Archivo del Autor: Aguador

Acerca de Aguador

Mi vida personal no tiene gran cosa de interesante...

Ahora le toca a la lengua española

Supongo que ya me estoy poniendo un poco pesadito con el recuerdo, pero a cuenta de un artículo del maestro Pérez-Reverte quisiera recordar, una vez más, la tarde memorable en que, hablando con alguien de «perder el tiempo en los chats», le dije que «en vez de pasarse las horas muertas en los chats, haría mejor en dedicar esas horas a estudiar ortografía». Nunca lo dijera: la susodicha me respondió «yo escribo como me sale del alma» y a renglón seguido, me llamó «fascista» (no me imaginaba que existía eso del fascismo ortográfico, pero como dijo el otro, «cosas veredes»). No hace falta decir que todas las camaradoskis de la innombrable se me echaron encima cual jauría rabiosa. Supongo que hoy, además, me llamarían «machirulo», «cisheteropatriarcal» y otros vocablos que, dando patadas al Diccionario, se inventa el feminazismo. Así que ostento el dudoso honor de ser uno de los primeros «fascistas ortográficos». Más vale que los señores de la Docta Casa empiecen a defenderse y a establecer su autoridad lingüística, o los acabarán llamando la Copta Casa (más que nada, porque a los coptos los han ido exterminando y ahora mismo quedan cuatro y el cabo)…

No me había dado cuenta hasta que hace unos días, mientras lamentaba las incorrecciones ortográficas de una cuenta oficial de Twitter de un ministerio, leí un mensaje que acababan de enviarme y que me causó el efecto de un rayo. De pronto, con un fogonazo de lucidez aterradora, fui consciente de algo en lo que no había reparado hasta ese momento. El mensaje decía, literalmente: «Las reglas ortográficas son un recurso elitista para mantener al pueblo a distancia, llamarlo inculto y situarse por encima de él».

No fue la estupidez del concepto lo que me asombró —todos somos estúpidos de vez en cuando, o con cierta frecuencia—, sino la perfecta formulación, por escrito, de algo que hasta entonces me había pasado inadvertido: un fenómeno inquietante y muy peligroso que se produce en España en los últimos tiempos. En determinados medios, sobre todo redes sociales, empieza a identificarse el correcto uso de la lengua española con un pensamiento reaccionario; con una ideología próxima a lo que aquí llamamos derecha. A cambio, cada vez más, se alaba la incorrección ortográfica y gramatical como actividad libre, progresista, supuestamente propia de la izquierda. Según esta perversa idea, escribir mal, incluso expresarse mal, ya no es algo de lo que haya que avergonzarse. Al contrario: se disfraza de acto insumiso frente a unas reglas ortográficas o gramaticales que, al ser reglas, sólo pueden ser defendidas por el inmovilismo reaccionario para salvaguardar sus privilegios, sean éstos los que sean. Ello es, figúrense, muy conveniente para determinados sectores; pues cualquier desharrapado de la lengua puede así justificar sus carencias, su desidia, su rechazo a aprender; de forma que no es extraño que tantos —y de forma preocupante, muchos jóvenes— se apunten a esa coartada o pretexto. No escribo mal porque no sepa, es el argumento. Lo hago porque es más rompedor y práctico. Más moderno.

Todo eso, que por sí ya es inquietante, se agrava con la utilización interesada que de ello hacen algunos sectores políticos, en esta España tan propensa secularmente a demolerse a sí misma. Jugando con la incultura, la falta de ganas de aprender y la demagogia de fácil calado, no pocos trileros del cuento chino se apuntan a esa moda, denigrando por activa y por pasiva cualquier referencia de autoridad lingüística; a la que, si no se ajusta a sus objetivos políticos inmediatos, no dudan, como digo, en calificar de reaccionaria, derechista e incluso fascista, términos que en España hemos convertido en sinónimos. Con el añadido de que a menudo son esos mismos actores políticos los que también son incultos, y de este modo pretenden enmascarar sus propias deficiencias, mediocridad y falta de conocimientos. Otras veces, aunque los interesados saben perfectamente cuáles son las reglas, las vulneran con toda deliberación para ajustar el habla a sus intereses específicos, sin importarles el daño causado.

Tampoco el sector más irresponsable o demagógico del feminismo militante es ajeno al problema. Resulta de lo más comprensible que el feminismo necesario, inteligente, admirable –el disparatado, analfabeto y folklórico es otra cosa–, se sienta a menudo encorsetado por las limitaciones de una lengua que, como todas las del mundo, ha mantenido a la mujer relegada a segundo plano durante siglos. Aunque es conveniente recordar que el habla es un mecanismo social vivo y cambiante, pero también forjado a lo largo de esos siglos; y que las academias lo que hacen es registrar el uso que en cada época hacen los hablantes y orientar sobre las reglas necesarias para comunicarse con exactitud y limpieza, así como para entender lo que se lee y se dice, tanto si ha sido dicho o escrito ahora como hace trescientos o quinientos años. Por eso los diccionarios son una especie de registros notariales de los idiomas y sus usos. Forzar esos delicados mecanismos, pretender cambiar de golpe lo que a veces lleva centurias sedimentándose en la lengua, no es posible de un día para otro, haciéndolo por simple decreto como algunos pretenden. Y a veces, incluso con la mejor voluntad, hasta resulta imposible. Si Cervantes escribió una novela ejemplar llamada La ilustre fregona, ninguna feminista del mundo, culta o inculta, ministra o simple ciudadana, conseguirá que esa palabra cervantina, fregona, pierda su sentido original en los diccionarios. Se puede aspirar, de acuerdo con las academias, a que quede claro que es un término despectivo y poco usado –cosa que la RAE, en este caso, hace años detalla–, pero jamás podrá conseguir nadie que se modifique el sentido de lo que, en su momento, con profunda ironía y de acuerdo con el habla de su tiempo, escribió Cervantes. Del mismo modo que, yéndonos a Lope de Vega, cualquier hablante debe poder encontrar en un diccionario el sentido de títulos como La dama boba o La villana de Getafe.

Se está llegando así a una situación extremadamente crítica. Del mismo modo que se ha logrado que partidarios o defensores sinceros del feminismo sean tachados de machistas cuando no se pliegan a los disparates extremos del feminismo folklórico, a los defensores de la lengua española, de sus reglas ortográficas y gramaticales, de sus diccionarios y de su correcto uso, se les está colgando también la etiqueta de reaccionarios y derechistas –lo sean o no– por oposición a cierta presunta o discutible izquierda que, ajena a complejos lingüísticos, convierte la mala redacción y la mala expresión en argumentos de lucha contra el encorsetamiento reaccionario de una casta intelectual que –aquí está el principal y más dañino argumento– mantiene reglas elitistas para distanciarse del pueblo que no ha tenido, como ella, el privilegio de acceder a una educación (como si ésta no fuera gratuita y obligatoria en España hasta los dieciséis años). Del mismo modo que, según marca esta tendencia, quien no se pliega al chantaje del feminismo folklórico es machista y todo machista es inevitablemente de derechas, quien respeta las reglas del idioma es reaccionario, está contra la libertad del pueblo, y por consecuencia es también de derechas. Pues, como todo el mundo sabe, no existen machistas de izquierdas, ni maltratadores de izquierdas, ni taurinos de izquierdas, ni acosadores de izquierdas, ni tampoco cumplidores de las reglas del idioma que lo sean. Resumiendo: como toda norma es imposición reaccionaria y todo acto de libertad es propio de la izquierda, quien defiende las normas básicas de la lengua es un fascista. En conclusión, todo buen y honrado antifascista debe escribir y hablar como le salga de los cojones. O de los ovarios.

No sé si los españoles somos conscientes –y me temo que no– de la gravedad de lo que está ocurriendo con nuestro idioma común. Del desprestigio social de la norma y el jalear del disparate, alentados por dos factores básicos: la dejadez e incompetencia de numerosos maestros (algunos ejercicios escolares que me remiten, con preguntas llenas de faltas ortográficas y gramaticales, de atroz sintaxis, son para expulsar de la docencia a sus perpetradores), que tienen a los jóvenes sumidos en el mayor de los desconciertos, y el infame oportunismo de la clase política, que siempre encuentra en la demagogia barata oportunidad de afianzar posiciones. Pero no pueden tampoco eludir su responsabilidad los medios informativos; sobre todo las televisiones, donde hace tiempo desapareció la indispensable figura del corrector de estilo –un sueldo menos–, y que con tan contumaz descaro difunden y asientan aberraciones lingüísticas que desorientan a los espectadores y destrozan el habla razonablemente culta. Y más, teniendo en cuenta que el Diccionario de la Lengua Española no lo hace sólo la RAE, sino también las academias de 22 países de habla hispana (de ahí tantas palabras que llaman la atención o indignan a quienes ignoran ese hecho), abarcando el habla no sólo de 50 millones de españoles que nos creemos dueños y árbitros de la lengua, sino de 550 millones de hispanohablantes, muchos de los cuales ven con estupor nuestro disparate suicida y perpetuo.

Tampoco la Real Academia Española, todo hay que decirlo, es ajena a los daños causados y por causar. En vez de afirmar públicamente su magisterio, explicando con detalle el porqué de la norma y su necesidad, exponiendo cómo se hacen los diccionarios, las gramáticas y las ortografías, dando referencias útiles y denunciando los malos usos como hace la Academia Francesa, en los últimos tiempos la Española vacila, duda y a menudo se contradice a sí misma, desdiciéndose según los titulares de prensa y las coacciones de la opinión pública y las redes sociales, intentando congraciarse y no meterse en problemas. Esa pusilanimidad académica que algunos miembros de la institución llevamos denunciando casi una década ante la timorata pasividad de otros compañeros, ese abandono de responsabilidades y competencias, esa renuncia a defender el uso correcto –y a veces hasta el simple uso a secas– de la lengua española, ese no atreverse a ejercer la autoridad indiscutible que la Academia posee, envalentonan a los aventureros de la lengua. Y crecidas ante esa pasividad y esos complejos, cada día surgen nuevas iniciativas absurdas, a cuál más disparatada, para que la RAE elimine tal acepción de una palabra, modifique otra y se pliegue, en suma, a los intereses particulares y, lo que es peor, a la ignorancia y estupidez de quienes, en creciente número, con la osadía de la ignorancia o la mala fe del interés político, se atreven a enmendarle la plana. Por eso, en el contexto actual, pese a que de las nueve mujeres académicas admitidas en tres siglos seis han ingresado en los últimos ocho años, pese a su formidable e indispensable labor para quienes hablan la lengua española, la Academia es considerada por muchos despistados –basta asomarse a Twitter– una institución reaccionaria, machista, apolillada y autoritaria. Cuando en realidad, gracias a algunos de sus académicos, sólo es una institución acomplejada, indecisa y cobarde.

Y ojo. Aquí no se trata de banderitas y pasiones más o menos nacionales. Aquí estamos hablando de un patrimonio lingüístico de extraordinaria importancia; un tesoro inmenso de siglos de perfección y cultura. De algo que además nos da prestigio internacional, negocio, trabajo y dinero. Hablamos de una lengua, la española, que es utilizada por cientos de millones de hispanohablantes que hasta hoy, gracias precisamente a la Real Academia Española y a sus academias hermanas, manejan la misma Ortografía, la misma Gramática y el mismo Diccionario; cosa que no ocurre con ninguna otra lengua del mundo. Constituyendo así entre todos, a una y otra orilla del Atlántico, un asombroso milagro panhispánico. Un espléndido territorio sin fronteras. Una verdadera patria común, cuya auténtica y noble bandera es El Quijote.

Haría bien en recordar el maestro Pérez Reverte que los intentos «modernos» de autodestrucción de España, hayan empezado por donde hayan empezado, tienen un denominador común: los han intentado llevar a cabo españoles, sí; pero con el ánimo y la ayuda de los enemigos de la Patria, seculares o no.

… Y Canarias

Por su interés, a pesar de su extensión (el artículo lo merece) y a cuenta de lo que dejamos colgado en la última entrada, incluimos este artículo a nuestro entender clarividente de D. Jesús Flores Thies, fallecido en 2017. A la luz de las «maniobras orquestales en la oscuridad» marroquíes y la correlativa (y absoluta) falta de pegada de nuestro ¿Gobierno?, que es a un tiempo agresivo con quien no debe y sumiso con quien no nos conviene como Nación, este artículo puede arrojar luz sobre la cuestión. Mi opinión personal es que «al más alto nivel político» se ha aceptado, desde que estamos en esto que algunos todavía llaman «democracia», que Ceuta, Melilla y Canarias acabarán bajo dominio marroquí. Vamos, que ya está todo el pescado repartido y que sólo falta encontrar la fecha para tratar de venderlo al indefenso y engañado pueblo español.

CEUTA Y MELILLA, DOS MOLESTOS INCORDIOS

Las hemerotecas son odiadas por aquellos que pretenden escribir la Historia a la carta (a su carta). Cuando alguien se mete en ellas encuentra retazos de esa Historia que deja con las posaderas al aire a tanto desmemoriado histórico. Vamos a hacer un fugaz repaso de las hemerotecas para que veamos lo que el Partido Comunista, además de otros denominados de la izquierda, pontificaban sobre lo que se debería hacer con Ceuta y Melilla.

Hay que distinguir dos etapas: una, la de dejar que Ceuta y Melilla se las apañasen solas fuera de la comunidad andaluza, maniobra cuya responsabilidad corresponde a toda la clase política; y otra, el deseo de ciertos partidos políticos de que Ceuta y Melilla dejen de ser españolas.

El día 28 de agosto de 1977, en el diario SUR podíamos leer esto: “Diputados y senadores del PSOE, UCD, PCE, y Grupo Parlamentario Independiente, reunidos con un objeto común: el Estatuto de Autonomía. Tema secundario, relegado por una discusión temida: la integración o no de Ceuta y Melilla en la Asamblea”. Este mismo diario SUR comenta que los parlamentarios de las ocho provincias andaluzas oyeron a los parlamentarios de Ceuta y Melilla, quienes afirmaron su convicción del carácter inequívocamente andaluz de ambas poblaciones y el deseo de sus habitantes de cooperar al desarrollo integral de la región. Los parlamentarios andaluces toman nota de dicha declaración y se comprometen a estudiarla en profundidad.

Pero todo estaba ya decidido. Poco antes, en la prensa nacional se podía leer que “los parlamentarios andaluces cuestionan la presencia de Ceuta y Melilla” (y que) los diputados andaluces del PSOE, PCE y Grupo independiente no aceptan la presencia de representantes de aquellas plazas“. Poco después se dice claramente que “se rechaza la presencia de los representantes de Ceuta y Melilla”. Esta expulsión la ratifica la asamblea en Sevilla.

Los representantes de Ceuta y Melilla, sin saber con quién se jugaban las castañas, dicen que “conscientes de la responsabilidad que los votos populares les han conferido, han decidido exigir de las Cortes Española el reconocimiento constitucional de su derecho a la regionalidad andaluza“.

No es necesario decir que las Cortes ni tan siquiera respondieron a las ingenuas exigencias. Ni el Gobierno, ni las Cortes ni los grupos políticos respondieron a este requerimiento,

Y ahora viene la segunda parte, la de los “generosos” abandonistas.

El PCE se distingue por su interés, casi compulsivo, en echar de España a Ceuta y Melilla. Este deseo les viene de lejos, pues ya en el año 1924 el Partido Comunista “se proclama opuesto a la presencia española en África y declara que Ceuta y melilla son “colonias” de España y proclama la devolución de estas ciudades a Marruecos“. Años más tarde, desde el exilio (1961) el PC reitera la entrega a Marruecos de estas dos ciudades.

Ya en tiempos “democráticos” el diputado comunista por Sevilla, Fernando Soto, dice el 31 de agosto de 1977 que “demasiadas calamidades tiene ya encima Andalucía como para que le carguen el “muerto” de Ceuta y Melilla”. ¿A que es simpático este Soto? Pues en casa del ahorcado (el Faro de Ceuta) declaraba esta maravilla política que “Ceuta y Melilla hay que devolverlas a Marruecos porque así lo acordó y sentenció el VIII Congreso del Partido Comunista“.

En un informe del Ministerio de la Gobernación, el 23 de febrero de 1977 se decía que “el Partido Comunista propugna la independencia para Cataluña, Galicia y País Vasco y la entrega a Marruecos de las plazas de soberanía españolas en el norte de África“. Y en un libro editado por “Cambio 16” se escribía que entre los objetivos del PCE estaban estas “devoluciones” a Marruecos. Y Madariaga escribía: “que el movimiento en pro de la independencia de Canarias, la ayuda a ETA, la autodeterminación para Ceuta y Melilla ha sido siempre comunista”. Y es que la “autodeterminación” es otro de los trucos-trampa que se emplea como paso previo al abandonismo.

No son sólo los del PCE los abandonistas, los de la patada a Ceuta y Melilla. Otros les imitan, como la Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT), que propugnan la “devolución” a Marruecos sin tan siquiera contemplar los deseos de melillenses y ceutíes. ¿Para qué? Un ukase es un ukase.

Y ¡cómo no!, los socialistas también se apuntan al abandonismo. “Ceuta y Melilla deben entregarse a Marruecos”, se decide en la mesa del XXVII Congreso del PSOE. Los socialistas catalanes, demostrando su espíritu desintegrador de España, por la boca de Jordi Sierra defienden esa entrega a Marruecos. Naturalmente, los parlamentarios del PSOE melillenses y ceutíes habían sido excluidos de la asamblea de parlamentarios andaluces. Los expulsados dicen: “los parlamentarios de izquierdas, y en especial el PSOE, no nos aceptan”

Recordemos (hemerotecas…) que Alfonso Guerra y Pablo Castellanos defienden la entrega de Ceuta y Melilla a Marruecos. Y recordemos también que, con un espíritu patriótico envidiable, el incombustible Peces Barba decía ante el Consejo de Europa el 24 de enero de 1978 que en este Consejo “la política de bloques y partidos está por encima de la política nacional”, frase que se entiende mejor cuando Felipe González “el Estadista” nos convence de que “la actuación de algunos países en los temas de Canarias y Norte de África no constituye intromisión en los asuntos internos de España“. Es decir, que ellos pueden entrometerse en nuestros asuntos por decisión graciosa de nuestros patrióticos izquierdistas. Teniendo en cuenta el apoyo “europeo” en la ONU durante las discusiones sobre Gibraltar, podremos adelantar cuál sería la opinión de nuestros “amigos” en este otro tema africano.

El PSA lo tiene bien claro y dicen (no es broma): «Propugnamos la incorporación de Ceuta y Melilla a Marruecos a cambio de la independencia del Sahara» Y ya en una especie de paroxismo nos aseguran que ellos consideran “que las poblaciones de Ceuta y Melilla sí son pueblo andaluz, pero no territorio andaluz, y creemos que el Gobierno de Andalucía tiene que arbitrar el retorno de esos habitantes al igual que el de los emigrantes“. Esto declaraba, sin que se le cayera la cara de vergüenza, el Secretario del PSA a ABC el 21 de septiembre de 1977.

Pero he aquí que el señor Fraga Iribarne suelta esta perla en un Libro Blanco para la Reforma Democrática (editado por GODOSA): “Creemos que a España no le queda más opción, a la larga, que negociar con Marruecos respecto a Ceuta y Melilla…” Luego, Fraga, asustado por sus palabras, rectifica en febrero de 1979. Pero su primera frase ahí queda. Hemerotecas…

Y para acabar con este triste muestrario de delenda est Hispania, habrá que recordar la falaz dedicación de gran parte de la prensa «nacional» a exponer las tesis marroquíes, maniobra a la que se prestaron con raro entusiasmo, con un entusiasmo conmovedor “El País”. “Cambio 16” y “Triunfo”, como vanguardia de las tesis alauitas, aunque otros periódicos como “La Vanguardia” o el “Ya” no les iban a la zaga.

Pasados los años, este siniestro pasado sectario se pretende ignorar, pero está ahí, en la “Memoria Histórica”, para que sepamos que cuando vuelvan las tarascadas anexionistas de nuestros vecinos marroquíes, qué Judas, Minuros y Perpenas tenemos a nuestras espaldas.

Gran parte de lo que aquí se dice está tomado del libro de Antonio Troncoso de Castro “Ceuta y Melilla – 20 siglos de España”.

Jesús Flores Thies

Coronel de Artillería (R)

Y como les decía yo ayer, quien debiera defendernos de esto que amenaza en el horizonte, durmiendo. Y no, no me refiero al Gobierno. Ése ya está vendido.

Concatenación final

Como ha pasado mucho tiempo desde que escribimos la última entrada, vamos al lío una vez más. Lo dejamos en las consecuencias del 10-N y desde ahí lo vamos a retomar.

Incomprensiblemente, en mi opinión, las elecciones volvieron a arrojar un resultado positivo para la izquierda… o eso que hoy todavía se llama izquierda a efectos «didácticos». Está comprobado que el votante de izquierdas tiene unas tragaderas enormes. No sólo el votante nuevo, al que ya han educado para no votar a la derechanacionalcatolicafranquistafachaburguesa, sino al votante de izquierdas «de siempre», es decir al socialista que sigue identificando las siglas PSOE («cuatro siglas, cuatro mentiras», que dice algún radiofonista) con Felipe González, Tigrekán II de Mongolia (me pregunto quién sería el primero).

Quizá más comprensiblemente, teniendo en cuenta la caída de la «E» de las siglas del «Partido de Sánchez», es que haya recabado el apoyo de todos los enemigos de la idea y de la esencia de España. Y que éstos le han ofrecido encantados… a cambio de una enorme factura, que Sánchezstein no tiene inconveniente alguno en pasársela al pueblo español. Todos los enemigos de España se han puesto a la cola de los pedigüeños, de manera que Sánchezstein no sólo hipoteca nuestro presente, sino también nuestro futuro. Incluso uno que se hace llamar Teruelexiste, que tan convencido está de su autenticidad turolense… que vive y cobra de la Che-neralitat Valenciana.

Sin embargo, erraríamos si creyéramos que Sánchez es algo más que un humanoide de un metro noventa inflado de gas desde la cabeza a los pies. En mi opinión, los que tienen verdadero peligro son los especímenes que le rodean. Y sobre todo, los otros especímenes de los que esa patrulla llamada Gobierno recibe las órdenes. El mantra «España, cuando es importante, es peligrosa» sigue vigente. Por eso en lo alto del tótem tenemos a una patrulla con la misión específica de deshacer España. Parafraseando a Calvo Sotelo, cuyo asesinato marcó prácticamente el inicio de la guerra civil, «progresamos adecuadamente hacia una España rota y roja».

¿Y en qué está parando todo este show? En gritos y lamentos. Que oigan: parecía casi imposible, pero la pesoe lo está logrando de veras: ha conseguido fomentar el separatismo leonés, especie desconocida hasta hace cuatro días; y consiguientemente, el rechazo castellano («Castilla, sin León, mucho mejor»). De Tudanca no voy a decir más que sigue jugando a la petanca mientras esto pasa en su feudo, que le parecerá de perlas; porque si digo lo que me apetecería decir de ese «señor», seguramente acabara yo en los Tribunales, reo de los delitos de injuria y calumnia. Ése es uno de los gritos. Ya puestos, falta que Andalucía se parta también en dos «naciones»: la «Bética» y la «Penibética» (ya sé que estoy dando ideas a los descerebrados, pero en fin). Y todo así.

Los lamentos a los que está dando lugar este desgobierno son de dos tipos: uno, el lamento boliviano de los comunistas desorejados de Podemos. Lenin les daría dos besos por haber abrazado la porquería del género como antesala a la instauración del régimen totalitario de todos conocido. Quizá por eso y muy convenientemente ha saltado el «escándalo» de los vínculos de Podemos con el régimen dictatorial de Evo Morales, gracias a una auditoría externa —los auditores hicieron tan bien su trabajo que los echaron—. Del lado socialista también tenemos dos lamentos: uno boliviano, a cuenta del extraño episodio del allanamiento de la embajada boliviana en España, en el que al parecer los mexicanos tienen también algo que decir. Y luego, el venezolano, a cuenta de los vínculos de un tal Morodo con el régimen bolivariano de Maduro y de la visita de una tal Delcy Rodriguez, a la sazón vicepresidenta de la narcodictadura venezolana.

Finalmente, quisiera referirme a la crisis silenciosa de… Canarias. Todavía es España, pero Marruecos no oculta las ganas que le tiene a ese territorio. Están en medio los chalados del MPAIAC, que creen que las Islas podrán algún día constituir una «nación independiente». Seguramente no prevén que podrían quedar en la misma situación que los saharauis; pero claro, «largo me lo fiáis», deben pensar. Hay un dato descorazonador y una pregunta al respecto: la izquierda (el PCE, en concreto) tiene el proyecto de «devolver» Ceuta, y Melilla desde fecha tan temprana como 1924. Hoy habría que añadir Canarias, dada la inexplicable maurofilia de los podemitas. La pregunta, a la que hoy domingo se ha referido Luis del Pino con circunloquios y sobreentendidos —habiendo sentado plaza de «dialogante» no es bueno mentar la bicha, al parecer—, es la siguiente: ¿tenemos un Ejército suficientemente preparado para defender nuestras fronteras en caso necesario? Porque si después de no estar a buenas con los «cochinos imperialistas americanos» esperamos que éstos nos defiendan en caso de una hipotética invasión marroquí, lo llevamos claro.

Pero tranquilos, porque como dice la vieja canción de La Trinca…

I ara aquest país, que consti, que consti,
si no va millor, anirà pitjor
perquè ja tenim govern progressista,
perquè a fer punyetes ens n’anem tots.

Le hemos cambiado un poco la letra porque, a fin de cuentas, este gobierno progresista pretende un cambio de régimen y los ciudadanos de a pie —los de siempre, no ellos precisamente— nos vamos a ir a hacer puñetas cuando nos dejen sin Constitución ni leyes a las que aferrarnos para defender nuestros derechos. Ah, ¿pero ustedes creen que tendríamos derechos en ese presunto nuevo régimen? Pues eso, que dijo Sánchez. Y quienes presuntamente deberían defendernos, durmiendo. Pocos recuerdan ya lo que le ocurrió a Gil Robles.

Amigo Magallón

Leo con tristeza que vas a cerrar tu blog. La noticia me produce sentimientos encontrados porque, por un lado, creo no tener derecho a la «nostalgia» cuando hace tan poco que te sigo; pero por otro entiendo que, aunque se trate de tu enfoque personal, el abanico de temas que has tratado es lo suficientemente interesante para justificar su continuidad.

Querría precisarte un par de cosas a pesar de que ya habrás echado el cierre. En particular y para empezar, yo escribo en mi blog no porque me sigan o me lean cien personas o cien mil. Escribo porque tengo necesidad de razonar en voz alta las cosas que se me ocurren o que leo por ahí –entre otros sitios, tu blog–. Fíjate que yo «tenía» unos 400 seguidores. Al cabo de un tiempo, me quedé en 109: resultó que los 300 que se fueron eran «bots» o gente que me leía bajo otra identidad. Por tanto, tener cien o cien mil seguidores es algo que no me preocupa en absoluto. Naturalmente, si has «monetizado» el blog, este razonamiento mío no tiene ningún sentido: entonces sí necesitas que te lea mucha gente para sacar algún provecho económico.

Y no es en absoluto que yo me crea «investido de una misión». Ni mucho menos. La blogosfera nunca, ni en sus mejores tiempos, fue capaz de hacer caer a un gobierno. En esta dictadura de verdad que mantiene todavía las «apariencias democráticas» (Huxley), aún se puede levantar la voz, aunque el ruido esté en otra parte (léase Greta Zumbada y otros artilugios desinformativos). Lo sabemos: es muy difícil luchar contra el control de agenda (lo que los poderosos han decidido que es «noticia» y de lo que todo el mundo ¿debe? hablar). Ya no basta con atiborrar al respetable de «fúrbo» (le hemos visto las vergüenzas) o de «programas del hígado» (ídem). Y ya las series y las películas empiezan a ser insuficientes para tener tranquilo al rebaño. La gente todavía recuerda un tiempo en que había más libertad que ahora y menos crisis que ahora y más felicidad que ahora. Por mucho que se empeñen en hablar de «dictadura y fascismo» (lo que viene no sólo no es mejor, sino que va a ser mucho peor). Como dijera Lincoln, «Se puede engañar a todos durante un tiempo; se puede engañar a algunos todo el tiempo. Pero no se puede engañar a todos todo el tiempo».

Es legítimo no querer resignarse a ser un susurro en medio del griterío del rebaño estúpido que aclama a los «falsos profetas». Entiendo que quieras recuperar la lectura y una vida interior. Incluso, que quieras escribir un libro –si lo escribes, igual te lo compro–. Pero tal vez, si tú te callas, no habrá quien recoja tu testigo, bien porque no tenga un nivel de conocimiento igual al tuyo; o bien porque, teniéndolo, se ha pasado al enemigo y se ha convertido en su escudero, ayudándole a vender la versión de la realidad, el «forraje» que interesa que comamos todos.

Lo dicho, amigo Magallón: una pena que desaparezcas de la blogosfera, si es que es para siempre. Espero que, tardes mucho o poco, vuelvas por estos lares. Y, en cualquier caso, hasta siempre. Seguiremos aquí mientras nos dejen.

Epitafio de Rivera (y III)

Llegados a este punto, resulta que Rivera, privado de su discurso básico y fundamental, ha de encontrar algo. Él y su equipo se ponen a la tarea y llegan a una primera conclusión, como Descartes: «No somos ni de derechas ni de izquierdas; y por eso tomamos un poquito de cada cosa». El caso es que por descarte uno no llega a una definición positiva que digamos: bien está que uno diga lo que no es, pero mejor es que diga lo que sí es. Sin embargo, C’s se enreda siempre en un barullo nominalista para acabar no diciendo nada en concreto. Recuerda un poco a una escena de Una terapia peligrosa. Paul Vitti (Robert de Niro) está K.O., llorando como una magdalena a causa de un anuncio. Su segundo de a bordo, Jelly (Joe Viterelli, genialmente doblado por Pepe Mediavilla), le pide a su psiquiatra, Ben Sobol (Billy Cristal), que le suplante en una reunión muy importante de mafiosos. El diálogo importante es éste:

–Doctor, si tiene que hablar… bien, intente ser impreciso. ¿Podrá hacerlo?
–Soy psiquiatra. Puedo ser muy impreciso.

Esa imprecisión respecto a lo que pretendía ser de mayor facilitó a C’s por un lado aspirar a heredar primero a la pesoe (opción más o menos natural porque en aquel tiempo se definían como liberal-progresistas). Pero apareció una formación más o menos radical (Podemos) y le dejó sin agua por ese lado. Luego aspiró a heredar al PP, algo que parecía posible porque el PP se había vuelto tan progre que era indistinguible de la pesoe. También llegaron tarde a eso, porque lo nacional se lo quitó una formación nueva simplemente de derechas (VOX). Lo único que distinguía al «gran partido de centro-derecha» y al «gran partido de centro-izquierda» (y lo sigue haciendo) es el volumen de los robos. En cualquier caso, las máquinas de poder y las picadoras de carne de ambos partidos estaban bien engrasadas y demostraron a Rivera que no estaban en situación de ser heredados.

No obstante, el momio se vendía. Salió una figura importante, Inés Arrimadas, jerezana de pro que nunca, ni residiendo en Cataluña, renunció a su jerezanía, si me permiten el neologismo. Consiguió un doblete que hoy parece imposible: conseguir que su partido fuera la lista más votada en Cataluña sin ponerse la “i” entre sus apellidos y hacerle la campaña en Andalucía a Carapalo Marín, consiguiendo que éste se sentara en la Hunta nada menos que como vicepresidente.

Y aquí es donde viene lo importante. Así como hubo «maniobras orquestales en la oscuridad» para laminar a UPyD del panorama político, es mi opinión que también las hubo para descabalgar a Rivera del machito. Lo primero, esas extrañas defecciones-decepciones del verano, con Toni Roldán, Juan Carlos Girauta y Javier Nart a la cabeza. Éste último dejó el partido pero no el escaño en el Europarlamento (legítimo, pero moralmente cuestionable). Luego, las maniobras de Monsieur le Commissaire (Valls) que al parecer quería su propia corriente en C’s y que al principio había sido saludado por Rivera como apuesta personal. Resultó que sólo quería segarle la hierba bajo los pies. Su sospechosa obediencia masónica podría ser un hilo del que tirar.

Y luego, una reunión Bilderberg con –seguramente– Ana Patricia Botín, a la que asistieron Casado, Arrimadas y el propio Rivera. Me malicio que en esa reunión, visto el panorama, el IBEX-35 planteó a Rivera  ─por conducto de Botín pasar el testigo a Inés Arrimadas, toda vez que ella era una figura ascendente y él descendente. Y bueno, Rivera pondría cara de «usted no sabe quién soy yo» y «tengo 57 diputados y estos son mis poderes». Y supongo que Botín no movería un músculo de su cara (las Ice Queens no hacen eso), pero habría tomado ya su decisión.

De ahí el ridículo que hizo en el debate previo a las elecciones (lo del tocho era para plantarse delante de él en plan Chiquito, con esos andares escocíos que gastaba y decir «No puedor»). Y también el hecho de que, aunque no se hubiera hecho público, Malú, su actual pareja, estuviera embarazadísima y que ambos ocuparan más espacio en las páginas del corazón que él en las de Nacional. Consecuencias de todo lo anterior: C’s se pegó un hostión de reglamento. Perdió 47 diputados.

Como Tom Cruise en Jo, qué noche (Risky Business): “¡Pero qué coño!”

La despedida de Rivera fue más francesa que Monsieur Valls, lo cual se nos antoja lógico si tenemos en cuenta que estaba más preocupado por su situación familiar que por la debacle electoral (y además, la política y cambiar pañales, aunque se parezcan, en el fondo no se llevan bien). Otras defecciones notables han sido las de Villegas y de Fran Hervías, conocido en la casa como el Hervidero (hervido ya en su propia cazuela) y prácticamente sin simpatías. Aunque, naturalmente, «ha puesto su cargo a disposición del Partido», vamos a ver si la nueva directiva le acepta entre sus filas.

La otra consecuencia es que los resultados electorales han pillado a Arrimadas igualmente embarazadísima y además, no saldrá de cuentas hasta junio si todo va normal. Lo que significa que hasta que se produzca el feliz natalicio estará en cuarentena y que quien tendrá que gestionar el marrón será una gestora. Vamos a ver.

Cuentan las malas lenguas que Rivera quiere buscar asilo en la universidad. Si quieren mi opinión, la Universidad debería dar cabida a personas honradas, decentes y con espíritu de servicio a España a través de la educación. No a políticos en horas bajas. Y que quiere escribir un libro. Muy bien. Pues que lo escriba. Y que plante también el árbol, no sea que Greta Zumbada se entere y le eche una bronca por no favorecer el medio ambiente.

 

Epitafio de Rivera (II)

Les propongo, siguiendo nuestro relato, que demos un salto en el tiempo. Pasamos de 2006 a 2012. En el camino nos hemos dejado a los abajofirmantes (como Boadella o Narcís de Carreras) y a algunos diputados descontentos con la decisión de C’s de unir su suerte a la de Declan Ganley por su adscripción conservadora (Antonio Robles y José Domingo). Atrás quedaron los carteles de la pelota picada. En ese momento Rivera se convertía en el yerno que todas las señoras quisieran para sus hijas. C’s ha logrado la increíble proeza de obtener nueve escaños en un Parlament de Catalunya totalmente monocolor, si exceptuamos la grisura del PPC, acollonado en la calle y despreciado en el Parlament.

«¡Esto no se puede consentir!», tronaban en los despachos. El tándem Rivera-Cañas repartía tortas a cuatro manos, uno con más gracejo y el otro con menos diplomacia y para los separatas era un ridículo continuo. Pero ai las!, en ese tiempo ya se habían colado las fake news en la política. Hay que reconocer que los que chapotean en las cloacas del poder se esforzaron, porque primero intentaron identificar a Cañas con un lejíadeextremaderecha y tal y la cosa no salió muy bien. Tuvieron mejor resultado cuando le «inventaron» a Cañas un cuñao y un feo asunto de urbanismo. Ya conocen el problema de las fake news en la política: que no es necesario que sean verdad, sino sólo que parezcan creíbles. Añadan a eso que lo que funciona no es la presunción de inocencia sino la mera sospecha y ahí tienen a Cañas apartado de un manotazo de primera línea. Una persona en mi opinión valiosa, por cierto.

Para seguir sin detenernos más en detalles, hablaremos el momento Macbeth de Rivera: el momento en que alguien le susurró que en el resto de España había masa crítica suficiente para formar un partido nacional y recoger descontentos de los grandes partidos. Ahí fue donde la cosa empezó a desmadrarse. La ejecutiva de C’s hizo las maletas deprisa y corriendo, no sin antes purgar a sus propios descontentos. La cuestión acuciante era: «Soy joven y quiero tener familia. ¿Voy a llevar a mis hijos a un colegio donde les enseñen a odiarme por sentirme español? ¿Me voy a quedar en un lugar donde unos desconocidos podrían agredirme por militar/presidir un partido contra Catalunya?». Respuesta: Fotem el camp.

Pero esa huida tuvo un efecto perverso: les dejó sin discurso (o relato, como dicen ahora los repipis). «¿Defender en Madrid el uso del castellano al mismo nivel que el catalán? Quite usted, hombre. Aquí en la capital se tratan cosas importantes. Ustedes vienen “de provincias” y aún no se han enterao». Vamos, que eso era demasiado regional, que no molaba y que tendrían que ampliar su discurso. Recuerda un poco a uno de los momentos cumbre de El sendero de Warren Sánchez, de Les Luthiers…

(Carlos Núñez se levanta de nuevo, coge su micrófono y con una risa diabólica se dirige al escenario otra vez):
Carlos Núñez Cortés: ¡Yo era un infeliz!
(Marcos le interrumpe preocupado, en voz baja)
Marcos Mundstock: No, no, hermano, no… ¡El otro, el otro!
(Carlos le mira dándose cuenta de su error y continúa)
Carlos Núñez Cortés: ¡Yo era otro infeliz!

De ahí las burlas feroces de un señor llamado Carlos Floriano, el Ricardo Tubbs de la política española (se aceptan sugerencias sobre quién debería ser Sonny Crockett: tal vez Fernández Maíllo, eso sí, un poco más teñidito de castaño) que los llamaba «Chudatán». Aunque él mismo debiera callar, por llevar de suyo el sambenito que le colocó nuestro petit Fouché, hoy ya perdido en el limbo rojomasónico: «Veo todo lo que haces y oigo todo lo que dices».

Empezaron así un proceso curiosamente inverso: no eran una ideología en busca de un partido, sino un partido en busca de una ideología. Así, dijeron primero: «Somos una izquierda nacional»: el PSOE había dejado de serlo y por tanto, decidieron que había espacio. El planteamiento resultó no ser original, porque ya había otra formación que pretendía encarnarlo: UPyD. Sin embargo, UPyD cometió un error: creer que «esto» que tenemos es una democracia. Y llevados de esa convicción, llevaron a los políticos y directivos de las cajas de ahorros ante los Tribunales. Ése fue uno de los dos clavos en el ataúd político de Rosa Díez. En cuanto al otro, es mi convicción personal que el IBEX-35 se estaba poniendo nervioso ante los avances judiciales («a ver si también nosotros vamos a tener que poner las barbas a remojar») y contactó con un Rivera deseoso de ganar peso político. De esa coyunda nació la sentencia de muerte para UPyD, que ya se estaba convirtiendo en un grano en el gordo trasero de alguien.

Así pues, la negativa de Rosa Díez a firmar un abrazo con Rivera cuando el partido en pleno no lo veía mal, el acoso al diputado Sosa Wagner, catedrático de los de antes, por parte de Gorri e Irene Lozano y la traición de la propia Lozano, que se pasó a la pesoe para ser nombrada jefa de Marcaspaña –y también para ser negra de Sánchez, de su libro Manual de inconsistencia– acabaron con el partido en dos semanas de estío. Todo el montaje huele a desahucio…

Ángeles malos o buenos,
que no sé,
te arrojaron en mi alma…

Estoy seguro de que Rosa Díez en modo alguno considerará a Irene Lozano un «ángel bueno», sino más bien una «buena pieza». Lo cierto es que la arrojaron de su alma y (sobre todo) de su trono en la sede magenta, con todo el dolor de su corazón. Ya saben: Ve y cuéntalo… si puedes.

Epitafio de Rivera (I)

Interrumpo de nuevo la serie –reconozco también que me está costando un poco escribirla– porque un servidor de ustedes ya no puede demorar más el enganche con la vertiginosa realidad a la que nos estamos enfrentando.

Vaya por delante que, para mí, las elecciones del 10-N han sido un mero episodio, del que se pueden destacar cuatro cosas: el lento pero constante descenso de apoyos al Partido Sanchista (de sobra sabemos que ni es “obrero”, ni mucho menos “español”), la tímida recuperación del PP (gracias a Cayetana Álvarez de Toledo y a Beatriz Fanjul y a nadie más: Fontxu, ¿no será que trabajas para Sabin Etxea y crees que no nos hemos enterado?) el increíble ascenso al rutilante firmamento político de VOX y el correlativo e igualmente increíble desplome de C’s. De ahí las prisas de Sánchezstein por cerrar un gobierno Picapiedra: sabe de sobra que si se convocaran elecciones en marzo puede que bajara hasta los 100 diputados, ahora que ha perdido el granero andaluz (se lo están desmontando una gestión razonable por parte del tripartito andaluz y la Justicia… porque es gibt noch Richter in Spanien). Pero vamos por partes, que dijo Jack el Destripador.

No sé si habrá quien comparta mi tesis. En mi caso y como ex-militante de ese partido, tengo la sensación de que C’s se empezó a ir a la eme cuando dio el salto a la política nacional. Me explicaré. Eso que llaman sociedad civil, si no está del todo muerta, tiende a cumplir el proverbio clásico natura abhorruit vacuum. En 2006 y en Cataluña, el vacuum era la defensa de los derechos lingüísticos de los castellanoparlantes. La frase En català, si us plau, sufrió modificaciones orwellianas hasta que llegó a su estado actual: le añadieron un només y le quitaron el si us plau, sustituyéndolo por bon cop de falç o li fotén cop de maó dependiendo de que proviniera de los de la ceba o de los conversos a la fe del poble català.

Otra circunstancia que hay que tener en cuenta es que en 2006 ya no gobernaba el aparentemente eterno Pujol. Le había tomado el relevo el PSC primero de Maragall y luego de Montilla, que si en aquellos tres años hizo algo notorio, fue incrementar notablemente las multas lingüísticas y forzar aún más la inmersión lingüística, con el consabido adoctrinamiento político. Luego, dos años más tarde, consumaría la traición a su electorado con ocasión de la ILP de Francisco Caja, que le llevó a emprender el camino por el que ahora discurre con Dosbarajas Iceta, abrazado sin tapujos al separatismo. Bueno, ¿y el PP? Desgraciadamente, esto sigue estando de actualidad, (y mira que hace años ya) aunque haya que cambiar un poco la letra…

De hecho en aquel tiempo, en que era aún el cortijo de los Fernández (que ni eran muy amables ni recogían a domicilio, aunque de alfombras y moquetas entendieran un rato), el PPC estaba en estado comatoso: no existía porque apenas aparecía en los medios hipercontrolados e hipersubvencionados por la Generalitat. Y aparte, presentar una oposición robusta ya en aquellos tiempos les salía caro: la partida de reparación de desperfectos en las sedes no hubiera dejado de crecer y por ello era mejor mantener un perfil bajo. No había tanto dinero, después de todo. Resulta que tanto en Cataluña como en Andalucía, ser jefe de la oposición era un trabajo cómodo y en el que te podías jubilar con trienios y todo.

Así que en ese año de gracia de 2006 un grupo de intelectuales firmó un manifiesto (es cosa sabida que en España el abajofirmante es una categoría de intelectual), del cual, con el tiempo salió un partido, uno de cuyos ejes era la defensa del castellano en Cataluña. En mi modesta opinión ése era el discurso realmente nativo de C’s. Defender el uso normal del castellano junto al catalán, con todo lo que comportaba de resistencia al adoctrinamiento político, que se resume en que Cataluña forma parte de España, por mil razones que no tenemos tiempo de explicar y que además otros han explicado ya mejor que yo (el último, que yo conozca, Cristian Campos).