Novell (I)

Estos días, en que la noticia era la celebración de la Diada, ha habido otro asunto que le ha quitado un poco el protagonismo. Bien es verdad que no está nada mal lo de que ahora la Gencat exija al ¿Gobierno? central que le ceda el «control absoluto del Aeroport del Prat»… pagado con nuestro dinero. Vergüenza de los hunos por exigir semejante cosa y en esas condiciones y no menos vergüenza de los hotros por sentarse a discutirlo en plan «Parlem-ne» Sigue leyendo “Novell (I)”

El diablo viste de Prada (I)

—Tengo un amigo en Guantánamo que trabaja en Intendencia. Nos hacemos favores mutuos. Tengo muchos amigos. Claro está que nunca viene mal tener otro.

—¿Para haceros favores mutuos?

(El sargento de hierro, 1986)

 

Aunque los hechos que vamos a tratar aquí daten de hace dos años, ha llegado a nuestro conocimiento ahora y queremos realizar unas cuantas consideraciones sobre ellos.

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El Papa no tiene quien le escriba (y II)

Bueno, pues no uno, sino dos artículos han sido publicados tergiversando las palabras del Santo Padre. Para empezar, debería dar vergüenza a esas personas tan leídas y escribidas hacer tan flaco servicio a la verdad (y de rondón, a la libertad, «digital» o no).

Como ya hay un artículo que habla de ello, les remito a él y me permitiré ser breve y decir sólo unas cosillas.

La primera, que la Iglesia ha sido siempre contraria al capitalismo, en cuanto «explotación del hombre por el hombre» (homo homini lupus). Una de las condenas más importantes proviene del Papa Pablo VI, que en su Octogesima adveniens decía esto:

Tampoco apoya el cristiano la ideología liberal, que cree exaltar la libertad individual sustrayéndola a toda limitación, estimulándola con la búsqueda exclusiva del interés y del poder, y considerando las solidaridades sociales como consecuencias más o menos automáticas de iniciativas individuales y no ya como fin y motivo primario del valor de la organización social.

Más esclarecedor resulta Juan Pablo II, quien simbolizó como pocos la lucha contra el comunismo… lo cual no le hizo en absoluto adepto al capitalismo. De Centessimus Annus extraemos una coletilla que a los «liberales católicos» (sea lo que sea eso) se les olvida mencionar:

Pero si por “capitalismo” se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa».

Y por decir esto a Juan Pablo II nunca le llamaron ni «comunista», ni «montonero», ni ninguna de esas soplapolleces que le llaman al actual Papa quienes van ahítos de odio contra la Iglesia y ayunos de lectura y verdad… o que no soportan en realidad que exista Alguien al que tendrán que rendir cuentas en su último día.

Es decir, el Papa Francisco no ha podido decir nada distinto de lo que dijeron sus predecesores. De ahí, por un lado, los intentos de manipulación de sus palabras y, por otro, la desilusión de los progres: «Es que parece que sí, que va a modernizar la antigualla que es la Iglesia… pero luego, bah, vuelve al discurso tradicional de siempre». Que vale tanto para los LGTB como para esos «católicos libegales desorejaos».

Si me preguntan por qué la Iglesia se sitúa a la misma distancia del capitalismo «liberal» que del comunismo, tengo una respuesta: tanto el capitalismo liberal como el comunismo niegan la trascendencia y arrebatan la esperanza. Todo queda circunscrito a lo que ocurra en este mundo. La diferencia, si es que hay alguna, está en la forma de negarlo: en el comunismo más brutal y en el capitalismo más a lo Huxley (aunque nada impide que se acojan a la fórmula comunista, en caso dado). Ése es un punto que la Iglesia no puede ignorar y tampoco puede dejar de rechazar.

Dejando de lado la disquisición filosófica, lo cierto es que el libegalismo no lo sé, pero el liberalismo sí ha sido condenado por la Iglesia en lo que suponga de explotación del hombre por el hombre. Remarquémoslo: el Papa Francisco no puede, ni en éste ni en otros puntos, decir algo distinto de lo que ya dijeron el Papa León XIII y sus sucesores inmediatos. Y es que, ciertamente, colocar el máximo beneficio (como cualquier otro interés humano) por encima de la ley divina, aparte de «estar mal» (para los católicos auténticos, no para los del «mal menor»), nunca ha traído buenas consecuencias. En esto, la Historia es maestra.

Ideas políticas aparte (el carlismo de D. Javier me pilla lejos), creo que lo que se dice en el artículo que les he recomendado al principio está puesto en razón. Valga decir que esa manipulación, al menos a mí, no me sorprende viniendo de quien viene, que ya no sólo ataca a la «Iglesia española» (que, en verdad, hay ocasiones en que no ha estado a la altura), sino que ya se mete en camisa (teológica) de once varas sin ser católico ni teólogo. Permítanme citarles lo que creo que es el núcleo de su argumentación en un comentario-respuesta a un usuario demasiado «sobrao»:

Por último -y ahí va la denuncia fuerte al sistema de producción capitalista que es lo que en realidad ha despertado las alarmas entre los manipuladores liberales, conservadores y neocon anticomunistas-, dice el Papa que: “la multiplicación de los bienes (no) resuelve los problemas sin una justa distribución”.

El sistema capitalista calcula los datos macroeconómicos, la renta per cápita y hasta el nivel de felicidad de la gente teniendo en cuenta la producción, una fabricación masiva, admirable e ingente de bienes… que suele ser una producción sin sentido, producción de cosas que en gran medida terminan en la basura antes que en manos de una persona que las necesita. ¿Es comunismo denunciar esto? No. Es una denuncia del sistema económico liberal. Es pura y simple Doctrina Social Católica. No es justo interpretar esta denuncia del Papa al modelo hiperproductivo liberal como una bendición del sistema económico socialista, porque el socialismo o comunismo, no lo olvidemos, no rechaza el sistema de producción liberal sino que simplemente lo pone al servicio de un partido.

Así, pues, los libegales ya van servidos. En cuanto a los neocons (y los avisados sabrán a quienes me refiero), alguien tan prominente como el P. Gabriele Amorth, el mejor exorcista del siglo XX, dijo esto: «Juan Pablo II los quería, pero no los entendía; Benedicto XVI los entendía, pero no los quería; y el Papa Francisco, ni los entiende ni los quiere». En lo demás, como se decía en las películas americanas de antaño, «… con la ayuda de Dios».

P.D.- Por cierto, qué genialidad la de llamar «papólatras» a los que simplemente respe-tamos la autoridad del Papa, sea quien sea y estemos de acuerdo con él o no. Y pensar que el antecesor de éste, según parece, mojaba la ropa interior de algunas pollinas. Pero supongo que dirán que eso no es papolatría, qué va… De él nos ocuparemos en una próxima entrada.

El Papa no tiene quien le escriba (I)

Antes de meternos en materia, voy a realizar un ejercicio de imaginación. Voy a imaginarme una conversación telefónica, que podría ir del siguiente tenor. Naturalmente, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia…

(Interior noche. Suena el teléfono).

—¿Diga?
—Hola, Federico. Soy Paco Pepe.
—¡Hombre, Paco Pepe! ¿Cómo te va por esas sacristías de Dios?
—Bueno, lo mismo que a ti por los juzgados del demonio, ya sabes, jeje.
—Bueno, bueno. Me pillas cenando. Se me acaba de ocurrir una cosa. ¿Por qué no te vienes a casa y te hago unas migas a la maña y hablamos? Estoy de Rodríguez y eso es lo único que sé hacer bien.
—Quita, quita, que estoy a régimen y lo único que quiero es que el cilicio que llevo me apriete más.
—Ah, Paco Pepe, tú siempre tan cumplidor con la práctica religiosa…
—Claro que sí. (Sentencioso) Ya lo dice el Señor: «Esforzaos por entrar por la puerta estrecha».
(Federico piensa: «Pues menudo problema vas a tener tú para entrar precisamente por la puerta estrecha», pero se lo calla. Paco Pepe es amigo, no alguna de las indocumentadas que ejercen como menestras del desgobierno socialcomunista).
—Bueno, entonces dime qué querías.
—Verás… Es que alguien me ha dejado caer que hace mucho que no se dice nada del Papacisco —en contra, por supuesto— y que sería bueno decir algo. Que cualquier cosa va bien.
—¿Y por qué no lo haces tú mismo? ¿No tienes un blog donde pegas caña al Papa y a todo su séquito?
—Sí, claro que podría hacerlo. Pero es que… quizá lo que necesito es que el ataque no provenga precisamente de «filas clericales», sino de alguien más… este… imparcial.
—Ajá, ya te entiendo. Como cuando el KGB quiso matar a Juan Pablo II y lo subcontrató a los búlgaros y éstos, a su vez, a un tarado de turco.
—Veo que captas la idea.
—Nada, no te preocupes. Yo me encargo. Ya sabes que el Papacisco me cae como una patada en el vientre.
—Aunque a mí me venga bien, no entiendo que te caiga mal. A mí, que soy católico, me puede caer mal y de hecho es así. Pero tú es que ni siquiera eres católico.
—Bueno… es que yo querría (enfático) ser católico, pero es que este Papa (se sulfura)… este Papa me lo impide. Porque yo creo que se puede ser católico y libegal, ¿sabes? Y este Papa no me deja.
—Claro, claro. Lo dice el Evangelio. «Non potestis Deo servire et mammonae».
—No me seas mamón y deja los latinajos. Tú y yo ya nos conocemos.
—Vale, ¿pero me harás el favor? Tú, como quien no quiere la cosa…
—Sí, tranquilo, sé cómo se hacen estas cosas…
—Bueno, pues quedamos en esto. Me pones a los pies de tu señora.
—Y tú haces lo propio con la tuya.
—Adiós.
—Adiós.

Al día siguiente, Federico llama a uno de sus colaboradores habituales. Ídem de lo anterior.

—¿Diga?
—Hola, Santi. Soy Federico.
—Ah, hola, Federico. ¿Qué quieres? Por cierto, ¿no estabas de vacaciones?
—Sí, bueno… Pero es que me han pedido un favor.
—Claro, hombre, lo que sea.
—Verás. Quiero que me escribas un artículo criticando al Papacisco, pero no desde el punto de vista religioso, que ni tú ni yo llevamos sotana y nos puede caer la del pulpo. Quisiera que lo enfocaras desde un punto de vista… bueno, doctrinal o filosófico o lo que sea… Seguro que tú ya sabes por dónde voy.
—Pero a ver: esto, ¿a cuenta de qué viene?
—Pues que me ha pedido un favor alguien que no quiere que se sepa de dónde ha venido el ataque…
—Claro, creo que ya te capto. Sólo hay un problema…
—¿Cuál?
—Que la firma que irá en el artículo será la mía. ¿Y si los palos me llueven a mí?
—No te preocupes. Escribes para mí, así que los palos me los llevaré yo y lo tuyo no será más que una anécdota. Ya sabes: yo te apoyo porque te dejo escribir en mi digital. Además, el Papacisco ni siquiera se defiende y los obispos de aquí, con alguna excepción, no le tragan y están vendidos al poder. Así que tranquilo. No va a pasar nada.
—Ah, bueno. O sea, que me apoyas en versión «silente», como hiciste con Rosana cuando lo de su «exabrupto antinegacionista», ¿no?
—Sí, eso es.
—Pues ya me quedo más tranquilo, oye.
—¿Estamos, entonces?
—Estamos. El artículo dalo por hecho.
—Estupendo. Ya lo leeré cuando lo publiques.
—Me pongo de inmediato a ello. Hasta luego.
—Hasta luego.

Hay que ver lo poco que cuesta que dos personas se unan para jostidiar a alguien que por sus palabras (o su ejemplo), les molesta.

“Love Actually” (actually)

Como es bien sabido, “la mentira es más asquerosa cuanto más se parece a la verdad”. Aunque ésta sea una entrada más sobre una película archiconocida, siempre es bueno denunciar las estafas cinematográficas. Y hay que reconocer que Love Actually es de las de mejor factura. Uno no se da cuenta de qué manera y cuánto rato juegan con sus sentimientos y le toman el pelo. La prueba es que las legiones de ofendiditos que siempre aparecen según alguna película les pisa el callo por motivos de raza, sexo, nacionalidad, aspecto físico, extracción social u otra razón, no han blandido sus anatemas frente a una película que se burla:

  • de los negros: pobre Juliet y pobre DJ de su boda, tan parecido a Malcolm-Jamal Warner (cuyo “padre en la ficción” está pasando ahora por horas muy bajas, aunque eso no lo supiéramos en 2003).
  • de los escritores: ¿son todos unos cornudos a los que se les va la novia con un hermano traidor pero más dispuesto que ellos a “hacer trucos con su varita mágica”?
  • de las mujeres gordas: las flacas como Juliet se casan (eso sí, con un negro que, además, no se entera de que le están intentando levantar la novia/mujer); las gordas como Natalie, “con muslos como troncos de árbol”, tienen un affaire con un político de alto nivel: ¿les suena? Que además Natalie padezca algo parecido al síndrome de Tourette ayuda a camuflar la burla. O a amplificarla, según se mire: “pobre, gorda y malhablada: ¿qué más se puede pedir?”.
  • de los proletarios, unos salidos todos y con sueños imposibles (“¡Jamás! Soy Colin, dios del sexo. Lo que pasa es que estoy en el continente equivocado”). Incluyamos también en este apartado a Natalie, que vive en “la parte chunga de la calle Wadsworth” y a la que se ha permitido formar parte del personal de Downing Street, 10 (qué sociedad tan tolerante e igualitaria, oyes). Lo único que se puede “alabar” del pobre proletario es su increíble autoestima. Por supuesto, los pobres también tienen derecho a soñar que tendrán suerte, faltaría más.
  • de los americanos: ¿todos los americanos son unos chulos imperialistas que toman por la fuerza lo que no se les da de grado y por su cara bonita y porque ellos (no los demás) creen que se lo merecen?
  • de los portugueses (y por extensión, de los españoles): ¿todos tienen el bigote a lo Sadam Hussein y viven anclados en el siglo XIX? Por cierto, qué generoso Jamie al condescender a aprender portugués para declararse a su enamorada…

De los políticos no digo nada porque ya se da por sentado que la burla “va en el sueldo”. Aunque ya que estamos, Curtis no se ahorró la coz a Tony Blair (ya conocen el credo del progre: bolsillo a la derecha, corazón a la izquierda). Por no hablar de que todo un Primer Ministro se enamore de una secretaria y se pasee bailando por las dependencias de Downing Street, 10 al son de las Pointer Sisters (“Jump”). Claro que eso (lo primero) en España no podría pasar, pero no porque seamos una “nación seria” (que no mucho, atendiendo al ganao político); sino porque debido al síndrome monclovita, el inquilino de dicho espacio acaba tan enamorado de sí mismo que no hay sitio para nadie más. Y el actual no es precisamente una excepción.

Que Richard Curtis confesara, además, sus propios deslices (retratados en el personaje de Alan Rickman) en la película tiene su aquél, siendo su pareja la bisnieta de Sigmund Freud. Y bueno, ya sería la remilk que esa película hubiera sido la guinda que le consiguió el CBE.

Conclusión: “El amor, en realidad” no es eso. Y lamento profundamente haberme dejado embaucar por esa película. Durante mucho tiempo yo también defendí que era “una buena película”; pero después de leer por aquí y por allá y de hablar con Adela, mi pareja, que siempre defendió que era una eme pinchá en un palo, finalmente me he caído del guindo (o del abeto y todos los adornos detrás de él, si ustedes quieren). La cuestión es saber qué teclas toca esta película en nuestro interior para que, siendo tan mala “en realidad”, haya pasado por ser una “comedia romántica” durante tanto tiempo.

Y éste es el réquiem por una película que pudo haber sido otra cosa… pero que ya ha quedado bien claro lo que es.

P.D.- Por cierto. Buen montaje. En todas las veces que he ido a Barajas (y ya son unas cuantas), nunca he visto algo tan multitudinario ni parecido. De la escena final cabe decir lo mismo.

P.D. 2a. Es un ejercicio de honradez intelectual reconocer que esta entrada me la ha inspirado este artículo de Jot Down, donde he dejado una versión más reducida de esta entrada en comentarios.

Víctima de la coronafarsa

Son malos tiempos para el católico, lo mismo que para la lírica. En diversas entradas de este y otros blogs, me he manifestado en este sentido. Sin embargo, hoy cabe ya decir que entre las muchas víctimas del coronavirus está la religión católica. No sé si el plan lleva cociéndose hace mucho o es una novedad; pero a estas alturas de la película, a un servidor no le queda ninguna duda de esta afirmación.

Los ataques que ha sufrido la religión católica van más allá de lo anecdótico (y que me perdonen las víctimas de los abusos sexuales perpetrados por sacerdotes y otro personal «religioso» por usar un adjetivo que podría resultar ofensivo sacado de contexto) y son totalmente de conceto, que diría el gran Pazos. Han sido todos ataques globales. Pero vamos por partes, que diría Jack el Destripador.

Lo primero de todo, se ha machacado la dimensión comunitaria de nuestra religión. Es decir, en todo este tiempo no se ha podido ir a misa, o si se ha podido, ha sido soportando un cúmulo de restricciones importantes. Todo empezó con el secuestro de la Pascua en Granada: las fuerzas del desorden, enviadas por alguien (quien fuera, sin duda, no era católico) y disolvió la celebración como si se tratara de una manifa de antifas y eso. Que nos conste, nadie ha pedido perdón. Pero de la «reacción» de la Iglesia hablaremos más adelante. Se llegó al punto de cerrar las iglesias durante el confinamiento. Querían convertir la religión católica en religión catódica: la misa, sólo por la tele y con amenazas, pues Pablemos ya se la quería cargar antes de esto.

Aunque puede parecer un tema menor y exclusivamente español, la exhumación del cadáver de Franco del Valle de los Caídos fue también un ataque a los católicos, tanto por el hecho en sí (aunque se pueda argumentar que el propio Franco no quería ser enterrado allí) como por la forma en que se desarrolló, mereciendo hasta una sentencia de la Sala de lo Tendencioso-Administrativo del Tribunal Supremo, facultando al Gobierno a cometer la fechoría. Como en su momento dijimos, el objetivo a medio plazo del Gobierno es acabar con el mausoleo del Valle. Quitar primero a los frailes, quitar luego a los muertos para evitar las peregrinaciones y, con el tiempo, dejar que aquello se pudra. Y, sobre todo, que pase el tiempo suficiente como para que a la gente no le importe dinamitar esa cruz de 120 metros, que para la gentuza que nos desgobierna es una ofensa (lógico: cuando te has echado en brazos del demonio, todo lo que es de Dios te ha de sentar como una patada en el bajo vientre).

Aceptado todo esto, aceptada la irrelevancia de una Iglesia que, por miedo, ya se ha decidido a entregar al César lo incluso lo que es de Dios, todo lo demás viene rodado. También forma parte de una estrategia que los enemigos tanto de España como de la religión católica llevan desarrollando desde hace décadas. Y ha acabado en lo de los tiempos actuales: la gente estúpida consigue que uno se pelee con ella por los milímetros a los que debe llevar colocada la mascarilla dentro de una iglesia.

Nunca como ahora se ha visto tan clara la traición. Traición de los intelectuales (incluyo en esta categoría a pensadores y periodistas), que nos debían explicar las cosas para saber cómo enfrentarnos a ellas; traición de nuestros políticos, que debían protegernos como colectivo. Los primeros se han transformado en cotorras orgánicas (como el cuervo en el cuento de Orwell) que trabajan en justificar las atrocidades de sus amos. Los segundos no son más que monigotes de cartón-piedra en manos del «club de los 10.000 millones». Así que hemos quedado de esta manera: desamparados, librándonos de la «funesta manía de pensar» y gritando (más bien berreando, porque el nivel educativo general ha descendido de manera increíble) «vivan las caenas».

Y para esto teníamos que «integrarnos en Europa», en los tiempos en que para nosotros era una aspiración y las presuntas democracias occidentales nos miraban por encima del hombro porque, claro, «éramos una dictadura». Pasamos a ser una «democracia» (vendida al NOM, eso sí: al parecer, Juan Carlos no podía ser Rey sin el visto bueno de Kissinger). Y ahora, inmersos como estamos en una estrategia mundial de reducción de población (que, por cierto y si no lo saben, también lleva décadas desarrollándose silenciosamente), ahora sí que no pintamos nada, que decía la vieja canción de Mecano…

Tragacionistas

Original aquí.

Hace apenas unas semanas, unas declaraciones de la actriz Victoria Abril sobre la plaga coronavírica y los remedios que se han arbitrado para contenerla provocaban gran escándalo entre los bienpensantes que babean de fascinación idolátrica cuando cualquier actor famoso pontifica sobre el cambio climático, o sobre el fascismo, o sobre cualquier otro asunto del que no tiene ni puñetera idea, ensartando topicazos sistémicos. Que es, por cierto, lo que hacen casi siempre los actores famosos: vomitar como loritos las paparruchas y lugares comunes que interesan a los que mandan, para obtener a cambio mejores contratos y el aplauso gregario de las masas cretinizadas.

Habría que empezar diciendo que la opinión de la actriz Victoria Abril sobre la plaga coronavírica tiene el mismo valor que –pongamos por caso– la opinión del actor Javier Bardem sobre el cambio climático. Sin embargo, las paridas y lugares comunes sobre el cambio climático que el actor Javier Bardem repite como un lorito desde las tribunas más encumbradas son consideradas dogma de fe por los bienpensantes. Puede que la actriz Victoria Abril soltase también algunas paridas sobre la plaga coronavírica; pero, al menos, no prodigó los lugares comunes pestíferos que suelen soltar sus compañeros de profesión (más pestíferos cuanto más famosos son). Y, junto con algunas paridas y observaciones dudosas, Victoria Abril soltó también algunas verdades como templos que merecen nuestra consideración; y, en algunos casos, nuestro aplauso ante su valentía, pues por atreverse a pronunciarlas firmará en los próximos años menos contratos (que se repartirán las actrices que ensarten con mayor entusiasmo las paparruchas sistémicas que interesan a los que mandan). Por lo demás, las paridas y observaciones dudosas que Victoria Abril deslizó en sus declaraciones se pueden refutar tranquilamente, sin necesidad de desprestigiarla, como hacen los jenízaros del discurso oficial que pretenden convertirnos en ‘tragacionistas’; o sea, en botarates que se tragan las versiones oficiales y las repiten como loritos o actores comprometidos (con su bolsillo y con la bazofia sistémica circulante).

  • Sólo los tragacionistas se niegan a aceptar, por ejemplo, que China ha ocultado deliberadamente (con la ayuda impagable de los mamporreros de la OMS) los orígenes del virus.
  • Sólo los tragacionistas se niegan a reconocer que la plaga coronavírica ha propiciado los más variopintos experimentos de biopolítica e introducido prácticas de disciplina social completamente arbitrarias e irracionales (empezando, por cierto, por el uso de mascarillas en espacios abiertos) que se ciscan en los tan cacareados ‘derechos’ y ‘libertades’ de las antaño opíparas y hogaño escuálidas democracias.
  • Sólo los tragacionistas se niegan a asumir que la plaga ha sido utilizada como excusa por gobernantes psicopáticos para devastar las economías locales, provocando la ruina de infinidad de pequeños negocios, condenando al paro a millones de personas y favoreciendo la hegemonía de las grandes corporaciones transnacionales.
  • Sólo los tragacionistas se niegan a discernir las burdas manipulaciones, medias verdades y orgullosas mentiras que han propagado nuestros gobernantes y sus voceros mediáticos durante el último año.
  • Sólo los tragacionistas se niegan a discutir la eficacia de medidas restrictivas caprichosas y confinamientos desproporcionados que, además, han tenido altísimos costes sociales y económicos.
  • Sólo los tragacionistas se niegan a admitir que las vacunas son una terapia experimental que se está administrando sin cumplir los plazos y los protocolos de seguridad establecidos y cuyos efectos secundarios no se han explorado suficientemente (aunque, desde luego, sus efectos bursátiles sean de sobra conocidos).
  • Sólo los tragacionistas, en fin, se niegan a examinar todas estas evidencias. Tal vez porque si lo hicieran tendrían que confrontarse con su estupidez gregaria y su sometimiento lacayuno a las consignas sistémicas.

Son estos tragacionistas, pues, los auténticos negacionistas, que con tal de sentirse abrigaditos en el rebaño renuncian a la ‘funesta manía de pensar’. Pues el ‘negacionismo’, aparte de un empeño desquiciado en prescindir de la realidad, es también un anhelo gregario, una penosa necesidad de buscar protección y falsa seguridad en conductas tribales. Y no hay conducta más tribal que tragarse las versiones oficiales sin someterlas a juicio crítico, señalando además como réprobos a quienes osan ponerlas en entredicho. Tal vez esos réprobos suelten de vez en cuando alguna parida; pero al menos no regurgitan el pienso que se reparte a los borregos.

Comentario nuestro. Alguna vez hemos criticado al señor De Prada por alguna opinión que ha manifestado. Pero esta vez no podemos estar más de acuerdo con su opinión, toda vez que el korona se ha convertido en el traje nuevo del emperador y no hay muchos (en proporción inversa cuanto más subimos de nivel) que se hayan atrevido a decir, como el niño del cuento, que «el rey va en pelota picada». Bien está que entre la famosa intelligentsia, formada a partes iguales por pagados y acollonados, haya alguien que de vez en cuando se salga de la fila de la obediencia ovina.

Recomendamos encarecidamente la lectura de la página a alguno que no ha mucho no se le caía de la boca la palabra «insensaaaaaatos», que ponía a Alemania como «ejemplo de gestión» a partir de informaciones recibidas de… Leipzig. Como si lo de Sachsen se pudiera extrapolar a toda Alemania e ignorando que en Berlín la «gestión» ha sido distinta (pero de efectos igualmente nocivos). Y que, cuando ya a muchos se les ha caído la venda de los ojos (un servidor nunca se la puso) y tras los escándalos primero de las mascarillas y luego de las vacunas (en Alemania, por cierto), sigue dando cifras de «contaaaaagios» las mañanas de fin de semana como si fueran la exclusiva del mes…