“Love Actually” (actually)

Como es bien sabido, “la mentira es más asquerosa cuanto más se parece a la verdad”. Aunque ésta sea una entrada más sobre una película archiconocida, siempre es bueno denunciar las estafas cinematográficas. Y hay que reconocer que Love Actually es de las de mejor factura. Uno no se da cuenta de qué manera y cuánto rato juegan con sus sentimientos y le toman el pelo. La prueba es que las legiones de ofendiditos que siempre aparecen según alguna película les pisa el callo por motivos de raza, sexo, nacionalidad, aspecto físico, extracción social u otra razón, no han blandido sus anatemas frente a una película que se burla:

  • de los negros: pobre Juliet y pobre DJ de su boda, tan parecido a Malcolm-Jamal Warner (cuyo “padre en la ficción” está pasando ahora por horas muy bajas, aunque eso no lo supiéramos en 2003).
  • de los escritores: ¿son todos unos cornudos a los que se les va la novia con un hermano traidor pero más dispuesto que ellos a “hacer trucos con su varita mágica”?
  • de las mujeres gordas: las flacas como Juliet se casan (eso sí, con un negro que, además, no se entera de que le están intentando levantar la novia/mujer); las gordas como Natalie, “con muslos como troncos de árbol”, tienen un affaire con un político de alto nivel: ¿les suena? Que además Natalie padezca algo parecido al síndrome de Tourette ayuda a camuflar la burla. O a amplificarla, según se mire: “pobre, gorda y malhablada: ¿qué más se puede pedir?”.
  • de los proletarios, unos salidos todos y con sueños imposibles (“¡Jamás! Soy Colin, dios del sexo. Lo que pasa es que estoy en el continente equivocado”). Incluyamos también en este apartado a Natalie, que vive en “la parte chunga de la calle Wadsworth” y a la que se ha permitido formar parte del personal de Downing Street, 10 (qué sociedad tan tolerante e igualitaria, oyes). Lo único que se puede “alabar” del pobre proletario es su increíble autoestima. Por supuesto, los pobres también tienen derecho a soñar que tendrán suerte, faltaría más.
  • de los americanos: ¿todos los americanos son unos chulos imperialistas que toman por la fuerza lo que no se les da de grado y por su cara bonita y porque ellos (no los demás) creen que se lo merecen?
  • de los portugueses (y por extensión, de los españoles): ¿todos tienen el bigote a lo Sadam Hussein y viven anclados en el siglo XIX? Por cierto, qué generoso Jamie al condescender a aprender portugués para declararse a su enamorada…

De los políticos no digo nada porque ya se da por sentado que la burla “va en el sueldo”. Aunque ya que estamos, Curtis no se ahorró la coz a Tony Blair (ya conocen el credo del progre: bolsillo a la derecha, corazón a la izquierda). Por no hablar de que todo un Primer Ministro se enamore de una secretaria y se pasee bailando por las dependencias de Downing Street, 10 al son de las Pointer Sisters (“Jump”). Claro que eso (lo primero) en España no podría pasar, pero no porque seamos una “nación seria” (que no mucho, atendiendo al ganao político); sino porque debido al síndrome monclovita, el inquilino de dicho espacio acaba tan enamorado de sí mismo que no hay sitio para nadie más. Y el actual no es precisamente una excepción.

Que Richard Curtis confesara, además, sus propios deslices (retratados en el personaje de Alan Rickman) en la película tiene su aquél, siendo su pareja la bisnieta de Sigmund Freud. Y bueno, ya sería la remilk que esa película hubiera sido la guinda que le consiguió el CBE.

Conclusión: “El amor, en realidad” no es eso. Y lamento profundamente haberme dejado embaucar por esa película. Durante mucho tiempo yo también defendí que era “una buena película”; pero después de leer por aquí y por allá y de hablar con Adela, mi pareja, que siempre defendió que era una eme pinchá en un palo, finalmente me he caído del guindo (o del abeto y todos los adornos detrás de él, si ustedes quieren). La cuestión es saber qué teclas toca esta película en nuestro interior para que, siendo tan mala “en realidad”, haya pasado por ser una “comedia romántica” durante tanto tiempo.

Y éste es el réquiem por una película que pudo haber sido otra cosa… pero que ya ha quedado bien claro lo que es.

P.D.- Por cierto. Buen montaje. En todas las veces que he ido a Barajas (y ya son unas cuantas), nunca he visto algo tan multitudinario ni parecido. De la escena final cabe decir lo mismo.

P.D. 2a. Es un ejercicio de honradez intelectual reconocer que esta entrada me la ha inspirado este artículo de Jot Down, donde he dejado una versión más reducida de esta entrada en comentarios.

Víctima de la coronafarsa

Son malos tiempos para el católico, lo mismo que para la lírica. En diversas entradas de este y otros blogs, me he manifestado en este sentido. Sin embargo, hoy cabe ya decir que entre las muchas víctimas del coronavirus está la religión católica. No sé si el plan lleva cociéndose hace mucho o es una novedad; pero a estas alturas de la película, a un servidor no le queda ninguna duda de esta afirmación.

Los ataques que ha sufrido la religión católica van más allá de lo anecdótico (y que me perdonen las víctimas de los abusos sexuales perpetrados por sacerdotes y otro personal «religioso» por usar un adjetivo que podría resultar ofensivo sacado de contexto) y son totalmente de conceto, que diría el gran Pazos. Han sido todos ataques globales. Pero vamos por partes, que diría Jack el Destripador.

Lo primero de todo, se ha machacado la dimensión comunitaria de nuestra religión. Es decir, en todo este tiempo no se ha podido ir a misa, o si se ha podido, ha sido soportando un cúmulo de restricciones importantes. Todo empezó con el secuestro de la Pascua en Granada: las fuerzas del desorden, enviadas por alguien (quien fuera, sin duda, no era católico) y disolvió la celebración como si se tratara de una manifa de antifas y eso. Que nos conste, nadie ha pedido perdón. Pero de la «reacción» de la Iglesia hablaremos más adelante. Se llegó al punto de cerrar las iglesias durante el confinamiento. Querían convertir la religión católica en religión catódica: la misa, sólo por la tele y con amenazas, pues Pablemos ya se la quería cargar antes de esto.

Aunque puede parecer un tema menor y exclusivamente español, la exhumación del cadáver de Franco del Valle de los Caídos fue también un ataque a los católicos, tanto por el hecho en sí (aunque se pueda argumentar que el propio Franco no quería ser enterrado allí) como por la forma en que se desarrolló, mereciendo hasta una sentencia de la Sala de lo Tendencioso-Administrativo del Tribunal Supremo, facultando al Gobierno a cometer la fechoría. Como en su momento dijimos, el objetivo a medio plazo del Gobierno es acabar con el mausoleo del Valle. Quitar primero a los frailes, quitar luego a los muertos para evitar las peregrinaciones y, con el tiempo, dejar que aquello se pudra. Y, sobre todo, que pase el tiempo suficiente como para que a la gente no le importe dinamitar esa cruz de 120 metros, que para la gentuza que nos desgobierna es una ofensa (lógico: cuando te has echado en brazos del demonio, todo lo que es de Dios te ha de sentar como una patada en el bajo vientre).

Aceptado todo esto, aceptada la irrelevancia de una Iglesia que, por miedo, ya se ha decidido a entregar al César lo incluso lo que es de Dios, todo lo demás viene rodado. También forma parte de una estrategia que los enemigos tanto de España como de la religión católica llevan desarrollando desde hace décadas. Y ha acabado en lo de los tiempos actuales: la gente estúpida consigue que uno se pelee con ella por los milímetros a los que debe llevar colocada la mascarilla dentro de una iglesia.

Nunca como ahora se ha visto tan clara la traición. Traición de los intelectuales (incluyo en esta categoría a pensadores y periodistas), que nos debían explicar las cosas para saber cómo enfrentarnos a ellas; traición de nuestros políticos, que debían protegernos como colectivo. Los primeros se han transformado en cotorras orgánicas (como el cuervo en el cuento de Orwell) que trabajan en justificar las atrocidades de sus amos. Los segundos no son más que monigotes de cartón-piedra en manos del «club de los 10.000 millones». Así que hemos quedado de esta manera: desamparados, librándonos de la «funesta manía de pensar» y gritando (más bien berreando, porque el nivel educativo general ha descendido de manera increíble) «vivan las caenas».

Y para esto teníamos que «integrarnos en Europa», en los tiempos en que para nosotros era una aspiración y las presuntas democracias occidentales nos miraban por encima del hombro porque, claro, «éramos una dictadura». Pasamos a ser una «democracia» (vendida al NOM, eso sí: al parecer, Juan Carlos no podía ser Rey sin el visto bueno de Kissinger). Y ahora, inmersos como estamos en una estrategia mundial de reducción de población (que, por cierto y si no lo saben, también lleva décadas desarrollándose silenciosamente), ahora sí que no pintamos nada, que decía la vieja canción de Mecano…

Tragacionistas

Original aquí.

Hace apenas unas semanas, unas declaraciones de la actriz Victoria Abril sobre la plaga coronavírica y los remedios que se han arbitrado para contenerla provocaban gran escándalo entre los bienpensantes que babean de fascinación idolátrica cuando cualquier actor famoso pontifica sobre el cambio climático, o sobre el fascismo, o sobre cualquier otro asunto del que no tiene ni puñetera idea, ensartando topicazos sistémicos. Que es, por cierto, lo que hacen casi siempre los actores famosos: vomitar como loritos las paparruchas y lugares comunes que interesan a los que mandan, para obtener a cambio mejores contratos y el aplauso gregario de las masas cretinizadas.

Habría que empezar diciendo que la opinión de la actriz Victoria Abril sobre la plaga coronavírica tiene el mismo valor que –pongamos por caso– la opinión del actor Javier Bardem sobre el cambio climático. Sin embargo, las paridas y lugares comunes sobre el cambio climático que el actor Javier Bardem repite como un lorito desde las tribunas más encumbradas son consideradas dogma de fe por los bienpensantes. Puede que la actriz Victoria Abril soltase también algunas paridas sobre la plaga coronavírica; pero, al menos, no prodigó los lugares comunes pestíferos que suelen soltar sus compañeros de profesión (más pestíferos cuanto más famosos son). Y, junto con algunas paridas y observaciones dudosas, Victoria Abril soltó también algunas verdades como templos que merecen nuestra consideración; y, en algunos casos, nuestro aplauso ante su valentía, pues por atreverse a pronunciarlas firmará en los próximos años menos contratos (que se repartirán las actrices que ensarten con mayor entusiasmo las paparruchas sistémicas que interesan a los que mandan). Por lo demás, las paridas y observaciones dudosas que Victoria Abril deslizó en sus declaraciones se pueden refutar tranquilamente, sin necesidad de desprestigiarla, como hacen los jenízaros del discurso oficial que pretenden convertirnos en ‘tragacionistas’; o sea, en botarates que se tragan las versiones oficiales y las repiten como loritos o actores comprometidos (con su bolsillo y con la bazofia sistémica circulante).

  • Sólo los tragacionistas se niegan a aceptar, por ejemplo, que China ha ocultado deliberadamente (con la ayuda impagable de los mamporreros de la OMS) los orígenes del virus.
  • Sólo los tragacionistas se niegan a reconocer que la plaga coronavírica ha propiciado los más variopintos experimentos de biopolítica e introducido prácticas de disciplina social completamente arbitrarias e irracionales (empezando, por cierto, por el uso de mascarillas en espacios abiertos) que se ciscan en los tan cacareados ‘derechos’ y ‘libertades’ de las antaño opíparas y hogaño escuálidas democracias.
  • Sólo los tragacionistas se niegan a asumir que la plaga ha sido utilizada como excusa por gobernantes psicopáticos para devastar las economías locales, provocando la ruina de infinidad de pequeños negocios, condenando al paro a millones de personas y favoreciendo la hegemonía de las grandes corporaciones transnacionales.
  • Sólo los tragacionistas se niegan a discernir las burdas manipulaciones, medias verdades y orgullosas mentiras que han propagado nuestros gobernantes y sus voceros mediáticos durante el último año.
  • Sólo los tragacionistas se niegan a discutir la eficacia de medidas restrictivas caprichosas y confinamientos desproporcionados que, además, han tenido altísimos costes sociales y económicos.
  • Sólo los tragacionistas se niegan a admitir que las vacunas son una terapia experimental que se está administrando sin cumplir los plazos y los protocolos de seguridad establecidos y cuyos efectos secundarios no se han explorado suficientemente (aunque, desde luego, sus efectos bursátiles sean de sobra conocidos).
  • Sólo los tragacionistas, en fin, se niegan a examinar todas estas evidencias. Tal vez porque si lo hicieran tendrían que confrontarse con su estupidez gregaria y su sometimiento lacayuno a las consignas sistémicas.

Son estos tragacionistas, pues, los auténticos negacionistas, que con tal de sentirse abrigaditos en el rebaño renuncian a la ‘funesta manía de pensar’. Pues el ‘negacionismo’, aparte de un empeño desquiciado en prescindir de la realidad, es también un anhelo gregario, una penosa necesidad de buscar protección y falsa seguridad en conductas tribales. Y no hay conducta más tribal que tragarse las versiones oficiales sin someterlas a juicio crítico, señalando además como réprobos a quienes osan ponerlas en entredicho. Tal vez esos réprobos suelten de vez en cuando alguna parida; pero al menos no regurgitan el pienso que se reparte a los borregos.

Comentario nuestro. Alguna vez hemos criticado al señor De Prada por alguna opinión que ha manifestado. Pero esta vez no podemos estar más de acuerdo con su opinión, toda vez que el korona se ha convertido en el traje nuevo del emperador y no hay muchos (en proporción inversa cuanto más subimos de nivel) que se hayan atrevido a decir, como el niño del cuento, que «el rey va en pelota picada». Bien está que entre la famosa intelligentsia, formada a partes iguales por pagados y acollonados, haya alguien que de vez en cuando se salga de la fila de la obediencia ovina.

Recomendamos encarecidamente la lectura de la página a alguno que no ha mucho no se le caía de la boca la palabra «insensaaaaaatos», que ponía a Alemania como «ejemplo de gestión» a partir de informaciones recibidas de… Leipzig. Como si lo de Sachsen se pudiera extrapolar a toda Alemania e ignorando que en Berlín la «gestión» ha sido distinta (pero de efectos igualmente nocivos). Y que, cuando ya a muchos se les ha caído la venda de los ojos (un servidor nunca se la puso) y tras los escándalos primero de las mascarillas y luego de las vacunas (en Alemania, por cierto), sigue dando cifras de «contaaaaagios» las mañanas de fin de semana como si fueran la exclusiva del mes…

Pablo Hasél

Como la entrada que yo iba a escribir de este personaje ya me la han escrito aquí, dejaré que ustedes la lean y se enteren bien de quién es este senyor.

Permítanme, no obstante, comentar unas cosillas. Para empezar, repite el patrón de todo comunista egregio: es de familia bien, de «casa bona», que diríamos en Cataluña. Nada de padre proletario de «facciones duras y rostro ennegrecido por el humo de las fábricas» salido de una novela de Dickens. Más bien padre acomodado, y con unos modestos problemillas civiles con la chica de la venda, la balanza y la espada.

En casa nunca faltó de nada. El niño, por supuesto, no iba a colegio público: ¡puags, qué asco de plebe! Qué va. Fue al Colegio Claver, de los jesuitas de Lleida, donde se educaba a la élite provincial y donde algunos, gracias al esfuerzo de nuestros padres, pudimos asistir también. Dice su biografía «no autorizada» que a los 14 años ya era un bandarra y que hacía novillos para escribir rimas y poemas. Algo así como eso que cantaba hace años El Último de la Fila: «Se hacen parapetos con poemas» («Canta por mí, porque yo estoy en chirona»). No sé si la vida le mintió; pero como es sabido, los hijos superan siempre a sus padres. Y si el padre había tenido problemas civiles, él los iba a tener penales, no faltaba más.

Lo del apodo también tiene su gracia. Cuentan que tomó su apodo de un cuento árabe en el que aparecía un revolucionario que quemaba el palacio del jeque y bla-bla-bla y se llamaba Hasel (sin acento). ¿Puede ser que el Che leyera el mismo cuento muchos años antes? Seguro, porque también era de casa bona y además fue a la Universidad (médico). Que el comunismo le convirtiera en un bestia era cosa previsible, vista la historia. Pero en fin, nuestro Pau Rivadulla no ha dejado de ser un burguesito con ínfulas y no ha llegado a cambiar de país para hacerse jefazo en una república bananera. Supongo que alguien, en algún momento, le avisaría de la similitud fonética del flamante apodo con otro pseudónimo, «Sven Hassel»; de modo que, para no identificarse con «ese tipo», escritor de éxito de novelas con escenarios de la Segunda Guerra Mundial y biografía muy discutida (hay quien dice que incluso fue nazi), cambió su apodo y puso un acento en la é. Porque él es muy de izquierdas; tanto, como su tía Mercé, diputada por IC-V en tiempos.

Para no alargar más el cuento, fíjense si nos ha salido señorito el niño que ha ido a la cárcel y quiere imponer sus condiciones: nada de compartir celda («mi ego no cabe en este espacio tan pequeño») y nada de compartir tareas en la cárcel («yo soy antifascista, no un puto esclavo de los lacayos de los poderosos»).

Finalmente, me quedo con estas dos frases del artículo que les citaba al principio:

«Como hijo de papá que siempre ha sido, transgredió la ley sin pensar que la ley reaccionara» (rasgo común en todos ellos). Bueno, y creyendo que papi, o mami, o la tieta, o los amigos de ellos le iban a sacar las castañas del fuego en caso necesario.

«No va a prisión por ausencia de libertad de expresión. Va por reincidente, violento y, sobre todo, por simple».

Todo el follón que se ha montado por alguien que, en su arte y según los estándares del género, no es cosa mayor, no parece sino el preludio de su vuelta a la marginalidad una vez le hayan extraído toda la utilidad política (¿?) que pueda tener. Todos los números para ser un juguete roto. Aunque no dudo de que acabe con el riñón bien cubierto. El mozo ya tiene sus 32 añazos; pero con sus antecedentes familiares y sus méritos de guerra, ya tendrá quien le coloque. A diferencia de tantos comerciantes que a lo mejor no pueden pagar los destrozos que los amiguetes y adosados (entendiendo por tales los que se apuntan a un bombardeo con tal de armar la gorda) de este bandarra han provocado allí por donde han pasado y que, a lo peor, tendrán que cerrar su negocio.

Dejaremos para otro día el debate de si debe existir un delito de «injurias a la Corona». Lo que yo sé seguro es que, si algún día Cataluña se hace «independent», en un futuro Codi Penal de la Nació Catalana no dejará de existir un «delicte d’injúries al President de la Generalitat»…

Novedades catalanas

Nuevamente hace muchos días que no digo nada, así que hoy toca hablar de lo que toca. De las elecciones catalanas, la verdad, me da mucha pereza, especialmente por lo esperable de los resultados tanto por arriba como por abajo. ¿Acaso no era esperable que ganase esa criatura mítica llamada «independentismo moderado» (que ni es «independentismo», ni mucho menos «moderado»)? Criatura de dos brazos. Por un lado el PSC (tonto el que creía que el PSC era de loz nueztroz). Como yo dije en su momento, se quitaron la careta en 2008 y no hace mucho otros, como Miquel Giménez, han acabado de redondear el perfil. Estar a la orden es lo que tiene. Los pactos es lo de menos: gana el «independentismo» (hablemos claro: separatismo). Que además esto lo financie George Soros o no simplemente porque quiere que España se parta en cuatro cachos… no sé hasta qué punto es relevante si nadie hace nada.

Lo incomprensible del asunto es que a Sánchezstein la jugada le ha salido redonda. Tiene su aquél que Illa, el peor ministro de Sanidad que «vieron los siglos y esperan ver los venideros» (y mira que los hemos tenido malos, ¿eh?), desde que semos una mococracia, haya obtenido un resultado que le permite codearse en pie de igualdad con ERC y juntos, tentar a otro partido para formar otro monstre dels tres caps, como el que unió a Montilla, a Pérez Díez (aka Carod-Rovira) y a Joan Saura, el ecosocialista (comunista) encadellat a una pija mallorquina que, como conseller de Interior, le guardaban la vila los Mossos. Y no solamente eso, sino que mete a Miquel Iceta, un separatista redomado, en la cartera de Política Territorial y Administraciones Públicas. Lo dicho: jugada redonda.

Lo que nos lleva a la parte de abajo. El concepto de «vencedor moral» es un concepto más bien chorras; pero aquí viene bien aplicarlo a VOX, aunque se deba, casi a partes iguales, a méritos propios y a fallos ajenos. El mérito de VOX ha sido presentarse con valentía y presentar un programa que, en líneas generales, todo constitucionalista puede defender. Y hacerlo soportando las presiones y agresiones de los macarras separatistas. Sí, esos macarras, chulos, gamberros y alborotadores separatistas que extienden la vista y, que aunque no lo sepan, con esa mirada cantan esto…

So die braune Heide geht
gehört das alles mir…

El fallo de los otros dos partidos presuntamente constitucionalistas es no haberse presentado con la misma valentía. Han sido víctimas, a mi entender, de una lastimosa dependencia orgánica de Madrit, que ahora mismo no tiene siquiera una sombra de liderazgo. El censo electoral ha castigado, además, el chusco episodio de que la chica que dejaron de retén en Cataluña cuando todos los demás se largaron, Lorena Roldán, se pasara al PP, quedando solamente el fiel escudero Carrizosa para atajar el desastre que él sabía de sobra que se avecinaba (y recibir los tortazos, claro).

En cuanto al PP… bueno, la cosa se pone espesa. García Albiol, que a mí no me parecía mal candidato, fue apartado de un plumazo en cuanto empezó a mostrar un discurso robusto frente al separatismo nacionalista (fallo imputable a Madrit, no a él). Se ha quedado de alcalde de Badalona y seguramente lo hará bien, lo que nos hace pensar qué habría pasado si, coincidiendo las alineaciones planetarias, hubiera acabado como President. En cuanto a Fernández… bueno, es el candidato que quería Madrit. ¿Pero es el que necesitan los constitucionalistas catalanes?

Entiendo que lo que pasa en Madrit tiene culpa en lo que pasa en el PP catalán. Dijimos en su momento que a Pablo Casado le sobra educación y le faltan liderazgo y mala leche bien dirigida. Porque mala leche, desde luego, no le falta: el discursito que se marcó en las Cortes contra Abascal sólo porque le dieran unas migajas del CGPJ entraría en la «historia universal de la infamia». Y sin embargo, esa misma mala leche, que también le sobra para zancadillear a Díaz Ayuso, le falta para llamar a capítulo a Núñez Feijóo y pedirle cuentas acerca de su actuación más nacionalista que la del BNG. Da la impresión de que en el PP manda «alguien», pero que no es Pablo Casado.

Y así, Alejandro Fernández, que iba a ser esto…

se ha quedado en esto otro…

o sea, má shushurrío que un bisté engordao con clembuteró.

Y ahora, compañeros en la desgracia (los hostiones han sido de reglamento), están planteándose la reunificación PP/Cs. En esto consistía, ya lo vemos, el giro al centro. Es el giro a la progrez insignificante, porque ese estandarte ya lo llevan otros. Es pedir la hora y poner cara de Borjamari: «¿Nos dejáis que seamos fans vuestros? Porfa, porfa, porfaplis, o sea, ¿no?». Lo extraño es que representaría, si Dios no lo remedia, la vuelta a la política de Albert Rivera, al que creíamos trabajando de verdad, cuidándose de su descendencia (noble ocupación que nada tiene que envidiar a vivir de administrar la cosa pública). Albert Rivera volvería al útero político del que salió hace la friolera de 15 años para tomar las riendas de algo que ya entonces molestaba profundamente al nacionalismo separatista catalán. Sabio el merengue que decía «sorpresas te da la vida».

Seré breve (o no)

Este es un tiempo en que la ciudadanía comienza a ser acosada por todas partes y se están creando los brotes que germinarán en una guerra social total (ya saben: «A río revuelto…»). Ya no sólo es acoso por internet, en redes sociales, en blogs (hasta para este humilde blog, mío y de ustedes hay asignado un troll, de partido o de gobierno, me da igual, que cada vez que escribo algo que a sus jefes no les gusta, hace acto de presencia). Hemos llegado al acoso presencial en supermercados, que ya es lo último. Los gilipollas tamaño SLM («Súbase La Mascarilla… o tendré que pedirle que abandone el local») se reproducen como setas, ya sea por efecto de Filomena o por otro motivo cualquiera. Que, además, ésta haya sido la oportunidad que han aprovechado los resentidos, los frustrados y los que nunca han sido nada en la vida para hincharse como bueyes y creerse con derecho a tocar las narices (u otra cosa) al respetable no es una desgracia menor.

Por ello ─y por si queda alguien que use más de una neurona respecto de este tema de la coronafarsa: hay muchos, muchas y muches que funcionan con esto como ovejas zombies─, se me ha ocurrido rescatar un dicho de cierto inglés al que yo, antes de leer esa frase, desconocía, pero cuya frase va muy adecuada para estos tiempos que corren:

El que no quiere razonar es un fanático.

El que no puede razonar es un tonto.

El que no se atreve a razonar es un esclavo.

(Sir William Drummond)

Se sorprendería mucho Sir William de ver que, tras cuarenta años de socialdemocracia en España, en la que hunos y hotros han colaborado con mayor o menor entusiasmo, la coronafarsa ha demostrado que se puede (sí, se puede) convertir a muchos españolitos de a pie en las tres cosas a la vez. Y tengo noticias de que en Alemania (y no precisamente de Leipzig, que es de donde alguno las recibía), están igual, si no peor: allí ahora algunos les pueden acosar por no llevar la mascarilla correcta. Va a ser que en ciertas partes de Alemania ya no se aceptan las mascarillas de tela. Ahora hay que llevar la KN-95 o la FPP2 o 3. Made in China, naturalmente.

Van a conseguir vaciar los supermercados y que todo el mundo haga la lista de la compra por internet. Lo cual, a su vez, provocará olas de despidos en el sector, a no ser que una cajera se pueda reconvertir en moza de almacén (el negocio del futuro es la distribución, al parecer). Y puede que a esa cajera o responsable que les echó del «local» con cajas destempladas se la acaben ustedes encontrando en la cola del paro o la beneficencia, que es a donde nos quieren llevar a los ex-clase media los que cortan el bacalao en Europa. Sí, ésos mismos (nuestro presi enmig de tots) que tanto se afanan en besar el reluciente (o peludo, vayan ustedes a saber) trasero de Xi Jingping (él encantado, por supuesto, de que las débiles democracias le hagan el rendez-vous). Y pensarán ustedes, como pensaría yo: «Mira pa lo que hemos quedao. Tanto correr para acabar en el mismo sitio…».

Como prometí que iba a ser breve, lo dejo aquí. El próximo día, más preguntas.

¿Pero qué coño de políticos tenemos?


Artículo corregido. Original aquí.

Acudir al tópico de que actualmente, en nuestro mundo globalista, mandan las grandes empresas mundiales es algo sencillo de afirmar y damos el tema por zanjado. Es decir, no ha lugar a discusión posible: o a ver quién se lo discute a Jeff Bezos, Bill Gates, los jeques árabes, Rothschild, Rockefeller, la Reina Isabel II, etc.

Damos datos mareantes en muchos miles de millones, curiosidades y detalles de productividad de estos gigantes que influyen tanto en las vidas de la gente y así los periodistas hacemos un artículo la mar de chulo y a otra cosa mariposa que es la hora de plegar.

Sin embargo, el público en general que recibe esta información de la prensa y los medios audiovisuales, se ha habituado a ello y lo ve como algo normal dentro del mundo matrix que nos ha tocado vivir. Nos encogemos de hombros y decimos: “Bueno, si es lo que hay, no se puede hacer nada; unos pocos tienen el dinero de todo el planeta”.

Entonces, que alguien me explique: ¿para qué coño vamos a votar?

Yo soy español y en España tenemos 350 diputados y 265 senadores con ideologías para todos los gustos; pero una cosa les iguala: ninguno está por encima de los gigantes financieros a día de hoy y eso les convierte realmente en incapaces: no se rebelan frente a lo que hacen mal las élites mundiales.

Para que se hagan una idea, es un mundo patético el de nuestros dirigentes políticos, donde vemos a todo un presidente de la Generalitat dedicarle un tuit de agradecimiento a un futbolista (Messi) que cobra 100 millones de euros brutos al año, y encima está a disgusto y se quiere marchar. Bueno, le podría haber ofrecido directamente la presidencia de la Generalitat: seguro que peor no lo haría. A lo mejor acababa con el problema okupa, que tanto afecta a Cataluña.

No obstante, y pese a tener el bastón de mando, el poder económico global deja que los políticos hagan su paripé: unas veces por dar vidilla (si no, vaya aburrimiento); otras, provocadas por intereses que les beneficien. Así, nos hacen creer unos días que son de derechas y otros días de izquierdas. Algo al respecto puede decir George Soros, que no se esconde en decir que se hace el progre para ganar dinero y aquí no pasa nada.

Así, en España, los políticos ya sabían que esto iba a pasar. Llevan años inventando cuestiones para entretenerse y para justificar los numerosos cargos políticos y los inmerecidos sueldazos que cobran. La independencia ha sido uno evidente, para evitar hablar de los temas que realmente importan.

Unos dicen que hay «fascistas» por todos lados y teorías conspiranoicas en las que Franco aún vive y mueve los hilos. Estos tipos de políticos tienen además a sus periodistas a sueldo todo el día escribiendo «que viene el coco». Y digo yo: ¿tanto pánico les da ver a Abascal haciendo pesas con una camiseta de la Legión?

Otros vemos tíos con coletas y perilla que van a nacionalizar las empresas, como Pablo Iglesias, o que amenazan con que el PP ya nunca más se sentará en el Consejo de Ministros. Pero se debe tener en cuenta también que son todos hijos de ricos y lo hacen para entretenerse y aumentar su riqueza todavía más, además de bañarse en la piscina de su mansión. El capitalismo se ríe de estos comunistas, los utiliza para sus fines; y luego, que «digan, digan, digan», como decía Jordi Pujol. Por cierto: su ídolo, el salsero dictador Maduro, también hace pesas, pero éste en chándal un tanto hortera.

Luego, los indepes. Vamos a ver, señores: si descontamos a todos los que se han apuntado al carro para vivir del cuento (que seguro que todos los catalanes tenemos algún familiar o conocido), no queda ni el tato.

Pero los que han montado está escandalosa situación en España, empezando por Pujol, ya sabían que lo de la independencia era una utopía. De hecho, si Jeff Bezos (Amazon) hubiese querido, ya habría una Cataluña independiente incluso antes de que la Mare Superiora Ferrusola llevara sus sacos de millones a Andorra.

Por eso dejan que hablen, que se manifiesten, que el golpista y prófugo Puigdemont diga tonterías… cobrando a base de bien, eso sí. Pero cuidado: si hacen algo que perjudique mínimamente los intereses económicos de nuestras poderosas empresas irán un tiempo a la sombra (como así ocurrió en el pasado).

No hay nadie por encima del poder capital global que rige nuestro planeta. No existe ley que pueda someterlos. Ellos tienen el poder de poner o quitar gobiernos, crear guerras de la nada, arruinar naciones, ¿soltar virus? En definitiva: cualquier cosa, como la lámpara de los deseos. Si no, que se lo digan a Soros con las revoluciones de colores.

Sólo que vean que pueden sacar un rédito económico y tener más poder, lo harán. No les va a temblar el pulso. Y lo cierto es que actualmente no les puede parar nada, porque es parte del videojuego que es la vida. Es lo que está prefijado en nuestro destino.

Por eso les digo: fascistas, bolcheviques o separatistas que creen que un día vivirán en un país bucólico, no se esfuercen ustedes. No va a pasar nada: el mundo sigue una tendencia cada vez más global, según la cual las lenguas minoritarias desaparecerán y se impondrá el inglés y el chino, que después de un virus vendrá otro, luego la contaminación hará desaparecer países en vez de crearlos. De hecho, ya está pasando.

Y al final, aunque suene a broma, terminaremos votando a marcas comerciales para que gobiernen territorios como si fuesen fábricas. Si no, miren cómo silencian temas las redes sociales cuando no les interesa que se expandan por ser políticamente incorrectos. Será un tiempo Amazon, otro Microsoft, Google, Apple… Y no pasará nada, no es algo alejado de la realidad. En cierto modo, ya están reemplazando a políticos incompetentes faltos de ideales que velan por sus propios intereses en una partitocracia. O incluso puede ocurrir que salga un Stalin en Occidente, como en su día apareció, y le dé por aniquilar al personal sólo por creerse superior.

Pero no les quepa la menor duda que, cuando estas multinacionales tengan todo el poder absoluto, ya no tendrá sentido la existencia de la clase política, ni de los periodistas que les hacen de palmeros a los partidos políticos para tener curro asegurado. Entonces, con suerte, tendrán trabajo en una cadena de reciclaje de baterías de litio. Y de momento, el 1% de la población mundial (es decir, los más ricos del planeta) han aumentado su riqueza. Así que mal paso no llevan.

Y después de ver lo que está pasando con la COVID-19 parece que esta transición se está adelantando y nadie se lo esperaba. Empezamos a creernos las películas de los años 80. Ya son la farmacéuticas las que cortan el bacalao mundial y no el quinto poder, “los medios”, hoy ya siervos de las farmacéuticas.

Total, que iba escribir sobre nuestra despreciable clase política; pero es que de cualquier forma esta otra noticia también afectará a todo ser humano por debajo del nivel que “ellos” creen.

Y por si fuera poco, como ya publiqué en “El Vaticano con Dios o contra Dios”, ahora nace “El Consejo para el Capitalismo Inclusivo”, ¿inclusivo para quién?… Para los que queden después de la gran limpieza humana. ¿cuántos quedarán?

Porque anda que si repasamos quiénes la forman ya es para echarse a temblar; “Entre los miembros fundadores del Consejo se encuentran los gestores de un patrimonio de 10,5 billones de dólares y más de 200 millones de trabajadores en el mundo. Estamos hablando de Lynn Forester de Rothschild, fundadora del Consejo y socia gerente de Inclusive Capital; el presidente y director ejecutivo de Mastercard, Ajay Banga; el presidente de The Rockefeller Foundation, Rajiv Shah, o el presidente de la junta directiva de Allianz SE, Oliver Bäte, para desplegar un sistema de «capitalismo inclusivo» que ponga en marcha principios éticos en las políticas empresariales y de inversión. JA!!!

La prueba del algodón

Hoy nos enteramos de una sandez que profirió Javier Maroto, el del amoto. El portavoz en el Senado del Partido Campesino Polaco, sección española, vino a comparar la «violencia de género» con los asesinatos terroristas. Vino a decir que «las mujeres asesinadas lo eran sólo por ser mujeres», de igual manera que «los guardias civiles eran asesinados por ETA por el solo hecho de ser guardias civiles». Se conoce que la sena le sentó mal. En todo caso, lo que hay que lamentar es que ni siquiera Deusto, «probablemente, la mejor universidad del mundo», pudiera hacer nada por este espécimen. Como dice el dicho, «él entró en la universidad, pero la universidad no entró en él».

Parece mentira que siendo vasco y en principio no nacionalista hable de esa manera de la ETA. Y que con sus palabras, se cisque y reviente en sus compañeros asesinados por esa colección de pistoleros aplaudidos por el PNV («Nosotros recogemos las nueces que ellos hacen caer sacudiendo el árbol de la puta España»). Claro que escuchando a otro de sus camaradas, Borja Sémper (a éste no creo que le hubieran aceptado en los Marines), uno se hace a la idea. Otro como Basagoiti, al final: portazo y a la empresa privada, donde uno cobra buen dinerito y no necesita dar cuenta de sus opiniones políticas cada cinco pasos.

La mayor virtud del PP-de-Casado es una ofensiva capacidad para el olvido veloz. Del «jefe» ya no vamos a hablar: ha guardado en un cajón y muy al fondo eso de la «España de los balcones». Ahora trata de hacerse bienquisto del poder, llevado de la manita por el campeón de lanzamiento de hueso de aceituna, laminando a los molestos y colocándose en la misma situación que Marruecos respecto del Islam «radical»: ejerce de tapón frente a la «derecha extrema» (hoy decir que te sientes orgulloso de formar parte de España y defender la vida y la familia desde una postura católica es ser de «derecha extrema». Alabat sigui Déu).

Al PP-de-Casado lo único que le importa es seguir en la pomada: es decir, que le sigan teniendo en cuenta allí donde se reparta algo de importancia, ya sean entradas en cargos políticos o administrativos, o salidas a través de las consabidas «puertas giratorias». Parece que hoy en día, en política, si no tienes poder para colocar a alguien en la Administración o en una gran empresa no eres nadie. Y bueno, también en la TeleSecta (hoy, todas las cadenas generalistas). Que si mandan a alguien, le dejen decir por lo menos «Hola, soy Fulano de Tal y soy del PP» antes de darle leña hasta que hable inglés en vez de «Te queremos, Fulano».

Por todo eso Maroto puede decir lo que dice y quedarse tan pancho. También él quiere hacerse bienquisto del poder, dentro y fuera de su partido: ya tiene algún punto por ser homosexual y no esconderse; pero naturalmente hace falta más. Eso es, para un estudiante de postgrado, como tener la carrera monda y lironda. Luego, hay que coleccionar másteres como un miembro de la SS o de la NKVD coleccionaba cadáveres: es decir, muchos y muy deprisa. Supongo que eso significa ser ecologista a lo Greta Zumbada (por cierto: qué buena noticia que esa niñata haya desaparecido de los titulares). Naturalmente, implica también tragarse en pepitoria el pollo de la «mitología del género», con huesos y todo. El aborto es un derecho y la adopción homosexual una obligación, ¡faltaría más! También implica aceptar sin chistar la religión de la Pachamama, porque «lo de ser católico ya está desfasao y además no aceptan a los gays». Se llevarían él y algunos indocumentados una sorpresa de la cantidad de gays que hay metida en la Curia. Pero eso, como diría mi viejo profesor de Economía Política, en Pere Mir (nada que ver con El señor de los anillos), «són figues d’un altre paner».

¿Y la famosa prueba del algodón? Como dirían en las películas, «no se preocupe su Señoría, que ya llegamos». Lo que ha dicho Maroto, él, que exige la prueba del algodón a los demás, es la prueba del algodón de las cotas de indignidad a que está llegando la cúpula del PP mientras mendiga que le tengan en cuenta para «lo que sea». Lo lamento por los que creían de verdad en el PP; pero tras esta operación grouchomarxista, ya no hay por dónde agarrarlo.

Para los nostálgicos, dejo aquí la verdadera prueba del algodón. Si no me equivoco, el mayordomo que siempre quedará en nuestra retina fue interpretado por dos personas: por un lado, quien ponía el físico, el actor y escritor inglés Peter Bland; y por el otro, quien le ponía la voz en español, el excelente actor de doblaje barcelonés Joaquín Díaz. Seguramente los cinéfilos ya sepan que fue la voz habitual nada menos que de Jack Lemmon, así que ahí lo dejamos.

Es una pena que no podamos contar con él para un remake imposible: el de La extraña pareja, que Mr. Lemmon interpretó junto a Walter Matthau y que hoy podría contar en su elenco con Pedro Picapiedra y Pablo Mármol, cómo no…

Por qué es tan difícil escribir sobre este Gobierno

Original aquí

Para quienes tenemos claro que este Gobierno miente casi siempre y no tiene más intención que construirse una democracia adjetivada a su medida, es muy difícil escribir sobre sus atropellos. Sobre todo porque lo que algunos empiezan a decir ahora nosotros lo escribimos desde hace años. La izquierda que nos ha tocado, al menos desde que Zapatero llegó aquel marzo fatídico a la Moncloa, está más cómoda con un etarra que no le mate que con la derecha, que en su imaginario empieza en Vox y termina en Ciudadanos o en Margarita Robles.

Ese es el origen de todos los males y la explicación a la deriva antidemocrática que estamos viendo. La izquierda española –y cuanto más votado el partido, más grande es la responsabilidad– ha recuperado explícitamente la II República como modelo, y es natural que siga sus pasos en la destrucción de la convivencia mediante la creación de un Frente Popular que margine a la derecha, aunque algo hemos avanzado cuando no se recurre como entonces al asesinato.

Las pruebas de lo que estoy diciendo son tan evidentes a estas alturas que da apuro comentarlas. Con cada vez más virulencia, la alianza de progreso se consolida a ojos de todos con pactos para expulsar a los reaccionarios de la vida pública. Lo vimos con más claridad que nunca en el acuerdo con Bildu. Y cuando aún no lo habíamos digerido nos lo vuelve a dejar claro la pinza con ERC para aplicar un 155 fiscal a la comunidad española que mejor funciona.

El objetivo es claro: perpetuarse en el poder en forma de régimen, como reconoce el vicepresidente de Agenda 2030.

El objetivo es claro: perpetuarse en el poder en forma de régimen, como reconoce el vicepresidente de Agenda 2030, y hacer la vida imposible a todo aquel al que hayan designado como “el otro”, como comprobamos con el ataque gratuito a la concertada y la educación especial separada y privada.

Es muy difícil escribir opinión sobre este Gobierno porque apenas hay matices en la toxicidad de su agenda. Porque ya lo hemos dicho todo sobre sus intenciones, y porque la hoja de ruta hacia sus metas tiene la sutileza de una excavadora avanzando sobre una pista de grava. El trabajo del buen escritor, y de alguna forma del buen político, es desvelarle fundamental al lector, o al votante.

¿Y queda algo por desvelar en el aciago desempeño de este Gobierno? Tomen por ejemplo este titular reciente de Libertad Digital: «El Gobierno justifica su pacto con ERC porque Madrid “rompe la unidad de España”». El subtítulo acababa de describir la canallada: «La vicepresidenta Carmen Calvo acusa a Ayuso de ‘deslealtad’ con su “asimetría fiscal”. Y confirma “decisiones importantes” en materia tributaria».

No hay glosa o discurso de denuncia, por brillantes que sean, capaces de hacer más evidente el cinismo y la mala fe de este tipo de razonamientos y acciones. Esto hace difícil escribir artículos de opinión para este Gobierno, como decía. Y deja a los votantes sin excusas en las próximas elecciones. Todos, sin excepción, votaremos sabiendo lo que nos estamos jugando.

Comentario nuestro. El artículo, cómo no, está bien escrito. Sin embargo, ¿sirven de algo esas atinadas razones en la situación actual? No, en mi opinión. ¿Por qué?

a) Tenemos un “Gobierno de Payasos Asesinos” (una recua de clones de Pennywise) que se ve con tres años por delante aún para llevar a cabo sus planes. Unos planes que ni siquiera son suyos, sino que vienen de arriba, por más que periodistas valientes como Federico no se atrevan ni a mentar la bicha, por si las flies…

b) Tenemos una oposición que «ni está, ni se la espera» (más preocupada, en unos casos, de «hablar con todos» y en otros, de salvar su trasero/escaño, que de defender la Nación y la Constitución);

c) Tenemos un electorado inerme ante la propaganda machacona sobre el «virus», que en realidad es apenas más fuerte que una gripe; pero que tras un buen lavado el cerebro, al respetable le han hecho creer que es apenas menos mortífero que el tristemente famoso Ebola.

Con estos mimbres, me permito opinar que se están sentando las bases para un problema social y político para muchos años, si no se frena en seco. Será conveniente, antes de que ya no se pueda, guardar memoria de los hechos de unos y de las omisiones de otros. Y actuar en consecuencia, alejándonos del ensimismamiento inútil y la pasividad criminal. Por lo menos, si salimos de este agujero negro, que no valga la excusa del «yo sólo cumplía órdenes», que tan bien funcionó en Nürnberg…

Últimos tiempos (y II)

Ignorancia, incompetencia y sostenella

Y volviendo al ruedo nacional, lo que a mí y a ustedes nos faltaba por ver: resulta que al frente de la «gestión de la pandemia» (o sea, a la «vigilancia de la plaga») ponen a un tipo que en realidad ni siquiera es especialista en la materia. Y, para blindarlo de las acusaciones de ignorancia y/o incompetencia, lo nombran por la vía de la libre designación (es decir, que no tiene obligación de demostrar nada, tan sólo el cariño del ministro del ramo). Luego uno tiene que escuchar sandeces como ésta: «Da igual que no tenga la formación y/o experiencia necesarias. A uno lo nombran y ya está, ¿no? A nadie le amarga un dulce. Es un cargo “político” (como si eso lo tapara todo). ¿Tiene que demostrar que posee la formación necesaria? No. ¿Tiene experiencia? Sí. Pues eso».

Al hilo de esa sandez, yo les hago una pregunta: ¿ustedes se subirían a un coche con un señor al volante que dicen de él que «tiene mucha experiencia», pero que no tiene el carnet de conducir? No, ¿verdad? Porque saben muy bien que:

  1. Le pueden meter una multa de mil pares de narices si le pillan.
  2. La multa se la pueden meter también a ustedes.
  3. En el peor de los casos puede ocurrir que uno de los dos (o los dos) ingrese cadáver en un hospital.

Y ya si nos ponemos leguleyos, nos preguntamos lo siguiente: ¿es «alto cargo» Fernando Simón? Responderemos a esta pregunta en dos tiempos. En primer lugar acudiremos al BOE, concretamente a la Orden SSI/298/2013, de 13 de febrero, por la que se resuelve la convocatoria de libre designación, efectuada por Orden SSI/5/2013, de 2 de enero. En ésta se nos informa de lo siguiente:

Puesto de procedencia

Puesto adjudicado

Ministerio, Centro Directivo,

Provincia: Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad.

Dirección General de Salud Pública, Calidad e Innovación. Madrid.

Nivel: 29.

Complemento específico: 19.626,88 euros.

N.º de orden: 1.

Código puesto: 4979276.

Puesto de trabajo: Director. Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias.

Nivel: 29.

Sorprende un poco que Simón fuera nombrado como «Director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias»… por el PP (siendo menestra de la cosa nada menos que Ana Mato). Pero si vamos a los hechos, tenemos lo siguiente. Si es «alto cargo», entraría en alguna de las muchísimas categorías que establece el art. 1.2 de la Ley 3/2015, lo que le obligaría a cumplir los requisitos del art. 2 de la citada ley: «honorabilidad, formación y experiencia», además de una declaración jurada al estilo de L’Oréal, «porque yo lo valgo, o sea».

Si, por otro lado, no es alto cargo, resulta que le afecta el contenido de la Orden SSI/5/2013, de 2 de enero, por la que se convoca la provisión de puesto de trabajo por el sistema de libre designación. En su base tercera leemos lo siguiente:

Además de los datos personales, número de Registro de Personal y destino actual, los aspirantes deberán acompañar a su escrito un currículum vítae en el que harán constar:

a) Títulos académicos.

b) Puestos de trabajo desempeñados, tanto en la Administración Pública, como en la Empresa Privada, en su caso.

c) Estudios y cursos realizados, conocimiento de idiomas y cuantas otras circunstancias estime el aspirante oportuno poner de manifiesto.

A la citada solicitud podrán los aspirantes acompañar, en todo caso, aquellas publicaciones, informes o cualquier otra documentación que permita apreciar las especificaciones del puesto.

Si, como dicen algunos medios, este señor ni siquiera ha hecho el MIR de su especialidad (virología o epidemiología: corríjanme si me equivoco), no es más que un médico de «medicina general» y, todo lo más, podrá recetar aspirinas y poner alguna que otra inyección. Es decir, no tiene la formación específica necesaria para ocupar ese puesto. Cabe decir aún más: que miente y les engaña como un bellaco el que diga que para el cargo que ocupa Simón «no es necesario demostrar formación ninguna, porque es un cargo de “libre designación”» y que «vale con la experiencia (¿eeeeeeh?)»

Y ahora este señor se ha encastillado en que no dimite y reta a los que no le quieren a que pidan su cese. Dado que es un cargo de «libre designación», o sea, «de confianza», habrá que entender que caerá cuando se den dos circunstancias:

  1. Cuando su posición en el cargo resulte insostenible dada su gestión y, por tanto, caiga en desgracia ante el Ministro del que dependa como tal cargo de confianza.
  2. Que el Ministro del que dependa caiga en desgracia ante el Presidente del Gobierno, con lo que el cese o dimisión del Ministro acarrearía la de sus «cargos de confianza». No se nos ocurre en qué pifia podría incurrir el ministro Illa que le acarreara la caída en desgracia ante Sánchezstein (¿acabar en los Tribunales, tal vez?); pero teniendo en cuenta lo que sabemos de este último, es algo que podría ocurrir y de la noche a la mañana. Claro que también es verdad que cayó la menestra que le nombró y él no cayó con ella.

Siguiendo con el símil automovilístico, la situación en que nos coloca Simón con su encastillamiento sería la de ir montado en un automóvil con ese señor que va al volante sin carnet, incrementa su velocidad hasta 200 km/h y se niega a aminorarla. Lo mejor que les puede pasar a ustedes es que le pillen y le impongan una multa. La reacción de la casta va más o menos por estos carriles:

«¡Olé tú! ¡Así se hace! ¡Pisa, moreno, pisa con garbo…! (pero esperemos que la dicha dure y no se la pegue antes de tiempo)».

«Bueno, es que a nosotros que conduzca ese señor no nos va ni nos viene. Nos preocupa más la meteorología y el estado de la carretera. Pero apoyamos, ¿eh?, apoyamos para que no nos llamen «antipatriotas»…

«A ver, a nosotros nos preocupa que ese automóvil sea de gasolina de 96 octanos. Nosotros preferiríamos que usara uno diésel, que es más ecológico y económico…».

«A nosotros nos da igual todo. Si se la pega, miel sobre hojuelas. Y si no, también porque va por el mal camino que a nosotros nos interesa…».

Luego hay unos, pero que van por el carril bici y nadie les hace caso.

Y mientras discutimos si son «galgos» o «podencos», nos la van metiendo doblada con una Ley de hedukazion que va a condenar a nuestros hijos, si Dios no lo remedia, al infantilismo y la ignorancia, con lo cual el futuro del país quedará comprometido. Y lo más lamentable es que, después del miserable discurso de Pablo Cansado dirigido contra Santiago Abascal, un servidor de ustedes ve al PP votando a favor de la propuesta socialcomunista, entre otras, de que los maestros puedan meter mano (en todos los sentidos) a nuestros hijos, sin que nadie diga ni mú. Resistiéndose un poco, claro, pero sólo para la galería («Nosotros no somos como ésos de VOX»). Y después votando sin remordimiento de conciencia.

Esto es España, señores. ¡Viva Estepaís!