¡¡Galicia, sitio distinto…!!

Acabo de darme una vuelta por el blog de Úrsula y… está en gallego (que manda carallo), pero hay cosas que sí las entiendo, desde luego. Y después de ver su último artículo, se me vino a la mente este título de canción de Os Resentidos, nada menos (movida viguesa 100%). Como siempre y en todo, los años no perdonan y Antón Reixa, que era el alma mater del asunto, ni sé por dónde anda, pero le tuve por persona intelectualmente inquieta, así que vaya usted a saber en qué tiros se metió.

Pero a lo que voy, que como siempre me despisto en el primer párrafo. Galicia, efectivamente es un sitio distinto: no sólo porque parece haber más gallegos fuera de su tierra que dentro; recordemos a O Abuelo yendo a buscar votos nada menos que a… Argentina (manda carallo por segunda vez). Algún día hablaré de México, que aquí más bien hay poquitos; y aquí, gallegos con asturianos allá se van… Pero no sólo por eso es distinta Galicia. Galicia es un sitio distinto porque además de facer un sol de carallo (tercera vez), se ha merecido con los años, los accidentes y la imprevisión de los gobernantes de turno, el dudoso honor de ser la primera zona radiactiva de España.

No importa si fue más grave el accidente del Prestige en 2003 que el del Casón en 1992: el hecho es que en los últimos lustros, buena parte de las costas gallegas se convirtieron por un breve lapso en costas da morte para la pesca, y para las pesquerías gallegas. Tapadas generosamente con indemnizaciones en su caso por iniciativa propia de la Administración y en otro caso, debido a la presión de plataformas ciudadanas «espontáneas» (tanto como lo fueron las «movil-izaciones del 12-M-2004), de las que ahora nunca más se supo (que les pregunten a los de Nunca Máis dónde está el dinero).

Y ayer, como hoy, como siempre, el gallego calla y emigra cuando las cosas se ponen feas. Tanto es así que es probable que el primer español que uno se encuentre allá donde vaya padezca de morriña e saudade. Y con suerte, ese gallego amorriñado les pueda invitar a una queimada casera y compartir las penas con el viajero que acierte a pasar por su vera. Manda carallo na Habana! Decididamente, Galicia es un sitio distinto.

"Concientizar", "concretizar" y similares

Probablemente, éste sea un articulo que quedaría mejor en el blog de un lingüista; pero es que no me resisto a comentar el uso de ciertos barbarismos que algunas personas usan en el entendido de que parece que hablen «más cultamente».

Es el caso de los vocablos que van en el título, Sinceramente, no sé de dónde han salido; pero por las trazas, bien parece que hayan salido de la boca de un tertuliano (o «tertuliana»: seamos políticamente correctos) de programa del corazón, que quiere dárselas de culto y te enchufa uno u otro vocablo, sin tentarse el diccionario ni encomendarse a Dios o al diablo. La suerte que tuvo ese tertuliano (o tertuliana) es que «el tuerto es el rey en el país de los ciegos». Por eso esas palabras hicieron fortuna y ahí quedaron como «cultas» cuando en realidad, como decía en el párrafo anterior, son verdaderos barbarismos.

Y pregunto yo: ¿qué les cuesta a esos señores (o señoras) echar una ojeadita diccionario y comprobar que ya existen las correspondientes palabras correctas, a saber, concienciar y concretar? Pues no. Un señor que se supone «culto» no consulta el diccionario, qué horror. Eso es sinónimo de «duda» y de «incultura», lo que debe ser por todos los medios evitado. En este perro mundo traidor, la imagen lo es todo.

En fin, dejemos a los pedantes que sigan su curso natural. A ver si alguna vez se «concientizan» y «concretizan» una mejora más que sustancial en su vocabulario. A los demás, que somos del montón, palabra arriba, palabra abajo, sí nos queda claro que es mejor concienciarnos y concretar nuestras dudas lingüísticas a través de la consulta del diccionario. Que eso no le hace daño a nadie, oiga…

Glamour rojo

(Traducción libre del artículo de Jeff Jacoby aparecido en el Boston Globe de 30 de abril de 2006 y corregido el 15 de julio de 2007)

En enero de 2005 se pudo ver al príncipe Harry de Inglaterra yendo a una fiesta de cumpleaños disfrazado de nazi. Cuando el diario londinense The Sun publicó las fotos del príncipe embutido en un uniforme del Afrika Korps alemán y una esvástica en el brazo, hizo estallar la indignación y la repugnancia de todo el mundo. En crueles editoriales, los periódicos tildaron al príncipe de “capullo ignorante e insensible”; meses después, todavía se está disculpando por haber llevado ese disfraz de tan mal gusto. “Fue algo muy estúpido”, dijo en septiembre. «He aprendido la lección».
La pandilla del Príncipe Harry: los polémicos amigos que le acompañaron  durante su salvaje juventud
Un ejemplo más reciente de esta moda totalitaria lo tenemos en Tim Vincent, corresponsal neoyorquino de la revista de la NBC sobre noticias y espectáculos Access Hollywood. Dos veces en las últimas semanas, Vincent ha aparecido en televisión llevando una cazadora abierta, por debajo de la cual lucía una camiseta roja, en que se veían ostentosamente marcados en dorado una gran estrella roja, una hoz y un martillo, los conocidos símbolos del comunismo totalitario.

¿Y cuál fue la reacción general ante estos símbolos de crueldad y muerte convertidos en el último grito de la moda yuppie? ¿Furor? ¿Indignación moral? ¿Editoriales salvajes?

Nada de eso.

¿Glamour rojo?

Busque “hoz y martillo” en cualquier tienda online y encontrará montones de productos adornados con los símbolos marxistas: camisetas, gorras, vistosos brazaletes, llaveros, posters de Lenin y hasta petacas del Kremlin soviético de acero inoxidable.

La “glamourización” del comunismo se ha extendido por todo el mundo. En la calle Cuatro Oeste de Manhattan, el popular KGB Bar es conocido por sus lecturas literarias y sus posters de propaganda soviética. En Los Ángeles, la tienda La-La-Ling (*) vende ropa infantil con la cara del Che Guevara, el esbirro más conocido de Fidel Castro. En la House of Mao, un popular restaurante de comida rápida de Singapur, los camareros, vestidos con el traje Mao, sirven «Pollo Larga Marcha» y un enorme retrato de Mao cubre por entero una de sus paredes.

¿Cómo se puede explicar este glamour rojo? ¿Cómo es posible que personas que, ni en sueños entrarían a tomar una copa en un bar llamado «GESTAPO», lo hagan alegremente en uno llamado «KGB Bar»? Si es comúnmente aceptado que la esvástica es símbolo indiscutible de la maldad más indescriptible, ¿acaso pueden serlo menos la hoz, el martillo y otros símbolos comunistas?

Entre 1933 y 1945 los nazis masacraron a 21 millones de personas, pero la pesadilla comunista ha durado mucho más y el número de víctimas que ha causado es mucho, mucho más elevado. Desde 1917, los regímenes comunistas han enviado a la tumba a más de 100 millones de personas (y en lugares como Corea del Norte sigue ocurriendo). El historiador R. J. Rummel, experto en genocidios y asesinatos en masa ordenados por Gobiernos, calcula que sólo en la Unión Soviética se asesinó a 62 millones de personas: “Jóvenes y viejos, sanos y enfermos, hombres y mujeres, incluso niños y deficientes. Todos ellos asesinados a sangre fría. No combatieron en la guerra civil; no eran criminales. Efectivamente: casi todos ellos eran culpables… de nada”.

Aún ahora, el comunismo raramente suscita el aborrecimiento que evoca el nazismo. Convenimos en que la esvástica del príncipe Harry estaba fuera de lugar; sin embargo, la hoz y el martillo de Tim Vincent se consideraron “de moda” y “guays”. ¿Por qué?

Hay varias razones. La primera de ellas es que durante la Segunda Guerra Mundial la Unión Soviética luchó al lado de los Aliados para destruir el régimen nazi. Cierto que la Segunda Guerra Mundial dio paso a la Guerra Fría, pero la alianza entre Moscú y los Estados Unidos creó en muchos la convicción de que cuando fuera necesario, los comunistas estarían de nuestro lado.

En segundo lugar, los nazis no ocultaron nunca su odio. Su discurso dejaba clara una sola cosa: el odio hacia los judíos y otros Untermenschen (infrahombres). Creían que un Señor Ario iba a dominar el mundo. Por el contrario, los movimientos comunistas enmascararon su carácter despiadado apelando al pacifismo, a la igualdad y al fin de la explotación obrera. El mito persiste porque, en definitiva, “el comunismo es una ideología realmente noble, que nunca se ha llevado a la práctica adecuadamente”.

En tercer lugar, los excesos de Joseph McCarthy perjudicaron al anticomunismo honrado. La reacción de muchos periodistas e intelectuales ante esos excesos fue que muchos periodistas e intelectuales llegaron a rechazar cualquier postura firme contra los comunistas, tildándolo de «hostigamiento al rojo»; de tal suerte que, muchos liberales de toda la vida encontraron sumamente difícil manifestar en voz alta una firme postura antisoviética.

Pero quizá el argumento más sólido es el más simple: visibilidad. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando los fotógrafos entraron en los campos de exterminio nazis y registraron lo que habían visto, el mundo tuvo una impresión indeleble de los crímenes nazis. Sin embargo, ningún ejército liberó jamás al gulag soviético, o detuvo las masacres maoístas. Si hay fotos de esas atrocidades, sólo unos pocos las han visto. Las víctimas del comunismo acostumbran a ser invisibles; y el sufrimiento que no se ve, es sufrimiento que nadie tiene en cuenta.

¿Glamour rojo? La sangre de 100 millones de personas clama desde sus tumbas. Llevar los emblemas de sus asesinos no sólo no es ir a la moda; es lo último en cuanto a mal gusto.

_______ (*) En el momento de traducirse este artículo podían encontrarse dichas camisetas en el sitio web. En el momento actual, ya no es posible.

Basura

Estos días me acabo de dar cuenta de un pequeño detalle: como civilización, somos de lo más puerco. Generamos toneladas de basura. El otro día, sin ir más lejos, me fijé en la basura que llevábamos en casa al contenedor: nada menos que dos bolsas llenas para tres personas que somos. ¿Razón? La llegada a nuestra cultura del envase de plástico, derivado naturalmente del petróleo y por supuesto también, invento estadounidense. ¿Consecuencias? Al parecer, el gran poder de facto que han obtenido los empleados de las empresas contratadas de limpieza. Basta oírles decir «o nos dais más dinero o no limpiamos»; y si no se cede a sus pretensiones, la basura crece… y crece… y crece, hasta límites totalmente insoportables. Se quejan los vecinos, se quejan los turistas… y la basura crece… hasta que llega a un punto insostenible y hay que sentarse a negociar porque si no, nos va a comer la mierda.Hace ya unos cuantos años, un amigo dijo una frase que me hizo pensar. La argumentación podría ser más o menos parecida a ésta. Si nosotros, europeos y demás «ciudadanos del primer mundo»(?), nos podemos limpiar las posaderas con papel higiénico, es porque el resto se las limpia con la mano, con una hoja… o no se las limpia. La pregunta es: ¿qué pasaría si los aproximadamente 6.000 millones de personas que somos en el planeta nos limpiásemos las posaderas con papel higiénico? Los bosques de la Amazonia o de donde fuese durarían lo que un soplo (el papel se fabrica, no se planta). Sólo de pensar que en este tiempo 1.500 millones de chinos se «apuntan» alegremente al «modo de vida capitalista» hace que me se me pongan los pelos de punta. Por supuesto, no por ellos, sino por todos nosotros. Y a eso lo llaman «progreso» (nota mental: tendré que dedicar un artículo a pensar sobre esa noción de «progreso»).

"Aquí no paga nadie"… sólo los pobres

Pues eso… Que ahora salta el escándalo en Marbella, aunque era un escándalo largamente anunciado. Me imagino a la población marbellí, harta de ser el escaparate nacional y avergonzada por el espectáculo del robo sistemático que allí ocurre desde los tiempos del tío Gilito. Pero lo mejor de todo es que en el diccionario de ninguno de los aprehendidos hay dos expresiones que creo deberían estar en el vocabulario de cualquier político honrado: dimisión y devolución de todo lo robado.
A mí me llama la atención que cuando pillan con las manos en la masa a un «ladrón de guante blanco», nadie le obliga a devolver lo robado con sus malas artes (oséase, información privilegiada). Que yo sepa, ninguno de los inculpados por Filesa devolvió un céntimo. Ni ninguno de los implicados en el caso Casinos. Nadie. El único del que dicen que devolvió algo fue el ex-director de la Guardia Civil, Luis Roldán (parece que fue un 25% del total… ¿y el resto?). De los otros, no tengo noticia de que ninguno lo hiciera. Y aun respetando las decisiones judiciales, entiendo que la justicia es demasiado benevolente en ese particular. Ya sé que probablemente no es muy democrático, pero a éstos que roban por millones yo los tendría en situación de prisión preventiva hasta que devolviesen el último céntimo de lo que se llevaron.
Claro que aquí salta otra pregunta. Los que roban por millones actúan como quien atraca un banco. Es decir: nadie roba un banco sin recibir ayuda desde dentro (alguien, por ejemplo, que facilite los planos). Aquí tal vez, la ayuda se concreta en «tú tranquilo: me das mi parte y no irás a la cárcel». Y por supuesto, es una ayuda pagada (faltaría más). ¿A quién beneficiaba la situación creada en Marbella? ¿Y en cuánto dinero se tradujo ese beneficio? ¿Por qué Chaves no actuó cuando debió hacerlo? En fin, son preguntas que se han de responder ante los Tribunales y que fiscales y acusación deberían plantear.
La parte política es que habría que empezar a limpiar la política de tiburones, arribistas y ladrones varios, que utilizan el crédito en las urnas para enriquecerse personalmente, previo pago de una «pequeña comisión» a un partido que es el que le apoya o aúpa.
¿Ciencia-ficción? Quién sabe…

Caciques

Según la RAE, «cacique» significa «señor de vasallos en alguna provincia o pueblo de indios» (ver aquí su etimología). El significado, con los años, ha venido a equipararse en casi todo al padrino siciliano (todos recordamos la imborrable estampa de Don Vito Corleone, que de hecho no era más que un cacique vestido de lagarterana).

Hoy en día, la palabra cacique sigue teniendo resonancias rurales. El cacique no deja de ser «el señor» de la comarca. Es a quien se le pide trabajo, la bendición (y el dinero) para una empresa o incluso para un matrimonio (imagino que el famoso derecho de pernada ya no existe). El cacique tiene poder porque tiene a una comarca agarrada por las pelotas. Idealmente, él es quien ha «colocado» a todos aquellos que le sirven para controlar al resto de los aldeanos. Y ciertamente, sin su poderosa recomendación, nadie puede salir adelante en esa comarca.

A pesar de lo «europeos» que ya somos y de lo «mucho» que hemos avanzado políticamente, los grandes partidos saben perfectamente que a cierto nivel sólo el cacique puede facilitarles los votos que les hacen falta en una aldea, en una comarca o incluso en una provincia. Y en esa aldea, provincia o comarca todos se conocen y todo el mundo sabe lo que vota todo el mundo. Es decir: el cacique tiene medios de saber quién, haciendo uso de su libertad, no ha votado lo que «convenía». Lo que sigue a ese descarado ejercicio de libertad ya se puede imaginar, así que ahorraremos detalles macabros. En cualquier caso, las grandes estructuras políticas suelen mirar hacia otro lado.

De ahí que los partidos, también a cierto nivel, se organicen en «clanes» o «familias» en el sentido lunar de la palabra: «mi familia, mi casa, los míos, mi tribu». Ah, la tribu: la que a uno le defiende haga bien o haga mal, donde uno se siente seguro y «en su lugar» y a la que por eso mismo debe retribuir con la misma lealtad. La idea viene a ser la misma que la de las pandillas juveniles, curiosamente. Sólo que las pandillas juveniles nos parecen «mal» porque o te roban o te pegan una paliza o ambas; y en cambio, estas otras «tribus» no lo hacen (¿o sí?).

Pese a todos los esfuerzos de cierta historiografía, sigo convencido de que lo que estamos viviendo tiene muchos, muchos paralelismos con la restauración borbónica de 1875 (hasta en las fechas coincide). Y la situación que se creó después, de turnismo de partidos (aunque Rajoy no es Cánovas, ni Zapatero Sagasta, ni mucho menos: ya quisieran cualquiera de los dos parecerse a esos modelos), que fue al mismo tiempo caldo de cultivo y esplendor de la etapa caciquil.

¿Condenados a retomar la historia donde la dejamos, después de un paréntesis de casi 100 años? Parece que sí.

enfermos de tele

En estos días que he pasado sin ordenador he tenido tiempo sobrado de hartarme de ver la tele. Que sí, que en otro post dije que lo mejor era apagar la tele y ponerse a leer… pero cuando uno anda bajo de resistencia, casi se traga cualquier cosa. Así que me dio por echar un vistazo (siempre crítico, eso sí) a la tele.

Nuevamente tengo que darle la razón a Marshall McLuhan («la tele es la droga que se enchufa»). La tele combate tu aburrimiento ocasionándote un aburrimiento mayor. La tele no te informa, te entretiene y te distrae de lo realmente importante. No importa quién dé las noticias en la tele: por mor de la globalización, es lo mismo en todas partes (aunque con distinto acento, claro).

Pero bueno, a lo que iba, que ya me iba a perder. De todo lo que he visto en estos extra-super-largos días sin ordenador, lo que destaca por encima de todo son las reposiciones. Afortunadamente, TVE ya no tiene la caradura de reponer Verano azul (sería por novena vez y el fiambre de Chanquete ya olería bastante; y más cuando a uno de los protagonistas se le ve en El comisario deteniendo a los malos junto con un compadre). Luego hay otra cadena, de cuyo nombre no quiero acordarme, que no importaba el momento en que la sintonizara: a todas horas Manos a la obra. Creo que emiten más series, pero yo tenía la desgracia de pillar sólo ésa. El resto de reposiciones nacionales se ve «coronado» por «Periodistas», «Aquí no hay quien viva», y «7 vidas».

Harto, pues, de reposiciones nacionales, me di un garbeo catódico y me encontré con ese canal llamado «Cosmopolitan («el canal de la nueva mujer: porque yo lo valgo, o sea, ¿no?»), en el cual emiten una serie a mi parecer infumable, titulada Sexo en Nueva York (también podrían haberla titulado «Mujeres neuróticas, hombres trogloditas» o algo por el estilo). La serie en cuestión presenta a cuatro amigas, cada una con sus peculiaridades, pero que presentan varios rasgos comunes:

Mujer.
De más de 30 años.
Profesional liberal y con dinero.
Emocionalmente agobiada.

Es «sorprendente» cómo todas ellas enfrentan el último punto: atracan una de esas carísimas tiendas de la Quinta Avenida y nunca dejan de llevarse algo, ya se trate de vestidos o «complementos» (con lo que cuesta alguno de esos complementos, una familia podría comer un mes). En suma, ése parece ser el punto principal de la serie: estimular la adicción a la moda. ¿Y qué es la moda? Pues dejar que otra persona te diga cómo tienes que vestirte, hablar o incluso pensar (y ciertamente, hay personas cuyas opiniones van variando según varía la moda).

¿Y cuál es el papel de los hombres en la serie? Por lo que he podido apreciar, van desde lo estúpido-sentimental hasta lo troglodita pasando por lo aprovechado (en algún caso, barnizado con mucha «clase»). Los hombres, pobres especímenes nada evolucionados, que quisieran ser mujeres pero que no pueden. Las mujeres, esos seres maravillosos y atormentados, los usan como meros objetos sexuales en realidad. Y nunca llegan a un verdadero compromiso. Bien parecen esas cuatro amigas cuatro seres humanos de preadolescencia prolongada en el tiempo («quiero lo que no quiero, pero lo quiero ya y no sé si mañana seguiré queriéndolo como lo quiero hoy»).

Yo no sé si existen mujeres así (las pocas que conozco, desde luego, no son así). La serie parece querer hacernos creer que sí existe. Pero si es ése el perfil de la «nueva mujer» que nos quieren vender, que Dios nos ampare…

Coches

Hay que ver el lío que cada verano se monta con el tema de los coches. Yo, que no soy conductor ni nada parecido, lo vivo en casa como el que más (mis padres ya se encargan de meterme el dedo en el ojo con los “accidentes” y las varias “desgracias en carretera”). Y sin embargo, veo, oigo y leo con cierto asombro cómo el parque automovilístico crece. Que la gente cambia de coche cada 5 años porque los coches ya están fabricados así, para que casquen a los 5 años. Y que ni nuestras calles ni nuestras carreteras están preparadas para un tal incremento del tráfico rodado. Vamos, que hay demasiados coches.

A este panorama podemos añadir un detalle: muchas personas que conducen, en realidad no piensan nada más que en sí mismas. Tienen que llegar a un sitio a la mayor velocidad posible, tienen que constreñir el desagradable rato que pasan al volante. O peor: corren porque les estimula y divierte esa sensación de velocidad. Al parecer, “velocidad es poder”. Un poco al estilo de James Dean, pero con muchísimo menos “ángel”.

Añadamos otro detalle. La DGT, preocupada por nuestra seguridad (quizá también por su bolsillo), ha tomado serias medidas. Ha incrementado últimamente no sólo el catálogo de conductas prohibidas (queda para el cine la discusión que el conductor mantiene con la mujer y la suegra; a este paso, hasta abrir la puerta del coche puede ser objeto de multa), sino también la cuantía de las multas.

Pero no sólo eso. Ahora, además, estamos en el siglo XXI y por eso quien te multa ya no es una amable pareja de números de la Benemérita o un sonriente guardia municipal. No. Ahora quien te pone la multa, relevando a tan amables, sonrientes y sacrificados profesionales, es una máquina. Un radar, para ser exactos. Una cruel y fría máquina, que se queda con tu matrícula (“me quedo con tu cara, desgraciao”) sin darte siquiera los buenos días. Esa máquina que comprueba que te has pasado un poco menos de un kilómetro de la velocidad máxima permitida. Esa misma máquina que manda la información necesaria a la DGT y, al mismo tiempo, te manda a ti la correspondiente multa de mil pares de narices vía Internet. Y que Dios te ampare si se te ocurre la peregrina idea de enmarcar la multa: no te libras del correspondiente recargo del 20% y, Dios no lo permita, del embargo de tu vehículo (“sabemos dónde vives, infractor de m…”). Pero esto es el siglo XXI, claro. La tecnología y la globalización, que acaban con todas las buenas costumbres.

Ahora, démosle un poco la vuelta a la tortilla. El siglo XXI también es el siglo (apunta maneras) de los grandes movimientos de desobediencia civil. La tecnología y la globalización permiten sin duda que muchas personas puedan recibir información al instante y, en consecuencia, puedan actuar de forma coordinada. Y eso me lleva a preguntarme qué pasaría si el ciudadano medio, que paga sus impuestos, se harta de esta presión recaudatoria que se ejerce sobre él, aunque sea por culpa de unos cuantos.

El ciudadano medio podría hartarse y podría dejar de usar su coche para abarrotar el transporte público. Eso, además, de ser una medida ecológica, podría hasta provocar verdaderas movilizaciones. Sería la catástrofe para los recursos económicos de la DGT y de los Ayuntamientos. Vaya, tal vez no de los Ayuntamientos (se podrían inventar un impuesto de uso del transporte público o cualquier “chorradilla” parecida), pero desde luego, quien sí sufriría serían los concesionarios de automóviles, que se convertirían en cementerios de coches. La gente se desharía del coche como de un clavo ardiendo. Los fabricantes de coches se verían obligados a largarse. El petróleo bajaría de precio. Y tal vez, por vez primera, el transporte público funcionase adecuadamente. Cuando la “independencia” y la “movilidad” cuestan tan caras, mucha gente prefiere renunciar a ellas. O no. ¿Y la Administración? Cuesta creer que renunciase a un negocio que para ella resulta tan rentable. Pero la presión de los ciudadanos hartos podría hacerlo posible. Quizá sólo sea cuestión de tiempo sentarse y esperar. Quién sabe.

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