Demolition Man (I)


Vaya por delante que no he visto esa película y que, por tanto, no sé cuál es su argumento. Lo que sí empiezo a colegir, dentro de mi limitado conocimiento, es que el título cuadra admirablemente a Mariano Rajoy Brey y a toda su pandi (que diría Federico) de secuaces eficaces.

A día de hoy ya no tengo ninguna duda de que Mariano está esforzándose y mucho en que conseguir que al PP «no lo reconozca ni la madre que lo parió», Y que lleva años con esa labor, solo y —sobre todo— en compañía de otros. Alguien le habrá dicho, cual maquiavélico Merlín: «Si quieres dominar el PP, tienes que borrar la sombra de tu predecesor». Recuerdo al Mariano de los primeros tiempos como presidente del PP: se quejaba de que «no tenía equipo propio». Naturalmente, hombre. Todo el equipo que había cuando llegó era de Aznar. Y aguantó cuatro años con ellos. Todo cambió especialmente con la segunda derrota de Mariano, que no del PP. Desde entonces Mariano se ha esforzado en reconstruir el PP a su imagen y semejanza.

Así que Mariano, auxiliado por su pandi de secuaces eficaces, se ha dedicado a deconstruir el PP y convertirlo en un partido adecuadamente progresista, En Cataluña no le costó mucho, la verdad. Después del gran trabajo de Josep Piqué («Vamos a Más») Laminado Vidal-Quadras, cuyo último servicio a Mariano ha sido enredar lo indecible en VOX con ayudas sorayas, quedaba poner a alguien sumiso a Madrid. Se organizaron unas «primarias», en las que había dos candidatas: la «oficial» (Sánchez Camacho, hoy con los dedos pillados por cuestiones de método) y la «aspirante» (Supermontse Nebrera, hoy poco menos que missing in action), mandándose a Jaguaryou Mato para controlar que saliese quien tenía que salir la regularidad del proceso.

En el País Vasco costó más, porque una María San Gil rocosa y apoyada por Jaime Mayor Oreja se oponía a los postulados progres de Madrid. No hemos olvidado la ofensa de un imbécil (por muy Secretario de Estado de Cultura que sea) preguntándose «de dónde coño ha salido esta tía». La campaña fue de lo más denigrante: pero bastó mandar a Europa al protector y se acabó la broma. Ahora el PP vasco es un partido adecuadamente progresista: el partido de Potxolo-y-Borjamari, que camina, como su homólogo catalán, hacia la irrelevancia tras haberle sido extirpada la ideología, que era lo que le daba consistencia.

En Andalucía, tras tantos años de instalación en la cómoda oposición, Arenas se convirtió en el hombre que pudo reinar… y al que un rejonazo fiscal de su paisano Montoro descabalgó fulminantemente de su ruta hacia la victoria. Andalucía es para el PSOE y no se hable más. Así se reparten unos y otros el pastel. Luego se enfadan porque desde el PP madrileño —ya llegaremos a él— les dicen que «más vale que se dediquen a ganar, que llevan perdiendo durante 30 años». Por si faltara algo, el dedazo de Rajoy ha señalado a un señor con nombre de árbitro, candidato a que le saquen la tarjeta roja y que ha mejorado las expectativas electorales del PP andaluz en 17 puntos negativos (según la última encuesta a día de hoy).

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