Desastres (III)

Coronavirus: el origen

Y llegamos al momento estrella de este Gobierno, en el que la mentira y la fatuidad han rayado a gran altura a partes iguales: la gestión (¿eeeeeeeeeeh?) de la «pandemia» del coronavirus. Empecemos por decir que, a pesar de haberse localizado —más o menos— el punto inicial en la localidad china de Wuhan, la propagación del virus ha adquirido proporciones alarmantes. ¿Problema? China, desgraciadamente, no es una democracia, sino una dictadura comunista. Por lo tanto, la transparencia no es una de sus cualidades más conspicuas. Tanto es así que a los primeros que avisaron del desastre se los cargaron y nunca más se ha vuelto a saber de ellos.

Sin embargo, a estas alturas hay datos que plantean preguntas inquietantes. El coronavirus o COVID-19 no es un virus que se encuentre en la naturaleza, sino que es de diseño. Lo cual nos lleva de vuelta a Wuhan y, concretamente, al laboratorio en que se crea. Corre por ahí el rumor-información de que ese laboratorio es propiedad de —o al menos, tiene intereses en él, pues en China, oficialmente, no existe la propiedad privada—… George Soros (György Schwartz para los amigos). Naturalmente, existe ahora una segunda corriente informativa de igual fuerza y en sentido contrario que afirma que «eso es un bulo». Veremos. Como suele decirse, la primera víctima en toda «guerra» es la verdad… aunque cabe la posibilidad de que resucite al cabo de algún tiempo, nunca corto.

Tenemos un segundo dato inquietante: cuando «estalla» desde el punto de vista informativo (es decir, tiempo después de que haya estallado en la realidad y en un momento convieniente… o simplemente cuando ya no se podía ocultar que estaba pasando algo gordo), resulta que un señor como Bill Gates dimite como presidente de Mocosoft. ¿Por qué es interesante a la luz de los hechos actuales su dimisión? Porque este «señor» y su «señora» se distinguieron hace algún tiempo por sus «campañas de vacunación esterilización» en África. Parece ser que los negros folla(ba)n mucho y había que «cortar ese rollo» al modo comunista. ¿Cómo se termina con esos terribles anuncios de niños moribundos, escuálidos por la falta de alimentación y comidos por los mosquitos en el África subsahariana? Impidiendo que nazcan más. Solución: distribuimos esterilizantes vendiéndolos como vacunas y asunto resuelto. Esto, al parecer, lo descubrió un voluntario de la «campaña»; y cuando empezó a hacer preguntas molestas, se lo quitaron de en medio y nunca más se supo.

Seguramente se pueden citar más datos curiosos. Pero para lo que importa ahora, tenemos lo siguiente: un virus de diseño, unos científicos eliminados por saber demasiado y cierta clase de personas que se aprestan a sacar pingües beneficios de la situación, amén de otras diversas clases de víctimas, de lo que hablaremos en una próxima entrada.

Otra de las preguntas inquietantes que cabe hacerse es: ¿por qué esta crisis del coronavirus, Covid-19 o como se quiera llamar es tan terrible? Ha habido otras crisis a nivel mundial marcadas por diversas epidemias: la de la gripe aviar, la de las vacas locas (de infausta memoria para Celia Villalobos, hoy jubilata
forrá, como corresponde a cualquier excomunista repescada de Aznar), ¡la del ébola, que en las Batuecas creó un revuelo considerable al repatriar a dos misioneros enfermos desde África!, la del SARS original… y podríamos remontarnos hasta la del SIDA, en los años 80. ¿Por qué en ninguno de esos casos se echó el cerrojo al mundo como ahora?

Bueno, aunque suene duro, es mi opinión que esta epidemia desatada a nivel mundial es una tapadera. Es decir: los muertos y los contagiados (diagnosticados o no), son una realidad y muy dolorosa a nivel de calle, al de ustedes y mío. Pero a otros niveles no son más que daños colaterales. Aunque suene a conspiranoia, intentemos un ejercicio de política ficción. Imaginemos que el Ejército chino está experimentando con armas biológicas (terrible: ¿qué mejor manera de ganar una guerra inutilizando a países enteros haciéndolos enfermar?) y que, como China es una dictadura comunista sobre mil quinientos millones de chinos, no importa tomar unos cuantos cientos de miles como cobayas. Si los chinos —y especialmente la población infectada— hubieran sido controlados y tal, quizá la cosa se hubiera quedado en China. Pero a los chinos no se les dijo que no pudieran salir del país. Se mueven y claro: allá donde van exportan el virus. Eso, suponiendo que China sea el único foco de origen de la infección.

Y ya les sigo contando.

Desastres (II)

Pues nada, ya tenemos Gobierno. O más bien debería decir «desgobierno», habida cuenta de cómo hasta ahora se han manejado los asuntos de la res publica (aviso para produtos LOGSE y otras hierbas: en latín no existen los acentos). Todo parece una reedición de la guerra civil, pero en la política: los unos contra los otros y todos contra el «enemigo común». Parafraseando a Leon Uris (El peregrino, 1984):

“Antes de cumplir los nueve años, ya había aprendido la doctrina básica de la vida árabe comunista: era yo contra mi hermano; yo y mi hermano contra nuestro padre; mi familia contra mis primos y el clan; el clan contra la tribu el Partido; el Partido contra el mundo, y todos juntos contra los infieles la derecha”.

De todo lo cual no resulta otra cosa que una acción de gobierno totalmente desorganizada. Claro: ¿qué se puede esperar de un Herr Doktor Betrug, cuya habilidad máxima es engolar la voz para decir: «Ana: no voy a poder dormir teniendo a Pablo Iglesias en el Gobierno»? Tampoco es que últimamente se le vea muy pálido y ojeroso, pero en fin. Veníamos a decir en la anterior entrada que este ¿Gobierno? se ha conformado con pedazos (cuotas) de distinta procedencia. Un gobierno patchwork, desde luego. El expediente de agrandar Direccioncillas Generales hasta convertirlas en Ministerios ha resultado muy «rentable». Otra cosa es, además, que a su frente hay personas que no tienen ni idea de la cosa y cuyo «programa» se basa en las cuatro consignas sectarias con las que llegaron a este Gobierno.

Pero si por algo se ha distinguido este Gobierno es por el generoso uso de la mentira, que es una de las señas de la identidad de eso que aún hoy se llama «izquierda» y que fue consagrada por Lenin: «La mentira es un arma revolucionaria». Uno no puede por menos de recordar a Rubalcaba, hoy perdido allá en el limbo rojomasónico…

… y ver cómo destaca, cual estrella rutilante en el oscuro firmamento gubernamental, el flamante Ministro de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana, que deberían llevarlo a balos a Meco. Su nombre es «Ábalos, José Luis Ábalos». Claro que, si en España no existe el perjurio como delito, ¿cómo no va a poder mentir un Ministro? El problema es que nos partiríamos la caja de risa si esto hubiera ocurrido en cualquier república bananera; pero como nos ha ocurrido a nosotros ya no tiene tanta gracia. O sí. Vayan ustedes a saber si a Delcy le dijo, nada más verla con el maletín de los lingotes: «Tus ojos son como dos sartenes: cuando los veo se me fríen los huevos».

A no mucha distancia le sigue la actual administradora de la tienda Presupuehtoh Shiki (antes conocida como «Ministerio de Hacienda») que atiende por Marisú, trianera y olé. ¿Y qué hace una señora de formación básicamente médica en Presupuehtoh Shiki? Probablemente, lo mismo que hubiera hecho su antecesor, catedrático de Hacienda Pública e ilustre desaparecido político en el de Sanidad: jeringar. Pero eso de jeringar resulta que a ella le ha ido de ida y vuelta. Porque la señora se ha puesto primero a jugar al trile: «La bolita, la bolita… ¿dónde está la bolita?». La bolita son los diversos dineros que se adeudan a algunas Comunidades Autónomas, particularmente a Castilla-La Mancha (Emiliano, que ésa es de los tuyos. A ver qué haces…). Y ahí están las Comunidades Autónomas y Marisú al dame-dame y al ara-te-doy-ara-te-kito. Que, total, para dárselo a los de la ceba, «no hace falta tanto rollo, so capullo», como diría el matón que se enfrentó a Tom Highway.

Y la vuelta es que ha dicho, aunque no con estas palabras: «Jemo d’armonisá loh ingresoh públicoh. Por consiguiente, hay que subí loh impuehtoh» (particularmente el ISD, que es la espina que le quedó clavada al criptosocialista Montoro). Y ahí ha saltado como una leona Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, y le ha dicho: «¡Que no! ¡Por aquí se va a Madrid!», con la chulería de Gran Vía de Nati Mistral. Y Marisú, muy a su pesar, ha tenido que envainársela. Mientras tanto, rumia su rencor por lo bajo y le sale la matasanos que lleva dentro: «Ea, que no te preocupeh, prenda. Er día que te pille te ví a meté un jeringazo que te van a salí ronshah verdeh por tol cuerpo». Más o menos como Mandatela, que quería ver a Esperanza Aguirre corgá d’una catenaria.

Desastres (I)

Como hace muchas lunas que no hemos escrito nada en el blog, es hora de dar señales de vida. Y lo vamos a hacer a partir de lo que un servidor considera desastres de los últimos tiempos.

El primer desastre ha sido el electoral. Ningún partido obtuvo la mayoría absoluta, así que nadie pudo formar gobierno nada más terminar los comicios. Pero lo que quedó claro es que lo que podríamos llamar «bloque de izquierdas» superaba en votos al llamado «bloque de derechas». La cuestión estaba, entonces, en cómo se podrían poner de acuerdo los del «bloque de izquierdas» para sentar al espadón de Mojácar en Moncloa.

Parecía más complicado que un sudoku nivel killer. Pero llegaron a un acuerdo, vaya que sí. La ambición del espadón era tan enorme que arrasaba con todo, cumpliéndose así el famoso dicho del padre fundador: «Este partido está en la legalidad mientras la legalidad le permita adquirir lo que necesita; fuera de la legalidad cuando ella no le permita realizar sus aspiraciones». No le ha importado bajarse los pantalones para conseguir lo que quería, ni tampoco usar de rehenes al resto de los españoles.

También se puede ver desde otro punto de vista. Digamos que, en realidad, no se podría encontrar una neurona en el cerebro de nuestro inefable presidente ni con un sónar flotando en el océano de fatuidad que discurre entre sus orejas. En tal caso, él no sería más que un peón en un plan de más amplio calado, cuya última finalidad es la demolición de España, no sólo política, sino cultural y espiritualmente. «España» es un estorbo en los planes de algunos para llegar a un dominio absoluto del planeta (sí, ya sé que me pongo «conspiranoico», pero me da igual). Han acabado casi con toda resistencia a esos planes.

El tema que me preocupa es que al votante socialista todo eso le da igual. Es lo de siempre: «que ganen los míos y que le den a los otros. Hagan lo que hagan los míos está bien». Los otros son «fascistas, nacionalcatólicos, nostálgicos del franquismo» y bla-bla-bla. Es la guerra; y al estilo musulmán, al «fascista» se le puede dar muerte allí donde se le encuentre. La educación, la cultura y la comunicación, conquistadas por la izquierda mamporrera y bien aleccionadas, cumplen la función de apagar las voces disidentes. Por tanto, los votantes fanáticos no tienen nada que criticar… y los que sí piensan, entienden que más vale mantener la boca cerrada.

Por consiguiente, a buena parte de ese electorado «de izquierdas» le da igual que aquellos con los que Sánchez quería hacer negocio busquen montarse su chiringuito sobre las humeantes ruinas de España… con lo cual les harían un favor a los enemigos exteriores de España —que también tenemos, por desgracia, aunque eso poco importe a la parte cenutria de la votancia izquierdista—. Por eso no les ha importado el denigrante espectáculo de ver cómo los presuntos «aliados» ponían el cazo en perjuicio de España. ¿Quieres Prisiones? Toma Prisiones. Moltes gràcies! Y tú, ¿quieres la Seguridad Social? Nada, toma la Seguridad Social. Ezkerrik asko! (de verdad, son ellos los que dan asko).

Pues nada, aunque les importe muy poco, señores votantes de izquierda, gran rebaño fácil de conducir… disfruten de lo que han votado.

Ahora le toca a la lengua española

Supongo que ya me estoy poniendo un poco pesadito con el recuerdo, pero a cuenta de un artículo del maestro Pérez-Reverte quisiera recordar, una vez más, la tarde memorable en que, hablando con alguien de «perder el tiempo en los chats», le dije que «en vez de pasarse las horas muertas en los chats, haría mejor en dedicar esas horas a estudiar ortografía». Nunca lo dijera: la susodicha me respondió «yo escribo como me sale del alma» y a renglón seguido, me llamó «fascista» (no me imaginaba que existía eso del fascismo ortográfico, pero como dijo el otro, «cosas veredes»). No hace falta decir que todas las camaradoskis de la innombrable se me echaron encima cual jauría rabiosa. Supongo que hoy, además, me llamarían «machirulo», «cisheteropatriarcal» y otros vocablos que, dando patadas al Diccionario, se inventa el feminazismo. Así que ostento el dudoso honor de ser uno de los primeros «fascistas ortográficos». Más vale que los señores de la Docta Casa empiecen a defenderse y a establecer su autoridad lingüística, o los acabarán llamando la Copta Casa (más que nada, porque a los coptos los han ido exterminando y ahora mismo quedan cuatro y el cabo)…

No me había dado cuenta hasta que hace unos días, mientras lamentaba las incorrecciones ortográficas de una cuenta oficial de Twitter de un ministerio, leí un mensaje que acababan de enviarme y que me causó el efecto de un rayo. De pronto, con un fogonazo de lucidez aterradora, fui consciente de algo en lo que no había reparado hasta ese momento. El mensaje decía, literalmente: «Las reglas ortográficas son un recurso elitista para mantener al pueblo a distancia, llamarlo inculto y situarse por encima de él».

No fue la estupidez del concepto lo que me asombró —todos somos estúpidos de vez en cuando, o con cierta frecuencia—, sino la perfecta formulación, por escrito, de algo que hasta entonces me había pasado inadvertido: un fenómeno inquietante y muy peligroso que se produce en España en los últimos tiempos. En determinados medios, sobre todo redes sociales, empieza a identificarse el correcto uso de la lengua española con un pensamiento reaccionario; con una ideología próxima a lo que aquí llamamos derecha. A cambio, cada vez más, se alaba la incorrección ortográfica y gramatical como actividad libre, progresista, supuestamente propia de la izquierda. Según esta perversa idea, escribir mal, incluso expresarse mal, ya no es algo de lo que haya que avergonzarse. Al contrario: se disfraza de acto insumiso frente a unas reglas ortográficas o gramaticales que, al ser reglas, sólo pueden ser defendidas por el inmovilismo reaccionario para salvaguardar sus privilegios, sean éstos los que sean. Ello es, figúrense, muy conveniente para determinados sectores; pues cualquier desharrapado de la lengua puede así justificar sus carencias, su desidia, su rechazo a aprender; de forma que no es extraño que tantos —y de forma preocupante, muchos jóvenes— se apunten a esa coartada o pretexto. No escribo mal porque no sepa, es el argumento. Lo hago porque es más rompedor y práctico. Más moderno.

Todo eso, que por sí ya es inquietante, se agrava con la utilización interesada que de ello hacen algunos sectores políticos, en esta España tan propensa secularmente a demolerse a sí misma. Jugando con la incultura, la falta de ganas de aprender y la demagogia de fácil calado, no pocos trileros del cuento chino se apuntan a esa moda, denigrando por activa y por pasiva cualquier referencia de autoridad lingüística; a la que, si no se ajusta a sus objetivos políticos inmediatos, no dudan, como digo, en calificar de reaccionaria, derechista e incluso fascista, términos que en España hemos convertido en sinónimos. Con el añadido de que a menudo son esos mismos actores políticos los que también son incultos, y de este modo pretenden enmascarar sus propias deficiencias, mediocridad y falta de conocimientos. Otras veces, aunque los interesados saben perfectamente cuáles son las reglas, las vulneran con toda deliberación para ajustar el habla a sus intereses específicos, sin importarles el daño causado.

Tampoco el sector más irresponsable o demagógico del feminismo militante es ajeno al problema. Resulta de lo más comprensible que el feminismo necesario, inteligente, admirable –el disparatado, analfabeto y folklórico es otra cosa–, se sienta a menudo encorsetado por las limitaciones de una lengua que, como todas las del mundo, ha mantenido a la mujer relegada a segundo plano durante siglos. Aunque es conveniente recordar que el habla es un mecanismo social vivo y cambiante, pero también forjado a lo largo de esos siglos; y que las academias lo que hacen es registrar el uso que en cada época hacen los hablantes y orientar sobre las reglas necesarias para comunicarse con exactitud y limpieza, así como para entender lo que se lee y se dice, tanto si ha sido dicho o escrito ahora como hace trescientos o quinientos años. Por eso los diccionarios son una especie de registros notariales de los idiomas y sus usos. Forzar esos delicados mecanismos, pretender cambiar de golpe lo que a veces lleva centurias sedimentándose en la lengua, no es posible de un día para otro, haciéndolo por simple decreto como algunos pretenden. Y a veces, incluso con la mejor voluntad, hasta resulta imposible. Si Cervantes escribió una novela ejemplar llamada La ilustre fregona, ninguna feminista del mundo, culta o inculta, ministra o simple ciudadana, conseguirá que esa palabra cervantina, fregona, pierda su sentido original en los diccionarios. Se puede aspirar, de acuerdo con las academias, a que quede claro que es un término despectivo y poco usado –cosa que la RAE, en este caso, hace años detalla–, pero jamás podrá conseguir nadie que se modifique el sentido de lo que, en su momento, con profunda ironía y de acuerdo con el habla de su tiempo, escribió Cervantes. Del mismo modo que, yéndonos a Lope de Vega, cualquier hablante debe poder encontrar en un diccionario el sentido de títulos como La dama boba o La villana de Getafe.

Se está llegando así a una situación extremadamente crítica. Del mismo modo que se ha logrado que partidarios o defensores sinceros del feminismo sean tachados de machistas cuando no se pliegan a los disparates extremos del feminismo folklórico, a los defensores de la lengua española, de sus reglas ortográficas y gramaticales, de sus diccionarios y de su correcto uso, se les está colgando también la etiqueta de reaccionarios y derechistas –lo sean o no– por oposición a cierta presunta o discutible izquierda que, ajena a complejos lingüísticos, convierte la mala redacción y la mala expresión en argumentos de lucha contra el encorsetamiento reaccionario de una casta intelectual que –aquí está el principal y más dañino argumento– mantiene reglas elitistas para distanciarse del pueblo que no ha tenido, como ella, el privilegio de acceder a una educación (como si ésta no fuera gratuita y obligatoria en España hasta los dieciséis años). Del mismo modo que, según marca esta tendencia, quien no se pliega al chantaje del feminismo folklórico es machista y todo machista es inevitablemente de derechas, quien respeta las reglas del idioma es reaccionario, está contra la libertad del pueblo, y por consecuencia es también de derechas. Pues, como todo el mundo sabe, no existen machistas de izquierdas, ni maltratadores de izquierdas, ni taurinos de izquierdas, ni acosadores de izquierdas, ni tampoco cumplidores de las reglas del idioma que lo sean. Resumiendo: como toda norma es imposición reaccionaria y todo acto de libertad es propio de la izquierda, quien defiende las normas básicas de la lengua es un fascista. En conclusión, todo buen y honrado antifascista debe escribir y hablar como le salga de los cojones. O de los ovarios.

No sé si los españoles somos conscientes –y me temo que no– de la gravedad de lo que está ocurriendo con nuestro idioma común. Del desprestigio social de la norma y el jalear del disparate, alentados por dos factores básicos: la dejadez e incompetencia de numerosos maestros (algunos ejercicios escolares que me remiten, con preguntas llenas de faltas ortográficas y gramaticales, de atroz sintaxis, son para expulsar de la docencia a sus perpetradores), que tienen a los jóvenes sumidos en el mayor de los desconciertos, y el infame oportunismo de la clase política, que siempre encuentra en la demagogia barata oportunidad de afianzar posiciones. Pero no pueden tampoco eludir su responsabilidad los medios informativos; sobre todo las televisiones, donde hace tiempo desapareció la indispensable figura del corrector de estilo –un sueldo menos–, y que con tan contumaz descaro difunden y asientan aberraciones lingüísticas que desorientan a los espectadores y destrozan el habla razonablemente culta. Y más, teniendo en cuenta que el Diccionario de la Lengua Española no lo hace sólo la RAE, sino también las academias de 22 países de habla hispana (de ahí tantas palabras que llaman la atención o indignan a quienes ignoran ese hecho), abarcando el habla no sólo de 50 millones de españoles que nos creemos dueños y árbitros de la lengua, sino de 550 millones de hispanohablantes, muchos de los cuales ven con estupor nuestro disparate suicida y perpetuo.

Tampoco la Real Academia Española, todo hay que decirlo, es ajena a los daños causados y por causar. En vez de afirmar públicamente su magisterio, explicando con detalle el porqué de la norma y su necesidad, exponiendo cómo se hacen los diccionarios, las gramáticas y las ortografías, dando referencias útiles y denunciando los malos usos como hace la Academia Francesa, en los últimos tiempos la Española vacila, duda y a menudo se contradice a sí misma, desdiciéndose según los titulares de prensa y las coacciones de la opinión pública y las redes sociales, intentando congraciarse y no meterse en problemas. Esa pusilanimidad académica que algunos miembros de la institución llevamos denunciando casi una década ante la timorata pasividad de otros compañeros, ese abandono de responsabilidades y competencias, esa renuncia a defender el uso correcto –y a veces hasta el simple uso a secas– de la lengua española, ese no atreverse a ejercer la autoridad indiscutible que la Academia posee, envalentonan a los aventureros de la lengua. Y crecidas ante esa pasividad y esos complejos, cada día surgen nuevas iniciativas absurdas, a cuál más disparatada, para que la RAE elimine tal acepción de una palabra, modifique otra y se pliegue, en suma, a los intereses particulares y, lo que es peor, a la ignorancia y estupidez de quienes, en creciente número, con la osadía de la ignorancia o la mala fe del interés político, se atreven a enmendarle la plana. Por eso, en el contexto actual, pese a que de las nueve mujeres académicas admitidas en tres siglos seis han ingresado en los últimos ocho años, pese a su formidable e indispensable labor para quienes hablan la lengua española, la Academia es considerada por muchos despistados –basta asomarse a Twitter– una institución reaccionaria, machista, apolillada y autoritaria. Cuando en realidad, gracias a algunos de sus académicos, sólo es una institución acomplejada, indecisa y cobarde.

Y ojo. Aquí no se trata de banderitas y pasiones más o menos nacionales. Aquí estamos hablando de un patrimonio lingüístico de extraordinaria importancia; un tesoro inmenso de siglos de perfección y cultura. De algo que además nos da prestigio internacional, negocio, trabajo y dinero. Hablamos de una lengua, la española, que es utilizada por cientos de millones de hispanohablantes que hasta hoy, gracias precisamente a la Real Academia Española y a sus academias hermanas, manejan la misma Ortografía, la misma Gramática y el mismo Diccionario; cosa que no ocurre con ninguna otra lengua del mundo. Constituyendo así entre todos, a una y otra orilla del Atlántico, un asombroso milagro panhispánico. Un espléndido territorio sin fronteras. Una verdadera patria común, cuya auténtica y noble bandera es El Quijote.

Haría bien en recordar el maestro Pérez Reverte que los intentos «modernos» de autodestrucción de España, hayan empezado por donde hayan empezado, tienen un denominador común: los han intentado llevar a cabo españoles, sí; pero con el ánimo y la ayuda de los enemigos de la Patria, seculares o no.

… Y Canarias

Por su interés, a pesar de su extensión (el artículo lo merece) y a cuenta de lo que dejamos colgado en la última entrada, incluimos este artículo a nuestro entender clarividente de D. Jesús Flores Thies, fallecido en 2017. A la luz de las «maniobras orquestales en la oscuridad» marroquíes y la correlativa (y absoluta) falta de pegada de nuestro ¿Gobierno?, que es a un tiempo agresivo con quien no debe y sumiso con quien no nos conviene como Nación, este artículo puede arrojar luz sobre la cuestión. Mi opinión personal es que «al más alto nivel político» se ha aceptado, desde que estamos en esto que algunos todavía llaman «democracia», que Ceuta, Melilla y Canarias acabarán bajo dominio marroquí. Vamos, que ya está todo el pescado repartido y que sólo falta encontrar la fecha para tratar de venderlo al indefenso y engañado pueblo español.

CEUTA Y MELILLA, DOS MOLESTOS INCORDIOS

Las hemerotecas son odiadas por aquellos que pretenden escribir la Historia a la carta (a su carta). Cuando alguien se mete en ellas encuentra retazos de esa Historia que deja con las posaderas al aire a tanto desmemoriado histórico. Vamos a hacer un fugaz repaso de las hemerotecas para que veamos lo que el Partido Comunista, además de otros denominados de la izquierda, pontificaban sobre lo que se debería hacer con Ceuta y Melilla.

Hay que distinguir dos etapas: una, la de dejar que Ceuta y Melilla se las apañasen solas fuera de la comunidad andaluza, maniobra cuya responsabilidad corresponde a toda la clase política; y otra, el deseo de ciertos partidos políticos de que Ceuta y Melilla dejen de ser españolas.

El día 28 de agosto de 1977, en el diario SUR podíamos leer esto: “Diputados y senadores del PSOE, UCD, PCE, y Grupo Parlamentario Independiente, reunidos con un objeto común: el Estatuto de Autonomía. Tema secundario, relegado por una discusión temida: la integración o no de Ceuta y Melilla en la Asamblea”. Este mismo diario SUR comenta que los parlamentarios de las ocho provincias andaluzas oyeron a los parlamentarios de Ceuta y Melilla, quienes afirmaron su convicción del carácter inequívocamente andaluz de ambas poblaciones y el deseo de sus habitantes de cooperar al desarrollo integral de la región. Los parlamentarios andaluces toman nota de dicha declaración y se comprometen a estudiarla en profundidad.

Pero todo estaba ya decidido. Poco antes, en la prensa nacional se podía leer que “los parlamentarios andaluces cuestionan la presencia de Ceuta y Melilla” (y que) los diputados andaluces del PSOE, PCE y Grupo independiente no aceptan la presencia de representantes de aquellas plazas“. Poco después se dice claramente que “se rechaza la presencia de los representantes de Ceuta y Melilla”. Esta expulsión la ratifica la asamblea en Sevilla.

Los representantes de Ceuta y Melilla, sin saber con quién se jugaban las castañas, dicen que “conscientes de la responsabilidad que los votos populares les han conferido, han decidido exigir de las Cortes Española el reconocimiento constitucional de su derecho a la regionalidad andaluza“.

No es necesario decir que las Cortes ni tan siquiera respondieron a las ingenuas exigencias. Ni el Gobierno, ni las Cortes ni los grupos políticos respondieron a este requerimiento,

Y ahora viene la segunda parte, la de los “generosos” abandonistas.

El PCE se distingue por su interés, casi compulsivo, en echar de España a Ceuta y Melilla. Este deseo les viene de lejos, pues ya en el año 1924 el Partido Comunista “se proclama opuesto a la presencia española en África y declara que Ceuta y melilla son “colonias” de España y proclama la devolución de estas ciudades a Marruecos“. Años más tarde, desde el exilio (1961) el PC reitera la entrega a Marruecos de estas dos ciudades.

Ya en tiempos “democráticos” el diputado comunista por Sevilla, Fernando Soto, dice el 31 de agosto de 1977 que “demasiadas calamidades tiene ya encima Andalucía como para que le carguen el “muerto” de Ceuta y Melilla”. ¿A que es simpático este Soto? Pues en casa del ahorcado (el Faro de Ceuta) declaraba esta maravilla política que “Ceuta y Melilla hay que devolverlas a Marruecos porque así lo acordó y sentenció el VIII Congreso del Partido Comunista“.

En un informe del Ministerio de la Gobernación, el 23 de febrero de 1977 se decía que “el Partido Comunista propugna la independencia para Cataluña, Galicia y País Vasco y la entrega a Marruecos de las plazas de soberanía españolas en el norte de África“. Y en un libro editado por “Cambio 16” se escribía que entre los objetivos del PCE estaban estas “devoluciones” a Marruecos. Y Madariaga escribía: “que el movimiento en pro de la independencia de Canarias, la ayuda a ETA, la autodeterminación para Ceuta y Melilla ha sido siempre comunista”. Y es que la “autodeterminación” es otro de los trucos-trampa que se emplea como paso previo al abandonismo.

No son sólo los del PCE los abandonistas, los de la patada a Ceuta y Melilla. Otros les imitan, como la Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT), que propugnan la “devolución” a Marruecos sin tan siquiera contemplar los deseos de melillenses y ceutíes. ¿Para qué? Un ukase es un ukase.

Y ¡cómo no!, los socialistas también se apuntan al abandonismo. “Ceuta y Melilla deben entregarse a Marruecos”, se decide en la mesa del XXVII Congreso del PSOE. Los socialistas catalanes, demostrando su espíritu desintegrador de España, por la boca de Jordi Sierra defienden esa entrega a Marruecos. Naturalmente, los parlamentarios del PSOE melillenses y ceutíes habían sido excluidos de la asamblea de parlamentarios andaluces. Los expulsados dicen: “los parlamentarios de izquierdas, y en especial el PSOE, no nos aceptan”

Recordemos (hemerotecas…) que Alfonso Guerra y Pablo Castellanos defienden la entrega de Ceuta y Melilla a Marruecos. Y recordemos también que, con un espíritu patriótico envidiable, el incombustible Peces Barba decía ante el Consejo de Europa el 24 de enero de 1978 que en este Consejo “la política de bloques y partidos está por encima de la política nacional”, frase que se entiende mejor cuando Felipe González “el Estadista” nos convence de que “la actuación de algunos países en los temas de Canarias y Norte de África no constituye intromisión en los asuntos internos de España“. Es decir, que ellos pueden entrometerse en nuestros asuntos por decisión graciosa de nuestros patrióticos izquierdistas. Teniendo en cuenta el apoyo “europeo” en la ONU durante las discusiones sobre Gibraltar, podremos adelantar cuál sería la opinión de nuestros “amigos” en este otro tema africano.

El PSA lo tiene bien claro y dicen (no es broma): «Propugnamos la incorporación de Ceuta y Melilla a Marruecos a cambio de la independencia del Sahara» Y ya en una especie de paroxismo nos aseguran que ellos consideran “que las poblaciones de Ceuta y Melilla sí son pueblo andaluz, pero no territorio andaluz, y creemos que el Gobierno de Andalucía tiene que arbitrar el retorno de esos habitantes al igual que el de los emigrantes“. Esto declaraba, sin que se le cayera la cara de vergüenza, el Secretario del PSA a ABC el 21 de septiembre de 1977.

Pero he aquí que el señor Fraga Iribarne suelta esta perla en un Libro Blanco para la Reforma Democrática (editado por GODOSA): “Creemos que a España no le queda más opción, a la larga, que negociar con Marruecos respecto a Ceuta y Melilla…” Luego, Fraga, asustado por sus palabras, rectifica en febrero de 1979. Pero su primera frase ahí queda. Hemerotecas…

Y para acabar con este triste muestrario de delenda est Hispania, habrá que recordar la falaz dedicación de gran parte de la prensa «nacional» a exponer las tesis marroquíes, maniobra a la que se prestaron con raro entusiasmo, con un entusiasmo conmovedor “El País”. “Cambio 16” y “Triunfo”, como vanguardia de las tesis alauitas, aunque otros periódicos como “La Vanguardia” o el “Ya” no les iban a la zaga.

Pasados los años, este siniestro pasado sectario se pretende ignorar, pero está ahí, en la “Memoria Histórica”, para que sepamos que cuando vuelvan las tarascadas anexionistas de nuestros vecinos marroquíes, qué Judas, Minuros y Perpenas tenemos a nuestras espaldas.

Gran parte de lo que aquí se dice está tomado del libro de Antonio Troncoso de Castro “Ceuta y Melilla – 20 siglos de España”.

Jesús Flores Thies

Coronel de Artillería (R)

Y como les decía yo ayer, quien debiera defendernos de esto que amenaza en el horizonte, durmiendo. Y no, no me refiero al Gobierno. Ése ya está vendido.

Concatenación final

Como ha pasado mucho tiempo desde que escribimos la última entrada, vamos al lío una vez más. Lo dejamos en las consecuencias del 10-N y desde ahí lo vamos a retomar.

Incomprensiblemente, en mi opinión, las elecciones volvieron a arrojar un resultado positivo para la izquierda… o eso que hoy todavía se llama izquierda a efectos «didácticos». Está comprobado que el votante de izquierdas tiene unas tragaderas enormes. No sólo el votante nuevo, al que ya han educado para no votar a la derechanacionalcatolicafranquistafachaburguesa, sino al votante de izquierdas «de siempre», es decir al socialista que sigue identificando las siglas PSOE («cuatro siglas, cuatro mentiras», que dice algún radiofonista) con Felipe González, Tigrekán II de Mongolia (me pregunto quién sería el primero).

Quizá más comprensiblemente, teniendo en cuenta la caída de la «E» de las siglas del «Partido de Sánchez», es que haya recabado el apoyo de todos los enemigos de la idea y de la esencia de España. Y que éstos le han ofrecido encantados… a cambio de una enorme factura, que Sánchezstein no tiene inconveniente alguno en pasársela al pueblo español. Todos los enemigos de España se han puesto a la cola de los pedigüeños, de manera que Sánchezstein no sólo hipoteca nuestro presente, sino también nuestro futuro. Incluso uno que se hace llamar Teruelexiste, que tan convencido está de su autenticidad turolense… que vive y cobra de la Che-neralitat Valenciana.

Sin embargo, erraríamos si creyéramos que Sánchez es algo más que un humanoide de un metro noventa inflado de gas desde la cabeza a los pies. En mi opinión, los que tienen verdadero peligro son los especímenes que le rodean. Y sobre todo, los otros especímenes de los que esa patrulla llamada Gobierno recibe las órdenes. El mantra «España, cuando es importante, es peligrosa» sigue vigente. Por eso en lo alto del tótem tenemos a una patrulla con la misión específica de deshacer España. Parafraseando a Calvo Sotelo, cuyo asesinato marcó prácticamente el inicio de la guerra civil, «progresamos adecuadamente hacia una España rota y roja».

¿Y en qué está parando todo este show? En gritos y lamentos. Que oigan: parecía casi imposible, pero la pesoe lo está logrando de veras: ha conseguido fomentar el separatismo leonés, especie desconocida hasta hace cuatro días; y consiguientemente, el rechazo castellano («Castilla, sin León, mucho mejor»). De Tudanca no voy a decir más que sigue jugando a la petanca mientras esto pasa en su feudo, que le parecerá de perlas; porque si digo lo que me apetecería decir de ese «señor», seguramente acabara yo en los Tribunales, reo de los delitos de injuria y calumnia. Ése es uno de los gritos. Ya puestos, falta que Andalucía se parta también en dos «naciones»: la «Bética» y la «Penibética» (ya sé que estoy dando ideas a los descerebrados, pero en fin). Y todo así.

Los lamentos a los que está dando lugar este desgobierno son de dos tipos: uno, el lamento boliviano de los comunistas desorejados de Podemos. Lenin les daría dos besos por haber abrazado la porquería del género como antesala a la instauración del régimen totalitario de todos conocido. Quizá por eso y muy convenientemente ha saltado el «escándalo» de los vínculos de Podemos con el régimen dictatorial de Evo Morales, gracias a una auditoría externa —los auditores hicieron tan bien su trabajo que los echaron—. Del lado socialista también tenemos dos lamentos: uno boliviano, a cuenta del extraño episodio del allanamiento de la embajada boliviana en España, en el que al parecer los mexicanos tienen también algo que decir. Y luego, el venezolano, a cuenta de los vínculos de un tal Morodo con el régimen bolivariano de Maduro y de la visita de una tal Delcy Rodriguez, a la sazón vicepresidenta de la narcodictadura venezolana.

Finalmente, quisiera referirme a la crisis silenciosa de… Canarias. Todavía es España, pero Marruecos no oculta las ganas que le tiene a ese territorio. Están en medio los chalados del MPAIAC, que creen que las Islas podrán algún día constituir una «nación independiente». Seguramente no prevén que podrían quedar en la misma situación que los saharauis; pero claro, «largo me lo fiáis», deben pensar. Hay un dato descorazonador y una pregunta al respecto: la izquierda (el PCE, en concreto) tiene el proyecto de «devolver» Ceuta, y Melilla desde fecha tan temprana como 1924. Hoy habría que añadir Canarias, dada la inexplicable maurofilia de los podemitas. La pregunta, a la que hoy domingo se ha referido Luis del Pino con circunloquios y sobreentendidos —habiendo sentado plaza de «dialogante» no es bueno mentar la bicha, al parecer—, es la siguiente: ¿tenemos un Ejército suficientemente preparado para defender nuestras fronteras en caso necesario? Porque si después de no estar a buenas con los «cochinos imperialistas americanos» esperamos que éstos nos defiendan en caso de una hipotética invasión marroquí, lo llevamos claro.

Pero tranquilos, porque como dice la vieja canción de La Trinca…

I ara aquest país, que consti, que consti,
si no va millor, anirà pitjor
perquè ja tenim govern progressista,
perquè a fer punyetes ens n’anem tots.

Le hemos cambiado un poco la letra porque, a fin de cuentas, este gobierno progresista pretende un cambio de régimen y los ciudadanos de a pie —los de siempre, no ellos precisamente— nos vamos a ir a hacer puñetas cuando nos dejen sin Constitución ni leyes a las que aferrarnos para defender nuestros derechos. Ah, ¿pero ustedes creen que tendríamos derechos en ese presunto nuevo régimen? Pues eso, que dijo Sánchez. Y quienes presuntamente deberían defendernos, durmiendo. Pocos recuerdan ya lo que le ocurrió a Gil Robles.