Marea rojigualda

Ayer fue Madrid un clamor. Cientos de miles de personas, más allá de las apenas 180.000 que dice la Delegación del Gobierno que hubo. Personas de toda edad, raza y condición, dentro de lo que se puede encontrar en Madrid, se manifestaron contra el «diálogo», contra la «negociación». Exigieron al Gobierno que no se negociase más con los terroristas. Los protagonistas absolutos fueron las víctimas: no solamente las de la AVT, como dicen los manipuladores, sino todas. Hubo también un emocionado recuerdo y homenaje a las dos víctimas más recientes, Carlos Alonso Palate y Diego Armando Estacio, por parte de sus compatriotas residentes aquí. Excelente también la presencia de Rosa Díez: supongo que los camaradas del «vete a la mierda, Rosa» tendrán otro motivo para decirlo, pero da igual. Ella está con las víctimas, más allá de toda bandería, que es lo que importa.

Es significativo que nadie del Gobierno asistiese, cuando dice proteger tanto a las víctimas. Los voceros oficiales del Gobierno, como el agitador Pepiño y el converso López Garrido (ya se sabe que cuanto más reciente la conversión, mayor el furor) proclamarán a los cuatro vientos las consignas acostumbradas. Escenificarán (palabra consagrada para el uso, pero nunca mejor dicha) una de las mejores tácticas marxistas (de Groucho, no de Karl): «¿A quién va a creer usted: a mí o a sus propios ojos?».

También es muy significativo que Zapo ni sus corifeos hayan siquiera osado pronunciarse sobre la manifestación. Casi es de agradecer, porque las solemnes memeces que salían de sus bocas, cuando no la provocación lisa y llana, contribuían a caldear el ambiente. La consigna es el silencio; e incluso Pepiño, habitualmente incontinente, dedica su blog a meterse con Rajoy y con Aznar (qué obsesión con Aznar, oiga). Quizá debería preocuparse más por su propia casa, cuya permanencia en la Moncloa esperamos que tenga la fecha de caducidad de marzo del 2008.

Frente a la manifestación de los titiriteros, sin banderas españolas oficiales, una marea roja y gualda de personas de toda edad y condición sin deudas con el Gobierno. Frente a los carteles de «Alcaraz asesino» (lo vimos en Telemadrid), el «a ETA se la vence, no se la convence». Frente a los «cordones sanitarios» de Luppi (andaría sobrado de mate; si no, peor tantito), abrazo solidario (de verdad, no la solidaridad pagada de los titiriteros) a los compatriotas de Carlos Alonso Palate y Diego Armando Estacio.

Mientras tanto, las «investigaciones no oficiales» de Luis del Pino y compañeros avanzan lentamente, pero ya han conseguido que caiga un juez. Ha caído la versión oficial y lo que don Luis y compañeros empiezan a desvelarnos es para ponerle los pelos de punta al más pintado. Se trabaja nada menos que con la hipótesis de que fuera la ETA la responsable última del atentado, en la que el explosivo fue facilitado efectivamente por la trama asturiana, y se utilizara a unos moros con la doble función de atrezzo y de cabezas de turco. Y el foco se va dirigiendo lentamente hacia el PSOE.

Hay otra pregunta, no menos inquietante que todas las que se puedan hacer del 11-M: ¿se estaba enterando Ángel Acebes de lo que pasaba en su Ministerio siquiera un mes antes del horrible atentado? Lealtades vendidas y/o conservadas para Rafael Vera, que sin duda estaba mejor informado que el propio ministro… el despachiyo de Extremadura… eso es algo que también se ha de investigar.

Mira que si esto fuese verdad…

"La Juani"

No haremos referencia en este artículo a la película de Bigas Luna, aunque hayamos tomado prestado el título.

La «Juani» a la que nos referimos es una Juani psicópata y asesina, que se llevó por delante hace años a veinticinco inocentes (y que después de todo ese tiempo, no muestra signos de arrepentimiento alguno). Es una Juani que, por echarle un pulso al Estado, inició una huelga de hambre. Es una Juani a la que ahora, porque lo dice el TC, hay que alimentarla a la fuerza. No se me olvida que Margaret Thatcher tuvo que enfrentarse a un problema similar: unos presos del IRA se declararon en huelga de hambre. La Dama de Hierro no cedió y murió uno. Los otros, viendo que la cosa iba en serio y que si continuaban podían correr la misma suerte sin que Thatcher cediera un milímetro, desistieron de la huelga. Probablemente, la Juani sabe que hay mucha distancia entre la Dama de Hierro y Bambi. Por eso se atreve a la huelga.

Pues bien, se discutía si a esta Juani había que excarcelarla «por motivos humanitarios». En una democracia normal eso no se plantearía: quien comete un asesinato múltiple y además no se arrepiente debe, como mínimo, seguir en la cárcel. Si esto ocurre fuera de nuestras fronteras, lo menos que le espera a alguien así es la cadena perpetua, cuando no la pena de muerte. Pero en España, salvo en la segunda legislatura de Aznar, siempre se ha tendido a «negociar» con los terroristas por aquello del mito del «consenso». Aquí, pues, como no tenemos pena de muerte ni cadena perpetua, hay que mantenerlo en prisión, a costa del bolsillo de todos.

Abro la página de Libertad Digital. Es un medio «tendencioso», para algunos. Tendencioso hacia la verdad, desde luego; pero esos algunos no pierden ocasión de tildarlo así (el españolísimo y de toda la vida calumnia, que algo queda). Leo la catarata de reacciones producidas tras la decisión de la Audiencia Nacional de mantener a la Juani en la cárcel. No me sorprenden las reacciones del sindicato CSIF o la AVT, felicitándose por la decisión. No es que no comparta su satisfacción; antes al contrario. Pero sí me hago, como cierto oyente de la COPE, esta reflexión: ¿a qué punto hemos llegado que las personas decentes se felicitan por la aplicación y el cumplimiento de la ley? Esto es la normalidad jurídica y democrática, nada más. Es justo que la Juani, asesina de veinticinco personas, siga donde está en vez de obtener beneficio alguno de su situación.

Tampoco me sorprenden del todo las reacciones del otro lado. Sobre todo, las pintorescas de Odón Elorza y de Agustí Cerdá, de ERC. El primero «lamenta profundamente» la decisión. Uno se pregunta cómo María San Gil puede compartir sala con este individuo. Probablemente, son misterios y necesidades de la política. En cuanto a Cerdá, sus declaraciones sí son sorprendentes: el republicano «lamenta» que el Tribunal no haya tenido un gesto humanitario con él. Claro. Si hubiésemos tenido el mismo «gesto humanitario» que la Juani tuvo con sus veinticinco víctimas, a estas fechas ya no tendríamos el problema jurídico-moral que representa la Juani.

Bienvenida sea, pues, esta decisión judicial. Aunque no sea muy cristiano, y aunque Bono se halle en las antípodas de mi «ideario», comparto con él sus palabras sobre este asunto: «Ojalá se hubiera muerto antes».

Concierto para instrumentos desafinados

«La actitud del director, el efecto que logra, me fueron revelados de manera inesperada a través de un vídeo de Danny Kaye con la Filarmónica de Nueva York. Al final, cuando han concluido las bromas y las chanzas, Kaye dirige un conjunto de pasajes clásicos de manera formal. Kaye es un individuo cómico, algo ridículo y errático. Observando la grabación, escuché atentamente. Me sorprendió. Porque exactamente así sonaba la Filarmónica de Nueva York: ligeramente ridícula y errática».

(Roger Vaughan, Herbert von Karajan. Javier Vergara editor, 1986, p. 37).

Prescindamos por un momento de que Zapo se parece a Mr. Bean al frente de la Filarmónica de Nueva York (o de la Orquesta Nacional de España, que nos pilla más cerca). Fijémonos en el concierto. Por votación popular (unida a un «accidente»), el director está subido en el podio y tiene que ejecutar una partitura que hubiera ejecutado otra persona de no haber sido por el accidente. Pero observemos con más atención al detalle.

El director tiene en el atril una partitura. Mueve los brazos haciendo como que dirige. Nadie parece darse cuenta, pero sus gestos no se corresponden con lo que está tocando la orquesta. Algo no marcha bien. O será que algún duende malvado ha hecho alguna travesura: él está dirigiendo el Adagietto de la Quinta de Mahler (lo que dice Guerra que escucha para parecer «intelectual») y, sin embargo, lo que suena en la orquesta es «otra» Quinta: la de Shostakovich. El director mira al concertino, preguntando qué pasa. El concertino le devuelve la mirada, como diciéndole: «No te preocupes, tú sigue moviendo los brazos. Estuvimos hablando con el sindicato y pactamos que sonara esto». Zapo recupera con resignación la compostura y sigue moviendo beatíficamente los brazos.

De pronto, a pesar de que el director ha intentado ponerles sordina, los metales trompetean una melodía muy agresiva. El director hace un gesto como diciendo: «No, no, no… Tóquenlo con pace ossia commodo e fluente«. La orquesta, al parecer, no hace caso al director y se concentra en la partitura, como si alguien invisible los dirigiese. El director empieza a ponerse nervioso. La sección de percusión tiene los días contados. Ya hace muchos años que no tocan y sus instrumentos están apolillados. Los va a despedir a todos, ¡cabrones! ¿Quién los necesita? Todo este tiempo han estado conspirando contra él, así que ¡al carajo con la percusión! Cree que han sido ellos los que han dado el cambiazo. Es falso, naturalmente; pero como hay pocas obras en que se los necesite al completo, tienen mucho tiempo libre y por eso son sospechosos naturales. Además, en cuanto pueden hacen causa común con la sección de metal.

El promotor del concierto, en el palco, tiene cara de póquer aunque no puede disimular su disgusto. Este director que le recomendaron y al que contrató por cuatro perras no sabe hacer la O con un canuto. Y lo peor, lo que él creía que no iba a pasar, está pasando: el público también se está dando cuenta de que el director no sabe hacer la O con un canuto. Para el promotor eso significa que el director verá al día siguiente, si no a los pocos días, una gran cruz en su contrato y el recibo del finiquito, con cargo a las entradas, por supuesto. Encima que el director es un inepto, ¿va a pagarlo el promotor? ¡Ni hablar! En el interín está pensando en ajustarle las cuentas al «amigo» que le recomendó a ese director. Lástima que ese «amigo» esté cuidando de sus negocios en Venezuela, pero bueno, cuando vuelva ya se puede preparar.

El concierto ha terminado. Los últimos compases suenan hasta con eco. El director se seca la frente con la satisfacción de haber dirigido la obra hasta el final. Se da la vuelta y… ¡oh, sorpresa! La sala está vacía. Claro. Por eso reverberaron tanto esos últimos compases. Bueno, no totalmente vacía. Hay un señor en la fila ocho que aplaude muy entusiasta. Lleva turbante, chilaba y babuchas. El señor se acerca a él y le dice que tienen grandes planes juntos. Se lo va a llevar a Estambul.

Y cuanto más pronto, mejor.

La comparecencia

Ayer tuvo lugar el debate más importante en lo que llevamos de legislatura. Presuntamente, Zapo iba a darnos cuenta y razón de lo que sabía del atentado y de lo que pensaba hacer a continuación. Algunos esperábamos que Zapo no dijera realmente nada y que Rajoy diera el callo en el debate. Y a mí, particularmente, no me defraudó ninguno de los dos.

No me defraudó Zapo porque ya esperaba que no dijera realmente nada. Mantuvo el discurso de siempre sobre la «pazzzzzzz» y el «diálogo», con una sola variación: «admitió un error». Efectivamente: fue un error garrafal decir un día antes del atentado «hoy estamos mejor que hace cinco años y dentro de un año estaremos mejor que ahora». Parece que es más bien lo contrario: que hace 5 años (2002) estábamos mejor que ahora y que dentro de un año… bueno, no lo quiero ni pensar. Veremos en qué condiciones abandona Zapo la Moncloa. Pero no dijo claramente que se rompían las negociaciones y menos aún que volvía al Pacto Antiterrorista, que él mismo rompió al solicitar y obtener el permiso de la Cámara para «negociar».

En cuanto al hecho de las negociaciones, parece ser que el Gobierno también mintió (¿se acuerda de lo que dijo el 12 de marzo de 2004, señor Rubalcaba?). De acuerdo con el diario proetarra Gara, resulta que las negociaciones no se detuvieron en ningún momento y que hubo «más de dos». No nos extraña, pues, que Pepiño le lanzara un zarpazo al camarada José Antonio Pastor, ordenándole que se callase. Y nuevamente repito lo que he dicho ya alguna otra vez: es lamentable que los terroristas sean más fiables como fuente de información que el propio Gobierno.

Tampoco me defraudó Rajoy. Su discurso fue brillante y duro, tanto en el fondo como en la forma. Creo que Zapo no se esperaba ese tono ni ese contenido. Sabiéndose solo, Rajoy no tenía deudas ni pactos contraídos con nadie y atacó. Atacó con adrenalina, sin arriolina, sin «moderación» y le puso las cosas claras a Zapo. A Zapo y a la izquierda, en general, les viene bien una derecha genuflexa y calladita. Pero ayer Rajoy estaba cargado de razones contra un Zapo que no propuso absolutamente nada. Y así sonó, como muchos españoles esperábamos oírle.

En el discurso de Rajoy faltó, como decía esta mañana Federico, una referencia a cómo se ha intentado «desactivar» a la AVT para que «no molestara» en el famoso «proceso de paz». Le faltó hablar de cómo Peces-Barba, al alimón con Conde-Pumpido, intentó dividir a las víctimas (nadie discute la condición de víctima de la señora Pilar Manjón, pero se le tendría que caer la cara de vergüenza por haberse prestado a ese juego); y que después de dos años de intentarlo y no conseguirlo, arrojó la toalla. Pero en fin, tal vez es que veinte minutos de réplica y diez de contrarréplica no dan para tanto. Rajoy estuvo magnífico, en resumen.

¿Y después? Bien. Zapo escenificó, salvo el «error» que admitió haber cometido (no se podía esconder, luego había que admtirlo por narices) el sostenella y no enmendalla del que este desgobierno hace uso con profusión. Es más que probable que Zapo no haga caso alguno de Rajoy y que, al final, Rajoy sea el único «amigo» que le quede. Los nacionalistas han aprendido bien la lección pujolista: lloriquear y, a la vez, poner el cazo. Sólo que ahora, como el Gobierno central es débil, en vez de poner el cazo ponen la olla exprés, que es más moderna y más grande, y añaden presión. Así que no cabe fiar de ellos.

En mi opinión, esta comparecencia ha dañado la imagen de Zapo (y del PSOE, de rebote) porque ha hecho visible (la izquierda le tiene pánico a la visibilidad cuando se enfoca hacia ella) para muchos españoles la poca enjundia de nuestro «presidente por accidente» (no sólo se lo llaman aquí: parece que el New York Times se apunta también a ese calificativo).

Dos detalles más me llamaron la atención. El primero, que no dejaran entrar a Libertad Digital, que ayer precisamente iniciaba sus emisiones en directo, con la burda excusa de que «es una televisión local». Cuestiones de visibilidad, claro. Si tan paladines son de la «libertad», ¿por qué no se dejó entrar a un medio convenientemente acreditado? De todos modos, es curioso que sus vídeos sean los más vistos en youtube…

El segundo detalle fue la «espantá» de sus señorías. Una vez terminado el debate entre los dos protagonistas principales (cada uno con su correspondiente claque), con turnos de réplica y dúplica, parece ser que sus señorías dejaron prácticamente el hemiciclo vacío. Lo anoto como una cuestión de respeto. La ocasión era lo bastante importante como para que todo el mundo se quedara a oír los discursos de los demás. Podría levantarme yo, que a fin de cuentas no comulgo con el discurso de la señora Uxúe Barkos, de «Nafarroa Bai», o del inefable Labordeta, de la «Chunta Aragonesista». Ni me pagan por escucharlos.

Pero a un señoría, generosamente sufragado a cuenta de nuestros impuestos, se le paga por oír discursos aunque no sean de su agrado, entre otras cosas. Son «gajes del oficio», ¿no? Que sí, que es un tostón oír a determinadas personas de representación minoritaria. Y estoy seguro que la excusa más socorrida es «la agenda llena», «los compromisos adquiridos» (a propósito: de los de Zapo nos hemos tenido que enterar por Gara, fíjate tú), etc. Malos motivos para no estar presente. Y, en lo que yo entiendo, una falta de respeto.

Va a ser que tenemos los políticos que nos merecemos…

La manifa

O valdría más decir las manifas. La tan cacareada «unidad de los demócratas» es todavía un deseo más que una realidad.

Es lamentable que sea así. El desgobierno de Zapo pide «unidad contra el terrorismo» y uno se acuerda del 11-M, luctuosa fecha en que el PSOE y sus medios afines se comportaron con pavorosa deslealtad institucional. Ahora, claro, Zapo tiene problemas y pide ayuda al PP, al mismo tiempo que trata de marginarlo. Inaudito. Y lo peor es que Rajoy se va a comportar de forma noble y caballerosa y le va a «ayudar». Aunque de momento le llueven las críticas por no ir (con razón) a la misma manifestación que el PSOE y su «Sección de Coros y Danzas».

Y Acebes, lloroso, dice que «van a por nosotros para ocultar su fracaso». Sí, es cierto: tratan de aislar al PP y de borrarlo de la vi(d)a pública. Bien a las claras se ve que Zapo ha elegido ya a sus compañeros de mesa. Para mal de todos los españoles, desde luego. Sigue creyendo en la pazzzzzzz y así nos va a todos los demás…

Padre Nuestro del titiritero

Bambi nuestro que estás en Moncloa,
pancarteado sea tu nombre,
venga a nosotros tu lapsus,
y hágase tu voluntad
así en la radio como en la tele.

Danos hoy nuestra subvención de cada día,
perdónanos nuestras películas
así como nosotros aburrimos a nuestros espectadores
No nos dejes caer en la libertad
y líbranos del PP.

No hay por dónde coger a estos desgobernantes nuestros. Lo mires por donde lo mires.

Semos peligrosos (y II)

Publico este artículo tal cual lo leí en Libertad Digital, porque me encantó. Disfrútenlo.Dice Juan Carlos Girauta en su último libro, y lo confirmó durante la presentación del mismo en Madrid, que los progres están nerviosos. Lo están. Sólo hay que ponerse la mascarilla y sumergirse en las webs progresistas para constatar que muchos de ellos están, en efecto, al borde del síncope. Les molesta sobre todo la superioridad de los medios liberales en internet, como han dejado de manifiesto numerosos estudios de la gente del grupo Prisa, preocupados por que la caspa progre no tenga en la Red la hegemonía de que disfruta en los medios convencionales.

Si de Juan Luis Cebrián dependiera, el asunto quedaría fácilmente solucionado cerrando todas las páginas que no pasaran con notable un cuestionario de calidad progresista elaborado por su gabinete de expertos. Pero es lo que tiene la Red, que ni Dios –me refiero, lógicamente, a Don Jesús– puede controlar los contenidos de una herramienta que tiene como base la libertad, ese concepto al que la izquierda suele ser tan refractaria.

Últimamente se detecta en los ambientes de progreso una cierta escalada en el tono de la crítica, que diría Anson, y ya se nos tacha a quienes escribimos en los medios contrarios de sujetos peligrosos. Cuando la izquierda te adjudica ese adjetivo la cosa no es para tomársela a broma, sobre todo si tenemos en cuenta sus métodos tradicionales para erradicar el peligro. Pero no nos daremos por amenazados, seguros como estamos del talante de nuestros queridos adversarios. Lo dejaremos en un exceso voluntarista del botarate en cuestión en su afán por convertirse en tertuliano de la SER, nirvana al que aspira todo retroprogresista con ínfulas de notoriedad.
La cuestión es descubrir qué es lo que hace suponer a esta banda de la cachiporra cibernética que somos sujetos peligrosos. Nosotros ni apedreamos sedes de ningún partido político ni jaleamos a quienes lo hacen. Las tropas españolas siguen desplazadas en escenarios de conflicto bélico y no azuzamos a las masas para que llamen asesino al Gobierno legítimo de España. Es cierto que algunos no soportamos el cine español, por considerarlo técnicamente mediocre, estéticamente cochambroso e ideológicamente detestable, pero eso no es motivo suficiente para que se pretenda nuestra eliminación, sobre todo porque también nosotros subvencionamos a nuestros artistas, de forma que puedan seguir agrediendo al séptimo arte y llegar a fin de mes con cierto confort.

En fin, que somos unos pedazos de pan, gente formal que paga sus impuestos religiosamente, perdón, puntualmente, y la única discrepancia con la elite progresista es que nos reímos de sus capulladas doctrinales y no nos tomamos en serio su grandilocuencia antioccidental. Supongo que entre los nuevos derechos de ciudadanía esmaltados en el frontispicio de la era ZP habrá un huequecito para los discrepantes.
La izquierda no ha estado nunca dispuesta al debate de ideas. Lo suyo es acallar al discrepante para hacer valer su propio discurso y que sea asumido por la masa de forma acrítica. Pero no es sólo una cuestión de vocación totalitaria, que por supuesto también; es que sus ideas –llamémoslas así– no soportan la confrontación seria con la realidad, y al menor pescozón dialéctico se vienen estrepitosamente abajo. Entre apuntalar su discurso con rigor intelectual o demonizar al hereje, lo más cómodo es optar por lo segundo. Evita uno ciertos sofocos para los que nunca se está lo suficientemente preparado.
La caída del Muro de Berlín fue el primer varapalo serio al progresismo, y tan dolorosos fueron sus efectos que gran parte de él aún no se ha recuperado. Su particular mitología, que convertía en benefactores de la humanidad a los sujetos más sanguinarios, cada vez es asumida por menos gente, incluso entre sus filas, y ya sólo se aferran a ella las minorías más extremistas. Por lo que respecta al capitalismo, poca gente pone en duda que es un orden social infinitamente más eficiente que el socialismo, y en cuanto a la lucha de clases, jaculatoria que la izquierda ha enarbolado durante más de un siglo, hay ya una gran masa de votantes de izquierda que ni siquiera sabe lo que es, en parte gracias a la Logse perpetrada por sus políticos, que de esta forma llevan en el pecado una muy justa penitencia.
Como la realidad contemporánea no les da la razón, ahora intentan cambiar el pasado reciente para compensarlo. Por eso les fastidia tanto que historiadores libres pongan de manifiesto sus manejos y, encima, vendan diez veces más libros que los intelectuales orgánicos encumbrados por los muecines de la secta.
Pero qué se le va a hacer, son las servidumbres de un Estado de Derecho; una de ellas, que todo el mundo tiene derecho a expresar sus ideas libremente, y a transmitirlas a los demás con las únicas limitaciones que impone la ley. Y mientras esto sea así –tampoco hay que fiar la suerte a largo plazo, dado cómo está el patio–, vamos a seguir defendiendo nuestros principios, que casualmente son los que han convertido a las sociedades occidentales en las más libres y más prósperas del planeta, y a seguir criticando el discurso que pretende devolvernos a la caverna socialista, con su secuela inevitable de tiranía, pobreza y dolor.
Así que un poco de paciencia tal vez no les vendría mal, a estos censores del pensamiento ajeno, sobre todo porque con Libertad Digital Televisión vamos a empezar a jugar en la misma liga que los acorazados sedicentemente progresistas y a dar muchas satisfacciones. Tengo entendido que las infusiones de valeriana van muy bien para estos casos. De nada.
Pablo Molina, en Libertad Digital

Semos peligrosos

Hoy me dio la vena lírica y así voy a dedicar esta letra a todos aquellos que luchan verdaderamente por la libertad y contra la tiranía intelectual del desgobierno socialista…

Semos peligrosos
y nos llaman maleantes
por respirar sin permiso
por mirar siempre pa´lante

y es que no se enteran
que no vivimos de ausencias
que lo que falta se inventa
que en el barrio sobra ciencia

y es que no se enteran
que no vivimos por vicio
que estamos porque aquí estamos
que vivir ya es un oficio

Y hay que decirlo
pa´l que no se entera
la esperanza es una puta que va
vestida de verde

Semos peligrosos
pa´l que no manda al infierno

Pa´ese que cobra conciencias
y hasta en la huida hay que estar atentos
que al final la disidencia nos trae el conocimiento

Makinavaja
makipoeta

el último chorizo que queda
El último profeta

Memoria histérica (y no se hable más)

Éste es el calificativo que mejor le cuadra a esa ley que la izquierda toda pretende aprobar. Mientras, en los foros se habla del tema en pie de guerra: nunca faltan trolls que vengan a insultar o a tergiversar las cuestiones para llevarlas a punto muerto, como ocurre en un foro en el que yo participo.

Me acuerdo en mis mocedades, cuando estudiábamos la historia de ese trozo de tierra que todavía algunos llamamos España, que al llegar a la etapa de la República y de la guerra civil, se daba por sentado que ésta fue el resultado de una «rebelión militar contra un régimen democráticamente constituido». Algo así como que Franco había destruido la paz que por doquier resplandecía en esa Arcadia feliz que era la República. Nada tiene de sorprendente la explicación si tenemos en cuenta que los libros de texto eran redactados por discípulos del comunista Tuñón de Lara y afines.

Con la perspectiva de los años, me doy cuenta que la «paz» era la de los historiógrafos, que monolíticamente sostenían las líneas anteriores. Estaba clara la función: salvar la responsabilidad histórica ante las generaciones jóvenes. «La derecha era muy mala y se rebeló contra una democracia legítima. Nosotros no hicimos nada». Había que presentar al PSOE y al PCE como luchadores de la libertad. Y así ocurrió durante muchos años o, según la frase consagrada, «fue doctrina pacífica».

El caso es que hace unos años aparece un señor llamado Pío Moa, que se dice historiador y que sostiene una versión de los hechos radicalmente distinta. Sostiene Moa, como nos temíamos algunos, que la República no era esa «Arcadia feliz» que nos habían contado en nuestros años mozos. Oiga, que en la República se quemaban conventos. Oiga, que en la República se atacaban diarios «no afines». Y otros muchos «oigas». Lo apoya con documentos, con fotografías, con correspondencia entre los personajes de aquel entonces. Se abre paso la convicción en mucha gente de que la historia de ese período no es como nos la contaron Tuñón de Lara, Paul Preston, Santos Juliá o Ian Gibson.

La izquierda toda se pone nerviosa: alguien osa contradecir lo que hasta ese momento había sido «doctrina pacífica». Es decir, se cae a cachos el edificio teórico destinado a limitar la responsabilidad de la izquierda en los hechos de «los llamados tres años» ¿Quién es el «traidor»? Un ex-miembro del GRAPO, por lo que conoce bien el esqueleto teórico de la izquierda. Sigue siendo «terrorista», pero ahora pone bombas de otra forma. Por eso las «intervenciones» en su blog van desde la injuria pura y dura (es lo que tiene Internet: ser relativamente anónimo permite a muchos descerebrados insultar a alguien sin dar la cara) hasta la acusación de «mentira histórica». Incluso ha aparecido un libro titulado Anti-Moa, cuyas intenciones se adivinan nada más leyendo el título: tapar la boca al doblemente «traidor disidente».

Así están las cosas: la izquierda, emperrada en su Ley de Memoria Histérica. Y muchos otros, pensando y diciendo: «Si hay que desenterrar muertos, los vamos a desenterrar todos, no sólo los de un bando». Y van apareciendo en el diario El Mundo esquelas de personas asesinadas durante la República o la guerra civil. Resucitan los muertos de Paracuellos, para recordar a Carrillo lo que hizo (o tal vez no hizo, pero sí permitió que ocurriese).

Empezamos a entender también el por qué de la insistencia de la Generalitat catalana en pedir «los papeles de Salamanca». Aparte de que «eran suyos», ¿qué podía haber en ellos que fuera tan importante como para constituir «comisiones de dignidad histórica» para su «devolución»? Ahora que están en poder de la Generalitat, menos posibilidades tendremos de saberlo.

¿Memoria histérica? Mejor dejemos que los muertos vuelvan a sus ataúdes; su hedor puede marear a muchos que se dicen «luchadores de la libertad» y a muchos otros que los jalean y que no han visto un muerto en su vida.

Aterriza como puedas

Magdalena Álvarez se estrelló ayer en su simulacro de comparecencia. No sólo se escudó en datos técnicos para esconder su incompetencia para resolver el asunto. No respondió a la pregunta fundamental: ¿por qué no se actuó antes? La menestra dedicó la friolera de cinco horas a dar vueltas y revueltas a las cuestiones que se le plantearon, atenta a su guión y «contestando a lo que a ella le hubiera gustado que le preguntaran».

Habiendo como había un expediente en Aviación Civil desde mayo, la menestra podía haber ordenado de inmediato la suspensión de actividades de la compañía, que tuvo problemas ya desde su nacimiento, según parece. También y según parece, nos enteramos de que una de las segundas de a bordo de la menestra es íntima amiga de una de las jefazas de Air Madrid. Todo queda en casa, pues. ¿Y si eso explicara la tardanza con que el Ministerio actuó contra esa compañía?

Decía Guillén de Castro en sus Mocedades del Cid:

Procure siempre acertalla
el honrado y principal;
pero si la acierta mal,
sostenella y no enmendalla.

¿Algún problema? Pues mire, sí: que, además de «sostenella y no enmendalla», cuesta creer la honradez de la menestra, a la luz de los datos que van saliendo.

¿Ausencias? Una y muy cualificada: la de la menestra Salgado, de Sanidad y Consumo, que se supone debería haber defendido los intereses de los 300.000 consumidores que se quedaron en tierra por la mala gestión del Gobierno.

Lo que confirma la teoría que tenemos algunos de que los Gobiernos de izquierdas son especialistas en crear problemas donde antes no los había. Y puedo añadirle un corolario: toda la dialéctica que despliegan cuando están en la oposición se les acaba cuando llegan al Gobierno. Autócratas, prepotentes… e ineficaces.
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