Presunto talibán

Gran artículo de Arturo Pérez Reverte en XLSemanal

Me seduce lo fino que hila tanto tonto del culo. La última corrección política elevada al cubo nos la endiñaron hace unos días, contando que en Afganistán han trincado a uno de los que ponen minas como otros aquí plantan tomates. Han pillado al que mató a una soldado española, decía el informativo, citando al ministro Alonso. El presunto talibán, matizaba. Yo estaba a medio desayuno, con un vaso de leche en una mano y una magdalena de la Bella Easo en la otra, y casi me ahogo al escucharlo, porque me dio un ataque de risa muy traicionero, glups, y los productos se me fueron por el caminillo viejo. Incluso, muy serios, los periodistas le preguntaban al ministro si iba a personarse en el juicio.

Y es que yo imaginaba al individuo: un afgano de los de toda la vida, con barba, turbante, cuchillo entre los dientes y Kalashnikov en bandolera en plan Alá Ajbar, hijo de los que destripaban rusos en el valle del Panshir, nieto de los que destripaban ingleses en el paso Jyber, y con la legítima arrastrando el burka por esos pedregales. Presunto que te rilas. Lo suponía de tal guisa al chaval, como digo, sensibles como son los afganos a matices y titulares de prensa, querellándose contra los medios informativos españoles y contra el ministro de Defensa, después de leer El País, El Mundo o el Abc por la mañana y verse llamado talibán a secas y no presunto talibán, ya saben, la presunción de inocencia, las garantías jurídicas y todo eso. O semos o no semos. Y al juez Garzón, acto seguido, tomando cartas en el asunto. A ver qué pasa con el hábeas corpus en las montañas de Kandahar. Mucho ojito. Que también los afganos son personas, oyes. Con sus derechos y deberes, y con la democracia export-import marca ACME a punto de cuajar allí de un momento a otro. Todo es sentarse y hablarlo, y para eso llevamos una temporada convenciéndolos de que adopten, como nosotros, el mechero Bic, la guitarra y el borreguito de Norit. Lo de menos es que talibán no sea palabra peyorativa, sino que describa un grupo social afgano, armado y mayoritariamente analfabeto, con su manera propia de entender el Corán y de paso la guerra al infiel, etcétera. Aquí y allí todos debemos ser presuntos, oiga. Talibanes y talibanas presuntos y presuntas. Por cojones. Para hacer esta muralla juntemos todas las manos, los subsaharianos sus manos subsaharianas, los talibanes sus blancas manos. Etcétera.

Así que ya saben. Presunto talibán. Una guindita más para el pavo. Además, como todo cristo sabe, en Afganistán no hay guerra, sino presunta situación humanitaria, aunque incómoda, donde se disparan presuntas balas y se ponen presuntas minas y se tiran presuntas bombas. Allí, cuando a un blindado con la bandera del toro de Osborne le pegan un cebollazo o se cae un helicóptero, no se trata de acción de guerra, sencillamente porque ni hay guerra ni niño muerto que valga. Lo que hay es una coyuntura de pazzzzz presuntamente jodida, donde nuestros voluntarios para poner tiritas las pasan un poco putas, eso sí, porque no todos los afganos se dejan poner vacunas de la polio ni dar biberones de buen talante, y porque nuestra maravillosa democracia occidental a la española, los estatutos de la nación plurinacional, las listas de Batasuna, la memoria histórica y demás parafernalia se gestionan allí por vías más elementales. A un afgano le cuentas lo de De Juana Chaos y su presunta novia, y es que no echa gota.

En el presunto Afganistán tampoco hay guerrilleros, por Dios. Decir guerrillero tiene connotaciones bélicas, reaccionarias, con tufillo a pasado franquista. Lo que hay son presuntos incontrolados que presuntamente dan por el presunto saco. Nada grave. Por eso cuando allí a un presunto soldado de la presunta España una presunta mina le vuela los huevos –o le vuela el chichi, seamos paritarios– nuestro ministro de Defensa no le concede medallas de las que se dan a quienes palman en combate, que eso de combatir es cosa de marines americanos y de nazis, sino medallas para lamentables accidentes propios de misiones humanitarias y entrañables. Que para eso salen en los anuncios de la tele modelos y modelas buenísimos vestidos de camuflaje pero sin escopeta, diciendo: si quieres ser útil a la Humanidad y trabajar por el buen rollito y la felicidad de los pueblos, y dar besos metiendo la lengua hasta dentro, colega, hazte soldado y ven a Afganistán a repartir aspirinas, que te vas a partir el culo de risa.

Presunto talibán, oigan. Hace falta ser gilipollas.

Alta traición

¿Quién dijo que la guerra fría había terminado? Volvemos a los ochenta. Creíamos que espías como los que habíamos conocido sólo quedaban en el ámbito empresarial, espiándose las patentes o metiéndose virus unas a otras (el pato, como siempre, lo pagamos los demás).

Pero esto es diferente. Un señor espía de verdad, que espía para una potencia extranjera y que además, lo hace como agente doble. Hollywood podría sacar una suculenta tajada del asunto y a mí me haría mucha gracia si no fuera porque la víctima es… España. O sea, nosotros, aunque Zapo está empeñado en que nosotros no seamos nosotros. Hay más: el topo que teníamos en el CNI espiaba para Rusia.

Eso es precisamente lo sorprendente. Por más que uno se estruja la neurona, no entiende qué interés estratégico podríamos tener para Rusia. Si ese interés estaba justificado, fue en los tiempos de la República y guerra civil. De haber ganado la contienda el bando «rojo» sí hubiésemos caído en las garras de Rusia, aunque hubiera sido por 6 meses (en marzo de 1939 terminaba nuestra guerra civil y en septiembre del mismo año comenzaba la guerra mundial).

Quizá por las rémoras del pasado, uno asocia «Rusia» y «espías» con «Estados Unidos», «las dos Alemanias» y otros mitos de la guerra fría. Uno se imagina al FSB (sucesor del KGB, que cualquier día recupera este nombre, visto lo visto) espiando a los importantes de la UE y dándose de tortazos con el MI-5, el Quai d’Orsay, la CIA, y los sucesores del SD y el Abwehr. El panorama es conocido, sí… ¿pero qué pintamos nosotros en él? Sólo me cabe una explicación: la necesidad de Putin, antiguo espía, de saberlo todo de todo el mundo.

En cuanto al espía, es digno de estudio. Dicen que lo hizo por dinero. No sé por qué, pero a mí esa excusa no me cuadra. La antigua URSS se valió, por lo general, de espías idealistas que nunca cobraron por su innoble trabajo. Ahí están los casos de Richard Sorge o Klaus Fuchs (también está el caso a contrario de Kim Philby). Ahora bien, el espía en cuestión es miembro de la Guardia Civil. A él habría que preguntarle en qué momento se le olvidó esto:

«El honor es la principal divisa del guardia civil; debe, por consiguiente, conservarlo sin mancha. Una vez perdido no se recupera jamás».

(Duque de Ahumada)

El viejo Duque se revolvería en su tumba si tuviera noticia de lo que ha hecho este señor: no solamente ha manchado su honor (si es que éste le importó alguna vez), sino el del Cuerpo en el que formaba y que tantos y tantos méritos tiene a sus espaldas.

Parece que existen otras razones secundarias. Por sus propios motivos, Rusia se opuso a la guerra de Irak y por tanto, se convirtió en «país enemigo». El señor Flórez, a sueldo de los rusos, levantó el velo del CNI para ellos. No sabemos si los rusos se guardaron esa información o se la vendieron al mejor postor. Pero lo cierto es que en 2003 seis agentes del CNI fallecieron en un atentado terrorista y que él pudo haber facilitado información que directa o indirectamente ayudase a quien los asesinó a preparar el atentado.

Y ahora estamos esperando la respuesta española. Que muy probablemente, como en el caso del Yemen, será la callada oficial. Sería verdaderamente novedoso que Zapo levantara la voz a Putin por este acto de deslealtad entre «amigos». ¿Imaginan la escena?

ZAPO (tembloroso): O-o-o-ye… este… Vladimir… que lo que has hecho de… este… e-e-espiarme no está bien, ¿s-s-abes?

PUTIN (Mostrando una media sonrisa y sin mover un músculo de su rostro): Da.

ZAPO (no sabiendo si enfadarse o no pero poniéndose más nervioso): ¿C-c-cómo que «da»? ¿No te han dado ya bastante información? ¿Qué más quieres que te dé? (Zapo resopla, para calmarse). Mira, vamos a arreglar esto tranquilamente, ¿vale?

PUTIN (sin inmutarse): Da. (Le ofrece un vaso de vodka). Vodka?

ZAPO: Spassibo (es lo único que sabe decir en ruso y lo aprendió en el avión. Se bebe el vaso de un trago. Le sienta. Lanza un rugido de gusto. Putin sigue sonriendo. Zapo, exaltado, levanta el puño izquierdo). ¡Viva la Revolución! ¡Viva Stalin! ¡Larga, larga vida al proletariado! ¡Muerte a los fascistas! (Empieza a cantar la Internacional) ¡Arriba, parias de la…! (Cae, como fulminado por un rayo. Al rato se le oye roncar).

Putin se levanta tranquilamente y da indicaciones de que le dejen dormir la mona. Mueve la cabeza y entre dientes dice algo más. Su secretario cree que es algo así como Job tvojemad, pero no dice nada por si acaso el FSB lo despacha al infierno vía Siberia.

Cualquier parecido con la reacción de Gran Bretaña ante las actuaciones de Putin es pura coincidencia.

Murieron sin los inhibidores puestos

Dicho así, parece un remedo de «Murieron con las botas puestas», que también. Pero no. Aquí la película debería titularse «Murieron sin los inhibidores puestos», lo que traducido a román paladino significa que «los mandaron a la muerte».

Es ya un recordatorio histórico la campaña de Rusia. Hitler, ese cabo bohemio, la inició el 22 de junio de 1941, con el nombre de operación Barbarroja. Previamente, creía haber descabezado al Ejército Rojo a través de la «operación Tujachevski» (un dossier que casualmente llegó a las manos de Stalin vía Praga desde Berlín: Heydrich era un genio, cómo no), que originó la mayor purga militar soviética y que, aparentemente, descabezaba al oso soviético y le dejaba como esas gallinas que, sin cabeza, caminan hacia no se sabe dónde.

Pese al tratado de «no agresión» Molotov-Ribbentrop, Hitler decide invadir Rusia. El punto importante viene ahora: hablar de equipo de invierno se consideró derrotismo. ¿Para qué iban a necesitar el equipo de invierno si en poco más de tres meses esos Untermenschen soviéticos iban a caer bajo la implacable bota alemana? Los rusos, finalmente, demostraron ser más coriáceos y con mayor capacidad de regeneración de lo que creía Hitler: los Zhukov, Chuikov, Rokossovsky y demás llevaron a la victoria final al Ejército Rojo, ese ejército al que Hitler creyó poder derrotar en «tres meses».

Algo parecido ocurre con la guerra del Líbano. Que es una guerra, por más que nuestro desgobierno trate de ocultárnoslo (al igual que la de Afganistán). Y lo ha intentado ocultar de la forma más vil posible: mandando soldados literalmente desprotegidos. «¿Cómo van a atacarnos si venimos en son de paz, si esto es una misión de interposición de la ONU?». Pues nos atacaron. No por ir bajo el ¿paraguas? de la ONU. Nos atacaron por ser «asquerosos invasores occidentales».

Miserables han sido los intentos de nuestro desgobierno por ocultar esta verdad. Miserable ha sido (rectificado a toda prisa, eso sí) el intento de negar a los fallecidos en el Líbano la medalla con distintivo rojo (concedida en acciones bélicas), para no tener que reconocer implícitamente que murieron en una guerra. Y además, mintió el Gobierno cuando trató de hacernos ver que los demás países «tampoco equiparon con inhibidores sus vehículos». Lo que al Gobierno le «salió bien» con la soldado Idoia, igualmente acreedora a esa medalla, no le ha salido tan bien con estos seis jóvenes, caídos encima por una Patria que no era la suya de origen. ¿Qué mayor sacrificio se les podía pedir?

Desde el punto de vista socialista, como siempre, se trata de una cuestión de visibilidad. Tal es el criterio que denunciaba Jeff Jacoby en su artículo Glamour rojo, traducido en este blog. Es decir: lo que no se ve, no existe. La guerra que se oculta, tampoco. Pero para desgracia del desgobierno zapateril, los hechos son tozudos y desmienten las altisonantes declaraciones de Zapo y del ministro de la cosa, en este caso Alonso.

Honor a aquellos que han dado su vida por defender la nuestra, ya que nosotros somos tan «pacifistas» que despreciamos al Ejército y preferimos pagar a otros para que nos defiendan. Descansen en paz.

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