Circo judicial (II)

Como les decía en la entrada anterior, las preguntas se agolpan, pues el proceso puede cerrar fácilmente en falso la cuestión.

Ciñéndonos a lo que sabemos, resulta cada vez más claro que el delito que se impone por importancia es el de rebelión, no el de sedición o malversación como intentó forzar la menestra de Justicia a la Abogacía del Estado a decir. Por los espeluznantes detalles que van contando los miembros de las FCSE destacados en Cataluña en las fechas de autos, sabemos que aquello no fue un ensayo general de Els Pastorets, sino la llamada a la comisión del delito tipificado en el art. 472 CP («alzarse pública y tumultuariamente») con la finalidad expresada por el ordinal («Declarar la independencia de una parte del territorio nacional»). Frente a esta acusación, el presunto delito de sedición cae por su propio peso y el de malversación es totalmente lateral, pues si fuera por eso, la malversación ya venía produciéndose… desde los tiempos de Pujol.

En cuanto a las penas por la comisión de este delito son como aquellos versos de la famosa jura de Santa Gadea… Quizá por ello los subalternos y otros testigos han cantado La Traviata, La Favorita y lo que les hayan pedido.

Las juras eran tan fuertes
Que a todos ponen espanto,
Sobre un cerrojo de hierro
Y una ballesta de palo…

Vamos al lío. Primero tenemos el tipo general, que se desdobla en tres:

  1. Quienes induzcan a los rebeldes, hayan promovido o sostengan la rebelión y los jefes principales de ésta: a éstos les caen 15 a 25 años e inhabilitación absoluta por el mismo período.
  2. Los que ejerzan un mando subalterno: 10 a 15 años y mismo período de inhabilitación absoluta.
  3. Los meros participantes: 5 a 10 años e inhabilitación especial para empleo o cargo público de 6 a 10 años.

No está mal, ¿eh? Bueno, pues veamos el tipo agravado, que se desdobla en varias conductas también:

  1. Si se han esgrimido armas.
  2. o si ha habido combate entre la fuerza de su mando y los sectores leales a la autoridad legítima.
  3. o la rebelión hubiese:
    1. causado estragos en propiedades de titularidad pública o privada,
    2. cortado las comunicaciones telegráficas, telefónicas, por ondas, ferroviarias o de otra clase.
    3. ejercido violencias graves contra las personas.
    4. exigido contribuciones.
    5. distraído los caudales públicos de su legítima inversión.

Conforme a su grado de participación, las penas se agravan en lo siguiente:

  1. Para los inductores, promotores o sostenedores de la rebelión: de 25 a 30 años.
  2. Para los mandos subalternos, 15 a 25 años.
  3. Para los meros participantes: 10 a 15 años.

Éste es el cuadro general dibujado por el «Código Penal de la democracia», el del biministro Belloch. En mi opinión, que puede no ser la del Alto Tribunal, en todas las categorías hay alguien. Sin embargo, en este cuadro falta algo en mi opinión, que les contaré en la entrada siguiente.

Adiós, Maduro… ¿Hola, democracia? (II)

La larga introducción anterior nos ha de servir para poner las cosas en su justo término. Lo primero de todo es que lo que Venezuela sufre es una dictadura comunista. Si no lo fuera, simplemente no recibiría apoyo de Cuba. Y tampoco, desde luego, de los podemitas que mueven el rabo aquí –cada vez menos, gracias a Dios–, que también son comunistas. En Venezuela no hay gulag; pero como saben muy bien los venezolanos, hay Ramo Verde, que ni es ramo ni mucho menos es verde.

Sin embargo, la cuestión en la que me quiero centrar en esta entrada no es tanto lo que ocurre dentro de Venezuela. Ya hay suficiente información acerca de la dinámica interna de un régimen comunista –suficientemente explícitos son los libros de Stéphane Curtois y colaboradores excomunistas, o, para lectores de habla hispana, la Memoria del comunismo, escrita por el también excomunista Jiménez Losantos, que está en el mismo caso que Pío Moa: la izquierda le odia a muerte porque fue uno de ellos, los conoce bien y puede desmontar todas y cada una de sus mentiras.

Me quiero centrar en el caso de lo que ocurrió fuera del país, aunque ambas esferas van camino de encontrarse a cuenta de la negación de entrada de la ayuda humanitaria por parte del régimen chavista. En el lamentable papel que interpretaron todos, desde la cacareada, pomposa e inoperante «comunidad internacional», la UE (que no «Europa») y España, que si su vínculo transatlántico se pareciera al que mantienen Estados Unidos y Gran Bretaña, otro gallo nos cantara. Aquí hay una explicación suficientemente plausible de cómo han ido las cosas.

Para empezar, la «comunidad internacional» se resume en intereses geopolíticos y económicos. Hablamos, pues, de petróleo e influencia política. Como un Risk, pero a lo grande. Aquí enredan todos los grandes, los del Consejo de Seguridad de la ONU, o por lo menos tres de ellos: Estados Unidos, Rusia y China, a la que a pesar de ser una dictadura comunista no se la puede ignorar porque se trata de un mercado potencial de 1.500 millones de personas. Al parecer a Putin y a Xi Jinping no les importa ensuciarse en Venezuela, porque no hay nadie dentro de sus países del suficiente fuste como para que su protesta valga algo.

En cuanto a la Unión Europea, que se cae a cachos y el asunto venezolano es una prueba de su irrelevancia, recuerdan demasiado a esto:


Tendría gracia si no fuera porque lo que ocurre en Venezuela no es una película, sino una pavorosa realidad.

Y, por fin, en cuanto a España… La verdad es que me duele en el alma reconocerlo: tenemos un Gobierno de payasos. No parece sino que le han dicho a Sánchezstein «Tú no te metas, que esto es para mayores». Le hemos visto retorcerse como una lombriz para no reconocer a Juan Guaidó, «presidente interino» de Venezuela. Sánchez ha ignorado las presiones de la oposición, siquiera para establecer una posición moral de apoyo a la democracia. Pero es claro: cuando quien te apoya para que tengas Gobierno son comunistas, proetarras y separatistas, es lógico que te retuerzas y retrases todo lo posible reconocer a alguien que es contrario a la dictadura chavista de Maduro. Hemos quedado fatal ante todo el mundo por ser casi los últimos –de entre quienes pueden tener algo que decir– en reconocer a Guaidó (hasta la inoperante UE, por boca de Romano Prodi, le reconoció antes que nosotros). Aunque sea adelantar acontecimientos, espero que Errejón tres-comidas-al-día se pegue un buen batacazo en las próximas elecciones.

Para terminar –y no porque no haya nada más que decir, sino todo lo contrario–, sólo quiero hacer referencia a un dato: se está empezando a correr la especie, que no sabemos cierta o no, de que Guaidó es un hijo de la logia. Eso tal vez explicaría la presencia de nuestro inefable ZP en los alrededores de Miraflores. Aunque yo estoy empezando a pensar que ZP es el «arma secreta» de España para la caída de Maduro: desde que está allí, las cosas no han hecho más que empeorar para Maduro –aunque, también y sobre todo, para el país–. También podría explicar los parabienes de la UE, cuya cuna mece también una mano masónica. Incluso para algún pitufo gruñón mañanero, explicaría los parabienes del Papa, que por supuesto «se sienta en la silla de Pedro gracias a los manejos de la logia lavanda».

Si así fuera, los venezolanos no lo sé… pero los venezolanos católicos están jodidos. Y repito la advertencia que se me ocurrió en otra entrada: sería lamentable que, tras la negra etapa chavista, volvieran al poder aquellos cuya ineptitud, corrupción, despreocupación y desprecio por la nación facilitaron que el pueblo venezolano se echara en manos de un salvapatrias intrigante que accedió finalmente al poder prometiendo una leche y una miel que al final nunca llegó.

Gilipollas (y V)

En segundo lugar, tenemos a este otro gilipollas egregio:

Nadie sabe qué habremos hecho –o más bien dejado de hacer– los españoles para que el mundo de la educación, la cultura y la comunicación esté copada por esa clase especial de gilipollas progres. Si los ingleses hubieran tenido a mano una figura como la de Medio-hombre, que fue capaz de vencer a los ingleses rompiendo el sitio de Cartagena con una fuerza significativamente inferior en número, qué de películas y series y homenajes hubieran dispuesto para él. Además, lo hubieran tratado con el mimo con el que tratan ellos su historia. Y no digamos si el primero que hubiera dado la vuelta al mundo hubiera sido un inglés. Estaríamos inundados de «estudios históricos», películas y series y relatos para niños sobre la gran gesta.

Pero quiá. Medio-hombre era un giputxi, es decir, «medio tonto», que por lo visto no vale ni media mierda para que un paisano suyo –el Cobeaga éste de los cojones– le escriba una película como Dios manda, a pesar de haber sido nada menos que Almirante de la Armada Española en los tiempos en que ésta todavía contaba algo en el mundo. De hecho, contamos tan poco que tuvimos que dejar que los ingleses contaran la historia del descubrimiento de América –¿de verdad no teníamos ningún actor español que pudiera encarnar con dignidad a Colón, que hubo que echar mano de un francés? ¿O es que no se prestó ninguno, cosa probable también?–. O redescubrimiento, como dicen los pedantes, «porque los vikingos ya estuvieron antes allí». En resumen: dejar que tu historia la cuenten tus enemigos de siempre.

Y bueno, Elcano (o Elkano, en su grafía vasca), otro giputxi, pero de Guetaria; que para Cobeaga, si los giputxis de Donosti son tontos, los de pueblo tontos y medio. Para los progrespanoles la vuelta al mundo se acabó en Filipinas, porque allí fue donde apañaron a Magallanes (o Magalhães, pero dicho por los progrespañoles) y el trozo de va desde las Filipinas a casa… ehhhhh, bueno, sí… fue Elcano quien tomó el mando, «pero el importante fue el portugués», a pesar de que Elcano sí completó la vuelta. Ganas de tocar los cojones.

Luego lloriquean por la «crisis del cine español»: «Ah, es que los españolitos, que tienen comido el coco por la campaña contra nosotros del “partido de las tres letras”, no van a ver nuestras películas». Pero si es natural, hombre. Dejad de hacer las películas por cobrar la subvención y no toméis por tontos a los españoles rodando películas estúpidas, que enlazan con la ingeniería social o que se ríen de nuestra historia, como esa patochada –por decirlo suavemente– sobre los héroes de Baler.

Como dije en la primera entrada de esta serie, Dios ha dispuesto que cada día se encuentre usted al menos con un (o una: no seamos sexistas) gilipollas. Así que si se encuentra con uno, relájese y disfrute, porque el sol sale todos los días (y los gilipollas de casa también).

Gilipollas (IV)

Pero donde últimamente resplandece la gilipollez es en situaciones de amplio espectro: es decir, allí donde más de mil personas a la vez pueden llegar a la conclusión que el individuo o individua es un o una gilipollas. A esta categoría yo los llamaría gilipollas egregios porque, además, se les puede citar con nombre y apellidos y todo lo que sale de su boca tiene una repercusión inmediata.

Quería mencionar a dos de ellos porque, aunque quizá haya pasado algún tiempo (por lo visto, hoy en día «un mes» ya es mucho tiempo en redes sociales), las suyas son gilipolleces dignas de mención. El primero es éste:

Por si alguien no se acuerda, este señor es Alberto Garzón, el apparatchik (por lo visto más chik que apparat) de Izquierda Hundida, a la que el todavía partido Pudimos-y-la-jodimos pagó las deudas y absorbió. Y le nombramos gilipollas egregio porque, con toda la información que corre sobre la verdad del sistema comunista (fijo que no se ha leído las setecientas y pico páginas de Federico, que había sido comunista y que, al conocerlos bien, cuenta con pelos y señales esas verdades comunistas), el tío sigue defendiendo.

Claro. A este gilipollas le hablas del disparador automático inventado por Egon Krenz y te dirá que no sabe de qué le hablas. Le hablas de las cartillas de racionamiento de la DDR o de los quince años que le costaba a un proletario hacerse con un Trabant, el orgullo de la automoción comunista, y te dirá que no sabe de qué le hablas. Le hablas de las juergas que se corría el hoy zar de todas las Rusias, el ínclito Vladímir Vladimírovich, con los jóvenes Vopos y te dirá que no sabe de qué le hablas. Le hablas de la ingeniería social y de la represión política en la DDR y te dirá que no sabe de qué le hablas. Y bueno, es un gilipollas que además pretende tomarnos por gilipollas a los demás: para ser un comunista en un país «democrático» como el nuestro, no le importa ser millonario, como toda la caterva de la Sexta. Entre la Thermomix de 1.000 euros (de la RFA, supongo) y el bodorrio riojano y el viaje de novios neozelandés, como cualquier proletario, la propaganda ¿comunista? te la haces tú solo, majo. Y es que un servidor no soporta a los ricachos que quieren venderte la moto de la sencillez.

Gilipollas (III)

Te los puedes encontrar también en el trabajo (jefes, compañeros y subordinados). O que pueden incluir a algún amigo por alguna «desgraciada» casualidad. Entre éstos puede estar el gilipollador (pónganle ustedes el calificativo que mejor les plazca) que cree que todo el mundo es gilipollas menos él o ella. Pongamos un ejemplo con espécimen femenino. La cosa puede ir también así, ya sea en persona o en redes sociales:

–Hola, ¿qué tal? Mira, que te quería contar la última que ha salido en las noticias de Fulano y…

–Ah, ¿ese gilipollas?

Tú frenas un poco. Ella está que lo tira.

–Bueno, sí, Fulano… ya sabes. Porque de Mengano no te hablo, que ya lo conoces.

–Sí, ése es otro gilipollas.

Ya van dos.

–Eeeeeh… He tenido un poco de follón y estado un poco descolgado de todo. ¿Sabes algo de Zutano?

–Vaya, otro gilipollas. Mira que irse solo a X para ver una obra de teatro… Ya se podía haber buscado a alguien que lo acompañara.

Tres. Ni se le ocurre que a lo mejor esa persona prefiere ir sola a los sitios. Su tema favorito es la política, porque puede llamarlos a todos gilipollas sin equivocarse demasiado. Si se santiguara por cada vez que suelta esa palabra, su altar sería más grande que el del Padre Pío. Uno llega a la conclusión definitiva de que hablar con personas así es una pérdida de tiempo, además de una gilipollez.

Un segundo escalón en el presente tema son los gilipollas de dos clases: los que están empeñados a toda costa a endiñarte su matraca y aquellos que a tu argumentación intencionalmente sensata oponen el equivalente a «Manzanas traigo». O que tratan de hacer ambas cosas. En cualquier caso la presunta conversación se convierte en un diálogo de besugos, salvo que uno la corte de inmediato obligando al gilipollas a buscarse otra víctima.

 

Circo judicial (I)

Me tendrán que perdonar que de un tema tan importante como el juicio del 1-O haya esperado hasta ahora para escribir algo. Vaya por delante que no tengo ninguna confianza en que la Justicia castigue a los verdaderos culpables de la cosa. Siempre he mantenido la opinión –y hasta ahora los hechos no la han desmentido– que la Justicia funciona razonablemente bien mientras la política no se interponga en su camino; y que en cuanto esto sucede, empiezan a ocurrir cosas raras. Hay ejemplos donde elegir: el 11-M, el caso de Marta del Castillo, el caso del 3-per-cent… No sé, de verdad hay mucho. Y todos cumplen esa regla.

Hoy la atención mediática está dirigida a ese no-referéndum que tuvo lugar el 1-O en Cataluña y que en varias poblaciones se saldó con agresiones de diverso grado a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. En teoría los Mossos d’Esquadra pertenecen a ese conjunto; pero visto lo visto, después del 1-O resulta difícil sostener semejante afirmación.

A estas alturas del juicio oral ya podemos trazar una línea divisoria muy importante: la que separa a los peces gordos del resto. No tanto del lado separatista, sino del presuntamente nacional. Los peces gordos nacionales se han apuntado todos a la estrategia Cristina: «no-sé-no-me-acuerdo-no-me-consta». Toditos ellos: Mariano, Soraya, Montoro y Zoido. Ellos no se enteraron de nada. Y esto te lo dicen nada menos que un señor que fue Presidente del Gobierno, una señora que era ni más ni menos que la «jefa de los espías», un tercero que era el que soltaba la pasta con la que el golpe de Estado se iba financiando poco a poco y un señor con el «mando supremo» de las FCSE. Demencial. Podemos añadir a esa lista a Enric Millo, otro que no se enteraba de nada pero que sacó a relucir lo mejor de sus (malas) costumbres democristianas catalanas. Y que a la sazón ejercía de Delegado del Gobierno.

Quizá por ello los mandos intermedios llamados a declarar se dijeron a sí mismos: «Bueno, si los jefes no van a ir a la trena por lo que efectivamente han dejado de hacer y por mentir sobre el particular, yo tampoco voy a ir por respaldar las mentiras y no colaborar con el Tribunal». Y de los cuadros medios hacia abajo se han liado a contar lo que de verdad pasó, con algunos detalles espeluznantes (por ejemplo, los de la Letrada de la AJ que acosada y aterrorizada por las turbas separatistas en la Conselleria d’Economia y que tuvo que salir por el tejado).

Las preguntas se agolpan en este platillo de la balanza; pero la principal de todas es, como señalara Ray Bradbury, por qué. Responder a esa pregunta explicaría, entre tantas otras cosas, por qué el PP tiró a la basura durante cuatro años una mayoría absoluta que obtuvo cuando prometió cambiar de rumbo la deriva zapatera –es verdad que no la aceleró, pero tampoco hizo nada para detener su inercia–. Y así conoceríamos el peso real de la herencia con la que tiene que cargar Casado, que ya vemos que es muy pesada.

Patatas Rivera (y II)

Y finalmente, la cuarta patata es la que ha saltado en las hasta ahora tranquilas tierras castellanas. Castilla-León, Castilla la Vieja en mis años mozos, era un terreno en que nunca pasaba nada y el tiempo corría despacio. Tan bueno como una cura de nervios, vamos. Y ahora, de pronto, el tiempo ha empezado a acelerarse. Los vientos que corren ahora ya no son los que corrían, los de los tiempos de Aznar, Juan José Lucas y últimamente Juan Vicente Herrera. Mañueco no parece tener el fuste suficiente para mantener las aguas tranquilas y, después de tantos años de mando en plaza, el partido empieza a tener grietas.

Que la grieta se haya abierto por arriba es llamativo, pero no extraño. En las «noticias» lo dicen campanudamente: «Silvia Clemente, que lo ha sido todo en el partido y que había militado en él hace 19 años». También podría decir que ha pillado los malos hábitos de cualquier nomenklatura de partido con poder: en particular, el de hacer favores a amigos y familiares por encima de la ley. Es verdad que, comparado con el robo a gran escala producido en Valencia, lo de la señora Clemente es el chocolate del loro. Pero como no aplicamos la doble vara de medir, diremos que tan grave es una cosa como la otra, siendo lo que importa el hecho y la cantidad, un agravante. Tampoco es que importe demasiado por qué Clemente dio el portazo. Probablemente sean cuestiones internas del partido, batallitas diversas que al respetable poco importan.

El otro problema viene de juntarse el hambre con las ganas de comer. En el partido naranja existe la venerable tradición de las primarias, cosa muy saludable y muy democrática. Pero, cosa curiosa, ya desde que su ámbito territorial se limitaba a Cataluña, las primarias decían lo que decía su establishment en aquellos casos sensibles. Por eso, entre otros casos sonados, tenemos a Monsieur Valls, metido con calzador por ser la ¿apuesta personal? de Rivera. De este personaje nos ocuparemos en una próxima entrada.

Pero a lo que íbamos. Clemente creía que, por ser vos quien sois, iba derechita a la ejecutiva nacional. Esta gente nunca piensa en entrar en un partido por la puerta pequeña, como todo quisque. Quieren entrar a hombros y por la puerta grande. Algo así como Aznar o Felipe, que tras ser presidentes de Gobierno los contrataron en sendas empresas (Gas Natural y Endesa), en las que cobraban un pastón por aburrirse en los Consejos de Administración. No obstante, haber sido consejera de Agricultura primero y Presidenta de las Cortes castellanas después, intercambiándose los cargos con García Cirac, no da para tanto. Y Rivera, con todo el dolor de su corazón, le dijo: «Sométete a primarias, como todo el mundo». Tuvo enfrente a Francisco Igea, al que claramente subestimó creyendo que no se daría cuenta de la sucia treta que le iba a colar. Igea, que no es ningún tonto, denunció irregularidades en el voto telemático. Se hizo valer la antigüedad de Igea frente a la soberbia y la ambición de la recién llegada Clemente –capacidades aparte–, y ahora el primero es el candidato a presidente de la Junta, como era de ley, y no la segunda.

La posición en que queda Clemente es muy desairada, porque la militancia naranja no ha sido muy clemente con ella y ahora, después de su exposición pública (política y, sobre todo, patrimonial), ni puede volver al PP, ni puede volver a intentarlo en C’s. Y se cuidará muy mucho VOX de acogerla en su regazo. Puede que Patatas Meléndez sirva buenos tubérculos, pero meterlos en el cocido castellano naranja puede resultar de lo más indigesto. Aparte, todo el mundo sabe que no es lo mismo «tubérculo» que «ver tu culo». Y a Clemente se lo han dejado al aire.

Aviso a navegantes. Todos claman contra el transfuguismo, pero no les parece mal que alguien de fuste llame a su puerta. No obstante, parece que la política y las relaciones entre partidos se están acercando bastante a esto…