Las vividoras del género y la tasa de inevitabilidad

Una reflexión de Alicia Rubio. Original aquí (vía)

Cuando unas cifras de siniestralidad son altas (por ejemplo, imaginemos que hay 10.000 muertos anuales en accidentes de tráfico), lo primero que se hace es estudiar las causas, caso por caso, para tratar de descubrir las razones de tan alto índice de muertes y tratar de solventarlas.

Lo normal sería descubrir que hay carreteras mal trazadas o deterioradas, puntos negros de accidentes por causas diversas, muertes por no utilizar los cinturones, por conducir bajo los efectos del alcohol… y poner en marcha todas las acciones necesarias para eliminar esas causas. Con nuevas carreteras, campañas de concienciación, multas disuasorias… el índice de muertes bajaría mucho y fácilmente.

Sin embargo, cualquier persona sensata sabe que, a partir de un punto, bajar la siniestralidad en el tráfico es prácticamente imposible: no hay ley, ni obra pública que evite que un conductor se duerma, que sufra un despiste, que cometa un error, que le dé un infarto al volante o que beba alcohol y decida conducir. Sería la llamada tasa de inevitabilidad. En una población de 46.000.000 de personas con muchos más millones de desplazamientos al cabo de un año, la casuística es infinita. Y el azar, o la mala suerte, harán que haya años que las cifras suban, o bajen. Pero si se llega a esa tasa de inevitabilidad, al cabo de muchos años se podrá comprobar que las medias parciales y la total son prácticamente iguales.

Ojalá estuvieran lo más cerca del cero que fuera posible.

En un estudio francés sobre la casuística de muertes de mujeres a manos de sus parejas, y tras analizar las causas del homicidio, la inmensa mayoría se explicaban por consumo de drogas y alcohol, peleas y enfermedades mentales del agresor. Sólo un pequeño porcentaje presentaba otras causas. En más de un tercio de los casos, el homicida se suicida o lo intenta, cifras estas últimas, coincidentes con los casos en España, lo que evidencia un estado de desesperación o locura transitoria del agresor.

En el caso de la muerte de mujeres a manos de sus parejas en España, lo primero que sorprende es que la causa se determine a priori: el patriarcado, esa situación de opresión en que la sociedad coloca a la mujer, por la cual el varón cree que es su posesión y, como dueño absoluto, decide matarla.

Semejante “detección de causas”, acientífica e ideológica, sería como si la Dirección General de Tráfico decidiera, a priori, que todos los accidentes son producidos por la idiotez congénita de los conductores y sacara una ley en la que los conductores sospechosos de saltarse un semáforo fueran tratados como los que han provocado un accidente mortal. Y encarcelados para que no provoquen accidentes. Y, naturalmente, ni un arreglo de carreteras y ni cinturones de seguridad… Con semejante despropósito, las cifras de siniestralidad no bajarían jamás.

¿Será que hay quién no quiere que bajen las cifras de mujeres muertas?

En España tenemos una de las tasas más bajas de Europa de uxoricidios (asesinato de una mujer a manos de su marido), pese a que nos la presentan como algo desproporcionado. No pasamos de la tasa de 2 por millón de habitantes, lo que nos sitúa sólo por encima de Andorra, Mónaco… en tanto que Austria tiene una tasa de 9 por millón y Finlandia de 10 por millón… ¿a que no lo sabían?

Antes de la famosa y vergonzante LIVG (Ley Integral de Violencia de Género), la tasa de uxoricidios era una media de 49 en una población de 22.000.000 de mujeres, probablemente tan cerca de la tasa de inevitabilidad y, aunque se hicieran grandes esfuerzos, quizá fuera complicado bajarla por simple imposibilidad de controlar imponderables. Aun así, habría que hacer el esfuerzo. Pero un esfuerzo de verdad. No lo que se hace aquí.

Tras la LIVG, la tasa subió a 60 de media anual. Y subió, probablemente, y según dicen los abogados, por venganzas de hombres desesperados tras ser despojados de casa, hijos trabajo y dignidad. Las vividoras del género lo saben. La sangre de esas desdichadas les da derecho a exigir más fondos. Que no les toquen una ley tan útil.

Como la única causa de homicidio de mujeres por parte de sus compañeros sentimentales es por machismo y dominio del patriarcado… llevamos con esa media de 60 la tira de años. Y la tira de millones de euros en ridículas campañas.

Ridículas campañas que, tras miles de millones de euros, no han salvado ni a una mujer. Y sin embargo han creado y engrasado infinidad de redes clientelares que tuvimos la ocasión de ver el domingo desfilando por las calles de Madrid al sonido de la voz del amo.

La manifestación de mujeres —no se engañen— fue el comienzo de la precampaña del PSOE y sus adláteres. No hay este año más mujeres asesinadas que la media anual pero, visto el despliegue, se diría que las hay a miles…

En realidad, la manifestación fue una mezcla de enseñar los dientes de las redes clientelares, y enfocar la estrategia electoral del PSOE, “el género” (no tienen otra). Simplemente es la forma de crear un problema inexistente mediante la alarma social, y luego, proponer la solución del programa PSOE: que esta mentira sea cuestión de Estado para seguir chupando del bote miles de millones. Las redes de mujeres son la nueva forma de trinque de la partitocracia. 

Ley Integral de Violencia de Género: ¿Cui prodest?

Alicia V. Rubio Calle

De hipocresías diversas y corrección política (II)

Soluciones

¿Cuál sería la solución? Hay dos soluciones posibles. La primera es la solución final, que Hitler empleó por la vía rápida y el comunismo de una forma menos evidente pero igualmente mortífera (pregunten a los ucranianos o busquen el significado de las palabras Gulag u holodomor).

Dentro de las otras soluciones existe una posibilidad factible: ayudar a esas personas en sus países de origen. Esto sería lo ideal. Aprenden así a labrar una tierra que, salvo excepciones, suele ser fértil (miren, en otro caso, a Israel: ha conseguido tener agricultura en medio de un desierto). Aprenden a sacar provecho de sus recursos naturales, habitualmente enormes. Educan a la juventud para que en un futuro el país pueda prosperar o seguir haciéndolo en ese círculo virtuoso. En este sentido apuntaría el libro Dead Aid (literalmente, «Ayuda Mortal»), de la economista zambiana Dambisa Moyo y que aquí se ha traducido a lo cinematográfico: «Cuando la ayuda es el problema».

¿Cuál es el problema? Que eso engrosaría la lista de nuestros enemigos. De todos aquellos con trastienda, se entiende. Un ejemplo: a todos los políticos de izquierdas que hacen negocios con el régimen corrupto y dictatorial de Obiang Nguema les importa un carajo el pueblo oprimido guineano. «No es personal, sólo negocios» dicen, como excusándose. Las empresas multinacionales que extraen recursos naturales, como el superconductor coltán, también nos incluirían entre sus enemigos. Les interesa un gobierno títere en sus manos y que los naturales del país, normalmente de etnias distintas, estén entretenidos dándose palos unos a otros mientras a ellos les dejan robar en paz.

Por supuesto que eso crea bolsas migratorias ingentes. Alguien tiene que conducir a ese montonazo de gente a donde quiere ir. ¿Y quién posee la necesaria estructura para ello? Las mafias de tráfico de personas. Que no serían tales si no tuvieran contactos gubernamentales allí donde hace falta, a saber, países de origen y de paso. Con el agravante de que en esos países, normalmente musulmanes, el tráfico de personas —vulgo esclavitud— no está mal visto porque da dinero aunque éste no se pueda declarar oficialmente debido a la vigencia también oficial de unos muy molestos derechos humanos. No es muy diferente a conducir reses a través de las inmensas llanuras americanas; ¿pero a quién de estos millonetis izquierdistas le importa?

Por tanto, nos guste o no, vienen aquí. A esta parte de Occidente que aún es sociológicamente católica por mucho que los masones y los socialcomunistas se empeñen en arrancar esa parte del espíritu de la nación. Ahora bien: se les recibe y se les auxilia, pero al cabo de un tiempo uno debe llegar a un pacto si no quiere que le echen de su propia casa. Al igual que ocurre a nivel individual, el Gobierno español debería poder decir: «Mi casa, mis reglas» sin que los de siempre le tachen a uno de «fascista» (acusación siempre a mano) simplemente por proponerlo.

La pregunta es ahora para los de izquierdas, que suelen invitar a la fiesta con dinero que no es suyo: ¿cuántos niños podrían comer en España y en los países de origen de esos reclusos? ¿Por qué tanto interés en no ayudar en el sentido que proponemos? Porque lo que así se consigue es la igualdad, pero en la pobreza («La izquierda ama a los pobres; por eso los crea por millones»). Y todo, como siempre, regado con ese dinero que no é de naide. Estén ustedes tranquilos, que ningún comunista de visa oro, de ésos que tanto abundan en las Batuecas, pondrá un céntimo de su bolsillo. Aunque, eso sí: se les llena la boca con esas chorradas de «estamos en el mismo barco», «no creo en las fronteras, soy ciudadano del mundo» y otras de jaez semejante. No son, en realidad, tan diferente a aquellas beatas que estaban convencidas de que iban a ir al cielo por «ocuparse de organizar el ropero parroquial» y nada más que por eso.

Dejemos, pues de marear el diccionario. No podemos robar a nuestras futuras generaciones para dar de comer a traficantes y a personas que no quieren integrarse. Eso no es ser «solidario»: es ser gilipollas. Por el contrario, proteger a nuestros hijos y nietos es de persona sensata y de ningún modo amerita que uno sea llamado «fascista».

De hipocresías diversas y corrección política (I)

Tomando como base un escrito de mi amiga Pilar me ha salido esta macroentrada, que voy a dividir en dos partes.

La cuestión

Hablamos de los manteros. ¿Dónde están Ramoncín, los Bardem, Teddy Bautista y todos ésos que cobraban hasta de las bodas que llevaban música previa inspección? Pagaban los bares, las peluquerías… en suma, todos los establecimientos que pretendían ambientar el local con música. ¿Dónde están, eh?

Pero la lógica progre es lo que tiene. Si ustedes son propietarios de un local y pretenden alegrarlo con música, ustedes han de pagar un canon a esos comunistas y socialdemócratas de medio pelo que reinan en la SGAE, como se explica perfectamente aquí, ajustados perfectamente a aquello que cantaba Serrat en su vida anterior de cantautor…

Bien me quieres,
Bien te quiero,
No me toques el dinero.

Así, pues, deben ustedes pagar ese canon. Y que Dios y todos los santos del calendario les amparen si no lo hacen: tendrán derecho a que se les imponga una multa y a las habituales facultades de embargo en caso de que ustedes se resistan. También pueden verse en ese brete si se les ocurre llevar un pendrive de 16 GB en el coche (hoy la técnica lo permite) lleno de música gravada con canon. ¿Que con ello se han cargado a muchas orquestas populares cuyo modus vivendi era acudir a las fiestas patronales de los pueblos? Al carajo. Todo el mundo pasará por caja, que si no el chiringuito no se mantiene. Y va usted a declarar ante la policía, señor Juan Español, por pirata. ¡Faltaba más!

Toda esa argumentación y esas amenazas, sin embargo, se evaporan como rocío al sol cuando se trata del top manta. Al parecer, cuando se trata de inmigrantes en situación irregular «senegaleses», a estos IN-TE-LEC-TU-A-LES progres no les importa que vendan su música y sus películas sin canon. No les importa que se vendan imitaciones de bolsos o de ropa de marca «diseñada» por ellos. Son «pobre gente» y «tratan de ganarse la vida frente a la brutalidad policial» (eso, que no falte). Alistados en el banderín de enganche del buenismo y de la corrección política, resulta que si uno no piensa como ellos es un facha (bien saben ellos qué es un «facha»: en su familia o en ellos mismos hay ejemplos de sobra).

Y bien, pongamos que la pesada maquinaria judicial se pone en marcha y les echa el guante. Sí, son inmigrantes ilegales (sin papeles). Sí, han cometido un delito (concretamente, el del art. 270 CP; y también el del 550 CP si se resisten a la detención). ¿Qué hacemos con ellos? ¿Los expulsamos? Ya estoy oyendo a esos progres: «¿Expulsarlos, dice usted? Es usted una alimaña sin corazón, un racista, un xenófobo…» y toda la retahíla. Algunos hasta se acuerdan de la madre de uno (la mía ni me la toquen, que descansa en paz). Solución salomónica: como no podemos echarlos a patadas ni tampoco podemos dejarlos libres, los metemos en la cárcel. Que es como meter la porquería debajo de la alfombra. Sigue existiendo, pero ya no se ve.

Y aquí paz y después gloria. Se acaban los problemas para todos, excepto para los españolitos de a pie. ¿Por qué? Porque aunque ya no se percibe el problema, éste sigue existiendo en forma presupuestaria. Es decir, que la estancia en la cárcel se la pagamos todos los españoles. He aquí un cuadro de lo que nos cuesta mantener a la población reclusa en España, calculada en 6 millones de personas más o menos, sobre un total de población de 47,6 millones de personas (datos oficiales):


El gasto es de lo más llamativo. Pero claro: uno sigue leyendo y encuentra aún más llamativas las comodidades de que algunas prisiones disfrutaban desde que Rubalcaba decidió humanizarlas (¿tal vez en previsión de los compañeros suyos que podrían ir a la cárcel?). Cuando leo y veo estas cosas, me acuerdo del zulo en que durante 532 días José Antonio Ortega Lara se preguntaba cada noche si al día siguiente viviría o no.

El gasto desglosado podría ser éste: 1.900 €/mes, que multiplicado por 12 meses son 22.800€ —y en ese coste no entran las infraestructuras—. En definitiva, cada preso pasa de los 50.000€ al año.-Si tomamos la cifra menor, que es 22.800 € (2013) y la multiplicamos por 21.116, que es el número de reclusos de 2013, la cantidad asciende a la friolera anual de 481.444.800 € que nos cuestan los delincuentes que vienen a España y a los que según la izquierda tenemos que ayudar y respetar sus derechos. En sus países esa gente vivirían como reyes ganando al mes 100 o 150 €; pero aquí nos cuestan un dineral, no solucionamos su problema y acrecentamos además el nuestro.

Cansancio

Créanme ustedes que uno se cansa. Se cansa de oír a los políticos mentir como bellacos, como canalla fementida, pendientes sólo de arramblar con el poder que tengan si ganaron las elecciones o el que les quede si las perdieron. Se cansa uno de ver que cuando se les reclama el cumplimiento de las promesas electorales (que, por definición, son objetivos a no cumplir), le salen a uno por peteneras y le dicen que “es una cuestión de protocolo”  (las famosas medallitas) o con la gilipollez del kamarada Bermejinski, es decir, que entrarían en la cuestión «cuando la jugada lo aconseje». Leer más “Cansancio”

CNT-FAI dice que la violencia no es propia de la CNT-FAI

CNT-FAI dice que la violencia no es propia de la CNT-FAI.

El sindicato anarquista se defiende de las acusaciones de vandalismo registradas durante el día de la huelga general. Leer más “CNT-FAI dice que la violencia no es propia de la CNT-FAI”

Juerga general (II)

Pues nada. Hoy ha tenido lugar la huelga (juerga) «general». En algunas partes ha sido más bien «sargento» o «cabo primero», como en la ciudad de residencia de un servidor de ustedes, y en otros lugares (gracias, Anghara) se ha desarrollado como muchos nos temíamos: con violencia e intimidación. Para muestra, les dejo tres botones (no he filmado porque si me rompen el móvil no tengo detrás una empresa que me respalde y me dé uno nuevo)… Leer más “Juerga general (II)”