"La Juani"

No haremos referencia en este artículo a la película de Bigas Luna, aunque hayamos tomado prestado el título.

La «Juani» a la que nos referimos es una Juani psicópata y asesina, que se llevó por delante hace años a veinticinco inocentes (y que después de todo ese tiempo, no muestra signos de arrepentimiento alguno). Es una Juani que, por echarle un pulso al Estado, inició una huelga de hambre. Es una Juani a la que ahora, porque lo dice el TC, hay que alimentarla a la fuerza. No se me olvida que Margaret Thatcher tuvo que enfrentarse a un problema similar: unos presos del IRA se declararon en huelga de hambre. La Dama de Hierro no cedió y murió uno. Los otros, viendo que la cosa iba en serio y que si continuaban podían correr la misma suerte sin que Thatcher cediera un milímetro, desistieron de la huelga. Probablemente, la Juani sabe que hay mucha distancia entre la Dama de Hierro y Bambi. Por eso se atreve a la huelga.

Pues bien, se discutía si a esta Juani había que excarcelarla «por motivos humanitarios». En una democracia normal eso no se plantearía: quien comete un asesinato múltiple y además no se arrepiente debe, como mínimo, seguir en la cárcel. Si esto ocurre fuera de nuestras fronteras, lo menos que le espera a alguien así es la cadena perpetua, cuando no la pena de muerte. Pero en España, salvo en la segunda legislatura de Aznar, siempre se ha tendido a «negociar» con los terroristas por aquello del mito del «consenso». Aquí, pues, como no tenemos pena de muerte ni cadena perpetua, hay que mantenerlo en prisión, a costa del bolsillo de todos.

Abro la página de Libertad Digital. Es un medio «tendencioso», para algunos. Tendencioso hacia la verdad, desde luego; pero esos algunos no pierden ocasión de tildarlo así (el españolísimo y de toda la vida calumnia, que algo queda). Leo la catarata de reacciones producidas tras la decisión de la Audiencia Nacional de mantener a la Juani en la cárcel. No me sorprenden las reacciones del sindicato CSIF o la AVT, felicitándose por la decisión. No es que no comparta su satisfacción; antes al contrario. Pero sí me hago, como cierto oyente de la COPE, esta reflexión: ¿a qué punto hemos llegado que las personas decentes se felicitan por la aplicación y el cumplimiento de la ley? Esto es la normalidad jurídica y democrática, nada más. Es justo que la Juani, asesina de veinticinco personas, siga donde está en vez de obtener beneficio alguno de su situación.

Tampoco me sorprenden del todo las reacciones del otro lado. Sobre todo, las pintorescas de Odón Elorza y de Agustí Cerdá, de ERC. El primero «lamenta profundamente» la decisión. Uno se pregunta cómo María San Gil puede compartir sala con este individuo. Probablemente, son misterios y necesidades de la política. En cuanto a Cerdá, sus declaraciones sí son sorprendentes: el republicano «lamenta» que el Tribunal no haya tenido un gesto humanitario con él. Claro. Si hubiésemos tenido el mismo «gesto humanitario» que la Juani tuvo con sus veinticinco víctimas, a estas fechas ya no tendríamos el problema jurídico-moral que representa la Juani.

Bienvenida sea, pues, esta decisión judicial. Aunque no sea muy cristiano, y aunque Bono se halle en las antípodas de mi «ideario», comparto con él sus palabras sobre este asunto: «Ojalá se hubiera muerto antes».

Mitrailleurs

Ya hemos comentado en este blog que la mayor «genialidad» de la menestra Trujillita fue, en su momento, lo de los «espacios habitacionales». «Espacios» de 30 metros cuadrados, especiales para el lumpen. Bueno, bonito y barato. Natural: según la menestra, un piojoso proletario de esos que no llegan a 1000 euros al mes tiene bastante con 30 metros. No importa que sus ¿habitaciones? se parezcan a un zulo (perdón, ahora se dice «proyecto de zulo») cada una. Son «espacios» con garantía total y absoluta de socialismo.

Un par de años más tarde, nos encontramos (sólo en Cataluña, por fortuna para el resto de España) con las «soluciones alquilacionales» del d’Iznáha. Se conoce que el paso por el Gobierno le ha acelerado las ideas y la «genialidad» es que los pisos vacíos podrán ser alquilados forzosamente (es decir, sin consentimiento del propietario si hace falta) por un período no superior a seis años. El derecho de propiedad que se garantiza en el art. 33 de la Constitución (ésa que estos iluminados aplican cuando les conviene), por el retrete, pues.

Ahora nos encontramos con las declaraciones de la señora Imma Mayol, concejala «eco-socialista» en Barcelona, que «aboga por despenalizar la okupación (sic)». Haciendo caso a la señora Mayol, nada impediría a esos okupas, de desconocido oficio o beneficio, okupar su chalet o segunda residencia, o casa de verano, puesto que su forma de vida no es delito. Pero vamos a un texto histórico, que seguramente hoy tiene resonancias más que evidentes, a cuenta del tema que estamos tratando:

«Todo el que posea más de lo indispensable ha de contribuir con una cuota igual al exceso a los grandes requerimientos de la patria. De modo que habéis de averiguar, de manera generosa y verdaderamente revolucionaria, cuánto tiene que desembolsar cada uno para la causa pública. No se trata aquí de la averiguación matemática, ni tampoco del método vacilante que en otros casos se emplea en la repartición de contribuciones; esta medida especial tiene que llevar el carácter de las circunstancias. Obrad, pues, generosamente y con audacia: quitadle a cada ciudadano lo que no necesite, pues lo superfluo es una violación patente de los derechos del pueblo. Todo lo que tiene un individuo mas allá de sus necesidades no lo puede utilizar de otra manera que abusando de ello. No dejarle, pues, sino lo estrictamente necesario; el resto pertenece íntegro, durante la guerra, a la República y a sus ejércitos».

(Fouché, Instruction de Lyon, 1793)

Y va otra cita. Las siguientes palabras se han extraído de la biografía de Joseph Fouché, le mitrailleur de Lyon, escrita por Stefan Zweig. Encierran una verdad que hoy, cuando algunos están pidiendo «medidas radicales», no deberíamos olvidar. La negrita es mía:

«No pecó por embriaguez de sangre la revolución francesa, sino por haberse embriagado con palabras sangrientas. Para entusiasmar al pueblo y para justificar el propio radicalismo, se cometió la torpeza de crear un lenguaje cruento; se dio en la manía de hablar constantemente de traidores y de patíbulos. Y después, cuando el pueblo, embriagado, borracho, poseído de estas palabras brutales y excitantes, pide efectivamente las «medidas enérgicas» anunciadas como necesarias, entonces falta a los caudillos el valor de resistir: tienen que guillotinar para no desmentir sus frases de constante alusión a la guillotina».

On fait peur ici d’être riches.

Su majestad el Banco

Hace un tiempo, una amiga que tenía en Suiza me explicaba que allí está todo en manos de los Bancos. Yo me llevaba las manos a la cabeza cuando ella me decía que «el Banco es el amo de tu vida»: te da casa, te da trabajo, te da… lo que sea. Y por la misma via que te lo da, te lo quita. Poco menos que feudal, la cosa.

Aquí en España creo que no hemos llegado todavía a esos términos. Pero qué duda cabe de que cuando el poder político está de rodillas ante la Banca (ah, esas deudas que se «perdonan» a cambio de otras prebendas y gavelas: como será el pueblo el que pague…), no hay que esperar de ninguno de los políticos que se afloje la presión sobre el pueblo. Prueba de ello son estas «comisiones» (casi mejor llamarlas «mordidas») como la de la foto. Ni el Gobierno de Zapo, ni el de Aznar, ni mucho menos el de Felipe han podido (o querido) controlar la descarada avaricia de los bancos.

¿Que hay picaresca? Claro que sí. En España siempre la ha habido y ha sido fuente inagotable para la literatura de costumbres y de la que no es de costumbres. Pero cuando lo que no te exige Hacienda de un tajo te lo roba el Banco poco a poco, uno tiene derecho a ingeniárselas, aunque sea dentro de la ley. Y no en vano, la palabra hipoteca hace temblar a muchas familias españolas. Claro que por lo que hace al Banco, es el ladrón más protegido por la ley que existe en España. No pudo surgir sino aquí el dicho de quien roba a un ladrón, ha cien años de perdón.

Hemos colocado la de un banco determinado; pero probablemente, usuarios de otros bancos reciban notificaciones similares. A este paso, volveremos a la baldosa, al calcetín y al colchón… Mientras tanto, Zapo y sus amigos legislan probando a ver cuánto se puede exprimir al pueblo sin que explote la indignación popular.

¡Olé tu pare!

Vaya con la menestra Narbona. Que sale con que quiere «prohibir la suerte final del toro». Para una menestra socialista, ecologista y doctora en Ciencias Económicas, eso es bastante lógico: cree que la realidad ha de ajustarse a lo que ella cree que es. No es tan lógico cuando uno sabe que el padre de la interfecta fue un excelente comentarista de la fiesta nacional. Pero, como siempre, analicemos un poco más.

¿Qué es lo que se podría prohibir de la fiesta? Porque hay que pensar que a estos hijos del «prohibido prohibir» les encanta prohibírnoslo todo. Veamos. Para empezar, se podría prohibir que al morlaco se le afeitaran los cuernos, para que el torero no contara con una ventaja a todas luces injusta y que convierte el festejo en algo innecesariamente cruel. No es malo para la fiesta que el torero sienta el miedo frente a un animal de media tonelada. Así, sólo los que tuvieran vocación se plantarían frente al toro.

Es un poco más difícil decir qué se podría prohibir del festejo propiamente dicho. El público entiende cuándo a un toro se le castiga más de la cuenta. El picador es el que recibe mayores pitos; la suerte de banderillas tiene que ser también limpia, porque de otra forma, el banderillero se lleva también una buena ración de pitos.

Y llegamos así a la suerte final, la estocada. El acto final en el que el torero se pone frente al toro. Momento temido probablemente por muchos diestros. Ahí es donde el torero se agranda o empequeñece para siempre. Lo de «para siempre» es a veces literal: ahí tenemos a Manolete o a Paquirri. También aquí, si la estocada no es limpia y hay que ir al descabello, el diestro pierde la oportunidad de cortar rabo u orejas, con la consiguiente ración de pitos y silbidos.

A lo que voy es que «la fiesta», o se prohibe entera o no se prohibe en absoluto. No se puede eliminar la suerte del estoque sin que la corrida se quede en espectáculo para turistas hipócritamente sensibilizados en contra de lo que ven.

¿Cuáles puedan ser otras motivaciones para «prohibir la suerte suprema»? No la brutalidad o la crueldad, desde luego. Pongamos un ejemplo. No hace tantos años, en un lugar de cuyo nombre no puedo acordarme, ahorcaban un burro y luego lo lanzaban al suelo desde lo alto del campanario de la iglesia. Eso es brutalidad, claro, pero menos: no se ve, no sale en la televisión. Es recomendable que la señora menestra salga de su despacho y recorra España en toda su extensión. Volverá a su despacho con un nutrido catálogo de «costumbres bárbaras» que en sus lugares son tradiciones que nadie ha pensado ni por un momento en eliminar.

Por otro lado, si de «brutalidad» o «crueldad» se trata, ¿por qué no prohibe la progresía desgobernante la de los videojuegos bélicos? Que uno ve los trailers de esos juegos y aparte de la chorrada esa de que «mejoran la coordinación entre el ojo y la mano» (manera fina de decir «donde pongo el ojo, pongo la bala»), asesinar es tan sencillo, tan fácil… El dinero que ganan esas multinacionales de los videojuegos es el que habrá de emplearse después para los hospitales, cuando alguien quiera traspasar la frontera de lo virtual a lo real. De hecho, hay quien ya la ha traspasado: ¿recuerdan al asesino de la katana?

Tal vez otra motivación, menos noble e igualmente socioprogre, es ir eliminando lentamente los signos de la identidad nacional española. O no tan lentamente. Ya quitaron el toro de Osborne. La religión católica, que formó en mucho parte de la identidad del español de a pie (con o sin nacionalcatolicismo) es otro objetivo a batir. Ahora se quieren cargar a los toros de carne y hueso.

Los antitaurinos, analizando una vez más, resulta que no es que estén en contra de la fiesta, sino de un metasignificado que no se entiende fuera de nuestras fronteras. Están en contra de la España tradicional en blanco y negro que nos legó el franquismo. O están en contra, simplemente, de la idea de España, como les ocurre a bastantes antitaurinos en tierras catalanas. Y como el toro pertenece a la esencia profunda de lo español (más allá de la propaganda turística de toda la vida) hay que borrarlo, sencillamente. Ahora resulta que ser pro-taurino significa o se identifica para algunos con «ser español y de derechas». Hay que ver a qué extremos lleva la dialéctica socioprogre

A la menestra Narbona, no obstante, le han salido respondones desde sus propias filas. En Andalucía le han venido a decir que ni se le ocurra quitar la fiesta, ni a plazos ni en pago único. En Andalucía, los socialistas conocen bien el impacto que causaría una tal medida. Veremos quién podrá más.

Formación ocupacional

No es para cualquiera. No son másters (ni del universo, ni de otra cosa que se le parezca). Son cursos diversos: de «ofimática», de «auxiliar de psiquiatría», de cualquier materia que al amable lector se le ocurra. ¿Sirven? Claro. Sirven porque «nunca te acostarás sin saber una cosa más». Sirven porque así tienes la ilusión de estar haciendo algo, de «prepararte», en vez de tocarte los huevos frente al televisor o el ordenador sin hacer nada. Sirven, incluso, para conocer gente que está pasando más o menos tu misma situación (no, para ligar no sirven).

Pero, sobre todo, sirven al que te da el curso o cursillo (como si la ofimática se pudiera dar en cuatro meses), porque cobra. Sirven al director del centro o academia donde se imparte el cursillo, que recibe la correspondiente subvención, bien sea autonómica, estatal o europea. Que se lo pregunten, si no, a Fidel Pallerols: por desgracia para UDC, el cas Treball (desviación en el 2000 de fondos de la UE destinados en principio a formación ocupacional en Catalunya por funcionarios de la Conselleria de Treball de la Generalitat, entonces feudo de UDC) sigue coleando en los juzgados. Sirven al conseller o político de turno, porque a los que están inscritos o realizando un curso de ésos ya no tiene que contarlos como «parados» y puede presentar ante los votantes y ante sus jefes unas cifras «decentitas».

Nos acercamos peligrosamente a los dos millones de parados. Los problemas que la población percibe como más importantes, aparte del terrorismo, son el paro y la vivienda. ¿Qué hace el gobierno de Zapo y, en el caso catalán, ese monstruo de tres cabezas llamado Tripartito II? Zapo negocia con los terroristas; o más bien se baja los pantalones ante ellos (que te calles, coño, que si no Pepiño va a hacer restallar el látigo). Y el Tripartito II se dedica a proponer la confiscación de viviendas a lo «Doctor Zhivago», con un Carod que se cree una especie de Strelnikov redivivo.

A ver si va a pasar como en la película. Vaya, vamos a imaginarlo. Pongamos a Carod Rovira la estampa de Tom Courtenay (el actor que magníficamente interpretó el personaje de Strelnikov). Su camarada compañera, Lara Antípova, le pone los cuernos con el protagonista (se corren apuestas sobre quién podría representar a Yuri Zhivago). Situémonos al final de esa gran película, con Strelnikov-Carod caminando sobre la nieve, desarbolado, desgañitándose: «¡No soy Carod-Rovira! ¡Soy Pérez García! ¡Soy hijo del Cuerpo! ¡Soy Pérez García!». Caramba, David Lean era un profeta, además de un genio.

¡A la cárcel!

Éste es uno de esos casos en el que la realidad pone contra las cuerdas a la ley. Un vigilante jurado dispara e hiere de muerte a un presunto atracador. El atracador no va solo, sino que hay otros actuando conjuntamente con él. Sus intenciones de no irse con las manos vacías están claras. El vigilante, pues, haciendo uso de su arma reglamentaria, dispara y según decíamos antes, le hiere de muerte. Lo que a continuación sucede sólo se puede explicar en España: el vigilante es condenado por homicidio premeditado y la viuda del muerto se persona en el juicio como «acusación particular».
¿Cuál era la mejor argumento del vigilante? La legítima defensa, por supuesto. Pero veamos qué dice el Código Penal…
Art. 20.4 del Código Penal de 1995
El que obre en defensa de la persona o derechos propios o ajenos, siempre que concurran los requisitos siguientes:
  1. Agresión ilegítima. En caso de defensa de los bienes se reputará agresión ilegítima el ataque a los mismos que constituya delito o falta y los ponga en grave peligro de deterioro o pérdida inminentes. En caso de defensa de la morada o sus dependencias, se reputará agresión ilegítima la entrada indebida en aquélla o éstas.
  2. Necesidad racional del medio empleado para impedirla o repelerla.
  3. Falta de provocación suficiente por parte del defensor.

De acuerdo siempre con la ley, para «no sufrir el peso de ésta», debe actuarse de la siguiente manera:

a) Esperar a que el delincuente penetre en casa de uno (para que se dé el requisito de la «entrada indebida», sin el cual es inaplicable esta eximente).
b) Cerciorarse de que el delincuente va armado para, en su caso, responder a la entrada ilegítima y/o cualquier otra agresión de forma «proporcionada» y «racional».
c) No provocar de forma «suficiente» al delincuente.
d) Entretener al delincuente hasta que de todos modos lleguen las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado (Mossos, Policía, Guardia Civil) y se hagan cargo de la situación.
Pero no acaba aquí la cosa. No lo sé con seguridad, pero probablemente la viuda haya solicitado lo que en términos forenses se denomina «sustanciación de pieza de responsabilidad civil». O traducido a román paladino: que la «indemnicen» por la muerte de su marido. Aun con el debido respeto a las resoluciones judiciales, esto nos parece ya agregar el insulto a la ofensa.
Según se deduce de las noticias que van llegando, existe una gran sensación de inseguridad en la zona. Pero resulta que sólo sale a la luz cuando atacan a unos joyeros, gente importante de la región. Si esos delincuentes se hubiesen atrevido con alguien «menos importante», los hechos no hubieran salido prácticamente en todos los telediarios.
Al señor Saura, el «ecosocialista» conseller de Interior, le crecen los enanos. Entre los okupas de La Makabra, a los que no puede reprimir porque se lo impide su religión, y las bandas del crimen organizado, que parecen demostrar que el desorganizado es él, los ciudadanos no nos sentimos nada seguros. Cosas del Tripartito II y de la realidad virtual en que se ha instalado. Y mientras, el señor Corominas a la cárcel, por «homicida de albanokosovares». Los normales, a la cárcel; los anormales, a andar sueltos por ahí.

Sociedad civil

Valiente expresión esa de «sociedad civil». Como expresa Enrique Puchet, la expresión tiene su historia y se ve entroncada en primer lugar con lo económico, en la contraposición entre «burgués» y «político».

Prescindiré, no obstante, de las implicaciones filosóficas de la expresión, bien explicadas por el señor Puchet. A mí eso de «sociedad civil» siempre me trajo el aroma de los «representantes o prohombres de la ciudad», algo así como el Consell de Cent barcelonés. Luego, pensándolo mejor, llegué a la conclusión de que a la sociedad «no había que ponerle adjetivos», puesto que todos somos miembros de la sociedad. Ahora pienso, incluso, que el uso de esa expresión por ciertas personas de ideología nacionalista tiene un sentido excluyente; y específicamente, de los militares, a quienes algunos descerebrados consideran «miembros de un ejército de ocupación».

Vayamos poco a poco llamando las cosas por su nombre…

Curiosidades varias

Lauren Postigo

La semana comienza llena de noticias. La primera tanda es de dos obituarios que nada tienen que ver entre sí: por un lado, el de Augusto Pinochet, personaje idolatrado por algunos y temido y odiado a partes iguales por todos los demás chilenos, según mi concepto; por otro, el discreto deceso de Lauren Postigo, que extrañamente coincide con los fastos del cincuentenario de TVE, «la única» en los años en que Cantares llevaba su andadura triunfal (quien tenga alguna edad se acordará de que el programa se iniciaba con el pasodoble Suspiros de España y que se grababa o emitía desde el Corral de la Pacheca). Como siempre, en España uno tiene que morirse para que lo recuerden.

Y luego… pues… todo lo que está saliendo del 11-M. Parece que ahora el señor Vera (Rafael) sabe más del 11-M de lo que los españoles pensábamos. Igualito que con el GAL, oiga. Y que tal vez si habla, nos enteremos de una puñetera vez de quién, cómo, cuándo, dónde y, sobre todo, por qué. Lo más probable es que no caiga esa breva, mucho menos teniendo en cuenta el rifirrafe de Pepiño con José Antonio Pastor, del PSE a cuenta de unas «mentiras». Y obvio que eso, frente al esperado fallecimiento de Pinochet, no es titular de primera página. Cosas de este país…

(algunos estarán contentos de que este post «casi no hable de política»…)

Moros

Vaya por delante que no tengo nada en contra de los musulmanes, tan respetables para mí como judíos, evangélicos o budistas mientras no cometan delito alguno. Pero sí quisiera comentar la actitud de algunos gobiernos árabes y actitudes de nuestro desgobierno en lo que se refiere a la «cuestión árabe».

Lo primero que me llama la atención es que hace tiempo nos hemos enterado de que en algunas escuelas de Marruecos se enseña que «España es el paraíso perdido, que hemos de recuperar«. Esto no es en sí mismo «peligroso»; pero cuando esa afirmación también está en el ideario de Al-Qaeda, la cosa toma otro matiz muy distinto. ¿Acaso debe algo el gobierno a países como, un suponer, Marruecos?

En segundo lugar, me llama la atención la especial protección de que goza todo lo musulmán por parte del gobierno, directamente proporcional a la cantidad de ataques que reciben la Iglesia y la religión católica. Hemos sabido (hace tiempo y ya no ha vuelto a salir, por cierto) que «por orden superior» en algunos ayuntamientos socialistas se han reservado terrenos para que los musulmanes construyan sus mezquitas (aunque se trató de mantener en secreto). En las escuelas se lamina poco a poco la enseñanza de la religión católica y, por el contrario, se permite la de la religión islámica.

Pero vamos a ver. Para empezar, ¿existe reciprocidad religiosa? Es decir, ¿puede cualquiera enseñar la religión católica, vamos a suponer, en Marruecos? ¿Reserva acaso el gobierno marroquí parcelas para que los católicos construyan una iglesia, ermita o monasterio si hace al caso? Me parece que la respuesta es negativa. Hay toda una propaganda destinada a convencer a los «infieles» de que la religión musulmana es «tolerante». Pero está demostrado que allí donde los musulmanes gobiernan no hay sitio para nadie más. Uno a cero en contra, pues.

En segundo lugar, ¿existe reciprocidad política? Como todo gobierno musulmán que se respete, estamos ante un gobierno teocrático y confesional. No hay separación entre religión y Estado, de tal suerte que el Corán es ley civil en esos Estados. Lo que significa que un delito no es solamente un hecho contra el Estado, sino un pecado contra la ley de Alá. Y que las penas que se aplican a cada hecho ilícito son las que prescribe el Corán, que como libro «de inspiración divina» que es, no se ha modificado gran cosa desde que se escribió. Por eso es «normal» que los castigos allí mencionados sean, entre otros, los latigazos, las lapidaciones o las mutilaciones corporales. Dos a cero en contra.

Y otros puntos más que cabría mencionar. Pero todo esto se pone de relieve con la visita del Papa a Turquía, el más «europeo» de los países musulmanes. Cuando hacen falta ¡16.000 policías! para proteger al Papa, prevenir posibles atentados y evitar desórdenes públicos, se echa de ver cómo está el patio. ¿Éste es el país al que Francia quiere a todo trance meter en Europa, ayudado por nuestro inefable ZP?

Y los imames siguen predicando la Jihad (guerra santa a los infieles) como el primer pilar de su religión, aunque lo prediquen sotto voce en España y en otros países europeos porque eso es como incitar a la guerra.

Para acabar, resulta que yo como extranjero en su país «tengo que respetar sus costumbres» porque si no, me va a caer un buen puro. Y en mi propia casa tengo que respetarlas también porque si no, voy a ser tachado de «facha, cavernícola, intolerante, sectario» y de no sé cuántas cosas más. Es decir, tengo que respetar que «no se integren». El papanatismo progre vigente me obligaría a respetar leyes, usos y costumbres que no sólo no son las mías sino que van en contra de los más elementales derechos humanos (que se lo pregunten a las mujeres o a periodistas como Ali Lmrabet) y a despreciar las mías propias por «retrógradas» y, por supuesto, por «fachas».

Con estos presupuestos, uno entiende la postura anti-islámica militante de Oriana Fallacci.

Hasta el gorro

Situación: Exterior día. 12 del mediodía. Cola de un establecimiento público cualquiera.

Empleada 1 (hablando por el móvil): ¿Ah, sí? ¿Entonces Pepita le arreó un sartenazo en la cabeza cuando él le confesó que le había puesto los cuernos? No me digas… Ah, pero yo sé que ella también le puso los cuernos, porque el otro día me encontré con una amiga de muchos años y me comentó que Carmencita andaba con un señor que le pagaba el piso y las vacaciones y que ya le estaba diciendo que si se venía ella con los niños y dejaba al capullo de su marido y…

Cola: ¡Vengaaaaaaaaaa, que es pa’ hoy! ¡Que no tenemos todo el día! ¡Será posible! ¿Es usted socia de honor de la timofónica o qué?
Empleada 1 (protestando): Pues es que mi cuñada me está contando un caso muy escabroso. ¿Pueden esperar un poco, por favor?

(Se oyen resoplidos de resignación)

Empleada 1: Sí, es que tengo cola aquí esperando, pero tú cuenta, cuenta, que ellos se esperan también. (Sigue la conversación telefónica). Ajá… Sí, claro, varios puntos de sutura. ¿Y luego se reconciliaron? (Con mucho aspaviento). ¿¿¿Se lo dijo??? ¡Qué horror, Mari, qué horror! Pero se reconciliaron, que es lo que cuenta. ¿Qué me dices? ¿Ahora van a un consejero matrimonial? Pues no sé yo, ¿eh?, no sé yo… Porque la vecina del cuarto me dijo que fue a un consejero de ésos y no creas que le fue tan bien. Ah, ¿pero les pone deberes? Bueno, me lo cuentas más tarde que aquí tengo a mi supervisor y tiene cara de enfadado.

Supervisor: La cola se alarga hasta el final del establecimiento. Queda usted despedida, señorita. (Se oye una tempestad de aplausos).

¿Alguna vez han pasado una situación parecida?
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