Mi lugar, mi pequeño sueño


Ya saben ustedes que en esta casa, a pesar de que los últimos tiempos son muy moviditos y casi no queda espacio para hablar de otra cosa que no sea de política, rompemos a veces el curso normal de los acontecimientos para introducir alguna variación, algún desvío en esa highway to hell que parece ser la vida pública española.

Es el caso, pues, que quiero traerles a colación la última lectura de la que hemos dado cuenta, tomando buena nota del aforismo de Groucho Marx («Nunca agradeceré lo bastante a la televisión lo que ésta ha hecho por mi cultura: la cierro y me pongo a leer»). En esta ocasión el libro se titula Mi lugar, mi pequeño sueño, de don Luis Anguita Juega, editado por el sello Nostrum. Y como le prometí al autor un breve comentario (o mejor dicho, «comentario en breve»), allá vamos.

El fondo

La novela comienza in medias res, presentando a uno de los protagonistas en la peor (por lo menos en nuestra opinión) en que un personaje se puede encontrar: postrado en la cama de un hospital, en estado de coma tras sufrir un atropello. La línea argumental va desgranando sus idas y venidas coast-to-coast entre Cataluña y Galicia, cómo va encontrándose en el camino a personas que adquirirán una relevancia fundamental en su vida y, sobre todo, cómo aquellas personas que parecían un sueño inalcanzable van acercándose progresivamente.

Lo interesante de la novela, a nuestro entender, es que el autor habla a través de dos personajes, no de uno. No solamente nos cuenta lo que piensa y siente uno de ellos, sino que también nos habla de las peripecias, pensamientos y emociones del otro. Y a través de estos dos personajes se van añadiendo capas (y páginas) a la historia, que verdaderamente ha de entenderse conseguida, pues debo confesar a ustedes que una vez empecé a leer no fui capaz de soltarlo hasta enterarme de cómo terminaba la novela.

Más allá de lo puramente novelístico, la novela también habla de verdades (no sé si llamarlas «eternas» en este mundo relativista en el que estamos inmersos), de las cuales la que quizá sea más evidente se halla escrita en las primeras líneas de la dedicatoria:

«A lo largo de tu vida te vas a encontrar con objetivos que pueden ser muy difíciles de superar. Si sólo te fijas en el camino que te queda por recorrer y la multitud de puentes que hay que cruzar para alcanzarlos, seguramente te venza el desánimo; pero si mantienes la confianza en ti mismo, el compromiso en lo que quieres, la constancia en tu lucha diaria y el coraje para cuando comiencen las dificultades, seguramente podrás conseguir que se cumpla tu sueño».

También nos gustaría destacar el hecho de que el autor apela a principios morales. Sobre todo cuando el protagonista principal va a cambiar de rumbo en su vida. Cuestiones que éste nunca se había planteado seriamente emergen en un momento determinado de la novela y provocarán un cambio fundamental en la misma.

En resumen, una novela optimista, que nos muestra cómo prácticamente todos los personajes consiguen esas «tres cosas que hay en la vida» porque nunca se olvidan de su objetivo, porque ponen el empeño necesario y porque en su caminar se encuentran con las personas adecuadas. En ese punto, incluso los que en un primer momento parecen haber equivocado la elección corrigen el rumbo o la vida les presenta una segunda oportunidad.

Y una novela que gusta porque en todo momento hay la posibilidad de identificarse con alguno de los personajes en las situaciones que esté viviendo en ese momento. Desde ambas perspectivas cabe recomendar la novela total y absolutamente.

La forma y estilo

En este apartado no hay gran cosa que señalar. Hay, sí, un par de puntos que nos gustaría remarcar. El primero de ellos es que nos hemos encontrado con una falta de ortografía (p. 104: «Hay Andresillo, para eso hay que ser madre»). No hemos observado que haya ninguna más; en todo caso, como se suele decir, «dedúzcase el tanto de culpa a quien corresponda».

El segundo de los puntos que citábamos es harto resbaloso, pues se trata de la puntuación. Y decimos resbaloso porque aquí nos encontramos con un problema: ¿dónde termina la «licencia de estilo»? No es, ni mucho menos, un problema de esta novela. Lo pueden encontrar ustedes en los periódicos, en las revistas… Lo que entendemos aquí que se produce es una especie de confusión entre agilidad y prisa. Confusión muy de nuestra época, por dos motivos: primero, la vida parece que está sometida a breves plazos (señaladamente los plazos judiciales, como el autor sabrá bien); por ello, parece también que no hay que entretenerse en detalles. Segundo, parece que para que una novela se venda es necesaria esa sensación de velocidad, algo así como de que «no cuesta leerla porque se lee rapidito». Pero este segundo motivo no tiene que ver con el autor, sino con las editoriales. No quiero imaginar los problemas que hubiese tenido Cervantes si hubiese querido colocar hoy su obra maestra en alguna editorial mayor.

La aludida confusión, con las connotaciones mencionadas, provoca que el autor abuse de la coma («la coma que sirve para todo») o que a veces incluso prescinda de ella (p. 105: «María que me vas a preocupar de verdad»; p. 217: «¿Xavier me permites una pregunta?»). En alguna ocasión también prescinde de signos de interrogación; si bien, como decimos, son detalles que se ven también en la prensa, marcada –en estos tiempos más– por la inmediatez y la velocidad. No hay tiempo para dedicarse, como el antiguo artesano, a pulir esos pequeños detalles.

En resumen: mi valoración de la novela es muy positiva y recomiendo su lectura. Es fácil que otros vean como un defecto el «exceso de moralina»; pero particularmente a mí me parece correcto que se recuerden estas cosas, en esta época en que a veces hay que recordar lo obvio. Espero no haber revelado mucho de la novela y espero también que si ustedes deciden adquirirla, la disfruten como se merece.

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3 comentarios en “Mi lugar, mi pequeño sueño

Gotas que me vais dejando...

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