Ahora le toca a la lengua española

Supongo que ya me estoy poniendo un poco pesadito con el recuerdo, pero a cuenta de un artículo del maestro Pérez-Reverte quisiera recordar, una vez más, la tarde memorable en que, hablando con alguien de «perder el tiempo en los chats», le dije que «en vez de pasarse las horas muertas en los chats, haría mejor en dedicar esas horas a estudiar ortografía». Nunca lo dijera: la susodicha me respondió «yo escribo como me sale del alma» y a renglón seguido, me llamó «fascista» (no me imaginaba que existía eso del fascismo ortográfico, pero como dijo el otro, «cosas veredes»). No hace falta decir que todas las camaradoskis de la innombrable se me echaron encima cual jauría rabiosa. Supongo que hoy, además, me llamarían «machirulo», «cisheteropatriarcal» y otros vocablos que, dando patadas al Diccionario, se inventa el feminazismo. Así que ostento el dudoso honor de ser uno de los primeros «fascistas ortográficos». Más vale que los señores de la Docta Casa empiecen a defenderse y a establecer su autoridad lingüística, o los acabarán llamando la Copta Casa (más que nada, porque a los coptos los han ido exterminando y ahora mismo quedan cuatro y el cabo)…

No me había dado cuenta hasta que hace unos días, mientras lamentaba las incorrecciones ortográficas de una cuenta oficial de Twitter de un ministerio, leí un mensaje que acababan de enviarme y que me causó el efecto de un rayo. De pronto, con un fogonazo de lucidez aterradora, fui consciente de algo en lo que no había reparado hasta ese momento. El mensaje decía, literalmente: «Las reglas ortográficas son un recurso elitista para mantener al pueblo a distancia, llamarlo inculto y situarse por encima de él».

No fue la estupidez del concepto lo que me asombró —todos somos estúpidos de vez en cuando, o con cierta frecuencia—, sino la perfecta formulación, por escrito, de algo que hasta entonces me había pasado inadvertido: un fenómeno inquietante y muy peligroso que se produce en España en los últimos tiempos. En determinados medios, sobre todo redes sociales, empieza a identificarse el correcto uso de la lengua española con un pensamiento reaccionario; con una ideología próxima a lo que aquí llamamos derecha. A cambio, cada vez más, se alaba la incorrección ortográfica y gramatical como actividad libre, progresista, supuestamente propia de la izquierda. Según esta perversa idea, escribir mal, incluso expresarse mal, ya no es algo de lo que haya que avergonzarse. Al contrario: se disfraza de acto insumiso frente a unas reglas ortográficas o gramaticales que, al ser reglas, sólo pueden ser defendidas por el inmovilismo reaccionario para salvaguardar sus privilegios, sean éstos los que sean. Ello es, figúrense, muy conveniente para determinados sectores; pues cualquier desharrapado de la lengua puede así justificar sus carencias, su desidia, su rechazo a aprender; de forma que no es extraño que tantos —y de forma preocupante, muchos jóvenes— se apunten a esa coartada o pretexto. No escribo mal porque no sepa, es el argumento. Lo hago porque es más rompedor y práctico. Más moderno.

Todo eso, que por sí ya es inquietante, se agrava con la utilización interesada que de ello hacen algunos sectores políticos, en esta España tan propensa secularmente a demolerse a sí misma. Jugando con la incultura, la falta de ganas de aprender y la demagogia de fácil calado, no pocos trileros del cuento chino se apuntan a esa moda, denigrando por activa y por pasiva cualquier referencia de autoridad lingüística; a la que, si no se ajusta a sus objetivos políticos inmediatos, no dudan, como digo, en calificar de reaccionaria, derechista e incluso fascista, términos que en España hemos convertido en sinónimos. Con el añadido de que a menudo son esos mismos actores políticos los que también son incultos, y de este modo pretenden enmascarar sus propias deficiencias, mediocridad y falta de conocimientos. Otras veces, aunque los interesados saben perfectamente cuáles son las reglas, las vulneran con toda deliberación para ajustar el habla a sus intereses específicos, sin importarles el daño causado.

Tampoco el sector más irresponsable o demagógico del feminismo militante es ajeno al problema. Resulta de lo más comprensible que el feminismo necesario, inteligente, admirable –el disparatado, analfabeto y folklórico es otra cosa–, se sienta a menudo encorsetado por las limitaciones de una lengua que, como todas las del mundo, ha mantenido a la mujer relegada a segundo plano durante siglos. Aunque es conveniente recordar que el habla es un mecanismo social vivo y cambiante, pero también forjado a lo largo de esos siglos; y que las academias lo que hacen es registrar el uso que en cada época hacen los hablantes y orientar sobre las reglas necesarias para comunicarse con exactitud y limpieza, así como para entender lo que se lee y se dice, tanto si ha sido dicho o escrito ahora como hace trescientos o quinientos años. Por eso los diccionarios son una especie de registros notariales de los idiomas y sus usos. Forzar esos delicados mecanismos, pretender cambiar de golpe lo que a veces lleva centurias sedimentándose en la lengua, no es posible de un día para otro, haciéndolo por simple decreto como algunos pretenden. Y a veces, incluso con la mejor voluntad, hasta resulta imposible. Si Cervantes escribió una novela ejemplar llamada La ilustre fregona, ninguna feminista del mundo, culta o inculta, ministra o simple ciudadana, conseguirá que esa palabra cervantina, fregona, pierda su sentido original en los diccionarios. Se puede aspirar, de acuerdo con las academias, a que quede claro que es un término despectivo y poco usado –cosa que la RAE, en este caso, hace años detalla–, pero jamás podrá conseguir nadie que se modifique el sentido de lo que, en su momento, con profunda ironía y de acuerdo con el habla de su tiempo, escribió Cervantes. Del mismo modo que, yéndonos a Lope de Vega, cualquier hablante debe poder encontrar en un diccionario el sentido de títulos como La dama boba o La villana de Getafe.

Se está llegando así a una situación extremadamente crítica. Del mismo modo que se ha logrado que partidarios o defensores sinceros del feminismo sean tachados de machistas cuando no se pliegan a los disparates extremos del feminismo folklórico, a los defensores de la lengua española, de sus reglas ortográficas y gramaticales, de sus diccionarios y de su correcto uso, se les está colgando también la etiqueta de reaccionarios y derechistas –lo sean o no– por oposición a cierta presunta o discutible izquierda que, ajena a complejos lingüísticos, convierte la mala redacción y la mala expresión en argumentos de lucha contra el encorsetamiento reaccionario de una casta intelectual que –aquí está el principal y más dañino argumento– mantiene reglas elitistas para distanciarse del pueblo que no ha tenido, como ella, el privilegio de acceder a una educación (como si ésta no fuera gratuita y obligatoria en España hasta los dieciséis años). Del mismo modo que, según marca esta tendencia, quien no se pliega al chantaje del feminismo folklórico es machista y todo machista es inevitablemente de derechas, quien respeta las reglas del idioma es reaccionario, está contra la libertad del pueblo, y por consecuencia es también de derechas. Pues, como todo el mundo sabe, no existen machistas de izquierdas, ni maltratadores de izquierdas, ni taurinos de izquierdas, ni acosadores de izquierdas, ni tampoco cumplidores de las reglas del idioma que lo sean. Resumiendo: como toda norma es imposición reaccionaria y todo acto de libertad es propio de la izquierda, quien defiende las normas básicas de la lengua es un fascista. En conclusión, todo buen y honrado antifascista debe escribir y hablar como le salga de los cojones. O de los ovarios.

No sé si los españoles somos conscientes –y me temo que no– de la gravedad de lo que está ocurriendo con nuestro idioma común. Del desprestigio social de la norma y el jalear del disparate, alentados por dos factores básicos: la dejadez e incompetencia de numerosos maestros (algunos ejercicios escolares que me remiten, con preguntas llenas de faltas ortográficas y gramaticales, de atroz sintaxis, son para expulsar de la docencia a sus perpetradores), que tienen a los jóvenes sumidos en el mayor de los desconciertos, y el infame oportunismo de la clase política, que siempre encuentra en la demagogia barata oportunidad de afianzar posiciones. Pero no pueden tampoco eludir su responsabilidad los medios informativos; sobre todo las televisiones, donde hace tiempo desapareció la indispensable figura del corrector de estilo –un sueldo menos–, y que con tan contumaz descaro difunden y asientan aberraciones lingüísticas que desorientan a los espectadores y destrozan el habla razonablemente culta. Y más, teniendo en cuenta que el Diccionario de la Lengua Española no lo hace sólo la RAE, sino también las academias de 22 países de habla hispana (de ahí tantas palabras que llaman la atención o indignan a quienes ignoran ese hecho), abarcando el habla no sólo de 50 millones de españoles que nos creemos dueños y árbitros de la lengua, sino de 550 millones de hispanohablantes, muchos de los cuales ven con estupor nuestro disparate suicida y perpetuo.

Tampoco la Real Academia Española, todo hay que decirlo, es ajena a los daños causados y por causar. En vez de afirmar públicamente su magisterio, explicando con detalle el porqué de la norma y su necesidad, exponiendo cómo se hacen los diccionarios, las gramáticas y las ortografías, dando referencias útiles y denunciando los malos usos como hace la Academia Francesa, en los últimos tiempos la Española vacila, duda y a menudo se contradice a sí misma, desdiciéndose según los titulares de prensa y las coacciones de la opinión pública y las redes sociales, intentando congraciarse y no meterse en problemas. Esa pusilanimidad académica que algunos miembros de la institución llevamos denunciando casi una década ante la timorata pasividad de otros compañeros, ese abandono de responsabilidades y competencias, esa renuncia a defender el uso correcto –y a veces hasta el simple uso a secas– de la lengua española, ese no atreverse a ejercer la autoridad indiscutible que la Academia posee, envalentonan a los aventureros de la lengua. Y crecidas ante esa pasividad y esos complejos, cada día surgen nuevas iniciativas absurdas, a cuál más disparatada, para que la RAE elimine tal acepción de una palabra, modifique otra y se pliegue, en suma, a los intereses particulares y, lo que es peor, a la ignorancia y estupidez de quienes, en creciente número, con la osadía de la ignorancia o la mala fe del interés político, se atreven a enmendarle la plana. Por eso, en el contexto actual, pese a que de las nueve mujeres académicas admitidas en tres siglos seis han ingresado en los últimos ocho años, pese a su formidable e indispensable labor para quienes hablan la lengua española, la Academia es considerada por muchos despistados –basta asomarse a Twitter– una institución reaccionaria, machista, apolillada y autoritaria. Cuando en realidad, gracias a algunos de sus académicos, sólo es una institución acomplejada, indecisa y cobarde.

Y ojo. Aquí no se trata de banderitas y pasiones más o menos nacionales. Aquí estamos hablando de un patrimonio lingüístico de extraordinaria importancia; un tesoro inmenso de siglos de perfección y cultura. De algo que además nos da prestigio internacional, negocio, trabajo y dinero. Hablamos de una lengua, la española, que es utilizada por cientos de millones de hispanohablantes que hasta hoy, gracias precisamente a la Real Academia Española y a sus academias hermanas, manejan la misma Ortografía, la misma Gramática y el mismo Diccionario; cosa que no ocurre con ninguna otra lengua del mundo. Constituyendo así entre todos, a una y otra orilla del Atlántico, un asombroso milagro panhispánico. Un espléndido territorio sin fronteras. Una verdadera patria común, cuya auténtica y noble bandera es El Quijote.

Haría bien en recordar el maestro Pérez Reverte que los intentos «modernos» de autodestrucción de España, hayan empezado por donde hayan empezado, tienen un denominador común: los han intentado llevar a cabo españoles, sí; pero con el ánimo y la ayuda de los enemigos de la Patria, seculares o no.

A sota d’una pedra

Aprovechando que habíamos dejado nuestro relato hablando del procés (otra vez), me ha parecido interesante incluir un artículo aparecido en el Diari de Girona del pasado 21 de octubre, de una persona, Helena Boadas, que ha perdido la fe del poble català (en Sant Jordi Pujol y en sus deixebles, se entiende). Es muy explícito y, aunque no va a despertar a ninguno de los que debiera (porque, además, el procés sirve a «otros fines»), vale la pena dejar constancia de él, aunque la autora todavía habla de «país» refiriéndose, naturalmente a… bueno, ya saben. Rémoras que quedan. Acompañamos traducción.

No sé si cal que digui que la mesura és irresponsable perquè em sembla de jutjat de guàrdia; tenint en compte que l’han seguit milers de persones segurament sí. El sistema bancari és molt sensible, immensament. I jugar amb això és jugar amb foc. Per altra banda no sé qui es vol perjudicar amb aquesta acció. Perquè de moment, a dia d’avui, els únics perjudicats són les iaies que volien treure diners per anar al mercat i no han pogut perquè el caixer no tenia efectiu. Era aquesta la idea? Si algú s’espanta, quan hi torni a haver efectiu el traurà tot per no tornar-se a trobar en la mateixa situació. Suposo que tots veiem el perill –immens– d’això.

Si em quedava algun gen de la independència amagat en algun racó del cos, els últims mesos s’ha quedat fulminat. Que no hi ha fractura social? No; si quan no ets independentista t’amagues a sota d’una pedra, no n’hi ha.

Mireu, jo escric aquest article perquè estic cansada d’amagar-me. Com molts altres catalans, vinc d’un context molt independentista, molt. És el que he viscut tota la vida. Quan he aconseguit fer-me una mirada pròpia sobre les coses, una mirada crítica, la meva, he hagut de callar. Com tantes altres persones. Els grups de WhatsApp són un infern. TV3 és un pamflet independentista vergonyós. La distorsió de la realitat és important. Si en algun context m’atreveixo a parlar provoco com a mínim decepcions.

Estic cansada d’amagar-me. Aquí ho teniu, soc una botiflera, ja m’ho dic jo mateixa, no patiu. Però aprofiteu per reflexionar-hi una mica, perquè com jo hi ha molta, molta gent, moltíssima, que continua amagada a sota la pedra.

Bajo una piedra

Escribo este artículo ahora que medio país está retirando dinero de los cajeros automáticos para conseguir no sé muy bien qué. Ayer, cuando leí esta consigna que llegaba por tierra, mar y aire (en resumen, sacad dinero todos a la vez), hasta lloré. Hoy ya se me ha pasado: ya no lloro y escribo un artículo, que es más productivo.

No sé si hace falta decir que es una medida irresponsable porque me parece de juzgado de guardia; teniendo en cuenta que la han obedecido miles de personas, seguramente sí. El sistema bancario es muy sensible, inmensamente sensible. Y jugar con esto es jugar con fuego. Por otra parte, no sé a quién se quiere perjudicar con esta acción. Porque, de momento, a día de hoy, las únicas perjudicadas son las yayas que querían sacar dinero para ir al mercado y no han podido porque el cajero no tenía efectivo. ¿Era ésta la idea? Si alguien se ha espantado, cuando vuelva a haber efectivo lo sacará todo para no volverse a encontrar en la misma situación. Supongo que vemos todos el peligro –inmenso– de esto.

Si me quedaba algún gen de la independencia escondido en algún rincón de mi cuerpo, en los últimos meses ha sido fulminado. ¿Que no hay fractura social? No. Si cuando no eres independentista te escondes bajo una piedra, no la hay.

Mirad, escribo este artículo porque estoy cansada de esconderme. Como muchos otros catalanes, provengo de un contexto muy independentista, mucho. Es lo que he vivido toda la vida. Cuando he conseguido construir una mirada propia sobre las cosas, una mirada crítica, la mía, he tenido que callar. Como tantas otras personas. Los grupos de WhatsApp son un infierno. TV3 es un vergonzoso panfleto independentista. La distorsión de la realidad es importante. Si en algún contexto me atrevo a hablar, como mínimo provoco decepciones.

Estoy cansada de esconderme. Aquí lo tenéis: soy una botiflera, ya me lo digo yo, no padezcáis. Pero aprovechad para reflexionar un poco, porque como yo hay mucha gente, muchísima, que continúa escondida bajo una piedra.

 

¿Por qué mienten?

Por su interés y dados los últimos acontecimientos dignos de mención acaecidos en España en los últimos tiempos, insertamos este artículo que D. Julián Marías escribió para una Tercera de ABC el 16 de enero de 1997. 22 años ya: y si a D. Julián, caso de vivir, o su hijo Javier, se les ocurriera emprender la tarea de glosarlo adaptándolo a las circunstancias actuales, andarían de susto en muerte, dando saltos en un campo minado. Ya no se trata de que la mentira «sea un arma revolucionaria», como predicaba Lenin en los viejos buenos tiempos; es que la mentira se ha convertido hoy día en instrumento de poder: no utilizada sólo para llegar al poder, sino para permanecer en él.

Reconozco que tengo una aguda sensibilidad para la mentira. La verdad me importa hasta tal grado, que la mentira me deprime y entristece. Por desgracia, su frecuencia es inquietante, y en personas individuales o grupos ha adquirido un carácter que se podría llamar «profesional»: se puede contar con la mentira con la seguridad de que no falte.

La historia es objeto preferente de esa operación, lo que resulta fatigoso y encierra quizá los peligros más graves que nos amenazan. Todo lo que se haga para establecer –o restablecer– la verdad histórica me parece tan precioso como necesario. Pero, aunque existen, se cuentan con los dedos los que se entregan a fondo a tan urgente tarea.

La voluntad de mentir se concentra especialmente en la presentación del pasado cercano y del presente, sobre todo en sus dimensiones intelectuales, culturales en general. Casi todo el mundo considera necesario decir que España –o más– ha sido un desierto, y se ha acuñado la expresión «páramo cultural».

Hace veinte años escribí un largo artículo titulado «La vegetación del páramo» (recogido luego en mi libro «La devolución de España», 1977). En él consideraba la actividad cultural de España entre 1941, fecha en que se reanudó tras la Guerra Civil, y 1955, año en que murió Ortega. Era un recuento fragmentario, sin rebuscas ni propósito exhaustivo, de lo que se había hecho, en medio de grandes dificultades, en esos quince años. Resultaba una larguísima lista, impresionante, de «libros libres», fruto de vocaciones admirables; se veía la continuidad, no interrumpida, de los autores existentes antes del feroz corte de la guerra, y la aparición de promociones nuevas, de sorprendente fecundidad, y en la mayoría de los casos, capaces de innovación e independencia. La vegetación del páramo, concluía yo, es bastante frondosa.

Baroja decía con humor que los españoles discuten sobre cuestiones de hecho. Muchos hacen ahora algo mejor: ni siquiera discuten, sino que hacen caso omiso de los hechos. Al cabo de tantos años, casi nadie ha leído el artículo, ni siquiera el libro, agotado hace mucho tiempo. Y el hecho es que, con raras excepciones, cada vez que se habla de lo que ha sido la realidad cultural de España después de la Guerra Civil, se acumulan las mentiras más evidentes, más contrarias a la irrefragable realidad.

Lo más curioso es que a veces las cometen los que dieron frondosidad a la vegetación del páramo, los que con su propia obra desmienten lo que dicen. Hay gran número de autores que surgieron precisamente en aquel tiempo, que florecieron y alcanzaron fama, que contribuyeron a que, a pesar de tantos pesares, España fuese habitable, esperanzadora, interesante, en muy alta proporción creadora.

¿Por qué lo hacen? Tengo una irrefrenable propensión a intentar entender. Hay que distinguir de edades o generaciones. Los jóvenes –y en esta categoría, para estos efectos, son los que no han llegado a los cincuenta años– mienten, diríamos, en nombre de otros. Su motivo principal es la ignorancia: no saben nada, aceptan pasivamente lo que les han dicho y lo repiten como cosa propia.

Hay un curioso grupo, formado por los que empezaron a actuar hacia 1956 –fecha muy significativa–. Tuvieron, ya desde entonces, la voluntad de dar por nulo todo lo que se había hecho antes –es decir, todo lo que se enumeraba en el artículo de que hablo–, para dar la impresión de que con ellos, y sólo con ellos, se iniciaba una resistencia a las presiones oficiales y un intento de independencia.

Finalmente, los decididamente mayores, los que vivieron y escribieron en ese ya lejano período, se pliegan a las presiones dominantes, temen ser acusados de complacencia con ellas si afirman y valoran lo que muchos hicieron precisamente para no aceptarlas, pagando por ello el precio necesario. Algunos tuvieron en efecto esa complacencia para buscar una vida más fácil, lo que al fin y al cabo es humano; otros no. Todos contribuyeron a que no se rompiera la continuidad de una cultura que data ya de un siglo largo –y me refiero a la que es «actual», no a la dilatadísma que constituye el patrimonio milenario de todos los que hablan español a ambos lados del Atlántico–.

En España, desde hace veinte años, han sucedido muchas cosas, buenas y malas, con evidente predominio de las buenas. Sobre todo, el incremento de la libertad, cuyos retrocesos no han sido tan profundos que hayan impedido su posible recuperación. Lo que sigue faltando, y me preocupa extraordinariamente, es el triunfo de la veracidad. La verdad fue, como en todas las guerras, la primera víctima en 1936. Una crisis previa de la veracidad fue la causa últimamente decisiva de la discordia que llevó a la Guerra Civil: se buscan las causas de su origen, y rarísima vez se piensa en esta.

La verdad fue evitada, perseguida durante los decenios siguientes, por el partidismo, la obsesiva politización de los que mantenían su versión interesada de las cosas y los que aspiraban a sustituirla por otra opuesta pero igualmente tendenciosa y deformadora.

Esto es comprensible, pero ¿lo es la perduración de tales actitudes cuando se ha cancelado lo que de siniestro ha tenido una larga época, cuando se puede decir la verdad? Es gravísimo que no se haga, que no se quiera usar la libertad para lo que debe ser su finalidad primaria.

No se abrirá de verdad el horizonte de España mientras no haya una decisión de establecer el imperio de la veracidad, la exclusión de la mentira. Esto, claro es, en todos los órdenes; me estoy refiriendo particularmente a la vida intelectual, porque es lo que conozco mejor y porque es algo «notorio», controlable, que consta y en buena medida queda.

Creo que mentir descalifica al que lo hace, y debe tener la consecuencia inmediata de su desprestigio. Cuando alguien lo hace, los que lo saben deben tomar nota y obrar en consecuencia. Hay que tener en claro a quién estimar, en quién se puede confiar. No es infrecuente el caso de quienes, en cierto momento de su vida, han cedido a las tentaciones dominantes y han renunciado a decir la verdad; ese día han perdido su condición de intelectuales y se han convertido en «militantes» de lo que sea. La proporción es variable según las edades y las regiones españolas, pero el peligro es muy amplio.

Con diversos pretextos, hay gentes dedicadas a lo que llamo la «calumnia de España». Ningún pretexto me parece aceptable para ello; no sólo en nombre de España, sino, todavía antes, en nombre de la verdad.

El Director

Acabo de leer el libro El Director, de David Jiménez García, flamante exdirector El Mundo, diario que por extrañas razones recuerda al banquillo eléctrico de Jesús Gil. Es un libro que se lee rápido –no llega a las 300 páginas–, en el que se nota que el autor es periodista: «mantiene la tensión del relato», según la frase consagrada; y, a pesar de que alguno lo tilda de «ajuste de cuentas», que también lo es, plantea la cuestión de las difíciles relaciones entre el periodismo y el poder, pero desde el punto de vista no del periodista de a pie, ni tampoco desde el poder, sino desde el punto de vista del director de un periódico, que es el personaje sobre el que convergen las diferentes presiones de unos y otros.

Al terminarlo, me ha quedado un regusto un tanto amargo. Alguna vez he comentado en mi blog que los españoles, a pesar de las rimbombancias, la cacareada «modélica Transición», las campanudeces de nuestros dizque representantes, no tenemos derecho a saber la verdad de las cosas. Tenemos derecho, eso sí, a dos versiones de la realidad: una positiva y otra negativa, pero ambas falsas o trufadas de medias verdades. Y no es que sólo lo diga yo: ahí estaba el juez Gómez Bermúdez diciendo que «Los españoles no estamos preparados para saber la verdad del 11-M». Es decir: según esta gentuza de campanillas, somos lo bastante estúpidos y menores de edad como para que nos hurten el relato de lo que ocurrió de verdad en el atentado terrorista más sangriento de la historia de España (200 muertos y 1.500 heridos).

Esta idea es la que preside las relaciones de nuestras ilustrísimas, excelencias y demás tratamientos del Estado con la gente (eufemismo para no decir «chusma» o «populacho»). Los de arriba no quieren que los de abajo sepan sus manejos; y para lograr eso, el periodismo verdadero es un verdadero estorbo. Lo que hoy sabemos es que en el mundillo periodístico nadie quiere «marcarse un Udo Ulfkotte»: o sea, tirar de la manta y contar cómo la CIA y otros servicios secretos compraron la opinión de los medios alemanes, algo que Herr Ulfkotte pagó con su vida. Y no estamos hablando de una oscura dictadura comunista o una teocracia islámica, qué va. Estamos hablando del corazón de Europa, donde se supone que se respetan las libertades de pensamiento, de información y de comunicación. Éste es el precio del libro de denuncia Periodistas comprados (traducción más o menos ajustada de su título en inglés y en alemán, «Gekaufte Journalisten») a día de hoy. ¿Verdad que les suena a censura?


 

Y uno piensa: si eso pasa en Alemania –de la que hablaremos algún día en detalle, pues allí no es oro todo lo que reluce, ni mucho menos–, ¿qué no puede estar pasando en las Batuecas, donde la lista de personas y hechos intocables es como una guía de teléfonos para un periodista honrado (o que trata de serlo, al menos)? ¿Qué pasaría si un día, un periodista honrado tuviera los conocimientos y experiencia suficientes y tirara de la manta? ¿Cabría la posibilidad de que lo pagara con su vida? Antes se era más discreto y a uno lo mandaban a escribir necrológicas en un diario de provincias; pero hoy quizá no se esté tan a salvo.

No voy a discutir si Jiménez García está en posición de dar lecciones, ajuste de cuentas aparte. Eso se lo dejo a los etólogos y otras hierbas de la profesión, guardianes de las esencias. Pero las cuestiones que plantea y las que deja entrever sí son importantes, a mi juicio. Por citar una de ellas sin desvelar totalmente la trama del relato: ¿hasta qué punto son necesarios personajes como El Cardenal (que alguno ha identificado con Antonio Fernández-Galiano), una especie de enlace en el que convergen tres intereses: el del diario que supuestamente protege, el de sus contactos en el poder político y económico y el suyo propio personal) y para quien un periódico es una especie de juguete? Los otros, enfocados a la luz de Jiménez García, parecen algunos verdaderamente «dignos» y otros francamente ridículos.

El libro tiene ese regusto al heptálogo de Orwell, en Rebelión en la granja… después de ser reducido a un solo mandamiento por el cerdo Napoleón. Para la prensa, después de leer este libro, parece que sólo le quedan dos opciones: domesticarse al son del poder y achicharrarse por la pérdida de lectores al ritmo de su pérdida de credibilidad o desaparecer en el extrarradio del sistema, donde hace mucho frío y además hay que competir con miríadas de pequeños blogs y es complicado que a uno lo escuchen.

La función de la prensa, por si alguno lo ha olvidado, es la de decir que «el Rey está desnudo», por mucho que los cortesanos lo adornen. De otro modo, sólo hay escribas al dictado. De hecho, casi lo han conseguido: la gente se interesa menos por la información que por el entretenimiento, de manera que la primera ha rebajado su nivel hasta empezar a ajustarse a lo segundo. A lagente importa más la última prótesis mamaria de una famosilla de medio pelo o el lío de faldas de algún presidente de club de fútbol (única manera de sentar a un señor y a su mujer frente al televisor). Poco a poco, vamos caminando hacia el hecho de que el único «periódico» que se pueda leer sea… el BOE. Ahí lo dejo.

Integrista

Las mañanas de Federico casi nunca dejan de depararme sorpresas. Ahora resulta que un servidor, por defender la vida y la familia frente al aborto (y el divorcio-capricho y la eutanasia) y la ingeniería social LGTB, es un integrista católico. Por pedir que el Estado ayude a las familias numerosas soy una especie de monstruo de la carcundia. De eso me enteré hace dos días.

Que sí, que está muy bien que Federico critique la abducción de VOX por HazteOír, el Yunque y otras hierbas integristas católicas –desgraciadamente las hay, aunque no ametrallen las redacciones de los diarios que no les gustan–. Particularmente, a mí tampoco me gusta la versión rigorista y formalista del catolicismo que propugnan, la del malleus maleficarum, porque olvida interesadamente algo que Jesucristo dijo respecto del poder terrenal: Regnum meum non est de hoc mundo (Jn 18:36). El poder de éstos, en cambio, sí que es de este mundo, por mucho que quieran vestirlo con ropajes «divinos».

Hasta admito que Federico se burle –sin pasarse– de Rocío Monasterio y de su «obsesión por la natalidad y la familia» como si esta obsesión fuera un rorro. Resulta que, en la facción integrista, su poder y su dinero van en proporción directa a su hipocresía en materia de religión. Y si me dijeran que van azuzados por miembros de la Curia y ratas de sacristía a los que les fastidia que el poder de Jesucristo «non est de hoc mundo», tampoco me sorprendería demasiado. De todos modos, a la futura marquesa consorte de Valtierra hay que reconocerle la coherencia: tiene cuatro hijos, aunque se los cuiden para que ella pueda dedicarse a la política y no esconda vergonzantemente, como otras, que tiene servicio.

Pero ahora viene la gran pregunta: si no defendemos la natalidad y la familia propias, ¿cómo creen Federico y otros libegales de vía estrecha que habrá españoles prestos a defender la «Nación española»? ¿Importándolos del otro lado del charco y vendiendo como «evolución» la degradación de lo específicamente español, que es lo que hacen la izquierda y la derecha lacayas del NOM? Tengo un gran respeto por nuestros hermanos del otro lado del charco, de verdad; pero si es posible, prefiero ayudarlos en su país.

Resumiendo: aunque uno pueda burlarse del «integrismo católico», lo cierto es que defender la vida, la natalidad y la familia cuando nuestro crecimiento vegetativo está bajo cero no es una mala idea. Hasta para los libegales y minarquistas con ínfulas (ésos que defienden la teoría del «Estado mínimo» y que suelen ser, curiosamente, gente de pasta) si quieren tener un ejército que defienda lo suyo y que no van a conseguir a golpe de talonario.

CIS estival

Por su interés, colgamos este interesante artículo de Alfonso Ussía en La Razón del día de hoy que disecciona la realidad del Gobierno.

Los gobernantes, aislados y rodeados de pelotas e interesados, no se aperciben del cansancio que causan a sus partidarios y sus votantes. Y vienen los sustos. Rajoy ha triunfado en su política macroeconómica al tiempo que asaltaba a mano armada, por medio de los matones a las órdenes de Montoro, a la clase media, la gran creación del franquismo y motor económico durante el reinado de Juan Carlos I. Con una clase media destruida, la macroeconomía no sirve para ganar unas elecciones. Tenemos un Gobierno antipático presidido por un apático. Lo que nos presentan los otros partidos es mucho peor, pero eso no es mérito de Rajoy. A eso se le llama miedo. Y a pesar del miedo, y a pesar de la macroeconomía triunfante, Rajoy desciende en la estimación popular por un motivo tan poco reflexivo como evidente. Millones de españoles que hemos votado a Rajoy -me incluyo-, que hemos confiado en Rajoy y que hemos creído que Rajoy sería un buen presidente del Gobierno, estamos hasta el gorro de Rajoy, de Soraya, de Montoro y de la política almibarada y dulce del Gobierno de España con los destructores de España.

Soraya tejió el plan de fulminar al socialismo, que es un plan rebosado de riesgo. Casi lo consigue, pero el PSOE, como el PP, en momentos puntuales puede alcanzar techos inesperados desde la seguridad que concede el saber que los suelos se mantienen en millones de votos fieles y seguros. El plan de Soraya no fue otro que alentar a «esos desgarramantas» -según Arriola-, de Podemos y agrietar la fidelidad de los votantes del PSOE. Pero el ratón se ha convertido en león. Podemos ha disfrutado de una publicidad gratuita imposible de superar. Las televisiones, las radios y la prensa han regalado a Podemos sus mejores espacios. Resulta inconcebible que en una sociedad del siglo XXI un partido con hechuras de 1918 y fracturas de 1936 a 1939, reúna la ilusión renovadora de cinco millones de españoles. No se trata de un milagro. Esta realidad pavorosa responde al cálculo errado del perverso plan sorayino. Y si a ello añadimos la benevolencia con Cataluña y sus dirigentes separatistas, y la amenaza de la escisión unilateral respondida desde el Gobierno con palabras que ya nadie cree, y la descomposición de nuestras costumbres gracias a las alianzas municipales y autonómicas de Podemos con el peor PSOE imaginable, se entiende el varapalo del CIS al Gobierno del Partido Popular. No es Rajoy un instigador de iras. Pero sí un generador de cansancios, hastíos e indiferencias.

El Presidente de un Gobierno que simultáneamente es el presidente de su partido, carece de la capacidad de oír. La lealtad se oye, pero en el caso de Rajoy la lealtad se resume en un coro interesado de ambiciones y ascensos que nada tienen que ver con la lealtad. Rajoy es un hombre poderoso poderosamente asustado. Y cuando oye, sólo escucha a quienes le dicen lo que saben que desea oír. La clase media no puede ofrecer puertas giratorias, y la política fiscal, brutal e implacable, se ha desahogado, no en los poderosos, sino en los españoles que viven de su trabajo. El milagro macroeconómico viene de la ruina de la clase media, no de la inteligencia de Rajoy y su equipo económico o sus agentes de la Gestapo tributaria.

Pero aun así, y ante el temor de un comunismo bolivariano o un socialismo sostenido por las ansias vengativas de Podemos -el invento de Soraya-, el PP ganaría cómodamente unas próximas elecciones si sus votantes recibieran un mensaje claro de regeneración ética y firmeza constitucional. Y está a tiempo de hacerlo. Pero nadie, exceptuando a sus colaboradores por la cuenta que les trae, confía ya en Rajoy y en su firmeza para cumplir la ley y obligar a los demás a cumplirla. Ante la claridad y la chulería del separatismo catalán, la ley no se ha cumplido. El diálogo y los trapicheos han tumbado al cumplimiento. El cumplimiento de la ley puede ser engorroso y antipático, pero es obligatorio. Se ha llegado a un punto de desconcierto y desánimo, que sólo un gesto de firmeza, puede impedir su expansión.

Los marcadores económicos anuncian magníficos resultados, y el Gobierno cae estrepitosamente. No todo es la economía, y España lo demuestra. Rajoy ha cansado. Se ha cansado y nos ha cansado a los demás, propios y ajenos. Y España está en juego por culpa de protagonismos y ambiciones personales. Las vacaciones sirven para eso. Para meditar. En el caso de Rajoy el descanso es innecesario porque está suficientemente descansado. O el PP cambia de imágenes y actitudes o el próximo CIS será un ¡Zas!

 
 

Si me queréis, irse

MIRA que admiro a Arturo Pérez-Reverte, siempre en la brecha de dar la cara por la Real Academia más que muchísimos numerarios pacatos, agazapados tras la mata de lo políticamente correcto, con más miedo que siete viejas a señalarse. Mira que, hablando de lo políticamente correcto, le gusta a mi querido Arturo pisar y traspasar la segunda raya de picadores de la dictadura del progresariado y proclamar las obviedades que nadie se atreve ni a pensar, porque van contra los dogmas de la Nueva Inquisición de la Chusma y la Gentuza. Mira que está Pérez-Reverte a la que salta, ahora en el territorio comanche de las redes sociales, donde todos los días corta las dos orejas con lo que está tristemente ocurriendo en España: que la proclamación de la verdad, cuando no de la obviedad, se ha convertido en un acto heroico.

Pues bien, a pesar de todos estos pesares y que la RAE ha aprobado que como no hay casera se van, se van a tomar por saco formas del verbo «ir» que, aunque corrientísimas, quedaban por arcaicas, a Pérez-Reverte, así como a todos sus compañeros de la Real Academia Española se les ha ido la mejor. Si la RAE, Reverte dixit, es un notario de cómo hablamos, no un policía que te denuncia si no lo haces como debes (eso queda para los inquisidores de la igualdad de género, el racismo, la xenofobia, la homofobia y esos nuevos dogmas civiles), en esta ocasión se les ha ido la mejor, a la hora de poner al día la forma imperativa plural del verbo «ir». Como una gran concesión (vamos, como al que le dan en su pueblo la exclusiva de venta de los BMW para los que viven de cobrar el paro), la RAE ha aceptado que junto con «idos» o «íos», la segunda persona del plural del imperativo de «ir» puede ser también «iros». A mí, la verdad, ese plural, más que al verbo «ir», me suena a río de la provincia de Cádiz. «Iros» me suena al plural del Iro, hermosísimo río que no sólo tiene la suerte de desembocar en la Bahía más hermosa de España, sino, encima, por un lugar que tiene un nombre poemático, que suena a verso de Pemán o de Alberti: Caño de Sancti Petri.

Hablando de caño: ¡caño con los académicos, que aprueban formas verbales imperativas sin consultar el verdadero Diccionario de Autoridades, el de la calle, y muy especialmente el del habla gaditana! En Cádiz desmontaron casi todas las industrias, y el Astillero está pendiente de que haya carga de trabajo de fragatas para la morería o no la haya. Pero la reconversión industrial no pudo con la principal fábrica de Cádiz y Jerez: la creación de lenguaje. Desde «liberal» a «pelotazo», aquello es una industria con una cadena de montaje de palabras ingeniosas y divertidas, en producción continua. Y ese Diccionario de Autoridades, o por lo menos «El habla de Cádiz» de Pedro Payán, tenía que haber consultado la RAE a la hora de najarse, o sea, de irse a lo popular y callejero con el imperativo del verbo «ir». Y entre esas autoridades, con toda la gracia de Jerez, se les ha ido la mejor, la más auténtica, la más creadora de lenguaje: Lola Flores. Señores: antes que la RAE admitiera ese imperativo plural de «ir», Lola Flores ya puso en su DRAE particular la forma más correcta: no es ni «idos», ni «íos», ni «iros»; es «irse», a la gaditana. Lo proclamó el 25 de agosto de 1983 en la iglesia de la Encarnación de Marbella, cuando su hija Lolita iba a casarse con Guillermo Furiase y aquello estaba hasta la corcha, empetado. Fue entonces cuando La Faraona, desde la alta pirámide de su gracia jerezana, dijo la frase que se les ha ido viva a los académicos. En esa bulla imposible, Lola proclamó: «Con tanta gente mi hija no se puede casar. Si me queréis, irse.» Pues eso debes decir a tus compañeros de Academia, Arturo querido: «Si me queréis reflejar cómo el pueblo habla, irse. Irse a consultar las obras completas de la gracia infinita de Lola Flores».

No pone esta vez D. Antonio Burgos su dedo en la llaga de la cuestión, en su artículo de hoy en ABC. Se queja, eso sí, de que la RAE no se ha dignado siquiera a consultar Diccionarios de Autoridades populares. Hombre de Dios: si no consultan ni el Covarrubias ni el María Moliner, ¿iban a hacerlo con otros de menor fuste? La cuestión, no obstante, sigue ahí: la RAE, desde hace ya algún tiempo, ni limpia, ni fija, ni da esplendor, limitándose a «aceptar graciosamente» las expresiones emitidas por un pueblo cada vez más deseducado, pues la LOGSE y la LOE hicieron estragos. La RAE, hoy en día, se dedica a raer el lenguaje para que no empiece alguien a decir que es una institución «achacosa e inútil» y que «Hay que lavala» (que dirían los de La Charanga del Tío Honorio). Algo así como «renovarse o morir».

Nada hace prever que la LOMCE del PP-de-Rajoy mejore la situación y los chavales seguirán saliendo de la escuela teledirigidos a una formación superior «sin zarandajas humanísticas». En una «educación» donde se posterga la filosofía y se eliminan las lenguas clásicas, nada va a impedir que en un futuro haya burros (humanísticamente hablando) con grado de Doctorado, más cercanos a los autómatas (con lo que gusta eso a las empresas, más cuanto más grandes son) que a las personas.

Ya he contado alguna vez cómo, en cierta ocasión, me vi apostrofado como «fascista ortográfico» por insistir en la corrección usual del lenguaje frente a una señora cuyo argumento máximo fue «yo escribo como me sale del alma» (hoy probablemente mencionaría una parte más inferior). Y bueno, porque le insistí también en que dedicara menos horas muertas a las redes sociales y más a estudiar la ortografía. En aquel entonces se me echaron encima y no tuve más argumento contra esa marabunta rugiente. Hoy sí. Hoy tengo a mano la frase del teórico marxista Gramsci, que murió en el seno de la Iglesia, para variar: «La primera perversión es la del lenguaje». Y la RAE se plega dócilmente a ese axioma, confundiendo al respetable, en el marasmo del descrédito general de la Cultura con mayúscula. «¿La curtura? Eso no sirve pa ná», que le podrían decir a D. Antonio en su querida Tacita de Plata