Alemán, demasiado alemán


Abrimos hoy este blog mío y de ustedes para conmemorar la muerte de uno de los músicos más influyentes de los últimos doscientos años. No, no se trata de Bono o de Justin Bieber. Para los más despistados, se trata de un señor que nació hoy hace nada menos que doscientos años (es decir, la prehistoria): Wilhelm-Richard Wagner (1813-1883). Un artista amado y odiado por igual, prácticamente sin término medio entre los que lo han probado. El wagnerianismo se ha convertido en una especie de religión, en la que «para los que están dentro ninguna explicación es necesaria, y para los que están fuera ninguna explicación es posible».

Aquí mi comadre Miss Fidget, que por lo visto ni está dentro ni está fuera sino todo lo contrario, explica su relación con el universo wagneriano. Y la fascinación que ejerce todavía después de 130 años de su fallecimiento: todavía hay bandos de «wagnerianos» y «antiwagnerianos» que se reparten tortazos à tout plein a lo largo y a lo ancho del mundo. Eduard Hanslick seguiría disfrutando hoy como un enano. A mi modesto modo de ver, der Fall Wagner puede resumirse en lo siguiente: el Santo Grial del compositor era la Gesamtkunstwerk (obra de arte total); y tan total que necesita el concurso de todas las Musas. Quizá, si viviera hoy, Wagner sería director de cine (y fijo que tendría las manías de Karajan). A todo ello hay que añadir el antisemitismo que ya por aquellos entonces en Alemania cogía vuelo. Wagner no se cortaba un pelo en demostrarlo y Cósima, su segunda mujer, menos aún. La influencia política es lo que hace que ésa sea una obra total, por desgracia para él.

Que con el tiempo apareciese una ideología que tomara ese revoltillo y le diera forma de cruz gamada era cosa que en 1883 no se podía prever. Pero lo que debemos preguntarnos es si la música (el arte, en general) puede estar por encima de la política o, dicho más espiritualmente, «del mundo». Lo ideal es que estuviera siempre por encima; pero si no lo está, ¿convierte eso al compositor en un cómplice? Por poner otro ejemplo: ¿sería cómplice nuestro querido tovarishch Dmitri Dmitrevich de las purgas estalinistas por componer obras ad maiorem Stalinem gloriam, como la cantata de horrendo texto La canción de los bosques u otras obras «patrióticas» en loor del Régimen? A ese absurdo llegaríamos si consideráramos a Wagner «culpable». No podemos acogernos al juicio simplista del tipo: «Si te gusta Wagner eres un nazi». Wagner no es en sí mismo un Entartete Musikant sólo porque el nacionalsocialismo tomó de él lo que le convino y para lo que le convino; como no lo son Mahler, Schönberg o Mendelssohn sólo porque el régimen nacionalsocialista los proscribió por judíos.

Por otro lado y pensando específicamente en Wagner, hemos de anotar aquí la crítica de Tchaikovsky, que no citaré textualmente: «En la obra de Wagner hay muchas ideas, sí; ¿pero dónde está la música?». No es extraño que D. Pío Baroja rechazara a Wagner por esta razón: «no me gusta que me enseñen filosofía cantando». No menos sonada fue la ruptura de Nietzsche con su mentor Wagner, al que el primero glorificó en El nacimiento de la tragedia, fustigó en las Consideraciones intempestivas («Nietzsche contra Wagner») y crucificó finalmente en El crepúsculo de los ídolos. Wagner «había dejado de ser pagano» y eso era un pecado de lesa «wagneridad», sin dejar de adorarlo en el plano estrictamente musical.

De lo que podemos considerar culpable a Wagner es de sumergir al oyente en un mar de sonidos hasta atontarlo durante cuatro (promedio Ring) o cinco (Tristan) horas. Tampoco es por casualidad que al tenor especializado en papeles wagnerianos se le denomine heldentenor (hay que ser verdaderamente un héroe para cantar durante cuatro horas y no romperse las cuerdas vocales) y que ésa sea una categoría específica dentro de las voces masculinas, así como entre las femeninas lo son la soprano de coloratura o la dramática.

Por darles a ustedes un apunte biográfico les diré que, a diferencia de Miss Fidget, mi lamentable disposición para la ópera en general me libró del colocón wagneriano. Así que tanto  para los wagnerianos como para los antiwagnerianos sería, pues, un patético pagano. Mi experiencia con Wagner se reduce a los «fragmentos sinfónicos» habituales (los preludios, oberturas y otros fragmentos de en medio). Para más inri, les cuento que tengo por ahí la versión de Boulez de la Tetralogía del centenario (1983) desde hace un montón de tiempo y todavía no me he sentado a verla (y eso que tiene subtítulos en español).

Sea como sea, los fanáticos encontrarán siempre un argumento a favor de sus tesis. Y por mucho que hoy haya quien se ponga en guardia cuando le mencionan a Wagner (¿por qué no ocurrirá lo mismo con Liszt, cuya música para Les Préludes encabezaba los noticiarios de la UFA?), con la perspectiva que da el tiempo hemos de ser capaces de reconocer algo. Quizá Wagner no sea bocado para un servidor de ustedes, que lo más cerca que ha estado de Wagner ha sido a través de Bruckner-el-de-la-trompeta (quiero creer que fue un apelativo más afectuoso que despectivo); pero lo que no se puede discutir es que hay un antes y un después de Wagner en la música occidental. Nadie, después de él, estuvo a salvo totalmente de su embrujo e influencia; ni siquiera los franceses, a pesar de su prurito, que a través del impresionismo siguieron la ruta hacia la disolución tonal iniciada con el Tristan. La única escapatoria (y ni siquiera absoluta) fue para muchos agarrarse al folklore nacional, especialmente en el caso ruso, que en aquellos tiempos era prácticamente territorio virgen. Aun así y sólo como botón de muestra, nuevamente traeré a colación el ejemplo de Shostakovich: amén de utilizar anagramas musicales (Mahler), se permite citar el tema del destino del Götterdämmerung en el segundo movimiento de su Decimoquinta. Hasta ahí llega el influjo.

Mientras tanto, comparto aquí con ustedes el mismo video que Miss Fidget: Stephen Fry, judío, habla para la BBC de Wagner, una de sus pasiones. Vale la pena que no se pierdan sus reflexiones, dejando aparte el hecho de que «a Hitler le gustara Wagner» (que es parecido a decir «si te gustan los gatos tienes unas profundas pulsiones totalitarias»)…

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Gotas que me vais dejando...

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