A rey muerto, rey puesto


Vaya por delante que éstas son reflexiones de urgencia ante un hecho que hace pocas acaba de producirse: la abdicación del Rey, en un momento en que nadie se la esperaba. Más allá de la opinión del professor Perich de que ésta «es una frase decididamente monárquica», a lo que estamos asistiendo es al relevo generacional en la Jefatura del Estado. Tal y como opinaba Carlos Cuesta, ahí debería quedar la cosa en una democracia madura y bien asentada. Y un servidor de ustedes cree también que para muchos españoles de bien es así.

No obstante en nuestro sistema político, que está muy verde para ciertas cosas, no es eso lo que ha ocurrido. Fijémonos en Holanda: la ciudadanía y el estamento político aceptaron con normalidad que la reina Beatriz abdicara en la persona de su hijo Guillermo y fuera del acto institucional y algunos fastos protocolarios, ahí quedó todo. Y la vida sigue y no pasa nada.

¿Y en España? Bien, aquí ya se sabe que semos diferentes y que no podíamos ir por el mismo camino que Holanda o Dinamarca. Aquí se ha abierto una ventana para que aquellos que piensan en realidad «quítate tú pa ponerme yo» se dejen ver, igual que hace cuarenta y tantos años sus padres corrían delante de los grises (gran mérito, por cierto). También se ha abierto una ventana para abrir el melón de la discusión entre Monarquía y/o República. Y sepan ustedes que me da la risa ver al comunista Cayo Lara y a otros como él abogar por la democracia participativa. Es señal inequívoca de que no pinchan ni cortan y que su esperanza es la de siempre: la de pescar en río revuelto.

Y todo por una razón: la Monarquía molesta a muchos. Aquí son legión los que opinan que «la Monarquía es una institución medieval y desfasada». Están exigiendo pidiendo que «haya un referéndum», que «hable el pueblo» y toda esa palabrería de izquierdas que ya sabemos dónde termina. Sin dejar de mencionar que mucha gente que berrea no tiene ni repajolera idea de historia de España y ellos, «lo que han oído en la tele» (me puedo imaginar dónde).

Por otro lado, observo que el detalle de esta discusión está en que muchos hablan de quitar y no de poner. «Hay que mandar al exilio a la Monarquía», «Fuera la Monarquía», «Muerte al Borbón» (sí, esto lo lo dijo un diputado de ERC: si no voy equivocado, el indecible Tardà, aunque luego se preocupó de matizar que «no era el actual, sino su antepasado Felipe V»). La Monarquía, hoy convertida en chivo expiatorio de todos los males de España. Pero hay que separar la institución de su titular. Es verdad que la conducta del titular no ha sido últimamente muy ejemplar; pero eso no significa que haya que echar por la borda la institución.

Siguiendo esta línea uno, inocentemente, se pregunta: «Bien, quitamos la Monarquía. ¿Y qué ponemos?». La respuesta entusiástica de algunos será: «¡La República, naturalmente! ¿De qué planeta se ha caído usted?», con los habituales aplausos y muestras de conformidad. «De acuerdo, ponemos la República. ¿Qué clase de República?». Esa pregunta hará que se calle por lo menos la mitad del respetable. Y ahí permítanme que rompa una lanza por la República. Estaría de acuerdo con la forma republicana de Gobierno… si esa república se estructurara al modo alemán o estadounidense. En ambos países la unidad está por encima de cualquier pretensión territorial y a los payasos de Mas y sus mariachis ya les habrían metido en la cárcel (Urkullu a un paso y poniendo las barbas a remojar, por si las flies). En esos países el concepto de Nación no es ni discutido ni discutible. Por ahí podría yo entender que camináramos por la senda republicana.

Pero obviamente los tiros no van por ahí en España. Aprovechando la tradicional adicción de los españolitos a la tabula rasa y aprovechando la coyuntura actual de desafección política, algunos venden el humo de que «con la República se acabarán todos los males de la nación». Por supuesto, no van a dar a Felipe VI ni un día de cortesía –tarea tiene por delante si quiere devolver el prestigio a la institución–: de eso dependen sus opciones de encaramarse a la parte alta del tótem. Añadamos otro detalle: las manifestaciones de esa izquierda que ahora pide «república» y exige «referéndum» han estado llenas de trapos tricolores y de banderas soviéticas. Todo ello tiene el efecto inmediato de devolvernos a los años 30. Años en que los «revolucionarios» fagocitaron la idea republicana y la consideraron como un paso previo a la dictadura del proletariado (gracias al cabronazo de Largo Caballero).

Ahí es a donde esos irredentos (desde que perdieron la guerra civil) y apátridas (desde que se derrumbó la URSS) nos quieren llevar. Y yo digo, alto y claro, NO. No quiero volver a ese régimen asesino y torturador de 1936-1939. Por supuesto que la Monarquía es manifiestamente mejorable. Y tal vez el futuro rey Felipe VI pueda limpiarla, aunque sea como el hercúleo trabajo de los establos de Augías. Pero entre esa monarquía imperfecta aunque mejorable y el enganche con la II República no tengo ninguna duda.

Y de poco servirán los lamentos de aquellas personas que apoyan entusiásticamente la República (si finalmente se camina hacia eso), cuando vean que la izquierda más sectaria y radical la ha fagocitado, al igual que hizo con el 15-M y otras protestas aparentemente espontáneas. Ni por un momento pienso que desaprovecharán la ocasión. No valdrán sus «No es esto, no es esto…» al modo orteguiano, cuando lamenten haber ayudado a destapar la caja de los truenos. Hitler tenía un nombre para esta clase de personas: «Idiotas compañeros de viaje». Valdría más que recordaran el cuento del escorpión y la rana.

En lo que a mí respecta, pues, viva el futuro rey Felipe VI… mientras demuestre que merece el cargo que le van a dar y limpie esos establos de Augías en que se ha convertido la institución.

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