Centrar la mirada


Bueno, pues ya tenemos a la vista los cuartos comicios en cuatro años. Suena a repetición de videojuego, toda vez que hoy sabemos que Sánchezstein tuvo claro el día 29 de abril pasado que esos resultados no le gustaban y quería repetir hasta que le saliesen los números. Mientras tanto y desde esa fecha ha ido pasando pantallas y mareando la perdiz con los tirios y troyanos con los que creía poder congeniar. Ha resultado que el chantaje que pretendía («me das el gobierno de gratis o elecciones») a izquierdas y a derechas no ha funcionado.

Mientras los periodistas se esfuerzan en analizar las olas, nosotros queremos descender un poco más. Para ello tendremos que realizar dos distinciones con carácter previo, para no perdernos. La primera de ellas es que, a diferencia de lo que los periodistas, escritos o radiofónicos, machacan todos los días, hoy no existe diferencia alguna entre izquierdas y derechas. Ni siquiera a efectos didácticos o «para que me entiendas». Hemos visto a la izquierda y a la derecha en el poder. Y uno no puede dejar de recordar las frases finales de Rebelión en la granja; o si acudimos al acervo patrio, al celebrado chiste de Chumy Chúmez acerca de la disyuntiva «yo o el caos», que es atemporal y por desgracia, hoy más actual que nunca. En España lo que se denomina «izquierda» (por lo menos la «rentable», la que no sueña con «tomar el Palacio de Invierno»), es socialdemócrata. Y lo que se denomina «derecha», después del sorayomarianismo, también. Lo que hemos visto estos últimos años es que la «izquierda» ha marcado la política y la «derecha», aparte de arreglar un poco la maltrecha caja común, la ha seguido como un corderito y sin desviarse un milímetro.

Si mantenemos esa distinción, seguramente percibiremos una especie de «bloques» más o menos estables, que en estas elecciones subirá uno unos pocos escaños y otro bajará unos pocos escaños también, o viceversa. Y todo parecerá igual. Sin embargo, si uno cambia la lente, la imagen cambiará también considerablemente. Hagamos la pregunta del millón: de los cinco partidos que aspiran a llegar a Moncloa, ¿cuántos están vendidos a las agencias mundialistas y están dispuestos a ser sus más rendidos y eficientes servidores en la aplicación de los idearios y programas de aquéllas? Es una pregunta incómoda, pero que despeja el panorama de una manera increíble. La respuesta, salvo error u omisión, es hoy una: todos menos uno. Sólo hay uno que, por ahora y a pesar de ocasionales tropiezos y numeritos, presenta un discurso con un mínimo de robustez intelectual frente a esa agenda mundialista. Los demás, cada uno por sus razones, tragan con las agendas y programas de fuera. Por tanto, la distinción correcta, en mi opinión, es la que divide a «mundialistas» y a «no mundialistas». Lo otro es per a la canalleta.

La segunda distinción es también interesante a la luz de lo que está ocurriendo. Distinguimos entre «mandar» y «gobernar». Por desgracia nuestros políticos, con las debidas excepciones, quieren más «mandar» que «gobernar». «Mandar», en el sentido que pretendemos darle aquí, significa únicamente estar en lo alto del tótem con dos fines: el primero, figurar, «entrar en la historia» (aunque sea de la infamia) y cobrar la suculenta pensión que va aparejada al cargo de Presidente, Ministro o Secretario de Estado. Los «simples señorías» del Poder Legislativo tienen que sudar un poco más, pero no mucho: les bastan dos legislaturas completas (8 años) para cumplir con sus derechos pasivos máximos.

«Gobernar», por el contrario, es algo menos vistoso y más desagradable. Generalmente, el que «manda» está exento de esta parte. «Aparta de mí, Señor, este cáliz», reza la mayoría de ellos, temerosos. «Gobernar» significa que uno sabe que se debe al país al que gobierna y no a los intereses bastardos de otras naciones a las que les interesa que el país de uno esté en la mierda porque de otro modo les haría sombra. Sabe que debe tomar decisiones difíciles y que muchas veces tienen un coste político aunque sean por el bien del país –no, por tanto, del suyo propio o del de su partido–. Significa que acepta su responsabilidad frente a su pueblo, que son todos, no sólo los que le han votado.

Lo he dicho algunas veces y aquí lo volveré a repetir: hoy en España, con las debidas excepciones, no tenemos estadistas. Tenemos cortesanos e intrigantes de medio pelo que lo único por lo que se mueven es por proteger su canonjía. Gente ansiosa por mandar, no importa si motu proprio o como personas interpuestas. Tenemos títeres, manejados por titiriteros cuya partida se juega en otro tablero y a más alto nivel. Vamos, que los dimes y diretes de unos u otros, las idas y venidas de los hotros y de los hunos, como dijera la gran Luz Casal, «no me importan nada». Bueno, a mí y a mucha otra gente que no se cree la farsa de la «fiesta de la democracia»…

Tú juegas a quererme,
yo juego a que te creas que te quiero.
Buscando una coartada,
me das una pasión que yo no espero
Y no me importa nada

Tú juegas a engañarme,
yo juego a que te creas que te creo
Escucho tus bobadas
Acerca del amor y del deseo…

Sustituyan las palabras allí donde corresponda y tendrán la actitud general del censo electoral, excluidos naturalmente los militantes y los simpatizantes. A los trolls no los cuento porque se suelen vender al mejor postor.

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