(Nada) guapis (II)


Lo que llama desagradablemente la atención es cómo la directora presenta el encaje de la niña, que va de la mano de su transformación. La directora (no sé qué intenciones tendría) parte de la situación de las niñas «desatendidas»: en la mayoría de los casos no hay familia o es monoparental y la madre está demasiado estresada como para ocuparse de una hija que, a trancas y barrancas, deja de ser niña para internarse en el desconocido territorio de la adolescencia. Es decir: nadie las vigila. Y de aquí nos vamos a la presunta “libertad” de la que disfrutan esas niñas de once años, en un ambiente nada promisorio y que en todo caso no les permite salir de ahí.

Al verlas en ese ambiente y según se comportaban, yo pensé en las feminazis: niñas agresivas, maleducadas y que presuntamente «representan» a su edad el ideal de la «liberación femenina» de las mayores. Ahí es donde a mi juicio la tesis empieza a derrumbarse. Ya nos hemos acostumbrado a que las chicas jóvenes realicen un «baile erótico» antes reservado probablemente a las bailarinas exóticas. Pero lo que me parece muy mal es que la directora obligue a realizar esos mismos gestos y evoluciones «erótico-danzantes» a niñas de 11 años. Me recuerda a la época del destape por exigencias del guión: «Hombre, es que el guión lo exige y la escena tal no se entendería sin eso». Ya está mal que chicas jóvenes de «edad legal» parezcan, por efecto de la música, putillas de cuarta. La degradación de la música mal llamada «pop» es algo aparentemente imparable. Pero que se haga parecer eso mismo a niñas de 11 años me parece no sólo degradante sino de mal gusto. Si lo que pretendía la directora era facilitar material para unos buenos pajotes a todos los pederastas que se agazapan en redes sociales y fuera de ellas, enhorabuena, señora: lo ha conseguido.

Eso mismo denunciaba Lolo Rico (fallecida en 2019) en su libro TV, fábrica de mentiras, en el lejano 1994: que tanto los jóvenes de 15 años y los vejestorios de 50 debían tener una misma y uniforme mentalidad. Y ciertamente, si en 1994 empezaba a preocupar ese tema, en estos últimos cinco años es lo que se ha conseguido con las famosas «redes insociales», que han ido más lejos si cabe: niñas de 12 años ya «sintiéndose mayores», que no respetan la sabiduría (mucho menos la autoridad en cuanto mano firme y suave) de sus padres… y vejestorios y vejestorias de 50 o más comportándose como niñatos de 15 años, peleándose ellos por el like de una mujer a la que ambos invitaron a comer y ellas por ver qué foto de su perrito es la más bonita.

Como decía en mi entrada anterior, no sé si el tema se podría haber enfocado de otro modo más delicado. Pienso en la película Cafarnaúm, que es mucho más delicada al tocar el tema de la miseria y de sus consecuencias. Lo que sí sé es que hay otro dilema que la directora plantea y que debería hacernos pensar: ¿qué alternativa tiene una niña de 11 años descuidada por su familia en un ambiente opresivo, del que al parecer no hay más salida que el matrimonio (a partir de la primera menstruación) o la prostitución? La directora lo plantea así: ni apego a la tradición familiar (convierte a la mujer en esclava) ni ruptura total (el mercantilismo ateo, donde no hay límite para lo que se puede comprar o vender y que rompe a la persona por dentro).

Quizá por eso la escena final de la película es una petición de «redención» después de haber mostrado el asco por las dos opciones anteriores, cada una con su porquería: la niña abandona totalmente el ambiente «liberado» y se une a saltar a la comba con otras niñas de su edad. No sabemos si eso quiere decir que vuelve a la tradición familiar; pero sí percibimos el mensaje que la directora pretende enviar «oficialmente»: «Dejad a las niñas ser niñas y no les robéis su infancia». Pero para llegar a esta conclusión la directora nos ha llevado por un camino tortuoso y asqueroso (y en mi opinión innecesario).

De todos modos, el mensaje no es un mal mensaje. Podríamos estar todos de acuerdo con él. Sin embargo, algo chirría en el contexto: el momento. ¿Es casualidad que se haya presentado esta película en Netflix justo cuando la ONU nombra como experta máxima en salud y derechos humanos (o, según la terminología ya consagrada, en el «derecho a la salud sexual y reproductiva») a una persona que está a favor de la prostitución de adolescentes? Hagan sus apuestas.

Yo tengo mi propia solución al respecto, entendida desde una perspectiva católica: por mucho que se empeñen las feminazis, masones, rojelios y otras hierbas, la familia cristiana es un invento que ha funcionado razonablemente bien siempre que se hayan respetado sus condiciones. Más familia, más vida y más atención a los hijos. El sistema se está desmontando y volviendo a montar (ordo ab chaos) para que nuestros hijos —nuestro futuro— queden más desamparados aún. Películas como ésta, formuladas de esta manera, no ayudan. No puedo recomendar esta película de ninguna manera. Defender la infancia y el derecho a ella, sí. Pero así, no.

Gotas que me vais dejando...

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