Víctima de la coronafarsa


Son malos tiempos para el católico, lo mismo que para la lírica. En diversas entradas de este y otros blogs, me he manifestado en este sentido. Sin embargo, hoy cabe ya decir que entre las muchas víctimas del coronavirus está la religión católica. No sé si el plan lleva cociéndose hace mucho o es una novedad; pero a estas alturas de la película, a un servidor no le queda ninguna duda de esta afirmación.

Los ataques que ha sufrido la religión católica van más allá de lo anecdótico (y que me perdonen las víctimas de los abusos sexuales perpetrados por sacerdotes y otro personal «religioso» por usar un adjetivo que podría resultar ofensivo sacado de contexto) y son totalmente de conceto, que diría el gran Pazos. Han sido todos ataques globales. Pero vamos por partes, que diría Jack el Destripador.

Lo primero de todo, se ha machacado la dimensión comunitaria de nuestra religión. Es decir, en todo este tiempo no se ha podido ir a misa, o si se ha podido, ha sido soportando un cúmulo de restricciones importantes. Todo empezó con el secuestro de la Pascua en Granada: las fuerzas del desorden, enviadas por alguien (quien fuera, sin duda, no era católico) y disolvió la celebración como si se tratara de una manifa de antifas y eso. Que nos conste, nadie ha pedido perdón. Pero de la «reacción» de la Iglesia hablaremos más adelante. Se llegó al punto de cerrar las iglesias durante el confinamiento. Querían convertir la religión católica en religión catódica: la misa, sólo por la tele y con amenazas, pues Pablemos ya se la quería cargar antes de esto.

Aunque puede parecer un tema menor y exclusivamente español, la exhumación del cadáver de Franco del Valle de los Caídos fue también un ataque a los católicos, tanto por el hecho en sí (aunque se pueda argumentar que el propio Franco no quería ser enterrado allí) como por la forma en que se desarrolló, mereciendo hasta una sentencia de la Sala de lo Tendencioso-Administrativo del Tribunal Supremo, facultando al Gobierno a cometer la fechoría. Como en su momento dijimos, el objetivo a medio plazo del Gobierno es acabar con el mausoleo del Valle. Quitar primero a los frailes, quitar luego a los muertos para evitar las peregrinaciones y, con el tiempo, dejar que aquello se pudra. Y, sobre todo, que pase el tiempo suficiente como para que a la gente no le importe dinamitar esa cruz de 120 metros, que para la gentuza que nos desgobierna es una ofensa (lógico: cuando te has echado en brazos del demonio, todo lo que es de Dios te ha de sentar como una patada en el bajo vientre).

Aceptado todo esto, aceptada la irrelevancia de una Iglesia que, por miedo, ya se ha decidido a entregar al César lo incluso lo que es de Dios, todo lo demás viene rodado. También forma parte de una estrategia que los enemigos tanto de España como de la religión católica llevan desarrollando desde hace décadas. Y ha acabado en lo de los tiempos actuales: la gente estúpida consigue que uno se pelee con ella por los milímetros a los que debe llevar colocada la mascarilla dentro de una iglesia.

Nunca como ahora se ha visto tan clara la traición. Traición de los intelectuales (incluyo en esta categoría a pensadores y periodistas), que nos debían explicar las cosas para saber cómo enfrentarnos a ellas; traición de nuestros políticos, que debían protegernos como colectivo. Los primeros se han transformado en cotorras orgánicas (como el cuervo en el cuento de Orwell) que trabajan en justificar las atrocidades de sus amos. Los segundos no son más que monigotes de cartón-piedra en manos del «club de los 10.000 millones». Así que hemos quedado de esta manera: desamparados, librándonos de la «funesta manía de pensar» y gritando (más bien berreando, porque el nivel educativo general ha descendido de manera increíble) «vivan las caenas».

Y para esto teníamos que «integrarnos en Europa», en los tiempos en que para nosotros era una aspiración y las presuntas democracias occidentales nos miraban por encima del hombro porque, claro, «éramos una dictadura». Pasamos a ser una «democracia» (vendida al NOM, eso sí: al parecer, Juan Carlos no podía ser Rey sin el visto bueno de Kissinger). Y ahora, inmersos como estamos en una estrategia mundial de reducción de población (que, por cierto y si no lo saben, también lleva décadas desarrollándose silenciosamente), ahora sí que no pintamos nada, que decía la vieja canción de Mecano…

Gotas que me vais dejando...

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