Ante las elecciones del 28-A (II)

Como les decía en una entrada anterior, si voto en católico no tengo opción con ninguno de la banda de los cuatro ni con el presunto anti-sistema, que pasa por ser VOX. Tendría que irme a uno de esos que el mainstream llama «partidos frikis», como Alternativa Española o Familia y Vida, que al parecer, nunca llegarán a traspasar la barrera de los hielos galácticos del 5% del censo. Parece ser que proteger la familia tradicional y proscribir el aborto (últimamente también la eutanasia) no sólo como asesinato sino como instrumento dirigido contra la familia y la sociedad no es una preocupación principal del sistema.

Vamos ahora a por la segunda de las opciones de modus votandi, es decir: votar en español. Aquí la cosa cambia; no mucho, pero cambia. Volvemos a descartar a los partidos presuntamente de izquierda –en alguna ocasión les he comentado ya que «izquierda» y «derecha» son categorías «vigésimoseculares», si se me permite el neologismo, y hoy vacías de contenido–. Su proyecto disgregador de la nación española es en sí mismo un repelente para el voto de los españoles de bien. Un proyecto, además, que ni siquiera es suyo, sino de instancias más altas (¿París? ¿Berlín? ¿Bruselas? ¿Londres?). Aquí, a diferencia de lo que decía D. José Calvo Sotelo, tendríamos una «España roja y rota en cuatro pedazos, peleados además entre sí». En una próxima entrada hablaremos de cómo la presunta izquierda sesentayochista, incluso la que dice ser más radical, se ha convertido en palanganera del neocapitalismo.

En este frente lo que destaca no es tanto lo que se defiende como lo que no se toca. En particular, el régimen electoral y el sistema autonómico. Ambos deben apuntarse a la cuenta del PSOE, pero también a la «derechita cobarde» de Fraga, que tragó con todo lo que proponía el PSOE en los años del rodillo, Aznar y, por supuesto, de Rajoy. El sistema autonómico ha implosionado por intentar decirle al Estado aquella frase típica de western: «En este pueblo no hay sitio para los dos, Flanagan». Y por hincharse de tal modo que milagro es que no se haya declarado la «república de Jumilla» o «de Cartagena», como en 1873.

En cuanto al régimen electoral… bueno, quizá no haya uno que sea totalmente justo. Pero yo quisiera decir dos cosas al respecto. La primera, el exceso de representatividad de los partidos nacionalistas, que sólo se presentan en las provincias que constituyen su lebensraum: así, las tres provincias vascongadas en el caso del PNV… y Navarra, a la que el gobierno proetarra de Paloma Barcos quiere euskaldunizar a marchas forzadas. O ERC, tirando pels de casa, en Baleares (en Valencia, quién sabe por qué, no se presentan, aun formando parte de esa entelequia que ellos llaman Països Catalans). Naturalmente, no veo a Oriol Junqueras haciendo campaña en Extremadura, ni a Gabriel Rufián tratando de convencer a sus parientes de Jaén de que la aceituna arbequina de Lleida da mucho mejor aceite que la de Hojiblanca y pidiéndoles el voto. Pero quizá sea eso lo que haría falta limitar, al menos para unas elecciones generales.

Y segundo, las cacicadas de la JEC. Por lo visto, lo que era permisible en 2015 ya no lo es en 2019. Y todo porque «¡que viene VOX!». Que viene a ser «a la ultraderecha (¿?) ni agua». Por eso VOX no ha podido participar en los dos debates entre los partidos del sistema, que se esforzaban mucho en enmascarar sus similitudes, evitando tocar esos temas en los que en realidad están de acuerdo. Y eso, cuando todos los medianamente avisados saben que: uno, la presunta izquierda quiere una República (me pregunto si entre los que cortan el bacalao también es opinión pacífica). Una república ue-uropea, como ya lo son los países de la franja norte de este desventurado continente. Y dos, que la presunta derecha está graciosamente de acuerdo, con tal de que la dejen seguir pillando.  A cambio de eso, dos polítics presos han podido dar un mítin desde los barrotes, sin una mínima explicación racional por parte de la JEC, que debiera operar como mecanismo guardián de la imparcialidad en los procesos electorales.

Por todo lo cual –y más cosas que me dejo en el tintero–, votar como español me aboca a votar al último partido que queda tras el descarte: no voto a un partido cuyo líder aún no ha sido capaz de limpiar la pátina del pasado (el pobre Casado y su feroz lucha contra el sorayomarianismo reinante aún en Génova, 13). Ni tampoco a un partido cuyo líder se levanta una mañana siendo «español», otra «liberal» y otra «progresista», según soplen las encuestas. Sus incondicionales lo interpretarán como «cintura política»; los demás, como «grouchomarxismo». Y mucho menos cuando se deja aconsejar de gentuza del Bilderberg y es sometido a estrecha vigilancia por el palais de Matignon, como si fuéramos competencia de un tal Bureau d’Affaires Africains. Que para eso y no para otra cosa nos han mandado a Monsieur le Commissaire, es decir, a Valls. Que podrá hacer valer sus ancestros catalanes y tal, pero finalmente es francés.

Ante las elecciones del 28-A (I)

Seguramente algunos de ustedes se plantearán un dilema que yo me estoy planteando en estos días previos al 28-A. Lo plantearé de la siguiente manera: pongamos que abstenernos es una opción apetecible pero no conveniente y, por lo tanto, decidimos votar. Pongamos también que no queremos votar a lo tonto, lo que es una especie de moda generalizada y que, como dice Schumpeter, es característico de los procesos electorales: rebajar el rendimiento mental cuando se trata de elecciones. Pongamos que queremos votar en conciencia y teniendo como referencia esa cosa tan etérea denominada bien común; lo que significa que nos tomamos nuestro derecho al voto con el mismo interés con el que compraríamos un coche o una casa.

En este sentido se me plantea el dilema siguiente: votar como católico o votar como español. Si pretendo votar como católico, es decir, sin renunciar a ninguno de los principios los cuales pretendo que articulen mi vida, resulta que me veo abocado a la abstención. ¿Por qué? Descartemos la izquierda, que directamente es anticatólica y por tanto un servidor no la votaría ni harto de vino: ¿qué nos queda? El famoso trifachito o lo que la «ninfa de las cloacas», ministra de Justicia en ejercicio, dijo en un momento en que le traicionó el inconsciente: la «derecha trifálica». Sin embargo, mirando con más atención, resulta que para el católico que quiere serlo y que no es «meramente estético», tampoco hay mucho donde elegir.

Pablo Casado tiene un problema de credibilidad. No ha eliminado, ni mucho menos, los restos del síndrome sorayomariano que tenía postrado a su partido. Todo lo contrario; y por ahora, que se sepa, tiene dos granos en salva sea la parte: uno, que es Feijóo, que se le sube a las barbas y que por ahora, es la prueba de que si alguna vez toca el poder, no se enfrentará per se a los separatistas vascos y catalanes. Y el otro es un director de campaña que se toma confianzas con los etarras: «Ya me conoces y sabes que yo…».  Añadamos al tejido otra puntada: Casado dice «proteger la vida y la familia», pero en realidad su partido ha mirado siempre hacia otro lado cuando se ha tratado del aborto (de hecho, en Madrid ni con Esperanza Aguirre se dejaron de practicar esos asesinatos legalizados, manteniéndose un número constante).

Albert Rivera es otro que cuando le hablan de «vida y familia» se revuelve como un vampiro al que rocían con agua bendita. No se me olvidará lo que alguien me dijo cierta vez cuando yo le pregunté: «¿El partido defiende o no defiende la vida?». Respuesta: «Damos libertad». En este blog ya hemos defendido que nadie, ni siquiera una madre, es quién para decidir sobre el derecho a vivir de un feto que se va desarrollando en el vientre de la madre. Ése es el liberal-progresismo de los naranjitos… siempre, naturalmente, que no les afecte a ellos. De las consecuencias personales y sociales del aborto ya ni hablamos –a quien no admite una responsabilidad personal sobre el aborto menos le van a preocupar las implicaciones sociales de ese acto inicuo–.

En cuanto a VOX… bueno, sigue siendo una incógnita. Tengo entendido –y que me corrija alguien si me equivoco– que los de VOX rechazan el aborto… salvo en dos supuestos: la indicación «moral» (supuesto de violación) y la «eugenésica» (malformaciones del feto). Como católicos rechazamos esas «exclusiones», pues la Iglesia rechaza que pueda existir en ningún caso motivo o razón para un aborto. Y tengo entendido que, al menos una persona marcadamente católica salió de VOX pegando un portazo al ver que algunos de sus directivos consideraban los principios católicos como «meramente instrumentales», es decir, sólo para captar el voto del sector conservador católico que antes siempre había votado al PP, aun con la nariz tapada, y que se descolgó del todo durante el sorayomarianismo.

Todo lo cual me lleva a pensar que cuando las posturas son tan contrastadamente coincidentes (todas llevan al mismo resultado), es que hay gato encerrado. Cuestión que desarrollaremos en próximas entradas.

Notre-Dame en feu

Terminaba ayer el día con la terrible noticia del incendio de la Catedral de Notre-Dame en París, uno de esos edificios emblemáticos de cualquier ciudad. Como podría serlo la Sagrada Familia en Barcelona, la Catedral de Santiago o la Almudena en Madrid.


No han aparecido culpables aún; pero, como dijo alguien a quien leí en un foro, sí sé quiénes se van a alegrar de la desgracia. Públicamente no, claro: son cobardes y no quieren que se les arranque la careta de un tirón, exponiéndose así a las iras del respetable. Porque, católicos o no, en Francia respetan la Catedral de Notre-Dame: unos, como expresión de su fe; y los otros, como parte importante de su patrimonio nacional y de la Humanidad. Pero quisiera decir dos cosas:

Extraño será que no salga algún cenutrio, radiofónico o no, en los próximos días que empiece a decir que «la culpa última de este incendio es del Papacisco, por “montonero”, por “comunista”, por “protector de la mafia lavanda”, etc.», porque “se niega a ponerse los zapatos rojos”». Y que un autoatribuido (nadie le ha concedido tal título) «sagristà major de las iglesias de España» le haga los coros. Oigan, ¿pero ustedes qué quieren? ¿Un Papa o Caperucita Roja?

<em>Es el Cardenal Cañizares, pero vamos… podría ser el Papa también</em>

Pocas cosas me revientan más que los católicos estéticos: ésos a los que les gustan las procesiones, los vestidos, la liturgia, el boato y la misa en latín… pero que, en realidad, fuera de esas cuatro cosas superficiales no son practicantes. Y que no les gustaría que el cura les tocara las narices interpelándoles acerca de cómo practican.

Y la segunda cosa que quisiera decir es que defendiendo nuestra tradición católica defendemos el ser de Europa (no «de la UE», que es cosa muy distinta), tanto el ser «en sí» y «para sí» como su lugar en el mundo. Con la información que ya comienza a circular, cada vez va quedando más claro que una Europa unida es un engorro y una Europa que respeta sus tradiciones, entre ellas la católica (que es la primera que concibió Europa como un todo, para los produtos LOGSE), es un grano en salva sea la parte. Como siempre, no está de más parafrasear a Martin Niemöller

Primero cayeron los judíos. Pero como yo no era judío, no me importó.

Luego cayeron los ortodoxos. Pero como yo no era ortodoxo, no me importó.

Luego cayeron los católicos. Pero como yo no era católico, ni iba a misa, no me importó.


Luego vinieron a por mí. Pero para entonces ya no quedaba nadie que me pudiera defender.

Coda:

Y los comunistas, masones y liberales que ayudaron al enemigo creyendo con ello que salvarían el pellejo, cayeron también.

Mi solidaridad, en fin, con los franceses de bien y con los católicos del mundo. Que no porque nuestros dirigentes estén vendidos Cristo dejará de triunfar. Recordemos sólo este detalle. Stalin se reía de los católicos cuando preguntaba, con sorna: «¿Dónde están las legiones del Papa?». Y resultó al final que el orbe comunista cayó por sí solo, con unos cuantos empujones de Reagan, de Thatcher y de un Papa polaco. La URSS estaba tan corrompida que se derrumbó prácticamente sin ejercer fuerza alguna sobre ella. No hicieron falta legiones para vencerla.

 

«Es imprescindible quitar a X»

Aunque un servidor de ustedes ya va peinando canas –en algunos lugares; en otros no–, aún le queda memoria, no demasiado baqueteada por las noticias progres, que es lo que ven los batuecos –cada vez menos, eso sí–. Y sin bucear demasiado en los recovecos de la memoria, recuerdo muy bien lo que se decía en 2011, especialmente en redes sociales. Tronaban muchos, unos pagados y otros de gratis: «¡Hay que quitar a ZP! ¡Es imprescindible que ese tío salga del poder!». Y bueno, el chorreo era de tal calibre que si uno intentaba poner un poco de sentido común y preguntaba «¿Para poner a quién?», porque no veía que la respuesta caía por su propio pesoRajoy, naturalmente»), era un «traidor a la patria», poco menos.

El ruido mediático no nos dejó ver a muchos que, para traidor, el propio Rajoy encajaba bien en el perfil. Rajoy obtuvo una mayoría absoluta porque muchos estábamos hasta los cojones de ZP, de su corte y de sus «afluencias, confluencias, injerencias y flatulencias» (toda la patulea de miserable roedore que se apresuraron a aprovecharse del festín en que ZP convirtió a España). ¿Y qué hizo Rajoy con ella? Tirarla a la basura, sin más. Perdió cuatro años –que se dice pronto– en la inercia de la política de ZP –sin avanzar en ella, pero sin derogarla tampoco–. Va a ser que tuvo razón la Voguemomia: «Ustedes no van a cambiar nada». ¿O será que, como sospechamos muchos, un hermano no deshace lo que ha hecho otro hermano?

Ahora estamos en una situación parecida. El monstruo de Sánchezstein apresura la faena para entregar más España a sus enemigos (habría que ver quién paga a esos enemigos, además de nosotros) antes de las elecciones, que se huele como su fecha de caducidad. Imaginen el follón que se organizaría si, ganadas las elecciones, el tripartito PP-Cs-Vox pretendiera recuperar lo que el PS (el partido de Pedro Sánchez, que ni es O ni mucho menos E) mal entregó como contraprestación a su apoyo. «Éxito asegurado (del pifostio)», que diría la ninfa de las cloacas de Interior, ministra de Justicia en ejercicio.

Como sea, haría falta un acuerdo entre las tres fuerzas políticas que, en teoría, se oponen a esta situación. Pasar revista al panorama no invita, no obstante, al entusiasmo. Un servidor pertenece, más o menos, a lo que Luis del Pino no hace mucho llamaba «abstención estructural», es decir, la que cree que «no vale la pena votar a nadie porque todos son la misma eme de distinto color».

Tomemos a Casado. Tal y como van las cosas, ¿creen ustedes que el líder actual del PP va a cortar en seco la subasta de España cuando ni siquiera es capaz de cuadrar al pepero separatista Feijóo? Hay que tomar eso como una contradicción típicamente gallega: non se sabe si Feijóo (¿acabará galleguizando su apellido en Feixóo?) sube ou si baixa, ou si ven ou si vai. Que lo que tendría que decirle Casado a Feijóo es «Si vas, no vuelvas». Y luego persiste en la venerable tradición pepera de dispararse en el pie. Están haciendo un buen trabajo en Andalucía, junto a Cs y VOX; pero con el sorayo Maroto de jefe de campaña no hay forma de que le saquen provecho. Los hechos de Casado hablarán por sí mismos. Esperemos que el pesadísimo bagaje que carga (el PP-de-Mariano es la peor estafa de la derecha política a su base electoral) no se lo impida.

En cuanto a C’s, más que catalanes parecen también gallegos: no es fácil saber de qué van. Quizá ahora que el torrente de votos que les llegaba del PP se ha cegado, aspiren a ser la izquierda nacional que el ex-PSOE ya no quiere ser, llevado de la mano de Iceta. En esa dirección apuntan los últimos fichajes, entre ellos y señaladamente los de Celestino Corbacho (el ministro del típex) y de Soraya Rodríguez, que no tenía ni media torta frente a la otra Soraya.

Supongo que en política es importante pertenecer a un partido del que uno no se tenga que avergonzar… demasiado. E incluso a alguien del nivel de Soraya Rodríguez, ver como su jefe se baja los pantalones ante los enemigos de España le debió resultar repugnante, tanto que se fue con el petate a otra parte. Por más que hubiera razones personales (no contaban con ella para nada, ni en la política ni dentro del Partido), es de suponer que las razones externas pesaran lo suyo. Lo de Monsieur le Commissaire (Valls) es otra historia.

De VOX no vamos a hablar mucho, porque aunque en Andalucía parece estar haciendo buen trabajo, no hay aún información fiable a nivel nacional. En el caso de VOX, sólo los hechos acallarán los dimes y diretes, a veces dichos con buena intención y otras con intención de «conducir las esperanzas». No es que uno esté a favor de ellos; simplemente es que son nuevos y uno espera a ver por dónde tiran, más allá del «harán esto» o «no harán lo otro».

En resumidas cuentas, el pacto de Tordesillas firmado entre «derecha» e «izquierda» durante la Transición se está yendo a tomar viento, porque los dos partidos que sostenían dicho sistema están corrompidos hasta la médula y las redes de intereses creados les impiden actuar de otro modo, lo cual les resta toda credibilidad. Y porque los nacionalistas –hoy ya directamente separatistas– no se contentan con ser meros comparsas. Quieren su taifa «libre de tutelas y tu-tías» y además, mandar en Madrit. Los españoles de bien, que aún son muchos, no pueden consentir eso. Siquiera sea porque no llegue un tiempo en que uno pasee por la calle y un miliciano le pegue un tiro por decir que va a misa.

Sigue, pues, en pie la pregunta: ¿quitamos a Sánchez para poner a quién?

 

Circo judicial (y III)

Quedaba por determinar algo que les anunciaba en la entrada anterior. Y es que quizá la única palabra que puede describir con exactitud la actuación del ¿gobierno? de Rajoy es complicidad con los hechos relatados. A la luz de éstos ya no tiene gracia la broma habitual sobre Rajoy de que «le fastidia tener que dejar de leer el Marca para ponerse a gobernar». Claro, ahora está en Santa Pola, Alicante, con una circunscripción registral ampliada (gracias por el regalo, Gallardón) y puede leer el Marca todo el tiempo que quiera. Qué coñazo molestia que le llamen a declarar por algo que ocurrió hace más de un año.

Lo de Soraya es muy parecido a la parábola del administrador infiel (Lc 16:1-13). Alguna vez les he dicho que hay pocas facetas del comportamiento humano, desde las más sublimes hasta las más depravadas, que no esté retratada con pelos y señales en la Biblia. Soraya, en previsión de que le caiga una inhabilitación para ejercer cargo público y que le retiren los ingresos por haber sido vicetodo, ficha por Cuatrecasas, uno de los bufetes de abogados que han hecho que el que era antes tot un senyor sea hoy un machaquilla de a todo por mil. Y de hecho, uno de los que corta el bacalao, juntamente con Roca Junyent, Garrigues Walker y alguno más (no son muchos). El hecho es que Soraya, cuando era vicetodo, perdonó a Emilio Cuatrecasas unas pifias y ahora se cobra el favor, poniendo en valor, que dicen los pedantes, que cuando estuvo con lo del 155 «nunca fue muy estricta».

Y el resto, so on. Parece ser que todos estos creen que su responsabilidad se acaba en la política: es decir, acepto mi «responsabilidad política» y dimito. Y me voy a mi casa o a donde sea. Pero si, nuevamente, volvemos al Código Penal, nos encontramos con lo siguiente:

Artículo 28

Son autores quienes realizan el hecho por sí solos, conjuntamente o por medio de otro del que se sirven como instrumento.

También serán considerados autores:

a) Los que inducen directamente a otro u otros a ejecutarlo.

b) Los que cooperan a su ejecución con un acto sin el cual no se habría efectuado.

Artículo 29

Son cómplices los que, no hallándose comprendidos en el artículo anterior, cooperan a la ejecución del hecho con actos anteriores o simultáneos.

En cuanto a la aplicación de las penas, los artículos 63 y 64 CP dicen lo siguiente: «A los cómplices de un delito consumado o intentado se les impondrá la pena inferior en grado a la fijada por la Ley para los autores del mismo delito. Las reglas anteriores no serán de aplicación en los casos en que la tentativa y la complicidad se hallen especialmente penadas por la Ley».

Aquí, naturalmente, habría que hablar de comisión por omisión, es decir: dejar de hacer aquello a lo que la Ley (y en este caso no sólo la Ley, sino también la Constitución) obliga.

Ahora, yo les pregunto: ¿creen ustedes que la capa política del asunto tiene alguna responsabilidad, más allá de la meramente política, a la luz de estos preceptos? Con independencia de lo que opine el Alto Tribunal, yo opino que es posible que sí la tengan. Tampoco sería la primera vez que en un proceso penal un señor entre como testigo y salga como imputado. Y después de ésta, una segunda pregunta: ¿creen ustedes que el Alto Tribunal considerará que tuvieron alguna responsabilidad y, por tanto, se la exigirá? En mi modesta opinión, eso no va a ocurrir. Digamos que, a ese nivel, esos cargos están protegidos, tanto como lo está Fuigdemont en Bélgica y en Alemania. También eso hace que nos preguntemos ¿por qué?, de lo que hablaremos en una próxima entrada.

Lo único que nos queda es agradecer a D. Pablo Llarena su concienzuda instrucción de la causa y al Presidente de Sala D. Manuel Marchena que haya cortado en seco las ocasiones en que la Sala pudo haberse convertido en un circo para los separatistas.