Adiós, Maduro… ¿Hola, democracia? (II)


La larga introducción anterior nos ha de servir para poner las cosas en su justo término. Lo primero de todo es que lo que Venezuela sufre es una dictadura comunista. Si no lo fuera, simplemente no recibiría apoyo de Cuba. Y tampoco, desde luego, de los podemitas que mueven el rabo aquí –cada vez menos, gracias a Dios–, que también son comunistas. En Venezuela no hay gulag; pero como saben muy bien los venezolanos, hay Ramo Verde, que ni es ramo ni mucho menos es verde.

Sin embargo, la cuestión en la que me quiero centrar en esta entrada no es tanto lo que ocurre dentro de Venezuela. Ya hay suficiente información acerca de la dinámica interna de un régimen comunista –suficientemente explícitos son los libros de Stéphane Curtois y colaboradores excomunistas, o, para lectores de habla hispana, la Memoria del comunismo, escrita por el también excomunista Jiménez Losantos, que está en el mismo caso que Pío Moa: la izquierda le odia a muerte porque fue uno de ellos, los conoce bien y puede desmontar todas y cada una de sus mentiras.

Me quiero centrar en el caso de lo que ocurrió fuera del país, aunque ambas esferas van camino de encontrarse a cuenta de la negación de entrada de la ayuda humanitaria por parte del régimen chavista. En el lamentable papel que interpretaron todos, desde la cacareada, pomposa e inoperante «comunidad internacional», la UE (que no «Europa») y España, que si su vínculo transatlántico se pareciera al que mantienen Estados Unidos y Gran Bretaña, otro gallo nos cantara. Aquí hay una explicación suficientemente plausible de cómo han ido las cosas.

Para empezar, la «comunidad internacional» se resume en intereses geopolíticos y económicos. Hablamos, pues, de petróleo e influencia política. Como un Risk, pero a lo grande. Aquí enredan todos los grandes, los del Consejo de Seguridad de la ONU, o por lo menos tres de ellos: Estados Unidos, Rusia y China, a la que a pesar de ser una dictadura comunista no se la puede ignorar porque se trata de un mercado potencial de 1.500 millones de personas. Al parecer a Putin y a Xi Jinping no les importa ensuciarse en Venezuela, porque no hay nadie dentro de sus países del suficiente fuste como para que su protesta valga algo.

En cuanto a la Unión Europea, que se cae a cachos y el asunto venezolano es una prueba de su irrelevancia, recuerdan demasiado a esto:


Tendría gracia si no fuera porque lo que ocurre en Venezuela no es una película, sino una pavorosa realidad.

Y, por fin, en cuanto a España… La verdad es que me duele en el alma reconocerlo: tenemos un Gobierno de payasos. No parece sino que le han dicho a Sánchezstein «Tú no te metas, que esto es para mayores». Le hemos visto retorcerse como una lombriz para no reconocer a Juan Guaidó, «presidente interino» de Venezuela. Sánchez ha ignorado las presiones de la oposición, siquiera para establecer una posición moral de apoyo a la democracia. Pero es claro: cuando quien te apoya para que tengas Gobierno son comunistas, proetarras y separatistas, es lógico que te retuerzas y retrases todo lo posible reconocer a alguien que es contrario a la dictadura chavista de Maduro. Hemos quedado fatal ante todo el mundo por ser casi los últimos –de entre quienes pueden tener algo que decir– en reconocer a Guaidó (hasta la inoperante UE, por boca de Romano Prodi, le reconoció antes que nosotros). Aunque sea adelantar acontecimientos, espero que Errejón tres-comidas-al-día se pegue un buen batacazo en las próximas elecciones.

Para terminar –y no porque no haya nada más que decir, sino todo lo contrario–, sólo quiero hacer referencia a un dato: se está empezando a correr la especie, que no sabemos cierta o no, de que Guaidó es un hijo de la logia. Eso tal vez explicaría la presencia de nuestro inefable ZP en los alrededores de Miraflores. Aunque yo estoy empezando a pensar que ZP es el «arma secreta» de España para la caída de Maduro: desde que está allí, las cosas no han hecho más que empeorar para Maduro –aunque, también y sobre todo, para el país–. También podría explicar los parabienes de la UE, cuya cuna mece también una mano masónica. Incluso para algún pitufo gruñón mañanero, explicaría los parabienes del Papa, que por supuesto «se sienta en la silla de Pedro gracias a los manejos de la logia lavanda».

Si así fuera, los venezolanos no lo sé… pero los venezolanos católicos están jodidos. Y repito la advertencia que se me ocurrió en otra entrada: sería lamentable que, tras la negra etapa chavista, volvieran al poder aquellos cuya ineptitud, corrupción, despreocupación y desprecio por la nación facilitaron que el pueblo venezolano se echara en manos de un salvapatrias intrigante que accedió finalmente al poder prometiendo una leche y una miel que al final nunca llegó.

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