Circo judicial (II)

Como les decía en la entrada anterior, las preguntas se agolpan, pues el proceso puede cerrar fácilmente en falso la cuestión.

Ciñéndonos a lo que sabemos, resulta cada vez más claro que el delito que se impone por importancia es el de rebelión, no el de sedición o malversación como intentó forzar la menestra de Justicia a la Abogacía del Estado a decir. Por los espeluznantes detalles que van contando los miembros de las FCSE destacados en Cataluña en las fechas de autos, sabemos que aquello no fue un ensayo general de Els Pastorets, sino la llamada a la comisión del delito tipificado en el art. 472 CP («alzarse pública y tumultuariamente») con la finalidad expresada por el ordinal («Declarar la independencia de una parte del territorio nacional»). Frente a esta acusación, el presunto delito de sedición cae por su propio peso y el de malversación es totalmente lateral, pues si fuera por eso, la malversación ya venía produciéndose… desde los tiempos de Pujol.

En cuanto a las penas por la comisión de este delito son como aquellos versos de la famosa jura de Santa Gadea… Quizá por ello los subalternos y otros testigos han cantado La Traviata, La Favorita y lo que les hayan pedido.

Las juras eran tan fuertes
Que a todos ponen espanto,
Sobre un cerrojo de hierro
Y una ballesta de palo…

Vamos al lío. Primero tenemos el tipo general, que se desdobla en tres:

  1. Quienes induzcan a los rebeldes, hayan promovido o sostengan la rebelión y los jefes principales de ésta: a éstos les caen 15 a 25 años e inhabilitación absoluta por el mismo período.
  2. Los que ejerzan un mando subalterno: 10 a 15 años y mismo período de inhabilitación absoluta.
  3. Los meros participantes: 5 a 10 años e inhabilitación especial para empleo o cargo público de 6 a 10 años.

No está mal, ¿eh? Bueno, pues veamos el tipo agravado, que se desdobla en varias conductas también:

  1. Si se han esgrimido armas.
  2. o si ha habido combate entre la fuerza de su mando y los sectores leales a la autoridad legítima.
  3. o la rebelión hubiese:
    1. causado estragos en propiedades de titularidad pública o privada,
    2. cortado las comunicaciones telegráficas, telefónicas, por ondas, ferroviarias o de otra clase.
    3. ejercido violencias graves contra las personas.
    4. exigido contribuciones.
    5. distraído los caudales públicos de su legítima inversión.

Conforme a su grado de participación, las penas se agravan en lo siguiente:

  1. Para los inductores, promotores o sostenedores de la rebelión: de 25 a 30 años.
  2. Para los mandos subalternos, 15 a 25 años.
  3. Para los meros participantes: 10 a 15 años.

Éste es el cuadro general dibujado por el «Código Penal de la democracia», el del biministro Belloch. En mi opinión, que puede no ser la del Alto Tribunal, en todas las categorías hay alguien. Sin embargo, en este cuadro falta algo en mi opinión, que les contaré en la entrada siguiente.

Adiós, Maduro… ¿Hola, democracia? (II)

La larga introducción anterior nos ha de servir para poner las cosas en su justo término. Lo primero de todo es que lo que Venezuela sufre es una dictadura comunista. Si no lo fuera, simplemente no recibiría apoyo de Cuba. Y tampoco, desde luego, de los podemitas que mueven el rabo aquí –cada vez menos, gracias a Dios–, que también son comunistas. En Venezuela no hay gulag; pero como saben muy bien los venezolanos, hay Ramo Verde, que ni es ramo ni mucho menos es verde.

Sin embargo, la cuestión en la que me quiero centrar en esta entrada no es tanto lo que ocurre dentro de Venezuela. Ya hay suficiente información acerca de la dinámica interna de un régimen comunista –suficientemente explícitos son los libros de Stéphane Curtois y colaboradores excomunistas, o, para lectores de habla hispana, la Memoria del comunismo, escrita por el también excomunista Jiménez Losantos, que está en el mismo caso que Pío Moa: la izquierda le odia a muerte porque fue uno de ellos, los conoce bien y puede desmontar todas y cada una de sus mentiras.

Me quiero centrar en el caso de lo que ocurrió fuera del país, aunque ambas esferas van camino de encontrarse a cuenta de la negación de entrada de la ayuda humanitaria por parte del régimen chavista. En el lamentable papel que interpretaron todos, desde la cacareada, pomposa e inoperante «comunidad internacional», la UE (que no «Europa») y España, que si su vínculo transatlántico se pareciera al que mantienen Estados Unidos y Gran Bretaña, otro gallo nos cantara. Aquí hay una explicación suficientemente plausible de cómo han ido las cosas.

Para empezar, la «comunidad internacional» se resume en intereses geopolíticos y económicos. Hablamos, pues, de petróleo e influencia política. Como un Risk, pero a lo grande. Aquí enredan todos los grandes, los del Consejo de Seguridad de la ONU, o por lo menos tres de ellos: Estados Unidos, Rusia y China, a la que a pesar de ser una dictadura comunista no se la puede ignorar porque se trata de un mercado potencial de 1.500 millones de personas. Al parecer a Putin y a Xi Jinping no les importa ensuciarse en Venezuela, porque no hay nadie dentro de sus países del suficiente fuste como para que su protesta valga algo.

En cuanto a la Unión Europea, que se cae a cachos y el asunto venezolano es una prueba de su irrelevancia, recuerdan demasiado a esto:


Tendría gracia si no fuera porque lo que ocurre en Venezuela no es una película, sino una pavorosa realidad.

Y, por fin, en cuanto a España… La verdad es que me duele en el alma reconocerlo: tenemos un Gobierno de payasos. No parece sino que le han dicho a Sánchezstein «Tú no te metas, que esto es para mayores». Le hemos visto retorcerse como una lombriz para no reconocer a Juan Guaidó, «presidente interino» de Venezuela. Sánchez ha ignorado las presiones de la oposición, siquiera para establecer una posición moral de apoyo a la democracia. Pero es claro: cuando quien te apoya para que tengas Gobierno son comunistas, proetarras y separatistas, es lógico que te retuerzas y retrases todo lo posible reconocer a alguien que es contrario a la dictadura chavista de Maduro. Hemos quedado fatal ante todo el mundo por ser casi los últimos –de entre quienes pueden tener algo que decir– en reconocer a Guaidó (hasta la inoperante UE, por boca de Romano Prodi, le reconoció antes que nosotros). Aunque sea adelantar acontecimientos, espero que Errejón tres-comidas-al-día se pegue un buen batacazo en las próximas elecciones.

Para terminar –y no porque no haya nada más que decir, sino todo lo contrario–, sólo quiero hacer referencia a un dato: se está empezando a correr la especie, que no sabemos cierta o no, de que Guaidó es un hijo de la logia. Eso tal vez explicaría la presencia de nuestro inefable ZP en los alrededores de Miraflores. Aunque yo estoy empezando a pensar que ZP es el «arma secreta» de España para la caída de Maduro: desde que está allí, las cosas no han hecho más que empeorar para Maduro –aunque, también y sobre todo, para el país–. También podría explicar los parabienes de la UE, cuya cuna mece también una mano masónica. Incluso para algún pitufo gruñón mañanero, explicaría los parabienes del Papa, que por supuesto «se sienta en la silla de Pedro gracias a los manejos de la logia lavanda».

Si así fuera, los venezolanos no lo sé… pero los venezolanos católicos están jodidos. Y repito la advertencia que se me ocurrió en otra entrada: sería lamentable que, tras la negra etapa chavista, volvieran al poder aquellos cuya ineptitud, corrupción, despreocupación y desprecio por la nación facilitaron que el pueblo venezolano se echara en manos de un salvapatrias intrigante que accedió finalmente al poder prometiendo una leche y una miel que al final nunca llegó.

Gilipollas (y V)

En segundo lugar, tenemos a este otro gilipollas egregio:

Nadie sabe qué habremos hecho –o más bien dejado de hacer– los españoles para que el mundo de la educación, la cultura y la comunicación esté copada por esa clase especial de gilipollas progres. Si los ingleses hubieran tenido a mano una figura como la de Medio-hombre, que fue capaz de vencer a los ingleses rompiendo el sitio de Cartagena con una fuerza significativamente inferior en número, qué de películas y series y homenajes hubieran dispuesto para él. Además, lo hubieran tratado con el mimo con el que tratan ellos su historia. Y no digamos si el primero que hubiera dado la vuelta al mundo hubiera sido un inglés. Estaríamos inundados de «estudios históricos», películas y series y relatos para niños sobre la gran gesta.

Pero quiá. Medio-hombre era un giputxi, es decir, «medio tonto», que por lo visto no vale ni media mierda para que un paisano suyo –el Cobeaga éste de los cojones– le escriba una película como Dios manda, a pesar de haber sido nada menos que Almirante de la Armada Española en los tiempos en que ésta todavía contaba algo en el mundo. De hecho, contamos tan poco que tuvimos que dejar que los ingleses contaran la historia del descubrimiento de América –¿de verdad no teníamos ningún actor español que pudiera encarnar con dignidad a Colón, que hubo que echar mano de un francés? ¿O es que no se prestó ninguno, cosa probable también?–. O redescubrimiento, como dicen los pedantes, «porque los vikingos ya estuvieron antes allí». En resumen: dejar que tu historia la cuenten tus enemigos de siempre.

Y bueno, Elcano (o Elkano, en su grafía vasca), otro giputxi, pero de Guetaria; que para Cobeaga, si los giputxis de Donosti son tontos, los de pueblo tontos y medio. Para los progrespanoles la vuelta al mundo se acabó en Filipinas, porque allí fue donde apañaron a Magallanes (o Magalhães, pero dicho por los progrespañoles) y el trozo de va desde las Filipinas a casa… ehhhhh, bueno, sí… fue Elcano quien tomó el mando, «pero el importante fue el portugués», a pesar de que Elcano sí completó la vuelta. Ganas de tocar los cojones.

Luego lloriquean por la «crisis del cine español»: «Ah, es que los españolitos, que tienen comido el coco por la campaña contra nosotros del “partido de las tres letras”, no van a ver nuestras películas». Pero si es natural, hombre. Dejad de hacer las películas por cobrar la subvención y no toméis por tontos a los españoles rodando películas estúpidas, que enlazan con la ingeniería social o que se ríen de nuestra historia, como esa patochada –por decirlo suavemente– sobre los héroes de Baler.

Como dije en la primera entrada de esta serie, Dios ha dispuesto que cada día se encuentre usted al menos con un (o una: no seamos sexistas) gilipollas. Así que si se encuentra con uno, relájese y disfrute, porque el sol sale todos los días (y los gilipollas de casa también).

Gilipollas (IV)

Pero donde últimamente resplandece la gilipollez es en situaciones de amplio espectro: es decir, allí donde más de mil personas a la vez pueden llegar a la conclusión que el individuo o individua es un o una gilipollas. A esta categoría yo los llamaría gilipollas egregios porque, además, se les puede citar con nombre y apellidos y todo lo que sale de su boca tiene una repercusión inmediata.

Querría mencionar a dos de ellos porque, aunque quizá haya pasado algún tiempo (por lo visto, hoy en día «un mes» ya es mucho tiempo en redes sociales), las suyas son gilipolleces dignas de mención. El primero es éste:

Por si alguien no se acuerda, este señor es Alberto Garzón, el apparatchik (por lo visto más chik que apparat) de Izquierda Hundida, a la que el todavía partido Pudimos-y-la-jodimos pagó las deudas y absorbió. Y le nombramos gilipollas egregio porque, con toda la información que corre sobre la verdad del sistema comunista (fijo que no se ha leído las setecientas y pico páginas de Federico, que había sido comunista y que, al conocerlos bien, cuenta con pelos y señales esas verdades comunistas), que este tío siga defendiendo ese sistema es de gilipollas.

Claro. A este gilipollas le hablas del disparador automático inventado por Egon Krenz y te dirá que no sabe de qué le hablas. Le hablas de las cartillas de racionamiento de la DDR o de los quince años que le costaba a un proletario (¡puags!) hacerse con un Trabant, el orgullo de la automoción comunista, y te dirá que no sabe de qué le hablas. Le hablas de las juergas que se corría el hoy zar de todas las Rusias, el ínclito Vladímir Vladimírovich, con los jóvenes Vopos y te dirá que no sabe de qué le hablas. Le hablas de la ingeniería social y de la represión política en la DDR y te dirá que no sabe de qué le hablas. Seguro que, por «no saber», ni sabe que los gerifaltes de la DDR vendían la sangre de sus propios compatriotas para transfusiones en otras partes del mundo (una trama que no se ha terminado de descubrir aún).

Y bueno, es un gilipollas que además pretende tomarnos por gilipollas a los demás: para ser un comunista en un país «democrático» como el nuestro, no le importa ser millonario, como toda la caterva de la Sexta. Entre la Thermomix de 1.000 euros (de la RFA, supongo) y el bodorrio riojano y el viaje de novios neozelandés, como cualquier proletario, la propaganda ¿comunista? te la haces tú solo, majo. Y es que un servidor no soporta a los ricachos que quieren venderte la moto de la sencillez.

 

Gilipollas (III)

Te los puedes encontrar también en el trabajo (jefes, compañeros y subordinados). O que pueden incluir a algún amigo por alguna «desgraciada» casualidad. Entre éstos puede estar el gilipollador (pónganle ustedes el calificativo que mejor les plazca) que cree que todo el mundo es gilipollas menos él o ella. Pongamos un ejemplo con espécimen femenino. La cosa puede ir también así, ya sea en persona o en redes sociales:

–Hola, ¿qué tal? Mira, que te quería contar la última que ha salido en las noticias de Fulano y…

–Ah, ¿ese gilipollas?

Tú frenas un poco. Ella está que lo tira.

–Bueno, sí, Fulano… ya sabes. Porque de Mengano no te hablo, que ya lo conoces.

–Sí, ése es otro gilipollas.

Ya van dos.

–Eeeeeh… He tenido un poco de follón y estado un poco descolgado de todo. ¿Sabes algo de Zutano?

–Vaya, otro gilipollas. Mira que irse solo a X para ver una obra de teatro… Ya se podía haber buscado a alguien que lo acompañara.

Tres. Ni se le ocurre que a lo mejor esa persona prefiere ir sola a los sitios. Su tema favorito es la política, porque puede llamarlos a todos gilipollas sin equivocarse demasiado. Si se santiguara por cada vez que suelta esa palabra, su altar sería más grande que el del Padre Pío. Uno llega a la conclusión definitiva de que hablar con personas así es una pérdida de tiempo, además de una gilipollez.

Un segundo escalón en el presente tema son los gilipollas de dos clases: los que están empeñados a toda costa a endiñarte su matraca y aquellos que a tu argumentación intencionalmente sensata oponen el equivalente a «Manzanas traigo». O que tratan de hacer ambas cosas. En cualquier caso la presunta conversación se convierte en un diálogo de besugos, salvo que uno la corte de inmediato obligando al gilipollas a buscarse otra víctima.

 

Circo judicial (I)

Me tendrán que perdonar que de un tema tan importante como el juicio del 1-O haya esperado hasta ahora para escribir algo. Vaya por delante que no tengo ninguna confianza en que la Justicia castigue a los verdaderos culpables de la cosa. Siempre he mantenido la opinión –y hasta ahora los hechos no la han desmentido– que la Justicia funciona razonablemente bien mientras la política no se interponga en su camino; y que en cuanto esto sucede, empiezan a ocurrir cosas raras. Hay ejemplos donde elegir: el 11-M, el caso de Marta del Castillo, el caso del 3-per-cent… No sé, de verdad hay mucho. Y todos cumplen esa regla.

Hoy la atención mediática está dirigida a ese no-referéndum que tuvo lugar el 1-O en Cataluña y que en varias poblaciones se saldó con agresiones de diverso grado a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. En teoría los Mossos d’Esquadra pertenecen a ese conjunto; pero visto lo visto, después del 1-O resulta difícil sostener semejante afirmación.

A estas alturas del juicio oral ya podemos trazar una línea divisoria muy importante: la que separa a los peces gordos del resto. No tanto del lado separatista, sino del presuntamente nacional. Los peces gordos nacionales se han apuntado todos a la estrategia Cristina: «no-sé-no-me-acuerdo-no-me-consta». Toditos ellos: Mariano, Soraya, Montoro y Zoido. Ellos no se enteraron de nada. Y esto te lo dicen nada menos que un señor que fue Presidente del Gobierno, una señora que era ni más ni menos que la «jefa de los espías», un tercero que era el que soltaba la pasta con la que el golpe de Estado se iba financiando poco a poco y un señor con el «mando supremo» de las FCSE. Demencial. Podemos añadir a esa lista a Enric Millo, otro que no se enteraba de nada pero que sacó a relucir lo mejor de sus (malas) costumbres democristianas catalanas. Y que a la sazón ejercía de Delegado del Gobierno.

Quizá por ello los mandos intermedios llamados a declarar se dijeron a sí mismos: «Bueno, si los jefes no van a ir a la trena por lo que efectivamente han dejado de hacer y por mentir sobre el particular, yo tampoco voy a ir por respaldar las mentiras y no colaborar con el Tribunal». Y de los cuadros medios hacia abajo se han liado a contar lo que de verdad pasó, con algunos detalles espeluznantes (por ejemplo, los de la Letrada de la AJ que acosada y aterrorizada por las turbas separatistas en la Conselleria d’Economia y que tuvo que salir por el tejado).

Las preguntas se agolpan en este platillo de la balanza; pero la principal de todas es, como señalara Ray Bradbury, por qué. Responder a esa pregunta explicaría, entre tantas otras cosas, por qué el PP tiró a la basura durante cuatro años una mayoría absoluta que obtuvo cuando prometió cambiar de rumbo la deriva zapatera –es verdad que no la aceleró, pero tampoco hizo nada para detener su inercia–. Y así conoceríamos el peso real de la herencia con la que tiene que cargar Casado, que ya vemos que es muy pesada.

Patatas Rivera (y II)

Y finalmente, la cuarta patata es la que ha saltado en las hasta ahora tranquilas tierras castellanas. Castilla-León, Castilla la Vieja en mis años mozos, era un terreno en que nunca pasaba nada y el tiempo corría despacio. Tan bueno como una cura de nervios, vamos. Y ahora, de pronto, el tiempo ha empezado a acelerarse. Los vientos que corren ahora ya no son los que corrían, los de los tiempos de Aznar, Juan José Lucas y últimamente Juan Vicente Herrera. Mañueco no parece tener el fuste suficiente para mantener las aguas tranquilas y, después de tantos años de mando en plaza, el partido empieza a tener grietas.

Que la grieta se haya abierto por arriba es llamativo, pero no extraño. En las «noticias» lo dicen campanudamente: «Silvia Clemente, que lo ha sido todo en el partido y que había militado en él hace 19 años». También podría decir que ha pillado los malos hábitos de cualquier nomenklatura de partido con poder: en particular, el de hacer favores a amigos y familiares por encima de la ley. Es verdad que, comparado con el robo a gran escala producido en Valencia, lo de la señora Clemente es el chocolate del loro. Pero como no aplicamos la doble vara de medir, diremos que tan grave es una cosa como la otra, siendo lo que importa el hecho y la cantidad, un agravante. Tampoco es que importe demasiado por qué Clemente dio el portazo. Probablemente sean cuestiones internas del partido, batallitas diversas que al respetable poco importan.

El otro problema viene de juntarse el hambre con las ganas de comer. En el partido naranja existe la venerable tradición de las primarias, cosa muy saludable y muy democrática. Pero, cosa curiosa, ya desde que su ámbito territorial se limitaba a Cataluña, las primarias decían lo que decía su establishment en aquellos casos sensibles. Por eso, entre otros casos sonados, tenemos a Monsieur Valls, metido con calzador por ser la ¿apuesta personal? de Rivera. De este personaje nos ocuparemos en una próxima entrada.

Pero a lo que íbamos. Clemente creía que, por ser vos quien sois, iba derechita a la ejecutiva nacional. Esta gente nunca piensa en entrar en un partido por la puerta pequeña, como todo quisque. Quieren entrar a hombros y por la puerta grande. Algo así como Aznar o Felipe, que tras ser presidentes de Gobierno los contrataron en sendas empresas (Gas Natural y Endesa), en las que cobraban un pastón por aburrirse en los Consejos de Administración. No obstante, haber sido consejera de Agricultura primero y Presidenta de las Cortes castellanas después, intercambiándose los cargos con García Cirac, no da para tanto. Y Rivera, con todo el dolor de su corazón, le dijo: «Sométete a primarias, como todo el mundo». Tuvo enfrente a Francisco Igea, al que claramente subestimó creyendo que no se daría cuenta de la sucia treta que le iba a colar. Igea, que no es ningún tonto, denunció irregularidades en el voto telemático. Se hizo valer la antigüedad de Igea frente a la soberbia y la ambición de la recién llegada Clemente –capacidades aparte–, y ahora el primero es el candidato a presidente de la Junta, como era de ley, y no la segunda.

La posición en que queda Clemente es muy desairada, porque la militancia naranja no ha sido muy clemente con ella y ahora, después de su exposición pública (política y, sobre todo, patrimonial), ni puede volver al PP, ni puede volver a intentarlo en C’s. Y se cuidará muy mucho VOX de acogerla en su regazo. Puede que Patatas Meléndez sirva buenos tubérculos, pero meterlos en el cocido castellano naranja puede resultar de lo más indigesto. Aparte, todo el mundo sabe que no es lo mismo «tubérculo» que «ver tu culo». Y a Clemente se lo han dejado al aire.

Aviso a navegantes. Todos claman contra el transfuguismo, pero no les parece mal que alguien de fuste llame a su puerta. No obstante, parece que la política y las relaciones entre partidos se están acercando bastante a esto…

Patatas Rivera (I)

Han pasado muchísimas cosas desde el 2 de diciembre del año pasado; pero por encima de todas tengo la impresión de que sobresale C’s, partido al que están sometiendo a un escrutinio público de aúpa. Desde luego, es un partido al que no iba a votar, pero en todo este tiempo se han añadido razones para no hacerlo. Dejemos aparte que Albert Rivera haya aparecido hasta en las páginas del corazón –particularmente, me interesa poco o nada con quién comparta sus días o sus noches–… pero lo cierto es que su partido parece estar entre dos aguas… o más de dos.

La primera patata proviene del propio Rivera, de unas declaraciones suyas en las que afirmaba que «no iba a estar hablando todo el día de Franco o del aborto, porque le aburría». Lo de Franco ni siquiera lo vamos a mencionar, porque básicamente es una polémica artificial generada por el desgobierno Sánchez para distraernos de lo importante y porque en realidad es un asunto familiar de sus deudos.

Del aborto sí que es conveniente hablar. En un país que tiene un problema demográfico que ya empieza a ser acuciante (despoblación y tasa de crecimiento negativa), ¿cómo se le ocurre decir que «hablar del aborto le aburre»? Ya es conocido que en eso, como en otros temas, el partido naranja «ni sí, ni no, sino todo lo contrario» Traducido: «Dan libertad». O es un irresponsable o, como esos kolegas europeos a los que tanto quiere caer bien, piensa que España «se puede repoblar sin problemas con negros, moros y latinos». No hace tanto que nos decían «L’Afrique commence aux Pyrénnées» y eso hubiera debido bastar para no iniciar ese camino. Aparte de ser una idiotez, para mí es un motivo para no votarles.

La segunda patata es la de Juanillo Marín, que ha completado su transformación de ¿simpatiquísimo? vendedor de coches a agrio señorito cortijero andalú, no muy distinto de los señoritos cortijeros de la pesoe. Que, para más inri, ha sido una jerezana afincada en Cataluña quien le ha sentado en la vicepresidencia de la Hunta. Él sólo se limitaba a enarcar cejas. Que es lo que sigue haciendo ahora, pero con mando en plaza y prometiendo a la pesoe que «no va a cambiar nada de lo que ellos hacían». ¿Tanto prometer «er cambio» para eso? En fin. Marín hace buena esa definición de la política según la cual ésta consiste en «conseguir que los demás hagan lo que uno quiere sin mover un dedo». Luego se espantan de que VOX crezca como un cohete en votos, aunque naturalmente es un misterio lo que van a hacer mientras no tengan mando en plaza.

La tercera patata es la de Inés Arrimadas… o Arremangadas, a tenor de los resbalones que ha protagonizado últimamente. Parecía que el perfil de Arrimadas subía tras el éxito del 2-D y que, con el tiempo podría moverle la silla al mismísimo mesías naranja. Vamos, que Rivera ya no podría ser la única superstar. La solución ha sido muy sencilla. Se han aplicado dos principios: el de Adenauer y el de Corleone. El primero nos dice que «hay enemigos, enemigos acérrimos y compañeros de partido». Y el segundo, «ten cerca tus amigos, pero más cerca a tus enemigos». Consecuencia de ello es que de jefa de la oposición en Cataluña la han degradado a diputada nacional –estará más cerca del jefe–. ¿No ven cómo se le saltan las lágrimas de emoción en este vídeo? Porque son de emoción, ¿verdad?

El otro resbalón que ha protagonizado Arrimadas es lo del «feminismo liberal». Supongo que para los incondicionales «el conceto es el conceto» y «vamos a llevarnos bien, porque si no, van (a) haber hondonadas de hostias aquí, ¿eh?». Pero en mi opinión y habida cuenta del grado de apropiación por el comunismo de la cosa feminista, hablar de un feminismo liberal no tiene sentido. Máxime porque el enemigo contra el que lucha ese «feminismo comunista» no es tanto el hombre, aunque también, sino la madre. Y Arrimadas y sus campanudos seguidores no se han enterado. O, pensando igual que VOX –esas manifas feministas no los representan y no van–, quieren seguir captando a un presunto electorado de izquierdas –el de derechas se les ha ido a VOX y están nerviosos– y montan ese paripé. Como si ahora que les han cerrado el grifo de los votantes despistados «de derecha», quisieran ponerse a heredar al PSOE –tarea les mando–. Total, que la figura de Arrimadas ahora está entre la sombra y la nada comparada con la de Rivera, a pesar de que éste ahora está más en las páginas de papel couché que en las de Nacional.

Gilipollas (II)

Luego están los gilipollas sociales, que son los que te encuentras en el colegio (grupo éste amplio, que incluye a padres, madres y/o profesores). Entre éstos te encuentras siempre al típico profesor gilipollas, tanto en su variante de primaria como la de secundaria. En el primer caso la cosa puede ir así, más o menos. Tú vas a una tutoría con la educadora de turno. Te ha llamado porque parece haber un problema con el niño o la niña.

–Es que es un niño tímido –dice ella–.

Tú, que aún no sabes por dónde te va a salir, empiezas normalmente:

–Es normal. Además, es tranquilo y me saca buenas notas, así que no tengo queja de él.

Ella insiste:

–Bueno, pero es que debe socializar. No es una isla y el ideario de este colegio es que todos se relacionan con todos y…

Tú empiezas a calentarte.

–¿Cómo que debe socializar? Ya socializa bastante en casa. No me empieces a tocar los ovarios.

La educadora parece como que recula, al verte enseñar las garras.

–Bueno, no te enfades. Para estos casos tenemos un tratamiento psicológico que…

Eso ya ha sido enseñarte un trapo rojo.

–¡Nada de tratamientos! ¡Mi hijo no es un anormal! ¡Sólo necesita que respeten su ritmo natural!

Ahí la educadora saca las garras, como le han enseñado que hay que hacer con los padres recalcitrantes:

–Oye, ¿y a ti quién te ha dado el título de psicología? ¿Quién te crees que eres?

Tú, al límite de la furia:

–¡Pues me lo da el hecho de que –aquí unos cuantos decibelios más– SOY SU MADRE Y LO CONOZCO MEJOR QUE TÚ –aquí palabra mágica–, GILIPOLLAS!

Si no eres muy educada, puedes añadir un portazo que hará vibrar la estructura del colegio y un «¡Y métete el ideario de este colegio por donde puedas, que por donde deberías metértelo no te va a entrar!».

Como queda dicho, también puede ser que te los encuentres en la reunión del AMPA. Están ahí la mitad de los padres de la clase de tu hijo. La tutora de la clase tiene una sonrisa de oreja a oreja. Se aclara la voz y dice con voz tonante y falsamente entusiasta:

–¡Queridos amigos! He tenido una idea estupenda. Para mejorar la calidad educativa del curso, ¡VAMOS A HACER UNA EXCURSIÓN CON LOS DE 9º C A X, que es una ciudad cien por cien cultural! ¡Y la Directora lo ha aprobado! ¿No os parece una idea estupenda?

El entusiasmo de los padres es inversamente proporcional a la estupendez de la idea. Se ven caras de fastidio. Entonces uno de los padres pregunta:

–¿Y cuánto va a durar esa excursión? –pregunta uno, echando un bostezo–.

La tutora se queda como un soufflé aplastado.

–Ehhhh… dos días, como mucho –dice, casi a media voz–.

Otra, con algo más de entusiasmo, sugiere:

–Oye, ¿y si hablamos con la Directora para que la alargue una semana? Es que en el Club de Campo hay un campeonato de bridge y dura precisamente una semana. Mis amigas del Club no me perdonarían que no participase. Es que esto de la excursión es una minucia, o sea, ¿sabes? –dice, con desdén–.

La piel de la tutora está adquiriendo un color blanquecino. No sabe qué es peor: que una madre le endose de esa manera a su hijo o los recuerdos de una excursión que hizo el curso pasado con esa misma clase. En esa excursión le tocaron el culo, le hicieron beber una noche más de la cuenta, la grabaron y subieron la grabación a Youtube –salvó de milagro su puesto de trabajo a pesar de que se enteró todo el colegio–, le robaron las bragas de la maleta; luego se las devolvieron, pero empapadas de bomba fétida, que le estuvo picando salva sea la parte dos semanas… una pesadilla, vamos. Y ahora esos cabrones quieren que ella pase una semana con sus hijos. ¿Una semana?

–Oye –dice otro, envalentonado–, ¿y no podrían ser dos semanas? Es que me coincide con un cursillo de formación en la empresa y si no voy tendré que esperar a ascender el año que viene… Ya sabes que la Directora, si ponemos nosotros el dinero, no tiene nada que objetar.

El tipo en realidad no tiene curso ni tiene nada. Lo que tiene son unas ganas locas de retozar con su secretaria en algún lugar paradisíaco –a costa de la empresa, naturalmente– esas dos semanas, por la única razón de que a la secretaria la ve el triple de tiempo que a su mujer y la madre de sus hijos –dos, para llenar el cupo: uno tan gilipollas como el padre y el otro tan gilipollas como la madre–.

A estas alturas de la reunión, la tutora ya pone cara de pedir clemencia al César. Pero aún falta lo mejor. En la última fila hay una mujer. Le brillan los ojos del desprecio que siente por todos ellos. Y pregunta, con voz suave, pero sin titubeos:

–¿Y cuánto va a costar esa excursión? ¿Y para qué va a servir, exactamente?

Se oyen bufidos de diverso volumen y extensión. Incluso a la del bridge se le escapa el comentario: «Ya está la pobretona ésa fastidiando…».

–Puessssssss…ehmmmmmmmmm… como unos trescientos cincuenta euros, más o menos, es el promedio, ya sa…

–No sé ni para qué pregunta, si sabe de sobras que su hijo no va a ir –la interrumpe la del bridge–.

–Bueno, no nos pongamos nerviosos –dice, conciliadora, la tutora, que ha recuperado algo de compostura–. Aquí todos tenemos derecho a hablar.

La señora del fondo dice, resueltamente:

–Pues mi hijo no va a ir a esa excursión. No le veo ningún provecho, salvo que el resto se quiere librar de los suyos por un rato. Es una solemne gilipollez –otra vez la palabra mágica–.

La tutora se siente atacada y dice, con tono que quiere aparentar indiferencia:

–Si tu hijo no va, bajaré sus notas y tendrá una mención especial de mala conducta.

La madre le sostiene tranquilamente la mirada y dice:

–Atrévete, GILIPOLLAS.

Y se va.

De esta clase de «encuentros», si uno pretende ser un padre o madre responsables respecto de sus hijos y educarlos bien… pues unos cuantos a lo largo del curso escolar.

Gilipollas (I)

Debe ser algo así como que son fundamentales en la vida de uno, porque de otra forma, Dios no hubiera programado tu vida para que estratégicamente te encontraras con alguno a lo largo del día. Sin ánimo de agotar el tema, intentaremos clasificarlos.

En primer lugar, tenemos al gilipollas estándar. Éste es de los que te encuentras cuando vas por la calle y te da un codazo sin querer, pero en vez de pedirte perdón te enseña el dedo corazón y te señala como culpable por cruzarte en su camino cuando ha sido él el que te ha dado con el codo. En esta categoría hemos entrado la mayoría de nosotros alguna vez; pero admitamos que no es grave porque vuelves a tardar mucho en encontrarte a esa persona en concreto.

Luego tenemos al vecino gilipollas. Los hay en diverso grado.

Tenemos, en primer lugar, al vecino gilipollas horario. Siempre es peor vivir con él pared con pared en vez de que uno esté en un primero y otro en un sexto (en ese caso raramente te lo encuentras y seguramente puede encajar en la categoría anterior). El vecino gilipollas horario contiguo es el que te aporrea la pared cuando hablas demasiado alto –según él– a una hora en que él (o ella, no nos pongamos sexistas) quiere hacer la siesta o dormir; o coge el ascensor para no tener que encontrarse contigo en la escalera.

Una segunda categoría es el vecino gilipollas chismoso. Casi siempre hablamos de personas mayores, en este caso. Puede vivir contigo o no; pero en cualquier caso, si quieres saber algo de tu vecino Fulano o de tu vecina Zutana, puedes estar seguro de que él –o ella– lo saben. Suele presentar, además, otro rasgo molesto: siempre que te ve, siente la irresistible tentación de contarte esos detalles de la vida de los otros que él sabe. El problema es que luego preguntas por la vida de él y ésa no te la cuenta, qué va. Pero terceras personas, probablemente víctimas suyas, sí te cuentan: resulta que es un señor o una señora hechos polvo porque tuvieron una hija a la que, por discapacidad, encerraron en un sanatorio y que falleció con treinta años sin que nunca la fueran a visitar. Y, como dicen en Andalucía, te entra entonces una pena mú grande por ellos.

Sin embargo, aunque no se viva pared con pared con él, puede resultar igualmente peligroso. Puede tratarse del vecino gilipollas perruno, devoto de la religión perruna que, simplemente porque le divierte que no te gusten los perros o porque se levantó con el pie izquierdo ese día, azuza al chucho contra ti en cuanto te ve. El tamaño del perro es directamente proporcional a su gilipollez. El asunto no puede sino acabar de una forma desagradable, por denuncia ante la autoridad competente. No obstante a ése, una vez cursada la denuncia, no le vuelves a ver.

Finalmente, nos queda el vecino (o vecina) gilipollas cabroncete. Podría pertenecer a la primera categoría en apariencia, la del gilipollas estándar. Pero te das cuenta que no es así cuando coge un día y dice en una reunión de «esta nuestra comunidad»: «Estaría bien que el vecino del 1º quitara esa uralita que tiene en el patio, porque cuando llueve hace mucho ruido y me molesta». Da igual que intentes razonar que la terraza –o tu parte de ella– se llenará de cagadas de paloma si no se coloca algún tipo de resguardo. Hay que quitarla sin remedio. Ahí te das cuenta de que es un cabroncete (o cabronceta, si es que se me permite el término).