Anti-Trump (it sucks…)

Ya decíamos en su momento que era incomprensible todo el desarrollo del proceso electoral useño. No entendemos esas manifestaciones anti-Trump, ni los disturbios anti-Trump. Siempre habíamos puesto a los USA como ejemplo de democracia madura y bien asentada, capaz de aceptar sin chistar los resultados de unas elecciones en buena lid; y sin embargo, bien parece hoy que han vuelto a la edad infantil.

Supongo que habrá sesudos analistas que expondrán circunstanciadamente sus razones. En cuanto a mí, que no me considero en absoluto un sesudo analista, ni intelectual orgánico ni nada parecido, expondré algo que a lo mejor ustedes no han leído en estos últimos tiempos en todas partes, pero que puede darnos alguna clave de por qué pasa lo que pasa.

Primera afirmación: Obama fue un socialista europeo. Es decir, importó a la política useña los modos y modales que imperan a su otro lado del charco —es decir, el nuestro—. En consecuencia, se ha dedicado a subvencionar todo lo subvencionable. El Obamacare es un reflejo de los sistemas de Seguridad Social vigentes en Europa, pero sin ninguna tradición en the States. La idea no es que el Estado te ayude, sino que tú seas capaz de manejarte por ti mismo. Para el tradicional individualismo useño, el Estado te proporciona una muleta y luego te obliga a amar la muleta, por lo cual lo han rechazado siempre. Un servidor de ustedes siempre dijo que, en este aspecto, Obama era el doble negro de ZP; pero ahora se van enterando.

Segunda afirmación: entre esos modos y maneras importados de Europa está la famosa superioridad moral de la izquierda. No hay más que ver a los peliculeros de Jolibús, con la sonada excepción de Clint Eastwood, agitarse como groupies por el candidato demócrata de turno. Que es la réplica de lo que en las Batuecas hicieron algunos rascavoltios y cómicos de la legua con la zeja. Y todos, a ambos lados del charco, están convencidos de que su opción es la buena y no hay ninguna otra. Menos aún la de los hotros. Todo eso queda para la galería. En el fondo sabemos que en todos los sistemas hay vasos comunicantes entre las formaciones políticas que detentan el poder y el resto es propaganda para el populacho —así les consideran ellos, aunque no se lo digan—.

El caso es que, elegido Trump, una parte del pueblo useño no se comportó con la madurez y disciplina que se espera de una democracia asentada. Vieron que peligraban sus subvenciones y fondos. Y al final, todo se resume en eso: defender el cacho de pan y la clientela fácil que pende de la subvención (otra novedad importada de Europa, o más concretamente, de España). De ahí las asonadas, los disturbios y las manifestaciones. No muy diferentes a las que se produjeron en Francia tras la elección de Sarko —¿casualidad que se produjeran contra otro conservador?—.

Pero lo que ya me da la risa es esa Women’s March. A esa marcha se apuntaron todos (y todas y todes) los progres. Incluso dos de ellas —Madonna y Scarlett Johansson— se despacharon a gusto. Sin embargo, nos hemos enterado de que una de sus organizadoras, Linda Sarsour, profesa la religión islámica, que, como es sabido, tiene un largo historial de defensa de los derechos de la mujer. Dejemos aparte otros rumores que corren sobre esa señora…


Otra que también me da la risa. Trump dijo en campaña que iba a construir un muro entre México y los USA, y que lo iban a costear los mexicanos. Eso sentó muy mal en el DF, y de hecho Peña Nieto ya salió en la televisión afirmando que no iban a pagar un centavo de ese muro. Toda la prensa useña e internacional se echó contra Trump: «Hay que ver… este tío es un fascista… etc etc» (como si los hotros no supieran nada de muros). Bueno, ¿dónde estaban esos que truenan contra Trump cuando Bill Clinton hacía lo mismo? Y lo que tampoco cuentan: que México ya ha ordenado levantar su propio muro frente a Guatemala. Esto los progres no lo cuentan porque «no saben/no contestan» (traducción: «es propaganda perjudicial para la empresa»).

Sea como sea, la rabieta de los perdedores es monumental y no se han cortado un pelo en demostrarlo. Nada de «aceptación tranquila de resultados» ni leches. Nueva prueba de que Hillary era (más) candidata del establishment que Trump: lo único que ha hecho hasta ahora la prensa mundial ha sido demonizar sin matices a Trump, sin hablar de lo que Hillary pretendía. Algo así como un «Estos son mis poderes, Donald. Te vas a enterar». Por supuesto, todas las organizaciones y personas a las que Obama regó generosamente están ahora como perros rabiosos porque se les acaba la manduca. Y todo así. Quizá hayamos entrado calendariamente en el siglo XXI… pero en muchos otros aspectos seguimos en el XX.

Trumpazo (III/2)

Pero hasta la paciencia tiene un límite. Y cuando aquellos a quienes te has comprometido a defender o sus dirigentes te desprecian —gracias a la propaganda y a un extraño prurito de veteranía— porque te ven como un cowboy de gatillo demasiado suelto, empiezas a pensar en el dinero que llevas enterrando en Europa desde hace 70 años. Y piensas: «Desagradecidos. Que os vayan dando». Y puede que se vuelva hacia Asia, donde podrá hacer mejores negocios y, en principio, sufrirá menos dolores de cabeza.

Eso puede plantear una incógnita muy incómoda a la élite extractiva europea, que hasta ahora y en conjunto se ha comportado como los pretendientes en casa de Ulises. Resulta que, si Trump toma esa dirección, ya no podrán dedicarse a legislar cuántas gotas de agua se pueden gastar más allá de las once de la noche. Ni podrán dedicarse a concluir pingües negocios con el dinero de todos los europeos. Tendrán que pensar en crear un ejército de la nada, pues nadie habrá que nos defienda salvo nosotros mismos. Eso, como saben ellos muy bien, no se crea en cuatro días. Y su mantenimiento, una vez creado, tampoco son baratos, ni mucho menos. Añorarán los días de vino y rosas. O tal vez no. Cabe la posibilidad de que se digan a sí mismos: «¿Peligro, dices? Nadie se atreverá a atacar de verdad a Europa. Los cuatro crímenes que han causado los islamistas son peccata minuta». Algo como esto en el Europarlamento:

—Bueno, hay que pensar en defenderse. Se acabaron los días felices —dice un diputado de centro-derecha—.

—¿Defenderse de quién? Nosotros somos pacifistas, queremos la paz a toda costa y no queremos hacer la guerra a nadie —responde uno de ultraizquierda—.

—Pero igualmente, si les atacan tendrán que defenderse, ¿no?

—En absoluto. Nosotros no queremos Ejército, somos pacifistas y si nos atacan nos rendiremos debidamente. First is business.

—Claro, claro. Tienen razón. Nada de militares en Europa. First is business.

La otra posibilidad es que desde Bruselas se firme un Reglamento que cree una especie de «Servicio Militar Europeo» y obligue a todos los Estados miembros a contribuir en consecuencia. Naturalmente, todos los nacionalismos de vía estrecha se negarán aunque ya no pasen por sus respectivas metrópolis («A Brussel·les sense passar per Madrit»). Y así, tanto cabrá que un danés acabe haciendo la mili en Torrevieja, Alicante, como que un español la acabe haciendo en Cluj, Rumania. De cualquier modo, un territorio se defiende (o dicho en términos más jurídicos, «se mantiene su paz y seguridad») a través de unas fuerzas armadas bien entrenadas y en estado de revista. Lo de dejar que cada país se ocupe de sus fronteras, como hasta ahora, no es una opción porque ya se ha probado y no funciona. Lo demás, y lo siento por los pacifistas, son tonterías. No está el horno para bollos.

Y si algún pacifista de vía estrecha me acusa de ser un «militarista» y bla-bla-bla, le diré esto…

Trumpazo (III/1)

Me queda por reflexionar, en esta serie de entradas, sobre algunos otros efectos que ha provocado el desembarco de Trump en la Casa Blanca. Teniendo en cuenta que la campaña que ha llevado a cabo no ha sido más que una cortina en que ha mostrado unos modales poco adecuados —en esto Clinton y sus partidarios tampoco se quedaron atrás—, queda por saber qué parte de todo lo que dijo en campaña va a mantener.

En política internacional hay un asunto que preocupa a los dirigentes europeos y que en este blog hemos mencionado alguna vez: la famosa relación transatlántica entre Estados Unidos y Europa. De este lado del Atlántico piensan que «puede haber problemas» y ya han organizado lo que se ha dado en llamar la cena del miedo. Una reunión de los principales mandamases de la UE cuyo orden del día contiene un único punto: «a ver qué hacemos ahora». Máxime cuando parece seguro que los ingleses, que son los otros que tienen un ejército digno de tal nombre en Europa, también van a irse puesto que su gobierno no va a rectificar el resultado del engaño del Brexit.

Pero si es perfectamente lógico, hombre. Les explico: los USA, hasta ahora, habían tenido a Europa como prioridad debido al avance del comunismo. Cayó el Muro de la Vergüenza europeo, el de Berlín, y los USA se comprometieron a seguir desplegando un dispositivo defensivo en Europa ante futuras amenazas. Un dispositivo que les cuesta un pastón, además. Sin embargo y desde hace 27 años (los que hace que cayó el Muro), la izquierda cateta y troglodita que padecemos en Europa no deja de dar el coñazo con el pacifismo. Incluso yo, desde que tengo uso de razón, recuerdo aquellas consignas de «¡OTAN no, bases fora!» que berreaba la izquierda antes de que un presidente… socialista… nos hiciera entrar en la OTAN.


Siempre me pareció curioso que protestaran por el militarismo de los USA y no por el de la URSS. Pero claro: ése sí que estaba justificado. Había que defenderse de las agresiones imperialistas americanas a base de jeans y Coca-Cola. Frente a los misiles Pershing, los SS-20 moscovitas. Faltaría más. Que en 1989 y en los años siguientes quedara sobradamente demostrado que los misiles no son materia comestible no ha arredrado a estos héroes de la pancarta (y de nada más). Siguen ahí dando el coñazo con consignas viejas y nuevas sobre el mismo tema (principio de orquestación); y la propaganda parece haber calado en la superestructura, que diría Marx.

Trumpazo (II)

La progresía mundial está de luto. Muchos no saben por qué apoyaban en realidad a Clinton, pero tenían clarísimo que Trump era el demonio. Vamos, que poco más que les ha faltado representarlo con cuernos, capa roja y tridente. Luego ha habido un factor con el que no han contado: las encuestas fallaron porque ya nadie se atreve a destapar en público sus preferencias. Prefieren hacerlo en la soledad de la cabina electoral, lo cual es una puñalada trapera al candidato. Claro: uno va convencido de que tiene al establishment de su lado y que basta eso para ganar. Los votantes parecen un barullo lejano. Trump ha partido de esa primera desafección del establishment (un desprecio básico y fundamental por el votante de a pie) para construirse una imagen ganadora de «maverick frente al sistema». Una imagen que, como decíamos en la entrada anterior, bien podría haber agradado a Clint Eastwood, si no fuera porque Trump es en realidad tan sistema como Clinton.

Pero lo interesante, a mi parecer han sido dos cosas: la primera, las reacciones a ambos lados del Atlántico. Por un lado, las de los derrotados demócratas, que prácticamente han llamado a tomar la calle. Es verdad que el discurso de Trump en campaña fue incendiario y no pocas veces ofendoso y faltón. Pero el hecho es que conectó con esa mayoría WASP a la que la política de Obama de favorecimiento de minorías —especialmente la de su color— había arrinconado. Los pijos demócratas no han digerido aún que Estados que fueron feudos suyos dejaran de serlo de un plumazo. Conclusión: el pueblo useño no es tonto y prefiere a alguien que le escuche en vez de a alguien que le dore la píldora pero que en realidad no le respeta, pues se ha dado cuenta de ello. El hecho de que se hayan producido disturbios, por otra parte, dice mucho del talante poco democrático de los seguidores de Clinton. Los Estados Unidos ya no pueden blasonar de su disciplina democrática al aceptar los resultados electorales.

Segunda cosa que me ha llamado la atención: el tratamiento que se ha dado aquí a la campaña electoral useña. En prácticamente todos los medios de cierta importancia, campaña mañana, tarde y noche. Y la noche electoral, la televisión pública anunciando una macroconexión de ¡seis horas, nada menos! para «seguir en directo la campaña. Me imagino que la seguirían los adictos, pero me hace surgir una reflexión. ¿De verdad es tan importante una campaña electoral en un país extranjero, aunque sean los USA? Oyendo a los presentadores y demás, parecía como que hasta teníamos derecho a votar allí, «porque las decisiones que se tomen nos van a afectar y mucho». Ridículo. Es cierto que nos van a afectar; pero dado que no somos ciudadanos useños, no tenemos poder alguno.

Tercera cosa, las reacciones de la intelectualidad en algún medio de comunicación. Particularmente me refiero a John Carlin, que ha escrito un par de libros sobre Mandela y debe creerse merecedor del Nobel, como poco (si se lo han dado a Bob Dylan, en realidad pueden dárselo a cualquiera, porque ese premio ya se ha convertido en un concurso de popularidad). Míster Carlin ha perpetrado una deposición en Er Paí (en realidad una serie), en la que augura toda clase de calamidades y plagas bíblicas a los USA por haber elegido a ese P.T. Barnum of finance como la persona que va a dirigir los destinos de la nación más poderosa durante al menos cuatro años (puede que sean ocho). Naturalmente no lo piensa sólo él, sino que hay muchos que repiten ese mantra. Hasta los comunistas de Podemos se hacen los ofendidos cuando se les compara con él, siendo así que son tan populistas como él.

En mi opinión, Trump es un tipo listo, extravagancias aparte. Otra cosa, que sólo se ha de ver con el tiempo, es si es bueno para los intereses de su país, que es donde realmente importa. Nosotros, tome él las decisiones que tome, nos las tendremos que comer sin poder decir gran cosa al respecto porque no somos nacionales de ese país, pese a que los informativos progres (también el de la televisión pública, que es de todos, o sea, de los partidos) y quienes los dirigen nos quieran convencer de otra cosa.

Trumpazo (I)

Supongo que a la altura de estas fechas cuesta ser original con el asunto de Trump, presidente electo de los Estados Unidos de América. Ha hecho correr ríos de tinta durante la larguísima campaña useña. Voy a desglosar mis impresiones en dos bloques.

Durante la campaña

Como es sabido, en comparación con la campaña española oficial, la campaña electoral useña dura todo un año. El candidato va superando los famosos caucus y supermartes enfrentándose a los rivales de su propio partido: o te los comes, o te comen. A diferencia de otras campañas, en esta no se han ahorrado el juego sucio, los improperios, las amenazas, incluso físicas… en fin, se ha parecido más a una campaña de las nuestras. ¿O es que ya se parecen todas?

Llama la atención que la izquierda toda, de ambos lados del Atlántico, se haya lanzado contra Trump. El candidato ha sido ofendoso y faltón, lo cual ha sido un regalo para la izquierda ofendosa y faltona, pues ha podido despacharse a gusto con alguien que usa sus mismos métodos, al menos en campaña. Frente a la displicencia estirada y gélida estilo Wellesley College —donde estudian las niñas pijaprogres— de Hillary Clinton, Trump se ha construido una imagen de cowboy más del agrado de un buen número de votantes. No es extraño que a Clint Eastwood le cayera simpático; aunque tampoco creo que le contratara para una secuela de su Jinete Pálido, que en este caso debería titularse El jinete peliteñido.

Los intentos de ridiculizar a Trump presentándolo como un estúpido sin matices o con ellos («Como empresario vale; pero como político…») no han colado. Tampoco su propio intento de presentarse como antisistema (o maverick, que dicen por allí) pues es tan «del sistema» como Clinton. Porque si no lo eres, ocurre como en España y la cerrada oligarquía bancaria de Neguri: no te dan ni la hora y te expulsan por «advenedizo». De hecho, Trump y Clinton ya se conocen empresariamente desde hace mucho; hicieron negocios juntos y no demasiado limpios, según se dice por ahí. Y bueno, si fuera un estúpido, no hubiera ampliado el negocio familiar hasta sus dimensiones actuales. Y no hubiera dado ocasión a su ex, Ivana Zelnikova, de decir aquello de «No llores: enriquécete», que es lo que usan ahora las señoras para dejar en paños menores a sus exmaridos tras un divorcio. No es un estúpido, pese a que a muchos les gustaría pensar que es así.

Por lo demás, todo lo que al parecer le han podido encontrar a Trump es que alguna vez no pagó impuestos y que ha proferido expresiones desconsideradas en alguna ocasión contra las mujeres. En cambio, lo curioso y sorprendente es que a Clinton, jugando como jugó la carta del género, muchas mujeres de su mismo status no la consideraran atractiva electoralmente hablando. No menos sorprendente es que Trump, con declaraciones que se calificaron de xenófobas por sus adversarios («Vamos a construir un muro en Río Grande y vamos a conseguir que México pague la mitad»), consiguiera votos especialmente entre los latinos. Claro que, como dice Vicente Santacreu, Peña Nieto debería escandalizarse menos por las declaraciones de Trump y preguntarse más por qué tantos conciudadanos suyos se arriesgan a cruzar el Río Grande en dirección Sur-Norte sin más patrimonio que su voluntad de encontrar un futuro mejor.

¿El error de Clinton? No ha tenido que ver con su género, pues ya ha habido mujeres en puestos importantes de la Administración. Sin ir más lejos, Condoleezza Rice o Madeleine Albright, que la precedieron en el cargo de Secretaria de Estado. O Janet Yellen, presidenta de la Fed. El error que ha cometido Clinton es muy grave, en tanto que pudo haber comprometido la seguridad nacional de su país: usar un servidor de correo privado (Yahoo) para gestionar información de alto secreto. Sin olvidar el desastre de Egipto, en que fue asesinado el embajador useño. Por no hablar de sospechas fundadas de que pudo haber dado carta blanca para financiar al Daesh. En Estados Unidos, todavía la primera potencia mundial, no se andan con chiquitas: si vales, da igual que seas hombre o mujer; y si no vales, también. Por eso pudo ganarla en el último minuto, cuando parecía que ella iba a ser la primera Presidenta mujer de los USA: como si ser mujer concediera un plus de legitimidad e inteligencia que un hombre no tuviera. La minoría negra ya tuvo a su Obama y el juicio que queda es que, aparte de su oratoria (buena), su labor como Presidente se quedó en medianeja, bajadas de pantalones ante Irán aparte.

Ya siendo originales, me resulta curioso el parecido (la similaridad visual, que dice Google cuando uno busca fotos) entre estas dos imágenes…

I want to live in Spain!

Vía Blas Piñar Pinedo me entero de que en Puerto Rico está creciendo un movimiento curioso de «reunificación con España». Se conoce que en aquellas tierras sus habitantes se sienten discriminados tanto por la Administración USA (por lo visto, Obama es primero yankee y después negro) como por los WASP de toda la vida.
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Alégrame el día

Las elecciones useñas siempre me han parecido un parto de ballena. Sus primarias, sus caucus, el fund scoring que es el que hace que salga un candidato y no otro… Todo eso siempre me pareció aburridísimo, además de un modo de rellenar tiempo en los informativos patrios para justificar que no se hable de las pifias nacionales. Pero hombre, ¡con lo sencillo que es que en el Partido se reúna una comisión (o mejor, se designa a una sola persona) para que haga las listas y se ponga a los lameculos por orden de importancia y mérito en eso que se llama lista electoral! ¿Campañas electorales? Con quince días es suficiente y sobran catorce. En fin, que como dirían los galos: «¡Estos americanos están locos!».

Y sin embargo, en el coñazo electoral ha aparecido una figura que ha sido un revulsivo para la campaña: el viejo Clint, imagino que un apestado de Jolibús porque allí son todos millonarios y cienciólogos y, sobre todo, progres (los demócratas de allá son los primos estadounidenses de los progres europeos, hoy mucho más gracias a Obama). El viejo Clint ha sacado la Magnum 357 (o el AK-47, «el arma preferida de vuestro enemigo»), la ha apuntado a la silla vacía del Obamesías y le ha pegado unos buenos tiros (dialécticos, se entiende).

Mi listening comprehension es muy mala, pero he encontrado el texto y a él me ceñiré. Clint tiene los tics de alguien que no se dedica a la política de forma profesional (aunque en tiempos fue alcalde de Carmel, CA, la ciudad en la que residía, por los republicanos). Sin embargo, dice algo que por conocido no es ni mucho menos reconocido por los ciudadanos, porque toda la propaganda y las historias que se cuentan sotto voce van en sentido contrario:

I would just like to say something, ladies and gentlemen. Something that I think is very important. It is that, you, we — we own this country.

We — we own it. It is not you owning it, and not politicians owning it. Politicians are employees of ours.

And — so — they are just going to come around and beg for votes every few years. It is the same old deal. But I just think it is important that you realize, that you’re the best in the world. Whether you are a Democrat or Republican or whether you’re libertarian or whatever, you are the best. And we should not ever forget that. And when somebody does not do the job, we got to let them go.

Este fragmento, naturalmente, es el discurso de un facha. Alguien orgulloso de su país, que no olvida que los políticos son nuestros empleados (cuando en España prácticamente se comportan al revés). Que no olvida que el país nos pertenece. No es de las multinacionales; no es de los caciquillos de pelaje mayor o menor que por cuenta de los partidos nos hacen la vida entretenida y además se llevan su comisión. Pero no se queda ahí y dice más. Dice que no importa si eres republicano o demócrata o lo que sea: tú eres lo mejor. Y que cuando alguien no hace su trabajo, hay que echarle.

Ahora se oye mucho: hay que echar a Rajoy porque no hace su trabajo. Son los de siempre, es decir: los que no protestaban cuando era ZP el que nos estaba llevando a la ruina, los comprados, los estómagos agradecidos. Esa zeja que hacía de claque del peor presidente de la democracia, digno de ocupar sillón al lado del Rey Felón. Y francamente, ni uno ni otro hicieron o están haciendo su trabajo. Así que habría que echarlos a ambos y mandar a tomar por saco el bipartidismo.

Lo mejor de todo ha sido la reacción del Obamesías al discurso (bastante educado, por lo demás) de Clint: ha twitteado una foto del sillón presidencial con el pie: «Este sillón ya está ocupado». Tal vez debiera decir temporalmente ocupado; pero eso, según creo, se verá en noviembre. Mientras tanto, me hubiera gustado que Clint, en vez de ser tan educado, hubiera empleado este otro tono (que tampoco veremos, obviamente, por las Batuecas)…

Pues eso: gracias por alegrarnos el día, Clint.

Osama en el cielo

… y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad. Supongo que «el terrorista más buscado de los últimos tiempos» estará en el jardín de Alá con sus 70 huríes, que es lo que prometía a jóvenes y no tan jóvenes de cerebro lavado. Suponiendo, naturalmente, que la noticia sea cierta: se han levantado voces diciendo que la foto que corre por internet no es la del verdadero Ben Laden. Y da que pensar que el cadáver haya sido facturado al mar a toda velocidad, sin mayor confirmación que la palabra del presidente Obama.

Suponiendo siempre que la noticia sea cierta, no hay que alegrarse tanto por la muerte del hombre como por el hecho de que Al-Qaeda se haya quedado sin cabeza visible. Que tampoco será por mucho tiempo, según dicen los que entienden de la cosa: otro sanguinario, Al-Zawahiri, le tomará el relevo.

La cuestión que yo me planteo, con permiso de ustedes, es la siguiente: ¿cambia algo la muerte de este hombre la situación en el tablero en el que él jugaba? En mi modesta opinión, creo que no. Las franquicias de Al-Qaeda funcionan por libre sin un organismo central (aunque desde Occidente se reconocía a Ben Laden como «cabeza visible»). Aunque suene feo decirlo, es el concepto del P2P aplicado al terrorismo. Esas franquicias seguirán matando al margen de los objetivos generales, porque tienen objetivos propios de carácter regional y/o local, aunque puedan eventualmente unirse a los primeros.

Y aún otra pregunta más: ¿para qué más ha servido la noticia (siempre en el caso que sea cierta)? Para remontar la popularidad del Obamessiah un poco, que anda por los suelos (y cada vez que le visita ZP, al poco el hombre acaba sufriendo un batacazo). Después del estrepitoso fracaso de su reforma sanitaria (intento de convertir a los USA, de tradición liberal, en un Estado socialista a la europea), Obama necesitaba un éxito en política exterior para lavar la cara ante los de casa.

A nivel nacional

¿Qué decir de cómo se ha «leído» la noticia en las Batuecas? Por de pronto, sorprende que la progresía en tromba se haya alegrado de la muerte de Osama. Se conoce que lo de la Alianza de So-Mamones hay que enterrarlo y conviene cantar a coro con los USA. También sorprende que ahora se diga, a rebufo de lo del 11-S, que «el 11-M fue un atentado islamista». ¿Pero no habíamos quedado que de «terroristas islámicos en calzoncillos» nada de nada? A los moritos de atrezzo de Leganés se les suicidó convenientemente porque eran «testigos incómodos»; y en cuanto personas muertas, se les podían atribuir las peores barbaridades.

Las manifestaciones políticas han sido del nivel más bajo. Enzarzados como están los socialistas en su Tag der langen Messer (ya ni se recatan de hacerlo por la noche), Rubalcaba y Chacón se alternan para robarse protagonismo, sin mayor trascendencia que la que apuntamos. Y al Gobierno le sirve también como distracción: la muerte de Osama será un tema que durará al menos una semana. Y ésa será una semana en la que no se hablará de los 5 millones de parados reconocidos, ni de Bildu, ni del despilfarro y arrogancia de los políticos, que no quieren dar cuentas a nadie (ni siquiera a la Justicia, que ya es decir) de sus actos:

… de mis pasos en la tierra
responda el cielo, no yo.

Tal vez lo único cierto es que haya que extremar las precauciones para que no ocurra alguna desgracia provocada por algún loco islamista.