Cariño, han imputado a la niña


Creíamos que no llegaría. Después de oír sandeces como que «no había que imputarla para no estigmatizarla», resulta que ya por fin parece que el juez Pedro Castro ha encontrado los «indicios racionales de criminalidad» en el comportamiento de la Infanta respecto de los trapicheos de su marido. A muchos de ustedes y a mí nos chocaba que, siendo nada menos que la secretaria de Urdangarín, no estuviera al tanto de las idas y venidas de éste ni de los papeles que firmaba. Lo peor: que consintió en que su marido usara el nombre de la Casa Real para llevar a cabo (pingües) negocios. El dejar caer el nombre de la Casa Real era un talismán infalible para que tirios, troyanos y mediopensionistas (hasta los de ERC, que ya es decir) se avinieran a tratar con ese hombre, todavía Duque de Palma (¿por qué no le han despojado del título aún, si éste no depende de la peripecia judicial?).

En este caso, como en tantos otros, bien se puede decir aquello de que «lo que mal empieza…». Repasando brevemente la historia, Urdangarín había sido un atleta de élite: jugador brillante de la sección de balonmano del Barça y digno representante en la Selección absoluta, todo hubiera quedado ahí si la Infanta Cristina, la lista, no se hubiera encaprichado de él. Tenía sus cosas, su carrera de Empresariales, su novia… nada fuera de lo normal. Pero la niña se encaprichó del chico y éste, que vio el cielo abierto, se dejó querer. A partir de ahí esa «corta vida feliz» se fue a hacer puñetas. Vendió un restaurante que tenía a medias con otro socio, la carrera quedó sin terminar y plantó a la novia, que no se enteró de que la plantaban hasta que vio cómo el novio se casaba por la tele con otra.

A partir de aquí, Urdangarín asciende rápido. Tanto, que, de jugar al balonmano pasa a jugar al sobreenmano (deporte en que Bárcenas ha demostrado sobradamente su pericia). Y empieza a sufrir mal de altura: síntoma de ello son las malas compañías de las que se rodea. Eso suele ser el principio del fin. No era mal consejo el que daba Inés a Gabriel de Araceli en La corte de Carlos IV:

Pero, señor duquillo -contestó ella jovialmente-, si esa personita le sube a Vd. será como si un águila o buitre cogiera por su concha a la tortuga para llevársela por los aires. Sí, te levantará: pero cuando estés arriba, el pájaro que no va a estarse toda la vida con tanto peso en las patas, te dirá: «Ahora, niño mío, mantente solo». Tú moverás las patucas, pero como no tienes alas, pataplús, caerás en el suelo haciéndote mil pedazos.

Presupondremos acertadamente que Urdangarín no se entretuvo ni un minuto en leer esa famosa Primera serie de los Episodios Nacionales de D. Benito –tal vez otro gallo le hubiera cantado de haberla leído y entendido–. Creería él, y no se equivocaba, que formaría parte de ellos; sólo que no en la forma en que él imaginaba. En cuanto a la nena, todo un carácter, resulta que sí estaba enterada de todo. Los e-mails de Diego Torres la dejan a los pies de los caballos; y no siendo protegida por la ley, su persona no es inviolable. Por otro lado, si la justicia ha de ser «igual para todos» y la nena ha cometido una pifia, nada, ni siquiera el pudor de tocar a la Casa Real, debe impedir que sea imputada.

Déjenme apuntar, para profanos en la cosa, que el hecho de que esté imputada (o «imputeada», como dirían Los Clones) no significa necesariamente que sea culpable de aquello que se le acusa. La culpabilidad no viene determinada por la imputación, sino por la sentencia, por mucho que a ciertos especímenes de pedrada y terronazo fácil les fastidie. Recordemos, además, que el juez Castro no será quien pronuncie esa sentencia: a él le cumple solamente instruir la causa. La sentencia, en todo caso, será dictada por el órgano judicial colegiado que corresponda (Audiencia Provincial de Palma, si no voy equivocado).

Las implicaciones de la imputación son diversas y ninguna buena. El impacto de la misma en la reputación de la Real Casa y Familia es brutal, sobre todo por la «ultraactividad» de este annus horribilis (en puridad, casi 2 años y medio, 27 meses desde que se inició el culebrón). La honorabilidad de la Casa Real está en entredicho, y por ende la del Jefe del Estado. Más aún cuando, adyacente al «escándalo Nóos» nos enteramos de ciertas correrías de éste en Sudáfrica y con «amigas entrañables» y tal y tal… a pesar de que se ha intentado contrarrestar con noticias favorables (lo del AVE de la Meca… que al final resultó ser gracias a una mediación corina).

En otro orden de cosas, el cirio que se ha montado sirve para que los de siempre vuelvan a enredar con la «matraca de la República». Que si la Monarquía es una institución obsoleta, que hay que «modernizarse»… En el fondo creen, como creíamos antes muchos de nosotros durante el franquismo, que con la democracia se arreglarían todos nuestros problemas y que ataríamos los perros con longaniza. Si a esto le añaden que la «república» en la que están pensando no pocos de ellos es la de 1931, ese régimen asesino, ya me dirán ustedes si es mejor «quedarnos como estamos» o «cambiar a peor».

Así, pues, las tornas han cambiado. La que decíamos que era la tonta ha resultado ser la más lista, porque se ha desembarazado del marichalao y lo tiene a raya (o mejor dicho, sin rayas) con un par y ha conseguido mantenerse alejada de los focos de la prensa. La lista resulta que se ha pasado de rosca y ahora está en caída libre. Y el Príncipe, con un pie en el trono y el otro colgando, esperando la abdicación de su señor padre. Abdicación que podría llegar, según dicen las malas lenguas, este mismo junio. Que visto cómo está el patio, tal vez debiera de plantearse seriamente. Tal vez deberíamos dejar de considerar la Monarquía como el preciado juguete de mírame-y-no-me-toques de sus monárquicos y/o juancarlistas seguidores como Ansón o Ussía entre otros.

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3 comentarios en “Cariño, han imputado a la niña

Gotas que me vais dejando...

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