Veinte años no es nada (o sí)


Hace unos días se cumplió el vigesimoprimero aniversario del crimen de las niñas de Alcàsser, tanto más horrendo cuanto que uno se adentra más en los detalles. Centrándonos en los hechos, resulta que tres niñas (o mejor dicho, adolescentes, pues sus edades entraban en esa franja de edad que comúnmente se denomina edad del pavo) son secuestradas una calurosa noche de verano. Aparecen un tiempo después, muertas y con signos de haberse ejercido sobre ellas violencias imposibles de soportar para una persona normal. Repuesto un poco de la impresión de los detalles, les relato a ustedes mis impresiones.

Comentando con unos amigos a raíz de una información aparecida aquí, uno se llena de espanto, como decía, al ir conociendo detalles. El origen de todo, o el perquè de tot plegat, según la expresión consagrada de Quim Monzó, se halla en el hecho de que determinadas personas organizaban orgías sexuales, en las que lo de menos, a la vista de los hechos, era «lo tradicional». Lo de más, al parecer, era el material que se requería para tales orgías. Nada hubiera importado, en principio, que se hubiera reclutado a personas adultas que aceptaran entrar en esa clase de juegos. Se suele decir que entre personas adultas el consentimiento es lo único necesario para considerar el juego como un riesgo aceptado. Pero no: quienes organizaban estas orgías eran lo bastante depravados como para no aceptar a personas adultas. De ahí el reclutamiento de menores de edad. Cito la información:

No tan fácil. No sé quién o quienes fueron pero si sé algunas cosas sobre diversiones de gente realmente rica. También sé que hay cortijos o fincas donde se realizan bacanales de drogas, sexo y perversión. Te podría decir nombres y lugares: xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx. También bajo el pretexto de la cacería o montería, algo reservado para hombres con mucho dinero y poder, en esas fincas se han realizado verdaderas orgías sexuales con chicas jóvenes…. y no siempre prostitutas. También sé que en la Guardia Civil hemos recibido en algunos pueblos denuncias de violación y maltrato de chicas y cuando nos hemos puesto a investigar “alguien” ha pagado a las víctimas y en ocasiones a los guardias para que se guardara silencio.

Conviene señalar desde un principio que no estamos hablando de unos depravados estándar, sino de personas con mucho poder económico. Gentes a las que, probado todo lo que dentro de la «legalidad» el dinero podía comprar, necesitaban otro tipo de emociones fuertes. Gentes que, precisamente por su poder económico, no tenían cuidado de traspasar la raya de la legalidad, actuando, pues a legibus soluti. Y que, en caso necesario, podrían entregar una cantidad determinada de dinero a padres, testigos o miembros de las FCSE para comprar su silencio. Gentes que, precisamente por la naturaleza de las orgías, podrían ya tener a su disposición una casa perfectamente insonorizada (se le llenan a uno los ojos de lágrimas al imaginar los gritos de las niñas al serles arrancados los pezones con tenazas). Y llena de cámaras, para que todos los participantes en semejante depravación quedaran debidamente registrados y no se fueran de la lengua en un «momento de debilidad». Ahí quedarían los vídeos y fotos en manos del organizador para recordar a quien y cuando hiciera falta que no debía abrir la boca.

Dispuesta así la cuestión, faltaba algo: un culpable oficial. Alguien a quien, si en caso necesario se le pegaba un tiro, nadie lo reclamase. Aparecieron los nombres de Antonio Anglés y Miguel Ricart. Ambos delincuentes de poca monta, conocidos de los juzgados de por aquel entonces por reincidencia en cosas menores. No se sabe gran cosa de ninguno de los dos. Del primero hasta se duda de que esté vivo, y al segundo le ofrecieron una nueva identidad y pasta bastante gansa a cambio de cargar de por vida con el sambenito de «criminal más abyecto de la democracia». Todo el aparato del Estado a disposición de esas personas de gran poder económico (políticos o empresarios: me da igual), puesto que lo sabía Felipe, lo sabía Corcuera y lo sabía también Rafael Vera, entonces flamante Secretario de Estado de Seguridad. Ninguna de las instrucciones de estos tres podía ser desconocida y mucho menos desobedecida (en particular por los miembros de la Benemérita, instituto armado de carácter militar). Uno no puede entender cómo esos miembros de las FCSE pusieron la obediencia por encima de la moral más elemental; pero habrá que encogerse de hombros y decir «esto es lo que hubo».

De la farsa de juicio que hubo una vez se encontraron los cuerpos da cumplida cuenta el libro (no publicado pero que corre por Internet, por mucho que a unos cuantos les joda) Qué pasó en Alcàsser, así que no me extenderé en ello. Básteme recordar el comentario de mi amigo: «Si la alfombra en la que estaban envueltos los cuerpos hablase… En ella había cantidad de vello púbico que no pertenecía a las niñas». Y estoy de acuerdo: con los avances actuales en la técnica del ADN, la alfombra hubiera cantado hasta La Parrala. En lo que sí quiero abundar es en el hecho de que todos los Gobiernos que ha habido desde 1992 –éste también– han continuado pagando a Ricart y a la madre de Anglés, Neusa Martins. Y por tanto, han seguido tapando la ignominia. No se trata ya de «PSOE y PP», sino de todos. Con el agravante de que si a Ricart (o como se llame en la actualidad) un día le remuerde la conciencia por llevar sobre sí la culpa de un crimen que no cometió (no es probable, pero pongamos que ocurra) a tal punto que quiera hablar, es fácil que un servidor del Estado le descerraje un tiro en la sien. Lo llaman razón de Estado.

La reflexión que un servidor de ustedes se hace es que ese horror es el mismo que hemos conocido o nos han contado de otros lugares: campos de concentración nazis, el gulag soviético y tantos otros donde hoy la tortura es una diversión para cierta clase de gente, y en muchos otros tiempos y lugares. Eso no es nuevo. Lo nuevo es que se produzca en nuestro país y que esas personas puedan eludir la acción de la justicia simplemente porque tienen mucho dinero. Lo nuevo es que podrían ser nuestras hijas o nietas. O hijos y nietos, que hoy en día esa clase de alimañas no para en barras. Hijos y nietos, violados y torturados hasta morir; e incluso vejados post mortem porque una bestia humana se empalma infligiendo semejantes vejaciones. Nuestros hijos y nietos. Lo de Stieg Larsson es el cuento de Blancanieves y los siete enanitos comparado con esta historia simplemente real, a la que ninguna censura en ningún país, por democrático que fuera, daría el visto bueno si se contara con todos los detalles.

Al hilo del párrafo anterior, comprendo el comportamiento de D. Fernando García. Un hombre al que le roban su tesoro más preciado y que, enterado de todos los detalles, se rompe por dentro. Añadamos que su mujer fallece al poco tiempo de pena, dolor e impotencia. Creo que cualquiera de ustedes se volvería loco, si además encontrara que nadie quiere mojarse en el asunto que se ha convertido en su vida entera, a saber, conocer y dar a conocer toda la verdad de lo que le ocurrió a su hija. Seguro que su camino estuvo jalonado de actuaciones discutibles; pero cuando la justicia te da la espalda y la gente que te rodea te comprende pero no quiere mojarse porque «no quiere problemas», pueden pasar estas cosas.

¿Tenemos defensa? En principio, parece que no. Contra personas que controlan todos los resortes del Estado y pueden presionar duramente a los medios de comunicación (ríanse ustedes de la «censura franquista»), parece que tenemos poca defensa. Sin embargo, se me ocurre que lo último que podemos hacer es callarnos porque han pagado nuestro silencio. Yo no sé qué hicieran ustedes; pero creo que si a mí me ocurriera una desgracia como ésa, no me callaría. Y no sólo por respeto a mis hijos, sino por los de aquellos que, por callarme yo, pudieran ser las víctimas de semejantes alimañas.

Descansen en paz y ojalá haya justicia para ellas y para los criminales que las asesinaron. Tal vez llegue alguien, un día, que no tenga miedo de mirar de frente al horror y no transija en tapar la ignominia, de tal calibre que no serviría decir: «Eso lo hicieron/permitieron otros que estaban antes que yo». Alguien que no tenga la servidumbre de tapar esas bestialidades. Y los españoles de a podamos enterarnos por fin de qué ocurrió. Ese día las niñas tendrán paz. Sólo entonces volverá la vida a la normalidad.

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