Tránsito 2: Que reine, pero que no joda


Ahí estamos. El tránsito del viejo al nuevo rey se ha oficializado con normalidad batueca. Ya tenemos nuevo Rey. Los batuecos podemos volver a nuestro diario que hacer, que la máquina institucional sigue funcionando con normalidad, dejando aparte las algaraditas de algunos. No obstante, hay puntos en su reinado apenas empezado que comienzan a chirriar y eso ya es más preocupante.

Nos sorprendió mucho lo que ocurrió con el guión (escudo) del nuevo Rey. No sé a quién se le ocurriría esa idea de bombero; pero lo de suprimir el yugo y las flechas de ese guión es, en mi modesta opinión, una idiotez en grado sumo. La razón se huele de lejos: «nada debe recordar en la Monarquía al falangismo», pues esa referencia es la que ha quedado en el imaginario popular. Poco importa que en realidad, el yugo pertenezca a Isabel y las flechas a Fernando, los Reyes Católicos. Poco importa también que esos nombres inspiren inmediatamente, en quienes no somos víctimas de la LOGSE, el aliento de tiempos pasados más gloriosos que éstos. Respecto de la omisión de la cruz en la corona real, nos remitimos a lo dicho dos párrafos más abaj0.

Nos sorprendió el discurso del nuevo Rey, sobre todo por su falta de novedad. Las alabanzas al mismo habría que ponerlas en cuarentena, toda vez que dicho discurso es visado por la Secretaría de Presidencia del Gobierno. Lo que significa que el Rey no podría decir –leer– algo que al Gobierno no le gustase. O sea, que de ir por libre, nanay. Así que el discurso, según la expresión consagrada, fue muy medido, tan medido que no se apartó ni un milímetro de los carriles progres y políticamente correctos.

No faltaron las referencias a la mujer, a las nuevas tecnologías, al progreso. Hasta ahí bien. Pero como han señalado otras voces, lo significativo fueron las ausencias. En primer lugar, ni una sola alusión religiosa católica, para no molestar a los laicistas y otras hierbas. Lo que sorprende sobremanera, dado que uno de los títulos que recibe el Rey es el de «Majestad Católica». Por no ofender a esas minorías, ofendió al 70% de población que en las encuestas tiene todavía la desvergüenza de declararse católico. España es sociológicamente católica, por mucho que a los del mandil y los guantes les moleste. Así que algo debería haber dicho el Rey, máxime cuando algunos de la izquierda reaccionaria están por «denunciar el Concordato» (no tal, sino Acuerdo sobre Asuntos Jurídicos entre la Santa Sede y el Reino de España de enero de 1979: ignorantes), punto estrella en sus «programas». No vamos a discutir aquí sobre la confusión interesada por algunos entre aconfesionalidad y laicismo al efecto de llevar el agua a su molino. Lo dejaremos en una próxima entrada.

También fue de traca la mención a la defensa de «los derechos de las Comunidades Autónomas». Hubiera quedado mejor «el ordenamiento jurídico», porque tal como suena y está redactado, lo que se entiende es que los «derechos» no son de las personas, sino de los territorios. Pero en fin, eso no es culpa del Rey, sino del redactor del art. 61 CE.

Y la segunda ausencia –no menos clamorosa– fue a las Fuerzas Armadas. Aunque sólo fuera porque la Constitución le confiere el mando supremo de las mismas bajo la dirección del Ejecutivo (97 CE), alguna referencia debería haber hecho. Y no sólo porque nuestras FF.AA. están desplegadas en varias partes del mundo. A quien no había que cabrear esta vez era al socialcomunismo y al nacionalismo rampantes y cabalgantes en las Batuecas. A éstos les molestan las Fuerzas Armadas porque saben de sobra que su misión constitucional es la de defender la integridad territorial de España. Y, como a la Iglesia, hay que restar visibilidad a las FF.AA. porque la misión de éstas choca frontalmente con los propósitos disgregadores de aquéllos.

La tercera, en el cacareado encuentro con las Víctimas del Terrorismo. Naturalmente, todas ellas muy respetables y cada una con su carga personal y colectiva de dolor. Pero (sí, hay un pero) no estuvieron todas las que son. ¿A quién debemos la gracia? No a los Reyes, sino al senyor ministre. Sin encomendarse a nadie, decidió que como Voces contra el Terrorismo no bailaba el agua a la política (anti)terrorista del PPSOE, no había que invitarles. Y eso que Francisco José Alcaraz es tan víctima como los que sí fueron (un hermano y dos sobrinas) y además tuvo que soportar la infame burla de Sorrocloco.

La cuarta, la no menos cacareada visita del Rey a Cataluña. Ahí la Secretaría de Presidencia actuó nuevamente con eficacia, pergeñando los negros a sueldo un discurso adecuadamente progre y además en catalán, lengua que por lo que parece Su Majestad habla con fluidez. Parafraseando el título de cierto DVD de Les Luthiers, «todo porque estéis contentos». Pero es cosa sabida que en Cataluña lo de contentarse no se lleva, y menos en materia de construcció nacional. A Su Majestad no le faltó más que hablar de «diálogo» y de «talante». Pero no sé si se ha enterado Su Majestad de que con esa gente no se puede ir ni a la puerta de la calle. Que después de tantos años de despreocuparse o incluso de alimentar la fiera, ahora no puede venir a decir el empresariado catalán (el que realmente podía solucionar el problema desde dentro) «arreglad el entuerto que hemos provocado nosotros con nuestra desidia». Y si no se ha enterado, alguien que pueda ejercer en su círculo de leal servidor debería contárselo.

Así, pues, Felipe VI comienza su reinado con un balance bastante progre. O sea: sin joder, pero apuntando maneras. Seguiremos estando atentos.

P.S.- No quiero dejar de mencionar la nota ridícula del día de la coronación (sí, ya sé que los progres dirán «proclamación», pero vamos a llevarnos bien). Dicha nota la dio Jorge Verstrynge, detenido en una algaradita de ésas, muy republicana y tal. Le pillaron vestido como un viejo verde disfrazado de maromo, que cree que todavía puede llevarse jovencitas a la cama. Si Don Manuel levantara la cabeza… Claro que él nunca tuvo demasiado ojo con los delfines.

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