977, al que la STC de 8 de abril de 1981 lavó un poco la cara. Si el de huelga es un derecho fundamental, ¿para cuándo la Ley Orgánica correspondiente? Otra cosa que nuestros valientes políticos no han querido enfrentar para tener la fiesta en paz. Es como si alguien hubiera dicho: «En España nunca habrá una ley de huelga».

¿Pero saben a qué me recuerda este follón? A pesar de sus distintas consecuencias, la génesis y el desarrollo del pifostio me recuerdan mucho a la famosa huelga de estibadores. ¿Se acuerdan? Bruselas quería que se liberalizara el sector, pero alguien puso a los estibadores en pie de guerra. La cosa empezó a desinflarse cuando nos fueron informando de que la regulación del sector de la estiba –los privilegios con los que la UE quería acabar– databa del franquismo (¡horreur!), con cual la izquierda podemita, que estaba al parecer detrás del asunto, quedó «como Cagancho en Almagro» e hizo el más espantoso de los ridículos.

Con el taxi no han cometido el mismo error. Pero se les ve el plumero. Ni Peseto Loco –el nombre mismo ya es una invitación a una celda acolchada– ni otros como él van a conseguir nada. Para muchos profesionales honrados lo prioritario es ganar para comer y no andar detrás de unos señoritos (revolucionarios profesionales) que, al parecer, pueden pasarse diez días de huelga sin oler el volante. ¿Será que reciben alguna compensación que les permite variar sus prioridades? Como siempre, el tiempo traerá todas las respuestas respecto de lo que falta por saber.

 

Fumata blanca en Sevilla (I)

Bueno, pues por fin hay fumata blanca en Sevilla. La victoria del tripartito de la derechona, que diría ese numen cacumen que fue Arfonzo Guerra, va apagando los soplos del vendavá antidemocrático que se decía que iba a soplar. Se apagan las alertas antifascistas y la izquierda zascandil va arriando velas y preparándose para la travesía del desierto, aunque puede que ésta no sea muy larga. Lo único que resultó profético, hasta ahora, es la foto de Susana Díaz en las escaleras de la iglesia de la Parroquia de los Incurables, compuesta y sin novio (fue la lista más votada y la han echado de San Telmo):

Pero en estos cuarenta días tras el 2 de diciembre hay algunas cosas que han quedado claras: una, la poda de la las propuestas más ¿estridentes? de VOX, bien sea porque no son una competencia autonómica (inmigración), bien porque eso (filfa de género) podría asustar y movilizar a la izquierda que se quedó en casa por no gustarle el cartel de la plaza («En los carteles han puesto un nombre que no lo quiero mirá…»). Y dos, el papelón de C’s, que no ha hecho más que intentar enredar con la finalidad de echar a VOX del pacto de los tres.

En mi opinión, lo incomprensible es lo segundo. Ya comentamos en varias ocasiones cómo Juanillo Marín, hoy flamante Vicepresidente de la cosa, estuvo tres años de palafrenero de Susana Díaz sin despeinarse. Quizá también habría que añadir que la que debió ser nombrada Vicepresidenta de la Junta es Inés Arrimadas, pues fue ella con su salero y olé, y no Juanillo con su cara de pájaro de mal agüero, quien hizo la campaña de las andaluzas. Arrimadas enseña la patita como persona de valía –para su partido– y Rivera, al parecer, está un pelín nervioso. No es muy difícil imaginarle preguntando al espejo; y cuando éste le respondiese «InésInésInés…», el otro, presa del síndrome de Herodes, chillara descompuesto del todo:

«¡Yo soy la única Superstar!»

Centrándonos en VOX, resulta que ha recibido por parte de los partidos del sistema el mismo trato que recibían los negros en Alabama en los años 50: «Quiero tus votos; pero como eres negro y no tienes derechos, me los vas a dar a cambio de nada». El PP, más experimentado, lo ha hecho con discreción; pero C’s, a quien le están empezando a crecer los enanos dentro y fuera, ha trompeteado su desprecio a quien le ha querido oír. Rivera, mal aconsejado por sus amigotes europeos, trata a Abascal como el nom del porc. Que si le preguntan a Rivera, éste dirá: «¡Le odio, le odio y le odio!». Cosa normal, porque Rivera quería seguir jugando a la indefinición ideológica («un poco de esto y otro poco de aquello»), más o menos como Bosé, y la aparición de VOX le ha cerrado el grifo de los votos despistados de la «derecha»; de modo que ahora se ve obligado a postularse como el sucesor de la ruina en que va quedando la pesoe. De momento ya ha pillado los tics de género, que supongo su electorado no progre no le va a perdonar.

Así, pues, y por ahora, descanse en paz (políticamente) Susana Díaz