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Alsasua

Por su interés, reproducimos este artículo sobre lo ocurrido el domingo en la navarra y española (mal que les pese a algunos) villa de Alsasua. Original aquí.



Entre las hordas separatistas que se manifestaron en Alsasua se encontraba “el carnicero de Mondragón”, etarra culpable de 17 asesinatos.


El mensaje del mundo separatista es claro: ya no pegamos tiros, pero no te atrevas a dar la cara porque te la partimos.

 

 

SERTORIO

No nos puede sorprender mucho el jaleo que se montó en Alsasua este domingo; es casi normal ver a los abertzales adueñarse de la calle con la complaciente mirada de unos y el cobarde abandono de otros. A nadie extraña, pues, que se insultara, se amenazara y hasta se lanzasen piedras a los que asistieron al acto en ese pueblo de una Navarra que se está entregando atada de pies y manos a la Gran Euzkadi. La violencia rige en Vasconia; si no se hace patente de forma tan brutal como hace unos años es por dos razones: los separatistas mandan y, por eso mismo, no les conviene que haya gresca todos los días. Sólo cuando alguien que no son ellos se atreve a plantarse en la calle se desencadena la brutalidad y el matonismo abertzale. El mensaje del mundo separatista es claro: ya no pegamos tiros, pero no te atrevas a dar la cara porque te la partimos.

Que Podemos y la Televisión Ex-pañola que controla se solidaricen con los hijos de ETA e insulten a los que fueron a defender el cumplimiento de la ley tampoco nos pilla de nuevas: batasunos y podemitas son una y la misma cosa. Es normal que quienes normalizan a ETA y hablan con falsa imparcialidad de un conflicto entre Euzkadi y España, se coloquen del lado de los que tiran las piedras. Que Pablo Iglesias vaya de la manita de Otegui y del Carnicero de Mondragón entra en la categoría de lo previsible. En cambio, es preocupante que el PSOE se alinee claramente con los separatistas y censure a los asistentes al acto de Alsasua diciendo que se fomenta la crispación. Por lo visto, el mundo abertzale, los bufones del catalanismo y la izquierda extrema no “crisparon” nunca; han sido civilizadísimos interlocutores que jamás han echado mano de tácticas tan reprobables como el atentado terrorista o el escrache.

Cuando un quidam llamado Ander Gil (en maketo: Andrés Gil), mandamás socialista de provincias, tiene la desfachatez de afirmar que gente como Ortega Lara o Santiago Abascal no saben lo que es el terrorismo de ETA, la mentira, la desvergüenza y el cinismo se conglomeran para concebir un triple monstruo moral: la mofa de las víctimas de ETA, la traición a España y la rendición sin condiciones al separatismo. Con declaraciones como ésta, ya sabemos que el Gobierno del doctor Sánchez está en la equidistancia y en no poner obstáculos al descuartizamiento de la nación unitaria por las nuevas taifas semisoberanas. El PSOE es también enemigo de la nación. En Alsasua se ha retratado.

La derecha liberal no queda mejor. Casado afirma que el PP ya estuvo en Alsasua, pero “sin hacer ruido”. Es decir: estuvo como si no estuviera, sin molestar a los señoritos separatistas, en petit comité, de puntillas, no vaya a ser que se enfaden en Sabin Etxea. Es propia del PP su legendaria cobardía y su férrea voluntad de someterse siempre, en el gobierno y en la calle, al chantaje separatista, algo que demostró de sobra durante la crisis catalana. No olvidemos que si los caricatos de la republiqueta de los diez segundos están en la cárcel, ello se debe a los abogados de VOX, no a la inexistente iniciativa de Rajoy, al que sostuvo Casado hasta su deshonroso y merecido final. No es mucho mejor Ciudadanos, partido que sólo juega según el cálculo electoral, tan fluctuante y aleatorio como el caos ideológico que supone ser socialdemócrata-liberal-de-centroderecha según cómo vengan las encuestas. Rivera tiene tanta responsabilidad como Rajoy en la imbécil aplicación del 155 en Cataluña.

Y es que la derecha no defiende a España. Defiende en primer lugar algo tan frío, reptiliano y desalmado como la Unión Europea, ese consorcio financiero concebido para aniquilar a las naciones y crear un tinglado mercantil en el que los Estados pierdan su soberanía para beneficiar a una recua de burócratas y banqueros a los que nadie elige y que de nada responden. En segundo término, lo que los liberales defienden es la Constitución. No España, sino el orden jurídico derivado del código de 1978. No es cuestión baladí. La legalidad vigente no es la patria. Y olvidamos que el liberalismo actual es apátrida, al revés de lo que pasaba en el siglo XIX. Durante los episodios de la crisis catalana, apenas se recurría al nombre de España, mientras se esgrimía continuamente el de Europa, es decir, la entelequia funcionarial de Bruselas, verdadera patria de todo nuestro liberalismo. Conviene recordar que España no es la Constitución, preexiste a ella y la sobrevivirá. Constituciones hemos tenido muchas, pero España sólo hay una, aunque los que somos nostálgicos austracistas prefiramos el término plural pero unitario de Las Españas.

La Constitución ahora vigente debe ser defendida a causa de la identidad y los fines de quienes la atacan, no por los principios que proclama. Es una mala ley y ha producido unos frutos detestables, pero peor aún sería ver a nuestra patria convertida en un caos de taifas bolivarianas. La monarquía restaurada en la progenie de Isabel II es tan responsable del desastre actual como los separatistas y los politicastros que han degradado la nación hasta el trance actual, pero es un mal menor frente a lo que nos amenaza. Felipe VI, que jugó a ser el rey de los rojos, sabe que el futuro de su institución depende de la unidad del Estado. No puede permitir que quiebre la integridad de España porque su trono caería con ella. Ahora el principal obstáculo al bolivarianismo es la Corona y debe ser apoyada por esa fortísima razón. Esto no impide que, pasado el peligro, se ajusten cuentas.

VOX ha surgido como un banderín de enganche de la resistencia patriótica, como un último recurso frente la descomposición del Estado y la ruptura de la patria. Ha plantado cara a los separatistas y con sus pobres medios ha enviado a los saltimbanquis del Procès a prisión. Ha obligado a los partidos de la derecha cobarde a envolverse en la rojigualda y a cacarear con retóricos trinos de impostado patriotismo para no perder más votos. VOX ha hecho mucho en muy poco tiempo y con muy pocos recursos, al revés que el PSOE, Ciudadanos y PP, que desde todos los centros privilegiados de poder que dominan no han hecho nada, pero nada de nada, por frenar a los orates de la Generalidad desde mucho antes de octubre del año pasado. VOX los ha dejado en evidencia: a los grandes partidos España les da igual, lo suyo es Uropa.

No es de extrañar que, en un artículo dedicado al acto de Alsasua en El Mundo,[1] la autora tuviera la desfachatez de colocar a VOX en el mismo saco que a los abertzales y podemitas, igualando a Ortega Lara con Josu Ternera y a Santiago Abascal con Pablo Iglesias. Incluso habla de la “caverna carlista” para referirse a los batasunos. No estaría de más recordar que UPN, ese partido esencial para mantener la personalidad de Navarra, viene del carlismo, como buena parte de los que se oponen al chantaje bizkaitarra en la españolísima Vasconia y que en no pocos casos han pagado su compromiso con su vida. Alguien debería recordarle a la articulista quién fue, entre otros muchos, José María Arrizabalaga, por ejemplo. Cualquiera que tenga una mínima idea de la historia del Carlismo y de la secta separatista abertzale sabe de la irreductible oposición entre las dos tendencias hasta la disolución de la Santa Causa en los nefastos años sesenta. La autora no es una podemita ignorante ni una descerebrada socialista de cuota, sino justo todo lo contrario. Por lo tanto, la mala intención de los términos es premeditada y bien consciente del insulto.

Pero no nos lamentemos más. Ladran, luego cabalgamos.


 

España, año mil (y II)

Pero lo más sorprendente es lo que está ocurriendo en Aragón. Los ¿representantes? De los oscenses, zaragozanos y turolenses han decidido que el catalán, sub specie «fabla», tiene un lugar en la oficialidad lingüística de Aragón. Se produce aquí una extraña —o no— confluencia de conceptos: por un lado, el lebensraum nacional-socialista, travestido en domini lingüístic; por otro, el expansionismo nacional-catalanista, traducido en la «recuperación» del territorio de la mal llamada Corona catalanoaragonesa, cuyo fundamento es además económico, como hemos explicado alguna vez en este blog y que, en lo que importa, recuperaremos aquí.

Los separatistas (llamemos a las cosas por su nombre y dejémonos de pamplinas de “nacionalistas” o “independentistas”) catalanes saben de sobra que ells sols no van a ninguna parte. De la tradicional fortaleza del textil catalán, con sus aranceles proteccionistas y demás, ya no queda prácticamente nada: la mayor parte de empresas están desaparecidas o deslocalizadas en Marruecos, donde por la mitad que en Terrassa se trabaja el doble que allí —gracias al cònsol Àngel Colom, el gegant del PI—. Les mançanes lleidatanes, si alguna vez se despiertan los andaluces del soPERífero régimen socialista, ya se las pueden ir comiendo en Almatret y Camarasa. Las avellanas turcas sustituyen en precio —aunque no en calidad— a las de les Terres de l’Ebre. Y el fuet de Girona, aun siendo original, lo mismo no resiste la competencia de otros embutidos castellanos. Vamos que ni fent país sale la cosa adelante. Por el contrario, una Grosskatalonien que incluyera la rica huerta valenciana con su potencial turístico, el igualmente potente turismo balear y, por lo que se ve ahora, la rica gastronomía aragonesa, igual podría salir adelante.

¿Dónde nos lleva eso? Bien, nos lleva a partir España en unos cuantos cachos. Como recogimos en nuestra entrada «Castilla, la gran olvidada», si dejamos que se formen los cachos catalán y vasco, dejamos también a su aire a los cachos castellanos, que tendrán más motivos para reunirse si quieren sobrevivir: las dos Castillas, Madrid y Santander. Está claro que ninguno de los presidentes autonómicos quiere saber nada de los demás; pero así fue cómo un enemigo externo, que lleva tiempo infiltrándose en España, llegó a hacerse con toda ella.

Poco a poco vamos llegando a la razón de mi titular. Puestas así las cosas, sigamos con la invención. Imaginemos que tenemos unos gobernantes memos que no hacen nada por atajar ese peligro debido a sus intereses personales, que son lo único que les interesa. Pongamos que hay personas que mueven hilos para, desde dentro, romper la resistencia moral y espiritual a ese enemigo externo. Pongamos que ese enemigo externo crece en número porque se le deja y porque en España, como democracia —depauperada, pero democracia al fin y al cabo— cuentan los votos, es decir, el número. Quisiera equivocarme, pero si no se hace nada al respecto, seguro que acabaremos como en el año 1000: la frontera española, en el Tajo; y los españoles (o lo que quede de ello después de su destrucción), mandando cien doncellas a Sevilla para solaz y disfrute de los moros ricos. Preferentemente, niñas, como se sabe y no se quiere mirar en las atrocidades del IS.

Pero a nadie le importa esto. La mayoría cree que cuando pase esto —ante lo cual no habrán hecho nada— criarán malvas y se cumplirá el españolísimo refrán el que venga detrás que se joda. Claro que a lo mejor esos optimistas se llevan una sorpresa.

España, año mil (I)

Aún desde la lejanía germánica sigo la actualidad española con inquietud. Quizá alguno piense que me estoy repitiendo en ciertas entradas; pero la actualidad, vista desde lejos, no deja lugar a muchas invenciones y puede que a ésta que les voy a proponer tampoco. Pero vamos a ello.

Desde hace algún tiempo vengo observando que existen fuerzas que quieren descomponer España. Ya no sé si son “internas” o “externas”. Lo que sí recuerdo es que Heinrich Kissinger, un señor más malo que la tiña, le dijo a Carrero Blanco que «España, cuando es importante, es peligrosa». Carrero se opuso a esa declaración en un momento en que, si las cosas hubieran ido de otro modo, España podría haber acabado teniendo su propio programa nuclear; y Carrero, a través de la subcontrata de ETA, voló por los aires.

Sea como sea, la entrada de España en un “nuevo tiempo”, de la mano del Rey —antes Juan Carlos I y hoy Campechano I—, supuso el inicio de la tensión sobre la cohesión territorial, especialmente desde Vascongadas y Cataluña. Justamente los más favorecidos por el antiguo Régimen se ponían a la cabeza de los agraviados. El sonsonete «Llibertat, amnistia i Estatut d’Autonomia» fue el mantra de esa primera fase. Nadie quería que lo tildaran de «franquista» (a pesar de que buena parte de la clase política de todos los colores de entonces había entonado el Cara al sol con fervor renovado y en lo alto los luceros). El PNV negoció poniendo los muertos de ETA sobre la mesa y Cataluña el dinero (los entonces nacionalistas catalanes hicieron buena la frase la pela és la pela). Y UCD, que no quería revivir las tensiones de los años 30 que nos llevaron a la guerra civil, cedió. Y cedió. Y cedió. Y volvió a ceder, como los peces en el río.

Tras la fase del Estatut, conseguido éste (en Cataluña, en 1979), los entonces nacionalistas se dedicaron a otra cosa. Emulando a Stalin, podría decirse que se dedicaron a construir el nacionalismo en un solo país y en dos direcciones:

a) Hacia dentro, a través de la lengua y la cultura. Construyeron un discurso que los niños de hoy se saben de la primera a la última letra y que, años después, se sintetizaría en un eslogan que por desgracia haría fortuna: Espanya ens roba. Aunque todo empezó con aquello del fet diferencial, que es como decir: «Nosaltres no sóm espanyols» (lo que, a su vez, en cierto modo recuerda aquel verso de Al vent: «Nosaltres no sóm d’eixe món»). Que, además, haya censura y muerte civil en esas tierras es un accidente y un exotismo. O al menos eso piensan en Madrit.

b) Hacia fuera, a través primero de la queja continua e inconsolable; después, del previo pago para tener la fiesta en paz. Craso error de los Gobiernos centrales que en España han sido, pues eso al final se ha convertido en «Vamos a hacer que nuestra permanencia en el Estat Espanyol sea más cara que nuestra salida».

A partir de ahí se entiende toda la vesania fundamental que se ha ido inoculando en las distintas regiones de España, ante la que los Gobiernos centrales no han hecho absolutamente nada. Y cuando uno lee que hasta los andaluces (algunos de ellos, al menos) dicen querer la independencia, se da cuenta de lo lejos que se ha llegado al tensar la cuerda de la cohesión territorial anulando de paso la influencia de los Gobiernos centrales en los territorios autonómicos. Lo que en la práctica significa pasarse por donde yo les diga el art. 152.1 de la muerta.

La caída de los Patxis

Máis do mesmo (ou non)

Empezando por las buenas noticias, en Galicia el PP ha literalmente arrasado en las elecciones autonómicas. Ha aumentado sus escaños y por tanto, ha afianzado aún más su mayoría absoluta. Era un resultado previsible, a la vista de las campañas de los demás partidos que podían disputar la silla a Alberto Núñez Feijóo. El Pachi gallego, en cambio, se ha pegado el trompazo electoral de su vida (más bien «bajada») y, como sus homólogos nacional y vasco, ha dejado la formación bajo mínimos. No obstante, contados los votos, resulta que el PP ha perdido en Galicia 132.000 votos, nada menos. Como apunta en su análisis Elentir, el factor principal ha sido la abstención. No debería Feijóo lanzar las campanas al vuelo, pese a que menudean los discursos triunfalistas a cuenta de los escaños.

Por supuesto, los gallegos sabrán lo que hacen cuando dan por buena la política lingüística de Feixóo, que aunque no sea un área «de gestión» (ya que por lo visto se pondera su «gestión económica»), sí es importante. Máxime cuando esa política es importada de Cataluña (concretamente, fue Fraga quien copió de pe a pa la Llei de Normalització Lingüística de 1983), con los resultados conocidos aquí, y que allí, con el tiempo, no tardarán en aparecer. Ha sido escorarse un poco con el tema de la lengua y así quitar aire y espacio a los bloqueiros y otras hierbas, cuyos resultados modestos dan idea del poco recorrido que tenían estas opciones entre la población.

El caso más llamativo, cómo no, es el de SCD. Una formación a la que se ha tratado de ningunear: desaparecida de los medios, desaparecida de las encuestas, con intentos de actualizar el pasado presuntamente delictivo de su presidente, Mario Conde y con puesta en circulación de consignas tipo «es un delincuente» y similares, que los peperos a machamartillo han repetido hasta la saciedad. Partían también con el hándicap de que su asamblea constituyente fue hace poco más de un mes. Y en política española lo de llegar y besar el santo… como que no funciona. Y los gallegos, que son más bien pausados en estas cosas de las elecciones, le han mandado el mensaje de «que espere».

Tal vez sea bueno el resultado para el PP. ¿Lo será para los gallegos? En tres meses, la respuesta. En todo caso, en las celebraciones y felicitaciones eché de menos a Galicia. Como si las elecciones las hubiera ganado el Dépor o el Celtiña. Todo el mundo hablaba de la victoria del PP; pero pocos o nadie se acordaron de que Feijóo no gobierna sólo para ellos, sino para todos los gallegos y además en un contexto nacional, pues todavía son España. Y, contra lo que piensan algunos, no sólo los gallegos pueden hablar de Galicia…

Ahí va la hostia que se ha pegado, pues

Hablar de los resultados de Vascongadas es casi para llorar. El Patxi vasco, sabedor de que no tenía futuro en Euskadi tras las elecciones, se blindó ese peazo de pensión vitalicia, que dudo que el presidente electo Urkullu le revoque. Y se irá a Madrid a enredar, a ver si le dan algún cargo en la renovación que se perfila. La posición de Urkullu es sin duda muy cómoda: puede jugar al juego de las dos boinas: puede pactar tanto con Bildu (gracias PPSOE por inducir al TC a dejarles participar contra la opinión del TS) para acelerar la cosa independentista como con el PSE-EE para dar un cariz más moderado a su gobierno.

Está claro que el pacto constitucionalista ha fracasado, lo cual ha de ser apuntado en el debe de los líderes nacionales. Si ZP, por un lado, no hubiera defenestrado a Redondo Terreros acusándole de «seguidismo del PP» y por otro, Basagoiti no hubiera ejecutado la limpieza en su partido (apoyado por la complacencia silente de Mariano), barriendo a aquellos que aportaban peso y valor al mismo (María, Regina, Nerea y otros), tal vez los resultados hubieran sido otros. Aparte de eso, algunos patinazos de personajes públicos del PP vasco han hecho el resto: así, la foto de los concejales del PP compartiendo brindis con los bilduetarras («somos compañeros, joder, pues»), o la última, en que en una entrevista con Isabel San Sebastián, Oiartzabal acusa a la periodista «de beneficiarse del PP mientras a ellos los mataba la ETA» (sic). Con estos mimbres no se construye un partido ganador… y así lo ha entendido el electorado vasco.

La mala noticia es que Bildu ha pegado un salto espectacular: de los 5 a los 21 escaños. Veremos de qué forma podrá condicionar la política de Urkullu, arrimar el ascua a su sardina y conducir a las Vascongadas por el pedregoso sendero de la independentzia. Nuevamente y como decimos, gracias PPSOE, por dejar que la marca blanca de ETA tenga presencia política en las instituciones, sin que la organización nodriza abandone las armas y mucho menos se disuelva, como pedían (con la boca pequeña, además) algunos políticos ilusos. Creen que vistiéndolos de lagarterana los van a «civilizar». Pues creo que van de lado. Y en los próximos meses se va a ver.

Permítanme finalizar con una anécdota, que esta vez será gráfica. La imagen no tiene desperdicio y la anécdota es de envergadura

Y el voto es VÁLIDO…

Bolinaga


Sin duda, es el apellido de moda estos días. Sí, ya sé qué me van a decir ustedes: que no es solamente «Bolinaga», sino Uribetxeberría Bolinaga. Los apellidos de alguien presuntamente perteneciente al género humano y uno de los captores de José Antonio Ortega Lara, el señor de los «532 días». Ese hombre que al parecer va a salir de prisión por «padecer una enfermedad terminal», diagnóstico que se está poniendo en duda. Y que lo va a hacer porque, como dijo el maestro Carrascal, «no somos como ellos».

Por supuesto que no lo somos. Sin embargo, el argumento tiene un pequeño fallo: el maestro Carrascal omite que entre el «no somos como ellos» y el «somos como ellos» hay una inmensa zona gris por la cual transitan muchos Estados y cuya división es establecida mediante los criterios «legalidad» y «moralidad». No es una división rígida, desde luego; y en no pocos casos existen acciones que no tienen cobertura de la una o de la otra, si bien es cierto que en estos tiempos que corren la moralidad cotiza a la baja y para determinadas personas o situaciones es prácticamente prescindible.

A partir de ahí, la cuestión es la siguiente: ¿cuánto poder es posible ceder sin que los beneficiarios de esa cesión no tomen al Estado por el pito del sereno y le den por rendido? Francia o Alemania no tienen piedad con los terroristas, y sin embargo no se hacen campañas contra ellos por el trato dispensado a éstos, sean islámicos o no.

Todo lo cual me hace recordar haber oído ese apellido en otro contexto. Concretamente, en relación a cierto teniente coronel (entonces) de la Guardia Civil, de cuyo nombre tuvimos noticia porque al parecer, estuvo machacando a un inferior con grado de teniente (entonces) y que hoy, ascendido a coronel, machaca las teclas en Toledo. Qué extrañas coincidencias tiene la vida. O no.

Patxi se larga

A partir de hoy habemus notitiam por lo menos durante tres meses. Patxi Nadie ha decidido que ya no puede más y, tal como resalta ABC, «tira la toalla». Todos los ojos estarán puestos en el País Vasco por lo menos hasta el 21 de octubre, lo cual sin duda servirá para tapar las verdaderas noticias, de acuerdo con el cínico pero verídico aserto de Lord Northcliffe («Noticia es todo aquello que alguien en algún lado no quiere que se publique; lo demás es sólo publicidad»).

Parece ser que el adelanto electoral obedece a una razón principal: impedir la efectividad del voto del llamado exilio vasco. Las discusiones sobre el mismo concepto de lo que sea «exilio vasco» retratan a quienes discuten. Por un lado, quienes lo niegan: lo hace la izquierda destronada, para dar fuerza a su mentira del «fin del terrorismo» y del «éxito del proceso de paz». En este bando milita también, curiosamente, Jon Juaristi, un señor de San Sebastián que vive y trabaja en Madrid, en la odiada España. Y digo sorprendente por ser él el autor de esa excelente disección del imaginario nacionalista que es El bucle melancólico (y de una continuación, Sagrada Némesis, que a día de hoy creo que está descatalogada). Y en el otro bando, los que consideramos que el exilio vasco sí ha existido: como colectivo de personas que tras un período de presión ambiental por todos los medios (incluido el asesinato), han decidido que su lugar está lejos de la tierra que los vio nacer o crecer. El clásico «o te vas, o te callas, o te mato».

Y Patxi se larga, después de haberse blindado una jugosa pensión de exlehendakari. Naturalmente, no iba a ser menos que sus homólogos catalanes, que desde 2003 tienen garantizado el 80% del sueldo que cobraban en activo. Lo cual no deja de ser una vergüenza, tratándose de personas que en realidad no lo necesitan (Pujol o Maragall, originarios del rovell de l’ou de la burguesía nacionalista catalana, antes devota franquista), o que fuera de la política no tienen dónde caerse muertos (Montilla y también el actual president Mas).

Un poco de historia

No sé si ha llegado el momento de hacer balance de una legislatura que a duras penas puede considerarse «constitucionalista». No obstante, en nuestra opinión hay que mirar un poco hacia atrás: concretamente, al momento y circunstancias en que Patxi López asciende a presidente regional del PSE. Patxi López es el sucesor de Nicolás Redondo Terreros, de la mano de ZP. Pero no lo es conforme a un proceso democrático y/o representativo: unas primarias, por ejemplo. En absoluto: ZP defenestró a Redondo, Jr. porque según la apestosa, consagrada y gramaticalmente incorrecta expresión, «hacía demasiado seguidismo del PP».

Pero no sólo eso: todo tenía que cambiar en el mapa político vasco de 2005. Y vaya si cambió. Había que romper el verdadero frente constitucionalista que en aquellos años formaban el PSE y el PP. De un lado, Redondo Terreros; de otro, María San Gil, apoyada hasta 2004 por Jaime Mayor Oreja, el mejor ministro de Interior que España ha tenido en el período que algunos todavía llaman «democracia», y después por sus convicciones y principios. Ése sí habría sido un pacto que podría haber acabado con el terrorismo de verdad, sin negociaciones ni precios políticos. Pero a alguien no le interesaba ese pacto, lo cual sin duda pudo haber «justificado» el atentado del 11-M (entre otras razones que probablemente no haya que buscar en suelo nacional ni en «desiertos lejanos»).

Demos ahora un salto a 2009. La situación ha dado un giro radical: ZP hace un año que ha ganado, incomprensiblemente, las elecciones de 2008. También hace un año de la excursión ultramarina de Rajoy en la que, previsiblemente, le metieron en la logia. María San Gil ha sido vilmente defenestrada por sus compañeros de partido tras una campaña infame, en la que destacan los exabruptos del hoy flamante Secretario de Estado de Cultura, el burlón Arribaspaña del también flamante hoy Ministro de Turismo y la puñalada de Labiotoldo Sánchez Camacho. Asimismo, se procede a laminar a los elementos del PP-verdadero, es decir, a los que creen aún que la política debe incorporar principios morales. Mayor Oreja, Iturgaiz y otros representantes de esa corriente son enviados a Bruselas para que no estorben la labor de los basagoitis y demás comparsa. Y a los que por trayectoria política no los pueden mandar a Bruselas, los aíslan o son objeto de mobbing político (señaladamente el caso de Nerea Alzola).

Planteadas así las cosas, la legislatura de Patxi López se ha caracterizado por el apoyo sin fisuras al mal llamado proceso-bajada de pantalones de ZP. Así, subraya con silencios o con declaraciones vomitivas los distintos jalones de ese «proceso», o incluso con acciones de propaganda, como la de impedir la entrada de dirigentes del PP en la capilla ardiente de Isaías Carrasco, asesinado por ETA y cuya muerte huele que apesta a gato encerrado.

Hoy

El último paso que faltaba por dar en el cambio del mapa político vasco era el de convertir en verdaderos
hombres de paz a los asesinos etarras y a su konparsa civil. Terroristas vestidos de lagarterana con mando en plaza sin intermediarios. Se trataba de ofrecerles en bandeja todo lo que ellos quisieron conseguir aunque fuese a tiros. Y se consiguió, desde luego: tras la conferencia de los pavos al Currin los asesinos etarras «declararon unilateralmente el fin del terrorismo». El comunicado que emitió en aquella ocasión el PP es la prueba de que las víctimas del terrorismo ya no eran una prioridad y de que también molestaban al PP en sus manitas bajo la mesa con el PSOE. No es sorprendente que la indocumentada de Elenita Valenciano defienda como éxito de Patxi el famoso «proceso de paz».

En el plano jurídico han sido necesarias tres sentencias: dos del TC y una del TEDH. Las dos primeras, las de legalización-bendición de Sortu y Bildu, las marcas blancas de ETA (ignominia que un servidor de ustedes espera que quede en los anales de la Historia de España). La del TEDH, por su parte, se refiere a la desautorización de la Ley de Partidos, contra la que Adela Asúa, aún magi-astada del TC designada por los nazionatas vascos, ha cargado desde que aceptó el cargo.

Sólo queda que ETA aparezca en escena con una lehendakari de transición, como es Laura Mintegi, la que calentará la silla mientras llega Otegi, el mesías de Euskal Herria. El bloque constitucionalista está virtualmente deshecho, gracias a la miopía y falta de altura de miras de sus dos protagonistas principales. Volverá el PNV y volveremos a la comedia de sacudir el Gernikako arbola, que no sé si será un nogal, pero desde luego se le parece mucho.

Las cosas no han mejorado políticamente en las tierras vascas (aunque es la cuarta CA en términos de buena administración económica). Para pensarlo.

Diez años

Hoy recordamos a la niña Silvia, que tal día como hoy hace diez años tuvo la «mala suerte» –al decir de los cínicos– de encontrarse con una mochila sospechosa paseando por las calles de Santa Pola (Alicante) y que esa mochila sospechosa explotara arrancándole la vida y la de su abuelo, que la acompañaba. A las 8 de la tarde se celebrará un acto en esa población en recuerdo de Silvia y en apoyo de sus padres, Joaquín y Toñi. Un servidor de ustedes no podrá, desgraciadamente, asistir a dicho acto; pero sí quiere dejar cumplida constancia de cumplir la promesa de acordarse de Silvia e intentar estar en espíritu en su celebración.

Si la violencia etarra no se hubiera cruzado en su camino, hoy Silvia sería una adolescente de 16 años, no muy diferente a tantas otras muchachas que hoy tratan de aprender a elegir un camino en la vida. Probablemente escogería el camino del Bachillerato y de la Universidad. O tal vez hubiera preferido colgar los libros y decir a sus padres: «Mirad, no me gusta estudiar y quiero buscar curro». Lo terrible de la muerte a los seis años es eso: que ya nunca tendremos la certeza de saber qué hubiera escogido esa persona cuando llegara el momento de elegir. Y lo terrible del terrorismo es su indiscriminación: no importa quién seas, ni de qué trabajes, ni quién sea tu familia, o tu filiación política. Si estás en el sitio equivocado en el momento equivocado la bomba se te lleva por delante. Como a tantos ciudadanos de Vallecas. O tantos otros en el Hipercor. O tantos otros en Atocha y Santa Engracia. Ninguna de esas personas era enemiga de la tierra y la patria vasca, como no lo eran los niños que murieron en el atentado a la Casa Cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza.

No. Todos ellos, incluida Silvia, fueron víctimas colaterales del conflicto vasco, ese conflicto que ETA y sólo ETA, el último rescoldo del franquismo, mantiene con los Estados español y francés «opresores y torturadores». Aunque más con el nuestro, claro. Que si nosotros tratáramos a los terroristas como los tratan en Francia, pronto se acababa la broma terrorista y el cuento de los recogenueces, incluso de los que lo son ad maiorem Dei gloriam. Pero aquí somos más garantistas que nadie, más «demócratas» que nadie, más «progresistas» que nadie. Al parecer, ante cierta opinión internacional todavía hemos de hacernos perdonar los 40 años de «dictadura franquista». Eso explica probablemente que a uno de los captores de José Antonio Ortega Lara no haya que dejarle morir como a un perro, a pesar de que como a un perro tuvieron al funcionario de prisiones Ortega Lara 532 días en un zulo.

Hoy recordaremos a la niña Silvia, la alegría de sus padres y de todos los que la trataron y conocieron. Y afortunadamente, sus padres se verán acompañados de gente que los aprecia y los quiere. No habrá declaraciones campanudas de políticos con cara de palo hablando de «serenidad y firmeza». El senyor ministre, ese traidor, no será bienvenido en ese ambiente. Todo el mundo sabe que tras la conversación (¿tenida?) con ZP, el Ministerio del Interior ha profundizado en la misma política, a saber: la de convertir a unos asesinos brutales en saqueadores del erario público vestidos de lagarterana –«¿es puta o puta como nosotras?»–. Olvidando que la violencia no es un fin en sí mismo para esas malas bestias, sino un medio para conseguir sus objetivos. Eso sí, sin obligarles a renunciar al objetivo de la independentzia, porque eso es «criminalizar ideas» y nosotros, como somos tan «demócratas» y tan «progresistas», no podemos hacer eso.

Dos palabras más me quedan. La primera para los que hablan del «coñazo de las manifestaciones de las víctimas del terrorismo». Mientras no se haga justicia total y completa con esas personas, las víctimas tienen todo el derecho a manifestarse en demanda de memoria, dignidad y justicia todas las veces que quieran. Mientras quienes han asesinado no paguen conforme a la ley sus crímenes y no cumplan íntegramente sus penas en prisión (que un servidor de ustedes preferiría que fueran de 25 años en vez de 1.000, pero sin beneficios penitenciarios y posibilidad de realizar servicios a la comunidad tales como prevención de incendios), no habrá verdadera justicia. Mientras los tribunales se laven las manos y se excusen en que «ellos sólo aplican la ley» y que «la culpa es de los que hacen las leyes» no habrá verdadera justicia. Mientras un político pueda redactar una sentencia a un juez, no habrá verdadera justicia.

Las víctimas solamente piden eso: justicia. No piden «venganza», como han insinuado algunos miserables a quienes hemos tenido la desgracia de leer. Venganza sería el ojo por ojo. Y ni mucho menos ser víctima del terrorismo es una «profesión» o una «lotería» (Sorrocloco, otro miserable del que no nos vamos a olvidar). Es una desgracia, que no entienden aquellos que creen que ETA nunca les va a matar a nadie o aquellos que, siendo víctimas, resulta que están bien protegidas por el aparato de su partido. Ninguna de esas personas a quienes les mataron un un hijo, un marido, un padre, hizo la cola en el INEM ni tuvo una conversación como ésta:

–¿Y usted de qué quiere trabajar?

–Yo, de víctima del terrorismo.

–¿Y eso? –preguntará, extrañado, el funcionario–.

–Hombre, porque podré salir a protestar todos los días contra el Gobierno, cualquiera que sea su color, y siempre tendré razón, aunque no me hagan ni caso…

Y el funcionario escribirá en la ficha: «Manifestante-agitador social fascista».

Y mi segunda (y última) palabra va para quienes ante un atentado terrorista se apresuran a mirar hacia otro lado y a ser equidistantes. A ésos que acusan de «ser ultras» a quienes piden justicia. A ésos que, mirando a otro lado, creen que están fuera de la quema, porque es mejor no significarse, no levantar la voz (signo inequívoco de que no estamos en democracia). A ésos bastaría con recordarles las palabras de Martin Niemöller. Pero quizá ya sea tarde para esas personas bienpensantes, envenenadas por la corrección política (de uno y otro partido), que en esos sitios consiste en pensar que quien no cree en la fantasmagórica entelequia de Euskal Herría simplemente no tiene derecho a vivir. Con la complicidad de muchos políticos de variado tamaño y pelaje, naturalmente: sin esa inestimable colaboración ETA (aunque ahora traten de encajarle un esmoquin y arreglarle la barba, fuera la txapela y las cananas) ya no seguiría siendo posible. Todos esos que no estarán hoy en Santa Pola a las 8 de la tarde acompañando a Toñi y a Joaquín. Los demás sí estaremos, como siempre, en persona o en espíritu.

Un abrazo, Toñi y Joaquín, y ojalá llegue algún día un Gobierno que os haga la justicia que merecéis. Aunque sepamos bien que «justicia que tarda no es justicia».