España, año mil (y II)


Pero lo más sorprendente es lo que está ocurriendo en Aragón. Los ¿representantes? De los oscenses, zaragozanos y turolenses han decidido que el catalán, sub specie «fabla», tiene un lugar en la oficialidad lingüística de Aragón. Se produce aquí una extraña —o no— confluencia de conceptos: por un lado, el lebensraum nacional-socialista, travestido en domini lingüístic; por otro, el expansionismo nacional-catalanista, traducido en la «recuperación» del territorio de la mal llamada Corona catalanoaragonesa, cuyo fundamento es además económico, como hemos explicado alguna vez en este blog y que, en lo que importa, recuperaremos aquí.

Los separatistas (llamemos a las cosas por su nombre y dejémonos de pamplinas de “nacionalistas” o “independentistas”) catalanes saben de sobra que ells sols no van a ninguna parte. De la tradicional fortaleza del textil catalán, con sus aranceles proteccionistas y demás, ya no queda prácticamente nada: la mayor parte de empresas están desaparecidas o deslocalizadas en Marruecos, donde por la mitad que en Terrassa se trabaja el doble que allí —gracias al cònsol Àngel Colom, el gegant del PI—. Les mançanes lleidatanes, si alguna vez se despiertan los andaluces del soPERífero régimen socialista, ya se las pueden ir comiendo en Almatret y Camarasa. Las avellanas turcas sustituyen en precio —aunque no en calidad— a las de les Terres de l’Ebre. Y el fuet de Girona, aun siendo original, lo mismo no resiste la competencia de otros embutidos castellanos. Vamos que ni fent país sale la cosa adelante. Por el contrario, una Grosskatalonien que incluyera la rica huerta valenciana con su potencial turístico, el igualmente potente turismo balear y, por lo que se ve ahora, la rica gastronomía aragonesa, igual podría salir adelante.

¿Dónde nos lleva eso? Bien, nos lleva a partir España en unos cuantos cachos. Como recogimos en nuestra entrada «Castilla, la gran olvidada», si dejamos que se formen los cachos catalán y vasco, dejamos también a su aire a los cachos castellanos, que tendrán más motivos para reunirse si quieren sobrevivir: las dos Castillas, Madrid y Santander. Está claro que ninguno de los presidentes autonómicos quiere saber nada de los demás; pero así fue cómo un enemigo externo, que lleva tiempo infiltrándose en España, llegó a hacerse con toda ella.

Poco a poco vamos llegando a la razón de mi titular. Puestas así las cosas, sigamos con la invención. Imaginemos que tenemos unos gobernantes memos que no hacen nada por atajar ese peligro debido a sus intereses personales, que son lo único que les interesa. Pongamos que hay personas que mueven hilos para, desde dentro, romper la resistencia moral y espiritual a ese enemigo externo. Pongamos que ese enemigo externo crece en número porque se le deja y porque en España, como democracia —depauperada, pero democracia al fin y al cabo— cuentan los votos, es decir, el número. Quisiera equivocarme, pero si no se hace nada al respecto, seguro que acabaremos como en el año 1000: la frontera española, en el Tajo; y los españoles (o lo que quede de ello después de su destrucción), mandando cien doncellas a Sevilla para solaz y disfrute de los moros ricos. Preferentemente, niñas, como se sabe y no se quiere mirar en las atrocidades del IS.

Pero a nadie le importa esto. La mayoría cree que cuando pase esto —ante lo cual no habrán hecho nada— criarán malvas y se cumplirá el españolísimo refrán el que venga detrás que se joda. Claro que a lo mejor esos optimistas se llevan una sorpresa.

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Un comentario en “España, año mil (y II)

Gotas que me vais dejando...

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