Lagartija de verano

Estamos en agosto y desgraciadamente, a estas alturas ya no podemos decir, como decía el recientemente desaparecido Pau Donés

Depende,
Todo depende,
De según cómo se mire
Todo depende…

Lo que ya no depende es que él está muerto y nosotros vivos. Que él ya no tiene que optar por creerse las mentiras de nuestro ¿Gobierno? en plan oveja eléctrica o no creerlas, pero no poder hacer nada al respecto porque, en dado caso de que haya oposición, «ni está, ni se la espera», según frase consagrada de Sabino.
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Control, manipulación y secuestro de las redes sociales

Original aquí.

Corrían los primeros días de julio de 2008 cuando asistí a una conferencia de Manuel Jiménez de Parga en el Colegio de Abogados de Barcelona. El profesor, ex ministro y ex magistrado del TC disertó sobre el “régimen parlamentario” español que, a pesar de las previsiones constitucionales y como ha sucedido en otros países, se ha metamorfoseado en “régimen presidencialista”. Para él, esta transformación era la consecuencia de dos factores. Sigue leyendo

Funeral masónico de Estado gaseoso

Como hace muchas, muchas lunas que no dábamos señales de vida, aparecemos hoy con esta explicación más que plausible de lo que ocurrió ayer 16 de julio, que hubiera debido ser sin más la festividad de la Virgen del Carmen y que el desgobierno masónico que padecemos convirtió en un aquelarre por algunas «víctimas del coronavirus» —ni siquiera por todas—, obviando que el día 6 de julio ya hubo uno que sí fue por todas ellas (no sólo por las víctimas «católicas», como algunos indocumentados están haciendo correr por ahí).

Malo cuando la Logia ya no se esconde y realiza demostraciones de poder como la de ayer.
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Hispanidad

Por su interés, a pesar de la amplitud del texto, cuelgo estas reflexiones extraídas del canal de Youtube Fortunata y Jacinta. Absténganse trolls e hispanófobos en general.

Buenas tardes a todos:

Como imagino que muchos de vosotros no tenéis Twitter, he pensado que podía ser interesante que os dejara esta información por aquí, por si queréis utilizarla. El caso es que, como respuesta a la intensificación de los ataques perpetrados contra símbolos históricos de tradición hispánica en EEUU y otros lugares del mundo, el pasado sábado 20 de junio publiqué en redes sociales 16 escuetos puntos tratando de explicar por qué España nunca se vio comprometida de modo sistemático ni con la explotación esclava, ni con la exclusión social, ni con la aniquilación deliberada de pueblos enteros por motivos raciales.
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El lujo de la verdad

No sabía cómo titular esta entrada, pero en función de lo que quiero hablar en ella, el que reza es un título bastante acertado, más en estos tiempos que corren. Vaya por delante que la frase completa sería «la verdad es el lujo de unos pocos», lo que significa, correlativamente, que hay un montón de mindundis, como ustedes y yo, que no tenemos derecho a ella. Casi siempre ha sido así, de hecho; pero la novedad de estos días es que ni siquiera se molestan en ocultarlo. Tenemos derecho, eso sí, a dos versiones de la verdad: una positiva y otra negativa, ambas igualmente falsas. Si hay que creer al ex-financiero (y granuja) alemán convertido hoy en fervoroso católico Florian Homm, de ese privilegio/lujo de la verdad no disfrutan más allá de cincuenta personas en todo el mundo. Sigue leyendo

Cerrojo

Acabamos de enterarnos de que la Comisión encargada de redactar una nueva Ley de Enjuiciamiento Criminal se ha reunido por primera vez. Y que se espera que la tengan lista antes de final de año. Ya dijimos en su momento que era necesaria una nueva LECrim, adaptada a los tiempos y a los nuevos medios, poniendo como ejemplo la ZPO alemana de 1987. Pero repetimos aquí que, aun siendo verdaderamente necesaria una ley procesal penal nueva, éste no era el momento. Entonces, si no es el momento (particularmente debido a las turbulencias económicas y sociales creadas a partir de un timo sanitario), cabe preguntarse por qué se ha iniciado el proceso codificador de todos modos. Sigue leyendo

Informe de situación mayo 2020

Encaramos ya la sexta prórroga del mal llamado «estado de alarma, que sólo puede ser denominado tal por la alarma que ya está causando en los sectores productivos de la nación. Ahora, a los que decíamos que el 10-N España había votado un desastre, ya no nos dicen nada. Cada uno está preocupado hoy con el dinero que no llega del ERTE o con las magras posibilidades que hay de que recupere el trabajo que tenía antes. Eso sí, como ha ocurrido otras veces, la versión oficial se ha caído con todo el equipo. Lo de menos es ya la «salud»: las mascarillas y los guantes son un timo y este gobierno empieza ya a recordar al «Réfor» de Se buscan fulmontis («Soy pintor… un pintor que no pinta nada, ja-ja-ja»). También y como siempre, algo que uno ve en una película puede ser gracioso, pero pierde toda su gracia cuando lo ve las noticias de las 9.

Pero hoy, parafraseando a los recordados Tip y Coll, «no hablaremos del gobierno». ¿Para qué vamos a hablar de un tipejo al que no le importa poner a España en almoneda, simplemente para que le sigan llamando «Presidente»? Una pregunta subsiguiente sería «¿por qué tenemos que aguantarlo una legislatura completa?». Que eso, recordemos, se cumpliría en 2022 como pronto, si tenemos en cuenta que le aguantamos desde 2018 tras la infame moción de censura que se dejó plantear Mariano —recordemos eso también cuando le veamos reírse a carcajada limpia de los españolitos mindundis como un servidor y del confina-miento—.

Tampoco importa mucho quién es el que lleva la batuta. Me da igual decir que «Pablemos es un comunista» o que «Pedro Sánchez es un psicópata». No me importa, a estas alturas, quién es más responsable de los dos de la situación que se ha creado en estos momentos y cuyos efectos tienen visos de perdurar bastante tiempo, aunque haya quien no se lo crea. Todo este teatro de las mascarillas y los guantes, a pesar de que el virus ha afectado a personas que no presentaban ninguna patología previa, ha tenido unas intenciones mucho menos evidentes y que, como algunos nos maliciábamos, tenía menos que ver con la «sanidad» que con la política y la economía: provocar una crisis económica de gran calibre que, a su vez, forzara un cambio de sistema político. ¿Cómo, si no, se entiende que en España se hayan matado mosquitos a cañonazos (declarando un estado de alarma con restricciones de derechos constitucionales propias de uno de excepción) cuando en otras partes de Europa (Alemania, por ejemplo) se ha acudido a legislación ordinaria y exclusivamente restringida al ámbito sanitario?

Pero lo que quería comentar hoy son las posibles respuestas a la pregunta: «¿Hay alguien enfrente?». Por de pronto, el «confina-miento» ha impedido la rápida organización de una oposición frontal a este «golpe de estado» jurídico. Tanto es así que los Juzgados no vuelven a ponerse en marcha hasta el próximo jueves. El Gobierno tendría planteados dos frentes:

a) el estrictamente judicial, que iría por dos caminos:

  • el penal: por las flagrantes negligencias (y está por verse si hubo dolo en algunas decisiones que se tomaron) en la gestión de la crisis «sanitaria», tanto antes de su declaración como durante ésta. Con un resultado que según cálculos puede acercarse peligrosamente a los 50.000 fallecidos.
  • El contencioso-administrativo y el social, que se desdoblaría en dos ramas:
    • los perjudicados por los ERTEs, que también son legión y de los cuales muchos de ellos no cobrarán ya la prestación correspondiente. Y algunos sectores, como el turismo, que si Dios no lo remedia ya puede mandar a tomar viento la temporada.
    • la prevención de riesgos laborales: negligencia en la facilitación de la realización de tests fiables (los confiscaron en muchas empresas) y de material sanitario adecuado (o no lo proporcionaron, o era defectuoso).

b) El constitucional: por lo que hemos mencionado antes de los excesos de los estados de alarma, con restricciones propias de un estado de excepción.

A nadie le preocupa ya que algún tonto vaya diciendo por ahí (se lo habrán dicho al oído Pedro Sánchez, Iván Redondo o alguno de sus paniaguados, seguro) que la culpa de la situación es de «los recortes del PP», como si con una consigna se pudiera borrar la responsabilidad de este Gobierno. Otra cosa es que uno se pregunte qué es lo que tenían en la mollera todos los que el 10-N votaron a Pedro Sánchez. Y si yo hiciera ahora como el ínclito Pedro Castro, diría que «no entiendo cómo hay tanto tonto de los cojones que vota a las izquierdas». Pero digamos que el mal ya está hecho y se trata «sólo» de reparar lo mal hecho.

Desastres (V)

¿Y toda la exposición anterior de desastres a dónde lleva? Al final no queda más remedio que plantear las cosas así.

Primero: las cifras de muertos del COVID-19 no las conoceremos hasta que pase el vendaval. El baile de cifras en el que unos mienten y otros se manejan honradamente, pero con datos esencialmente falsos no es más que una distracción. En mi modesta opinión, el COVID-19 es una tapadera que sirve para otras cosas. Para poner un ejemplo: en circunstancias «normales» nadie admitiría ser el «paciente cero» de la «pandemia» (de pandemia nada: «caos controlado y muy bien organizado», más bien). Pero bajo tortura o presión psicológica, a un señor se le puede hacer admitir que es culpable del asesinato de César, del incendio de Roma y de la última erupción del Krakatoa, todo a la vez. Más claro aún:


Esta ilustración, tomada del libro de Pedro Baños «El dominio mundial», que les recomiendo si gracias al confina-miento están hartos de tragar televisión y películas por un tubo, resume mejor que mil páginas lo que está ocurriendo ahora; pues, como dice alguien por ahí, todas estas estrategias están funcionando a pleno rendimiento en la mayoría (si no en todos) los medios de desinformación comunicación social de todo el mundo.

Sabiendo que es una tapadera y que se ha caído con todo el equipo (aunque los muertos sean de verdad y ya nos vamos enterando de que a cierto porcentaje de ellos se les dejó morir simplemente negándoles la asistencia que necesitaban), ¿para qué sirve la «pandemia»?

Para empezar, sirve como experimento. La élite mundial (me da igual qué etiqueta le pongan: sus miembros están en todos los nombres que le quieran poner) se ha vuelto contra el pueblo. Ya han probado provocando crisis económicas más o menos «controladas», algo así como las demoliciones controladas de edificios. El sistema, aun con grandes heridas, resistió. Había que intentar algo más «serio» (como si la crisis de 2008, que se llevó por delante a tantas empresas y personas, no hubiera sido algo «serio»). Es la afirmación de Calígula: «Me gustaría que el pueblo romano tuviera una sola cabeza, para poder cortársela». Y eso es lo que hacen, al actuar de manera unificada en todo el mundo. Todos percibimos que esa élite enloquecida ha puesto la directa.

¿Experimento de qué? En nuestra modesta opinión, de la implantación de la tiranía a nivel mundial. Cuando éramos niños nos reíamos/disfrutábamos de las películas y los tebeos que presentaban a un científico loco que decía: «¡Con esto voy a dominar el mundo!», creando el caos a su paso. Luego llegaba el héroe americano (naturalmente: no iba a ser de Calasparra o de Orihuela del Tremedal) y «salvaba al mundo», con el consiguiente pie de página: «¡Así se libra la Humanidad, bajo la guía de (los Estados Unidos de) América, de las asechanzas del mal!». Ahora ya no hacen tanta gracia… porque los malos son de verdad, no un tebeo. Y no hay nadie, por ahora, que encabece una oposición a dicho proyecto. E incluso podríamos encontrar a alguno de ellos en «(los Estados Unidos de) América».

Dentro del NOM cada país elegirá su forma de tiranía, indiferente de qué se trate: «comunista» (que es a lo que vamos aquí) o «capitalista», pero siempre deudora de esa élite, que ha decidido ya que hemos disfrutado de demasiada libertad y que eso es una amenaza. Amenaza para ellos, claro. Más o menos como esa «iglesia» china, que no responde ante Roma… sino ante Pekín y que acabará diciendo que Mao es la reencarnación de Cristo para no enemistarse con los gerifaltes del Partido.

Y mientras tanto, ¿qué nos queda a los demás? Si es esto… estamos jodidos.

LA SOCIEDAD CAUTIVA

Por su interés, cuelgo este artículo de Consuelo Madrigal, Fiscal de Sala del TS y ex-Fiscal General del Estado con el Gobierno Rajoy. Mira que yo critiqué a esta señora cuando ejercía de «Fiscala General del Gobierno» (al parecer no se espera otra cosa de esa figura que sumisión a los dictados del Ejecutivo). Pero este artículo escrito hoy en El Mundo, de algún modo, me reconcilia con ella. Sólo lamento que ejerza esa finura en las distinciones y en la atribución de responsabilidades en estas circunstancias, en las que ya no es necesario «ser valiente». Igual que esos generales que, cuando se jubilan —y no antes—, escriben un articulillo en ABC en tono crítico por la situación del Ejército y exculpatorio de su propia actuación (o más bien de la falta de ella…). Claro: antes no podían hablar. Para muestra y escarmiento de revoltosos potenciales, el caso de Edmundo Bal.

El control de la acumulación de poder es el gran problema de la política. La democracia, único medio para alcanzar ese control, es la forma de gobierno de las sociedades abiertas que trajo la modernidad, en las que los individuos adoptan decisiones propias y participan en el ejercicio del poder, en contraposición a las sociedades arcaicas, tribales o colectivistas. Karl Popper jugó con la hipótesis inconcebible de una sociedad abstracta en la que los hombres no se encontrasen nunca cara a cara, donde los negocios fuesen concertados telemáticamente por individuos aislados. En esa sociedad despersonalizada, la vida transcurriría en el anonimato, el aislamiento y el infortunio. Esa hipótesis inconcebible se ha hecho realidad: muerte, enfermedad, pérdida de seres queridos, temor al contagio propio y ajeno, inaccesibilidad al diagnóstico y al tratamiento, inexistencia de instrumentos de protección A tanta aflicción se han sumado la impotencia del aislamiento y la amargura de la soledad. La tecnología proporciona recursos comunicativos e incluso impone una hiperconectividad, sustitutoria de la satisfacción emocional. Triste sustituto que ha sido —lo sabemos—, manipulado, monitorizado y pervertido desde el poder. Y aun con el alivio adictivo de la conectividad digital, los usuarios de internet, aislados y asustados, somos incapaces de vivir una vida común no monitorizada, incapaces de articular -más allá de la cacerolada- un sujeto liberador, un nosotros que haga valer su existencia y su libertad.

Por el confinamiento, muchos, demasiados, han perdido, tal vez irremediablemente, trabajo, negocios y oportunidades. Algunos aún deben tributar por actividades no realizadas y ganancias no recibidas. Todos nos hemos empobrecido. Y, como siempre, unos pocos han hecho negocio. Pero el más sucio de los negocios es la apropiación ilícita de poder; la que aprovecha el miedo, el cautiverio y la postración de la sociedad.

En primer lugar, padecemos el tardío abordaje de una crisis sanitaria -que no de orden público- mediante la privación de libertad bajo una coerción policial, innecesaria sobre una ciudadanía mayoritariamente responsable; padecemos la exasperación de esas medidas en contra de la propia ley de estado de alarma que, como regla general, impone la libertad y sólo como excepción temporal, su restricción y cuyo artículo 1.2 somete toda intervención a los principios de proporcionalidad y necesidad, que no han sido aplicados a los ciudadanos sanos. Nos preguntamos por qué se carga el peso de los sacrificios sobre los profesionales y los ciudadanos, sin dotarles de los mecanismos de diagnóstico y protección que hubieran minimizado la carga y aliviado el sacrificio. La pregunta es tan pertinente como el debate sobre las confusas y contradictorias respuestas que hasta ahora se han recibido.

Constituye un ejercicio antidemocrático de poder la imposición encubierta, y sin el control interno y europeo, de un verdadero estado de excepción, en el que se restringen severamente los derechos, bajo cobertura de la prórroga del estado de alarma que garantiza al Gobierno el mando único en la fase aguda de la excepcionalidad y en la vuelta a la ya imposible normalidad. Ante una sociedad cautiva, se han dictado sucesivas órdenes ministeriales de inmenso calado económico y fuerte compromiso de derechos, y un sinfín de decretos leyes restrictivos de derechos fundamentales, frecuentemente oportunistas, sobre materias que poca o ninguna relación guardan con las razones sanitarias y de orden público que formalmente demandaron el estado de alarma.

En su cautiverio, la sociedad ha asistido al cierre del portal de transparencia del Gobierno, la imposición de filtros a las preguntas de la prensa, la financiación pública oportunista de medios de comunicación vasallos, la restricción en la difusión de mensajes y la evaluación de la verdad o falsedad de las noticias y los enunciados. En nuestro mundo relativista, la verdad se ciñe a la identidad entre nuestro pensamiento sobre las cosas y la realidad de las mismas cosas. Algo que guarda relación con la investigación y el juicio y que se concreta en la búsqueda de la verdad. A este uso común se añade un rasgo relacionado con la fe. Decir que una proposición, opinión o noticia es un bulo es invocar una norma que rige la fe y el juicio, para afirmar que esa proposición, opinión o noticia es indigna de asentimiento, no debe ser creída. Pero, ¿quién se erige en autoridad normativa de lo falso para separarlo de lo verdadero que-debe-ser-creído? ¿por qué y para qué lo hace? Las respuestas a estas preguntas se han tornado amenazas para quienes hemos asistido al impúdico reconocimiento oficial de la monitorización de redes sociales y escuchado en palabras de su máximo responsable en esta crisis, que la Guardia Civil destina parte de sus esfuerzos a minimizar la crítica al Gobierno, para comprobar después que los contenidos intervenidos son los que guardan alguna relación, siquiera lejana o indirecta, con el cuestionamiento de la gestión y la versión oficial de la crisis.

Y, todo, al tiempo que los medios de comunicación vasallos nos martillean la representación idealizada del heroísmo de los profesionales (esos que son enviados al trabajo sin condiciones ni protección) y los diversos formatos del mensaje, irisado y pueril, de que “resistiendo”, “todo acabará bien”.

Siempre debe frenarse la ilegítima apropiación de poder por parte de los poderes legítimamente constituidos. Algunos creen que esto sólo es necesario cuando lo hace la derecha. Asumen acríticamente que la salud y la seguridad exigen la restricción de nuestras libertades o minimizan su importancia, sin pensar que las amplias facultades ya otorgadas son peligrosas, pueden ser utilizadas equivocadamente y quizá ya lo están siendo. Los poderes del Estado deben gestionar la crisis y su recuperación, sí; pero han de hacerlo bajo estricto control de las instituciones democráticas, apoyadas por una ciudadanía activa, cuya acción crítica, a riesgo de introducir malestar y tensión, contribuya a la construcción de la ética pública. Si descuidamos la vigilancia y si no fortalecemos las instituciones democráticas de control, dándole más poder a quienes ya lo ejercen, no viviremos ya en una sociedad abierta. Habremos perdido nuestra libertad y no será una pérdida temporal.

Al margen de las cifras manipuladas, la magnitud del desastre se mide ya en términos de derrumbe social, moral y económico. En la falta de credibilidad de un sistema que sí dejó atrás a muchos, a todos los mayores de 80 años a quienes, en residencias y domicilios, se negó la hospitalización, el tratamiento y las pruebas diagnósticas, sin discernir situaciones concretas; que envió y mantiene en primera línea sin protección, a los profesionales de la salud y el orden público, cuyo heroico esfuerzo es en sí mismo el más elocuente reproche; que sigue sin ofrecer tests a los profesionales, a los enfermos y a la población confinada y sin reconocer las espeluznantes cifras de fallecimientos de las que dan cuenta los datos comparados del Registro Civil.

La recuperación es un apremio moral fundado en los apremios del dolor y el sufrimiento. Muchos creemos que la solidaridad guarda relación con la evolución humana y que vale la pena ejercerla a la hora de encarar —en el sentido genuino de visión de la cara de otro— el futuro deliberando juntos, sin exclusión alguna, sobre los hechos y el alcance de los deberes respectivos. Nuestra sociedad, pese a la estupefaciente industria del entretenimiento y la propaganda oficial, es capaz de elevar el punto de mira y repensar los grandes temas de la justicia social, la libertad personal y de empresa, capaz recuperar la actividad económica que pueda acabar con el paro y la pobreza. Los ciudadanos seguimos siendo la gran esperanza de la política; pero ahora, más que nunca, hemos de luchar por el Derecho y por los derechos, amenazados por la enfermedad, la parálisis económica, la revolución tecnológica, la manipulación digital y los abusos del poder. Hemos dado muestras de compromiso y responsabilidad y estamos dispuestos pero los responsables públicos no deben engañarse.

Ningún sacrificio más podrá exigirse, nada será posible, sin un reconocimiento público de la magnitud de la tragedia, sin el duelo, la memoria y la honra de sus víctimas, sin un análisis serio de todas sus causas, de las acciones y omisiones concurrentes en cada caso, sin la investigación y evaluación de la imprevisión y las dejaciones, de las probables imprudencias y los posibles fraudes, sin la exigencia de las responsabilidades que en su caso resulten, sin la pronta rectificación de los errores, la reparación de los daños y la compensación del sufrimiento. Es lo mínimo que debe ofrecerse a ciudadanos libres dispuestos a asumir esfuerzos.