Prueba de liderazgo


Pablo Casado tiene un panorama interesante ante sus ojos. Digamos que, al margen de esa ventana de oportunidad que algunos le conceden, está todavía en situación de decidir si hace las cosas bien o mal. Todo está en cómo va a gestionar la pesadísima herencia que le han dejado Mariano, ya felizmente retirado en Santa Pola, Alicante, y Soraya, que creíamos escondida en Valladolid y resulta que ahora, por servicios prestados (¿a quién?), ha sido designada como consejera en mal Estado, donde la ha recibido con alborozo la Fashioniaria (ya no más Voguemomia, desde que se alisó el careto a costa de nuestros bolsillos). Claro que es natural que no quiera volver a Valladolid: con la de amigos que se ha creado en todas partes cuando era la Vicetodo, lo suyo es que hiciera las maletas permanentemente y se buscara un cargo bien remunerado y, por supuesto, al abrigo del ojo público.

En nuestra opinión, gestionar bien esa herencia significa no aceptarla ni a beneficio de inventario. Le ha tocado a Casado deshacer el camino andado por sus predecesores para que el PP se convirtiera en una mala copia del PCP (Partido Campesino Polaco), al que graciosamente dejaban presentarse a las elecciones comunistas polacas… y que siempre ganaba Wladyslaw Gomulka, ¡faltaría más!


Por de pronto y como ya dijimos en alguna otra entrada, tiene, cual cirujano, que extirpar el osteoscarcoma Soraya-Rajoy del cuerpo del PP y barrer a personajes como éstos de arriba de la foto. Eso estaría bien para empezar.

En segundo lugar, también debería coger la escoba y barrer a la nulidad de Moreno Bonilla, bajo cuyo mando el PP andaluz es una mala copia del «Partido Campesino Polaco». Cómo será el poderío del Palacio de San Telmo que hasta le dicen al PP qué candidato deben poner para que las cosas sigan igual que siempre. Es como ese combate de boxeo amañado entre un boxeador malo contra uno bueno, pero drogado-. O uno que se deje ganar a cambio de unas migajas. Sin duda alguna, los sufridos militantes del PP andaluz merecen algo mejor, más allá de componendas territoriales de las cúpulas de los partidos en Madrid, que siempre queda muy lejos. No es posible que en una región como Andalucía, con ocho provincias, no haya nadie que pueda sustituir al experto en el ars umbelaria et incedaria. Y Andalucía merece que gobierne un partido cuyo lema no sea «qué hay de lo mío». La suerte que ahora ha tenido Moreno Bonilla es que las elecciones son prácticamente dentro de un mes y en ese brevísimo lapso no se puede construir un candidato sólido, máxime cuando se acaba de salir de una renovación en la cúpula. Pero si yo estuviera en el lugar de Casado, daría por despedido al experto en protocolo una vez pasadas esas elecciones.

Y finalmente, lo más importante: Galicia. Casado y su equipo deben entrar a matar a ese miura que es Núñez Feijóo, que cuando va a Madrid es Núñez y cuando está en Santiago es Feijóo. Debería pedirle cuentas de la galleguización a marchas forzadas aplicando la infame Llei de Normalització Lingüística de Pujol de 1983 (la inició incomprensiblemente Fraga, «el de los tirantes nacionales»: «Vou ser mais galego que ninguén», diría el prócer con su ore rotundo). Que ahora ya ni hablamos de «galleguización»: Núñez Feijóo ha dado el paso a la más delirante lusificación. O quizá habría que decir rusificación, habida cuenta de quien da el paso en realidad son las mareas podemitas con las que tanto gusta de pactar Núñez Feijóo. Aljubarrota ampliada y Portugal, pared atlántica de la de Península del uno al otro confín. Por ahora a los portugueses el tema no les hace mucha gracia… pero veremos.

Pues eso: que Casado debería pedirle cuentas a Núñez Feijóo de tantos enredos. Porque sólo de esa manera Casado puede tener alguna auctoritas para pegar un puñetazo en la mesa al hablar de la imposición catalana, que no es solamente lingüística, y decirle a Alejandro Fernández que sea más agrresivo –aunque de vuelta le pintarrajeen o le rompan los cristales de las sedes–. O de la euskaldunización de Navarra o la valencianización del mal llamado País Valencià (acelerada con el PSOE pero iniciada en tiempos del PP, que entonces no le daba importancia). O de la catalanización directa de Baleares, contra la que el PP no movió dedo alguno. Tal vez Bauzá hiciera algo, pero llegaba tarde y era a todas luces insuficiente, debido también a la falta de respaldo del PP ¿nacional? sorayo-rajoyesco. Todo sea porque Casado recupere en esas regiones a un partido capaz de plantar cara a las imposiciones totalitarias de los orcos separatistas.

Si quiere hacerlo, Casado tiene mucho trabajo por delante. Si no, da lo mismo y seguiremos en lo de siempre: cada vez una mayor desafección ciudadana por los políticos tradicionales, con lo peligroso que es eso. La Historia lo demuestra una y otra vez.

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