Las vividoras del género y la tasa de inevitabilidad

Una reflexión de Alicia Rubio. Original aquí (vía)

Cuando unas cifras de siniestralidad son altas (por ejemplo, imaginemos que hay 10.000 muertos anuales en accidentes de tráfico), lo primero que se hace es estudiar las causas, caso por caso, para tratar de descubrir las razones de tan alto índice de muertes y tratar de solventarlas.

Lo normal sería descubrir que hay carreteras mal trazadas o deterioradas, puntos negros de accidentes por causas diversas, muertes por no utilizar los cinturones, por conducir bajo los efectos del alcohol… y poner en marcha todas las acciones necesarias para eliminar esas causas. Con nuevas carreteras, campañas de concienciación, multas disuasorias… el índice de muertes bajaría mucho y fácilmente.

Sin embargo, cualquier persona sensata sabe que, a partir de un punto, bajar la siniestralidad en el tráfico es prácticamente imposible: no hay ley, ni obra pública que evite que un conductor se duerma, que sufra un despiste, que cometa un error, que le dé un infarto al volante o que beba alcohol y decida conducir. Sería la llamada tasa de inevitabilidad. En una población de 46.000.000 de personas con muchos más millones de desplazamientos al cabo de un año, la casuística es infinita. Y el azar, o la mala suerte, harán que haya años que las cifras suban, o bajen. Pero si se llega a esa tasa de inevitabilidad, al cabo de muchos años se podrá comprobar que las medias parciales y la total son prácticamente iguales.

Ojalá estuvieran lo más cerca del cero que fuera posible.

En un estudio francés sobre la casuística de muertes de mujeres a manos de sus parejas, y tras analizar las causas del homicidio, la inmensa mayoría se explicaban por consumo de drogas y alcohol, peleas y enfermedades mentales del agresor. Sólo un pequeño porcentaje presentaba otras causas. En más de un tercio de los casos, el homicida se suicida o lo intenta, cifras estas últimas, coincidentes con los casos en España, lo que evidencia un estado de desesperación o locura transitoria del agresor.

En el caso de la muerte de mujeres a manos de sus parejas en España, lo primero que sorprende es que la causa se determine a priori: el patriarcado, esa situación de opresión en que la sociedad coloca a la mujer, por la cual el varón cree que es su posesión y, como dueño absoluto, decide matarla.

Semejante “detección de causas”, acientífica e ideológica, sería como si la Dirección General de Tráfico decidiera, a priori, que todos los accidentes son producidos por la idiotez congénita de los conductores y sacara una ley en la que los conductores sospechosos de saltarse un semáforo fueran tratados como los que han provocado un accidente mortal. Y encarcelados para que no provoquen accidentes. Y, naturalmente, ni un arreglo de carreteras y ni cinturones de seguridad… Con semejante despropósito, las cifras de siniestralidad no bajarían jamás.

¿Será que hay quién no quiere que bajen las cifras de mujeres muertas?

En España tenemos una de las tasas más bajas de Europa de uxoricidios (asesinato de una mujer a manos de su marido), pese a que nos la presentan como algo desproporcionado. No pasamos de la tasa de 2 por millón de habitantes, lo que nos sitúa sólo por encima de Andorra, Mónaco… en tanto que Austria tiene una tasa de 9 por millón y Finlandia de 10 por millón… ¿a que no lo sabían?

Antes de la famosa y vergonzante LIVG (Ley Integral de Violencia de Género), la tasa de uxoricidios era una media de 49 en una población de 22.000.000 de mujeres, probablemente tan cerca de la tasa de inevitabilidad y, aunque se hicieran grandes esfuerzos, quizá fuera complicado bajarla por simple imposibilidad de controlar imponderables. Aun así, habría que hacer el esfuerzo. Pero un esfuerzo de verdad. No lo que se hace aquí.

Tras la LIVG, la tasa subió a 60 de media anual. Y subió, probablemente, y según dicen los abogados, por venganzas de hombres desesperados tras ser despojados de casa, hijos trabajo y dignidad. Las vividoras del género lo saben. La sangre de esas desdichadas les da derecho a exigir más fondos. Que no les toquen una ley tan útil.

Como la única causa de homicidio de mujeres por parte de sus compañeros sentimentales es por machismo y dominio del patriarcado… llevamos con esa media de 60 la tira de años. Y la tira de millones de euros en ridículas campañas.

Ridículas campañas que, tras miles de millones de euros, no han salvado ni a una mujer. Y sin embargo han creado y engrasado infinidad de redes clientelares que tuvimos la ocasión de ver el domingo desfilando por las calles de Madrid al sonido de la voz del amo.

La manifestación de mujeres —no se engañen— fue el comienzo de la precampaña del PSOE y sus adláteres. No hay este año más mujeres asesinadas que la media anual pero, visto el despliegue, se diría que las hay a miles…

En realidad, la manifestación fue una mezcla de enseñar los dientes de las redes clientelares, y enfocar la estrategia electoral del PSOE, “el género” (no tienen otra). Simplemente es la forma de crear un problema inexistente mediante la alarma social, y luego, proponer la solución del programa PSOE: que esta mentira sea cuestión de Estado para seguir chupando del bote miles de millones. Las redes de mujeres son la nueva forma de trinque de la partitocracia. 

Ley Integral de Violencia de Género: ¿Cui prodest?

Alicia V. Rubio Calle

De hipocresías diversas y corrección política (II)

Soluciones

¿Cuál sería la solución? Hay dos soluciones posibles. La primera es la solución final, que Hitler empleó por la vía rápida y el comunismo de una forma menos evidente pero igualmente mortífera (pregunten a los ucranianos o busquen el significado de las palabras Gulag u holodomor).

Dentro de las otras soluciones existe una posibilidad factible: ayudar a esas personas en sus países de origen. Esto sería lo ideal. Aprenden así a labrar una tierra que, salvo excepciones, suele ser fértil (miren, en otro caso, a Israel: ha conseguido tener agricultura en medio de un desierto). Aprenden a sacar provecho de sus recursos naturales, habitualmente enormes. Educan a la juventud para que en un futuro el país pueda prosperar o seguir haciéndolo en ese círculo virtuoso. En este sentido apuntaría el libro Dead Aid (literalmente, «Ayuda Mortal»), de la economista zambiana Dambisa Moyo y que aquí se ha traducido a lo cinematográfico: «Cuando la ayuda es el problema».

¿Cuál es el problema? Que eso engrosaría la lista de nuestros enemigos. De todos aquellos con trastienda, se entiende. Un ejemplo: a todos los políticos de izquierdas que hacen negocios con el régimen corrupto y dictatorial de Obiang Nguema les importa un carajo el pueblo oprimido guineano. «No es personal, sólo negocios» dicen, como excusándose. Las empresas multinacionales que extraen recursos naturales, como el superconductor coltán, también nos incluirían entre sus enemigos. Les interesa un gobierno títere en sus manos y que los naturales del país, normalmente de etnias distintas, estén entretenidos dándose palos unos a otros mientras a ellos les dejan robar en paz.

Por supuesto que eso crea bolsas migratorias ingentes. Alguien tiene que conducir a ese montonazo de gente a donde quiere ir. ¿Y quién posee la necesaria estructura para ello? Las mafias de tráfico de personas. Que no serían tales si no tuvieran contactos gubernamentales allí donde hace falta, a saber, países de origen y de paso. Con el agravante de que en esos países, normalmente musulmanes, el tráfico de personas —vulgo esclavitud— no está mal visto porque da dinero aunque éste no se pueda declarar oficialmente debido a la vigencia también oficial de unos muy molestos derechos humanos. No es muy diferente a conducir reses a través de las inmensas llanuras americanas; ¿pero a quién de estos millonetis izquierdistas le importa?

Por tanto, nos guste o no, vienen aquí. A esta parte de Occidente que aún es sociológicamente católica por mucho que los masones y los socialcomunistas se empeñen en arrancar esa parte del espíritu de la nación. Ahora bien: se les recibe y se les auxilia, pero al cabo de un tiempo uno debe llegar a un pacto si no quiere que le echen de su propia casa. Al igual que ocurre a nivel individual, el Gobierno español debería poder decir: «Mi casa, mis reglas» sin que los de siempre le tachen a uno de «fascista» (acusación siempre a mano) simplemente por proponerlo.

La pregunta es ahora para los de izquierdas, que suelen invitar a la fiesta con dinero que no es suyo: ¿cuántos niños podrían comer en España y en los países de origen de esos reclusos? ¿Por qué tanto interés en no ayudar en el sentido que proponemos? Porque lo que así se consigue es la igualdad, pero en la pobreza («La izquierda ama a los pobres; por eso los crea por millones»). Y todo, como siempre, regado con ese dinero que no é de naide. Estén ustedes tranquilos, que ningún comunista de visa oro, de ésos que tanto abundan en las Batuecas, pondrá un céntimo de su bolsillo. Aunque, eso sí: se les llena la boca con esas chorradas de «estamos en el mismo barco», «no creo en las fronteras, soy ciudadano del mundo» y otras de jaez semejante. No son, en realidad, tan diferente a aquellas beatas que estaban convencidas de que iban a ir al cielo por «ocuparse de organizar el ropero parroquial» y nada más que por eso.

Dejemos, pues de marear el diccionario. No podemos robar a nuestras futuras generaciones para dar de comer a traficantes y a personas que no quieren integrarse. Eso no es ser «solidario»: es ser gilipollas. Por el contrario, proteger a nuestros hijos y nietos es de persona sensata y de ningún modo amerita que uno sea llamado «fascista».

De hipocresías diversas y corrección política (I)

Tomando como base un escrito de mi amiga Pilar me ha salido esta macroentrada, que voy a dividir en dos partes.

La cuestión

Hablamos de los manteros. ¿Dónde están Ramoncín, los Bardem, Teddy Bautista y todos ésos que cobraban hasta de las bodas que llevaban música previa inspección? Pagaban los bares, las peluquerías… en suma, todos los establecimientos que pretendían ambientar el local con música. ¿Dónde están, eh?

Pero la lógica progre es lo que tiene. Si ustedes son propietarios de un local y pretenden alegrarlo con música, ustedes han de pagar un canon a esos comunistas y socialdemócratas de medio pelo que reinan en la SGAE, como se explica perfectamente aquí, ajustados perfectamente a aquello que cantaba Serrat en su vida anterior de cantautor…

Bien me quieres,
Bien te quiero,
No me toques el dinero.

Así, pues, deben ustedes pagar ese canon. Y que Dios y todos los santos del calendario les amparen si no lo hacen: tendrán derecho a que se les imponga una multa y a las habituales facultades de embargo en caso de que ustedes se resistan. También pueden verse en ese brete si se les ocurre llevar un pendrive de 16 GB en el coche (hoy la técnica lo permite) lleno de música gravada con canon. ¿Que con ello se han cargado a muchas orquestas populares cuyo modus vivendi era acudir a las fiestas patronales de los pueblos? Al carajo. Todo el mundo pasará por caja, que si no el chiringuito no se mantiene. Y va usted a declarar ante la policía, señor Juan Español, por pirata. ¡Faltaba más!

Toda esa argumentación y esas amenazas, sin embargo, se evaporan como rocío al sol cuando se trata del top manta. Al parecer, cuando se trata de inmigrantes en situación irregular «senegaleses», a estos IN-TE-LEC-TU-A-LES progres no les importa que vendan su música y sus películas sin canon. No les importa que se vendan imitaciones de bolsos o de ropa de marca «diseñada» por ellos. Son «pobre gente» y «tratan de ganarse la vida frente a la brutalidad policial» (eso, que no falte). Alistados en el banderín de enganche del buenismo y de la corrección política, resulta que si uno no piensa como ellos es un facha (bien saben ellos qué es un «facha»: en su familia o en ellos mismos hay ejemplos de sobra).

Y bien, pongamos que la pesada maquinaria judicial se pone en marcha y les echa el guante. Sí, son inmigrantes ilegales (sin papeles). Sí, han cometido un delito (concretamente, el del art. 270 CP; y también el del 550 CP si se resisten a la detención). ¿Qué hacemos con ellos? ¿Los expulsamos? Ya estoy oyendo a esos progres: «¿Expulsarlos, dice usted? Es usted una alimaña sin corazón, un racista, un xenófobo…» y toda la retahíla. Algunos hasta se acuerdan de la madre de uno (la mía ni me la toquen, que descansa en paz). Solución salomónica: como no podemos echarlos a patadas ni tampoco podemos dejarlos libres, los metemos en la cárcel. Que es como meter la porquería debajo de la alfombra. Sigue existiendo, pero ya no se ve.

Y aquí paz y después gloria. Se acaban los problemas para todos, excepto para los españolitos de a pie. ¿Por qué? Porque aunque ya no se percibe el problema, éste sigue existiendo en forma presupuestaria. Es decir, que la estancia en la cárcel se la pagamos todos los españoles. He aquí un cuadro de lo que nos cuesta mantener a la población reclusa en España, calculada en 6 millones de personas más o menos, sobre un total de población de 47,6 millones de personas (datos oficiales):


El gasto es de lo más llamativo. Pero claro: uno sigue leyendo y encuentra aún más llamativas las comodidades de que algunas prisiones disfrutaban desde que Rubalcaba decidió humanizarlas (¿tal vez en previsión de los compañeros suyos que podrían ir a la cárcel?). Cuando leo y veo estas cosas, me acuerdo del zulo en que durante 532 días José Antonio Ortega Lara se preguntaba cada noche si al día siguiente viviría o no.

El gasto desglosado podría ser éste: 1.900 €/mes, que multiplicado por 12 meses son 22.800€ —y en ese coste no entran las infraestructuras—. En definitiva, cada preso pasa de los 50.000€ al año.-Si tomamos la cifra menor, que es 22.800 € (2013) y la multiplicamos por 21.116, que es el número de reclusos de 2013, la cantidad asciende a la friolera anual de 481.444.800 € que nos cuestan los delincuentes que vienen a España y a los que según la izquierda tenemos que ayudar y respetar sus derechos. En sus países esa gente vivirían como reyes ganando al mes 100 o 150 €; pero aquí nos cuestan un dineral, no solucionamos su problema y acrecentamos además el nuestro.

Cansancio

Créanme ustedes que uno se cansa. Se cansa de oír a los políticos mentir como bellacos, como canalla fementida, pendientes sólo de arramblar con el poder que tengan si ganaron las elecciones o el que les quede si las perdieron. Se cansa uno de ver que cuando se les reclama el cumplimiento de las promesas electorales (que, por definición, son objetivos a no cumplir), le salen a uno por peteneras y le dicen que “es una cuestión de protocolo”  (las famosas medallitas) o con la gilipollez del kamarada Bermejinski, es decir, que entrarían en la cuestión «cuando la jugada lo aconseje». Sigue leyendo

Juerga general (II)

Pues nada. Hoy ha tenido lugar la huelga (juerga) «general». En algunas partes ha sido más bien «sargento» o «cabo primero», como en la ciudad de residencia de un servidor de ustedes, y en otros lugares (gracias, Anghara) se ha desarrollado como muchos nos temíamos: con violencia e intimidación. Para muestra, les dejo tres botones (no he filmado porque si me rompen el móvil no tengo detrás una empresa que me respalde y me dé uno nuevo)… Sigue leyendo

Intrusos en el salón

Gracias al amigo Tellagorri me entero de que Pérez Reverte ha publicado el artículo que hoy presentamos. El maestro Pérez-Reverte, poniendo el dedo en la llaga con su habitual falta de pelos en la lengua. Da gusto pensar que todavía hay gente que se acuerda de que tiene un cerebro y lo usa sin sujetarse a lo que otros les gustaría oír.

Unos los querían para mano de obra barata: jornaleros de miseria, chachas dóciles y carne de puticlub. Otros, para adornarse con la media verónica de que las fronteras son fascistas, aquí cabemos todos y maricón el último. El resto miramos a otro lado porque eso no iba con nosotros. “A mí”, pensábamos, “la impotencia me la trae floja”. Y adobando el asunto, la llamada opinión pública –esa puta perversa, tornadiza e hipócrita– extendió su salsa de irresponsabilidad y demagogia. Así, es natural que ni Pepé ni Pesoe, ni gobiernos, ni ministros, ni presidentes autonómicos, ni alcaldes y alcaldas de esta variopinta nación de naciones discutibles y discutidas del payaso Fofó, hicieran otra cosa que currarse lo inmediato. Ninguno de nuestros políticos renunció a esos viajes que se montan a costa de nuestra imbecilidad y dinero con el pretexto de estudiar el funcionamiento del metro de Estambul, las posibilidades eólicas de la Gran Muralla, el impacto del mosquito anófeles en el turismo de Cancún o el imprescindible hermanamiento de Tomillar del Rebollo con San Petersburgo. Nadie, en vez de hacer turismo por la patilla, se asomó a Francia, por ejemplo, donde el problema de la inmigración descontrolada y marginal hace tiempo que rechina en toda su crudeza. A aprender de los errores ajenos, y no meter la gamba en los mismos barrizales.

Las prioridades eran otras: ganar dinero o votos fáciles, emparedar el problema futuro entre la desvergüenza de los explotadores y el buenismo estúpido de los cantamañanas, con esos supuestos papeles para todos que, además, eran mentira. Lo que viniese luego importaba un carajo. Por eso, leyes y normas no respondieron nunca a una política previsora de integración real y educación, planificada con realismo e inteligencia. Nadie aclaró, tampoco, qué idea de España iba a brindarse a quienes se acogían a ella. Qué espacio común podrían hacer suyo, a qué costumbres adaptarse, qué cauces serían adecuados para fundirse con el entorno sin renunciar al carácter y cultura propios. Qué derechos, y también qué obligaciones. Ofreciéndoles una tierra culta, abierta, común y generosa que el inmigrante, o sus hijos, no tardaran en sentir como propia. Una nueva patria: abierta, varia y coherente al mismo tiempo, que pudiesen, con poco o relativo esfuerzo, hacer suya.

Pero todo eso habría requerido inteligencia política, cálculos a largo plazo hechos por gobernantes previsores, no por gentuza oportunista que promulga leyes coyunturales, contradictorias, y sólo actúa pendiente del titular de telediario y de las próximas elecciones, en un país de borregos donde todo problema aplazado es un problema resuelto. Salía más barato dejar que las cosas se asentaran de forma natural. En vez de procurar explicar la necesaria historia del Cid Campeador a un niño magrebí, lo que se hizo fue eliminar al Cid de los libros escolares. Nada por aquí, y nada por allá. Vacío total. Papilla informe, sin sustancia, válida para todos y que no nutre a nadie. Y así, el resto. Cualquier intervención o planificación seria habría sido un acto totalitario y fascista. Laissez faire, laissez passer. Y vaya si pasaron. De cualquier manera. Hacinándose en guetos infames, desorientados mientras los explotábamos en español, en catalán, en gallego, en vascuence, en mallorquín, en valenciano, en bable, en farfullo de Villaconejos de la Torda. Sometidos por fuera a todas las gilipolleces en que tan diestros somos, y formando por dentro sus propias estructuras independientes. Con los daños colaterales lógicos: marginación involuntaria o deliberada, descontrol, delincuencia. Transformando barrios y pueblos enteros, unas veces para bien y otras para mal. Porque no hay gueto bueno, y ciertas convivencias desequilibradas son imposibles. Saturando sistemas poco previsores que no dan más de sí. Creando, también ellos, sus núcleos marginales específicos, sus rencores internos y ajenos. Sus propios problemas.

Ahora mugen vacas flacas y el negocio se va al carajo. De pronto, molestan. Pero ni siquiera así sacamos consecuencias útiles de las señales registradas en otros países que afrontan situaciones parecidas. Y al final pagarán los de siempre. Los tres, o treinta, o trescientos infelices apaleados en tal o cual sitio por una turba de bestias analfabetas en busca de alguien a quien linchar después de haberlo explotado hasta el tuétano. A cambio, algún día, cuando la desesperación propia y el racismo inevitable empujen a esos desgraciados al extremo, allí donde se sientan fuertes y puedan no sólo sobrevivir, sino defenderse e incluso agredir, arderán barrios enteros. No les quepa duda. Nos ajustarán las cuentas con su cólera desesperada, históricamente justa. Espero estar aquí para verlo, apoyado en la ventana de la biblioteca con la última botella de vino en la mano: respetables matronas en deshabillé corriendo por las calles mientras los bárbaros, como era inevitable, saquean Roma. Que nos den, entonces. Que nos vayan dando.

(Tomado de XLSemanal).

Ellas paren… ¿ellas deciden?

Ha escrito Pio Moa en Libertad Digital un artículo que sin duda va a escocer a las hembristas (me resisto a llamarlas feministas, qué quieren) más radicales. Le dedicarán en sus blogs los epítetos más cariñosos: desde el consabido «fachaaaaaaaaa», pasando por «exterrorista» hasta llegar… bueno, me imagino que las más valientes y sus idiotas compañeros de viaje se acordarán de su santa familia. No es que a D. Pío esto le incomode (más bien creemos que o pobriño se ha resignado y acostumbrado a ello), sino que el retorcimiento de los berridos y la cantidad de decibelios darán la medida de cómo D. Pío ha tocado… la línea de flotación de estas personas. Cito su propia cita, que me parece describe la realidad de la situación ahora mismo en España:

El socavamiento de la relación de pareja, acompañado de prédicas moralistas y vanas en contra, se manifiesta a la perfección en el problema del aborto, acaso el más machacón caballo de batalla internacional del feminismo en años recientes. La doctrina al respecto se concentra en el lema “Nosotras parimos, nosotras decidimos”, el cual condensa a su vez la filosofía de fondo de las legislaciones abortistas adoptadas en muchas naciones. Ello equivale a una invitación, punto menos que irresistible, a la irresponsabilidad paterna. Y siendo el sentimiento paterno más débil que el materno, el efecto no podría ser otro que el conocido: un cada vez mayor desentendimiento del varón respecto de la prole y de la relación estable, percibidas como simple carga.

Sorprende entonces que los mismos feministas se embarquen en campañas de persuasión y hasta de persecución legal al padre, para que peche con sus “responsabilidades” (económicas, porque otras se vuelve arduo [exigirlas]). Pero el padre irresponsable y feministizado replicará: “¿No es la mujer quien decide? Que cargue con las consecuencias y no me arrastre a mí, que no deseaba más que un rato de diversión. ¿Voy a tener que pagar la vida entera por un impulso momentáneo? No dramaticemos el sexo. Si ella quiso tener un niño, o se descuidó, que no me complique. Que el Estado la ayude”.

Pienso que a muchos de ustedes no les gustaría el papel de mero proveedor de semen al que les relega la ideología hembrista, como me imagino que no les gustaría verse reducidos a meros proveedores económicos (es decir: usted paga las facturas de su señora sin derecho a recibir una miajita de cariño por parte de ella, puesto que pagárselas es su obligación).

No debe sorprender, en tal caso, que la tasa de natalidad haya bajado de forma alarmante en España. Tener un hijo es una responsabilidad, pero en nuestra sociedad infantilizada nadie quiere oír hablar de esa palabra. Tampoco debemos olvidar que las prácticas abortistas últimamente muy en el candelero responden al seguimiento de un meticuloso programa de reducción de población trazado en los años 70. No obstante, vayan ustedes a los musulmanes con la prédica del aborto. Si no les arrean una somanta de palos por predicar ideas contrarias al Islam, les dirán que eso está prohibido terminantemente por la voluntad de Alá… salvo en los casos que hasta ahora conocía la legislación española (indicaciones terapéutica, eugenésica y moral) y ninguno más.

En todo caso, me horripila ver cómo en Europa sus dirigentes nos están haciendo el harakiri (y de eso en este blog se pueden enterar ustedes bien, a condición de que conozcan medianamente the Empire’s language). Y que a ZP se le quede la cara de Mr. Bean cuando viene a decirnos que «es bueno para nosotros». Y que a la Bobiana Aído no se le remueva un poquito er fistro diodenarl cuando dice las memeces por las cuales pasará seguramente a la historia.

Los tolerantes

No se llamen a engaño ustedes acerca de quién es el filósofo de cabecera de ZP y de la cúpula zapaterista. No es Philip Petit (sobre todo porque su alcance es más bien petit). Mejor empezar con una cita del teórico comunista italiano Antonio Gramsci, al que por lo visto tendremos que leer con más atención si nos queremos enterar de las verdaderas intenciones del P(SOE) y sus sucursales territoriales (la cursiva es nuestra):

“Según Gramsci, el comunismo había de ser la religión de la nueva sociedad civil, del mundo secularizado. Parodiando la célebre frase de Marx, cabría decir que el comunismo es la religión de un mundo sin religión. Los sacerdotes de esa nueva religión –los fabricantes de la opinión pública– serían los intelectuales orgánicos, cabeza del bloque histórico. Ahora bien, la burguesía neocapitalista, que lo corrompe todo, ha corrompido al bloque histórico, cuya descomposición ha empezado por la cabeza. De este modo, los intelectuales orgánicos, en lugar de predicar la fe en el comunismo, han pasado a ser los intelectuales orgánicos de la llamada industria cultural, agentes del nuevo conformismo de la negación de valores sobre un vago fondo de utopías rojas. El caso de Pasolini es ejemplar por los cuatro costados. Militante del vicio nefando, murió por así decir en acto de servicio, y la sociedad permisiva le rindió honores fúnebres de héroe y de mártir”. (Aquilino Duque, El suicidio de la modernidad. Citado en Y yo que me la llevé al río).

Es innegable la actualidad de estas palabras. Y uno se lamenta, con una perspectiva histórica más o menos amplia, al comprobar que lo que ha ocurrido en España en estos 30 años no ha sido sino un cambio de régimen: pasamos de una «Dictablanda de derechas» a una «Dictablanda de izquierdas» (ésta última en lo intelectual, por ahora). ¿Negará alguien la condición de «fabricante de opinión pública» a Juan Luis Cebrián, por ejemplo, que durante tantos años ha tenido línea directa con Moncloa?

No está de más recordar también otra frase o idea de Gramsci: que la hegemonía política se sustenta en una hegemonía cultural. Y eso es lo que ha logrado el P(SOE): esa hegemonía cultural que le ha permitido aplicar el ideario progre («el nuevo conformismo de la negación de valores sobre un vago fondo de utopías rojas») mientras ha gobernado y bloquear cualquier intento de sustitución de dicho ideario cuando ha estado en la oposición. Ideario progre que primero entró por la Universidad y la cultura (como forma de lucha antifranquista, no se olvide)… y ha acabado en el cine y en la televisión, que al parecer es lo que ve el 80% de los españoles.

Así, pues, los que nos resistimos a formar parte del rebaño progre nos hemos visto obligados a emigrar a la Red. ¡Qué contentos estaban los progres cuando recibían un artículo en sus diarios contrario a ese ideario! ¡Con qué alegría lo censuraban, sin explicación alguna o murmurando piadosamente lo de «exceso de líneas»! Sin embargo, esa etapa dorada se acabó con la llegada de los blogs, a los que Carmen Rigalt dedicó una filípica en el Mundo el 1 de febrero de 2005.

¿Y por qué? Pues porque la Red es sencillamente un espacio libre donde, por ahora, existe libertad de expresión y en donde los progres no pueden mostrar hegemonía ninguna, de acuerdo con el postulado Gramsci. Sí, es cierto: descalifican, berrean o insultan; pero no pueden controlar la blogosfera. Y no pueden hacerlo sin quitarse la careta buenista y mostrarse como lo que son: neoestalinistas, totalitarios de nuevo cuño que pretenden decirle a todo el mundo lo que debe leer, pensar, sentir o escribir. Y que no permiten que nadie lea, piense, sienta o escriba algo que se aparte del ideario progre. Claro que sería un «desastre» que hasta el más lerdo se diese cuenta del detalle, de acuerdo con el criterio de la visibilidad («lo que no se ve, no existe»).

Para ejemplo, tomemos la música pop (y me refiero al mainstream). Estamos inundados de “canciones de amor”, “baladitas” o “cosas incalificables” como el chiki-chiki. Prácticamente, estamos rodeados. Lo sorprendente es que no haya “trovadores de la realidad”. Ésa categoría está reservada a los “grandes”: por ejemplo, a un Joan Manuel Serrat (P-SOE), a un Joaquín Sabina (ex-comunista y últimamente zejatero) o a un Ismael Serrano (comunista). ¿Son posibles otras lecturas de la realidad en el mainstream? La respuesta es no. Para encontrarlas, hay que ir a los circuitos alternativos.

Y no está de más recordar una entrevista que le hizo Amilibia en La Razón a un “triunfito” (no la he logrado encontrar en el formato electrónico: creo que fue allá por noviembre). Vagamente recuerdo que el periodista le preguntaba algo parecido a “en qué se inspiraba para componer sus canciones”. Y él dijo algo así como (no cito textualmente): “En el amor, naturalmente. Para hablar de la realidad tengo que tener mucho cuidado“. Por supuesto: ¿qué es más bonito (y rentable) que hablar de “amor”? Las productoras no arriesgan un céntimo con quien pretende tener capacidad de pensar e interpretar lo que ve de forma distinta a como lo hacen las citadas vacas sagradas.

Pues bien, he aquí el caso de Esteban Ibarra, presidente de Movimiento contra la Intolerancia. Una ONG en principio de buena intención. Pero resulta que el señor Ibarra, que es más progre que nadie, y que al parecer su mayor habilidad resulta la de cobrar subvenciones para su ONG, se ha arrogado el derecho de decidir quién es más tolerante o no. Y entre los que ha decidido que son «intolerantes» están los muchachos de Aforo Completo, que según el señor Ibarra son de «extrema derecha». Música que suena ya a conocida, pues se lo han dicho también al PP, cuando habrá blogs que no estén vinculados al PP por mucho que su pensamiento pueda ser tildado de derechista (entre ellos el de un servidor de ustedes).

El señor Ibarra (o alguno de sus becarios) es experto en el copypaste. Y lo que demuestra con ello es que no se ha tomado la molestia de leerse los blogs que ha colocado en su lista negra (¿un tolerante fabricando listas negras tipo «los blogs que todo buen progre no debería leer»? Quiá…). En particular, los que muestran reservas u hostilidad contra el Islam. El caso de nuestro colega Crispal puede ser de los primeros. Ha viajado a Arabia Saudí y conoce de primera mano lo que allí ocurre. Habla, pues, de lo que conoce, al contrario que el señor Ibarra, que se permite tacharlo de intolerante sin haber salido de España. Por eso, toda nuestra solidaridad con el amigo Crispal, a quien deseamos que por mucho tiempo nos siga deleitando con sus post acerca de la realidad que tan bien conoce…

La actuación del señor Ibarra no es más importante que la de un chivato que señala cuál es el enemigo a batir. Por supuesto, no los islamistas radicales, sino aquellos que en España, en Inglaterra, en Holanda o en Dinamarca denuncian la progresiva y silenciosa islamización de Europa. Todas esas denuncias son consideradas por este señor como «ideología racista y xenófoba». Es la manera que tiene el P(SOE) de intentar acallar las voces discrepantes con su política de inmigración y con sus compadreos aliancistas. Lo de siempre: «calumnia, que algo queda». Pero eso mejor se lo cuenta Rossini