Concatenación final

Como ha pasado mucho tiempo desde que escribimos la última entrada, vamos al lío una vez más. Lo dejamos en las consecuencias del 10-N y desde ahí lo vamos a retomar.

Incomprensiblemente, en mi opinión, las elecciones volvieron a arrojar un resultado positivo para la izquierda… o eso que hoy todavía se llama izquierda a efectos «didácticos». Está comprobado que el votante de izquierdas tiene unas tragaderas enormes. No sólo el votante nuevo, al que ya han educado para no votar a la derechanacionalcatolicafranquistafachaburguesa, sino al votante de izquierdas «de siempre», es decir al socialista que sigue identificando las siglas PSOE («cuatro siglas, cuatro mentiras», que dice algún radiofonista) con Felipe González, Tigrekán II de Mongolia (me pregunto quién sería el primero).

Quizá más comprensiblemente, teniendo en cuenta la caída de la «E» de las siglas del «Partido de Sánchez», es que haya recabado el apoyo de todos los enemigos de la idea y de la esencia de España. Y que éstos le han ofrecido encantados… a cambio de una enorme factura, que Sánchezstein no tiene inconveniente alguno en pasársela al pueblo español. Todos los enemigos de España se han puesto a la cola de los pedigüeños, de manera que Sánchezstein no sólo hipoteca nuestro presente, sino también nuestro futuro. Incluso uno que se hace llamar Teruelexiste, que tan convencido está de su autenticidad turolense… que vive y cobra de la Che-neralitat Valenciana.

Sin embargo, erraríamos si creyéramos que Sánchez es algo más que un humanoide de un metro noventa inflado de gas desde la cabeza a los pies. En mi opinión, los que tienen verdadero peligro son los especímenes que le rodean. Y sobre todo, los otros especímenes de los que esa patrulla llamada Gobierno recibe las órdenes. El mantra «España, cuando es importante, es peligrosa» sigue vigente. Por eso en lo alto del tótem tenemos a una patrulla con la misión específica de deshacer España. Parafraseando a Calvo Sotelo, cuyo asesinato marcó prácticamente el inicio de la guerra civil, «progresamos adecuadamente hacia una España rota y roja».

¿Y en qué está parando todo este show? En gritos y lamentos. Que oigan: parecía casi imposible, pero la pesoe lo está logrando de veras: ha conseguido fomentar el separatismo leonés, especie desconocida hasta hace cuatro días; y consiguientemente, el rechazo castellano («Castilla, sin León, mucho mejor»). De Tudanca no voy a decir más que sigue jugando a la petanca mientras esto pasa en su feudo, que le parecerá de perlas; porque si digo lo que me apetecería decir de ese «señor», seguramente acabara yo en los Tribunales, reo de los delitos de injuria y calumnia. Ése es uno de los gritos. Ya puestos, falta que Andalucía se parta también en dos «naciones»: la «Bética» y la «Penibética» (ya sé que estoy dando ideas a los descerebrados, pero en fin). Y todo así.

Los lamentos a los que está dando lugar este desgobierno son de dos tipos: uno, el lamento boliviano de los comunistas desorejados de Podemos. Lenin les daría dos besos por haber abrazado la porquería del género como antesala a la instauración del régimen totalitario de todos conocido. Quizá por eso y muy convenientemente ha saltado el «escándalo» de los vínculos de Podemos con el régimen dictatorial de Evo Morales, gracias a una auditoría externa —los auditores hicieron tan bien su trabajo que los echaron—. Del lado socialista también tenemos dos lamentos: uno boliviano, a cuenta del extraño episodio del allanamiento de la embajada boliviana en España, en el que al parecer los mexicanos tienen también algo que decir. Y luego, el venezolano, a cuenta de los vínculos de un tal Morodo con el régimen bolivariano de Maduro y de la visita de una tal Delcy Rodriguez, a la sazón vicepresidenta de la narcodictadura venezolana.

Finalmente, quisiera referirme a la crisis silenciosa de… Canarias. Todavía es España, pero Marruecos no oculta las ganas que le tiene a ese territorio. Están en medio los chalados del MPAIAC, que creen que las Islas podrán algún día constituir una «nación independiente». Seguramente no prevén que podrían quedar en la misma situación que los saharauis; pero claro, «largo me lo fiáis», deben pensar. Hay un dato descorazonador y una pregunta al respecto: la izquierda (el PCE, en concreto) tiene el proyecto de «devolver» Ceuta, y Melilla desde fecha tan temprana como 1924. Hoy habría que añadir Canarias, dada la inexplicable maurofilia de los podemitas. La pregunta, a la que hoy domingo se ha referido Luis del Pino con circunloquios y sobreentendidos —habiendo sentado plaza de «dialogante» no es bueno mentar la bicha, al parecer—, es la siguiente: ¿tenemos un Ejército suficientemente preparado para defender nuestras fronteras en caso necesario? Porque si después de no estar a buenas con los «cochinos imperialistas americanos» esperamos que éstos nos defiendan en caso de una hipotética invasión marroquí, lo llevamos claro.

Pero tranquilos, porque como dice la vieja canción de La Trinca…

I ara aquest país, que consti, que consti,
si no va millor, anirà pitjor
perquè ja tenim govern progressista,
perquè a fer punyetes ens n’anem tots.

Le hemos cambiado un poco la letra porque, a fin de cuentas, este gobierno progresista pretende un cambio de régimen y los ciudadanos de a pie —los de siempre, no ellos precisamente— nos vamos a ir a hacer puñetas cuando nos dejen sin Constitución ni leyes a las que aferrarnos para defender nuestros derechos. Ah, ¿pero ustedes creen que tendríamos derechos en ese presunto nuevo régimen? Pues eso, que dijo Sánchez. Y quienes presuntamente deberían defendernos, durmiendo. Pocos recuerdan ya lo que le ocurrió a Gil Robles.

Pactos postelectorales

Por su interés, reproducimos esta Tercera, pues hace afirmaciones con las cuales coincido plenamente y porque sobre esas afirmaciones puedo basar mi «cabreo» con los medios de ¿comunicación? que llevan días y días hablando de cambalaches post-electorales. Original aquí.

La confluencia de cuatro elecciones, legislativas, europeas, autonómicas y locales, en el plazo de un mes, con cinco partidos nacionales con representación en los cuatro niveles, además de los regionales, con el antecedente inmediato de una moción de censura que desalojó al gobierno de España y lo sustituyó por otro con solo 84 diputados y un apoyo ideológico más variado que los colores del arco iris, ha conducido a la sociedad española a una situación no solo inédita e insólita, sino de gran confusión e incertidumbre.

La primera conclusión es que el partido que ha ganado las elecciones legislativas, de donde tiene que salir el próximo presidente del Gobierno de España, ha obtenido algo más de 7 millones de votos, de un electorado de más de 36 millones. Por tanto, ese partido, y también su líder, tienen el respaldo del 20 por ciento del electorado. O sea, cuatro de cada cinco electores españoles no han querido que ese líder sea su presidente.

Otra cosa es que ahora llega la hora de las negociaciones y chalaneos para tener el apoyo de la mitad más uno de los diputados electos al Congreso de los Diputados, o en última instancia, de la mayoría simple de la Cámara, si no hay una alternativa que cuente con una mayoría superior. Es decir, son ahora las cúpulas de los partidos las que están negociando, en el sentido literal del término (nada que ver con ideologías, programas electorales, o intereses y preferencias de los ciudadanos-electores-votantes-pagadores de impuestos). Pero, ¿cómo saben las cúpulas de los partidos cuáles son las preferencias o intereses de quienes les han votado?, ¿o dan y toman teniendo en cuenta solo sus propias preferencias e intereses como cúpulas de los respectivos partidos? ¿Cómo podemos saber los ciudadanos-electores-votantes-pagadores de impuestos, qué es lo que las cúpulas de los partidos dan y toman a cambio en esos chalaneos de feria?

Es evidente que los ciudadanos-electores-votantes-pagadores de impuestos somos solo espectadores y monedas de cambio, no somos ciudadanos decisores. Por supuesto no estoy aquí planteando la necesidad de una democracia plebiscitaria permanente, ni mucho menos. Sólo planteo que si votamos a un partido (por no hablar de los que no han votado o han votado en blanco porque ninguna de las candidaturas les han animado a dar su apoyo a ninguna opción), nos gustaría poder decir cuál es nuestra segunda preferencia, es decir, con quién o quiénes queremos que el partido al que hemos votado llegue a algún acuerdo de gobierno. Tanto los políticos que forman parte de la cúpula de los partidos, y en muchos casos algunos comunicadores, o incluso medios de comunicación, empresas, bancos y otros «stake holders» nacionales o extranjeros, parecen sustituir la voluntad de los ciudadanos-electores-votantes-pagadores de impuestos sobre qué pactos apoyamos o rechazamos.

El problema está en la Ley Electoral. Algunos hemos pedido el cambio de esa ley desde su aprobación en 1977. Se dijo que era provisional, solo para las primeras elecciones, debido a que los españoles carecíamos de cultura política. Pero tanto el PP como el PSOE han tenido la responsabilidad del gobierno de España desde 1982, a veces con mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados, y no la han cambiado, a pesar de que la propia Constitución prevé la reforma de cualquiera de sus artículos, uno a uno sin que sea necesario cambiarla entera. Por mucho que algunos quieran confundirnos, se pueden cambiar uno, varios o muchos artículos de la Constitución sin que ello implique cambiar de Constitución. Y conviene recordar también que la UCD gobernó dos legislaturas sin tener mayoría absoluta, lo cual evidentemente es más difícil.

La Ley Electoral vigente no garantiza una representación igual de todos los ciudadanos, no a causa de la famosa regla (que no ley) D’Hont, que lo único que hace es facilitar la asignación rápida y sencilla de escaños proporcionalmente a los votos obtenidos por cada partido, sino por el establecimiento de la provincia como circunscripción electoral y por la asignación de dos escaños a cada una, con independencia de cuál sea su población, (más un escaño a cada una de las dos ciudades de Ceuta y Melilla), repartiéndose los restantes 248 escaños (hasta 350) proporcionalmente a su población. Por ello, y llevando las cosas al absurdo, si en la actualidad una provincia no tuviese ningún elector, es decir, ningún habitante con 18 o más años y derecho a voto, seguiría teniendo derecho a dos escaños. Esta falta de proporcionalidad ha llevado a que los partidos nacionalistas, que concentran sus votos en solo una o varias provincias, obtengan muchos más escaños que partidos nacionales con muchos más votos.

En resumen, la vigente ley favorece a dos partidos nacionales (que han sido el PSOE y el PP) y a los partidos regionales principalmente, pero no exclusivamente, catalanes y vascos. Y también da un poder excesivo a las cúpulas de los partidos, que son quienes confeccionan las listas de candidatos a las elecciones. En las primeras elecciones hemos votado conociendo a los cabezas de lista de los partidos y también a varios de los componentes de cada lista. No obstante, según las investigaciones postelectorales que he llevado a cabo desde 1993, más del 75% de los votantes no conocen, o mencionan erróneamente, el nombre del primero de la lista que han votado. Pero ahora es todavía peor, porque la tendencia al presidencialismo caudillista que se ha instaurado en todos los partidos, ha conducido a que la propaganda electoral se centre de forma casi exclusiva en el líder del partido, incluso en las elecciones municipales, de manera que los electores votan la sigla del partido, sin conocer para nada a los integrantes de cada lista, con frecuencia ni siquiera a quien la encabeza.

Desde 1977 he defendido públicamente la necesidad de cambiar la ley electoral española para evitar esas desigualdades, y el excesivo poder concedido a los líderes caudillistas de cada partido, acercándola a la que es propia de la mayoría de las democracias occidentales, y concretamente al distrito unipersonal, de manera que los electores voten directamente a la persona que quieren que les represente, no a un conjunto de personas, solo a una. Ese sería el sistema inglés, el que tiene más votos, tenga o no el respaldo de más de la mitad de los votantes, gana el escaño. Una variante es la francesa, que establece que si ningún candidato (debido al multipartidismo) obtiene el respaldo de la mitad de los votantes, debe haber una segunda votación, en la que solo participan los dos candidatos con mayor número de votos en esa circunscripción. De esa manera, los electores son quienes deciden los pactos, pues dan su voto a uno de los dos partidos, sin que lo hagan las cúpulas del partido al que han votado. Además, este sistema garantiza que el candidato elegido tenga el respaldo de al menos la mitad de los votantes, lo que evita la frase habitual en España de que los representantes «no nos representan», pues si un candidato ha obtenido el apoyo del 50% o más de los votantes, es obvio que representa a la mayoría. La variante alemana incluye además la posibilidad de que un reducido número de escaños se elijan en listas nacionales, como se hace habitualmente en las elecciones europeas.

Cualquiera de los tres modelos me parecería mejor que el actual, pero es cierto que personalmente preferiría el sistema francés. Lo que no es de recibo es que las cúpulas de los partidos negocien ahora, a espaldas de los ciudadanos, los pactos de gobierno, intercambiando pactos nacionales, regionales y municipales como si fueran cromos de jugadores de futbol. Son nuestros votos los que negocian en el mercado negro.

Paisaje después de la batalla (II)

Seguimos con la relación después de unos cuantos días de pausa. Nos ocupamos ahora de C’s, que ha hecho unos cuantos méritos en estos días para ello. Lo primero que cabe decir de la formación naranja en estos días posteriores a las elecciones es que, si el PP de Mariano era apostrofado por Federico como Partido Payudá, la formación que preside Albert Rivera bien podría definirse como Partido Paenredá. Porque enredar y no otra cosa es lo que ha hecho Rivera desde que han terminado las elecciones.

A veces lo pienso y me da la risa escuchando la radio. Los comunicadores, esos «creadores de opinión» (como si la nuestra no valiera mucho, lo cual no siempre es cierto), se pasan las horas muertas hablando primero de las elecciones, de los sondeos, que en no pocas ocasiones han fallado más que escopetas de feria y, por tanto, su fiabilidad está más que en entredicho. La verdad, simplemente, rara vez se encuentra en las encuestas. Luego, las elecciones: la noche electoral, en que se pasa de la categoría a la anécdota y viceversa en cuestión de segundos. Más pasar el rato. Y más vale que no nos acordemos de la terrible frase atribuida a Stalin: «No cuentan los votos, sino los que cuentan los votos». Luego, queda la suculenta materia de las componendas entre unos y otros: lo que harán y lo que no harán. A estas alturas se han ganado todos ellos una aureola de augures que, como dirían en Cádiz, no ze pué aguantá.

Me sigue dando la risa cuando unos y otros hablan como si los partidos no fueran, en el fondo, teledirigidos. Como si tuvieran ideas propias, vamos. Lo cual me daría para una digresión lateral para la que ahora no tengo espacio, acerca del hecho de que somos una democracia tutelada, así como para hacerme la pregunta del millón: «¿Cuándo se jodió la democracia en España, Zavalita?». Déjenme decirles que, en mi modesta opinión, se jodió cuando se terminó la Transición, que de hecho también fue controlada y teledirigida. Y para quien quiera abrir los ojos, le diré que el 11-M fue una buena muestra de ello. Non ti azzardare mai più a schierarti contro la famiglia, è chiaro? Mai più. A la casta política española, que había sacado pecho con Bush, le quedó eso più chiaro.

Pero a lo que íbamos. Ya sabemos de las andanzas de Rivera con Verhofstadt. Ahora se lo han dicho más claramente en una de las reuniones recientes del Bilderberg, a la que acudió acompañado curiosamente de Inés Arrimadas, degradada también recientemente a portavoz del Congreso. El mensaje le habrá llegado alto y claro en español, encargándose de ello la Ice Queen de la Banca española (Ana Patricia Botín). La idea es, fundamentalmente, arrinconar a los partidos «poco bizcochables», es decir, de convicciones más o menos sólidas y que presentan puntos no negociables, al efecto de que España se convierta en esclava disciplinada del NOM. Es decir, nada de comunismo (Podemos), porque no se cayó el Muro para volver a implantarlo otra vez. Y nada tampoco de «extrema derecha» (que tiene huevos que alguien que simplemente quiere lo mejor para su país sea tildado de «extremista»). Para la masonería que nos tutela C’s es ideal, porque en lo ideológico es impreciso y en la práctica es grouchomarxista. Si no me creen, acuérdense de lo corregidita que volvió Soraya de su primer encuentro con esos fulanos que tan mal resisten la luz y los taquígrafos.

Por eso ahora me da la risa (floja) cuando los «comunicadores», «creadores de opinión» y otras hierbas –HMV, en realidad– comienzan a hablar de que el mejor pacto de los posibles es uno entre Sánchez, cuya ideología se resume en aguantar en la poltrona a cualquier precio, sin que le importe que lo hayamos de pagar los españolitos de a pie, y Rivera, que desde que se fue a Madrid la unidad de España se resume para él en unas cuantas fotos con Abascal y Casado. Justo lo que quieren los bilderbergs y quien esté por encima de ellos, si es que hay alguien. Ese pacto aseguraría la implantación total de la mierda de género y de la ingeniería social a través del tridente apuntado contra la sociedad (divorcio, aborto y eutanasia), así como la destrucción de la identidad nacional, proceso necesario para la integración en un gran «gobierno mundial».

Tal vez hicieran algunos mejor en hablar menos del «Papacisco» y de la «mafia lavanda» y hablar un poco más de los masonazos que tiran de los hilos. Que conste que lo entiendo, ¿eh? Hablar mal del Papa y del lamentable problema de los ladrones, puteros y maricones dentro de la Iglesia no sólo sale gratis sino que, como hemos dicho muchas veces, hace que uno siente plaza de librepensador y suba su caché. En cambio, a los masonazos los tiene uno cerca de casa; y, si uno insiste en enfocarles, le pueden acabar cerrando la barraca. Es para pensárselo. Por cierto, Federico: ¿cuándo vas a invitar a Cristina Martín Jiménez a que hable en tu programa, ya sea como tertuliana o entrevistada?

«Es imprescindible quitar a X»

Aunque un servidor de ustedes ya va peinando canas –en algunos lugares; en otros no–, aún le queda memoria, no demasiado baqueteada por las noticias progres, que es lo que ven los batuecos –cada vez menos, eso sí–. Y sin bucear demasiado en los recovecos de la memoria, recuerdo muy bien lo que se decía en 2011, especialmente en redes sociales. Tronaban muchos, unos pagados y otros de gratis: «¡Hay que quitar a ZP! ¡Es imprescindible que ese tío salga del poder!». Y bueno, el chorreo era de tal calibre que si uno intentaba poner un poco de sentido común y preguntaba «¿Para poner a quién?», porque no veía que la respuesta caía por su propio pesoRajoy, naturalmente»), era un «traidor a la patria», poco menos.

El ruido mediático no nos dejó ver a muchos que, para traidor, el propio Rajoy encajaba bien en el perfil. Rajoy obtuvo una mayoría absoluta porque muchos estábamos hasta los cojones de ZP, de su corte y de sus «afluencias, confluencias, injerencias y flatulencias» (toda la patulea de miserable roedore que se apresuraron a aprovecharse del festín en que ZP convirtió a España). ¿Y qué hizo Rajoy con ella? Tirarla a la basura, sin más. Perdió cuatro años –que se dice pronto– en la inercia de la política de ZP –sin avanzar en ella, pero sin derogarla tampoco–. Va a ser que tuvo razón la Voguemomia: «Ustedes no van a cambiar nada». ¿O será que, como sospechamos muchos, un hermano no deshace lo que ha hecho otro hermano?

Ahora estamos en una situación parecida. El monstruo de Sánchezstein apresura la faena para entregar más España a sus enemigos (habría que ver quién paga a esos enemigos, además de nosotros) antes de las elecciones, que se huele como su fecha de caducidad. Imaginen el follón que se organizaría si, ganadas las elecciones, el tripartito PP-Cs-Vox pretendiera recuperar lo que el PS (el partido de Pedro Sánchez, que ni es O ni mucho menos E) mal entregó como contraprestación a su apoyo. «Éxito asegurado (del pifostio)», que diría la ninfa de las cloacas de Interior, ministra de Justicia en ejercicio.

Como sea, haría falta un acuerdo entre las tres fuerzas políticas que, en teoría, se oponen a esta situación. Pasar revista al panorama no invita, no obstante, al entusiasmo. Un servidor pertenece, más o menos, a lo que Luis del Pino no hace mucho llamaba «abstención estructural», es decir, la que cree que «no vale la pena votar a nadie porque todos son la misma eme de distinto color».

Tomemos a Casado. Tal y como van las cosas, ¿creen ustedes que el líder actual del PP va a cortar en seco la subasta de España cuando ni siquiera es capaz de cuadrar al pepero separatista Feijóo? Hay que tomar eso como una contradicción típicamente gallega: non se sabe si Feijóo (¿acabará galleguizando su apellido en Feixóo?) sube ou si baixa, ou si ven ou si vai. Que lo que tendría que decirle Casado a Feijóo es «Si vas, no vuelvas». Y luego persiste en la venerable tradición pepera de dispararse en el pie. Están haciendo un buen trabajo en Andalucía, junto a Cs y VOX; pero con el sorayo Maroto de jefe de campaña no hay forma de que le saquen provecho. Los hechos de Casado hablarán por sí mismos. Esperemos que el pesadísimo bagaje que carga (el PP-de-Mariano es la peor estafa de la derecha política a su base electoral) no se lo impida.

En cuanto a C’s, más que catalanes parecen también gallegos: no es fácil saber de qué van. Quizá ahora que el torrente de votos que les llegaba del PP se ha cegado, aspiren a ser la izquierda nacional que el ex-PSOE ya no quiere ser, llevado de la mano de Iceta. En esa dirección apuntan los últimos fichajes, entre ellos y señaladamente los de Celestino Corbacho (el ministro del típex) y de Soraya Rodríguez, que no tenía ni media torta frente a la otra Soraya.

Supongo que en política es importante pertenecer a un partido del que uno no se tenga que avergonzar… demasiado. E incluso a alguien del nivel de Soraya Rodríguez, ver como su jefe se baja los pantalones ante los enemigos de España le debió resultar repugnante, tanto que se fue con el petate a otra parte. Por más que hubiera razones personales (no contaban con ella para nada, ni en la política ni dentro del Partido), es de suponer que las razones externas pesaran lo suyo. Lo de Monsieur le Commissaire (Valls) es otra historia.

De VOX no vamos a hablar mucho, porque aunque en Andalucía parece estar haciendo buen trabajo, no hay aún información fiable a nivel nacional. En el caso de VOX, sólo los hechos acallarán los dimes y diretes, a veces dichos con buena intención y otras con intención de «conducir las esperanzas». No es que uno esté a favor de ellos; simplemente es que son nuevos y uno espera a ver por dónde tiran, más allá del «harán esto» o «no harán lo otro».

En resumidas cuentas, el pacto de Tordesillas firmado entre «derecha» e «izquierda» durante la Transición se está yendo a tomar viento, porque los dos partidos que sostenían dicho sistema están corrompidos hasta la médula y las redes de intereses creados les impiden actuar de otro modo, lo cual les resta toda credibilidad. Y porque los nacionalistas –hoy ya directamente separatistas– no se contentan con ser meros comparsas. Quieren su taifa «libre de tutelas y tu-tías» y además, mandar en Madrit. Los españoles de bien, que aún son muchos, no pueden consentir eso. Siquiera sea porque no llegue un tiempo en que uno pasee por la calle y un miliciano le pegue un tiro por decir que va a misa.

Sigue, pues, en pie la pregunta: ¿quitamos a Sánchez para poner a quién?

 

Políticos pragmáticos

Ha escrito hoy un artículo Isabel San Sebastián acerca del pragmatismo en política. Y me ha dejado con una sensación indefinible, sin saber muy bien a qué carta quedarme. No sé muy bien si prefiere al político pragmático o al idealista. Lo que sí tengo claras son dos cosas: una, necesitamos a alguien que una en su persona la proporción justa de idealismo y de pragmatismo; dos, que ninguno de los cuatro grandes que aparecenen los papeles parece poseer esa combinación.

Un segundo problema es que en España las personas que han mostrado esa combinación que les menciono hace mucho que crían malvas, o bien no es políticamente correcto mencionarlas. Por el contrario, lo que tenemos hoy pasa por lo bastante mediocre y corresponde a versiones tronadas del pragmatismo y/o del idealismo. Tenemos por un lado al político tan «pragmático» que no cuestiona el sistema, que se adapta a él y que, cuando le preguntan, deja apenas entrever que la corrupción forma parte del mismo. La condena enérgicamente en los demás partidos y se resigna sin más a que exista en el suyo. Naturalmente, sus opiniones varían al mismo compás que las del jefe. Y tiene como lema «lo que es bueno para el Partido, es bueno para mi», que suena mucho a Die Partei hat immer recht.

El político idealista español tampoco es mejor, sobre todo porque donde abunda es en la izquierda. El problema está, naturalmente, en la idea que tienen de España. Quieren una España más deconstruida que una tortilla de patatas de El Bulli. Y quieren imponer esa idea tanto si a los demás nos gusta como si no, sin conexión con la realidad. No les importa que a los demás nos guste estar orgullosos de nuestra historia, nuestras costumbres (y, donde corresponda, nuestra religión católica). Quieren convertirnos en bueyes y aceleran el proceso dejando entrar a personas extrañas e incluso contrarias a nuestra cultura. También éstos dicen Die Partei hat immer recht, aún más que los otros.

Así que no me quedo con ninguno, francamente. Son malos tiempos para la lírica, pero también para la política consciente de lo que nos jugamos todos en cada decisión. Mientras los grajos rebuznan y los burros aúllan, lo que nos queda a los demás parece ser rezar para que el patrón de las Españas nos haga pasar este período a pie lo más enjuto posible.

¡Quiá!

Los calores estivales es lo que tienen. Ralentizan la actividad de tal manera que hasta moverse un milímetro es un gran avance. Y da muchísima pereza hablar de tantas y tantas cosas que están sucediendo, aunque sólo se trate de milímetros. Del culebrón nacional, como imaginarán, me da pereza hablar. Los que mejor están en esta situación de «en funciones» son los tertulianos —siempre— y los diputados electos hasta tanto no haya un Gobierno listo para funcionar. Mientras tanto, es una bicoca: como no hay Gobierno en pleno funcionamiento, no tienen que votar proyectos de Ley (la iniciativa legislativa, hoy por hoy, la ejerce generosa y únicamente el Gobierno) y, por tanto, se pueden tirar a la bartola (o al bartolo, si son gays) cobrando el sueldo base íntegro. Si no lo cobraran o cobraran sólo el 50% España tendría ya hace días un Gobierno. Pero quiá: en España el verano es la época en que se cometen las fechorías políticas (en invierno también, pero menos). Y así nos va.

Dentro de todos los grupos interesados en la situación política hay uno que me provoca especial pena y conmiseración: el de los palmeros (simpatizantes) y trolls (militantes) de partido. Siempre a las órdenes de alguien que les dice lo que tienen que vomitar (literalmente, en algunos casos) en las redes sociales. Y cuando no están a las órdenes, actúan como si ellos llevaran la marca, comiéndose entera la caja de galletas del partido correspondiente y tratando con desprecio y como traidores a quienes tenemos la desgracia de pensar distinto. Algunos confunden “su” partido con un equipo de fúrbo y lo “defienden” con la misma furia de un hooligan. Otros dan aún más pena por cuanto usan carnet periodístico, lo que en principio les obligaría a pensar por cuenta propia; pero nuevamente, quiá. Y a los jefes de la tribu (el Partido) les encanta, porque no piden otra cosa que devoción. En esto ha devenido lo que denunciaba Lolo Rico en su muy recomendable libro TV, fábrica de mentiras: la tribalización de la infancia.

Dentro de ese grupo, los más tristes son los del PP: primero, machacando el falso mantra “el PP ha ganado las elecciones”; luego, machacando “lo irresponsable que es C’s” (por no plegarse a los deseos de Mariano de que se le regale la legislatura); y ahora, teniendo que borrar todo lo que dijeron porque “parece que entran por el aro”. Todo un ejemplo de “domesticación de la opinión pública (o publicada)”. Los de Podemos también lo son: pero con las cataratas de insultos que echan a quienes no piensan como ellos (véase la campañita de “las 13 rosas” en Twitter), demuestran sobradamente que además de carencia de argumentos, carecen de vida propia y de “mundo interior”.

Llevamos con este culebrón más de 200 días. Y lo que más me fastidia es que el tiempo se nos escapa entre fintas cortesanas, agotamiento de mecanismos y demás «complots dentro de complots dentro de complots», que podría haber dicho Frank Herbert. Y pasándose la pelota unos a otros: «¡La culpa es de Fulano, que no deja formar gobierno!». «¡La culpa es de Mengano, que pone unas condiciones imposibles!». «¡La culpa es de… quien sea!». Tal y como dijo Otto Ludwig Piffl, «la situación es desesperada, pero no grave». En cuanto a los demás, lo único que se me ocurre decir es, como mucha gente: «Egal was es war. Ich war das nicht!». Los problemas siguen ahí, pero la casta —de la que ya son miembros de pleno derecho los nuevos— sigue jugando al voleibol. Seguro que a alguien, tras las bambalinas, le divierte mucho.

Circolegislatura (II)

En la entrada anterior hablábamos del espadón de Mojácar. Y vamos a introducir un nuevo enunciado: es una mengua que la estabilidad de un sistema político dependa de que uno de los dos partidos que lo sostiene decida si se echa al monte o no. O que decida que hoy se echa al monte y mañana se desdiga.

Dicho esto, sepan ustedes que lo que preocupa en Ferraz y en Génova, 13, al parecer, es el plazo. Veamos de qué plazo se trata:

Si transcurrido el plazo de dos meses, a partir de la primera votación de investidura, ningún candidato hubiere obtenido la confianza del Congreso, el Rey disolverá ambas Cámaras y convocará nuevas elecciones con el refrendo del Presidente del Congreso (art. 99.5 CE).

Ésta es la razón por la cual tanto O Hamlet das Rias Baixas como el Espadón de Mojácar se retuercen como culebras antes de dar su brazo a torcer: primero el uno, cuyo movimiento ha pillado de sorpresa a todo el mundo: «Puesh ahora no voy al debate de inveshtidura». Dejemos de lado las chorradas que ha dicho César Luena acerca de la obligación moral de Rajoy de afrontar el debate y que suenan a: «No te puedes escapar de que te partamos la cara en ese debate» (en realidad dos). Porque mientras no haya debate de investidura, si nos atenemos a la letra del artículo, el plazo no empieza a correr. Y luego Snchz, pues al no lograr el apoyo de los rastafaris podemitas y menos el de C’s, se arriesgaría otro tanto.

No sé si, como dice Curri Valenzuela en ABC, el objetivo de Mariano son unas elecciones en mayo. Un servidor de ustedes no ve claro que eso sea beneficioso para los dos grandes. No obstante, si ése es el objetivo, caben dos posibilidades:

a) Una, con la que Mariano cuenta: que los votos que se le fueron a C’s y otras formaciones vuelvan, ante el espantajo de Podemos-que-vienen-los-rojos.

b) Dos, que el órdago planteado le salga mal y que, en tal caso, no sólo no recupere los votos perdidos sino que además añada pérdidas. Lo cual, sobre todo, podría ocurrir porque Lagente (ya no somos “pueblo”, al parecer) no olvide sus pifias causadas principalmente por omisión.

En segundo lugar, en la orilla de Snchz el río baja revuelto. Pablemos ha tentado a Snchz como Lady Macbeth… pero a cambio de propuestas inasumibles. Como por ejemplo, que medio futuro gobierno sea de color violado. O, según parece, a cambio de iniciar «el proceso de la Tercera», como si un sistema político (República) se pudiera comparar con un trofeo furbolero. Por alguna oscura razón, que no se refiere sólo a su propio y personal interés, Snchz necesita ser presidente del Gobierno. Y no sólo porque Susana o los barones estén afilando la cuchilla.

El caso es que ahora en Ferraz hay una oleada de miedo escénico. Ya dijimos en su momento que Pablemos quiere ser el partido único de la izquierda en España. Prácticamente se ha comido a IU y el PSOE sabe que Pablemos va a por ellos. García-Page, en particular, sabe que su gobierno depende del pacto que tiene con la formación violeta. Por ello la comisión de notables de Ferraz ha dicho que quiere atar en corto a su secretario general. No fuera a ser que, por quererlo todo a todo trance, acabaran en la panza del cachalote.

Sin embargo, en estos tiempos revueltos que corren hemos visto cosas rarísimas en la margen izquierda del río. El bellotari, Rodríguez Ibarra, ¡escribiendo una Tercera de ABC a cuenta del mercadeo de escaños (y opinando en contrario)! Para no creerlo. Si esto se lo hubieran dicho a un servidor cuando el susodicho estaba en activo, jamás lo hubiera creído. Unglaublich!, que hubiera dicho mi costilla. No menos curioso es el caso de José Luis Corcuera, el ministro de la LOSC de 1992, la «ley de la patada en la puerta», ¡metiéndole zascas en toda la boca al comunista Alberto Sotillos! Noch unglaublicher! Y sobre todo, Susana hablando de la «unidad de España» con más unción que cuando miraba a Francisco Rivera

El principio general, no obstante, se sigue cumpliendo: no se habla casi nada de lo que España necesita, salvo lo de «lo que España necesita es que gobernemos nosotros», que es lo que dicen los dos tenores. La soprano (Pablemos) está en la región de coloratura y la contralto (C’s) va dando unas pocas notas. Al bajo, que es el que aguanta el edificio sonoro, nadie lo espera. Pero aún nos queda un tema más por tratar en este punto de la actualidad.

Sine VOX

Por su interés recojo en mi blog este testimonio —con alguna pequeña corrección de estilo— de mi amiga Pilar, exmilitante de VOX. El lío que está montado en VOX es morrocotudo; pero por desgracia, viene a confirmar un axioma formulado por el profesor Alejandro Nieto: «Los partidos políticos españoles han nacido, por desgracia, con vocación de delincuentes y ánimo de pillaje». Y cabría añadir que algunos incluso antes de tocar cualquier migaja de poder.
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Barullo nacional 2

Voces clamantes

Sigo contándoles mis impresiones sobre el barullo nacional veraniego. Con todo, lo más representativo del barullo nacional veraniego ha ocurrido en dos de los partidos que aspiran a la regeneración política, que ya parece un mantra comercial. Pero vayamos por partes, que diría Jack el Destripador.

El más representativo ha sido el pitote que se ha armado en VOX. Partido que, de haberse desarrollado en condiciones normales hubiera supuesto una seria amenaza para el consexo socialdemócrata establecido entre PP-PSOE y sus adherencias comunistas y nacionalistas. Sería un buen candidato a ocupar el espacio vacío que el PP ha ido dejando por su «viraje a la socialdemocracia de centro». Recogían el hartazgo de muchos votantes de la derecha tradicional ante la pérdida de peso de los principios en el PP-de-Mariano, a pesar de los esfuerzos ímprobos de los tamagotchis peperos en señalarlos como unos «resentidos» y en »exigir que devolvieran el dinero» y otras tonterías diversas.

El 25 de mayo señaló el pistoletazo de salida para que los ánimos se fueran enconando. Los decepcionantes resultados electorales en las europeas deberían haber servido para que se sentaran todos a analizar conjuntamente las causas del descalabro y tomar las correspondientes medidas. En vez de eso, faltó autocrítica oficial (de forma no oficial sí hubo militantes que dejaron constancia de su propio análisis) y empezaron a surgir dos facciones que, poco a poco y modo iberico, no tardaron en enseñarse los dientes. Durante el verano los navajazos han volado como los misiles de Hamás a objetivos israelíes.

El que quiera abonarse a las teorías conspirativas tiene espacio, desde luego: desde «elementos del CNI infiltrados» hasta «elementos leales al PP que siembran cizaña y perjudican con sus actos a la imagen corporativa del partido»… pasando por «elementos de SCD que intentan fagocitar el Partido», o mezcla y/o combinación de todos ellos. Entre «negociaciones», «maniobras orquestales en la oscuridad» y otros sucedidos (ciertas cosillas que afectan a González Quirós, entre otras) la cosa, como diría Almudena Negro, está «entretenidísima»… si bien para aquellos que hemos manifestado agrado en la posibilidad de votarles es un espectáculo lamentable que a estas alturas no hayan dejado de volar los cuchillos, como si en una Nacht der langen Messer de todo un mes se tratara. Un totum revolutum que ya se ha cobrado la primera víctima: Cristina Seguí… que ya no sigue en el CEN.

Así, pues, ese partido está dividido extraoficialmente en dos: los oficialistas, que quieren modificar los Estatutos provisionales en un determinado sentido, y los voxistas, que quieren elevarlos el próximo día 20 de septiembre a definitivos, puesto que entienden que son más democráticos que la modificación que pretenden los oficialistas. Sería conveniente que ese congreso tuviera un efecto limpiador, porque en otro caso ya pueden despedirse de las elecciones municipales, que es donde en España se juega el poder de verdad. Y de las otras, no digamos.

El partido de Rosa Díez

Dejamos las espadas en alto en VOX y nos vamos al cotarro magenta. En el cotarro magenta uno se representa mentalmente a Rosa Díez e inmediatamente surge la asociación con la Reina Roja, ese personaje de Alicia en el país de las maravillas que pretendía cortarle la cabeza a todo el mundo. Porque, para empezar, a la Divina le gusta que la gente no piense. Y se ha rodeado de gente que es de su misma opinión, hasta el punto de que el partido no debería llamarse como se llama, sino «Unión, Progreso y Rosa Díez». La prueba sería el hecho de que hay más ex-afiliados de UPyD que afiliados a esa formación. Empiezas a usar la cabeza, a decir cosas sensatas y, en la mejor tradición sectaria, ¡zas!: Rosa te la corta. Que digamos que ocurre en todos los partidos de cierto fuste; pero queda más feo en un partido una de cuyas señas de identidad es —era— la regeneración política.

Hablando de cosas sensatas, sensato es lo que en UPyD va corriendo desde hace meses: la colaboración, en diverso grado según las propuestas, con Ciutadans. UPyD comparte con C’s espacio electoral y no pocos puntos de programa. Y sin embargo, mentarle eso a la Divina es, como dicen en Andalucía, «mentar la bicha». No quiere ni oír hablar de ello, con un énfasis parecido al que en la Iglesia se pone en el rechazo al sacerdocio femenino. El último en recoger esa inquietud ha sido Francisco Sosa Wagner, eurodiputado magenta y catedrático de Derecho Administrativo. Remarco lo segundo para señalar que no es un militante sin más, sino un señor con el suficiente conocimiento para saber de qué habla cuando habla.

¿Reacción del partido ante esta propuesta? As usual, los escuderos de Rosa Díez han salido en tromba contra él —ser reina es lo que tiene: tienes muchos escuderos que se dejan partir la cara por ti—. Como no podía ser de otra forma, Irene Lozano, diputada nacional, le mandó una carta que debería unirse a los anales del libelo político en la región más baja y Carlos Martínez Gorriarán, a tuitazos, se han tirado a la yugular del profesor. Nuevo y lamentable espectáculo, que desluce y mucho la “D” de sus siglas. A un batueco de a pie como un servidor de ustedes no le queda claro si el error de Sosa Wagner fue «mentar la bicha» o, además de mentarla, hacerlo «en público», que diría La Reme, aquel personaje del Mississipi de Pepe Navarro.

Lo más gracioso ha sido la elegante réplica de la formación naranja: «están esperanzados con la posibilidad de que se debata». A la Divina le sentaría como una patada, sabiendo como sabe que tanto dentro como fuera de su partido muchos aplaudirían ese pacto. Los de fuera, obviamente, eliminando de la ecuación a Rosa Díez y a sus mariachis. Como dijo Lenin, «si no eres parte de la solución eres parte del problema». Y Rosa Díez, conocida por su habilidad en el manejo de la aguja de marear, trata de transitar de su condición de problema a la de solución. Pero lo tiene complicado, porque el problema que tiene es éste, en realidad: creer que «es la única Superstar». Y al paso que va la cosa, ut supra diximus, el partido de los ex-afiliados a UPyD tendrá más afiliados que el partido de Rosa Díez.