Hacia el fin del pensamiento propio



Por su interés, compartimos este artículo de Javier Torres en Gaceta.es.

Cuando al que manda sólo le queda la censura para defenderse del enemigo es que su derrota es cuestión de tiempo. Es una forma optimista de verlo, aunque la realidad es que nadie entrega el poder por las buenas y son pocos casos en la historia (España, 1975) en los que así ha sucedido. El horizonte más próximo, en cualquier caso, parece que traerá un recrudecimiento de la situación.

Hay quien lo vio venir hace décadas. En 1970 el doctor en Ciencias Políticas por la universidad de Harvard, Zbigniew Brzezinski, y posterior consejero de Seguridad Nacional del Gobierno de Carter, predijo la deriva asfixiante que entonces comenzaba a imponerse en Occidente. «En las próximas décadas va a resultar prácticamente imposible la existencia de un pensamiento propio«. Brzezinski creía -el tiempo le ha dado la razón- que esa sociedad sería controlada por una élite ajena a los valores tradicionales.

La multiplicación de los medios y la irrupción de las redes sociales no se han traducido en más libertad de expresión

Medio siglo después, su obra «Between Two Ages: America’s Role in the Technetronic Era» resulta premonitoria, pues hoy vemos que ese proyecto de ingeniería social global se impone gracias al uso de la tecnología. Por ello, erraban quienes pensaban que la tecnología aumentaría la pluralidad. Y sería así si los canales fueran neutrales, pero no es el caso.

En la práctica, la multiplicación de los medios y la irrupción de las redes sociales no se han traducido en más libertad de expresión. Los grandes medios y las ‘big tech‘ están en pocas manos (oligopolio) de magnates (Zuckerberg, Bill Gates, Bezos…) que no planean abrir el abanico. Es verdad que todo el mundo puede participar en las redes sociales, sí, pero no todos los mensajes valen igual. Sigue habiendo unos discursos predominantes sobre otros, aunque éstos últimos sean defendidos por más usuarios. No es cuestión de cantidad, sino de quién decide qué se puede decir.

A este principio es al que las élites se aferran ahora para acabar con el sufragio universal, o sea, el derecho al voto de todos los ciudadanos. Una de las reglas masivamente aceptadas en el mundo occidental no está garantizada a medio plazo. Esto valía cuando el poder ganaba siempre o casi siempre, pero las tres derrotas de 2016 tambalearon al establishment que reacciona cuestionando las reglas del juego.

A la espera de que el futuro nos depare más sorpresas, de momento, 2016 es el annus horribilis del globalismo. Tres acontecimientos sin aparente nexo entre sí cambiaron la relación del poder con las redes sociales y la democracia: la victoria de Trump, el Brexit y el rechazo a los acuerdos de paz del Gobierno colombiano de Juan Manuel Santos con las FARC. Una grieta en la línea de flotación del globalismo (curiosamente, como los entusiastas de la ideología de género, niegan que exista tal término) que aún escuece.

Un gigantesco rodillo ideológico está pasando por encima de quienes disienten en las redes sociales, los medios o cualquier foro público. Se aprueban leyes contra el pensamiento (…) y también se plantea la ilegalización de partidos alejados de los dogmas imperantes

¿Cómo es posible perder tres batallas tan importantes si el grueso de medios de comunicación, los dueños de las redes sociales, la educación, la cultura, Hollywood y multinacionales reman en la misma dirección? David venció a Goliat y no puede repetirse.

El establishment se parapeta de muchas formas y una de ellas es el «discurso de odio», coartada con la que elimina cualquier atisbo de disidencia

Para ello, un gigantesco rodillo ideológico está pasando por encima de quienes disienten en las redes sociales, los medios o cualquier foro público. Se aprueban leyes contra el pensamiento (en España, la de memoria democrática) que sancionan con severas multas económicas y el cierre de asociaciones y medios a quienes cuestionen el discurso oficial. También se plantea la ilegalización de partidos alejados de los dogmas imperantes para que su discurso vuelva a estar extramuros del sistema, es decir, fuera de lo admisible.

El establishment se parapeta de muchas formas y una de ellas es el «discurso de odio», coartada con la que elimina cualquier atisbo de disidencia. Es tan descarada esta herramienta de censura moderna que ni siquiera uno de los que lo aplican con entusiasmo, Mark Zuckerberg, sabe definir el término. Al dueño de Facebook se lo preguntó el senador republicano Ben Sasse durante su comparecencia ante la cámara en 2018, pero no respondió con claridad.

Estas grandes empresas tecnológicas son uno de los escudos del poder y han censurado hasta al mismísimo presidente del país más poderoso del mundo. Twitter, Facebook y YouTube eliminaron mensajes y vídeos de Donald Trump en momentos decisivos. Uno de ellos se produjo durante el escrutinio de las elecciones presidenciales del 3 de noviembre de 2020. El candidato republicano denunció irregularidades en el recuento de votos en el estado de Pensilvania: «Están tratando de robar las elecciones, nunca les permitiremos que lo hagan. Los votos no se pueden emitir después de que las urnas están cerradas». El tuit apenas duró unos segundos. El CEO y cofundador de Twitter, Jack Dorsey, reaccionó suprimiendo el contenido e impidiendo compartir la publicación. El mensaje que aparecía en lugar del original decía así: «Alguna parte o todo el contenido compartido en este tuit ha sido objetado y puede ser engañoso sobre cómo participar en una elección u otro proceso cívico».

Aquilino Duque sostenía en «La era argentina» que la democracia puede amordazar a sus desafectos incluso con mayor crudeza que otros regímenes

Este aplastamiento de la libertad de expresión tiene una especie de bula si se practica en las redes sociales. Pero, ¿cómo es posible que un régimen democrático aplique la censura de un modo tan implacable? Aquilino Duque sostenía en «La era argentina» que la democracia puede amordazar a sus desafectos incluso con mayor crudeza que otros regímenes, pues la coartada de la superioridad moral (discurso de odio) justifica la represión de la libertad.

Hoy vemos que esta deriva podría desembocar en una nueva dictadura en la que una minoría (élites) aplasta a la mayoría (pueblo) sin importar lo que éstos opinen, pues las reglas del juego han cambiado.

Gotas que me vais dejando...

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