Gilipollas (y V)

En segundo lugar, tenemos a este otro gilipollas egregio:

Nadie sabe qué habremos hecho –o más bien dejado de hacer– los españoles para que el mundo de la educación, la cultura y la comunicación esté copada por esa clase especial de gilipollas progres. Si los ingleses hubieran tenido a mano una figura como la de Medio-hombre, que fue capaz de vencer a los ingleses rompiendo el sitio de Cartagena con una fuerza significativamente inferior en número, qué de películas y series y homenajes hubieran dispuesto para él. Además, lo hubieran tratado con el mimo con el que tratan ellos su historia. Y no digamos si el primero que hubiera dado la vuelta al mundo hubiera sido un inglés. Estaríamos inundados de «estudios históricos», películas y series y relatos para niños sobre la gran gesta.

Pero quiá. Medio-hombre era un giputxi, es decir, «medio tonto», que por lo visto no vale ni media mierda para que un paisano suyo –el Cobeaga éste de los cojones– le escriba una película como Dios manda, a pesar de haber sido nada menos que Almirante de la Armada Española en los tiempos en que ésta todavía contaba algo en el mundo. De hecho, contamos tan poco que tuvimos que dejar que los ingleses contaran la historia del descubrimiento de América –¿de verdad no teníamos ningún actor español que pudiera encarnar con dignidad a Colón, que hubo que echar mano de un francés? ¿O es que no se prestó ninguno, cosa probable también?–. O redescubrimiento, como dicen los pedantes, «porque los vikingos ya estuvieron antes allí». En resumen: dejar que tu historia la cuenten tus enemigos de siempre.

Y bueno, Elcano (o Elkano, en su grafía vasca), otro giputxi, pero de Guetaria; que para Cobeaga, si los giputxis de Donosti son tontos, los de pueblo tontos y medio. Para los progrespanoles la vuelta al mundo se acabó en Filipinas, porque allí fue donde apañaron a Magallanes (o Magalhães, pero dicho por los progrespañoles) y el trozo de va desde las Filipinas a casa… ehhhhh, bueno, sí… fue Elcano quien tomó el mando, «pero el importante fue el portugués», a pesar de que Elcano sí completó la vuelta. Ganas de tocar los cojones.

Luego lloriquean por la «crisis del cine español»: «Ah, es que los españolitos, que tienen comido el coco por la campaña contra nosotros del “partido de las tres letras”, no van a ver nuestras películas». Pero si es natural, hombre. Dejad de hacer las películas por cobrar la subvención y no toméis por tontos a los españoles rodando películas estúpidas, que enlazan con la ingeniería social o que se ríen de nuestra historia, como esa patochada –por decirlo suavemente– sobre los héroes de Baler.

Como dije en la primera entrada de esta serie, Dios ha dispuesto que cada día se encuentre usted al menos con un (o una: no seamos sexistas) gilipollas. Así que si se encuentra con uno, relájese y disfrute, porque el sol sale todos los días (y los gilipollas de casa también).

Gilipollas (IV)

Pero donde últimamente resplandece la gilipollez es en situaciones de amplio espectro: es decir, allí donde más de mil personas a la vez pueden llegar a la conclusión que el individuo o individua es un o una gilipollas. A esta categoría yo los llamaría gilipollas egregios porque, además, se les puede citar con nombre y apellidos y todo lo que sale de su boca tiene una repercusión inmediata.

Querría mencionar a dos de ellos porque, aunque quizá haya pasado algún tiempo (por lo visto, hoy en día «un mes» ya es mucho tiempo en redes sociales), las suyas son gilipolleces dignas de mención. El primero es éste:

Por si alguien no se acuerda, este señor es Alberto Garzón, el apparatchik (por lo visto más chik que apparat) de Izquierda Hundida, a la que el todavía partido Pudimos-y-la-jodimos pagó las deudas y absorbió. Y le nombramos gilipollas egregio porque, con toda la información que corre sobre la verdad del sistema comunista (fijo que no se ha leído las setecientas y pico páginas de Federico, que había sido comunista y que, al conocerlos bien, cuenta con pelos y señales esas verdades comunistas), que este tío siga defendiendo ese sistema es de gilipollas.

Claro. A este gilipollas le hablas del disparador automático inventado por Egon Krenz y te dirá que no sabe de qué le hablas. Le hablas de las cartillas de racionamiento de la DDR o de los quince años que le costaba a un proletario (¡puags!) hacerse con un Trabant, el orgullo de la automoción comunista, y te dirá que no sabe de qué le hablas. Le hablas de las juergas que se corría el hoy zar de todas las Rusias, el ínclito Vladímir Vladimírovich, con los jóvenes Vopos y te dirá que no sabe de qué le hablas. Le hablas de la ingeniería social y de la represión política en la DDR y te dirá que no sabe de qué le hablas. Seguro que, por «no saber», ni sabe que los gerifaltes de la DDR vendían la sangre de sus propios compatriotas para transfusiones en otras partes del mundo (una trama que no se ha terminado de descubrir aún).

Y bueno, es un gilipollas que además pretende tomarnos por gilipollas a los demás: para ser un comunista en un país «democrático» como el nuestro, no le importa ser millonario, como toda la caterva de la Sexta. Entre la Thermomix de 1.000 euros (de la RFA, supongo) y el bodorrio riojano y el viaje de novios neozelandés, como cualquier proletario, la propaganda ¿comunista? te la haces tú solo, majo. Y es que un servidor no soporta a los ricachos que quieren venderte la moto de la sencillez.

 

Gilipollas (III)

Te los puedes encontrar también en el trabajo (jefes, compañeros y subordinados). O que pueden incluir a algún amigo por alguna «desgraciada» casualidad. Entre éstos puede estar el gilipollador (pónganle ustedes el calificativo que mejor les plazca) que cree que todo el mundo es gilipollas menos él o ella. Pongamos un ejemplo con espécimen femenino. La cosa puede ir también así, ya sea en persona o en redes sociales:

–Hola, ¿qué tal? Mira, que te quería contar la última que ha salido en las noticias de Fulano y…

–Ah, ¿ese gilipollas?

Tú frenas un poco. Ella está que lo tira.

–Bueno, sí, Fulano… ya sabes. Porque de Mengano no te hablo, que ya lo conoces.

–Sí, ése es otro gilipollas.

Ya van dos.

–Eeeeeh… He tenido un poco de follón y estado un poco descolgado de todo. ¿Sabes algo de Zutano?

–Vaya, otro gilipollas. Mira que irse solo a X para ver una obra de teatro… Ya se podía haber buscado a alguien que lo acompañara.

Tres. Ni se le ocurre que a lo mejor esa persona prefiere ir sola a los sitios. Su tema favorito es la política, porque puede llamarlos a todos gilipollas sin equivocarse demasiado. Si se santiguara por cada vez que suelta esa palabra, su altar sería más grande que el del Padre Pío. Uno llega a la conclusión definitiva de que hablar con personas así es una pérdida de tiempo, además de una gilipollez.

Un segundo escalón en el presente tema son los gilipollas de dos clases: los que están empeñados a toda costa a endiñarte su matraca y aquellos que a tu argumentación intencionalmente sensata oponen el equivalente a «Manzanas traigo». O que tratan de hacer ambas cosas. En cualquier caso la presunta conversación se convierte en un diálogo de besugos, salvo que uno la corte de inmediato obligando al gilipollas a buscarse otra víctima.

 

¡Taxi!

Pues nada. Ya lo han conseguido. En la flamante República Catalana, gobernada por el Torrat, no tienen sitio las VTC. Desde el punto de vista del taxista no lo sé; pero desde el punto de vista del cliente, los taxistas defienden su monopolio y su derecho a abusar del cliente cuando les venga en gana. Ésa es la única argumentación que se desprende de lo que se ha ido diciendo en las noticias.

Sin embargo, precisamente de lo que ha salido en las noticias, se pueden extraer unos cuantos detalles curiosos:

Los taxistas no aceptan la competencia que supondrían las VTC. Frente a los abusos de algunos taxistas –quiero pensar que la mayoría son honrados y que sólo algunos toman el pelo al respetable–, la sociedad arbitra una solución. Pero los taxistas –insisto, como colectivo–, son como ese señor que pone un puesto de venta de agua al lado de un río y hace correr la especie de que sólo su agua es buena y que la del río está envenenada. Quieren tener cautivo su segmento de mercado, como lo hacen las eléctricas. El problema, por supuesto, es que ésa es una reclamación injusta y contraria a la libertad de empresa que luce como derecho en el art. 33 de nuestra Constitución. Y que, siendo malo lo que hacen las eléctricas –que lo es–, eso no significa que haya barra libre para todos los demás sectores.

Los taxistas han mostrado unos modos y maneras incompatibles con sus reclamaciones. El hecho de que algunos salvajes de entre ellos hayan administrado palizas a unos «trabajadores» como ellos, pero de Uber o Cabify, les quita toda la razón, sea lo que sea lo que reclamen. Agredir incluso a los clientes de esos servicios está fuera de toda racionalidad. El respetable empieza a percibir a los taxistas como a unos vulgares antisistema, de esos que subcontratan los sindicatos para armar follón, romper escaparates y mobiliario urbano durante o después de la huelga sensu stricto. El Ministro del Interior ha hecho lo que tenía que hacer ordenando el desalojo de los taxistas (antes que «gay» o «de izquierdas» es Ministro del Interior y una de sus obligaciones es el mantenimiento de la seguridad ciudadana). Pero hay un hilo conductor sobre el particular del que hablaremos ahora mismo.

El hilo conductor. Quien crea que lo de los taxis ha explotado en concomitancia con las revueltas de los gilets jaunes franceses puede que sólo tenga la mitad de razón. Esto se venía preparando desde hace tiempo, y no fue exactamente Anderchenan. Quien puso la primera piedra de este conflicto fue… el propio Gobierno de la nación. Gobierno que, en una situación política precaria, no quiso comerse ese marrón y traspasó la patata caliente a las Comunidades Autónomas. Éstas hicieron otro tanto y, al final, quien se come el marrón son los Ayuntamientos, porque a fin de cuentas, se trata de licencias municipales.

Ya tenemos montado el cirio. Los Ayuntamientos regulan cada uno por su lado, sin atender a lo que es una necesidad general y teniendo en cuenta sólo el chanchullo que funciona entre ellos y el sector en su ciudad. Lo cual hace que la cosa pase de cirio a pifostio. Nadie se atreve a decir que el negocio de las VTC es «ilegal» (no lo van a decir porque no lo es), lo que pone al sector en pie de guerra. A estas alturas la «libertad» se confunde con el libertinaje; ¿pero a quién le importa?

El resto ya parece avistarse en el horizonte. No todos están de acuerdo con apalear a la competencia o a sus clientes. La Administración, con sus ¿regulaciones?, no ha hecho más que enredar. Y el panorama ahora empieza a aclararse: las VTC, aunque se han ido de Cataluña, cogen más clientes en el resto del país. Reivindicar está muy bien, pero si no se come, ¿de qué sirven las reivindicaciones? Así las cosas, el sector del taxi está dividido: por un lado, los radicales, que creen que está bien apalear a la competencia o a sus clientes; del otro, los moderados, que piensan que eso les perjudica en todos los aspectos. En fin. Parece ya una especie de culebrón venezolano (del culebrón venezolano verdadero hablaremos en otra próxima entrada).

Todo el problema está en dos cuestiones: la primera, que como es un marrón que el Gobierno no se ha querido comer, el caos generado por la diversidad de regulaciones hará necesaria una armonización de legislaciones vía 150.1 CE. Y esa palabrita causa urticaria como poco en los consejeros autonómicos del ramo. Después de la LOAPA de 1982 ningún Gobierno intentó armonizar nada. La segunda, que las reivindicaciones de sector han perdido fuerza y una huelga profesional se ha convertido en política, específicamente prohibida por el RD 17/1977, al que la STC de 8 de abril de 1981 lavó un poco la cara. Si el de huelga es un derecho fundamental, ¿para cuándo la Ley Orgánica correspondiente? Otra cosa que nuestros valientes políticos no han querido enfrentar para tener la fiesta en paz. Es como si alguien hubiera dicho: «En España nunca habrá una ley de huelga».

¿Pero saben a qué me recuerda este follón? A pesar de sus distintas consecuencias, la génesis y el desarrollo del pifostio me recuerdan mucho a la famosa huelga de estibadores. ¿Se acuerdan? Bruselas quería que se liberalizara el sector, pero alguien puso a los estibadores en pie de guerra. La cosa empezó a desinflarse cuando nos fueron informando de que la regulación del sector de la estiba –los privilegios con los que la UE quería acabar– databa del franquismo (¡horreur!), con cual la izquierda podemita, que estaba al parecer detrás del asunto, quedó «como Cagancho en Almagro» e hizo el más espantoso de los ridículos.

Con el taxi no han cometido el mismo error. Pero se les ve el plumero. Ni Peseto Loco –el nombre mismo ya es una invitación a una celda acolchada– ni otros como él van a conseguir nada. Para muchos profesionales honrados lo prioritario es ganar para comer y no andar detrás de unos señoritos (revolucionarios profesionales) que, al parecer, pueden pasarse diez días de huelga sin oler el volante. ¿Será que reciben alguna compensación que les permite variar sus prioridades? Como siempre, el tiempo traerá todas las respuestas respecto de lo que falta por saber.

 

Lloriqueos demográficos (I)

No sé si decir que me hacen gracia o me dan pena algunos políticos. Para ellos –y para sus terminales mediáticos– todo está en acuñar alguna frase o latiguillo que los proles, ese «pueblo» o «gente» atontado y/o embrutecido del que habla Orwell en su celebérrimo 1984 –no se engañen: para esa chusma que nos desgobierna por delegación, no somos mucho más que los proles orwellianos–. Permítanme una cita de lo que Orwell describe y, si son honestos, empezarán a reconocer algo de lo que se dice:

Nacían, crecían en el arroyo, empezaban a trabajar a los doce años, pasaban por un breve período de belleza y deseo sexual, se casaban a los veinte años, empezaban a envejecer a los treinta y se morían casi todos ellos hacia los sesenta años. El duro trabajo físico, el cuidado del hogar y de los hijos, las mezquinas peleas entre vecinos, el cine, el fútbol, la cerveza y sobre todo, el juego, llenaban su horizonte mental. No era difícil mantenerlos a raya. Unos cuantos agentes de la Policía del Pensamiento circulaban entre ellos, esparciendo rumores falsos y eliminando a los pocos considerados capaces de convertirse en peligrosos; pero no se intentaba adoctrinarlos con la ideología del Partido. No era deseable que los proles tuvieran sentimientos políticos intensos. Todo lo que se les pedía era un patriotismo primitivo al que se recurría en caso de necesidad para que trabajaran horas extraordinarias o aceptaran raciones más pequeñas. E incluso cuando cundía entre ellos el descontento, como ocurría a veces, era un descontento que no servía para nada porque, por carecer de ideas generales, concentraban su instinto de rebeldía en quejas sobre minucias de la vida corriente. Los grandes males, ni los olían.

 

El problema al que se enfrentan estos comisionistas del poder de tres al cuarto es que cada vez quedan menos. Ahora la despoblación del centro del país es un problema. Hace veinte años no lo era. Pero ahora ya sí. El número de pueblos deshabitados aumenta, porque mueren las cuatro personas que quedaban en él. Los progres a sueldo del Partido Interior, igual que encontraron la expresión «España profunda» para etiquetar acontecimientos como los de Puerto Hurraco, han encontrado ahora la expresión «España vacía». Y es enternecedor ver cómo lloriquean los gobernantes políticos: «¡Nos estamos quedando sin votantes!».

Naturalmente, nadie va a reconocer las causas. La primera de ellas, que se ha jugado a la ruleta rusa con la demografía. ¿Cómo ha sido eso posible? Bueno, hay un montón de hechos y causas que nos llevan a este hecho. Pero para fijar un punto de partida, pongámoslo en el malhadado informe NSSM 200, pergeñado por el no menos malhadado Heinrich Kissinger (con el que hasta Hitler podría estar de acuerdo) en 1974 y que al año siguiente Gerald Ford adoptó como política de Estado. ¿Cuál es la tesis básica de ese informe? Muy rápido, como dirían Les Luthiers: «Somos muchos y tocamos a muy poco». Parece mentira que esto se estuviera gestando en el período del baby boom, pero así reza el informe:

La tesis básica de la exposición fue que el crecimiento de la población en los países menos desarrollados (PMA) representaba una preocupación de seguridad nacional de EE.UU., ya que incrementaría el riesgo de disturbios civiles e inestabilidad política en los países que tenían un alto potencial para el desarrollo económico. La política da “máxima importancia” a las medidas de control poblacional, y a la promoción de la anticoncepción entre países muy poblados, para controlar el rápido crecimiento poblacional, que los EE.UU. considera perjudicial para el crecimiento socio-político y económico de estos países y de los intereses nacionales de EE.UU., ya que la “economía de los EE.UU. requerirá grandes y crecientes cantidades de minerales del extranjero”, y estos países pueden producir fuerzas desestabilizadoras de oposición en contra de Estados Unidos. Recomienda a los líderes de EE.UU. “influir en los líderes nacionales” y que “un mejorado apoyo mundial a los esfuerzos relacionados con la población, debe buscarse a través de un mayor énfasis en los medios de comunicación masiva y otros programas de educación y motivación de la población, por la ONU, USIA y la USAID. (Tomado de Wikipedia)

Pero esto, en los países occidentales, se ha traducido en otra cosa. Manteniendo el propósito original (reducción de la población) se han producido derivadas indeseables.

Otra cacicada más

La otra pifia de la que les quería hablar y que los plumillas y loros radiofónicos parecen ignorar (en esto, extrañamente, algunos se han vuelto radio-afónicos) es la que se ha plasmado en el Real Decreto Ley 9/2018, de «medidas urgentes» contra la violencia de género. Dejando aparte la quincalla ideológica feminazi que luce esplendorosa en su Exposición de Motivos, ¿subyace una «extraordinaria y urgente necesidad», como exige el art. 86 CE? Desde luego. Pero no para el pueblo, precisamente. La prisa, en realidad, es la de los ingenieros sociales, que quieren cabrear aún más el ambiente. Todo ayuda a aumentar la presión en la olla y a disminuir lo que Pío Moa denomina en alguno de sus libros «índice de salud social», o quizá menos formalmente, diríamos «paz social», que es lo suyo en el comunismo. En el comunismo todo el mundo está en guerra con todo el mundo; y es a eso a lo que se quiere llegar para evitar que el pueblo, hoy degradado a «la gente», se una contra los que manejan el cotarro y cortan el bacalao.

Pero «vamos al dato» interesante. De la lectura del Art. Único 2.2 de esa norma se desprende que, a partir de ahora, la acreditación de situaciones de violencia de género no lo será únicamente por sentencia judicial y, excepcionalmente, por informe del Ministerio Fiscal, como rezaba antes el art. 25 LIVG. Hoy tenemos lo siguiente:

una sentencia condenatoria por un delito de violencia de género, una orden de protección o cualquier otra resolución judicial que acuerde una medida cautelar a favor de la víctima,

o bien por el informe del Ministerio Fiscal que indique la existencia de indicios de que la demandante es víctima de violencia de género.

Primer problema: ¿cualquier resolución judicial? ¿Un Juez puede, por providencia o auto, determinar que existe situación de violencia de género y retirar la patria potestad, con las consecuencias que ello acarrea en materia de relaciones paterno-filiales? Pero sigamos, que la cacicada es mayor aún:

También podrán acreditarse las situaciones de violencia de género:

mediante informe de los servicios sociales, de los servicios especializados, o de los servicios de acogida destinados a víctimas de violencia de género de la Administración Pública competente;

o por cualquier otro título, siempre que ello esté previsto en las disposiciones normativas de carácter sectorial que regulen el acceso a cada uno de los derechos y recursos.

Dicho de otro modo: bajo el paraguas de esta norma, ahora hasta un funcionario (o funcionaria, no vayan a cabrearse las feminazis) del Ministerio de Agricultura –supongo que acogiéndose al axioma general de «todos los hombres son unos cerdos machistas»– podría acreditar una situación de «violencia de género». El segundo inciso aleja dicha decisión por completo del control judicial, que no es menos grave en tanto que significa que a un hombre –nunca a una mujer: detalle– se le puede privar de patria potestad sin el más mínimo control judicial de forma inmediata, con independencia de que de esa situación acreditada se derive un proceso judicial posterior o no.

Añadamos a esto dos detalles más. El primero, la fecha del RDL: 9 de agosto, que es el mes en que los malos gobiernos aprovechan para cometer sus fechorías legislativas. Tradición canalla iniciada en nuestra democracia –o lo que sea– por Felipe González y sus Gobiernos. Y luego, la convalidación del RDL prácticamente sin oposición política –¿dónde estaban Casado y Rivera? ¿En Valencia y Tossa de Mar, respectivamente, tostándose al sol?– y poco o casi nada de ruido en los medios. Quizá es que aquellos que podrían haber dicho algo han creído que «a ellos no les iba a afectar», ya se trate de políticos o de plumillas.

Y para que tengan ustedes el cuadro completo, añadamos la peripecia de una mujer en lucha contra los servicios «asociales», concretamente los de Protecció de Menors de la Generalitat catalana. Imagínense lo que puede resultar de la coyunda inmunda entre el incremento de atribuciones a los servicios «asociales» y el caos reinante en éstos: es decir, imposible poner orden e imposible evitar que actúen. Algo así como un cáncer en plena metástasis. Allende nuestras fronteras la cosa no está mejor: una de las palabras que a los padres y madres alemanas normales (sí, aún quedan) pone los pelos de punta es Jugendamt, organismo todopoderoso y cuasicomunista. Basta una mera denuncia para que se metan en la vida de los otros y en sus cuentas –a cuál peor de las dos cosas–. Ni siquiera hace falta que pongan micros en las casas, como hacía la vieja Stasi bajo el mando de Erich Mielke. Los propios alemanes se denuncian entre ellos. Pregunten y verán.

Lo que a algunos se les olvida decir es que con esta cacicada –y van…– los hombres quedamos un poco más desprotegidos. Algún día se escribirá la historia de cómo se pretendió acabar con el hombre como enemigo de la humanidad, como lo fueron los nazis para los judíos y los burgueses para los comunistas.

Carta de una farmacéutica

Esta es una carta que escribe una farmacéutica, sobre el chollo que tienen los inmigrantes con nuestra Sanidad Pública.

Estimados Compañeros:

Me dirijo a vosotros para explicar lo que está sucediendo en las farmacias españolas.

Creo que es necesario que esto se sepa porque, por lo que he podido comprobar hay una estela de secretismo en relación al tema de la Sanidad Pública y los inmigrantes.

Pasa lo siguiente: Yo soy farmacéutica y en mi oficina de farmacia detecto desde hace varios años ya muchísimas recetas que los inmigrantes ¡¡NO PAGAN!!

Sí, sí. Como lo estáis leyendo.

Lo explico: cuando uno de nosotros, español de toda la vida, va al médico, le extienden una receta con la modalidad de beneficiario normal o beneficiario titular o si está jubilado pensionista titular. Eso quiere decir que se ha cotizado a la Seguridad Social.

Pero los inmigrantes reciben recetas con las modalidades siguientes:

Extranjero titular sin recursos, solicitud de extranjero sin recursos, fármaco gratuito para extranjeros, menor extranjero con fármaco gratuito y lo peor de todo: pensionista extranjero fármaco gratuito mayor de 64 años. Esta última modalidad quiere decir que estos inmigrantes se traen a sus ancianos a recibir atención médica y recetas gratuitas pagadas por nosotros los españoles.

Por otra parte se llevan gran cantidad de medicamentos comprados en la farmacia o regalados a su país y además se jactan de ello.

Daré más datos: yo resido en Majadahonda, Madrid y de lo que estoy hablando lo veo cada día aquí.

Se supone que el Ayuntamiento de Majadahonda es de derechas y el mismo Ayuntamiento está repartiendo vales a moros y sudamericanos para recibir papillas y leches GRATIS y productos de higiene personal GRATIS.

Estos individuos, una vez que me dan el vale, se compran cremas de 50 euros con el dinero que no se han gastado porque según ellos y jactándose, los españoles somos todos tontos.

¡¡Estoy harta!!!

Además me han amenazado muchas veces en mi farmacia, pero muchas, y yo luego con el miedo de salir del trabajo a las 9h30 cuando esta gente sabe dónde trabajo y mi horario.

Es indignante y veo que no podemos hacer nada.

Bueno pues ya sabéis porque a los españoles nos va tan mal en la Sanidad, porque todo se lo dan a estos Untermenschen, ya lo veis. Y eso por no hablar de los pisos de protección oficial, los comedores escolares, las guarderías…

O sea: que yo si tengo un hijo, a mí que soy española de toda la vida, no me da nadie ni una ayuda y me puedo morir esperando. Para triunfar en España hay que ser moro o sudamericano, no saber hacer la O con un canuto y ser un desecho.

Un saludo, Ari.

________

Puedo confirmar que todo esto es cierto y que no se habla de ello porque no interesa; respondo a quien esté interesado:

farmaceuticos_adjuntos@yahoo.es

También están los emigrantes españoles, que viven en Sudamérica, vienen una vez al año, se hacen toda clase de chequeos, analíticas, pruebas, rehabilitación, cuando a nosotros nos toca esperar turno. Marchan cargados de medicamentos, los revenden y se pagan el viaje para el año siguiente…

¿Qué país aguanta tanto despilfarro? No quieren ahorrar, ahí lo tienen… revisen las pensiones no contributivas y el gasto sanitario.

Uno lee estas cosas y no entiende por qué algunos se escandalizan del «ascenso de la extrema derecha». Si es lo normal, hombre. Aunque sea mentira, uno vota a quien le promete que va a cuidar de él, tanto en su enfermedad como en su vejez, y que no va a tirar el dinero dándoselo a gente que ni siquiera es del país y que encima se burla en nuestra cara y nos llama tontos.

Tal vez esté llegando el momento de saber qué pactos hay entre los partidos y ante quién responden de esos pactos. Porque si fuera ante nosotros, es muy probable que estas cosas no sucedieran. Lo que hace el PSOE —siempre es el PSOE el que lo hace— es respetado por el PP.
Es decir, que no lo toca. Los unos por los otros y la casa sin barrer —llenándose de mierda cada día un poco más, diríamos—. Tampoco me fío que los partidos que están en la recámara vayan a modificar el panorama. Lo que pueda ocurrir en el futuro nadie lo sabe. Pero lo cierto es que ya hay una olla a presión que está empezando a hervir. Y nadie se ocupa de ello porque «no interesa».

Queridas señoras de la limpieza: gracias

(Visto aquí)

Addah Monoceros es Médico Interna Residente de Familia y resistente

Están en todas partes. En los pasillos del hospital, en los ambulatorios, en Urgencias. Se pueden hallar a cualquier hora, tanto a las cinco de la tarde como a las tres de la madrugada. Siempre con una sonrisa, siempre con un comentario bonito, siempre inculcándonos fuerza, como si a ellas les sobrase, como si ellas no pusieran toda su dedicación y todo su esfuerzo para mantener el sistema en pie. Y es que, ¡qué poco se valora a las señoras de la limpieza! Y digo “señoras” en femenino porque sigue imperando ese componente machista en el que son ellas mayoría. Una mayoría infravalorada, una mayoría despreciada, porque cuando se habla de la Sanidad sólo se mira a los médicos y, en última instancia, a enfermeros o auxiliares. Como si fuera una pirámide, como si unos fueran más que otros.

Ya hablé de Enfermería en su momento. Ya he recalcado incontables veces la importancia y el valor de todos y cada uno de los profesionales sanitarios, y de cuánto dependemos unos de otros para funcionar. Pero, ¿y las señoras de la limpieza? Poco se habla de ellas. Poco se alude a su incansable voluntad de ayudar. Poco se habla de cómo se apresuran a dejar un box limpio para que otro paciente pueda contar con un entorno aséptico en el que el sanitario ejerza cómodamente su labor. Poco se habla de cómo desinfectan los inodoros, de cómo hacen las camas, de cómo se sumergen en ambientes sucios, malolientes, incluso contaminados, de forma totalmente desinteresada, todo para que nosotros, los renombrados médicos, y ellos, los pacientes, protagonistas del sistema, cuenten con un entorno pulcro, agradable a la vista.

Los hay que ni las miran. Que pasan por el suelo húmedo sin ni siquiera pedirles permiso, sin emitir una disculpa. Los hay que no apartan la vista de la pantalla de su ordenador cuando ellas llaman tímidamente a la puerta de la consulta para vaciar esa basura colmada de gasas ensangrentadas y jeringas. Los hay quienes se impacientan porque “aún no han pasado a limpiar el box”, sin detenerse a pensar que, tal vez, se demoran porque cuentan con varios boxes más que higienizar. Raras veces se las nombra cuando hablamos de sanidad, y me preocupa. Me preocupa inmensamente. Me preocupa este escalafón, esta injusta jerarquía. Parece que, para ser respetable como persona, alguien con estudios universitarios merece más admiración que quien arrastra un carrito y una fregona por salas y pasillos. ¿Acaso ellas no contribuyen a la sociedad? ¿Cómo podríamos trabajar en un estado sucio, hediondo, con un riesgo mayor de contagio de enfermedades? ¿Acaso sería seguro para nosotros? ¿Lo sería para los pacientes?

Queridas señoras de la limpieza: gracias. Gracias por sostener el sistema en silencio, con esa modesta reserva que os caracteriza, con vuestro sacrificio incansable. Gracias por esas palabras de ánimo, por esas muecas de apoyo, por esos ojos brillantes que se maravillan por nuestro trabajo tanto como nosotros deberíamos admirarnos por el vuestro. Gracias por todo, gracias por tanto. Y ojalá algún día el mundo sepa estimar vuestros méritos y la relevancia que tenéis en sociedad. Yo lo hago más y más con cada día que pasa.

Origen: Queridas señoras de la limpieza: gracias | Redacción Médica

Por qué han matado al padre

Artículo de José Javier Esparza publicado en el desaparecido semanario ALBA (Intereconomía) en 2012.

Este texto recoge lo esencial de la ponencia presentada al Congreso Mundial de Familias el 27 de mayo de 2012 y fue publicado después en el semanario ALBA el 1 de junio de ese mismo año. Como algún fiel lector me ha pedido que lo recupere, lo hago.

En la civilización materialista avanzada que hemos construido, la figura del padre sobra. Y no sólo sobra, sino que es sistemáticamente vejada, socavada, escarnecida y, finalmente, destruida por el discurso oficial. Basta pensar en la imagen del padre que aparece, por ejemplo, en las series de animación para niños y para adultos: un tipo primario, tosco, carente de toda calidad personal, absurdamente vago o, cuando no, neciamente absorbido por su trabajo, y siempre, en todos los casos, poco ejemplar, es decir, alguien a quien no se puede tomar como modelo de nada. Y este es el drama, porque hasta no hace mucho tiempo el padre, en el ámbito familiar y social, tenía precisamente por función servir de modelo.

Bien, ¿qué ha pasado? ¿Acaso los humanos contemporáneos hemos visto súbitamente la luz y hemos descubierto que el padre merece morir? No, no es eso lo que ha pasado. Ni esto es tampoco un fenómeno casual. Al revés, estamos ante un fenómeno deliberado. La destrucción de la figura del padre es un viejo propósito de todas las ideologías que desde el último siglo están intentando derribar los últimos vestigios de la sociedad tradicional, natural, para edificar una sociedad nueva, esa sociedad de tipo nihilista que hoy se extiende por todas partes. La destrucción de la figura del padre es uno de los pasos fundamentales de la ingeniería social autodenominada “progresista” y de la ideología “de género”.

¿Cómo se ha llevado a cabo este proceso ideológico? Por dos vías. Por una parte, traduciendo a términos de lucha de clases la relación hombre-mujer, donde al hombre, al padre, le toca el desagradable papel de patrono explotador. Al mismo tiempo, haciendo una lectura estrictamente política del mito freudiano de la muerte del padre, de tal manera que exterminar al padre se convierte en paso ineludible para la libertad. Para quien lo haya olvidado, recordaré que Freud, en Tótem y tabú, describe el nacimiento de la civilización mediante un proceso de este género: en una imaginaria horda primitiva, un tiránico viejo macho disfruta de las mujeres y los bienes materiales imponiendo su despótica voluntad sobre los machos jóvenes; un día, sin embargo, los jóvenes se conjuran, dan muerte al viejo macho y devoran ritualmente su cuerpo en un banquete caníbal. Por eso, para ser libre, hay que matar al padre.

Es muy interesante esto de la muerte del padre en Freud, porque demuestra hasta qué punto estamos ante una gigantesca estafa intelectual. Como en tantas otras cosas, Freud coge un hecho antropológico y lo retuerce hasta convertirlo en aniquilación del alma humana. Porque en realidad el hombre, en su crecimiento personal, ha de liberarse de la figura paterna, sí, pero no para destruirla, sino para convertirse en padre a su vez. Es precisamente eso lo que asegura la transmisión de los linajes. Hasta hoy. Hoy está apareciendo ya una generación que ignora para qué sirve un padre. Más aún: una generación educada en la convicción de que la figura del padre es algo intrínsecamente negativo. Las consecuencias no se están haciendo esperar. Yo estoy convencido de que males sociales objetivos como la reducción drástica de la natalidad, el maltrato doméstico o la desorientación de los más pequeños están directamente relacionados con este hecho. ¿Y al menos hemos conseguido ser más libres? No. Y aquí es donde está la clave del asunto.

Como en tantas otras cosas, hoy ya hemos visto a la alimaña debajo de la piel de cordero. El objetivo final de este proceso de muerte del padre no es liberar a los mujeres de la explotación ni liberar a los jóvenes de la presión paterna. No. El objetivo es sustituir la función del padre por otra cosa. El objetivo es sustituir la autoridad paterna por el poder del Estado, del Mercado, del Sistema. Ya no será el padre quien proponga al hijo un modo de vida. Ahora será el Estado el que imponga al hijo un modo de pensar, será el Mercado quien imponga al hijo un modo de consumir, será el Sistema quien imponga al hijo un modo de vivir. Esto no es una amenaza de Casandra; esto lo estamos viendo ya a nuestro alrededor y lo vivimos todos los días en nuestras propias familias.

Por sorprendente que parezca, hay gente que considera que esto es bueno. Si manda el Estado en vez del padre, será más fácil construir una democracia. Por ejemplo. Si manda el Mercado en vez del padre, será más próspera la economía. Por ejemplo. Son argumentos que subyacen en las posiciones de quienes defienden asignaturas adoctrinadoras en la enseñanza o pautas de consumo emancipadas en los jóvenes. Y a lo mejor tienen razón. El problema es que si entregamos nuestras vidas al Estado y al Mercado, corremos el grave riesgo de perder nuestra libertad, porque nadie sabe qué rostro hay detrás de estos nombres tan rimbombantes. Esto ya sería suficiente para rebelarse. Pero es que hay un peligro aún mayor, y es el siguiente: si sustituimos al padre y a la madre por el Estado y el Mercado, estaremos yendo contra la naturaleza humana. Y esto es mucho peor, porque ir contra la naturaleza sólo conduce al desastre y al caos. Y sobre la pérdida de libertad se añadirá la demencia colectiva. Hoy no estamos lejos de ese punto.

Frente a esta situación, es urgente reivindicar la figura del padre. Una figura que encarna cosas muy simples: ordenación y ley. Donde la figura de la madre encarna el amor y la ternura, la del padre debe encarnar el deber, el orden, lo que hay que hacer para que la sociedad funcione. Por decirlo en términos muy simples: la madre cría al hijo y el padre lo orienta a la vida adulta. Eso no quiere decir que el padre no ame, al revés: nada de eso funciona sin amor. Pero sí quiere decir que la madre tiene una función y el padre tiene otra. Que el papá no puede ser una mamá suplementaria ni un colega del hijo.

Esta diferencia de funciones –padre y madre- no es algo que nos hayamos inventado nosotros ni es una ideología ni una religión. Es algo que está en nuestra naturaleza y que se deriva de nuestra propia condición de hombre y de mujer. Las mujeres y los hombres, iguales en muchas cosas, somos distintos en muchas otras; esa diferencia no nos hace enemigos, sino complementarios, y sobre esa complementariedad descansa no ya la civilización –que también—, sino la supervivencia de la especie humana.

Como mujer y hombre somos distintos, también es distinta nuestra proyección personal sobre la vida familiar y social. Y por un elemental hecho de la naturaleza, la mujer se proyecta como madre y el hombre se proyecta como padre. Esto no tiene nada que ver con las estructuras de producción ni con las peculiaridades étnicas, porque ocurre en todas las sociedades y en todos los tiempos, sino que es, insisto, un hecho de naturaleza, es decir, pura antropología. Sencillamente, los humanos somos así.

Hoy vivimos en la primera sociedad materialista de todos los tiempos, y también en la sociedad más artificial de la Historia. Los resultados están a la vista. La deshumanización de nuestras sociedades es un hecho. Por eso creo que ha llegado el momento de plantear con fuerza el rescate de la figura del padre como uno de los objetivos fundamentales de la regeneración social.

Nos han impuesto una sociedad sin columna vertebral. En vez de columna, han colocado una prótesis fabricada con una turbia mezcla de intereses económicos y políticos envuelta en un barniz de ideología igualitaria. Pero esa prótesis termina contaminando a todo el cuerpo. Hoy es preciso extirpar esa prótesis postiza y en su lugar poner de nuevo la columna vertebral de verdad. Recuperar la figura del padre, todo lo adaptada a los tiempos que se quiera, es un paso esencial de esta cirugía de reconstrucción. No hay un minuto que perder.

El autobús (y II)

Siendo malpensados, como hay que serlo respecto de toda falsa polémica, uno se pone a analizar y piensa: ¿con qué coincide en el tiempo esta falsa polémica? Y uno se encuentra con dos tipos de sucesos —al menos, de los que han salido en los papeles—, que son candidatos a ser tapados por la polémica:

a) Por un lado, los recientes escándalos judiciales, que afectan tanto a los delincuentes por ser quienes son (ex-miembros de la Casa Real y delincuentes white-collar de partido), como a miembros de la propia Administración de Justicia, que, olvidando su papel de defensores de la legalidad, se han puesto en algún caso a defender a alguno de los delincuentes. Con el consiguiente descrédito para las instituciones a las que esos delincuentes dizque representaban y de la Administración de Justicia, para quien corresponda. La sombra de Campechano I es alargada aún.

b) En segundo lugar, la tragicomèdia catalana d’en Quico i en Fregonet. Conviene poner sordina a lo que el Gobierno debería hacer y no hace en relación a todo lo que rodea al prusés, que no es solamente el mismo prusés sino el hecho de que están destrozando a través del adoctrinamiento nacionalista otra generación de niños y jóvenes… con el dinero que Montoro, generosamente, les regala porque no es suyo, sino nuestro. Cabría citar aquí la foto del masaje, que yo no sé si es verdaderamente masaje o esfuerzo de Junqueras para contenerse de estrangular a Soraya Umbridge.

c) En tercer lugar, la reciente marea anti-ISD. Muy puesta en razón porque el ISD, como impuesto directo que es, castiga la capacidad ahorrativa del contribuyente y le dice: «A la salida te espero». Es el desvalijamiento legalizado de los muertos y sus deudos. Como resulta que, además, es un impuesto de tramo autonómico, las autonosuyas cargan las tintas en ese impuesto, a excepción de Madrid, que aún resiste a Montoro (no sabemos por cuánto tiempo, visto lo visto). En Andalucía el asunto es sangrante (hay que pagar una Administración “oficial” y dos “paralelas”); y en Asturias ha comenzado la rebelión fiscal. Nadie quiere que de la herencia que dejan a sus deudos los caciques-chorizos regionales se queden para ellos un buen mordisco.

En Andalucía empiezan a aprender que para manifestarse no hace falta ir de la manita de un partido o un sindicato. Y eso es peligrosísimo para la casta de los cuatro. El antídoto frente a las esporádicas manifestaciones de coraje cívico es conocido: poca cobertura informativa y un trozo de carnaza para que miren a otro lado. Ése es el respeto que algunos tienen por el respetable. De cualquier forma, me encanta que la gente salga a la calle para algo más que protestar por el descenso de categoría de un equipo de fúrbo. Ya era hora y está bien.

Por último, concluiré con una afirmación y un ruego. Los mismos que berrean ahora defendiendo la transexualidad infantil son los mismos que berreaban hace tiempo contra la «pederastia sacerdotal». El ruego: que esta gentuza pro «derechos de los trans», que tanto critica a la Iglesia, quite sus sucias manos de los niños. Y que dejen a los niños ser niños en el ámbito protegido de una familia normal, en vez de intentar robarles su infancia, como pretendía el exministro socialista Maravall en 1983.