Víctima de la coronafarsa

Son malos tiempos para el católico, lo mismo que para la lírica. En diversas entradas de este y otros blogs, me he manifestado en este sentido. Sin embargo, hoy cabe ya decir que entre las muchas víctimas del coronavirus está la religión católica. No sé si el plan lleva cociéndose hace mucho o es una novedad; pero a estas alturas de la película, a un servidor no le queda ninguna duda de esta afirmación.

Los ataques que ha sufrido la religión católica van más allá de lo anecdótico (y que me perdonen las víctimas de los abusos sexuales perpetrados por sacerdotes y otro personal «religioso» por usar un adjetivo que podría resultar ofensivo sacado de contexto) y son totalmente de conceto, que diría el gran Pazos. Han sido todos ataques globales. Pero vamos por partes, que diría Jack el Destripador.

Lo primero de todo, se ha machacado la dimensión comunitaria de nuestra religión. Es decir, en todo este tiempo no se ha podido ir a misa, o si se ha podido, ha sido soportando un cúmulo de restricciones importantes. Todo empezó con el secuestro de la Pascua en Granada: las fuerzas del desorden, enviadas por alguien (quien fuera, sin duda, no era católico) y disolvió la celebración como si se tratara de una manifa de antifas y eso. Que nos conste, nadie ha pedido perdón. Pero de la «reacción» de la Iglesia hablaremos más adelante. Se llegó al punto de cerrar las iglesias durante el confinamiento. Querían convertir la religión católica en religión catódica: la misa, sólo por la tele y con amenazas, pues Pablemos ya se la quería cargar antes de esto.

Aunque puede parecer un tema menor y exclusivamente español, la exhumación del cadáver de Franco del Valle de los Caídos fue también un ataque a los católicos, tanto por el hecho en sí (aunque se pueda argumentar que el propio Franco no quería ser enterrado allí) como por la forma en que se desarrolló, mereciendo hasta una sentencia de la Sala de lo Tendencioso-Administrativo del Tribunal Supremo, facultando al Gobierno a cometer la fechoría. Como en su momento dijimos, el objetivo a medio plazo del Gobierno es acabar con el mausoleo del Valle. Quitar primero a los frailes, quitar luego a los muertos para evitar las peregrinaciones y, con el tiempo, dejar que aquello se pudra. Y, sobre todo, que pase el tiempo suficiente como para que a la gente no le importe dinamitar esa cruz de 120 metros, que para la gentuza que nos desgobierna es una ofensa (lógico: cuando te has echado en brazos del demonio, todo lo que es de Dios te ha de sentar como una patada en el bajo vientre).

Aceptado todo esto, aceptada la irrelevancia de una Iglesia que, por miedo, ya se ha decidido a entregar al César lo incluso lo que es de Dios, todo lo demás viene rodado. También forma parte de una estrategia que los enemigos tanto de España como de la religión católica llevan desarrollando desde hace décadas. Y ha acabado en lo de los tiempos actuales: la gente estúpida consigue que uno se pelee con ella por los milímetros a los que debe llevar colocada la mascarilla dentro de una iglesia.

Nunca como ahora se ha visto tan clara la traición. Traición de los intelectuales (incluyo en esta categoría a pensadores y periodistas), que nos debían explicar las cosas para saber cómo enfrentarnos a ellas; traición de nuestros políticos, que debían protegernos como colectivo. Los primeros se han transformado en cotorras orgánicas (como el cuervo en el cuento de Orwell) que trabajan en justificar las atrocidades de sus amos. Los segundos no son más que monigotes de cartón-piedra en manos del «club de los 10.000 millones». Así que hemos quedado de esta manera: desamparados, librándonos de la «funesta manía de pensar» y gritando (más bien berreando, porque el nivel educativo general ha descendido de manera increíble) «vivan las caenas».

Y para esto teníamos que «integrarnos en Europa», en los tiempos en que para nosotros era una aspiración y las presuntas democracias occidentales nos miraban por encima del hombro porque, claro, «éramos una dictadura». Pasamos a ser una «democracia» (vendida al NOM, eso sí: al parecer, Juan Carlos no podía ser Rey sin el visto bueno de Kissinger). Y ahora, inmersos como estamos en una estrategia mundial de reducción de población (que, por cierto y si no lo saben, también lleva décadas desarrollándose silenciosamente), ahora sí que no pintamos nada, que decía la vieja canción de Mecano…

Tragacionistas

Original aquí.

Hace apenas unas semanas, unas declaraciones de la actriz Victoria Abril sobre la plaga coronavírica y los remedios que se han arbitrado para contenerla provocaban gran escándalo entre los bienpensantes que babean de fascinación idolátrica cuando cualquier actor famoso pontifica sobre el cambio climático, o sobre el fascismo, o sobre cualquier otro asunto del que no tiene ni puñetera idea, ensartando topicazos sistémicos. Que es, por cierto, lo que hacen casi siempre los actores famosos: vomitar como loritos las paparruchas y lugares comunes que interesan a los que mandan, para obtener a cambio mejores contratos y el aplauso gregario de las masas cretinizadas.

Habría que empezar diciendo que la opinión de la actriz Victoria Abril sobre la plaga coronavírica tiene el mismo valor que –pongamos por caso– la opinión del actor Javier Bardem sobre el cambio climático. Sin embargo, las paridas y lugares comunes sobre el cambio climático que el actor Javier Bardem repite como un lorito desde las tribunas más encumbradas son consideradas dogma de fe por los bienpensantes. Puede que la actriz Victoria Abril soltase también algunas paridas sobre la plaga coronavírica; pero, al menos, no prodigó los lugares comunes pestíferos que suelen soltar sus compañeros de profesión (más pestíferos cuanto más famosos son). Y, junto con algunas paridas y observaciones dudosas, Victoria Abril soltó también algunas verdades como templos que merecen nuestra consideración; y, en algunos casos, nuestro aplauso ante su valentía, pues por atreverse a pronunciarlas firmará en los próximos años menos contratos (que se repartirán las actrices que ensarten con mayor entusiasmo las paparruchas sistémicas que interesan a los que mandan). Por lo demás, las paridas y observaciones dudosas que Victoria Abril deslizó en sus declaraciones se pueden refutar tranquilamente, sin necesidad de desprestigiarla, como hacen los jenízaros del discurso oficial que pretenden convertirnos en ‘tragacionistas’; o sea, en botarates que se tragan las versiones oficiales y las repiten como loritos o actores comprometidos (con su bolsillo y con la bazofia sistémica circulante).

  • Sólo los tragacionistas se niegan a aceptar, por ejemplo, que China ha ocultado deliberadamente (con la ayuda impagable de los mamporreros de la OMS) los orígenes del virus.
  • Sólo los tragacionistas se niegan a reconocer que la plaga coronavírica ha propiciado los más variopintos experimentos de biopolítica e introducido prácticas de disciplina social completamente arbitrarias e irracionales (empezando, por cierto, por el uso de mascarillas en espacios abiertos) que se ciscan en los tan cacareados ‘derechos’ y ‘libertades’ de las antaño opíparas y hogaño escuálidas democracias.
  • Sólo los tragacionistas se niegan a asumir que la plaga ha sido utilizada como excusa por gobernantes psicopáticos para devastar las economías locales, provocando la ruina de infinidad de pequeños negocios, condenando al paro a millones de personas y favoreciendo la hegemonía de las grandes corporaciones transnacionales.
  • Sólo los tragacionistas se niegan a discernir las burdas manipulaciones, medias verdades y orgullosas mentiras que han propagado nuestros gobernantes y sus voceros mediáticos durante el último año.
  • Sólo los tragacionistas se niegan a discutir la eficacia de medidas restrictivas caprichosas y confinamientos desproporcionados que, además, han tenido altísimos costes sociales y económicos.
  • Sólo los tragacionistas se niegan a admitir que las vacunas son una terapia experimental que se está administrando sin cumplir los plazos y los protocolos de seguridad establecidos y cuyos efectos secundarios no se han explorado suficientemente (aunque, desde luego, sus efectos bursátiles sean de sobra conocidos).
  • Sólo los tragacionistas, en fin, se niegan a examinar todas estas evidencias. Tal vez porque si lo hicieran tendrían que confrontarse con su estupidez gregaria y su sometimiento lacayuno a las consignas sistémicas.

Son estos tragacionistas, pues, los auténticos negacionistas, que con tal de sentirse abrigaditos en el rebaño renuncian a la ‘funesta manía de pensar’. Pues el ‘negacionismo’, aparte de un empeño desquiciado en prescindir de la realidad, es también un anhelo gregario, una penosa necesidad de buscar protección y falsa seguridad en conductas tribales. Y no hay conducta más tribal que tragarse las versiones oficiales sin someterlas a juicio crítico, señalando además como réprobos a quienes osan ponerlas en entredicho. Tal vez esos réprobos suelten de vez en cuando alguna parida; pero al menos no regurgitan el pienso que se reparte a los borregos.

Comentario nuestro. Alguna vez hemos criticado al señor De Prada por alguna opinión que ha manifestado. Pero esta vez no podemos estar más de acuerdo con su opinión, toda vez que el korona se ha convertido en el traje nuevo del emperador y no hay muchos (en proporción inversa cuanto más subimos de nivel) que se hayan atrevido a decir, como el niño del cuento, que «el rey va en pelota picada». Bien está que entre la famosa intelligentsia, formada a partes iguales por pagados y acollonados, haya alguien que de vez en cuando se salga de la fila de la obediencia ovina.

Recomendamos encarecidamente la lectura de la página a alguno que no ha mucho no se le caía de la boca la palabra «insensaaaaaatos», que ponía a Alemania como «ejemplo de gestión» a partir de informaciones recibidas de… Leipzig. Como si lo de Sachsen se pudiera extrapolar a toda Alemania e ignorando que en Berlín la «gestión» ha sido distinta (pero de efectos igualmente nocivos). Y que, cuando ya a muchos se les ha caído la venda de los ojos (un servidor nunca se la puso) y tras los escándalos primero de las mascarillas y luego de las vacunas (en Alemania, por cierto), sigue dando cifras de «contaaaaagios» las mañanas de fin de semana como si fueran la exclusiva del mes…

Seré breve (o no)

Este es un tiempo en que la ciudadanía comienza a ser acosada por todas partes y se están creando los brotes que germinarán en una guerra social total (ya saben: «A río revuelto…»). Ya no sólo es acoso por internet, en redes sociales, en blogs (hasta para este humilde blog, mío y de ustedes hay asignado un troll, de partido o de gobierno, me da igual, que cada vez que escribo algo que a sus jefes no les gusta, hace acto de presencia). Hemos llegado al acoso presencial en supermercados, que ya es lo último. Los gilipollas tamaño SLM («Súbase La Mascarilla… o tendré que pedirle que abandone el local») se reproducen como setas, ya sea por efecto de Filomena o por otro motivo cualquiera. Que, además, ésta haya sido la oportunidad que han aprovechado los resentidos, los frustrados y los que nunca han sido nada en la vida para hincharse como bueyes y creerse con derecho a tocar las narices (u otra cosa) al respetable no es una desgracia menor.

Por ello ─y por si queda alguien que use más de una neurona respecto de este tema de la coronafarsa: hay muchos, muchas y muches que funcionan con esto como ovejas zombies─, se me ha ocurrido rescatar un dicho de cierto inglés al que yo, antes de leer esa frase, desconocía, pero cuya frase va muy adecuada para estos tiempos que corren:

El que no quiere razonar es un fanático.

El que no puede razonar es un tonto.

El que no se atreve a razonar es un esclavo.

(Sir William Drummond)

Se sorprendería mucho Sir William de ver que, tras cuarenta años de socialdemocracia en España, en la que hunos y hotros han colaborado con mayor o menor entusiasmo, la coronafarsa ha demostrado que se puede (sí, se puede) convertir a muchos españolitos de a pie en las tres cosas a la vez. Y tengo noticias de que en Alemania (y no precisamente de Leipzig, que es de donde alguno las recibía), están igual, si no peor: allí ahora algunos les pueden acosar por no llevar la mascarilla correcta. Va a ser que en ciertas partes de Alemania ya no se aceptan las mascarillas de tela. Ahora hay que llevar la KN-95 o la FPP2 o 3. Made in China, naturalmente.

Van a conseguir vaciar los supermercados y que todo el mundo haga la lista de la compra por internet. Lo cual, a su vez, provocará olas de despidos en el sector, a no ser que una cajera se pueda reconvertir en moza de almacén (el negocio del futuro es la distribución, al parecer). Y puede que a esa cajera o responsable que les echó del «local» con cajas destempladas se la acaben ustedes encontrando en la cola del paro o la beneficencia, que es a donde nos quieren llevar a los ex-clase media los que cortan el bacalao en Europa. Sí, ésos mismos (nuestro presi enmig de tots) que tanto se afanan en besar el reluciente (o peludo, vayan ustedes a saber) trasero de Xi Jingping (él encantado, por supuesto, de que las débiles democracias le hagan el rendez-vous). Y pensarán ustedes, como pensaría yo: «Mira pa lo que hemos quedao. Tanto correr para acabar en el mismo sitio…».

Como prometí que iba a ser breve, lo dejo aquí. El próximo día, más preguntas.

(Nada) guapis (II)

Lo que llama desagradablemente la atención es cómo la directora presenta el encaje de la niña, que va de la mano de su transformación. La directora (no sé qué intenciones tendría) parte de la situación de las niñas «desatendidas»: en la mayoría de los casos no hay familia o es monoparental y la madre está demasiado estresada como para ocuparse de una hija que, a trancas y barrancas, deja de ser niña para internarse en el desconocido territorio de la adolescencia. Es decir: nadie las vigila. Y de aquí nos vamos a la presunta «libertad» de la que disfrutan esas niñas de once años, en un ambiente nada promisorio y que en todo caso no les permite salir de ahí.

Al verlas en ese ambiente y según se comportaban, yo pensé en las feminazis: niñas agresivas, maleducadas y que presuntamente «representan» a su edad el ideal de la «liberación femenina» de las mayores. Ahí es donde a mi juicio la tesis empieza a derrumbarse. Ya nos hemos acostumbrado a que las chicas jóvenes realicen un «baile erótico» antes reservado probablemente a las bailarinas exóticas. Pero lo que me parece muy mal es que la directora obligue a realizar esos mismos gestos y evoluciones «erótico-danzantes» a niñas de 11 años. Me recuerda a la época del destape por exigencias del guión: «Hombre, es que el guión lo exige y la escena tal no se entendería sin eso». Ya está mal que chicas jóvenes de «edad legal» parezcan, por efecto de la música, putillas de cuarta. La degradación de la música mal llamada «pop» es algo aparentemente imparable. Pero que se haga parecer eso mismo a niñas de 11 años me parece no sólo degradante sino de mal gusto. Si lo que pretendía la directora era facilitar material para unos buenos pajotes a todos los pederastas que se agazapan en redes sociales y fuera de ellas, enhorabuena, señora: lo ha conseguido.

Eso mismo denunciaba Lolo Rico (fallecida en 2019) en su libro TV, fábrica de mentiras, en el lejano 1994: que tanto los jóvenes de 15 años y los vejestorios de 50 debían tener una misma y uniforme mentalidad. Y ciertamente, si en 1994 empezaba a preocupar ese tema, en estos últimos cinco años es lo que se ha conseguido con las famosas «redes insociales», que han ido más lejos si cabe: niñas de 12 años ya «sintiéndose mayores», que no respetan la sabiduría (mucho menos la autoridad en cuanto mano firme y suave) de sus padres… y vejestorios y vejestorias de 50 o más comportándose como niñatos de 15 años, peleándose ellos por el like de una mujer a la que ambos invitaron a comer y ellas por ver qué foto de su perrito es la más bonita.

Como decía en mi entrada anterior, no sé si el tema se podría haber enfocado de otro modo más delicado. Pienso en la película Cafarnaúm, que es mucho más delicada al tocar el tema de la miseria y de sus consecuencias. Lo que sí sé es que hay otro dilema que la directora plantea y que debería hacernos pensar: ¿qué alternativa tiene una niña de 11 años descuidada por su familia en un ambiente opresivo, del que al parecer no hay más salida que el matrimonio (a partir de la primera menstruación) o la prostitución? La directora lo plantea así: ni apego a la tradición familiar (convierte a la mujer en esclava) ni ruptura total (el mercantilismo ateo, donde no hay límite para lo que se puede comprar o vender y que rompe a la persona por dentro).

Quizá por eso la escena final de la película es una petición de «redención» después de haber mostrado el asco por las dos opciones anteriores, cada una con su porquería: la niña abandona totalmente el ambiente «liberado» y se une a saltar a la comba con otras niñas de su edad. No sabemos si eso quiere decir que vuelve a la tradición familiar; pero sí percibimos el mensaje que la directora pretende enviar «oficialmente»: «Dejad a las niñas ser niñas y no les robéis su infancia». Pero para llegar a esta conclusión la directora nos ha llevado por un camino tortuoso y asqueroso (y en mi opinión innecesario).

De todos modos, el mensaje no es un mal mensaje. Podríamos estar todos de acuerdo con él. Sin embargo, algo chirría en el contexto: el momento. ¿Es casualidad que se haya presentado esta película en Netflix justo cuando la ONU nombra como experta máxima en salud y derechos humanos (o, según la terminología ya consagrada, en el «derecho a la salud sexual y reproductiva») a una persona que está a favor de la prostitución de adolescentes? Hagan sus apuestas.

Yo tengo mi propia solución al respecto, entendida desde una perspectiva católica: por mucho que se empeñen las feminazis, masones, rojelios y otras hierbas, la familia cristiana es un invento que ha funcionado razonablemente bien siempre que se hayan respetado sus condiciones. Más familia, más vida y más atención a los hijos. El sistema se está desmontando y volviendo a montar (ordo ab chaos) para que nuestros hijos —nuestro futuro— queden más desamparados aún. Películas como ésta, formuladas de esta manera, no ayudan. No puedo recomendar esta película de ninguna manera. Defender la infancia y el derecho a ella, sí. Pero así, no.

(Nada) guapis (I)

Esta entrada y la siguiente están dedicadas a mi mujer.

Seguramente ya se habrán enterado ustedes de la polémica generada por Netflix al incluir en su repertorio la película Guapis (Mignonnes, en el título original), que es el debut como directora de quien la ha perpetrado, una quaedam llamada Maïmouna Doucouré. Y, pues, como siempre, uno pica el anzuelo de la curiosidad y se dice: «Bueno, vamos a ver por qué ha causado tanta polémica».

Y la verdad es que la película no defrauda. En dos pinceladas, lo que se puede decir es que nos presentan a una niña de 11 años, de los barrios más depauperados de París, negra y musulmana (la negrilla es importante), en el contexto de una familia musulmana estricta, y que asiste a un instituto de primaria/secundaria, el que corresponde a su edad. Se pinta el ambiente opresivo de su familia y de la religión islámica. Nos muestran también a una niña que es una paria y que «no encaja» en su ambiente escolar porque, de alguna manera, va por libre.

En este contexto surge «una luz»: un concurso de baile para grupos infantiles, al estilo de las girlbands de las mayores (uno no puede dejar de recordar a las famosas Spice Girls, ya talluditas y tal, pero que en su momento y por efecto de la propaganda, fueron «el novamás» del pop y de la «girl revolution»). La directora nos quiere mostrar varias cosas:

  • La rebeldía de la niña frente a una situación opresiva, planteada por el Islam en relación a la mujer. Recordemos que para los musulmanes una ¿mujer? puede entrar en el «mercado matrimonial» a los 12 años o, más exactamente, desde que tiene la regla. Dejemos aparte a los locos tarados fundamentalistas, que se casan con cuarenta años con crías de nueve.
  • El encaje de la niña en su ambiente escolar a través de su integración en el grupo de niñas bailarinas, a las que ve bailar por casualidad y a partir de ese momento empieza a soñar con formar parte de ellas y así liberarse de lo que parece ser un destino marcado de antemano, al que en un momento del metraje habrá que añadir la «desgracia» de que su padre se case con una segunda mujer (Mahoma lo permite, así que allá ellos).
  • El cambio de personalidad de la niña: de ser una niña de once años temerosa de Alá pasa a convertirse, por efecto de la «libertad», en una especie de monstruo sin límites: no tiene problema en robar el móvil que usa como propio, no tiene problema en hacerse fotos de sus partes íntimas, no tiene problema en agredir a un compañero de clase cuando la llama por lo que es (putilla); y, finalmente, no tiene problema en empujar al Sena a una niña que había vuelto al grupo y que el día del concurso iba a bailar con las otras en lugar de ella, expulsada por el comportamiento anterior.

Gilipollas (y V)

En segundo lugar, tenemos a este otro gilipollas egregio:

Nadie sabe qué habremos hecho –o más bien dejado de hacer– los españoles para que el mundo de la educación, la cultura y la comunicación esté copada por esa clase especial de gilipollas progres. Si los ingleses hubieran tenido a mano una figura como la de Medio-hombre, que fue capaz de vencer a los ingleses rompiendo el sitio de Cartagena con una fuerza significativamente inferior en número, qué de películas y series y homenajes hubieran dispuesto para él. Además, lo hubieran tratado con el mimo con el que tratan ellos su historia. Y no digamos si el primero que hubiera dado la vuelta al mundo hubiera sido un inglés. Estaríamos inundados de «estudios históricos», películas y series y relatos para niños sobre la gran gesta.

Pero quiá. Medio-hombre era un giputxi, es decir, «medio tonto», que por lo visto no vale ni media mierda para que un paisano suyo –el Cobeaga éste de los cojones– le escriba una película como Dios manda, a pesar de haber sido nada menos que Almirante de la Armada Española en los tiempos en que ésta todavía contaba algo en el mundo. De hecho, contamos tan poco que tuvimos que dejar que los ingleses contaran la historia del descubrimiento de América –¿de verdad no teníamos ningún actor español que pudiera encarnar con dignidad a Colón, que hubo que echar mano de un francés? ¿O es que no se prestó ninguno, cosa probable también?–. O redescubrimiento, como dicen los pedantes, «porque los vikingos ya estuvieron antes allí». En resumen: dejar que tu historia la cuenten tus enemigos de siempre.

Y bueno, Elcano (o Elkano, en su grafía vasca), otro giputxi, pero de Guetaria; que para Cobeaga, si los giputxis de Donosti son tontos, los de pueblo tontos y medio. Para los progrespanoles la vuelta al mundo se acabó en Filipinas, porque allí fue donde apañaron a Magallanes (o Magalhães, pero dicho por los progrespañoles) y el trozo de va desde las Filipinas a casa… ehhhhh, bueno, sí… fue Elcano quien tomó el mando, «pero el importante fue el portugués», a pesar de que Elcano sí completó la vuelta. Ganas de tocar los cojones.

Luego lloriquean por la «crisis del cine español»: «Ah, es que los españolitos, que tienen comido el coco por la campaña contra nosotros del «partido de las tres letras», no van a ver nuestras películas». Pero si es natural, hombre. Dejad de hacer las películas por cobrar la subvención y no toméis por tontos a los españoles rodando películas estúpidas, que enlazan con la ingeniería social o que se ríen de nuestra historia, como esa patochada –por decirlo suavemente– sobre los héroes de Baler.

Como dije en la primera entrada de esta serie, Dios ha dispuesto que cada día se encuentre usted al menos con un (o una: no seamos sexistas) gilipollas. Así que si se encuentra con uno, relájese y disfrute, porque el sol sale todos los días (y los gilipollas de casa también).

Gilipollas (IV)

Pero donde últimamente resplandece la gilipollez es en situaciones de amplio espectro: es decir, allí donde más de mil personas a la vez pueden llegar a la conclusión que el individuo o individua es un o una gilipollas. A esta categoría yo los llamaría gilipollas egregios porque, además, se les puede citar con nombre y apellidos y todo lo que sale de su boca tiene una repercusión inmediata.

Querría mencionar a dos de ellos porque, aunque quizá haya pasado algún tiempo (por lo visto, hoy en día «un mes» ya es mucho tiempo en redes sociales), las suyas son gilipolleces dignas de mención. El primero es éste:

Por si alguien no se acuerda, este señor es Alberto Garzón, el apparatchik (por lo visto más chik que apparat) de Izquierda Hundida, a la que el todavía partido Pudimos-y-la-jodimos pagó las deudas y absorbió. Y le nombramos gilipollas egregio porque, con toda la información que corre sobre la verdad del sistema comunista (fijo que no se ha leído las setecientas y pico páginas de Federico, que había sido comunista y que, al conocerlos bien, cuenta con pelos y señales esas verdades comunistas), que este tío siga defendiendo ese sistema es de gilipollas.

Claro. A este gilipollas le hablas del disparador automático inventado por Egon Krenz y te dirá que no sabe de qué le hablas. Le hablas de las cartillas de racionamiento de la DDR o de los quince años que le costaba a un proletario (¡puags!) hacerse con un Trabant, el orgullo de la automoción comunista, y te dirá que no sabe de qué le hablas. Le hablas de las juergas que se corría el hoy zar de todas las Rusias, el ínclito Vladímir Vladimírovich, con los jóvenes Vopos y te dirá que no sabe de qué le hablas. Le hablas de la ingeniería social y de la represión política en la DDR y te dirá que no sabe de qué le hablas. Seguro que, por «no saber», ni sabe que los gerifaltes de la DDR vendían la sangre de sus propios compatriotas para transfusiones en otras partes del mundo (una trama que no se ha terminado de descubrir aún).

Y bueno, es un gilipollas que además pretende tomarnos por gilipollas a los demás: para ser un comunista en un país «democrático» como el nuestro, no le importa ser millonario, como toda la caterva de la Sexta. Entre la Thermomix de 1.000 euros (de la RFA, supongo) y el bodorrio riojano y el viaje de novios neozelandés, como cualquier proletario, la propaganda ¿comunista? te la haces tú solo, majo. Y es que un servidor no soporta a los ricachos que quieren venderte la moto de la sencillez.

 

Gilipollas (III)

Te los puedes encontrar también en el trabajo (jefes, compañeros y subordinados). O que pueden incluir a algún amigo por alguna «desgraciada» casualidad. Entre éstos puede estar el gilipollador (pónganle ustedes el calificativo que mejor les plazca) que cree que todo el mundo es gilipollas menos él o ella. Pongamos un ejemplo con espécimen femenino. La cosa puede ir también así, ya sea en persona o en redes sociales:

–Hola, ¿qué tal? Mira, que te quería contar la última que ha salido en las noticias de Fulano y…

–Ah, ¿ese gilipollas?

Tú frenas un poco. Ella está que lo tira.

–Bueno, sí, Fulano… ya sabes. Porque de Mengano no te hablo, que ya lo conoces.

–Sí, ése es otro gilipollas.

Ya van dos.

–Eeeeeh… He tenido un poco de follón y estado un poco descolgado de todo. ¿Sabes algo de Zutano?

–Vaya, otro gilipollas. Mira que irse solo a X para ver una obra de teatro… Ya se podía haber buscado a alguien que lo acompañara.

Tres. Ni se le ocurre que a lo mejor esa persona prefiere ir sola a los sitios. Su tema favorito es la política, porque puede llamarlos a todos gilipollas sin equivocarse demasiado. Si se santiguara por cada vez que suelta esa palabra, su altar sería más grande que el del Padre Pío. Uno llega a la conclusión definitiva de que hablar con personas así es una pérdida de tiempo, además de una gilipollez.

Un segundo escalón en el presente tema son los gilipollas de dos clases: los que están empeñados a toda costa a endiñarte su matraca y aquellos que a tu argumentación intencionalmente sensata oponen el equivalente a «Manzanas traigo». O que tratan de hacer ambas cosas. En cualquier caso la presunta conversación se convierte en un diálogo de besugos, salvo que uno la corte de inmediato obligando al gilipollas a buscarse otra víctima.

 

¡Taxi!

Pues nada. Ya lo han conseguido. En la flamante República Catalana, gobernada por el Torrat, no tienen sitio las VTC. Desde el punto de vista del taxista no lo sé; pero desde el punto de vista del cliente, los taxistas defienden su monopolio y su derecho a abusar del cliente cuando les venga en gana. Ésa es la única argumentación que se desprende de lo que se ha ido diciendo en las noticias.

Sin embargo, precisamente de lo que ha salido en las noticias, se pueden extraer unos cuantos detalles curiosos:

Los taxistas no aceptan la competencia que supondrían las VTC. Frente a los abusos de algunos taxistas –quiero pensar que la mayoría son honrados y que sólo algunos toman el pelo al respetable–, la sociedad arbitra una solución. Pero los taxistas –insisto, como colectivo–, son como ese señor que pone un puesto de venta de agua al lado de un río y hace correr la especie de que sólo su agua es buena y que la del río está envenenada. Quieren tener cautivo su segmento de mercado, como lo hacen las eléctricas. El problema, por supuesto, es que ésa es una reclamación injusta y contraria a la libertad de empresa que luce como derecho en el art. 33 de nuestra Constitución. Y que, siendo malo lo que hacen las eléctricas –que lo es–, eso no significa que haya barra libre para todos los demás sectores.

Los taxistas han mostrado unos modos y maneras incompatibles con sus reclamaciones. El hecho de que algunos salvajes de entre ellos hayan administrado palizas a unos «trabajadores» como ellos, pero de Uber o Cabify, les quita toda la razón, sea lo que sea lo que reclamen. Agredir incluso a los clientes de esos servicios está fuera de toda racionalidad. El respetable empieza a percibir a los taxistas como a unos vulgares antisistema, de esos que subcontratan los sindicatos para armar follón, romper escaparates y mobiliario urbano durante o después de la huelga sensu stricto. El Ministro del Interior ha hecho lo que tenía que hacer ordenando el desalojo de los taxistas (antes que «gay» o «de izquierdas» es Ministro del Interior y una de sus obligaciones es el mantenimiento de la seguridad ciudadana). Pero hay un hilo conductor sobre el particular del que hablaremos ahora mismo.

El hilo conductor. Quien crea que lo de los taxis ha explotado en concomitancia con las revueltas de los gilets jaunes franceses puede que sólo tenga la mitad de razón. Esto se venía preparando desde hace tiempo, y no fue exactamente Anderchenan. Quien puso la primera piedra de este conflicto fue… el propio Gobierno de la nación. Gobierno que, en una situación política precaria, no quiso comerse ese marrón y traspasó la patata caliente a las Comunidades Autónomas. Éstas hicieron otro tanto y, al final, quien se come el marrón son los Ayuntamientos, porque a fin de cuentas, se trata de licencias municipales.

Ya tenemos montado el cirio. Los Ayuntamientos regulan cada uno por su lado, sin atender a lo que es una necesidad general y teniendo en cuenta sólo el chanchullo que funciona entre ellos y el sector en su ciudad. Lo cual hace que la cosa pase de cirio a pifostio. Nadie se atreve a decir que el negocio de las VTC es «ilegal» (no lo van a decir porque no lo es), lo que pone al sector en pie de guerra. A estas alturas la «libertad» se confunde con el libertinaje; ¿pero a quién le importa?

El resto ya parece avistarse en el horizonte. No todos están de acuerdo con apalear a la competencia o a sus clientes. La Administración, con sus ¿regulaciones?, no ha hecho más que enredar. Y el panorama ahora empieza a aclararse: las VTC, aunque se han ido de Cataluña, cogen más clientes en el resto del país. Reivindicar está muy bien, pero si no se come, ¿de qué sirven las reivindicaciones? Así las cosas, el sector del taxi está dividido: por un lado, los radicales, que creen que está bien apalear a la competencia o a sus clientes; del otro, los moderados, que piensan que eso les perjudica en todos los aspectos. En fin. Parece ya una especie de culebrón venezolano (del culebrón venezolano verdadero hablaremos en otra próxima entrada).

Todo el problema está en dos cuestiones: la primera, que como es un marrón que el Gobierno no se ha querido comer, el caos generado por la diversidad de regulaciones hará necesaria una armonización de legislaciones vía 150.1 CE. Y esa palabrita causa urticaria como poco en los consejeros autonómicos del ramo. Después de la LOAPA de 1982 ningún Gobierno intentó armonizar nada. La segunda, que las reivindicaciones de sector han perdido fuerza y una huelga profesional se ha convertido en política, específicamente prohibida por el RD 17/1977, al que la STC de 8 de abril de 1981 lavó un poco la cara. Si el de huelga es un derecho fundamental, ¿para cuándo la Ley Orgánica correspondiente? Otra cosa que nuestros valientes políticos no han querido enfrentar para tener la fiesta en paz. Es como si alguien hubiera dicho: «En España nunca habrá una ley de huelga».

¿Pero saben a qué me recuerda este follón? A pesar de sus distintas consecuencias, la génesis y el desarrollo del pifostio me recuerdan mucho a la famosa huelga de estibadores. ¿Se acuerdan? Bruselas quería que se liberalizara el sector, pero alguien puso a los estibadores en pie de guerra. La cosa empezó a desinflarse cuando nos fueron informando de que la regulación del sector de la estiba –los privilegios con los que la UE quería acabar– databa del franquismo (¡horreur!), con cual la izquierda podemita, que estaba al parecer detrás del asunto, quedó «como Cagancho en Almagro» e hizo el más espantoso de los ridículos.

Con el taxi no han cometido el mismo error. Pero se les ve el plumero. Ni Peseto Loco –el nombre mismo ya es una invitación a una celda acolchada– ni otros como él van a conseguir nada. Para muchos profesionales honrados lo prioritario es ganar para comer y no andar detrás de unos señoritos (revolucionarios profesionales) que, al parecer, pueden pasarse diez días de huelga sin oler el volante. ¿Será que reciben alguna compensación que les permite variar sus prioridades? Como siempre, el tiempo traerá todas las respuestas respecto de lo que falta por saber.