Ohú, lo que ha ganao mi marío en tó ete tiempo…
Categoría: Social
Una para nostálgicos
Y es que hay que ver cómo pasa el tiempo, caramba…
Cara a… la hoz y el martillo (I)
Ponga un chinito en su vida
Desde luego y por lo poco que yo sé, como penitencia no está nada mal. El proceso puede durar unos dos años, dependiendo de las cantidades que se paguen (cuanto más potente se es, más exprés es la adopción) y de la agencia a la que se acuda. El papeleo también es una penitencia: cuando se termina, parece que uno ha firmado el Quijote (pero todo sea por el niño, claro). Sobre todo, lo importante es la idoneidad: psicológica, fisiológica… pero en especial económica, para que el Gobierno del país exótico de turno pueda exprimirte todo lo que quiera. A veces hay que incluir a la agencia, que también puede pedir dinero para esto, para lo otro y para lo de más allá. Y los padres, jodidos pero ilusionados, pagan y pagan y vuelven a pagar…
Respeto, por supuesto y como no podía ser de otra manera, esa decisión. Pero a mí me parece que, adoptar por adoptar, no hace falta irse tan lejos. Es verdad que a veces en las noticias salen hechos espeluznantes y uno, impotente ante tanta crueldad (el caso del orfanato ruso o antes los chinos, que hacían «desaparecer» a las niñas siguiendo la bárbara costumbre espartana), quiere hacer algo. No obstante, opino que en España ya tenemos una cuota suficiente de desgracias y sufrimiento infantil como para irse tan lejos a buscar la «salvación».
Estamos en tiempo de Cuaresma, sí. Pero como suele decirse, no hay que aumentar la carga que Dios pone sobre nuestros hombros. Seguro que los orgullosos padres de un niño de ojos rasgados o una niña de piel oscura sienten, cuando tienen a la criatura en brazos, que han ganado el cielo. Y es probable que así sea: han pagado mucho dinero por ello, así que el cielo es lo menos que les pueden dar.
A no ser, claro, que adoptar en España sea más caro que adoptar en China. Y como está el patio hoy en día, quién sabe. Como decía el chiste, «de infierno a infierno es llamada local».
Pederastas
Vaya por delante que comento este tema con la mayor de las repugnancias. Aparte de felicitar a la Unidad de Delitos Informáticos de la Guardia Civil por el excelente trabajo que a mi parecer está haciendo, quisiera comentar varias cosas que me llaman la atención.
A mi juicio (profano, desde luego) un pederasta es un enfermo, además de un delincuente. Por lo tanto, además de condenarle considero conveniente que se explore en lo posible las profundidades de su mente, para llegar al conocimiento de la raíz de esa enfermedad mental. Dicho en palabras más llanas: ¿por qué un pederasta llega a serlo y a hacer lo que hace? Probablemente, mis parámetros morales son conservadores y me cueste entenderlo. ¿Quién se atrevería, con un mínimo de sentido y valores morales, a robarle su inocencia a un pequeño? ¿Qué depravada mente podría llegar a sentir un placer de intensidad sexual ante un hecho así?
Diferente es el caso del sado, también conocido por sus siglas inglesas BDSM. Aunque yo en lo particular no me prestaría a semejante práctica, puedo «entender» que dos personas adultas consientan libremente en prestarse a jugar ese juego. Nada que objetar puesto que ambas partes saben dónde se meten y hasta dónde pueden llegar, al menos en la teoría.
No sé si se puede aplicar la teoría que se suele aplicar a los maltratadores: es decir, que un pederasta lo es porque en su niñez fue abusado por alguien de su familia y él no hace sino pagar a los demás lo que hicieron con él. Así, pues, ¿un pederasta hace lo que hace «porque no puede evitarlo»? Equivaldría a equipararlo con un adicto (a las drogas, al alcohol, a internet, a la televisión, a la comida, al gimnasio…). O, por el contrario: ¿es alguien que sabe perfectamente lo que hace y que busca voluntariamente ese tipo de comportamientos? Sin dejar de condenarle legalmente (la ley debe ser cumplida) y dejando momentáneamente aparte valoraciones morales, creo que sería bueno considerar cuál sea la lógica o encadenamiento mental de ideas que lleve a una persona a incurrir en un comportamiento que los demás denominamos «pederastia» o «pedofilia».
Particularmente, me inclino por una mezcla de ambas posiciones: posiblemente hay un «fallo psicológico» que provoca en estas personas la necesidad de abusar de un ser indefenso como un niño; de, como decía antes, robarle su infancia, su inocencia. Hasta con criaturas de 6 meses ha denunciado la prensa estos comportamientos, lo cual creo que repugna hasta a la mente más «abierta».
En fin. Es complicada la mente humana. Ya lo dijo Goya: «El sueño de la razón produce monstruos». La admonición de Goya sigue en pie. La pedofilia es una muestra de lo que la mente produce cuando cree que no la vigilan.
"Tus muertos"
Sin embargo, el cristal de que está hecho ese monumento representa bien la fragilidad de la condición humana. Y como el cristal quebraron el necesario recogimiento y respeto a la memoria de los fallecidos en ese atentado. Volvieron a oírse las palabras «rojo» y «facha», las mismas que hace 70 años llevaron a la tumba aproximadamente a un millón de españoles. Pudo más el odio cainita que parece un cromosoma más de la esencia española, que el debido respeto a las víctimas del atentado terrorista. Víctimas, además, que lo fueron de toda edad y condición: blancos, negros, amarillos, españoles, latinoamericanos…
Pero voy a añadir algo más. El modus operandi habitual de la izquierda es la provocación, principio que si no viene en el capítulo primero del «manual del buen izquierdista», viene en la primera página del segundo. La izquierda sabe cómo (lleva muchos años haciéndolo) tirar la piedra y esconder la mano. Es López Garrido (apostrofado por su antiguo jefe Anguita como «felón») cuando dice que «la derecha se apropia de los símbolos nacionales». Es Pepiño cuando dice que «los manifestantes del sábado pasado representan la mitad de los muertos de la guerra de Irak» (mal vamos si hay que sacar a pasear la guerra de Irak a estas alturas) y otras «gracias», por decirlo amablemente. Es Rubalcaba cuando en una comparecencia de 60 minutos en la que tiene que explicar su política penitenciaria, se pasa 45 minutos hablando de la del PP de hace 9 años y los 15 minutos restantes tratando de esquivar las preguntas directas de un inmenso Zaplana (y de paso, haciéndole el trabajo sucio a Zapo).
Y hay más. Es la Universidad de Barcelona, declarando a Aznar «persona non grata» y agrediendo físicamente a quienes, como el profesor Francisco Caja, no comulgan con las ruedas de molino nazionalistas. Es la Universidad de Lleida, en la que finalmente Aznar no pudo pronunciar una conferencia porque una serie de «alborotadores de cuarta» se lo impidieron. Se supone que la Universidad es una institución donde debería estar garantizada sobre todo la libre circulación de ideas, donde todo aquello que respete la Constitución tuviera cabida y derecho a ser oído. Pues no.
Por lo general, la derecha es civilizada y cuando un señor de ideología contraria quiere protagonizar un acto público, como una conferencia o similares, suele optar por no hacer acto de presencia. La izquierda, no. La izquierda no puede tolerar que alguien ose discrepar del pensamiento único en el territorio que considera de su dominio y por eso trata de reventar cualquier propuesta «diferente». Por eso han ocurrido incidentes en Barcelona como el de junio pasado, en un acto convocado por Ciutadans. O el ataque del stand del PP en Lleida durante la Diada de Sant Jordi, poco antes. Podríamos tirar de hemeroteca y rastrear qué ocurre cuando a la derecha se le ocurre hacer algo distinto de quedarse en casa, de rodillas y con el culo apretado. Tendríamos para un buen rato.
Me he permitido todo este gran rodeo a cuenta de la actitud de algunos a quienes no cuesta nada provocar. Y de la de otros que se han cansado de agachar la cabeza y poner la otra mejilla. No importa quién empezara. Por encima de todo eso estaban las víctimas y el monumento. Y la música de Pau Casals.
El mejor monumento que se puede hacer a las víctimas, para respetar su memoria y devolverles su dignidad, es exigir justicia. Es trabajar sin descanso para que finalmente sepamos la verdad de lo que ocurrió en esos nefastos días de hace tres años. Algo que el Gobierno ha demostrado sobradamente no estar dispuesto a hacer.
Descansen en paz las 192 personas que fallecieron el 11 de marzo de 2004. Y ni «tus muertos» ni «los míos».
Cánones y verdades
Arte "moderno"
Recuerdo muy bien una ocasión en la que, queriendo «conocer Madrid», nos aconsejaron a mi padre y a mí que «no dejáramos de visitar el Museo de Arte Moderno». Así que, ni cortos ni perezosos, hicimos un recorrido sentimental por el Madrid que mi padre conoció de joven y que en el ya ahora lejano 1980 tan poco se parecía a lo de antes. Desapareció la Posada del Peine, sustituida al igual que en la canción de Sabina, por «una sucursal del Banco Hispano-Americano» (o de un banco cualquiera: las sucursales bancarias son como las setas, que aparecen donde y cuando uno menos se lo espera).
Y entre tanto recorrido sentimental hubo tiempo para visitar el Museo de Arte Moderno. Era un museo como otro cualquiera: inmaculado, silencioso, con sus bedeles… y sobre todo, sus cuadros. No recuerdo muy bien qué autor exponía, pero muchos de sus cuadros eran «óleos sobre aceite», de tal suerte que, unidos, hubiesen compuesto un excelente catálogo de pinturas de brocha gorda. Pero no era ésa la única genialidad. Me acuerdo también de que un cuadro contenía cinco huellas de la mano de Joan Miró, si no me equivoco. En distintos colores. Muy profundo. Muy filosófico. Y muy caro, por cierto: 250.000 pesetas de entonces. Y otra aún más genial: un «tríptico» de lienzos de 2 x 1,5. En el primero se veía una raya más o menos larga. En el segundo, otra raya más corta. Y en el tercero, una rayita de nada, que casi daba pena ver el lienzo tan en blanco. ¿Título del tríptico? «Esperanza de vida de un condenado a muerte».
Aquella visita me curó para siempre del «arte moderno». Por eso cuando, en la última exposición de Arco, veo que una silla con las patas rotas es «arte», me acuerdo siempre del cuento del «traje nuevo del emperador». Y aunque he mencionado el arte plástico, lo mismo se puede decir del musical. Probablemente John Cage tendrá obras estimables; pero francamente, para titular una obra 4:33, que dure todo ese tiempo y que además lo sea de silencio, no hace falta estrujarse mucho la materia gris. Por no hablar de esos compositores cuyas obras consisten en un amasijo sonoro informe y chirriante. Las oigo por la radio. Normalmente son ejecuciones (nunca mejor dicho) en directo. Cuando termina la obra, se oyen unos correctos y educados aplausos. Nada más. Ninguna emoción.
Por eso me enfada que, ya se trate de pintura o música, traten de venderme esos engendros hijos del resfriado ingenio de algún vividor como «arte». Esos artistas y marchantes de arte saben perfectamente que siempre habrá un nouveau riche dispuesto a pagar lo que sea por parecer de lo más «avanzado» y quiera mostrar a sus amistades lo «atento» que está a las «últimas tendencias». Y no menos me enfada que los críticos (o algunos de ellos) les den palmaditas en la espalda mientras van desgranando chorradas solemnes: «Con esta obra (un conjunto amorfo de hierros retorcidos y a ser posible oxidados), el autor se ha superado a sí mismo pretendiendo mostrar el horror de la guerra. Observemos que uno de los hierros está enhiesto, lo cual se puede interpretar como un dedo acusador…».
Quizá esté un poco anticuado, pero el arte más «moderno» que conozco fue el del período de entreguerras del siglo pasado. Ninguno de estos «artistas» superará jamás la Madona de Port Lligat de Dalí. Para tomaduras de pelo valemos casi todos; para el Arte (con mayúsculas) no tantos, aunque el negocio sea el negocio.