Anton Bruckner: Sinfonía nº 3 en re menor, WAB 103 (Wand)


Hoy, pese a la marea rojigualda de ayer, no me apetece hablar de política (aunque mucho me temo que lo de ayer traerá cola). Así que seré breve y dedicaré mi momento musical a mis compadres Noatodo y Miss Fidget a cuenta del corpulento organista de Sankt Florian. Sé que me reprocharán que insista tanto en el sauerkraut; pero a mí es que Herr Bruckner me provoca compasión y admiración a partes iguales: admiración, porque aunque para algunos no sea un genio sinfónico (empezando por Hanslick, antiwagneriano que le hacía la vida a cuadritos con sus críticas) sus sinfonías contienen pasajes y momentos de gran belleza. Y compasión, por otro lado, porque Herr Bruckner era tan humilde que aceptaba todas las críticas dirigidas a su obra. De lo cual surge un gran problema: ¿cuántas sinfonías compuso Bruckner realmente? ¿Nueve? ¿Una sola, «pero escrita nueve veces», como reza el chiste tradicional? ¿Contamos las «versiones» como sinfonías independientes? Problema musicológico aparte, que debe más al ego de algunos y menos a la mencionada humildad del compositor, hay que agradecer dem lieben Gott que de las cuatro últimas no haya más que una Originalfassung.

La obra que presento hoy a la consideración de ustedes es de las de repertorio de Bruckner: la Tercera (juntamente con la Séptima, que marcó su ubicación en el universo musical). El compositor escribió cuatro versiones de ella: 1873, 1874, 1877 y 1889. Las diferencias entre ellas no son excesivamente grandes; pero esa revisión continua impidió posiblemente que pasara de las nueve «oficiales».

La sinfonía está estructurada en cuatro movimientos y, si no recuerdo mal, es la única de las nueve que se acerca a la idea del Leitmotiv wagneriano. Quizá por eso (y porque en el segundo movimiento aparece una cita del Tristan) la sinfonía se ganó el apodo de Wagneriana… y supuso a su autor un montón de problemas: su involuntario alistamiento entre los partidarios de Wagner y la consiguiente enemistad del ya citado Hanslick, influyente crítico musical en la Viena del siglo XIX y militante en las filas bramhsianas. Cuenta la historia que hasta tal punto llegó la enemistad que cuando le concedieron cierta condecoración, Bruckner tuvo el siguiente diálogo con el Emperador:

–¿Desea usted alguna cosa más?

–Sí, Majestad –respondió Bruckner–. Que el señor Hanslick deje de escribir en mi contra.

He aquí el tema, que aparece en el primer movimiento y en el último. Un solo de trompeta se eleva sobre la Urnebel (aquí un ostinato de las cuerdas sobre nota tendida de clarinetes y oboes). La altura del sonido es la real:

Esta es la idea-motriz de la sinfonía, que al final del primer movimiento remachará el clavo y en el cuarto movimiento se presentará, triunfante, en modo mayor. Por supuesto, la sinfonía tiene todos los aditamentos brucknerianos: el famoso ritmo bruckneriano (dos negras o dos corcheas y un tresillo) y el tea moment o «momento lírico». En este ejemplo se presentan ambos al mismo tiempo (posteriormente ese ritmo se impondrá de forma más agresiva):

Con este brevísimo apunte sobre la obra espero haber despertado su curiosidad. Les dejo con Sir Georg Solti y la Sinfónica de Chicago. Para que mis compadres Noatodo y Miss Fidget vean que no siempre acudo a Das Wunder o les enchufo «un compositor que no me gusta con el peor director (Barenboim, aunque en este punto discrepo notablemente)». De hecho y si me lo aceptan, les reto a que descubran la cita del Tristan oculta en el segundo movimiento. En cuanto a la partitura, la que se corresponde con la versión ejecutada por Solti está aquí. Que la disfruten con salud y que no se les atragante el sauerkraut

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Autor: Aguador

Mi vida personal no tiene gran cosa de interesante...

3 opiniones en “Anton Bruckner: Sinfonía nº 3 en re menor, WAB 103 (Wand)”

  1. Eh, eh, que a mí el Wagner de Barenboim me gusta mucho :-). Y voy a confesar también que estoy escuchando ahora mismo una novena de Karajan (pero sólo para recordar que no me gusta, todo sea dicho :P).

    Prometo escuchar esta tercera de Bruckner. Además, saber que Hanslick le daba caña hace que me caiga mejor el maestro Bruckner.

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