Adiós, Maduro… ¿Hola, democracia? (II)

La larga introducción anterior nos ha de servir para poner las cosas en su justo término. Lo primero de todo es que lo que Venezuela sufre es una dictadura comunista. Si no lo fuera, simplemente no recibiría apoyo de Cuba. Y tampoco, desde luego, de los podemitas que mueven el rabo aquí –cada vez menos, gracias a Dios–, que también son comunistas. En Venezuela no hay gulag; pero como saben muy bien los venezolanos, hay Ramo Verde, que ni es ramo ni mucho menos es verde.

Sin embargo, la cuestión en la que me quiero centrar en esta entrada no es tanto lo que ocurre dentro de Venezuela. Ya hay suficiente información acerca de la dinámica interna de un régimen comunista –suficientemente explícitos son los libros de Stéphane Curtois y colaboradores excomunistas, o, para lectores de habla hispana, la Memoria del comunismo, escrita por el también excomunista Jiménez Losantos, que está en el mismo caso que Pío Moa: la izquierda le odia a muerte porque fue uno de ellos, los conoce bien y puede desmontar todas y cada una de sus mentiras.

Me quiero centrar en el caso de lo que ocurrió fuera del país, aunque ambas esferas van camino de encontrarse a cuenta de la negación de entrada de la ayuda humanitaria por parte del régimen chavista. En el lamentable papel que interpretaron todos, desde la cacareada, pomposa e inoperante «comunidad internacional», la UE (que no «Europa») y España, que si su vínculo transatlántico se pareciera al que mantienen Estados Unidos y Gran Bretaña, otro gallo nos cantara. Aquí hay una explicación suficientemente plausible de cómo han ido las cosas.

Para empezar, la «comunidad internacional» se resume en intereses geopolíticos y económicos. Hablamos, pues, de petróleo e influencia política. Como un Risk, pero a lo grande. Aquí enredan todos los grandes, los del Consejo de Seguridad de la ONU, o por lo menos tres de ellos: Estados Unidos, Rusia y China, a la que a pesar de ser una dictadura comunista no se la puede ignorar porque se trata de un mercado potencial de 1.500 millones de personas. Al parecer a Putin y a Xi Jinping no les importa ensuciarse en Venezuela, porque no hay nadie dentro de sus países del suficiente fuste como para que su protesta valga algo.

En cuanto a la Unión Europea, que se cae a cachos y el asunto venezolano es una prueba de su irrelevancia, recuerdan demasiado a esto:


Tendría gracia si no fuera porque lo que ocurre en Venezuela no es una película, sino una pavorosa realidad.

Y, por fin, en cuanto a España… La verdad es que me duele en el alma reconocerlo: tenemos un Gobierno de payasos. No parece sino que le han dicho a Sánchezstein «Tú no te metas, que esto es para mayores». Le hemos visto retorcerse como una lombriz para no reconocer a Juan Guaidó, «presidente interino» de Venezuela. Sánchez ha ignorado las presiones de la oposición, siquiera para establecer una posición moral de apoyo a la democracia. Pero es claro: cuando quien te apoya para que tengas Gobierno son comunistas, proetarras y separatistas, es lógico que te retuerzas y retrases todo lo posible reconocer a alguien que es contrario a la dictadura chavista de Maduro. Hemos quedado fatal ante todo el mundo por ser casi los últimos –de entre quienes pueden tener algo que decir– en reconocer a Guaidó (hasta la inoperante UE, por boca de Romano Prodi, le reconoció antes que nosotros). Aunque sea adelantar acontecimientos, espero que Errejón tres-comidas-al-día se pegue un buen batacazo en las próximas elecciones.

Para terminar –y no porque no haya nada más que decir, sino todo lo contrario–, sólo quiero hacer referencia a un dato: se está empezando a correr la especie, que no sabemos cierta o no, de que Guaidó es un hijo de la logia. Eso tal vez explicaría la presencia de nuestro inefable ZP en los alrededores de Miraflores. Aunque yo estoy empezando a pensar que ZP es el «arma secreta» de España para la caída de Maduro: desde que está allí, las cosas no han hecho más que empeorar para Maduro –aunque, también y sobre todo, para el país–. También podría explicar los parabienes de la UE, cuya cuna mece también una mano masónica. Incluso para algún pitufo gruñón mañanero, explicaría los parabienes del Papa, que por supuesto «se sienta en la silla de Pedro gracias a los manejos de la logia lavanda».

Si así fuera, los venezolanos no lo sé… pero los venezolanos católicos están jodidos. Y repito la advertencia que se me ocurrió en otra entrada: sería lamentable que, tras la negra etapa chavista, volvieran al poder aquellos cuya ineptitud, corrupción, despreocupación y desprecio por la nación facilitaron que el pueblo venezolano se echara en manos de un salvapatrias intrigante que accedió finalmente al poder prometiendo una leche y una miel que al final nunca llegó.

Adiós, Maduro… ¿Hola, democracia? (I)

Admitamos una cosa de buen principio: si Venezuela, ese bello país hermano, fuera un secajo y no hubiera más que arena, como ocurre, un suponer, en Palestina, no estaríamos hablando de ella. Nada importarían las «violaciones de derechos humanos» y todos esos «valores» que desde la UE se afanan en poner en valor, como dicen los pedantes. Ah, pero es que Venezuela tiene petróleo. Ah, pero es que en Venezuela hay oro y otros diversos recursos naturales. Eso cambia mucho las cosas.

Resulta que eso de la posesión de recursos naturales, en nuestro industrializado mundo, no es una bendición, sino todo lo contrario: una verdadera maldición, sobre todo si esos recursos naturales recaen en los que se llama, sin tapujos, «países pobres» y, con tapujos, «países en vías de desarrollo». La última vez que hemos visto algo parecido ha ocurrido en Ruanda, en pleno siglo XXI. Nadie sabía mucho acerca de ese país: los que más, que estaba repartido entre dos tribus, hutus y tutsis.

Y a Ruanda le cayó encima una gran desgracia: resulta que en su subsuelo encontraron un mineral llamado coltán, que al parecer es superconductor eléctrico y tiene aplicación natural en la industria de componentes informáticos. Ya la tenemos liada. Las grandes compañías, de ésas cuyo presupuesto supera con creces al de un país de tamaño pequeño-medio, dan un paso al frente. Esas grandes compañías, entre otras, tienen dos formas de operar: si hay una casta dirigente, se aprovechan del vínculo colonial y la corrompen; y si no la hay, provocan una guerra civil.

Así, pues, ¿cómo extraer ese mineral sin ser molestados? Muy sencillo: se adoptó la segunda solución. Hagamos que las dos tribus que rigen el país se maten entre ellas, y así nadie nos molestará. Primero porque «son salvajes» y segundo, porque no hay «ruandeses», sino hutus y tutsis, que es un matiz importante. Luego, los periodistas tienen su parte del melón, que es enseñar los pueblos arrasados, los asesinados, las violadas, los supervivientes… todas esas imágenes que suelen ganar los «premios fotoperiodísticos del año», para que los occidentales tengamos nuestra pizca de mala conciencia y tal, suspirando con resignación: «Pobre gente…».

En el trasfondo, los intereses no solamente de las compañías, sino también de los países. Es decir: cuando hablamos de Elf en realidad estamos hablando de Francia, que defiende de paso los intereses de Elf; o si hablamos de Exxon, en realidad estamos hablando de Estados Unidos. Ésa es la nueva forma de guerra: conseguir que una parte de los lugareños pelee por tus intereses; porque si peleara por los suyos, echaría a todos los que no fueran del país. Lo hemos visto también en la guerra de Siria-Irak. Allí no sólo se enfrentan los que dicen que se enfrentan: Estados Unidos tiene sus intereses en la zona, que son menos los de «traer la democracia» –ilusos– que aprovecharse del petróleo. Rusia, con su apoyo a Siria, otro tanto.

Y en medio, los desventurados civiles, que son masacrados por una u otra facción y castigados con pena de telediario un día sí e outro tamén. Quizá los periodistas, los que aún se consideren como tales, en vez de mostrar imágenes de las víctimas, que bastante tienen con serlo y hallarse en la desgraciada situación en la que se hallan, deberían investigar más y mostrarnos imágenes de los culpables y, en su caso, de quienes están detrás de ellos.

Venezuela, una vez más (y III)

Finalmente, en esta última entrada de la serie quería hablarles de un par de cuestiones que me preocupan en relación a Venezuela.

Lo primero de todo, que sería lamentable —y corríjanme si me equivoco— que las mismas fuerzas «unidas contra Maduro» hoy, hubieran sido las que con su desidia y su «ocuparse de sus asuntos» hubieran propiciado la llegada al poder de Chávez, ese Tirano Banderas de cuarta. No conozco muy bien la historia de Venezuela; pero sí sé que antes de Chávez la corrupción galopante hacía de las suyas. De hecho, ahí está la amistad entre Felipe González y Carlos Andrés Pérez para demostrarlo. Chávez, que ya tenía experiencia como golpista cuando volvió a intentarlo, esta vez dejó que fuera el pueblo el que le hiciera el trabajo. Y con el par que llevan, Venezuela ha pasado de ser un país corrupto a ser un país corrupto y miserable. No sería, por tanto, menos lamentable que las fuerzas hoy unidas contra Maduro «volvieran por donde solían». Venezuela puede volver a ser un país próspero y amante de la libertad, pero a condición de que sus gobernantes tengan la mira puesta en el bienestar del pueblo en su conjunto en vez de sólo las clases dirigentes.

Y lo mismo que digo para Venezuela cabe para España, la «madre patria». No sirve de nada la estrategia del pudridero de Mariano. La teoría dice que Podemos existe porque el PP lo necesita para afirmarse como «partido de orden» (en realidad, como el menos malo de toda la patrulla). Pero déjenme decirles algo en materia de bien y mal: tan malo es el que hace mal como el que, debiendo hacer bien, no lo hace. Quizá Mariano y Soraya crean que tienen controlado al bicho. Pero yo digo que esa clase de bichos tienden a conseguir por las malas lo que no consiguen por las buenas, es decir, a crecer y a desbordar a quienes creían tenerlo controlado. Por de pronto, ya han propuesto una ley mordaza LGTBI, que probablemente saldrá adelante con la complicidad de PP y C’s. Y más cosas que vamos a ver.

Ya los amigos venezolanos nos avisan de que si no vamos con cuidado tendremos el mismo problema que ellos en algún tiempo y más pronto que tarde. Pero quiá: es vacaciones. Nadie hace guarreridas españolas después de la comida. O así piensan en Moncloa. Y así les va a ir a ellos, y a nosotros por ende.

Venezuela, una vez más (II)

Decíamos ayer… que el ¿gobierno? de Maduro ha arrebatado al pueblo venezolano la vida, la libertad y la propiedad. Hoy sabemos además que les han arrebatado la esperanza, pues los matones de Maduro (no me da la gana de llamarlos «fuerzas del orden») han secuestrado a Leopoldo López y a Antonio Ledezma, los dos iconos de la oposición democrática, con rumbo desconocido. Parafraseando a Churchill, «sabes que no estás en democracia cuando llaman a las dos de la mañana y no es el lechero».

Lo que me interesa destacar en esta segunda entrada son las reacciones de la presuntamente existente comunidad internacional. Que yo conozca, la mayoría de países, incluso de la zona, lo único que han hecho es levantar los brazos, o llevarse las manos a la cabeza y «condenar la brutalidad del régimen», con una hipocresía digna de mejor causa. Hace venir a la memoria el caso de Sudáfrica antes de salir del régimen del apartheid. Todos la condenaban, pero no pocos hacían bajo mano negocios con ellos. Ahhhhhhh, «es que los diamantes son diamantes aunque estén manchados de sangre». O, como decía Inglaterra en su etapa colonial, «Inglaterra no tiene amigos: sólo intereses». Axioma político internacional de un elevado seguimiento, lo que ha provocado que en la política internacional se haya alcanzado un considerable nivel de mierda. Conclusión: la comunidad internacional, según para qué cosas existe; y para otras no. Recordemos que al final la solución salió de los propios sudafricanos, como era de esperar.

Lo terrible del caso es que, aunque sea a «nivel regional» estamos repitiendo la historia. Si Maduro se va de la OEA, decidido a atrincherarse en su poder, no hará cosa distinta de la que hicieron Hitler y Mussolini en 1936, dando el portazo a la Sociedad de Naciones, sabiendo que, como tal organismo supranacional, no les impondrían sanciones y, todo lo más, se dedicarían a lloriquear sobre el «respeto a los principios de la carta». Si lo echan, otro tanto pasará. Las «naciones» son muy exquisitas en materia de intervención en países, por más que cuando les ha interesado, lo han hecho sin contemplaciones: recuérdese a Kissinger interviniendo en 1973 en Chile y en 1976 en Argentina. O Francia, que sigue metiendo las narices en los asuntos internos de sus excolonias en pleno siglo XXI.

No está de más plantearse de qué apoyos externos se vale Maduro para continuar. Son desconocidos hasta ahora. Imagino que ahora que la cosa se ha desbocado, harán como que no le conocen y será difícil encontrar rastros de su apoyo anterior. Como Teresita Rodríguez, la compañera-camarada de Er Kichi, alcalde accidental de Cádiz, desaparecida de los medios hoy, que, a preguntas de éstos, replicaba «¿Venezuela? ¿Qué es eso?». Claro que a ésa es imposible refrescarle la geografía cuando el dinero que recibe su partido para llevar un tren de vida nada proletario está manchado de sangre.

En otro orden de cosas, quisiera llamar la atención sobre dos hechos curiosos. El primero, la presencia de nuestro inefable ZP por aquellos pagos. Claro que lo entiendo: es normal que un señor como él, que no puede salir a la calle en su pueblo sin que le miren con odio, como mínimo, prefiera largarse al otro lado del charco. La pregunta, sin embargo, sigue en pie: ¿a quién representa ZP como expresidente español? Si creía Rajoy que era mejor dejarle en tierras venezolanas, por aquello de que, con lo gafe que es, Maduro iba a caer en cuatro días, se equivocó por completo. Yo mismo les responderé la pregunta: no representa a nadie en España. Hasta la logia que lo mandó allí se ha desentendido ante el estropicio. Se ha convertido en un paniaguado de Maduro y cuando éste tira de la cuerda, ZP «vuelve al orden».

El segundo hecho sobre el que quisiera llamar la atención es que algunos, en las redes sociales, han aprovechado el presunto «silencio del Papa» para atacarlo. Los mismos que se prodigan en decir que «este Papa es el demonio» y chorradas similares atacan ahora al Papa «echándole en cara su silencio ante la deteriorada situación venezolana». Lo que estas personas, que tanto se dicen católicas, no saben, es que el Papa sí ha mandado mensajes a Venezuela y sí se ha prodigado en medios de comunicación (extremo confirmado por personas que han huido de allí). Naturalmente, no se molestan en buscar. Al contrario de lo que algunos nos quieren hacer creer, los católicos venezolanos no han sido abandonados por el Papa. Otra cosa es que a los medios europeos ─y en lo que importa, los españoles─ no les ha interesado publicar esos mensajes. Añadamos a esto la pregunta de «quién maneja la información del Papa» ─me refiero a quién la maneja de verdad─ y tendremos un cuadro más completo del «silencio» del Papa. A ésos lo que les molesta es tal vez Jn 8:32.

Nota a pie de página. Valdría más que ésos que pierden el tiempo despotricando del Papa por motivos personales o de carácter más general, tratando de desacreditarle, ocultando o manipulando la información, dedicaran ese tiempo a asistir en los comedores sociales. Tampoco he visto a ninguno de ésos que pierden el tiempo acusando al Papa de «peronista», «comunista» o incluso «masón» dar un paso al frente para ayudar a esta señora. Tienen donde buscar, si quieren. No necesitamos cristianos de salón. Necesitamos cristianos de verdad. De los que creen en Jesucristo y su mensaje y no en los chiringuitos que se han montado algunos al abrigo de la Iglesia, que es Madre y Maestra, pero no tonta.

Venezuela, una vez más (I)

Una vez más hay que hablar de Venezuela. Como pasado, como presente y como futuro. Pero antes de nada, quisiera mandar mis condolencias a los familiares de las personas que han fallecido violentamente desde que están allí en el proceso de elecciones a la «fake-Asamblea Destituyente».

No es ningún secreto que la posición de Nicolás Maduro como presidente de Venezuela es insostenible, pues no se sostiene por la fuerza del derecho, sino de las pistolas y de las rejas. Al pueblo venezolano —a cada uno de los venezolanos— le han arrebatado los tres bienes más preciados para cualquier ser humano: la propiedad, cosa que ya empezó con Chávez y sus «expropiaciones exprés», hasta el punto de que prácticamente no queda nada que comer y muchos venezolanos (especialmente, los que tenían la suerte de vivir en las fronteras), han salido despavoridos de un país en que tener algo sin ser de la boliburguesía es prácticamente delito.

Les han quitado igualmente la libertad. Un sistema comunista no se entiende con libertad; y era importante que para que los venezolanos se sintieran desgraciados, además de no poder comer, debían perder la libertad de pasear por sus calles a cualquier hora del día o de la noche. Debían perder la libertad de opinión, de enseñanza, de recibir información veraz. Hoy ya no se puede opinar libremente en Venezuela; no hay más que un medio de «información», en el que ya no aparece Maduro porque, por no tener, no tiene siquiera la capacidad discursiva de su predecesor. Éste era capaz de montarse un Aló Presidente de cinco horas en el mejor estilo de Fidel; pero Maduro no tiene esa capacidad. Más aún: como no quiere testigos, empieza a expulsar periodistas extranjeros del país.

Y a pesar de todo, el pueblo venezolano sigue saliendo a la calle para protestar. Por eso Maduro ha tenido que tomar medidas extremas. Si el pueblo venezolano no puede comer y no puede hablar, y aun así, todavía tiene fuerzas para protestar, hay que volarle la cabeza al que sobresalga. La vida es, lo único que les queda por entregar. Y Maduro lo pisotea, pues su policía política y fuerzas de asalto consideran «ratas» a los opositores y como tal plaga que son, hay que exterminarlas. Sólo por eso Leopoldo López sigue preso, aunque sea en casa: el régimen no quiere convertirlo en mártir por la causa. Eso galvanizaría el odio del pueblo y, tal vez, hiciera pensar a algunos que le apoyan que se ha pasado de la raya.

Españoles, Fidel ha muerto (II)

De cómo ha quedado Cuba después del reinado del compañero Fidel da idea esta esperpéntica imagen. Un vehículo militar —probablemente, los únicos que tengan una apariencia moderna en Cuba sin pertenecer a los miembros de la nomenklatura dirigente— transporta presuntamente las cenizas del dictador (ni siquiera hay certeza de eso). Pero sobre todo, un vehículo que o bien se ha estropeado o bien se ha quedado sin gasolina, imagen también del progreso comunista. Éste consiste que los vehículos no te llevan, sino que tú vas llevando a empujones los vehículos a través de una carretera sin arreglar desde hace años (¿para qué arreglarlas si el pueblo carece de vehículos con los que transitar por ellas?).

Lo importante de la muerte de Fidel no es tanto lo que deja atrás (hambre, corrupción y exilio), sino lo que ha de venir. Las opciones son variadas:

  1. Apertura democrática. Es lo que esperan los cubanos de fuera de la isla y no pocos de los de dentro. Sin embargo y en mi modesta opinión, la oportunidad para una verdadera apertura se producirá con la muerte de Raúl.
  2. Continuidad del régimen. Ése parece ser el propósito desde el momento en que Raúl ha dicho que dejaba el poder en 2018… tiempo suficiente para preparar a un sucesor y entregarle todos los resortes. Con lo que la dictadura se prolongará horizontalmente unos cuantos años más.
  3. Guerra civil. No sólo entre los primos (los hijos de Fidel y los de Raúl) sino entre partidarios del régimen (que tienen la sartén por el mango) y sus detractores. Para evitar eso debería existir, como en España en 1975, una masa crítica de población suficiente convencida de la necesidad de un cambio sin derramamiento de sangre.

La primera de las tres sería, naturalmente, la más deseable. Un tránsito sin violencia hacia un régimen de libertades y derechos humanos sería lo mejor sin duda para la mayoría de los cubanos. Pero tiene, a mi entender, dos problemas propios de las dictaduras moribundas. El primero, que los gerifaltes están dispuestos a resistir el vendaval democrático contra viento y marea. Y el segundo, la depuración de responsabilidades de los antiguos dirigentes.

Éste es el más importante de los dos. Dudo mucho que, en caso de producirse ese tránsito, los gerifaltes se dejaran juzgar por un tribunal guiado por principios democráticos. La solución fácil sería una de esas “leyes de punto final”, ya que nadie espera tampoco que Cuba «se haga un Ceausescu». Lo triste, como siempre, va a ser que los emboscados, los que ahora tienen una parcela pequeña de poder y que han abusado de ella como carceleros, denunciantes profesionales y otra gente «afecta» que no sale en los papeles, se irán de rositas. Se convertirán en «probos funcionarios al servicio de la democracia», con derecho a que nadie, ni sus víctimas, les recuerde el pasado. Pasó con los nazis, ha pasado con los comunistas europeos y probablemente, en Cuba también si se abre el proceso democrático.

Me queda por decir algo en cuanto a reacciones. No es cierto que los gobiernos europeos hayan abandonado la posición común frente a Cuba; sólo que ya no es la posición que Aznar les obligó a consensuar. La pregunta que se hacen en muchos Ministerios de Exteriores es: «¿Con qué personaje del régimen cubano hemos de hacer negocios ahora?». Incluso, mucho me temo que algunos siguieron haciendo negocios a pesar de haber firmado esa famosa posición común. Ésa es la lamentable constatación para nuestro «civilizado» primer mundo: los «derechos humanos» ceden ante los negocios.

También es posible que la democracia sea una mala noticia para los que suelen ir a Cuba de turismo sexual. Quizá la democracia haga desaparecer las gineteras y arregle las carreteras. Quizá por primera vez los cubanos tengan trabajos decentes pagados con sueldos decentes y no tengan que prostituirse simplemente para comer. Quizá los cerdos que van a La Habana a buscar carne fresca deban pensar en rascarse el bolsillo algo más y llegar hasta otros países donde el turismo sexual esté «tolerado» (y sólo por los beneficios), porque en Cuba ya no. Supongo que ésos también se han unido al coro de plañideras por la muerte de Fidel.

Se abre un tiempo de esperanza para Cuba, si bien hay que recordar que no será para mañana mismo. Ojalá el bello país caribeño deje de ser una cárcel y sus habitantes puedan, por fin, respirar en libertad.

Españoles, Fidel ha muerto (I)

Ha muerto Fidel Castro. La propaganda hace, con aquellos que conviene, que el apellido se borre. Por esa misma razón, en las Batuecas es cosa sabida que cuando se habla de “Felipe” no se está hablando del Jefe del Estado, sino del expresidente Felipe González. Los odiados, en cambio, son nombrados por su apellido, a veces con artículo: «Franco», «Aznar» o «el Guerra», que como ya es una vieja gloria, ni aparece en los papeles, aunque algunos todavía llegamos a conocerlo como Arfonzo. Cosas de la política, podemos decir.

Por la misma razón, cuando decimos «Fidel» ya sabemos que sólo hay uno y es —era— Fidel Castro. Y aunque la gusanera de Miami repite machaconamente lo de «Castro’s Cuba», la expresión queda absolutamente sombreada por los sonoros balidos de una prensa genuflexa, particularmente la española y con sus debidas excepciones. Eso es lo verdaderamente sorprendente: que muy pocas cabeceras se hayan atrevido a llamar «dictador» a un dictador. Ocurre como con la corrección política «racial»: no puedes llamar “negro” a un negro. De hecho, si en los USA llamas nigger a un negro prepárate a ser asado en la parrilla de lo políticamente correcto por «racista de mierda». Si no, que le pregunten a Michael Richards, el inolvidable «Cosmo Kramer» de Seinfeld: ni el pedir disculpas posteriores ni su condición de masón de grado 33 le salvaron de la quema.

Pero a lo que voy. Me resulta incomprensible que ante un señor cuya fortuna no tiene nada de proletario (nadie se hace rico trabajando honradamente) y que además mató (asesinados por su régimen, si no por él mismo) la prensa occidental y particularmente la nuestra le trate de una forma que prácticamente lo han absuelto. No sería muy importante si no fuera porque el sarampión se ha extendido a TVE, la que todos pagamos —es «pública»: es decir, de la izquierda— y no todos vemos. El soviet de TVE ha decretado que, como se ha muerto uno de sus referentes, hay que estar dando el coñazo hasta que termine la función de allá. El hecho de que, por la muerte de Fidel, algunos estén entonando un réquiem por sus añoranzas juveniles (sesentones o setentones que «recuerdan con emoción» lo maoístas o moscovitas o caribeños que fueron a los veinte) no significa que los demás tengamos que soportarlo. Máxime cuando estamos hablando de un señor que no sólo robó y mató, sino que convirtió en cárcel una isla, estuviera como estuviese antes de que llegara él.

En Permiso para vivir (Antimemorias), el escritor peruano Bryce Echenique resume perfectamente lo que fue el comunismo cubano. Pone en boca del escritor Jesús Díaz Rodríguez, cubano exiliado y fallecido en Madrid 2002 (p. 490) la siguiente frase, pronunciada más o menos en 1989:

Nos dijeron que se necesitaban treinta años de sacrificio para alcanzar la felicidad. Y ahora se nos dice que el sacrificio es la felicidad.

Que los ceporros comunistas convocados por la embajada cubana se contramanifestaran la semana pasada frente a los cubanos exiliados que manifestaron su alegría por el deceso del dictador, demuestra que pocos o ninguno de esos ceporros ha estado en Cuba recientemente. Pero todo sea por el Soviet y acúdase presto a su llamada. Y nos echábamos las manos a la cabeza por la premsa catalana d’editorial únic… ¿Pero esto? Hasta a Soraya le encanta. A los otros, decirles que es muy fácil «defender la revolución» desde el salón de tu casa, con chanclas, cobrando tu pensión todos los meses y comiendo tres veces al día. Y si la “revolución” le quita el pan de la boca a sus súbditos para dártelo a ti al efecto de que te conviertas en su vocero, más fácil aún.