El balance (III)


Dirían los cantares de ciego: «Y sigue la relación». Hoy trataremos uno de los indicadores más importantes de la salud (conjuntamente con la sanidad, la vivienda, las obras públicas y la seguridad ciudadana) de un Estado, a saber: la educación. Puede decirse no hay tema más maltratado, desde que estamos en democracia, que la educación de nuestros niños y jóvenes. Decía Pitágoras (sí, el del teorema): «Preocúpate de los niños y no tendrás que preocuparte de los mayores».

La educación es uno de los pilares de la hegemonía política, como ya escribió en su momento Antonio Gramsci. Por ello, aunque por ahora España no es «de izquierdas» (lo es su Gobierno), sí lo es su educación, que no tiene en cuenta la realidad y pretende imponerse a ella. Últimamente el PSOE ha perdido la vergüenza y en vez de la lluvia fina a la que nos tenía acostumbrados, pretende ahora adoctrinar directamente en el izquierdismo más rancio (el soviético de los años 50, extendido, como se sabe, a todo el Este europeo). Lo que significa que el PSOE pretende fabricar nuevos votantes de izquierda; o por lo menos, votantes que se sientan muy culpables de no votar o votar a «la derecha», de la misma forma que la publicidad pretende formar consumidores conspicuos desde la más tierna edad. En ninguno de los dos casos, pues, pretende formar ciudadanos o hombres libres, sino súbditos. Súbditos de sus pulsiones, sus pasiones y sus reflejos condicionados a lo Pavlov.

Se cargaron la educación anterior por franquista, sin considerar si bastaban unas adaptaciones al nuevo estado de cosas en vez de desmantelarlo todo sin más. Por ejemplo, la educación básica obligatoria finalizaba a los 14 años, momento en el cual el joven ya tenía que decidirse por seguir hasta la universidad o aprender un oficio. Hoy se está hablando de prolongar la educación obligatoria hasta los 18. ¿Por qué? Eso está bien para los chicos que quieran llegar a la universidad. Pero aquellos que a los 14 ya han decidido que no quieren volver a tocar un libro, ¿por qué tienen que aguantar 4 años –hoy dos– más en una situación que saben de sobra que no es la suya? Del aburrimiento al conflicto no hay más que un paso y así es como lentamente se va degradando la calidad de la educación. Padres dimitidos y profesores sin autoridad (pobre de aquel que pretenda ejercerla) hacen de los chavales unos tiranuelos consentidos por la gracia del dios de los progres y de su ley, la LOGSE.

Llegar a la Universidad no es mejor. Una institución que en su conjunto debía ser faro de la sociedad, está cegada por el oscurantismo, la envidia y la mediocridad, cuando no contaminada políticamente hasta la médula. De eso se libran –no mucho– las enseñanzas científicas porque por algo son más neutras. Pero las humanísticas dan grima. ¿Cómo se pueden dar vivas en una Facultad de Políticas al tirano compañero Evo Morales, discípulo del tirano compañero Fidel?

Pero esto no es todo. Resulta que aprovechando que la Constitución reconoce la existencia de «nacionalidades y regiones» y que el Pisuerga pasa por Valladolid, algunas comunidades han hecho lo propio y han adoctrinado en sus fabulaciones míticas y/o pseudohistóricas a multitud de jóvenes, con el importante resultado de la desafección nacional a la patria real y la adoración a un fantasma. Fantasma sangriento en algunos casos, conocidos de todos, que exige incluso sacrificios humanos.

He aquí, pues, el papel que le corresponde a la educación en cuanto cohesionadora de la nación. Y la dejación correspondiente en nombre de lo políticamente correcto que se ha ejercido desde que estamos en democracia. Cuando Esperanza Aguirre fue ministra de Educación, consciente de lo anterior, quiso promulgar un Decreto de «unificación de las Humanidades», las primeras que se le tiraron a la yugular fueron obviamente las comunidades nacionalistas, que vieron peligrar su obra de desafección y de reeducación.

Tampoco el ministro actual del ramo, Ángel Gabilondo, que ha sido fraile antes que ministro, está por la labor de arreglar el entuerto –los de siempre le habrán dicho «no nos toques las narices si quieres tener la fiesta en paz»–. No parece importarle mucho que un chaval catalán entienda que más abajo del Ebro y más a la izquierda del Noguera Ribagorzana no hay más que el caos o, en el mejor de los casos, el extranjero. Pero lo cierto es que sin una educación de calidad, un país está abocado al desastre. Y diríase que hay interés en ello, aunque quien lo sabe calla. Y cuando sobrevenga el desastre hará las maletas.

Quisiera terminar con una cita, aviso para navegantes, del escritor William Drummond:

Quien no quiere razonar es un fanático; quien no sabe es un tonto; quien no se atreve es un esclavo.
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2 comentarios en “El balance (III)

  1. Te cito:Y diríase que hay interés en ello, aunque quien lo sabe calla.No lo dudes, existen intereses en que la enseñanza sea cada vez peor.A un ignorante se le maneja mejor que a una persona bien preparada.Salud.

  2. Querida Leona:Pues sí, pero yo apuntaba, aparte de los obvios (que son los que tú citas), a otros intereses más allá de nuestras fronteras.Saludos,Aguador.

Gotas que me vais dejando...

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