Adicto (II)

Las redes sociales son un intento de rellenar la soledad de tantas personas. Sin embargo, no deja de ser cierto que siguen solas. Hablarles de Dios y de cómo Él puede llenar su vida de verdad es tontería y trabajo perdido. Como mamíferos que somos (ahorro a ustedes el chiste fácil de que «algunas personas son más bien reptiles») necesitamos del sentido del tacto. Del abrazo, del beso. Las redes sociales han convertido el abrazo, el beso y el ir cogidos de la mano en una ocasión perfecta para pillar cualquier tipo de bacteria. Y las series televisivas refuerzan ese concepto eliminando esos gestos de cariño —siempre sospechosos— del guión. A la hora de la verdad, resulta que nos damos cuenta de que no hay nadie a nuestro alrededor. Los vapores de la borrachera retisocial se desvanecen como humo al viento y uno se da cuenta por fin, de la cruda verdad:


Con suerte uno se da cuenta en algún momento de esta cruda verdad. O, como en mi caso, necesita que alguien le ponga el espejo delante y le diga: «En esto te has convertido». Y uno sabe que es un adicto por la cantidad de resistencia que opone a admitir que está metido hasta el cuello.

No obstante, hay una dimensión más preocupante de eso de las redes sociales. Toda borrachera es mala, incluso la de soledad. Y puede ocurrir que en medio de esa borrachera de soledad uno haga tonterías simplemente por el ansia de pertenecer o formar parte de algo, sentir que es alguien (los “likes” suelen dar esa especie de medida). Uno empieza a dar información que no daría bajo tortura. Es uno mismo el que la cede; nadie le obliga a ello. A cambio de ese falso sentimiento de pertenencia, uno cede esa información. Cuanto más íntima es esa información, más nos conoce aquél a quien se la damos.

¿Problema? Que esa información no es exactamente “privada”. Esto lo saben muy bien las grandes empresas, con el manejo actual de lo que se llama big data: gestión de grandes cantidades de información en un tiempo relativamente breve y que permite generar estrategias de venta. ¿Cómo es posible que una empresa (idealmente grande) sea capaz de predecir que uno va a comprar uno de sus productos? ¿Cómo están tan seguros de vendernos algo que vamos a ser incapaces de rechazar? ¿Tan íntimamente nos conocen? Pues sí.

Otro grupo no menos interesado en ese big data e incluso más peligroso que las grandes corporaciones son los Estados. Al Estado le interesa lo que uno piensa: en el mejor de los casos, porque acudiendo al marketing político puede vender las bondades de su gestión. En el peor, puede neutralizar toda oposición a su acción de forma indolora y a veces casi antes de que ésta tome cuerpo. Son los nuevos Estados totalitarios de formas suaves, que predijo Aldous Huxley en «Un mundo feliz». Todavía no proporcionan soma o «ginebra de la Victoria» (¿o es que ya lo hacen y no nos damos ni cuenta?).

La segunda conclusión es que con menos redes sociales quizá uno esté menos «comunicado» (¿”quien no está en las redes sociales no existe”?), pero es más capaz de distinguir la verdadera información del “ruido”. Hace más de un año que dejé Facebook. Hay vida después de eso. Y ni ganas de volver.

Nota.- Una versión más reducida de estas dos entradas fue colgada como comentario en un portal de Internet. Desapareció misteriosamente de la web a los dos meses, «aprovechando unas modificaciones en la página», suponemos. Cosas que pasan por casualidad (o causalidad)…


Adicto (I)

No sabía muy bien cómo titular esta entrada. Podría haber dicho algo así como «Hola, soy Fulano de Tal y soy adicto a las redes sociales». No obstante, a diferencia de las reuniones de AA.AA., no me respondería nadie. No habría un coro que me consolara diciendo «Te queremos, Fulano». Ni, con el tiempo, me habría ganado la placa de «Hace x meses que no conecto a redes sociales». Internet se ha posesionado de tal modo de nuestra vida que ya es un componente más o extensión de la misma: vida 1.0 (la vida física, la que uno lleva con su cuerpo) versus vida 2.0, en que uno puede configurarse como le dé la gana y le proporciona la ilusión de estar más allá del tiempo y del espacio (o, por lo menos, del espacio; del tiempo, hoy por hoy, no se salva nadie). El famoso hombre “libre” u “hombre nuevo” del que hablan algunos, a un nivel más filosófico.

La «novedad» de este mundo online es que uno está básicamente solo. La sustitución de la vida real por la virtual se produce de forma imperceptible. Uno va dando pequeños pasos, hasta que se da cuenta que está enganchado hasta las cejas. Meterse en una red social es, básicamente, llenar un vacío. Dado que vamos perdiendo la costumbre de la tolerancia y la urbanidad, cada vez nos gusta menos la gente que tenemos al lado y más aquella que no nos ve ni nos oye, aunque esté «en la quinta luna de Dios». Y, metidos en la harina de esas «redes (in)sociales», peleamos por ese «like» o «Me gusta»: «¡Mi reino por un “me gusta”!». No nos gusta no gustar; y tal vez por esa razón redes como Facebook no tienen ese botón tantas veces demandado de «No me gusta».

La primera conclusión es que hoy es difícil vivir fuera de las redes sociales. Aunque sólo sea por su componente adictivo (uno queda atrapado en ellas). Algo que se puede percibir a simple vista en muchos digitales: muchos de ellos obligan a pagar el peaje del «Facebook Social Plugin» para poder emitir una opinión. O en los botones de «Me gusta» (otra vez) y «Compartir» de los artículos y de la información, buena o no, que circula por la Red. Esto me lleva a preguntarme para quién es realmente útil eso de las redes sociales. Y mi respuesta se concentra en cuatro grupos:

  1. Periodistas: obtienen un feedback para sus artículos publicados en los medios o de sus intervenciones en televisión, ya sea que participen o dirijan el programa concreto. Bueno, a veces les mientan la madre, si son lo que se dice «creadores de opinión». Pero es que a más de uno le va la marcha y luego pasa lo que pasa.
  2. Políticos: tienen personas encargadas de surfear las redes para cazar opiniones y tomar el pulso para “adecuar los mensajes”. Segundo, es una forma rápida de esparcir afirmaciones, noticias y bulos contra otros partidos. Tercero, es una forma sencilla de vigilar que los militantes no se desmanden demasiado abriendo la boca. Aparte, cuando manejan su propio perfil también reciben feedback directo, como los periodistas.
  3. Promotores: que también pueden colgarse la “P” de Pelmazos. Van desde empresas que promocionan sus productos hasta el usuario que ha escrito un libro y da el coñazo con su “promoción”, llenando el correo de notificaciones y “actualizaciones”. Hasta que uno o bien les compra el libro o producto, o bien les manda a tomar viento.
  4. Podemos añadir a los Psicólogos: las redes sociales abren campo para el estudio de un variado catálogo de frustraciones, megalomanías y psicopatías (otra P, si queremos seguir distinguiendo) varias, en tanto favorecen esa clase de comportamientos.

Quien no forme parte de los cuatro grupos anteriormente citados debe preguntarse para qué está en una red social (especialmente en Facebook, pero vale para todas las demás). Mientras estuve en Facebook (y llevaba bastante tiempo cuando lo dejé), me harté de ver toda clase de comportamientos: algunos tiernos, otros risibles y otros horripilantes. Por ejemplo, esa necesidad latente de reconocimiento en personas ya talluditas (más de 40 años) subiendo continuamente fotos del estilo “yo con mi perro”, “yo sentado/a con mi perro”, “yo dando un beso en la boca a mi perro” (a éstas no les falta más que decir que quieren más al perro que al marido)… O, simplemente, personas que se pasan en Facebook las horas muertas porque en su horizonte mental no hay nada mejor que hacer.