Pactos postelectorales

Por su interés, reproducimos esta Tercera, pues hace afirmaciones con las cuales coincido plenamente y porque sobre esas afirmaciones puedo basar mi «cabreo» con los medios de ¿comunicación? que llevan días y días hablando de cambalaches post-electorales. Original aquí.

La confluencia de cuatro elecciones, legislativas, europeas, autonómicas y locales, en el plazo de un mes, con cinco partidos nacionales con representación en los cuatro niveles, además de los regionales, con el antecedente inmediato de una moción de censura que desalojó al gobierno de España y lo sustituyó por otro con solo 84 diputados y un apoyo ideológico más variado que los colores del arco iris, ha conducido a la sociedad española a una situación no solo inédita e insólita, sino de gran confusión e incertidumbre.

La primera conclusión es que el partido que ha ganado las elecciones legislativas, de donde tiene que salir el próximo presidente del Gobierno de España, ha obtenido algo más de 7 millones de votos, de un electorado de más de 36 millones. Por tanto, ese partido, y también su líder, tienen el respaldo del 20 por ciento del electorado. O sea, cuatro de cada cinco electores españoles no han querido que ese líder sea su presidente.

Otra cosa es que ahora llega la hora de las negociaciones y chalaneos para tener el apoyo de la mitad más uno de los diputados electos al Congreso de los Diputados, o en última instancia, de la mayoría simple de la Cámara, si no hay una alternativa que cuente con una mayoría superior. Es decir, son ahora las cúpulas de los partidos las que están negociando, en el sentido literal del término (nada que ver con ideologías, programas electorales, o intereses y preferencias de los ciudadanos-electores-votantes-pagadores de impuestos). Pero, ¿cómo saben las cúpulas de los partidos cuáles son las preferencias o intereses de quienes les han votado?, ¿o dan y toman teniendo en cuenta solo sus propias preferencias e intereses como cúpulas de los respectivos partidos? ¿Cómo podemos saber los ciudadanos-electores-votantes-pagadores de impuestos, qué es lo que las cúpulas de los partidos dan y toman a cambio en esos chalaneos de feria?

Es evidente que los ciudadanos-electores-votantes-pagadores de impuestos somos solo espectadores y monedas de cambio, no somos ciudadanos decisores. Por supuesto no estoy aquí planteando la necesidad de una democracia plebiscitaria permanente, ni mucho menos. Sólo planteo que si votamos a un partido (por no hablar de los que no han votado o han votado en blanco porque ninguna de las candidaturas les han animado a dar su apoyo a ninguna opción), nos gustaría poder decir cuál es nuestra segunda preferencia, es decir, con quién o quiénes queremos que el partido al que hemos votado llegue a algún acuerdo de gobierno. Tanto los políticos que forman parte de la cúpula de los partidos, y en muchos casos algunos comunicadores, o incluso medios de comunicación, empresas, bancos y otros «stake holders» nacionales o extranjeros, parecen sustituir la voluntad de los ciudadanos-electores-votantes-pagadores de impuestos sobre qué pactos apoyamos o rechazamos.

El problema está en la Ley Electoral. Algunos hemos pedido el cambio de esa ley desde su aprobación en 1977. Se dijo que era provisional, solo para las primeras elecciones, debido a que los españoles carecíamos de cultura política. Pero tanto el PP como el PSOE han tenido la responsabilidad del gobierno de España desde 1982, a veces con mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados, y no la han cambiado, a pesar de que la propia Constitución prevé la reforma de cualquiera de sus artículos, uno a uno sin que sea necesario cambiarla entera. Por mucho que algunos quieran confundirnos, se pueden cambiar uno, varios o muchos artículos de la Constitución sin que ello implique cambiar de Constitución. Y conviene recordar también que la UCD gobernó dos legislaturas sin tener mayoría absoluta, lo cual evidentemente es más difícil.

La Ley Electoral vigente no garantiza una representación igual de todos los ciudadanos, no a causa de la famosa regla (que no ley) D’Hont, que lo único que hace es facilitar la asignación rápida y sencilla de escaños proporcionalmente a los votos obtenidos por cada partido, sino por el establecimiento de la provincia como circunscripción electoral y por la asignación de dos escaños a cada una, con independencia de cuál sea su población, (más un escaño a cada una de las dos ciudades de Ceuta y Melilla), repartiéndose los restantes 248 escaños (hasta 350) proporcionalmente a su población. Por ello, y llevando las cosas al absurdo, si en la actualidad una provincia no tuviese ningún elector, es decir, ningún habitante con 18 o más años y derecho a voto, seguiría teniendo derecho a dos escaños. Esta falta de proporcionalidad ha llevado a que los partidos nacionalistas, que concentran sus votos en solo una o varias provincias, obtengan muchos más escaños que partidos nacionales con muchos más votos.

En resumen, la vigente ley favorece a dos partidos nacionales (que han sido el PSOE y el PP) y a los partidos regionales principalmente, pero no exclusivamente, catalanes y vascos. Y también da un poder excesivo a las cúpulas de los partidos, que son quienes confeccionan las listas de candidatos a las elecciones. En las primeras elecciones hemos votado conociendo a los cabezas de lista de los partidos y también a varios de los componentes de cada lista. No obstante, según las investigaciones postelectorales que he llevado a cabo desde 1993, más del 75% de los votantes no conocen, o mencionan erróneamente, el nombre del primero de la lista que han votado. Pero ahora es todavía peor, porque la tendencia al presidencialismo caudillista que se ha instaurado en todos los partidos, ha conducido a que la propaganda electoral se centre de forma casi exclusiva en el líder del partido, incluso en las elecciones municipales, de manera que los electores votan la sigla del partido, sin conocer para nada a los integrantes de cada lista, con frecuencia ni siquiera a quien la encabeza.

Desde 1977 he defendido públicamente la necesidad de cambiar la ley electoral española para evitar esas desigualdades, y el excesivo poder concedido a los líderes caudillistas de cada partido, acercándola a la que es propia de la mayoría de las democracias occidentales, y concretamente al distrito unipersonal, de manera que los electores voten directamente a la persona que quieren que les represente, no a un conjunto de personas, solo a una. Ese sería el sistema inglés, el que tiene más votos, tenga o no el respaldo de más de la mitad de los votantes, gana el escaño. Una variante es la francesa, que establece que si ningún candidato (debido al multipartidismo) obtiene el respaldo de la mitad de los votantes, debe haber una segunda votación, en la que solo participan los dos candidatos con mayor número de votos en esa circunscripción. De esa manera, los electores son quienes deciden los pactos, pues dan su voto a uno de los dos partidos, sin que lo hagan las cúpulas del partido al que han votado. Además, este sistema garantiza que el candidato elegido tenga el respaldo de al menos la mitad de los votantes, lo que evita la frase habitual en España de que los representantes «no nos representan», pues si un candidato ha obtenido el apoyo del 50% o más de los votantes, es obvio que representa a la mayoría. La variante alemana incluye además la posibilidad de que un reducido número de escaños se elijan en listas nacionales, como se hace habitualmente en las elecciones europeas.

Cualquiera de los tres modelos me parecería mejor que el actual, pero es cierto que personalmente preferiría el sistema francés. Lo que no es de recibo es que las cúpulas de los partidos negocien ahora, a espaldas de los ciudadanos, los pactos de gobierno, intercambiando pactos nacionales, regionales y municipales como si fueran cromos de jugadores de futbol. Son nuestros votos los que negocian en el mercado negro.

Paisaje después de la batalla (II)

Seguimos con la relación después de unos cuantos días de pausa. Nos ocupamos ahora de C’s, que ha hecho unos cuantos méritos en estos días para ello. Lo primero que cabe decir de la formación naranja en estos días posteriores a las elecciones es que, si el PP de Mariano era apostrofado por Federico como Partido Payudá, la formación que preside Albert Rivera bien podría definirse como Partido Paenredá. Porque enredar y no otra cosa es lo que ha hecho Rivera desde que han terminado las elecciones.

A veces lo pienso y me da la risa escuchando la radio. Los comunicadores, esos «creadores de opinión» (como si la nuestra no valiera mucho, lo cual no siempre es cierto), se pasan las horas muertas hablando primero de las elecciones, de los sondeos, que en no pocas ocasiones han fallado más que escopetas de feria y, por tanto, su fiabilidad está más que en entredicho. La verdad, simplemente, rara vez se encuentra en las encuestas. Luego, las elecciones: la noche electoral, en que se pasa de la categoría a la anécdota y viceversa en cuestión de segundos. Más pasar el rato. Y más vale que no nos acordemos de la terrible frase atribuida a Stalin: «No cuentan los votos, sino los que cuentan los votos». Luego, queda la suculenta materia de las componendas entre unos y otros: lo que harán y lo que no harán. A estas alturas se han ganado todos ellos una aureola de augures que, como dirían en Cádiz, no ze pué aguantá.

Me sigue dando la risa cuando unos y otros hablan como si los partidos no fueran, en el fondo, teledirigidos. Como si tuvieran ideas propias, vamos. Lo cual me daría para una digresión lateral para la que ahora no tengo espacio, acerca del hecho de que somos una democracia tutelada, así como para hacerme la pregunta del millón: «¿Cuándo se jodió la democracia en España, Zavalita?». Déjenme decirles que, en mi modesta opinión, se jodió cuando se terminó la Transición, que de hecho también fue controlada y teledirigida. Y para quien quiera abrir los ojos, le diré que el 11-M fue una buena muestra de ello. Non ti azzardare mai più a schierarti contro la famiglia, è chiaro? Mai più. A la casta política española, que había sacado pecho con Bush, le quedó eso più chiaro.

Pero a lo que íbamos. Ya sabemos de las andanzas de Rivera con Verhofstadt. Ahora se lo han dicho más claramente en una de las reuniones recientes del Bilderberg, a la que acudió acompañado curiosamente de Inés Arrimadas, degradada también recientemente a portavoz del Congreso. El mensaje le habrá llegado alto y claro en español, encargándose de ello la Ice Queen de la Banca española (Ana Patricia Botín). La idea es, fundamentalmente, arrinconar a los partidos «poco bizcochables», es decir, de convicciones más o menos sólidas y que presentan puntos no negociables, al efecto de que España se convierta en esclava disciplinada del NOM. Es decir, nada de comunismo (Podemos), porque no se cayó el Muro para volver a implantarlo otra vez. Y nada tampoco de «extrema derecha» (que tiene huevos que alguien que simplemente quiere lo mejor para su país sea tildado de «extremista»). Para la masonería que nos tutela C’s es ideal, porque en lo ideológico es impreciso y en la práctica es grouchomarxista. Si no me creen, acuérdense de lo corregidita que volvió Soraya de su primer encuentro con esos fulanos que tan mal resisten la luz y los taquígrafos.

Por eso ahora me da la risa (floja) cuando los «comunicadores», «creadores de opinión» y otras hierbas –HMV, en realidad– comienzan a hablar de que el mejor pacto de los posibles es uno entre Sánchez, cuya ideología se resume en aguantar en la poltrona a cualquier precio, sin que le importe que lo hayamos de pagar los españolitos de a pie, y Rivera, que desde que se fue a Madrid la unidad de España se resume para él en unas cuantas fotos con Abascal y Casado. Justo lo que quieren los bilderbergs y quien esté por encima de ellos, si es que hay alguien. Ese pacto aseguraría la implantación total de la mierda de género y de la ingeniería social a través del tridente apuntado contra la sociedad (divorcio, aborto y eutanasia), así como la destrucción de la identidad nacional, proceso necesario para la integración en un gran «gobierno mundial».

Tal vez hicieran algunos mejor en hablar menos del «Papacisco» y de la «mafia lavanda» y hablar un poco más de los masonazos que tiran de los hilos. Que conste que lo entiendo, ¿eh? Hablar mal del Papa y del lamentable problema de los ladrones, puteros y maricones dentro de la Iglesia no sólo sale gratis sino que, como hemos dicho muchas veces, hace que uno siente plaza de librepensador y suba su caché. En cambio, a los masonazos los tiene uno cerca de casa; y, si uno insiste en enfocarles, le pueden acabar cerrando la barraca. Es para pensárselo. Por cierto, Federico: ¿cuándo vas a invitar a Cristina Martín Jiménez a que hable en tu programa, ya sea como tertuliana o entrevistada?

Paisaje después de las batallas (I)

He tardado muchos días en escribir una entrada sobre los resultados electorales del 26 de mayo porque, al parecer, el proceso incluye tanto los resultados del 28 de abril como los del pasado 26 de mayo. La cosa ha estado bastante enrevesada porque, al margen de periodistas comentando las encuestas como si fuera un episodio de aquellos famosos dibujos animados de Los autos locos, han ocurrido cosas que le hacen a uno pensar: «¿Y eso cómo se come?».

A una semana vista de los últimos supercomicios (municipales, autonómicos, europeos), digamos que para aquellos que les gusta pasar el tiempo conectados a un micrófono la cosa está la mar de entretenida. Que a los demás no nos hace ni pizca de gracia, pero al parecer a ellos les pagan bien; y no pudiendo decir lo que no se puede decir, pues…

Empecemos por los batacazos. El primero y más importante quizá haya sido el del PP. No a nivel municipal y europeo, sino autonómico. Como ya les comenté, en el PP hay una panda de fulanos que están segando la hierba bajo los pies a Casado y que no les importa en absoluto que el partido quede hecho una ruina temblorosa, siempre y cuando manden ellos en las ruinas. La desaparición de lo que antes pudo haberse llamado la sección heroica del PP, producida en un contexto de vulgaridad, ramplonería e inanidad, simplemente da pena. Sin embargo, Alfonso Alonso, que ha quedado en pie dominando las ruinas del PP vasco, dice ahora que es «foralista». O «fuerista», que para el caso casi viene siendo lo mismo. El hecho es que, sabiendo que no le admitirían jamás en el PNV, parece que quiere crear una especie de tertia via, de «nacionalismo sui generis». «¡Ahora ya soy más vasco que Sabino Arana!», es su grito de guerra, mientras en Sabin Etxea ni se inmutan.

En Galicia, por su parte, Feijóo ya pone sus barbas a remojar. Lo único que le queda a este partido en Galicia es el control de las redes caciquiles. Ni espíritu, ni proyecto ni nada de nada. Es visible en toda España, pero sobre todo allí donde una formación política ha dominado durante años el panorama, que es el caso del PP gallego. La semilla plantada por Fraga, despechado porque lo echaran sin contemplaciones de Madrid, ha dado un esplendoroso fruto separatista con el tema de la lengua. Lo mismo después de una posible debacle nos sale con alguna gilipollez del estilo de los feitos diferenciais respecto del «Estado español». Que pregunte por tierras catalanas, que de fets diferencials usados como chantaje para sacar más dinero y más competencias se sabe mucho en el Palau de la Generalitat.

De cualquier modo, el que más pena da de todo el conjunto es el ex-PP José María Lassalle,  compendio de las nuevas degeneraciones en que cayó el PP con Mariano. que ha pedido la baja en su partido y se despacha a gusto contra los «fascistas» de VOX. Ya tuvo su momento brillante cuando enfiló a María San Gil, que si hubiera quedado algo de vergüenza en ese partido a Lassalle le hubieran dado entonces una patada en el culo y no hubiera llegado jamás a Secretario de Estado de Cultura en tándem con el ex-ministro Wert. Pero es sabido a estas alturas que a Mariano y a su eficaz Soraya los pusieron en lo alto del tótem para cargarse el tótem. Y a decir, verdad, casi lo consiguen. En cuanto al pobre Lassalle, supongo que no querrá seguir en política. No tendría acomodo en ningún sitio; y menos que en ninguno, en la pesoe en el que su ex-mujer es una de las reinas del cotarro. Claro que sus hermanos ya le encontrarán un acomodo por los servicios prestados.

Lo de Podemos es más explicable en términos breves. Primero, lo de jugar al «comunismo democrático» ya lo hace la pesoe, gracias. Que en España, por si queda alguien que no lo sepa, el comunismo se escindió de la pesoe en 1911, pero manteniendo el mismo espíritu de «con la ley cuando nos convenga; contra ella cuando no». Segundo, la imagen tan poco proletaria de los barones de Villatinaja ha dado al traste con la imagen revolucionaria de los primeros tiempos. De «asaltar el cielo» han pasado a «saltar del cielo» y a pegarse un hostión de reglamento. Y la puntilla, aunque no lo quieran reconocer, ha sido el desprecio a los millones de Amancio Ortega, que han servido para comprar unos aparatos que servirán en la lucha contra el cáncer de lagente (sí, incluso de ellos, a pesar de su rechazo). Pero el comunismo es esto, señores, por si quedaba alguno sin enterarse. El pueblo ha valorado debidamente el gesto de D. Amancio y ha aplicado un severísimo ─y merecido─ correctivo a estos cantamañanas pijoprogres de manual que han creado un partido en un laboratorio.