Paisaje después de la batalla (II)


Seguimos con la relación después de unos cuantos días de pausa. Nos ocupamos ahora de C’s, que ha hecho unos cuantos méritos en estos días para ello. Lo primero que cabe decir de la formación naranja en estos días posteriores a las elecciones es que, si el PP de Mariano era apostrofado por Federico como Partido Payudá, la formación que preside Albert Rivera bien podría definirse como Partido Paenredá. Porque enredar y no otra cosa es lo que ha hecho Rivera desde que han terminado las elecciones.

A veces lo pienso y me da la risa escuchando la radio. Los comunicadores, esos «creadores de opinión» (como si la nuestra no valiera mucho, lo cual no siempre es cierto), se pasan las horas muertas hablando primero de las elecciones, de los sondeos, que en no pocas ocasiones han fallado más que escopetas de feria y, por tanto, su fiabilidad está más que en entredicho. La verdad, simplemente, rara vez se encuentra en las encuestas. Luego, las elecciones: la noche electoral, en que se pasa de la categoría a la anécdota y viceversa en cuestión de segundos. Más pasar el rato. Y más vale que no nos acordemos de la terrible frase atribuida a Stalin: «No cuentan los votos, sino los que cuentan los votos». Luego, queda la suculenta materia de las componendas entre unos y otros: lo que harán y lo que no harán. A estas alturas se han ganado todos ellos una aureola de augures que, como dirían en Cádiz, no ze pué aguantá.

Me sigue dando la risa cuando unos y otros hablan como si los partidos no fueran, en el fondo, teledirigidos. Como si tuvieran ideas propias, vamos. Lo cual me daría para una digresión lateral para la que ahora no tengo espacio, acerca del hecho de que somos una democracia tutelada, así como para hacerme la pregunta del millón: «¿Cuándo se jodió la democracia en España, Zavalita?». Déjenme decirles que, en mi modesta opinión, se jodió cuando se terminó la Transición, que de hecho también fue controlada y teledirigida. Y para quien quiera abrir los ojos, le diré que el 11-M fue una buena muestra de ello. Non ti azzardare mai più a schierarti contro la famiglia, è chiaro? Mai più. A la casta política española, que había sacado pecho con Bush, le quedó eso più chiaro.

Pero a lo que íbamos. Ya sabemos de las andanzas de Rivera con Verhofstadt. Ahora se lo han dicho más claramente en una de las reuniones recientes del Bilderberg, a la que acudió acompañado curiosamente de Inés Arrimadas, degradada también recientemente a portavoz del Congreso. El mensaje le habrá llegado alto y claro en español, encargándose de ello la Ice Queen de la Banca española (Ana Patricia Botín). La idea es, fundamentalmente, arrinconar a los partidos «poco bizcochables», es decir, de convicciones más o menos sólidas y que presentan puntos no negociables, al efecto de que España se convierta en esclava disciplinada del NOM. Es decir, nada de comunismo (Podemos), porque no se cayó el Muro para volver a implantarlo otra vez. Y nada tampoco de «extrema derecha» (que tiene huevos que alguien que simplemente quiere lo mejor para su país sea tildado de «extremista»). Para la masonería que nos tutela C’s es ideal, porque en lo ideológico es impreciso y en la práctica es grouchomarxista. Si no me creen, acuérdense de lo corregidita que volvió Soraya de su primer encuentro con esos fulanos que tan mal resisten la luz y los taquígrafos.

Por eso ahora me da la risa (floja) cuando los «comunicadores», «creadores de opinión» y otras hierbas –HMV, en realidad– comienzan a hablar de que el mejor pacto de los posibles es uno entre Sánchez, cuya ideología se resume en aguantar en la poltrona a cualquier precio, sin que le importe que lo hayamos de pagar los españolitos de a pie, y Rivera, que desde que se fue a Madrid la unidad de España se resume para él en unas cuantas fotos con Abascal y Casado. Justo lo que quieren los bilderbergs y quien esté por encima de ellos, si es que hay alguien. Ese pacto aseguraría la implantación total de la mierda de género y de la ingeniería social a través del tridente apuntado contra la sociedad (divorcio, aborto y eutanasia), así como la destrucción de la identidad nacional, proceso necesario para la integración en un gran «gobierno mundial».

Tal vez hicieran algunos mejor en hablar menos del «Papacisco» y de la «mafia lavanda» y hablar un poco más de los masonazos que tiran de los hilos. Que conste que lo entiendo, ¿eh? Hablar mal del Papa y del lamentable problema de los ladrones, puteros y maricones dentro de la Iglesia no sólo sale gratis sino que, como hemos dicho muchas veces, hace que uno siente plaza de librepensador y suba su caché. En cambio, a los masonazos los tiene uno cerca de casa; y, si uno insiste en enfocarles, le pueden acabar cerrando la barraca. Es para pensárselo. Por cierto, Federico: ¿cuándo vas a invitar a Cristina Martín Jiménez a que hable en tu programa, ya sea como tertuliana o entrevistada?

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Gotas que me vais dejando...

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