Concatenación (I)

Como hace muchos días que no damos señales de vida, creo que es llegado el momento de decir alguna cosa personal sobre los acontecimientos de las últimas semanas. Al tomar una cierta distancia, es posible ver una concatenación de hechos. O por lo menos, yo la veo así. Concatenación de hechos cuyo hilo conductor son las famosas encuestas, ya sean las publicadas o esos «trackings internos» de los que los comunicadores hablan como si fueran poco menos que secretos de Estado. Vamos a verlo como lo que realmente ha sido: una gran obra de teatro…

Prólogo: los trackings

Es una pena que la RAE no tenga capacidad de poner multas lingüísticas, como la Generalitat de Cataluña. Y también una suerte: si la RAE pudiera imponer multas a los periodistas y los políticos cada vez que usan una palabra extranjera que tiene correlato español, se pondrían las botas. En una próxima entrada hablaremos de diversas gilipolleces lingüísticas que la RAE se ha comido sin pestañear relativas al «español urgente». Por el momento, detengámonos en la palabra tracking. Lógicamente, en el mundo anglosajón «el conceto es el conceto» y a la lengua inglesa no le viene mal el uso de esa palabra. En las Batuecas, sin embargo, tenemos la palabra sondeo y no necesitamos préstamos de lenguas extranjeras, gracias. Parece ser que el uso de una palabra extranjera convierte a quien lo hace en alguien «menos pueblerino» (los complejos de siempre) y más… ¿inteligente? Hemos de precisar, no obstante, que llamar «sondeo» a lo que hace el Señor Tenazas es una broma de mal gusto, siquiera sea porque a los españolitos nos cuesta un pastón.

Dicho esto, vamos al lío. En Moncloa los sondeos internos son menos favorables que las encuestas publicadas en agosto y septiembre. «¡Hay que hacer algo!», truenan todos. No es que estén preocupados por la situación del país, ni mucho menos: les preocupa que, si las malas perspectivas se cumplen, los «puestos de salir» se reducen y, claro, ellos podrían quedarse fuera. Entonces Sánchezstein, que se cree una especie de «Vickie el vikingo» de dos metros de altura, piensa un momento. Se masca la tensión en el ambiente. De pronto, recibe una revelación, hace chasquear los dedos y dice: «¡Tengo un plan!». Más o menos así:

Los otros no saben si respirar aliviados o echarse a temblar. Al final uno de ellos, como en La muerte de Stalin, se atreve a preguntar, con voz temblorosa: «¿Y… y qué plan es ése?». «Bueno», contesta el interpelado. «Es un plan en varias fases, que considero que activará el voto desengañado de la izquierda y…». Los demás empiezan a pensar: «Ya se pone ampuloso…». «Es bueno, ya lo veréis», les asegura. Ábalos, que ya conoce las genialidades de su jefe, le mira de través como diciendo: «Ya veremos…». Isabel Celaá, la portavoza, suelta a media voz: «Con tal que no salga alguien del ABC, de El Mundo o de Libertad Digital denunciándote por plagio…». «Nah, eso no va a ocurrir. Es totalmente mío», dice el presidente, envalentonado y mirando directamente a Iván Redondo. «Veréis…»

Itis

Hoy me apetece hablarles de dos enfermedades que padecen los comunicadores cada vez que se acercan unos comicios. Es algo sistemático, que afecta al habla y que, según los casos, puede provocar alguna que otra disonancia cognitiva.

La primera de esas es la encuestitis. Se percibe en la fruición con la que algunos se zambullen en las encuestas, comparando, sopesando, midiendo de arriba abajo, del derecho y del revés los datos que se publican sobre encuestas realizadas. Y luego le hablan a uno con esa unción sobre «las tendencias» de por dónde irá el voto. Vamos, que sólo falta que les hablen de la varianza y la covarianza para explicar los arcanos designios del dios Voto.

Ya les comenté en otra entrada que no me fiaba un pelo de las encuestas. Para empezar, de las del CIS: es una vergüenza que con dinero público (ese que no é de nadien) se propongan encuestas y luego se cocinen para lograr algo que guste al jefe, aunque esté a años luz de la verdad. Y segundo de las otras, porque todas ellas forman un conjunto que, en conjunto, tratan de dirigir el voto señalando un posible vencedor. Parece ser que el efecto oveja sigue funcionando. Si lo usan los comerciales de las empresas eléctricas («todos sus vecinos han contratado con nosotros; ¿por qué usted no lo iba a hacer?»), ¿por qué las empresas de encuestas no lo iban a usar? Eso sí: llame usted «oveja» a Juan Español y verá lo que es bueno. Al final, ¿qué pasa? Que las empresas de encuestas, por diversas razones, fallan en sus predicciones. No están en mejor posición que un arúspice romano que justificara su fallo diciendo algo así como «Eeeeehhh… es que en el último momento una de las palomas cambió de rumbo y eso me confundió». Más vale que en vez de «empresas de encuestas» las llamen casas de apuestas, que sería más ajustado y honesto.

Y la segunda de las enfermedades es la de la discursitis o «síndrome de qué-bien-habla-el-cura». Algunos radiofonistas dicen: «… El otro día Fulano estuvo muy bien en tal mítin (o sesión de control al Gobierno o debate del estado de la canción)». Parecen feligreses a la salida de misa comentando lo inspirado del sermón del páter. También les voy a decir que no me fío un pelo de los discursos. Se dicen tantas cosas en campaña con un micro en la mano… Es tan embriagador estar ante diez mil personas en un «marco incomparable»… que cuando acaba la campaña uno siente algo muy parecido a una resaca. Normalmente, como un piano y con el siguiente efecto:

–Oye (quien pregunta todavía cree que el hoy presidente y antes candidato está igual de accesible que entonces), ¿no dijiste que (por ejemplo) ibas a terminar con el problema catalán de un plumazo? Y lo recuerdo bien, porque lo dijiste en tal sitio el día tal y me afecta de lleno…

El flamante presidente, visiblemente contrariado por la buena memoria de su interlocutor, farfulla algo parecido a esto:

–Eeeehhh… bueno, sí… debí decir algo parecido a esto… Pero lo cierto es que no saqué suficientes votos y necesito a esos cabrones para la investidura, así que eso tendrá que esperar.

–Y entonces, los que vivimos allí, que trabajamos allí y nuestros hijos van al colegio allí, ¿vamos a seguir igual de desamparados que siempre ante el acoso separatista? –insiste el interlocutor–.

Ante esto, el flamante presidente/candidato tiene dos opciones:

–Mi querido amigo, la política en mayúsculas no se ocupa de las limitadas necesidades individuales (pronúnciese esto con aire solemne y engolando la voz, haciendo sentir al interlocutor como un mosquito importuno). Además (añade en tono confianzudo, para suavizar el golpe de lo anterior), esos cabrones de la Banca y de las energéticas me aprietan mucho y tengo que plegarme a sus deseos si quiero una legislatura tranquila. Y los tengo que recibir después que a ti.

O bien:

–Es lo que hay. Ya sabes que, como dijo Tierno Galván, los programas electorales están para no cumplirse. Y yo tenía que ser presidente por narices. Dudo que lo entiendas, pero es así.

Para entonces, uno lleva un rato con la misma expresión facial que Amerigo Bonassera. Se ha quedado como un soufflé aplastado. No sabía mucho de gran cosa, pero ahora sí sabe algo: la próxima vez a ese tío le va a votar su señora madre. Ha perdido su voto, el de su familia y el de sus amigos. Incluso puede que haya perdido las ganas de votar. También es posible que el candidato-presidente dé orden a su guardia pretoriana de impedir subsiguientes contactos con ese importuno u otros del mismo jaez.

Pero esto es lo que nos vende un sector del periodismo (me da igual si vendido o no y también me da igual su color).

Por si a alguien le interesa, le voy a dar mi receta. Consiste en valorar por uno mismo los hechos. Es bastante menos falible que lo de las encuestas y tal, pero tiene tres contras: uno tiene que esforzarse en hacer memoria, tiene que encajar bastantes factores y no siempre los hechos a valorar están disponibles (una parte no pequeña de la información es mercancía averiada y cuesta apartar la hojarasca para ver lo importante). Las palabras se las lleva el viento, son hojarasca otoñal: el frío invernal de los hechos es de verdad, con independencia de la duración de su efecto.

Quizá ustedes, tras llevar a cabo este ejercicio en vez de creerse las mentiras de unos y las apuestas de otros, pierdan la fe en esta especie de democracia de baja intensidad que nos venden como exitosa sucesora de la «dictadura franquista». Pero por lo menos sabrán a qué atenerse y no se llamarán a engaño, en vez de prestarse a esa pulsión tan española de «voto a los hunos para que no ganen los cabrones de los hotros». Quien participa de ese pim-pam-pum no se entera de que, gane la facción del consexo que gane, perdemos todos los demás.

Centrar la mirada

Bueno, pues ya tenemos a la vista los cuartos comicios en cuatro años. Suena a repetición de videojuego, toda vez que hoy sabemos que Sánchezstein tuvo claro el día 29 de abril pasado que esos resultados no le gustaban y quería repetir hasta que le saliesen los números. Mientras tanto y desde esa fecha ha ido pasando pantallas y mareando la perdiz con los tirios y troyanos con los que creía poder congeniar. Ha resultado que el chantaje que pretendía («me das el gobierno de gratis o elecciones») a izquierdas y a derechas no ha funcionado.

Mientras los periodistas se esfuerzan en analizar las olas, nosotros queremos descender un poco más. Para ello tendremos que realizar dos distinciones con carácter previo, para no perdernos. La primera de ellas es que, a diferencia de lo que los periodistas, escritos o radiofónicos, machacan todos los días, hoy no existe diferencia alguna entre izquierdas y derechas. Ni siquiera a efectos didácticos o «para que me entiendas». Hemos visto a la izquierda y a la derecha en el poder. Y uno no puede dejar de recordar las frases finales de Rebelión en la granja; o si acudimos al acervo patrio, al celebrado chiste de Chumy Chúmez acerca de la disyuntiva «yo o el caos», que es atemporal y por desgracia, hoy más actual que nunca. En España lo que se denomina «izquierda» (por lo menos la «rentable», la que no sueña con «tomar el Palacio de Invierno»), es socialdemócrata. Y lo que se denomina «derecha», después del sorayomarianismo, también. Lo que hemos visto estos últimos años es que la «izquierda» ha marcado la política y la «derecha», aparte de arreglar un poco la maltrecha caja común, la ha seguido como un corderito y sin desviarse un milímetro.

Si mantenemos esa distinción, seguramente percibiremos una especie de «bloques» más o menos estables, que en estas elecciones subirá uno unos pocos escaños y otro bajará unos pocos escaños también, o viceversa. Y todo parecerá igual. Sin embargo, si uno cambia la lente, la imagen cambiará también considerablemente. Hagamos la pregunta del millón: de los cinco partidos que aspiran a llegar a Moncloa, ¿cuántos están vendidos a las agencias mundialistas y están dispuestos a ser sus más rendidos y eficientes servidores en la aplicación de los idearios y programas de aquéllas? Es una pregunta incómoda, pero que despeja el panorama de una manera increíble. La respuesta, salvo error u omisión, es hoy una: todos menos uno. Sólo hay uno que, por ahora y a pesar de ocasionales tropiezos y numeritos, presenta un discurso con un mínimo de robustez intelectual frente a esa agenda mundialista. Los demás, cada uno por sus razones, tragan con las agendas y programas de fuera. Por tanto, la distinción correcta, en mi opinión, es la que divide a «mundialistas» y a «no mundialistas». Lo otro es per a la canalleta.

La segunda distinción es también interesante a la luz de lo que está ocurriendo. Distinguimos entre «mandar» y «gobernar». Por desgracia nuestros políticos, con las debidas excepciones, quieren más «mandar» que «gobernar». «Mandar», en el sentido que pretendemos darle aquí, significa únicamente estar en lo alto del tótem con dos fines: el primero, figurar, «entrar en la historia» (aunque sea de la infamia) y cobrar la suculenta pensión que va aparejada al cargo de Presidente, Ministro o Secretario de Estado. Los «simples señorías» del Poder Legislativo tienen que sudar un poco más, pero no mucho: les bastan dos legislaturas completas (8 años) para cumplir con sus derechos pasivos máximos.

«Gobernar», por el contrario, es algo menos vistoso y más desagradable. Generalmente, el que «manda» está exento de esta parte. «Aparta de mí, Señor, este cáliz», reza la mayoría de ellos, temerosos. «Gobernar» significa que uno sabe que se debe al país al que gobierna y no a los intereses bastardos de otras naciones a las que les interesa que el país de uno esté en la mierda porque de otro modo les haría sombra. Sabe que debe tomar decisiones difíciles y que muchas veces tienen un coste político aunque sean por el bien del país –no, por tanto, del suyo propio o del de su partido–. Significa que acepta su responsabilidad frente a su pueblo, que son todos, no sólo los que le han votado.

Lo he dicho algunas veces y aquí lo volveré a repetir: hoy en España, con las debidas excepciones, no tenemos estadistas. Tenemos cortesanos e intrigantes de medio pelo que lo único por lo que se mueven es por proteger su canonjía. Gente ansiosa por mandar, no importa si motu proprio o como personas interpuestas. Tenemos títeres, manejados por titiriteros cuya partida se juega en otro tablero y a más alto nivel. Vamos, que los dimes y diretes de unos u otros, las idas y venidas de los hotros y de los hunos, como dijera la gran Luz Casal, «no me importan nada». Bueno, a mí y a mucha otra gente que no se cree la farsa de la «fiesta de la democracia»…

Tú juegas a quererme,
yo juego a que te creas que te quiero.
Buscando una coartada,
me das una pasión que yo no espero
Y no me importa nada

Tú juegas a engañarme,
yo juego a que te creas que te creo
Escucho tus bobadas
Acerca del amor y del deseo…

Sustituyan las palabras allí donde corresponda y tendrán la actitud general del censo electoral, excluidos naturalmente los militantes y los simpatizantes. A los trolls no los cuento porque se suelen vender al mejor postor.

Pactos postelectorales

Por su interés, reproducimos esta Tercera, pues hace afirmaciones con las cuales coincido plenamente y porque sobre esas afirmaciones puedo basar mi «cabreo» con los medios de ¿comunicación? que llevan días y días hablando de cambalaches post-electorales. Original aquí.

La confluencia de cuatro elecciones, legislativas, europeas, autonómicas y locales, en el plazo de un mes, con cinco partidos nacionales con representación en los cuatro niveles, además de los regionales, con el antecedente inmediato de una moción de censura que desalojó al gobierno de España y lo sustituyó por otro con solo 84 diputados y un apoyo ideológico más variado que los colores del arco iris, ha conducido a la sociedad española a una situación no solo inédita e insólita, sino de gran confusión e incertidumbre.

La primera conclusión es que el partido que ha ganado las elecciones legislativas, de donde tiene que salir el próximo presidente del Gobierno de España, ha obtenido algo más de 7 millones de votos, de un electorado de más de 36 millones. Por tanto, ese partido, y también su líder, tienen el respaldo del 20 por ciento del electorado. O sea, cuatro de cada cinco electores españoles no han querido que ese líder sea su presidente.

Otra cosa es que ahora llega la hora de las negociaciones y chalaneos para tener el apoyo de la mitad más uno de los diputados electos al Congreso de los Diputados, o en última instancia, de la mayoría simple de la Cámara, si no hay una alternativa que cuente con una mayoría superior. Es decir, son ahora las cúpulas de los partidos las que están negociando, en el sentido literal del término (nada que ver con ideologías, programas electorales, o intereses y preferencias de los ciudadanos-electores-votantes-pagadores de impuestos). Pero, ¿cómo saben las cúpulas de los partidos cuáles son las preferencias o intereses de quienes les han votado?, ¿o dan y toman teniendo en cuenta solo sus propias preferencias e intereses como cúpulas de los respectivos partidos? ¿Cómo podemos saber los ciudadanos-electores-votantes-pagadores de impuestos, qué es lo que las cúpulas de los partidos dan y toman a cambio en esos chalaneos de feria?

Es evidente que los ciudadanos-electores-votantes-pagadores de impuestos somos solo espectadores y monedas de cambio, no somos ciudadanos decisores. Por supuesto no estoy aquí planteando la necesidad de una democracia plebiscitaria permanente, ni mucho menos. Sólo planteo que si votamos a un partido (por no hablar de los que no han votado o han votado en blanco porque ninguna de las candidaturas les han animado a dar su apoyo a ninguna opción), nos gustaría poder decir cuál es nuestra segunda preferencia, es decir, con quién o quiénes queremos que el partido al que hemos votado llegue a algún acuerdo de gobierno. Tanto los políticos que forman parte de la cúpula de los partidos, y en muchos casos algunos comunicadores, o incluso medios de comunicación, empresas, bancos y otros «stake holders» nacionales o extranjeros, parecen sustituir la voluntad de los ciudadanos-electores-votantes-pagadores de impuestos sobre qué pactos apoyamos o rechazamos.

El problema está en la Ley Electoral. Algunos hemos pedido el cambio de esa ley desde su aprobación en 1977. Se dijo que era provisional, solo para las primeras elecciones, debido a que los españoles carecíamos de cultura política. Pero tanto el PP como el PSOE han tenido la responsabilidad del gobierno de España desde 1982, a veces con mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados, y no la han cambiado, a pesar de que la propia Constitución prevé la reforma de cualquiera de sus artículos, uno a uno sin que sea necesario cambiarla entera. Por mucho que algunos quieran confundirnos, se pueden cambiar uno, varios o muchos artículos de la Constitución sin que ello implique cambiar de Constitución. Y conviene recordar también que la UCD gobernó dos legislaturas sin tener mayoría absoluta, lo cual evidentemente es más difícil.

La Ley Electoral vigente no garantiza una representación igual de todos los ciudadanos, no a causa de la famosa regla (que no ley) D’Hont, que lo único que hace es facilitar la asignación rápida y sencilla de escaños proporcionalmente a los votos obtenidos por cada partido, sino por el establecimiento de la provincia como circunscripción electoral y por la asignación de dos escaños a cada una, con independencia de cuál sea su población, (más un escaño a cada una de las dos ciudades de Ceuta y Melilla), repartiéndose los restantes 248 escaños (hasta 350) proporcionalmente a su población. Por ello, y llevando las cosas al absurdo, si en la actualidad una provincia no tuviese ningún elector, es decir, ningún habitante con 18 o más años y derecho a voto, seguiría teniendo derecho a dos escaños. Esta falta de proporcionalidad ha llevado a que los partidos nacionalistas, que concentran sus votos en solo una o varias provincias, obtengan muchos más escaños que partidos nacionales con muchos más votos.

En resumen, la vigente ley favorece a dos partidos nacionales (que han sido el PSOE y el PP) y a los partidos regionales principalmente, pero no exclusivamente, catalanes y vascos. Y también da un poder excesivo a las cúpulas de los partidos, que son quienes confeccionan las listas de candidatos a las elecciones. En las primeras elecciones hemos votado conociendo a los cabezas de lista de los partidos y también a varios de los componentes de cada lista. No obstante, según las investigaciones postelectorales que he llevado a cabo desde 1993, más del 75% de los votantes no conocen, o mencionan erróneamente, el nombre del primero de la lista que han votado. Pero ahora es todavía peor, porque la tendencia al presidencialismo caudillista que se ha instaurado en todos los partidos, ha conducido a que la propaganda electoral se centre de forma casi exclusiva en el líder del partido, incluso en las elecciones municipales, de manera que los electores votan la sigla del partido, sin conocer para nada a los integrantes de cada lista, con frecuencia ni siquiera a quien la encabeza.

Desde 1977 he defendido públicamente la necesidad de cambiar la ley electoral española para evitar esas desigualdades, y el excesivo poder concedido a los líderes caudillistas de cada partido, acercándola a la que es propia de la mayoría de las democracias occidentales, y concretamente al distrito unipersonal, de manera que los electores voten directamente a la persona que quieren que les represente, no a un conjunto de personas, solo a una. Ese sería el sistema inglés, el que tiene más votos, tenga o no el respaldo de más de la mitad de los votantes, gana el escaño. Una variante es la francesa, que establece que si ningún candidato (debido al multipartidismo) obtiene el respaldo de la mitad de los votantes, debe haber una segunda votación, en la que solo participan los dos candidatos con mayor número de votos en esa circunscripción. De esa manera, los electores son quienes deciden los pactos, pues dan su voto a uno de los dos partidos, sin que lo hagan las cúpulas del partido al que han votado. Además, este sistema garantiza que el candidato elegido tenga el respaldo de al menos la mitad de los votantes, lo que evita la frase habitual en España de que los representantes «no nos representan», pues si un candidato ha obtenido el apoyo del 50% o más de los votantes, es obvio que representa a la mayoría. La variante alemana incluye además la posibilidad de que un reducido número de escaños se elijan en listas nacionales, como se hace habitualmente en las elecciones europeas.

Cualquiera de los tres modelos me parecería mejor que el actual, pero es cierto que personalmente preferiría el sistema francés. Lo que no es de recibo es que las cúpulas de los partidos negocien ahora, a espaldas de los ciudadanos, los pactos de gobierno, intercambiando pactos nacionales, regionales y municipales como si fueran cromos de jugadores de futbol. Son nuestros votos los que negocian en el mercado negro.

Incomprensible (y III)

Y ahora vamos con lo que es perfectamente ilógico desde lo que podríamos llamar «sentido común», que dicen que es el menos común de los sentidos.

A mí me resultan perfectamente ilógicos los 123 escaños del PSOE. No tanto porque no trague a ese partido o a Pedro Sánchez, que no los trago. Simplemente, me parece que un señor que miente hasta en su currículum doctoral…

Ya hay un español que quiere
vivir y a mentir empieza…

(que diría Machado), un señor cuyo gobierno ha sido una colección de delincuentes a los que, aplicando su propio código ético, tendría que haber echado a patadas y que todo lo que tiene de alto lo tiene de vacío… Digo pues, que resulta incomprensible que este señor esté nuevamente en situación de pactar con los enemigos de España para formar gobierno. Lo que me dio la pista para empezar a pensar es que en Andalucía, con las pifias que se van descubriendo prácticamente cada día del anterior gobierno socialista, el PSOE-A de Susana Díaz haya ganado en cuatro meses 500.000 votos, aunque no tengan aplicación directa en territorio andaluz. Y modestamente, creo que el electorado andaluz no tiene tan comío er seso como para tragarse sin más esa trola.

Ahora la pregunta del millón es: ¿ha habido pucherazo? La historia de España no es en modo alguno ajena a esta práctica, desde que es posible elegir a los gobernantes mediante el voto. Ya en los tiempos de la Restauración 1.0, la de 1875, el pucherazo era práctica corriente ¡hasta para elegir Diputados provinciales! Luego, el pucherazo más famoso de esa época fue el que preludió la guerra civil, el de febrero de 1936. Hoy ya ha quedado sobradamente demostrado que aquellas elecciones las ganaron las derechas; y que las izquierdas de entonces, no muy distintas a las de ahora, secuestraron los resultados y se apoderaron por la fuerza del poder.

¿Y ahora, pues? Como explica en esta entrada de su blog José M. Magallón, si esta vez sí ha habido pucherazo no sería la primera. De hecho, en las europeas de 2014 VOX ya denunció las irregularidades que dejaron a la formación verde fuera del Europarlamento. El asunto quedó rápidamente tapado, pero no olvidado. Dando esto como cierto, el foco se centraría en las empresas encargadas del recuento, algunas conocidas ya de la Justicia por enjuagues diversos con hunos y hotros. Hablamos, naturalmente, de lo que ha saltado a los medios. ¿Cuántos habrá de los que no se habla porque se han conseguido tapar completamente?

Y luego, dando esto también por cierto, lo que llama la atención es el silencio. El de la izquierda no tanto, porque para ellos «la mentira es un arma revolucionaria» y por lo tanto es «legítimo» usarla para conseguir el poder. Más sorprendente es el del PP, que ha visto reducidos a cenizas la mitad de los escaños que tenía en 2016. Como creo que tampoco son tontos, va a ser que callan porque tienen algo que ocultar. La única formación que ha pedido un recuento en toda España es VOX.

Y dando todo esto por cierto, cabe preguntarse para qué vamos a votar si las empresas de recuento electoral son las que dan la victoria al mejor postor. La devaluación del espíritu democrático –tanto por arriba como por abajo– es peligrosísima, como ya demostró con millones de víctimas el siglo XX. Aunque esto a los aprendices de brujo que nos dirigen les importe poco.

 

Incomprensible (II)

El otro hecho que es lógico es el desplome de Podemos. El «efecto Pablo» hace rato que ya ha pasado. Se dijo, con toda razón, que si a Podemos se le quitaba el toque mediático, le pasaría como a un bistec de cerdo engordado con clembuterol: soltaría mucha agua y se quedaría en la mitad. Y así ha sido: de los 71 escaños que tenía, UnidAs PodemAs se ha quedado en 42, perdiendo así la mitad de sus apoyos. En parte, también, porque el «voto del cabreo» en la izquierda no vende y porque Pablo Iglesias, de coletudo líder revolucionario ha pasado a ser Barón de Villatinaja, «con aprovechamiento, ¿eh?», que diría el gran Pazos (de una tacada ha hecho dos dianas y ya va por la tercera).

Será una coincidencia o no, pero después de cómo está su «valedor» Maduro, en paradero desconocido y habiendo dejado a buen recaudo nada menos que dos toneladas de oro (nada que no hayamos visto antes: aquí, con el famoso «oro de Moscú»), es evidente que los tiempos que corren ya no son los que corrían. Me apuesto lo que ustedes quieran a que cuando se produzca el relevo efectivo en el gobierno venezolano ninguno de los que «estaban a muerte con Maduro» habrá sido comunista. En fin. Sic transit. La próxima vez que Alberto Garzón quiera posar con un chándal de la DDR se lo pensará mejor. O no.

Que C’s haya casi doblado su representación (de 32 a 57 escaños) lo debe a su indefinición ideológica, cogiendo un poco de esto y otro poco de aquello, que le ha permitido rebañar votantes de ambos lados del sistema. Aparte de los convencidos, a Rivera le habrán votado quienes, al mismo tiempo que dicen estar por la unidad de España, se tragan con toda la guarnición las conquistas sociales progres, entre ellas toda la parafernalia del género, su decidida no-oposición al aborto y a la eutanasia, concebidos como «derechos» (en la próxima reunión del Bilderberg podrá venderlo para tener su apoyo como en su momento hizo Soraya). De momento han evitado que el poder les coloque frente a sus contradicciones ideológicas. Pero todo se andará. Con el tiempo tendrán también el problema de que C’s en Cataluña se les convierta en un PSC bis… («jo vull ser federal asimètric») y con ello reproducirán el problema que ahora mismo tiene la pesoe. Como hemos dicho, todo se andará.

Lo de VOX, como dirían en Galicia, é cousa de meigas. Si extrapolamos los resultados de las andaluzas al ámbito nacional, VOX hubiera debido obtener 38 o 39 escaños. Sin embargo, se ha quedado en 24. A mi modesto entender, han jugado en contra dos factores: el sombreado mediático y las constantes alusiones al «que viene la ultraderecha» de los medios generalistas progres (es decir, todos: gracias, Soraya y Mariano, que se los regalasteis). Ya dijimos en una entrada anterior que ha sido una cacicada de la JEC, que en 2019 ha prohibido lo que permitió en 2016.

La pregunta es: supuesto que Abascal pudiera haber participado en los debates, ¿a quién no le interesaba que estuviera presente? En mi opinión, a sus socios en el Gobierno andaluz, PP y C’s. Abascal también es joven y guapo y con desparpajo sin papeles, como los otros dos. Pero a diferencia de los otros dos, no tiene un bagaje progre que ensombrezca su ideario –por ahora–. Hubiera dado vida a unos debates que, al decir de quienes los han visto, fuera por obligación profesional o por masoquismo, unos pestiños. Y Abascal sí hubiera hablado de Andalucía. Está clarísimo que los otros dos no lo han hecho por no mencionarle y para no incluirlo en el debate sin estar presente, porque el demiurgo progre ha decretado que Abascal es el coco, l’home dels nassos, el nom del porc.

De cualquier modo, al menos el objetivo de entrar en el Congreso está conseguido. No deberían hacerse mucha mala sangre. C’s entró en el Parlament catalán con 3 diputados y en la actualidad Inés Arrimadas ha oficiado hasta el lunes pasado como jefa de la oposición al ser la lista más votada y no gobernante gracias a que la LOREG permite los pactos postelectorales.

Y otro recadito para Casado: si C’s primero y VOX después han aparecido en el horizonte ha sido porque el PP no hizo sus deberes en Cataluña (C’s) y resto de España después (VOX) dejando huérfanos y desamparados a muchos votantes por conveniencias de partido. Antes de echar en cara a Abascal que «vivió a cuerpo de rey dentro del PP», que recuerde que él no tiene ni pajolera idea de lo que es crecer con escolta policial permanente por miedo que a ti o a tu padre os hagan saltar por los aires u os peguen un tiro.

Incomprensible (I)

Por más que miro y miro el medio queso, no me termino de creer que ésta sea la configuración que hemos pedido los españoles. Pero vamos por partes.

Empezando por lo lógico, digamos que es bastante lógico el batacazo del PP. Y es lógico porque Casado es apenas un recién llegado en un partido cuya maquinaria interna pertenece en cuerpo y alma al sorayomarianismo. No importan los vibrantes discursos que suelte a la concurrencia; ¿o es que te creías, Pablo, que por tu cara bonita, juventud y desparpajo sin papeles te iban a poner la alfombra roja en tu partido tras «ganar» unas primarias? Así hubiera debido ser en buena ley. Pero tú y tu ¿equipo? olvidasteis que te enfrentabas a una bilderberg, es decir, una alimaña de la peor especie, que por ahora se ha puesto a sí misma a buen recaudo en un bufete al que perdonó ciertas pifias como carta de presentación. Lo que no significa que se haya retirado del todo. Espera y verás.

Hiciste el canelo, Pablo, hablando de «concordia» y de «integración» con una gente que sólo quiere que gobiernen los de su clan. El Partido les importa un carajo, hasta el punto de que no les importa herirlo de muerte con tal de que nadie extraño se entrometa en sus asuntos; y tú, que no eres de su clan, les importas otro carajo. Vas a tener que llevar a cabo una limpieza parecida a la de los establos de Augías, a fin de que el partido sea tuyo. Más o menos como debería hacer el Papa con la Iglesia. Mientras no hagas eso nadie va a tomar en serio tus palabras. Mientras no tengas un partido limpio y un discurso aseado orientado al interés general de los españoles, esas personas que sólo os interesan cuando hay que votar y nada entre votación y votación, nadie te va a tomar en serio. Lo que significa que no sólo vas a tener que echar a Maroto, que afortunadamente se ha quedado sin escaño por Álava, a pesar de que eso significa –desafortunadamente– que el PP vasco ha desaparecido de la escena política en Vascongadas. Vas a tener que echar a todo el sorayomarianismo que quede en el Partido. Por más que te quedes en cuadro, vale más eso que una organización que no controlas y que te contraprograma y desdice al siguiente lo que tú dijiste el día anterior. Y enhorabuena si Maroto se va a Bildu, con los que parece llevarse tan bien. De regalo de despedida te aconsejo una garrafa de vaselina de 5 litros. Le vendrá muy bien.

En resumen: en tu favor únicamente puedes alegar que no has tenido tiempo suficiente para formar tu equipo, se deba a las circunstancias que se deba. Y que lo que digo para ti, vale también para el campeón de lanzamiento de hueso de aceituna, que por ahora y al igual que tú, no ha demostrado nada. Ni siquiera ha sido capaz de poner firmes a los progres de su partido en su propia tierra, que han votado como un solo hombre las mamarrachadas incluidas por las izquierdas en el «nuevo Estatuto» de la Región de Murcia, aprobado por unanimidad. Algo que me esperaría de C’s, que son progres de nacimiento, pero no del PP.

Una última recomendación: deja de echar balones fuera y empieza por limpiar tu propia casa. Serás más creíble.

Ante las elecciones del 28-A (II)

Como les decía en una entrada anterior, si voto en católico no tengo opción con ninguno de la banda de los cuatro ni con el presunto anti-sistema, que pasa por ser VOX. Tendría que irme a uno de esos que el mainstream llama «partidos frikis», como Alternativa Española o Familia y Vida, que al parecer, nunca llegarán a traspasar la barrera de los hielos galácticos del 5% del censo. Parece ser que proteger la familia tradicional y proscribir el aborto (últimamente también la eutanasia) no sólo como asesinato sino como instrumento dirigido contra la familia y la sociedad no es una preocupación principal del sistema.

Vamos ahora a por la segunda de las opciones de modus votandi, es decir: votar en español. Aquí la cosa cambia; no mucho, pero cambia. Volvemos a descartar a los partidos presuntamente de izquierda –en alguna ocasión les he comentado ya que «izquierda» y «derecha» son categorías «vigésimoseculares», si se me permite el neologismo, y hoy vacías de contenido–. Su proyecto disgregador de la nación española es en sí mismo un repelente para el voto de los españoles de bien. Un proyecto, además, que ni siquiera es suyo, sino de instancias más altas (¿París? ¿Berlín? ¿Bruselas? ¿Londres?). Aquí, a diferencia de lo que decía D. José Calvo Sotelo, tendríamos una «España roja y rota en cuatro pedazos, peleados además entre sí». En una próxima entrada hablaremos de cómo la presunta izquierda sesentayochista, incluso la que dice ser más radical, se ha convertido en palanganera del neocapitalismo.

En este frente lo que destaca no es tanto lo que se defiende como lo que no se toca. En particular, el régimen electoral y el sistema autonómico. Ambos deben apuntarse a la cuenta del PSOE, pero también a la «derechita cobarde» de Fraga, que tragó con todo lo que proponía el PSOE en los años del rodillo, Aznar y, por supuesto, de Rajoy. El sistema autonómico ha implosionado por intentar decirle al Estado aquella frase típica de western: «En este pueblo no hay sitio para los dos, Flanagan». Y por hincharse de tal modo que milagro es que no se haya declarado la «república de Jumilla» o «de Cartagena», como en 1873.

En cuanto al régimen electoral… bueno, quizá no haya uno que sea totalmente justo. Pero yo quisiera decir dos cosas al respecto. La primera, el exceso de representatividad de los partidos nacionalistas, que sólo se presentan en las provincias que constituyen su lebensraum: así, las tres provincias vascongadas en el caso del PNV… y Navarra, a la que el gobierno proetarra de Paloma Barcos quiere euskaldunizar a marchas forzadas. O ERC, tirando pels de casa, en Baleares (en Valencia, quién sabe por qué, no se presentan, aun formando parte de esa entelequia que ellos llaman Països Catalans). Naturalmente, no veo a Oriol Junqueras haciendo campaña en Extremadura, ni a Gabriel Rufián tratando de convencer a sus parientes de Jaén de que la aceituna arbequina de Lleida da mucho mejor aceite que la de Hojiblanca y pidiéndoles el voto. Pero quizá sea eso lo que haría falta limitar, al menos para unas elecciones generales.

Y segundo, las cacicadas de la JEC. Por lo visto, lo que era permisible en 2015 ya no lo es en 2019. Y todo porque «¡que viene VOX!». Que viene a ser «a la ultraderecha (¿?) ni agua». Por eso VOX no ha podido participar en los dos debates entre los partidos del sistema, que se esforzaban mucho en enmascarar sus similitudes, evitando tocar esos temas en los que en realidad están de acuerdo. Y eso, cuando todos los medianamente avisados saben que: uno, la presunta izquierda quiere una República (me pregunto si entre los que cortan el bacalao también es opinión pacífica). Una república ue-uropea, como ya lo son los países de la franja norte de este desventurado continente. Y dos, que la presunta derecha está graciosamente de acuerdo, con tal de que la dejen seguir pillando.  A cambio de eso, dos polítics presos han podido dar un mítin desde los barrotes, sin una mínima explicación racional por parte de la JEC, que debiera operar como mecanismo guardián de la imparcialidad en los procesos electorales.

Por todo lo cual –y más cosas que me dejo en el tintero–, votar como español me aboca a votar al último partido que queda tras el descarte: no voto a un partido cuyo líder aún no ha sido capaz de limpiar la pátina del pasado (el pobre Casado y su feroz lucha contra el sorayomarianismo reinante aún en Génova, 13). Ni tampoco a un partido cuyo líder se levanta una mañana siendo «español», otra «liberal» y otra «progresista», según soplen las encuestas. Sus incondicionales lo interpretarán como «cintura política»; los demás, como «grouchomarxismo». Y mucho menos cuando se deja aconsejar de gentuza del Bilderberg y es sometido a estrecha vigilancia por el palais de Matignon, como si fuéramos competencia de un tal Bureau d’Affaires Africains. Que para eso y no para otra cosa nos han mandado a Monsieur le Commissaire, es decir, a Valls. Que podrá hacer valer sus ancestros catalanes y tal, pero finalmente es francés.

Ante las elecciones del 28-A (I)

Seguramente algunos de ustedes se plantearán un dilema que yo me estoy planteando en estos días previos al 28-A. Lo plantearé de la siguiente manera: pongamos que abstenernos es una opción apetecible pero no conveniente y, por lo tanto, decidimos votar. Pongamos también que no queremos votar a lo tonto, lo que es una especie de moda generalizada y que, como dice Schumpeter, es característico de los procesos electorales: rebajar el rendimiento mental cuando se trata de elecciones. Pongamos que queremos votar en conciencia y teniendo como referencia esa cosa tan etérea denominada bien común; lo que significa que nos tomamos nuestro derecho al voto con el mismo interés con el que compraríamos un coche o una casa.

En este sentido se me plantea el dilema siguiente: votar como católico o votar como español. Si pretendo votar como católico, es decir, sin renunciar a ninguno de los principios los cuales pretendo que articulen mi vida, resulta que me veo abocado a la abstención. ¿Por qué? Descartemos la izquierda, que directamente es anticatólica y por tanto un servidor no la votaría ni harto de vino: ¿qué nos queda? El famoso trifachito o lo que la «ninfa de las cloacas», ministra de Justicia en ejercicio, dijo en un momento en que le traicionó el inconsciente: la «derecha trifálica». Sin embargo, mirando con más atención, resulta que para el católico que quiere serlo y que no es «meramente estético», tampoco hay mucho donde elegir.

Pablo Casado tiene un problema de credibilidad. No ha eliminado, ni mucho menos, los restos del síndrome sorayomariano que tenía postrado a su partido. Todo lo contrario; y por ahora, que se sepa, tiene dos granos en salva sea la parte: uno, que es Feijóo, que se le sube a las barbas y que por ahora, es la prueba de que si alguna vez toca el poder, no se enfrentará per se a los separatistas vascos y catalanes. Y el otro es un director de campaña que se toma confianzas con los etarras: «Ya me conoces y sabes que yo…».  Añadamos al tejido otra puntada: Casado dice «proteger la vida y la familia», pero en realidad su partido ha mirado siempre hacia otro lado cuando se ha tratado del aborto (de hecho, en Madrid ni con Esperanza Aguirre se dejaron de practicar esos asesinatos legalizados, manteniéndose un número constante).

Albert Rivera es otro que cuando le hablan de «vida y familia» se revuelve como un vampiro al que rocían con agua bendita. No se me olvidará lo que alguien me dijo cierta vez cuando yo le pregunté: «¿El partido defiende o no defiende la vida?». Respuesta: «Damos libertad». En este blog ya hemos defendido que nadie, ni siquiera una madre, es quién para decidir sobre el derecho a vivir de un feto que se va desarrollando en el vientre de la madre. Ése es el liberal-progresismo de los naranjitos… siempre, naturalmente, que no les afecte a ellos. De las consecuencias personales y sociales del aborto ya ni hablamos –a quien no admite una responsabilidad personal sobre el aborto menos le van a preocupar las implicaciones sociales de ese acto inicuo–.

En cuanto a VOX… bueno, sigue siendo una incógnita. Tengo entendido –y que me corrija alguien si me equivoco– que los de VOX rechazan el aborto… salvo en dos supuestos: la indicación «moral» (supuesto de violación) y la «eugenésica» (malformaciones del feto). Como católicos rechazamos esas «exclusiones», pues la Iglesia rechaza que pueda existir en ningún caso motivo o razón para un aborto. Y tengo entendido que, al menos una persona marcadamente católica salió de VOX pegando un portazo al ver que algunos de sus directivos consideraban los principios católicos como «meramente instrumentales», es decir, sólo para captar el voto del sector conservador católico que antes siempre había votado al PP, aun con la nariz tapada, y que se descolgó del todo durante el sorayomarianismo.

Todo lo cual me lleva a pensar que cuando las posturas son tan contrastadamente coincidentes (todas llevan al mismo resultado), es que hay gato encerrado. Cuestión que desarrollaremos en próximas entradas.

Resaca electoral (e IV)

Dejo lo mejor para el final: el fracaso de Podemos. Al final sus resultados se han parecido a esto:


Lo más llamativo, con todo, no son los resultados. Han mejorado en dos escaños, lo cual contrasta con las reacciones excesivas que han provocado. Lo cierto es que deberían estar contentos. La confluencia con IU (comunistas línea Moscú) no ha dado todos los buenos resultados que ellos esperaban. Uno supone que esperarían dar el sorpasso (odio esa palabra cuando podemos decir «adelantar») al PSOE y… bueno, se han quedado en 71 escaños. Por eso, a pesar de haber aumentado en dos escaños, la noche electoral y el día siguiente traían una cara de funeral. O más bien, como se ha dicho, de tortasso.

Naturalmente, autocrítica cero. «El fracaso no se debe negar, claro… pero no se debe a que no hubo real confluencia entre IU y Podemos». Se debe a que Pablemos no se arregló esa mañana la perilla. Ajá. Tampoco habrán tenido que ver sus “problemas de financiación” (a otro Montoro le hubiera crujido; pero Pablemos es Pablemos. Viva la igualdad de trato fiscal), que han causado una requisitoria del Parlamento venezolano para dar explicaciones. Por supuesto, Pablemos dará explicaciones en Caracas… cuando le vaya bien.

Ni tampoco habrá tenido que ver que en unos cuantos sitios ya los conocen, como rezaba el chiste que contaban años ha sobre Pepiño, blindado ahora en Bruselas. Los conocen y mucho en Madrid, en Barcelona, en Zaragoza, en Cádiz y en todos aquellos sitios en que gobiernan gracias a que la pesoe les puso en la mano la vara de mando. Es que ustedes a un español le tocan las gambas y la servesita, y el cabreo es monumental. Todo lo que no es perceptible de inmediato para Juan Español se puede tocar o se puede no arreglar. Hasta los impuestos indirectos o la impresión general de la Justicia. Total, que los podemitas en los Ayuntamientos no habrán gobernado mucho —mayormente porque no saben—; pero cabrear al respetable sí lo han hecho, y mucho. Ya se trate de los cambios en el callejero, los morreos blasfemos entre advocaciones marianas o la interactuación entre los vecinos de Gràcia y los okupas vikingos, la especialidad de los alcaldes podemitas ha sido montar el número para que los ciudadanos no les controlaran mientras afrontaban el caos.

A su vez, la no consecución de los objetivos ha provocado que salgan a relucir los cuchillos largos. Hasta tal punto, que el argentino Echenique ha hablado como si la sede del Ministerio del Amor fuera la Lubianka. Hasta aquí nada anormal. Las purgas son el pan nuestro de cada día en la izquierda y raro es el partido de esa orientación que no lleva a cabo al menos una al año. Hasta han acudido al socorrido expediente del pucherazo, que es la versión antigua-moderna de la «conspiración contra el Partido» o del «vendaval antidemocrático», un clásico de Alfonso Guerra. Probablemente VOX tuviera más motivos para sospechar de un pucherazo. Pero claro: como VOX no ha salido, nadie le echa cuenta.

Lo más sorprendente de todo, no obstante, ha sido la catarata de insultos que desde Podemos se ha lanzado a quienes no les han votado. No se sabe si serán bots o personas; pero lo cierto es que para los ancianos poco menos que han pedido una Endesolution. Procedimiento que, como es sabido, no es una originalidad nazi, sino comunista. Matar de hambre a pueblos enteros, o deportarlos a la Siberia central es un invento típico de la época estalinista. Hay que eliminarlos, porque son muchos «y votan al PP». Bajo la falsa pátina del «leninismo amable» sigue estando el comunismo de toda la vida. Evidentemente en ese grupo no están ni Julito el Rojo (un jóveno  de 68, que no del 68: más años que el mono Amedio) ni Rosa María Artal, la nueva Rosa de España (otra jóvena con 66 tacos). «Somos el cambio y el progreso. ¿Cómo habéis tenido la cara de no votarnos?». Las alusiones a la ética de Julio Rodríguez todavía son más chuscas.

La conclusión de toda esta larguísima diatriba queda clara: nos hemos librado del peligro rojo a ritmo sabrosón —del ritmo sabrosón no, porque el PP ha sacado una versión merengue de su himno—. Pero eso no significa que hayamos mejorado. Seguimos igual y probablemente continuaremos con la IV Legislatura de ZP. La economía mejorará o no; pero la ingeniería social sigue adelante. Algún día alguien le dirá que están interrelacionadas: el país que más tira adelante es aquél al que le han enseñado a creer en sí mismo y no al contrario. Todo dependerá de las instrucciones que Mariano reciba; pues, como él mismo dijo y aquí hemos puesto de relieve, «esh un mandao».