Alsasua


Por su interés, reproducimos este artículo sobre lo ocurrido el domingo en la navarra y española (mal que les pese a algunos) villa de Alsasua. Original aquí.



Entre las hordas separatistas que se manifestaron en Alsasua se encontraba “el carnicero de Mondragón”, etarra culpable de 17 asesinatos.


El mensaje del mundo separatista es claro: ya no pegamos tiros, pero no te atrevas a dar la cara porque te la partimos.

 

 

SERTORIO

No nos puede sorprender mucho el jaleo que se montó en Alsasua este domingo; es casi normal ver a los abertzales adueñarse de la calle con la complaciente mirada de unos y el cobarde abandono de otros. A nadie extraña, pues, que se insultara, se amenazara y hasta se lanzasen piedras a los que asistieron al acto en ese pueblo de una Navarra que se está entregando atada de pies y manos a la Gran Euzkadi. La violencia rige en Vasconia; si no se hace patente de forma tan brutal como hace unos años es por dos razones: los separatistas mandan y, por eso mismo, no les conviene que haya gresca todos los días. Sólo cuando alguien que no son ellos se atreve a plantarse en la calle se desencadena la brutalidad y el matonismo abertzale. El mensaje del mundo separatista es claro: ya no pegamos tiros, pero no te atrevas a dar la cara porque te la partimos.

Que Podemos y la Televisión Ex-pañola que controla se solidaricen con los hijos de ETA e insulten a los que fueron a defender el cumplimiento de la ley tampoco nos pilla de nuevas: batasunos y podemitas son una y la misma cosa. Es normal que quienes normalizan a ETA y hablan con falsa imparcialidad de un conflicto entre Euzkadi y España, se coloquen del lado de los que tiran las piedras. Que Pablo Iglesias vaya de la manita de Otegui y del Carnicero de Mondragón entra en la categoría de lo previsible. En cambio, es preocupante que el PSOE se alinee claramente con los separatistas y censure a los asistentes al acto de Alsasua diciendo que se fomenta la crispación. Por lo visto, el mundo abertzale, los bufones del catalanismo y la izquierda extrema no “crisparon” nunca; han sido civilizadísimos interlocutores que jamás han echado mano de tácticas tan reprobables como el atentado terrorista o el escrache.

Cuando un quidam llamado Ander Gil (en maketo: Andrés Gil), mandamás socialista de provincias, tiene la desfachatez de afirmar que gente como Ortega Lara o Santiago Abascal no saben lo que es el terrorismo de ETA, la mentira, la desvergüenza y el cinismo se conglomeran para concebir un triple monstruo moral: la mofa de las víctimas de ETA, la traición a España y la rendición sin condiciones al separatismo. Con declaraciones como ésta, ya sabemos que el Gobierno del doctor Sánchez está en la equidistancia y en no poner obstáculos al descuartizamiento de la nación unitaria por las nuevas taifas semisoberanas. El PSOE es también enemigo de la nación. En Alsasua se ha retratado.

La derecha liberal no queda mejor. Casado afirma que el PP ya estuvo en Alsasua, pero “sin hacer ruido”. Es decir: estuvo como si no estuviera, sin molestar a los señoritos separatistas, en petit comité, de puntillas, no vaya a ser que se enfaden en Sabin Etxea. Es propia del PP su legendaria cobardía y su férrea voluntad de someterse siempre, en el gobierno y en la calle, al chantaje separatista, algo que demostró de sobra durante la crisis catalana. No olvidemos que si los caricatos de la republiqueta de los diez segundos están en la cárcel, ello se debe a los abogados de VOX, no a la inexistente iniciativa de Rajoy, al que sostuvo Casado hasta su deshonroso y merecido final. No es mucho mejor Ciudadanos, partido que sólo juega según el cálculo electoral, tan fluctuante y aleatorio como el caos ideológico que supone ser socialdemócrata-liberal-de-centroderecha según cómo vengan las encuestas. Rivera tiene tanta responsabilidad como Rajoy en la imbécil aplicación del 155 en Cataluña.

Y es que la derecha no defiende a España. Defiende en primer lugar algo tan frío, reptiliano y desalmado como la Unión Europea, ese consorcio financiero concebido para aniquilar a las naciones y crear un tinglado mercantil en el que los Estados pierdan su soberanía para beneficiar a una recua de burócratas y banqueros a los que nadie elige y que de nada responden. En segundo término, lo que los liberales defienden es la Constitución. No España, sino el orden jurídico derivado del código de 1978. No es cuestión baladí. La legalidad vigente no es la patria. Y olvidamos que el liberalismo actual es apátrida, al revés de lo que pasaba en el siglo XIX. Durante los episodios de la crisis catalana, apenas se recurría al nombre de España, mientras se esgrimía continuamente el de Europa, es decir, la entelequia funcionarial de Bruselas, verdadera patria de todo nuestro liberalismo. Conviene recordar que España no es la Constitución, preexiste a ella y la sobrevivirá. Constituciones hemos tenido muchas, pero España sólo hay una, aunque los que somos nostálgicos austracistas prefiramos el término plural pero unitario de Las Españas.

La Constitución ahora vigente debe ser defendida a causa de la identidad y los fines de quienes la atacan, no por los principios que proclama. Es una mala ley y ha producido unos frutos detestables, pero peor aún sería ver a nuestra patria convertida en un caos de taifas bolivarianas. La monarquía restaurada en la progenie de Isabel II es tan responsable del desastre actual como los separatistas y los politicastros que han degradado la nación hasta el trance actual, pero es un mal menor frente a lo que nos amenaza. Felipe VI, que jugó a ser el rey de los rojos, sabe que el futuro de su institución depende de la unidad del Estado. No puede permitir que quiebre la integridad de España porque su trono caería con ella. Ahora el principal obstáculo al bolivarianismo es la Corona y debe ser apoyada por esa fortísima razón. Esto no impide que, pasado el peligro, se ajusten cuentas.

VOX ha surgido como un banderín de enganche de la resistencia patriótica, como un último recurso frente la descomposición del Estado y la ruptura de la patria. Ha plantado cara a los separatistas y con sus pobres medios ha enviado a los saltimbanquis del Procès a prisión. Ha obligado a los partidos de la derecha cobarde a envolverse en la rojigualda y a cacarear con retóricos trinos de impostado patriotismo para no perder más votos. VOX ha hecho mucho en muy poco tiempo y con muy pocos recursos, al revés que el PSOE, Ciudadanos y PP, que desde todos los centros privilegiados de poder que dominan no han hecho nada, pero nada de nada, por frenar a los orates de la Generalidad desde mucho antes de octubre del año pasado. VOX los ha dejado en evidencia: a los grandes partidos España les da igual, lo suyo es Uropa.

No es de extrañar que, en un artículo dedicado al acto de Alsasua en El Mundo,[1] la autora tuviera la desfachatez de colocar a VOX en el mismo saco que a los abertzales y podemitas, igualando a Ortega Lara con Josu Ternera y a Santiago Abascal con Pablo Iglesias. Incluso habla de la “caverna carlista” para referirse a los batasunos. No estaría de más recordar que UPN, ese partido esencial para mantener la personalidad de Navarra, viene del carlismo, como buena parte de los que se oponen al chantaje bizkaitarra en la españolísima Vasconia y que en no pocos casos han pagado su compromiso con su vida. Alguien debería recordarle a la articulista quién fue, entre otros muchos, José María Arrizabalaga, por ejemplo. Cualquiera que tenga una mínima idea de la historia del Carlismo y de la secta separatista abertzale sabe de la irreductible oposición entre las dos tendencias hasta la disolución de la Santa Causa en los nefastos años sesenta. La autora no es una podemita ignorante ni una descerebrada socialista de cuota, sino justo todo lo contrario. Por lo tanto, la mala intención de los términos es premeditada y bien consciente del insulto.

Pero no nos lamentemos más. Ladran, luego cabalgamos.


 

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