Gilipollas (I)

Debe ser algo así como que son fundamentales en la vida de uno, porque de otra forma, Dios no hubiera programado tu vida para que estratégicamente te encontraras con alguno a lo largo del día. Sin ánimo de agotar el tema, intentaremos clasificarlos.

En primer lugar, tenemos al gilipollas estándar. Éste es de los que te encuentras cuando vas por la calle y te da un codazo sin querer, pero en vez de pedirte perdón te enseña el dedo corazón y te señala como culpable por cruzarte en su camino cuando ha sido él el que te ha dado con el codo. En esta categoría hemos entrado la mayoría de nosotros alguna vez; pero admitamos que no es grave porque vuelves a tardar mucho en encontrarte a esa persona en concreto.

Luego tenemos al vecino gilipollas. Los hay en diverso grado.

Tenemos, en primer lugar, al vecino gilipollas horario. Siempre es peor vivir con él pared con pared en vez de que uno esté en un primero y otro en un sexto (en ese caso raramente te lo encuentras y seguramente puede encajar en la categoría anterior). El vecino gilipollas horario contiguo es el que te aporrea la pared cuando hablas demasiado alto –según él– a una hora en que él (o ella, no nos pongamos sexistas) quiere hacer la siesta o dormir; o coge el ascensor para no tener que encontrarse contigo en la escalera.

Una segunda categoría es el vecino gilipollas chismoso. Casi siempre hablamos de personas mayores, en este caso. Puede vivir contigo o no; pero en cualquier caso, si quieres saber algo de tu vecino Fulano o de tu vecina Zutana, puedes estar seguro de que él –o ella– lo saben. Suele presentar, además, otro rasgo molesto: siempre que te ve, siente la irresistible tentación de contarte esos detalles de la vida de los otros que él sabe. El problema es que luego preguntas por la vida de él y ésa no te la cuenta, qué va. Pero terceras personas, probablemente víctimas suyas, sí te cuentan: resulta que es un señor o una señora hechos polvo porque tuvieron una hija a la que, por discapacidad, encerraron en un sanatorio y que falleció con treinta años sin que nunca la fueran a visitar. Y, como dicen en Andalucía, te entra entonces una pena mú grande por ellos.

Sin embargo, aunque no se viva pared con pared con él, puede resultar igualmente peligroso. Puede tratarse del vecino gilipollas perruno, devoto de la religión perruna que, simplemente porque le divierte que no te gusten los perros o porque se levantó con el pie izquierdo ese día, azuza al chucho contra ti en cuanto te ve. El tamaño del perro es directamente proporcional a su gilipollez. El asunto no puede sino acabar de una forma desagradable, por denuncia ante la autoridad competente. No obstante a ése, una vez cursada la denuncia, no le vuelves a ver.

Finalmente, nos queda el vecino (o vecina) gilipollas cabroncete. Podría pertenecer a la primera categoría en apariencia, la del gilipollas estándar. Pero te das cuenta que no es así cuando coge un día y dice en una reunión de «esta nuestra comunidad»: «Estaría bien que el vecino del 1º quitara esa uralita que tiene en el patio, porque cuando llueve hace mucho ruido y me molesta». Da igual que intentes razonar que la terraza –o tu parte de ella– se llenará de cagadas de paloma si no se coloca algún tipo de resguardo. Hay que quitarla sin remedio. Ahí te das cuenta de que es un cabroncete (o cabronceta, si es que se me permite el término).

Adicto (II)

Las redes sociales son un intento de rellenar la soledad de tantas personas. Sin embargo, no deja de ser cierto que siguen solas. Hablarles de Dios y de cómo Él puede llenar su vida de verdad es tontería y trabajo perdido. Como mamíferos que somos (ahorro a ustedes el chiste fácil de que «algunas personas son más bien reptiles») necesitamos del sentido del tacto. Del abrazo, del beso. Las redes sociales han convertido el abrazo, el beso y el ir cogidos de la mano en una ocasión perfecta para pillar cualquier tipo de bacteria. Y las series televisivas refuerzan ese concepto eliminando esos gestos de cariño —siempre sospechosos— del guión. A la hora de la verdad, resulta que nos damos cuenta de que no hay nadie a nuestro alrededor. Los vapores de la borrachera retisocial se desvanecen como humo al viento y uno se da cuenta por fin, de la cruda verdad:


Con suerte uno se da cuenta en algún momento de esta cruda verdad. O, como en mi caso, necesita que alguien le ponga el espejo delante y le diga: «En esto te has convertido». Y uno sabe que es un adicto por la cantidad de resistencia que opone a admitir que está metido hasta el cuello.

No obstante, hay una dimensión más preocupante de eso de las redes sociales. Toda borrachera es mala, incluso la de soledad. Y puede ocurrir que en medio de esa borrachera de soledad uno haga tonterías simplemente por el ansia de pertenecer o formar parte de algo, sentir que es alguien (los “likes” suelen dar esa especie de medida). Uno empieza a dar información que no daría bajo tortura. Es uno mismo el que la cede; nadie le obliga a ello. A cambio de ese falso sentimiento de pertenencia, uno cede esa información. Cuanto más íntima es esa información, más nos conoce aquél a quien se la damos.

¿Problema? Que esa información no es exactamente “privada”. Esto lo saben muy bien las grandes empresas, con el manejo actual de lo que se llama big data: gestión de grandes cantidades de información en un tiempo relativamente breve y que permite generar estrategias de venta. ¿Cómo es posible que una empresa (idealmente grande) sea capaz de predecir que uno va a comprar uno de sus productos? ¿Cómo están tan seguros de vendernos algo que vamos a ser incapaces de rechazar? ¿Tan íntimamente nos conocen? Pues sí.

Otro grupo no menos interesado en ese big data e incluso más peligroso que las grandes corporaciones son los Estados. Al Estado le interesa lo que uno piensa: en el mejor de los casos, porque acudiendo al marketing político puede vender las bondades de su gestión. En el peor, puede neutralizar toda oposición a su acción de forma indolora y a veces casi antes de que ésta tome cuerpo. Son los nuevos Estados totalitarios de formas suaves, que predijo Aldous Huxley en «Un mundo feliz». Todavía no proporcionan soma o «ginebra de la Victoria» (¿o es que ya lo hacen y no nos damos ni cuenta?).

La segunda conclusión es que con menos redes sociales quizá uno esté menos «comunicado» (¿”quien no está en las redes sociales no existe”?), pero es más capaz de distinguir la verdadera información del “ruido”. Hace más de un año que dejé Facebook. Hay vida después de eso. Y ni ganas de volver.

Nota.- Una versión más reducida de estas dos entradas fue colgada como comentario en un portal de Internet. Desapareció misteriosamente de la web a los dos meses, «aprovechando unas modificaciones en la página», suponemos. Cosas que pasan por casualidad (o causalidad)…


Adicto (I)

No sabía muy bien cómo titular esta entrada. Podría haber dicho algo así como «Hola, soy Fulano de Tal y soy adicto a las redes sociales». No obstante, a diferencia de las reuniones de AA.AA., no me respondería nadie. No habría un coro que me consolara diciendo «Te queremos, Fulano». Ni, con el tiempo, me habría ganado la placa de «Hace x meses que no conecto a redes sociales». Internet se ha posesionado de tal modo de nuestra vida que ya es un componente más o extensión de la misma: vida 1.0 (la vida física, la que uno lleva con su cuerpo) versus vida 2.0, en que uno puede configurarse como le dé la gana y le proporciona la ilusión de estar más allá del tiempo y del espacio (o, por lo menos, del espacio; del tiempo, hoy por hoy, no se salva nadie). El famoso hombre “libre” u “hombre nuevo” del que hablan algunos, a un nivel más filosófico.

La «novedad» de este mundo online es que uno está básicamente solo. La sustitución de la vida real por la virtual se produce de forma imperceptible. Uno va dando pequeños pasos, hasta que se da cuenta que está enganchado hasta las cejas. Meterse en una red social es, básicamente, llenar un vacío. Dado que vamos perdiendo la costumbre de la tolerancia y la urbanidad, cada vez nos gusta menos la gente que tenemos al lado y más aquella que no nos ve ni nos oye, aunque esté «en la quinta luna de Dios». Y, metidos en la harina de esas «redes (in)sociales», peleamos por ese «like» o «Me gusta»: «¡Mi reino por un “me gusta”!». No nos gusta no gustar; y tal vez por esa razón redes como Facebook no tienen ese botón tantas veces demandado de «No me gusta».

La primera conclusión es que hoy es difícil vivir fuera de las redes sociales. Aunque sólo sea por su componente adictivo (uno queda atrapado en ellas). Algo que se puede percibir a simple vista en muchos digitales: muchos de ellos obligan a pagar el peaje del «Facebook Social Plugin» para poder emitir una opinión. O en los botones de «Me gusta» (otra vez) y «Compartir» de los artículos y de la información, buena o no, que circula por la Red. Esto me lleva a preguntarme para quién es realmente útil eso de las redes sociales. Y mi respuesta se concentra en cuatro grupos:

  1. Periodistas: obtienen un feedback para sus artículos publicados en los medios o de sus intervenciones en televisión, ya sea que participen o dirijan el programa concreto. Bueno, a veces les mientan la madre, si son lo que se dice «creadores de opinión». Pero es que a más de uno le va la marcha y luego pasa lo que pasa.
  2. Políticos: tienen personas encargadas de surfear las redes para cazar opiniones y tomar el pulso para “adecuar los mensajes”. Segundo, es una forma rápida de esparcir afirmaciones, noticias y bulos contra otros partidos. Tercero, es una forma sencilla de vigilar que los militantes no se desmanden demasiado abriendo la boca. Aparte, cuando manejan su propio perfil también reciben feedback directo, como los periodistas.
  3. Promotores: que también pueden colgarse la “P” de Pelmazos. Van desde empresas que promocionan sus productos hasta el usuario que ha escrito un libro y da el coñazo con su “promoción”, llenando el correo de notificaciones y “actualizaciones”. Hasta que uno o bien les compra el libro o producto, o bien les manda a tomar viento.
  4. Podemos añadir a los Psicólogos: las redes sociales abren campo para el estudio de un variado catálogo de frustraciones, megalomanías y psicopatías (otra P, si queremos seguir distinguiendo) varias, en tanto favorecen esa clase de comportamientos.

Quien no forme parte de los cuatro grupos anteriormente citados debe preguntarse para qué está en una red social (especialmente en Facebook, pero vale para todas las demás). Mientras estuve en Facebook (y llevaba bastante tiempo cuando lo dejé), me harté de ver toda clase de comportamientos: algunos tiernos, otros risibles y otros horripilantes. Por ejemplo, esa necesidad latente de reconocimiento en personas ya talluditas (más de 40 años) subiendo continuamente fotos del estilo “yo con mi perro”, “yo sentado/a con mi perro”, “yo dando un beso en la boca a mi perro” (a éstas no les falta más que decir que quieren más al perro que al marido)… O, simplemente, personas que se pasan en Facebook las horas muertas porque en su horizonte mental no hay nada mejor que hacer.

Picota 2.0

Sepan ustedes que llevo algún tiempo observando un fenómeno determinado en Facebook —también en Twitter, pero han convertido esa red de microblogging en un cenagal y no gusto demasiado de frecuentarla—. Dado que las noticias son las mismas desde hace bastante tiempo —para el proletariado; en las altas esferas es seguro que fluye más información— y que prácticamente todas nos hablan de escándalos judicializados (los Pujoles, los EREs, la Gürtel, el Pokémon…) y de algunos otros allende nuestras fronteras (la limpieza de infieles practicada por el llamado «Estado islámico», ante la que Occidente está reaccionando no sabemos si mal, pero sí tarde), hay una especie de cansancio y de hastío, sólo roto por esa picota 2.0 que les menciono en el título.

¿En qué consiste ese conceto? Es muy sencillo. En los viejos tiempos de la Inquisición se obligaba a los condenados por el Tribunal del Santo Oficio a vestir de una determinada manera (sambenito, con o sin especificaciones) y, en ciertos casos, se les exponía a la vergüenza pública (con o sin azotes). De ahí nació la detestable costumbre batueca de lanzar terrones al expuesto a la vergüenza pública y de «colgar el sambenito», que hoy no es una ropa, sino un hecho o apodo que puede acompañar a uno de por vida.

Retomando el hilo de lo que les quería contar, resulta que Facebook se ha convertido en esa picota virtual en la que todo el mundo tiene derecho a lanzar un terrón virtual (insulto) al personaje expuesto. Se cuelga la foto de un personaje junto con tal o cual declaración desafortunada o estúpida que haya salido de su boca, y a partir de ahí comienza el circo. No hay mucha imaginación en cuanto a los insultos (para algo sirvieron la LOGSE y la televisión, faltaría más); y al cabo de un tiempo resulta aburrido leer la ristra entera.

Lo curioso es que a muy poca gente se le ocurre dar un paso más allá y plantear una acción constructiva, por llamarla de algún modo. Es decir: los insultos, en realidad, no sirven para nada práctico. Por un lado, al personaje le da igual porque duerme a pierna suelta; y si además es de la farándula lo ofensivo para él sería que no se hablara ni bien ni mal. Es una detestable aunque ¿legítima? forma de seguir en el candelero. Por otro lado, hay un segundo interés, nada inocente: desfogar la ira contra ese personaje hace que esa ira se disuelva en vez de concentrarse. Es una ira canalizada hacia objetivos inocuos, puesto que quienes lo hacen no van a sufrir represalias de ningún tipo. Y todos contentos: los parroquianos, porque han podido decir al impresentable hasta de qué mal se iba a morir; y el poder, porque ha conseguido desviar el foco de la ira del respetable.

La acción constructiva, en cambio, es mucho más peligrosa. Porque no nace de la ira, sino de la reflexión. Y en el momento en que se convierte en una convicción, se están dando las condiciones para llevarla a la práctica. Y una vez que eso se pone en marcha, ahí sí que puede haber represalias, amenazas, intentos de acallar la acción… E incluso si se ha llegado a formar una estructura, como por ejemplo un partido político, se intentará demoler la estructura desde dentro. Podría ser el caso de VOX, que están en plena operación limpieza y los navajazos van que vuelan todavía.

Volviendo nuevamente a la red social, lo que comentamos no tiene nada de peligroso. Se parece también a los llamados por Orwell Dos Minutos de Odio, que sirven precisamente para eso: para desviar la atención de quien realmente les está manteniendo en la esclavitud (para los que no la desvían siempre queda el Ministerio del Amor). Y como dice la vieja canción

Die Predigt geendet,
Ein jeder sich wendet,
Die Hechte bleiben Diebe,
Die Aale viel lieben.

Die Predigt hat g’fallen.
Sie bleiben wie alle.

Veinte años no es nada (o sí)

Hace unos días se cumplió el vigesimoprimero aniversario del crimen de las niñas de Alcàsser, tanto más horrendo cuanto que uno se adentra más en los detalles. Centrándonos en los hechos, resulta que tres niñas (o mejor dicho, adolescentes, pues sus edades entraban en esa franja de edad que comúnmente se denomina edad del pavo) son secuestradas una calurosa noche de verano. Aparecen un tiempo después, muertas y con signos de haberse ejercido sobre ellas violencias imposibles de soportar para una persona normal. Repuesto un poco de la impresión de los detalles, les relato a ustedes mis impresiones. Sigue leyendo

Sobramos

Tras un descanso por motivos familiares que ustedes ya conocen perfectamente, volvemos a la carga. Y volvemos con algo que se está convirtiendo en un secreto a voces. Resulta que sobra gente. Y sobra en todas partes, al parecer. Particularmente en Europa, donde una especie de cultura de la muerte se va imponiendo lentamente en los Gobiernos, a juzgar por los hechos.

Supongo que habrá quien opine que esta directriz proviene de los «amos del Nuevo Orden Mundial», unos señores que no se sabe muy bien quiénes son, pero que –según parece– cortan el bacalao y mandan por encima de Gobiernos grandes y pequeños, con independencia de su color. No sabría decirles; probablemente sea así. Lo que sí sé seguro es que ya en los años 70 apareció un informe de la ONU en el cual se venía a decir que al ritmo de crecimiento actual (de entonces) de la población terrestre en 20 años la Tierra sería insostenible de mantener: por un lado, el bienestar generalizado de la posguerra había tenido como consecuencia un gran incremento de la natalidad; y por otro, los avances médicos habían aumentado la esperanza de vida más allá de los 80 años. Los medios tradicionales de control de población (hambre, guerra y peste) o no funcionaban o no era posible ponerlos en funcionamiento sin atraer el reproche internacional (particularmente la guerra a gran escala: el recuerdo de Hiroshima estaba muy presente).

Hoy, sin embargo, 40 años después, alguien ha decidido que el hongo atómico y todas las atrocidades que le precedieron quedan ya muy lejos. Ha decidido que era demasiado pedir el mantenimiento del bienestar de que disfrutábamos hace tantos años. Y ya desde los años 70 se observa un movimiento destinado a desmantelar ese Estado de Bienestar que hacía que una mayoría de personas tuviera casa, comida y trabajo en cantidad suficiente para atender con dignidad las necesidades de su vida. En mi modesta opinión, el primer toque de atención fue el SIDA, la llamada «peste del siglo XX». Al margen de otras consideraciones farmacéuticas, como las de intentar ralentizar el estudio de su vacuna para conseguir que la que salga al mercado sea rentable, el SIDA marcó a muchas personas, ya fuera por la verdad o por la sospecha. Sin embargo, si en Europa fue terrible, en África causó verdaderos estragos poblacionales, por los demás problemas endémicos que padece el continente (algunos médicos, otros simplemente humanos).

¿Qué decir del mundo civilizado? Bien, desde hace unos cuantos años (tal vez desde esa misma década de los 70) se está instalando lentamente (bien dirigida, eso sí) una cultura de la muerte, que va tanto hacia atrás (aborto) como hacia adelante (eutanasia). Sólo que en Europa había que ir con mucho más cuidado: la influencia cristiana (especialmente católica) en la sociedad es una barrera importante frente a la decisión del Estado acerca de quién debe o no debe vivir y cuánto tiempo. Por eso quienes trabajan por esa cultura de la muerte se han dedicado a atacar sin cesar la religión, de forma directa o a través de la lluvia fina (series de televisión y similares). En España no hay que fijarse en que los/las/les mismos/as/es que berrean que «el aborto es un derecho de la mujer» son los que al mismo tiempo «exigen a los obispos que saquen las Biblias de su coño» (literal, de una indocumentada ex concejala del PSPV). Todo va en el mismo pack.

Destruida así la resistencia moral, queda libre y expedito el camino para que se imponga esa cultura y uno viva sólo con autorización del Estado. Extra Status salus non est. No obstante, la implantación del aborto como «solución» avanza a buen ritmo, siendo además un buen negocio que el proabortista PPSOE no va a tocar. Respecto de la eutanasia, están en ello porque todavía a mucha gente le repugnan casos como el de las sedaciones irregulares del «doctor» Montes (parece mentira que habiendo sido juzgado y condenado, a ese señor no se le retirara la licencia). Y ni siquiera películas (lluvia fina) como Mar adentro han conseguido el efecto deseado, porque se ha recordado oportunamente que el nacional-socialismo operó de la misma forma en 1938 cuando quiso que la población aceptara sin chistar que a los locos, a los inválidos y a los ancianos se les pudiera administrar la inyección letal. Pero ya en Andalucía se ha aprobado una Ley de bien morir, y en Cataluña andamos con lo del testamento vital.

¿Y ahora? Hay más toques de atención, y los responsables se cortan menos a la hora de hablar. Desde Christine Lagarde, la directora del FMI tras la vergonzosa salida de Paul Wolfowitz… pasando ya por un mandatario de Gobierno nacional. Concretamente, un bestia de primer ministro japonés, que se ha dirigido a los ancianos de su país para decirles (non sic):«Dense prisa en morir, que son muchos y nos cuestan muy caro». Cuesta creer que esto se haya podido decir en un país cuyo modelo de crecimiento económico descansó tantos años en la consideración de la empresa como una familia. Cuesta más creer que a ese señor nadie le haya montado una moción de censura y le hayan descabalgado sin más. O que, siguiendo su tradición secular, no le hayan mandado una katana a su casa por conducto oficial y el correspondiente encargo.

La cascada, nuevamente, llega a España. Ya tenían a los ancianos agarrados por donde no suena con una pensión de mierda (a sus viudas con el 55% de esa pensión: poco más de media mierda) y había que dar una vuelta de tuerca. Dicen que hay que recaudar. Por eso ahora se van dejando de ofrecer servicios médicos (o se prestan, pero con el correspondiente facturón) y se van retirando medicamentos (de 400 en 400) de la Seguridad Social. Es una solución perfecta: con esas pensiones, el pensionista ha de elegir entre poder medicarse o poder comer (ya se ha dado algún caso). Elija lo que elija, el anciano muere y el Estado ya no tiene que cubrirle. Por si faltara algo, resulta que ahora las compañías de seguros médicos ya le dicen confianzudamente a uno: «¡Qué caro nos está costando!, ¿eh?» (si los peces gordos ya no se cortan en decirlo, ¿por qué iban a hacerlo las compañías de seguros médicos?), como sé que le ocurrió a una amiga de la familia respecto de su padre, enfermo terminal de cáncer. Y conste que estoy de acuerdo con ella: al delegado o representante que le soltó esa barbaridad había para arrancarle los ojos.

Ante todo este panorama, que tiene algunas derivadas muy negativas (objeto de un próximo post), se preguntarán ustedes «qué podemos hacer» (no se pregunten «qué nos va a ocurrir»: eso sería señal de que se han rendido). Tengo una respuesta:

Primero fueron a por los no nacidos,
Pero yo no protesté porque no era mujer ni iba a ser padre.

Luego fueron a por los ancianos,
Pero yo no protesté porque no era anciano ni tenía uno a cargo.

Luego fueron a por los locos y los inválidos,
Pero yo no protesté porque no era ninguna de las dos cosas ni tenía uno a cargo.

Luego fueron a por los cristianos, porque defendían la vida y la dignidad del ser humano,
Pero yo no protesté porque no era cristiano.

Luego fueron a por los demás disidentes,
Pero yo no protesté porque nunca me pareció mal lo que se hacía.

Cuando vinieron a por mí
Ya no quedaba nadie que protestara por mí.

(adaptado de Martin Niemöller).

Que tiro de la manta

He tardado algunos días en escribir una nueva entrada porque las noticias que han ocurrido desde la última entrada son susceptibles de provocar vómitos de diversa consideración. ¿Qué nos queda a los españoles de a pie, dada la bunkerización de la casta política-económica? A priori queda, como poco, el desencanto y la desesperanza. Pero la historia nos enseña que por mucho que a los españoles nos hayan dorado la píldora, hemos acabado recorriendo el camino de la desesperación a la ira sin dejar títere con cabeza. Sigue leyendo

Muerte indigna (I)

La noticia a la que se refiere el post es un poco «antigua», pero pueden ustedes rastrearla aquí. Viene muy a cuento, dados los medicamentazos que el Ministerio de Sanidad ha propinado a nuestros mayores. Parece que de forma indirecta, la menestra Ana Jaguaryou Mato quiere aplicar una especie de variante de la eutanasia…

Sí, muerte indigna. La de doña Ramona Estévez, fallecida tras una agonía de 14 días provocada por la retirada de la sonda naso-gástrica que la alimentaba por hallarse en estado de coma. ¿Quién es el asesino, se preguntarán ustedes? No, no es el mayordomo. Ni es un Doctor Muerte, como en el caso de cierto hospital de Leganés. Ha sido nada menos que la Junta de Andalucía, que ha decidido que Dª Ramona no tenía derecho a seguir ocupando una cama en el SAS (Servicio Andaluz de Salud) ni a usar de una sonda que la mantuviese en vida. Dicho muy pronto y muy mal, pareciera que la han dejado morir como una perra. ¿Y por qué? Como se trata de la Administración, resulta que faltaba un papel: el llamado «testamento vital», en el cual Dª Ramona hubiera podido solicitar lo que mejor conviniese y en el que seguro que no hubiese solicitado el trato final que le han propinado.

Más allá de la noticia (horrenda por sí sola), las causas de que la izquierda y cierta derecha se muestren «encantados» con el tema de la eutanasia hay que buscarlas más atrás. Un usuario del blog Contando Estrelas comenta lo siguiente, que puede estar en la pista de la verdad del tema de esta entrada:

Hay pocos embarazos porque está de moda tener uno y solo uno. Muchos de esos que habrían podido nacer, no nacen porque se les asesina en aplicación del “derecho a decidir”, en esos campos de exterminio legalizados y subvencionados por las autoridades. Consecuencia: hay pocos niños, insuficientes para el reemplazo generacional. Los del “baby boom” de los años 60 (entre los cuales me cuento, porque nací en 1966) vamos ya por la cuarentena y aproximándonos a la cincuentena. Somos legión, somos muchísimos. Mis padres tuvieron 4 hijos, mis suegros 4 hijos también, tengo más de 35 primos porque las hermanas de mi madre (que son 4) tuvieron todas entre 4 y 5 hijos.

Teniendo en cuenta lo que he dicho en el párrafo primero (poca natalidad, y mucho aborto), y teniendo en cuenta que dentro de 15 ó 20 años habrá que empezar a pagar las pensiones de los para entonces viejos del “baby boom” de los años 60 los canallas que nos gobiernan y los lacayos que hacen como que se oponen y aspiran a gobernar, han hecho sus números. Y se han dado cuenta de que tienen que empezar ya a meter la eutanasia para eliminarnos a los del “baby boom”, porque nuestras pensiones no podrán sostenerse, por la sencilla razón de que no habrá cotizantes: a los que hubieran podido ser cotizantes los fueron exterminando en las trituradoras del aborto.

La táctica con la eutanasia será la misma que usaron con el aborto: casos aislados extremísimos, lacrimógenos, tipo película “Mar adentro”, propaganda arrasadora, especialmente virulenta contra la Iglesia y presentando la eutanasia como un “derecho a la muerte digna”. Dentro de 20 años, cuando los para entonces viejos del “baby boom” seamos una carga insoportable porque no hay reemplazo generacional (el que pudiera haberlo habido, que lo busquen en los contenedores de basura de los abortorios), la eutanasia será no sólo un derecho, incluso una “obligación”.

Aviso para navegantes, para aquellos que lean esto y tengan más de 40 años: vienen a por nosotros, y detrás de nosotros, irán a por los que ahora tienen 35 ó 30 años, porque seguirá faltando reemplazo generacional (el que pudiera haberlo habido, sigan buscándolo en los contenedores de basura de los abortorios).

El PP también está entre los que apoyaron en Andalucía la ley de “muerte digna”. Ya no sólo por convicciones, sino también por instinto de autoconservación, votaré a AES. Los que lean esto y no sigan mi consejo, y tengan ahora 40, 45 ó 50 años, dentro de 20 años no se quejen si sus familiares, y el doctor y la enfermera se ponen muy pelmas insistiendo en que decida “morir dignamente”. A lo mejor ni le preguntan, como han hecho con Dª Ramona Estévez: su tratamiento médico y su pensión son demasiado caros y hay que seguir sosteniendo políticos, sindicatos, autonomías y fruslerías varias.

Los tres primeros párrafos son, a mi entender, la clave del problema. Sólo corregiré un punto: no es que “no esté de moda” tener hijos, sino que todo se inscribe en una estrategia integral de ataque a la institución familiar tradicional. Hay que remontarse a bastante atrás (años 70) para rastrear algunas decisiones de la ONU que calculaban que por estas fechas la Tierra iba a tener, al ritmo de crecimiento actual, como 20.000 millones de habitantes. Las apocalípticas predicciones malthusianas han sido rebatidas por las simple práctica.

A partir de ahí se creó un mantra: “sobra gente” (“gente” igual a “pobres”). ¿Recuerdan ustedes cómo a la izquierda patria le entraba –le sigue entrando– la “risa floja” con los premios de natalidad franquistas? El Régimen podía ser todo lo “totalitario” (en comparación con sus coetáneos comunistas, era “casi” una democracia); pero sabía la importancia de que existiera un recambio generacional, al par que como “nacionalcatólico”, protegía a la familia, pues éste es también un principio cristiano.

Sin embargo, esta directriz cambió con la llegada al poder de la izquierda (o por mejor decir, “franquistas remozados de rojo”). El enemigo a batir (o por lo menos a erosionar en forma suficiente) fue el trinomio familia-escuela-Ejército, que en el régimen anterior se consideraba que era lo que te convertía en un “hombre de provecho”. ¿Qué tenemos hoy? Una familia de autoridad erosionada, una escuela donde el profesor no puede ejercer debidamente su magisterio y autoridad… y bueno, del Ejército, después de cómo lo han dejado la Chaconeta Metálica y sus antecesores, mejor ni hablamos.

No es país para inocentadas

Hoy, 28 de diciembre, las bromas están permitidas. Hay anuncios de todo tipo: que si Lerele Pajín ha decidido optar a la Secretaría General del PSOE (en cuyo caso pasaría a llamarse Secretaría Generala de la PSOA), que si Rajoy, echando pelillos a la mar, ha nombrado a Rubalcaba nada menos que Director de la Guardia Civil…

Quizá de todos modos sí sea bueno reírse de nuestra casta política, teniendo en cuenta que ellos se ríen de nosotros todos los días del año. Una inocentada que me ha parecido de las buenas es la que comenta D. Francisco Rubiales Moreno en su blog. Les extraigo un párrafo:

Mariano Rajoy, en un gesto inesperado por su contundencia y trascendencia, ha decidido lanzar una intensa campaña de limpieza democrática cuyo objetivo es liberar a España de los numerosos corruptos y delincuentes instalados en la política. Tras haber informado al rey de su decisión, Rajoy, flanqueado por su flamante ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, se ha reunido con los máximos representantes del Consejo General del Poder Judicial, del Tribunal Supremo y del Tribunal Constitucional para expresarles su intención de limpiar España de indeseables y encargarles que preparen juntos la estrategia jurídica y procesal pertinentes.

Está clarísimo, tanto para ustedes como para mí, que esto es una inocentada de las buenas. Sobre todo, porque ni de coña se va a producir. Rajoy «respetará» (y hará mal) las designaciones digitales de sus predecesores e intentará trabajar con unas instituciones llenas de topos que seguirán siendo fieles al desgobierno anterior. Con lo cual se están sembrando las semillas de la repetición del anterior período del PP: cuando la despensa empiece a llenarse aparecerán otra vez las ratas, cucarachas y alimañas que minarán (o intentarán minar) el Gobierno desde dentro. Y el PP, more suo, no hará nada, porque en su ADN no está incluido lo de defenderse de esas especies. Pero en fin, esto es adelantar mucho los acontecimientos.

Centrándonos en lo que toca hoy, prefiero hacerles más bien una propuesta seria, tal que ésta: ¿por qué no declarar el 28 de diciembre algo así como el «Día Nacional a favor de la Vida Dependiente», entendiendo por tal a la que se está gestando en el vientre de la madre? Ya que no se pueden declarar «Días internacionales contra» (eso no queda muy «progresista» ni es «políticamente correcto»), que en este caso lo sería «contra el aborto», por lo menos quedaría constancia de que el Gobierno se acomoda al sentir de una mayoría social (perdón por el politiqués) que no está de acuerdo con las prácticas abortivas que el anterior gobierno permitió, alentó, legisló y subvencionó, siguiendo el programa del Livre Blanc de la laïcité.

No está el patio para bromas (gracias, PSOE), pero bien está que al menos por un día nos permitamos alguna que otra risa floja a cuenta de la casta política…