Desastres (V)

¿Y toda la exposición anterior de desastres a dónde lleva? Al final no queda más remedio que plantear las cosas así.

Primero: las cifras de muertos del COVID-19 no las conoceremos hasta que pase el vendaval. El baile de cifras en el que unos mienten y otros se manejan honradamente, pero con datos esencialmente falsos no es más que una distracción. En mi modesta opinión, el COVID-19 es una tapadera que sirve para otras cosas. Para poner un ejemplo: en circunstancias «normales» nadie admitiría ser el «paciente cero» de la «pandemia» (de pandemia nada: «caos controlado y muy bien organizado», más bien). Pero bajo tortura o presión psicológica, a un señor se le puede hacer admitir que es culpable del asesinato de César, del incendio de Roma y de la última erupción del Krakatoa, todo a la vez. Más claro aún:


Esta ilustración, tomada del libro de Pedro Baños «El dominio mundial», que les recomiendo si gracias al confina-miento están hartos de tragar televisión y películas por un tubo, resume mejor que mil páginas lo que está ocurriendo ahora; pues, como dice alguien por ahí, todas estas estrategias están funcionando a pleno rendimiento en la mayoría (si no en todos) los medios de desinformación comunicación social de todo el mundo.

Sabiendo que es una tapadera y que se ha caído con todo el equipo (aunque los muertos sean de verdad y ya nos vamos enterando de que a cierto porcentaje de ellos se les dejó morir simplemente negándoles la asistencia que necesitaban), ¿para qué sirve la «pandemia»?

Para empezar, sirve como experimento. La élite mundial (me da igual qué etiqueta le pongan: sus miembros están en todos los nombres que le quieran poner) se ha vuelto contra el pueblo. Ya han probado provocando crisis económicas más o menos «controladas», algo así como las demoliciones controladas de edificios. El sistema, aun con grandes heridas, resistió. Había que intentar algo más «serio» (como si la crisis de 2008, que se llevó por delante a tantas empresas y personas, no hubiera sido algo «serio»). Es la afirmación de Calígula: «Me gustaría que el pueblo romano tuviera una sola cabeza, para poder cortársela». Y eso es lo que hacen, al actuar de manera unificada en todo el mundo. Todos percibimos que esa élite enloquecida ha puesto la directa.

¿Experimento de qué? En nuestra modesta opinión, de la implantación de la tiranía a nivel mundial. Cuando éramos niños nos reíamos/disfrutábamos de las películas y los tebeos que presentaban a un científico loco que decía: «¡Con esto voy a dominar el mundo!», creando el caos a su paso. Luego llegaba el héroe americano (naturalmente: no iba a ser de Calasparra o de Orihuela del Tremedal) y «salvaba al mundo», con el consiguiente pie de página: «¡Así se libra la Humanidad, bajo la guía de (los Estados Unidos de) América, de las asechanzas del mal!». Ahora ya no hacen tanta gracia… porque los malos son de verdad, no un tebeo. Y no hay nadie, por ahora, que encabece una oposición a dicho proyecto. E incluso podríamos encontrar a alguno de ellos en «(los Estados Unidos de) América».

Dentro del NOM cada país elegirá su forma de tiranía, indiferente de qué se trate: «comunista» (que es a lo que vamos aquí) o «capitalista», pero siempre deudora de esa élite, que ha decidido ya que hemos disfrutado de demasiada libertad y que eso es una amenaza. Amenaza para ellos, claro. Más o menos como esa «iglesia» china, que no responde ante Roma… sino ante Pekín y que acabará diciendo que Mao es la reencarnación de Cristo para no enemistarse con los gerifaltes del Partido.

Y mientras tanto, ¿qué nos queda a los demás? Si es esto… estamos jodidos.

LA SOCIEDAD CAUTIVA

Por su interés, cuelgo este artículo de Consuelo Madrigal, Fiscal de Sala del TS y ex-Fiscal General del Estado con el Gobierno Rajoy. Mira que yo critiqué a esta señora cuando ejercía de «Fiscala General del Gobierno» (al parecer no se espera otra cosa de esa figura que sumisión a los dictados del Ejecutivo). Pero este artículo escrito hoy en El Mundo, de algún modo, me reconcilia con ella. Sólo lamento que ejerza esa finura en las distinciones y en la atribución de responsabilidades en estas circunstancias, en las que ya no es necesario «ser valiente». Igual que esos generales que, cuando se jubilan —y no antes—, escriben un articulillo en ABC en tono crítico por la situación del Ejército y exculpatorio de su propia actuación (o más bien de la falta de ella…). Claro: antes no podían hablar. Para muestra y escarmiento de revoltosos potenciales, el caso de Edmundo Bal.

El control de la acumulación de poder es el gran problema de la política. La democracia, único medio para alcanzar ese control, es la forma de gobierno de las sociedades abiertas que trajo la modernidad, en las que los individuos adoptan decisiones propias y participan en el ejercicio del poder, en contraposición a las sociedades arcaicas, tribales o colectivistas. Karl Popper jugó con la hipótesis inconcebible de una sociedad abstracta en la que los hombres no se encontrasen nunca cara a cara, donde los negocios fuesen concertados telemáticamente por individuos aislados. En esa sociedad despersonalizada, la vida transcurriría en el anonimato, el aislamiento y el infortunio. Esa hipótesis inconcebible se ha hecho realidad: muerte, enfermedad, pérdida de seres queridos, temor al contagio propio y ajeno, inaccesibilidad al diagnóstico y al tratamiento, inexistencia de instrumentos de protección A tanta aflicción se han sumado la impotencia del aislamiento y la amargura de la soledad. La tecnología proporciona recursos comunicativos e incluso impone una hiperconectividad, sustitutoria de la satisfacción emocional. Triste sustituto que ha sido —lo sabemos—, manipulado, monitorizado y pervertido desde el poder. Y aun con el alivio adictivo de la conectividad digital, los usuarios de internet, aislados y asustados, somos incapaces de vivir una vida común no monitorizada, incapaces de articular -más allá de la cacerolada- un sujeto liberador, un nosotros que haga valer su existencia y su libertad.

Por el confinamiento, muchos, demasiados, han perdido, tal vez irremediablemente, trabajo, negocios y oportunidades. Algunos aún deben tributar por actividades no realizadas y ganancias no recibidas. Todos nos hemos empobrecido. Y, como siempre, unos pocos han hecho negocio. Pero el más sucio de los negocios es la apropiación ilícita de poder; la que aprovecha el miedo, el cautiverio y la postración de la sociedad.

En primer lugar, padecemos el tardío abordaje de una crisis sanitaria -que no de orden público- mediante la privación de libertad bajo una coerción policial, innecesaria sobre una ciudadanía mayoritariamente responsable; padecemos la exasperación de esas medidas en contra de la propia ley de estado de alarma que, como regla general, impone la libertad y sólo como excepción temporal, su restricción y cuyo artículo 1.2 somete toda intervención a los principios de proporcionalidad y necesidad, que no han sido aplicados a los ciudadanos sanos. Nos preguntamos por qué se carga el peso de los sacrificios sobre los profesionales y los ciudadanos, sin dotarles de los mecanismos de diagnóstico y protección que hubieran minimizado la carga y aliviado el sacrificio. La pregunta es tan pertinente como el debate sobre las confusas y contradictorias respuestas que hasta ahora se han recibido.

Constituye un ejercicio antidemocrático de poder la imposición encubierta, y sin el control interno y europeo, de un verdadero estado de excepción, en el que se restringen severamente los derechos, bajo cobertura de la prórroga del estado de alarma que garantiza al Gobierno el mando único en la fase aguda de la excepcionalidad y en la vuelta a la ya imposible normalidad. Ante una sociedad cautiva, se han dictado sucesivas órdenes ministeriales de inmenso calado económico y fuerte compromiso de derechos, y un sinfín de decretos leyes restrictivos de derechos fundamentales, frecuentemente oportunistas, sobre materias que poca o ninguna relación guardan con las razones sanitarias y de orden público que formalmente demandaron el estado de alarma.

En su cautiverio, la sociedad ha asistido al cierre del portal de transparencia del Gobierno, la imposición de filtros a las preguntas de la prensa, la financiación pública oportunista de medios de comunicación vasallos, la restricción en la difusión de mensajes y la evaluación de la verdad o falsedad de las noticias y los enunciados. En nuestro mundo relativista, la verdad se ciñe a la identidad entre nuestro pensamiento sobre las cosas y la realidad de las mismas cosas. Algo que guarda relación con la investigación y el juicio y que se concreta en la búsqueda de la verdad. A este uso común se añade un rasgo relacionado con la fe. Decir que una proposición, opinión o noticia es un bulo es invocar una norma que rige la fe y el juicio, para afirmar que esa proposición, opinión o noticia es indigna de asentimiento, no debe ser creída. Pero, ¿quién se erige en autoridad normativa de lo falso para separarlo de lo verdadero que-debe-ser-creído? ¿por qué y para qué lo hace? Las respuestas a estas preguntas se han tornado amenazas para quienes hemos asistido al impúdico reconocimiento oficial de la monitorización de redes sociales y escuchado en palabras de su máximo responsable en esta crisis, que la Guardia Civil destina parte de sus esfuerzos a minimizar la crítica al Gobierno, para comprobar después que los contenidos intervenidos son los que guardan alguna relación, siquiera lejana o indirecta, con el cuestionamiento de la gestión y la versión oficial de la crisis.

Y, todo, al tiempo que los medios de comunicación vasallos nos martillean la representación idealizada del heroísmo de los profesionales (esos que son enviados al trabajo sin condiciones ni protección) y los diversos formatos del mensaje, irisado y pueril, de que “resistiendo”, “todo acabará bien”.

Siempre debe frenarse la ilegítima apropiación de poder por parte de los poderes legítimamente constituidos. Algunos creen que esto sólo es necesario cuando lo hace la derecha. Asumen acríticamente que la salud y la seguridad exigen la restricción de nuestras libertades o minimizan su importancia, sin pensar que las amplias facultades ya otorgadas son peligrosas, pueden ser utilizadas equivocadamente y quizá ya lo están siendo. Los poderes del Estado deben gestionar la crisis y su recuperación, sí; pero han de hacerlo bajo estricto control de las instituciones democráticas, apoyadas por una ciudadanía activa, cuya acción crítica, a riesgo de introducir malestar y tensión, contribuya a la construcción de la ética pública. Si descuidamos la vigilancia y si no fortalecemos las instituciones democráticas de control, dándole más poder a quienes ya lo ejercen, no viviremos ya en una sociedad abierta. Habremos perdido nuestra libertad y no será una pérdida temporal.

Al margen de las cifras manipuladas, la magnitud del desastre se mide ya en términos de derrumbe social, moral y económico. En la falta de credibilidad de un sistema que sí dejó atrás a muchos, a todos los mayores de 80 años a quienes, en residencias y domicilios, se negó la hospitalización, el tratamiento y las pruebas diagnósticas, sin discernir situaciones concretas; que envió y mantiene en primera línea sin protección, a los profesionales de la salud y el orden público, cuyo heroico esfuerzo es en sí mismo el más elocuente reproche; que sigue sin ofrecer tests a los profesionales, a los enfermos y a la población confinada y sin reconocer las espeluznantes cifras de fallecimientos de las que dan cuenta los datos comparados del Registro Civil.

La recuperación es un apremio moral fundado en los apremios del dolor y el sufrimiento. Muchos creemos que la solidaridad guarda relación con la evolución humana y que vale la pena ejercerla a la hora de encarar —en el sentido genuino de visión de la cara de otro— el futuro deliberando juntos, sin exclusión alguna, sobre los hechos y el alcance de los deberes respectivos. Nuestra sociedad, pese a la estupefaciente industria del entretenimiento y la propaganda oficial, es capaz de elevar el punto de mira y repensar los grandes temas de la justicia social, la libertad personal y de empresa, capaz recuperar la actividad económica que pueda acabar con el paro y la pobreza. Los ciudadanos seguimos siendo la gran esperanza de la política; pero ahora, más que nunca, hemos de luchar por el Derecho y por los derechos, amenazados por la enfermedad, la parálisis económica, la revolución tecnológica, la manipulación digital y los abusos del poder. Hemos dado muestras de compromiso y responsabilidad y estamos dispuestos pero los responsables públicos no deben engañarse.

Ningún sacrificio más podrá exigirse, nada será posible, sin un reconocimiento público de la magnitud de la tragedia, sin el duelo, la memoria y la honra de sus víctimas, sin un análisis serio de todas sus causas, de las acciones y omisiones concurrentes en cada caso, sin la investigación y evaluación de la imprevisión y las dejaciones, de las probables imprudencias y los posibles fraudes, sin la exigencia de las responsabilidades que en su caso resulten, sin la pronta rectificación de los errores, la reparación de los daños y la compensación del sufrimiento. Es lo mínimo que debe ofrecerse a ciudadanos libres dispuestos a asumir esfuerzos.

Desastres IV/3

El problema ahora ya no es el frente sanitario: el Gobierno ha renunciado de facto a controlar nada. Hoy ya nos queda claro que las CC.AA., que en su mayor parte tienen la Sanidad transferida desde 1986 (gràcies, ministre Lluch), cuando han tomado medidas, lo han hecho contra el parecer del Gobierno… que, por no parecer, no parece ni Gobierno al no tener ningún parecer, salvo el de «jostidiar a las comunidades del PP» (particularmente Madrid, que es la que les cae más cerca). Ciñéndonos a los hechos, recojo aquí una serie de cuestiones gracias a este blog:

  • El Portal de Transparencia suspende sus actividades durante el estado de alarma. En este blog le dedicamos mucho tiempo a la Ley de Transparencia y Buen Gobierno en su día, aprobada con retraso y muchas limitaciones durante el mandato de Rajoy; pero el tiempo ha demostrado que no se buscaba ni transparencia ni buen gobierno. La suspensión implica, por ejemplo, que no se pueda saber qué empresas han intervenido en las gestiones de muchas de las compras fallidas de las últimas semanas.

Comentario: Aunque es verdad que la «transparencia» y el buen gobierno» brillan por su ausencia en el gobierno Sánchezstein, tampoco nos queda claro si dicho portal funcionó de verdad en la etapa de los antecesores que lo crearon. Nos inclinamos a pensar que tampoco, a pesar del bombo y platillo que se le dio. Es un organismo orwelliano (o bradbruyano, si ustedes quieren), creado para una función totalmente contraria a la presunta.

  • El 15 de abril se presenta el anteproyecto para reformar la Ley de Enjuiciamiento Criminal. El nuevo sistema “liberará a los jueces y magistrados de la investigación de los delitos para que puedan centrarse en el ejercicio de su jurisdicción”. Pregunto con mi desconocimiento de la materia: ¿esto significa que la instrucción quedará en manos de la Fiscalía, dependiente de Dolores Delgado? Anterior Ministra de Justicia con el PSOE y actual Fiscal General del Estado. ¿Y por tanto supone la supresión de la figura de los Jueces Instructores Independientes? ¿Este es el momento?

Respuesta: Sí a la primera, no a la segunda. Corre por el Ministerio un Anteproyecto de LECrim que ya apuntaba en este sentido, el de quitar la instrucción de las causas penales a los Jueces y Magistrados para entregársela sin más a los Fiscales. Se podría argumentar que el Ministerio Fiscal, salvo en los procesos de la Ley del Menor, no tiene una incidencia intensa en el proceso penal: de acuerdo con la LECrim actual sus competencias apenas son de informe, de recepción de denuncias y realización de actividad instructora (siempre subordinada a la que lleve el Juez o Magistrado competente) y de formulación de escritos de acusación, con lo que puede tomar postura por la apertura de juicio oral o sobreseimiento en su caso.

Pero lo cierto es que, como bien se dice en la pregunta, al ser el Ministerio Fiscal que obedece a los principios de unidad de actuación y dependencia jerárquica (art. 2 EOMF), se deja en manos del Ministerio Fiscal toda posibilidad de incoar un proceso penal. Si añadimos que la actual titular de la Fiscalía General del Estado es, de hecho, persona totalmente inidónea para ocupar ese cargo por su demostrado sectarismo y su sumisión perruna (que no “dependencia”) a los dictados políticos, el cuadro que se presenta no es muy halagador.

En cuanto a la segunda de las cuestiones, es verdad que en nuestro blog hemos criticado la pervivencia de una ley cuyo armazón básico data nada menos que de 1882 y que, al decir de Cervantes describiendo el rocín de don Quijote, tiene «más cuartos que un real y más tachas que el caballo de Gonela». Pero sin duda este momento, en que vivimos una situación totalmente extraordinaria y de dudosa constitucionalidad en ciertos extremos, no es el momento de iniciar los trabajos de redacción de una Ley que incide tan directamente en los derechos de las personas cual es la Ley por la cual se decide su responsabilidad ante la producción de hechos de relevancia penal.

Comentario: Esto no tiene nada de particular, en realidad. Echado el año a perder por el confinavirus, tal vez hubiera habido que arbitrar otra solución para salvar la calidad de la enseñanza recibida en el presente curso escolar. Pero este Gobierno, empeñado en que el respetable no perciba su ineptitud, se quita problemas de encima diciendo «Hala, todos aprobados». Ni qué decir tiene que el mismo propósito luce en la mayoría de Comunidades Autónomas, con las competencias transferidas y habiendo renunciado totalmente el Estado a la «alta inspección» que debería desde luego ejercer. Sobre todo, en aquellas en que ya está en marcha una dinámica separatista. De cualquier manera, el sistema escolar actual es un fracaso, con las debidas excepciones; cabe esperar que los niños salgan de él «igual de burrros» (o sea, con el detector de fascistas incorporado) que siempre, cosa probable si se siguen las directrices de la titular, que nunca vio una «ezkuela puvlica de kalida» ni por el forro. Ni ella, ni los anteriores (no nos olvidemos del funesto Méndez de Humo).

Comentario: Espero que esto no se apruebe. Significa condenar a la miseria a buena parte de la población y, en especial, aquella que ha tenido que irse a su casa como consecuencia de un ERTE (figura a la que, tras el confinavirus, se le podría caer la T en muchos casos). Es, además, otro ladrillo en la frente de la antigua clase media, hoy ya no «en peligro», sino en proceso de extinción.

Sobre esta cuestión, de constitucionalidad discutida, hablaremos en una próxima entrada.

Para finalizar, sólo me queda decir una cosa a aquellos que el 10 de noviembre pasado votaron izquierda sin saber demasiado bien qué votaban o simplemente «por no votar a la derecha» (o si son militantes o palmeros pro bono de esos partidos) y no les gusta el actual estado de las cosas: disfruten de lo que han votado.

Desastres (IV/2)

Dónde estamos

A estas alturas ya es palmaria la absoluta inepcia de este ¿Gobierno? Ni pueden, ni saben (y a lo mejor tampoco quieren) gestionar la crisis. Esto nos devuelve a la distinción que mencionamos en este blog con alguna regularidad: la distinción entre “mandar” y “gobernar”. En estos últimos meses, particularmente desde el 12-13 de enero, hemos sido testigos de una esplendorosa demostración de lo primero. A este ¿Gobierno? lo único que le ha importado es aparecer en el BOE: me refiero a que aparezca el nombre del ministro que se trate en el real decreto que se firme. Del resto que implica esa aparición, no saben o no quieren saber nada.

Sabemos de dónde venimos. Recordemos que es gracias a Mariano, que hoy no es más que un señorito de provincias, de los de purito y partida en el Casino, el mismo que se echó unas risas con Felipe tras salir de Moncloa, el que nos encaró a la situación en la que estamos: un presidente que sólo quiere figurar y al que no le importa echarse en brazos de los enemigos de España (básicamente los mismos que en 1936: separatistas y comunistas) para poder seguir haciéndolo. Y todavía le da más igual si debido a ello la casta política está podomizando al país. Si Mariano hubiera dimitido los españoles hubiéramos ido a elecciones y hubiéramos podido decidir que no queríamos a Sánchezstein. Pero sin duda, a alguien no le convenía que los españoles pudiésemos decidir. Por eso se montó el artilugio de la «moción de censura»; y la casta política, a la que un servidor cada vez más considera HMV,

cambió un presidente plasmático por otro sencillamente plasta y malvado. Tampoco cabe olvidar la responsabilidad (irresponsabilidad, cabría decir) de la vicetodo, ese arácnido completamente desarrollado, la que llamaba a los programas para poner y quitar tertulianos. Fueron sus actos los que permitieron el control total por parte de la izquierda del espacio mediático, cuando menos el televisivo. La cosa tiene su gravedad si consideramos que Soraya acabó convirtiéndose en la chica de los recados del Bilderberg. Pero de ello ya hemos hablado, así que lo dejaremos aquí.

Desastres (IV/1)

De dónde venimos

Llevamos oficialmente con la crisis «del coronavirus» casi un mes, que parece mentira. Entre los que no se acuerdan y los que no se quieren acordar, poca gente recordará esta fecha si no la mira por ahí: 14 de marzo de 2020. Pero ésa, a estas alturas, no es más que una fecha más, aunque los que tenemos un poco más de memoria recordamos todavía que ese mismo día, hace 16 años, hubo unas elecciones tras un atentado, el más luctuoso de nuestra historia reciente, que cambió el sentido de la marcha. Y desde entonces España funciona, por así decir, con un grupo electrógeno, no con la corriente continua o alterna normal. Lo que a su vez nos hace recordar las ominosas palabras de Heinrich Kissinger: «España, cuando es importante, es peligrosa».

Retrocedamos un poco en el tiempo, no obstante. Conviene hacerlo porque ello pone mucho más en perspectiva la incompetencia e incapacidad de este desgobierno. Para mí son particularmente interesantes los días 12-13 de enero: rebuscando un poco, resulta que fue en esos días en que se «constituyó», por decirlo de alguna manera, la banda de ignorantes y sectarios que hoy nos desgobierna. Y digo bien: ignorantes, porque desconocen la realidad que han de administrar; y sectarios, porque no van a dejar que esa realidad desconocida, por sí misma o a través de los «fachas del PP o de VOX», les estropee sus planes. Aunque a estas alturas yo me pregunto de quién son esos planes, porque sé seguro que de ellos no son. Que sea «casualidad» o no, dependerá de lo que opine cada cual. En lo que a mí se refiere, no lo creo en absoluto una «casualidad».

El hecho es que ya por entonces la OMS empezaba a lanzar sus advertencias sobre el coronavirus (el nombrecito se las trae, desde luego). La «gripilla», no obstante, ya había estado dando coletazos antes, en las vacaciones de Navidad. Familias hubo que lo pasaron sin enterarse —a Dios gracias—: en aquel momento nadie decía nada y todo quedó en un «catarro un poco fuerte», con vómitos, fiebre y poco más. Nada digno de reseñar. Pero a partir de la fecha citada, algunos países empezaron a tomar medidas muy duras y restrictivas: son los países que se han visto más o menos libres de la plaga: en Europa, Austria, Hungría, Polonia… y los escandinavos, que curiosamente salen poco o nada en las noticias. Del otro lado, los países latinos: Italia, Francia… y nosotros, claro. Aquí no se tomaron medidas cuando se debieron haber tomado. Lo que enlaza con el hecho de que hasta el 12-13 de enero no se formó el Gobierno (dos meses tardaron en repartirse el pastel). Y luego, lo que es la primera receta del desastre: no dejar que la realidad estropee tus planes, aunque sean ideas de bombero.

Volviendo al asunto, el COVID-19 ha arramblado con todo: con el procés (parece que han arriado las cubanas y están encerraditos y estelats), con las feminazis pijas y sus palmeros y mamporreros, que el 8 de marzo salieron a manifestarse al grito de «¡El machismo mata más que el coronavirus!» y con los derechos de reunión y manifestación del artículo 21 de nuestra Constitución. Ahora, claro, ya no dicen eso, pues se ha demostrado sobradamente que las entre 50 o 60 muertes promedio al año «provocadas por el machismo» no tienen punto de comparación con los entre 15.000 o 20.000 muertos reconocidos oficialmente que en un mes ha provocado el COVID-19, llevándose por delante a personas tan dispares (entre los de presencia pública) como Gabriel Moris o Luis Eduardo Aute (ayer mismo, Enrique Múgica, exministro con Felipe). ¿Dónde están ahora las pedorras y pedorros que berreaban esa consigna? ¿Dónde estás, Anabel Alonso? ¿Has conseguido más papeles y bolos por hacerle ese favor al Gobierno? Supongo que ahora estará tan encerradita en su casa como un servidor.

Desastres (III)

Coronavirus: el origen

Y llegamos al momento estrella de este Gobierno, en el que la mentira y la fatuidad han rayado a gran altura a partes iguales: la gestión (¿eeeeeeeeeeh?) de la «pandemia» del coronavirus. Empecemos por decir que, a pesar de haberse localizado —más o menos— el punto inicial en la localidad china de Wuhan, la propagación del virus ha adquirido proporciones alarmantes. ¿Problema? China, desgraciadamente, no es una democracia, sino una dictadura comunista. Por lo tanto, la transparencia no es una de sus cualidades más conspicuas. Tanto es así que a los primeros que avisaron del desastre se los cargaron y nunca más se ha vuelto a saber de ellos.

Sin embargo, a estas alturas hay datos que plantean preguntas inquietantes. El coronavirus o COVID-19 no es un virus que se encuentre en la naturaleza, sino que es de diseño. Lo cual nos lleva de vuelta a Wuhan y, concretamente, al laboratorio en que se crea. Corre por ahí el rumor-información de que ese laboratorio es propiedad de —o al menos, tiene intereses en él, pues en China, oficialmente, no existe la propiedad privada—… George Soros (György Schwartz para los amigos). Naturalmente, existe ahora una segunda corriente informativa de igual fuerza y en sentido contrario que afirma que «eso es un bulo». Veremos. Como suele decirse, la primera víctima en toda «guerra» es la verdad… aunque cabe la posibilidad de que resucite al cabo de algún tiempo, nunca corto.

Tenemos un segundo dato inquietante: cuando «estalla» desde el punto de vista informativo (es decir, tiempo después de que haya estallado en la realidad y en un momento convieniente… o simplemente cuando ya no se podía ocultar que estaba pasando algo gordo), resulta que un señor como Bill Gates dimite como presidente de Mocosoft. ¿Por qué es interesante a la luz de los hechos actuales su dimisión? Porque este «señor» y su «señora» se distinguieron hace algún tiempo por sus «campañas de vacunación esterilización» en África. Parece ser que los negros folla(ba)n mucho y había que «cortar ese rollo» al modo comunista. ¿Cómo se termina con esos terribles anuncios de niños moribundos, escuálidos por la falta de alimentación y comidos por los mosquitos en el África subsahariana? Impidiendo que nazcan más. Solución: distribuimos esterilizantes vendiéndolos como vacunas y asunto resuelto. Esto, al parecer, lo descubrió un voluntario de la «campaña»; y cuando empezó a hacer preguntas molestas, se lo quitaron de en medio y nunca más se supo.

Seguramente se pueden citar más datos curiosos. Pero para lo que importa ahora, tenemos lo siguiente: un virus de diseño, unos científicos eliminados por saber demasiado y cierta clase de personas que se aprestan a sacar pingües beneficios de la situación, amén de otras diversas clases de víctimas, de lo que hablaremos en una próxima entrada.

Otra de las preguntas inquietantes que cabe hacerse es: ¿por qué esta crisis del coronavirus, Covid-19 o como se quiera llamar es tan terrible? Ha habido otras crisis a nivel mundial marcadas por diversas epidemias: la de la gripe aviar, la de las vacas locas (de infausta memoria para Celia Villalobos, hoy jubilata forrá, como corresponde a cualquier excomunista repescada de Aznar), ¡la del ébola, que en las Batuecas creó un revuelo considerable al repatriar a dos misioneros enfermos desde África!, la del SARS original… y podríamos remontarnos hasta la del SIDA, en los años 80. ¿Por qué en ninguno de esos casos se echó el cerrojo al mundo como ahora?

Bueno, aunque suene duro, es mi opinión que esta epidemia desatada a nivel mundial es una tapadera. Es decir: los muertos y los contagiados (diagnosticados o no), son una realidad y muy dolorosa a nivel de calle, al de ustedes y mío. Pero a otros niveles no son más que daños colaterales. Aunque suene a conspiranoia, intentemos un ejercicio de política ficción. Imaginemos que el Ejército chino está experimentando con armas biológicas (diabólico: ¿qué mejor manera de ganar una guerra inutilizando a países enteros haciéndolos enfermar?) y que, como China es una dictadura comunista sobre mil quinientos millones de chinos, no importa tomar unos cuantos cientos de miles como cobayas. Si los chinos —y especialmente la población infectada— hubieran sido controlados y tal, quizá la cosa se hubiera quedado en China. Pero a los chinos no se les dijo que no pudieran salir del país. Se mueven y claro: allá donde van exportan el virus. Eso, suponiendo que China sea el único foco de origen de la infección.

Y ya les sigo contando.