Cara a… la hoz y el martillo (I)

 

Me cuenta mi padre de cuando él era mozo, en su pueblo, que aunque los niños tenían que ayudar en las tareas del campo, tenían su escuela y su maestro de primeras letras. El profesor entraba en la clase y los niños tenían que cantar el Cara al sol con el brazo en alto. Una escena muy falangista, desde luego, cuyo fervor patriótico fue decayendo con los años. En los años sesenta ya no se cantaba el himno falangista: metidos de lleno en la España en obras, en las escuelas daba más por rezar que otra cosa; y saliendo como estábamos saliendo de la pobreza, el rocanrol ya empezaba a ser lo más importante. Triunfaban el Dúo Dinámico y Manolo Escobar, que dejó de repartir cartas en Badalona para encasquetarse el micro, con bastante fortuna como se ha podido ver.

 

Se podrá decir que la educación que recibieron los niños de la posguerra era falangista, nacionalcatólica o cualquier otro adjetivo despreciativo que a la mente acudir pueda. Pero no se podrá negar que aquella educación tenía un punto «bueno»: la famosa «integración familia-escuela», esa especie de grial progre que busca desesperadamente la caterva educativa que gobierna hoy los destinos de las escuelas. Y que no era más que lo siguiente: si tú hacías una pifia en la escuela y el maestro te descubría, te atizaba un buen azote o regletazo (a gusto); y si además, se enteraban de la pifia en casa, recibías también otro soberano azote. Ni más ni menos. Se exigía que los niños cumplieran con sus tareas y se estaba encima de ellos constantemente. El maestro tenía una autoridad, ciertamente: ahora parece que van de «coleguillas» pero entonces eran «Don Ernesto» o «Don Tarsicio». O también «Doña Pilar» o «Doña Raimunda». Y ojo con faltarles al respeto.

 

Hoy en día, con todo lo que ha llovido desde entonces, el pueblo queda lejos. Se habla de «comunidad educativa», de forma que cada colegio parece una especie de «célula autogestionada» y de otros términos más propios de la cháchara abstrusa y pretendidamente tecnocrática de los 60-70 (en realidad, un cúmulo de expresiones de la más absoluta pedantería). ¿Y para qué? Simplemente, para conseguir que los padres se impliquen más en la educación de los hijos. Para educarlos, en el sentido de que los hijos no son «el estorbo que inevitablemente hay que aguantar en vacaciones» y que la escuela no es una especie de «aparcamiento infantil», donde se deja al niño o a la niña mientras uno va a trabajar.

 

Hoy en día el problema más acuciante a resolver no es tanto el acoso escolar (es un problema, es grave, pero es un problema derivado). El profesor (es decir, «alguien que profesa» ideas de otras personas; ya no maestro), privado como está de la autoridad de la que antes gozaba (y en algún caso se le podía ir la mano), se desentiende hoy. Sabe que si quiere aplicar un correctivo a algún mocoso, por muy justificado que esté, se puede echar encima al APA, al director, al Consejo escolar y en algún caso sangrante, hasta a la justicia. Que si por un zapatillazo te arrean 16 meses de separación y una multa, por un tortazo qué menos que cuatro meses, ¿no? El problema más acuciante es el de devolver la autoridad al profesor. Eso, y preparar a los profesores para que se enfrenten a una clase con 30 o 40 mozalbetes que no piensan más que en mandarse mensajitos de móvil y en acoquinar al «diferente» simplemente por diversión, además de grabarlo con el móvil y colgarlo en la Red.

 

No es de extrañar que haya tantos profesores «quemados», que piden la baja por depresión, ante la imposibilidad de defenderse de sus alumnos (malo cuando un profesor tiene que defenderse de sus alumnos).

 

Ponga un chinito en su vida

O un negrito. O un indiecito. Es la «moda» en cuanto a hijos no naturales. Lo practica Angelina Jolie, que tiene fijación por los vietnamitas. O nuestra Isabel Pantoja, que se trajo una niña del Perú (foto con Fujimori incluida: quién le ha visto y quién le ve ahora). Los orgullosos padres, henchidos de conciencia social, toman el chárter hacia la pobreza, dispuestos a rescatar un espécimen de aquellas lejanas y exóticas tierras y de paso redimir su capitalista conciencia y su carne pecadora.

Desde luego y por lo poco que yo sé, como penitencia no está nada mal. El proceso puede durar unos dos años, dependiendo de las cantidades que se paguen (cuanto más potente se es, más exprés es la adopción) y de la agencia a la que se acuda. El papeleo también es una penitencia: cuando se termina, parece que uno ha firmado el Quijote (pero todo sea por el niño, claro). Sobre todo, lo importante es la idoneidad: psicológica, fisiológica… pero en especial económica, para que el Gobierno del país exótico de turno pueda exprimirte todo lo que quiera. A veces hay que incluir a la agencia, que también puede pedir dinero para esto, para lo otro y para lo de más allá. Y los padres, jodidos pero ilusionados, pagan y pagan y vuelven a pagar…

Respeto, por supuesto y como no podía ser de otra manera, esa decisión. Pero a mí me parece que, adoptar por adoptar, no hace falta irse tan lejos. Es verdad que a veces en las noticias salen hechos espeluznantes y uno, impotente ante tanta crueldad (el caso del orfanato ruso o antes los chinos, que hacían «desaparecer» a las niñas siguiendo la bárbara costumbre espartana), quiere hacer algo. No obstante, opino que en España ya tenemos una cuota suficiente de desgracias y sufrimiento infantil como para irse tan lejos a buscar la «salvación».

Estamos en tiempo de Cuaresma, sí. Pero como suele decirse, no hay que aumentar la carga que Dios pone sobre nuestros hombros. Seguro que los orgullosos padres de un niño de ojos rasgados o una niña de piel oscura sienten, cuando tienen a la criatura en brazos, que han ganado el cielo. Y es probable que así sea: han pagado mucho dinero por ello, así que el cielo es lo menos que les pueden dar.

A no ser, claro, que adoptar en España sea más caro que adoptar en China. Y como está el patio hoy en día, quién sabe. Como decía el chiste, «de infierno a infierno es llamada local».

Pederastas

Hace ya bastante tiempo que en las noticias (sobre todo en las de la televisión) aparece con alguna frecuencia la noticia de que «cae una red de pederastas». Son de diversas provincias españolas y resulta que el jefe de la red es un señor «normal» en cuyo disco duro aparecen varias (o muchas gigas) de imágenes y videos relacionados con el tema.

Vaya por delante que comento este tema con la mayor de las repugnancias. Aparte de felicitar a la Unidad de Delitos Informáticos de la Guardia Civil por el excelente trabajo que a mi parecer está haciendo, quisiera comentar varias cosas que me llaman la atención.

A mi juicio (profano, desde luego) un pederasta es un enfermo, además de un delincuente. Por lo tanto, además de condenarle considero conveniente que se explore en lo posible las profundidades de su mente, para llegar al conocimiento de la raíz de esa enfermedad mental. Dicho en palabras más llanas: ¿por qué un pederasta llega a serlo y a hacer lo que hace? Probablemente, mis parámetros morales son conservadores y me cueste entenderlo. ¿Quién se atrevería, con un mínimo de sentido y valores morales, a robarle su inocencia a un pequeño? ¿Qué depravada mente podría llegar a sentir un placer de intensidad sexual ante un hecho así?

Diferente es el caso del sado, también conocido por sus siglas inglesas BDSM. Aunque yo en lo particular no me prestaría a semejante práctica, puedo «entender» que dos personas adultas consientan libremente en prestarse a jugar ese juego. Nada que objetar puesto que ambas partes saben dónde se meten y hasta dónde pueden llegar, al menos en la teoría.

No sé si se puede aplicar la teoría que se suele aplicar a los maltratadores: es decir, que un pederasta lo es porque en su niñez fue abusado por alguien de su familia y él no hace sino pagar a los demás lo que hicieron con él. Así, pues, ¿un pederasta hace lo que hace «porque no puede evitarlo»? Equivaldría a equipararlo con un adicto (a las drogas, al alcohol, a internet, a la televisión, a la comida, al gimnasio…). O, por el contrario: ¿es alguien que sabe perfectamente lo que hace y que busca voluntariamente ese tipo de comportamientos? Sin dejar de condenarle legalmente (la ley debe ser cumplida) y dejando momentáneamente aparte valoraciones morales, creo que sería bueno considerar cuál sea la lógica o encadenamiento mental de ideas que lleve a una persona a incurrir en un comportamiento que los demás denominamos «pederastia» o «pedofilia».

Particularmente, me inclino por una mezcla de ambas posiciones: posiblemente hay un «fallo psicológico» que provoca en estas personas la necesidad de abusar de un ser indefenso como un niño; de, como decía antes, robarle su infancia, su inocencia. Hasta con criaturas de 6 meses ha denunciado la prensa estos comportamientos, lo cual creo que repugna hasta a la mente más «abierta».

En fin. Es complicada la mente humana. Ya lo dijo Goya: «El sueño de la razón produce monstruos». La admonición de Goya sigue en pie. La pedofilia es una muestra de lo que la mente produce cuando cree que no la vigilan.

"Tus muertos"

Suscribo en toda su extensión el artículo que Cristina López-Schlichting escribe hoy en La Razón. El descubrimiento del monumento al 11-M debió continuar con el protagonismo de las víctimas del más horrendo atentado de la democracia. Debió haber continuado con el silencio y con el desolado solo de violonchelo desgranando las notas de El cant dels ocells, de Casals. Para recordarnos que por encima del ruido inane de las rencillas políticas de los vivos, están la soledad y el silencio de los muertos, de los que ya no volverán.

Sin embargo, el cristal de que está hecho ese monumento representa bien la fragilidad de la condición humana. Y como el cristal quebraron el necesario recogimiento y respeto a la memoria de los fallecidos en ese atentado. Volvieron a oírse las palabras «rojo» y «facha», las mismas que hace 70 años llevaron a la tumba aproximadamente a un millón de españoles. Pudo más el odio cainita que parece un cromosoma más de la esencia española, que el debido respeto a las víctimas del atentado terrorista. Víctimas, además, que lo fueron de toda edad y condición: blancos, negros, amarillos, españoles, latinoamericanos…

Pero voy a añadir algo más. El modus operandi habitual de la izquierda es la provocación, principio que si no viene en el capítulo primero del «manual del buen izquierdista», viene en la primera página del segundo. La izquierda sabe cómo (lleva muchos años haciéndolo) tirar la piedra y esconder la mano. Es López Garrido (apostrofado por su antiguo jefe Anguita como «felón») cuando dice que «la derecha se apropia de los símbolos nacionales». Es Pepiño cuando dice que «los manifestantes del sábado pasado representan la mitad de los muertos de la guerra de Irak» (mal vamos si hay que sacar a pasear la guerra de Irak a estas alturas) y otras «gracias», por decirlo amablemente. Es Rubalcaba cuando en una comparecencia de 60 minutos en la que tiene que explicar su política penitenciaria, se pasa 45 minutos hablando de la del PP de hace 9 años y los 15 minutos restantes tratando de esquivar las preguntas directas de un inmenso Zaplana (y de paso, haciéndole el trabajo sucio a Zapo).

Y hay más. Es la Universidad de Barcelona, declarando a Aznar «persona non grata» y agrediendo físicamente a quienes, como el profesor Francisco Caja, no comulgan con las ruedas de molino nazionalistas. Es la Universidad de Lleida, en la que finalmente Aznar no pudo pronunciar una conferencia porque una serie de «alborotadores de cuarta» se lo impidieron. Se supone que la Universidad es una institución donde debería estar garantizada sobre todo la libre circulación de ideas, donde todo aquello que respete la Constitución tuviera cabida y derecho a ser oído. Pues no.

Por lo general, la derecha es civilizada y cuando un señor de ideología contraria quiere protagonizar un acto público, como una conferencia o similares, suele optar por no hacer acto de presencia. La izquierda, no. La izquierda no puede tolerar que alguien ose discrepar del pensamiento único en el territorio que considera de su dominio y por eso trata de reventar cualquier propuesta «diferente». Por eso han ocurrido incidentes en Barcelona como el de junio pasado, en un acto convocado por Ciutadans. O el ataque del stand del PP en Lleida durante la Diada de Sant Jordi, poco antes. Podríamos tirar de hemeroteca y rastrear qué ocurre cuando a la derecha se le ocurre hacer algo distinto de quedarse en casa, de rodillas y con el culo apretado. Tendríamos para un buen rato.

Me he permitido todo este gran rodeo a cuenta de la actitud de algunos a quienes no cuesta nada provocar. Y de la de otros que se han cansado de agachar la cabeza y poner la otra mejilla. No importa quién empezara. Por encima de todo eso estaban las víctimas y el monumento. Y la música de Pau Casals.

El mejor monumento que se puede hacer a las víctimas, para respetar su memoria y devolverles su dignidad, es exigir justicia. Es trabajar sin descanso para que finalmente sepamos la verdad de lo que ocurrió en esos nefastos días de hace tres años. Algo que el Gobierno ha demostrado sobradamente no estar dispuesto a hacer.

Descansen en paz las 192 personas que fallecieron el 11 de marzo de 2004. Y ni «tus muertos» ni «los míos».

Cánones y verdades

Transcribo casi palabra por palabra un escrito de Juan César Jover que no tiene desperdicio, ahora que estamos de movilización contra el canon de la SGAE (canon que, por otra parte, protegen y avalan tanto el PSOE como el PP…).

LA VERDAD SOBRE LA SGAE

Juan César Jover

Imaginémonos que somos músicos, y queremos hacer dinerillo con nuestros temas. Llamas a la $$$$ y ¿qué te contestan? «Afíliate y te asesoraremos». Eso está bien: si no estas dentro, no te dan ni las gracias. Eso se llama ayudar y lo demás son tonterías.

Bueno, no pasa nada. Nos montamos los temas y conseguimos un máster del disco, del cual, ahora, queremos hacer copias. Llegamos alegres y felices a la empresa que hace las copias (da igual cuál elijas), les das tu flamante copia maestra, ellos te miran y esperan. ¿Cómo? ¿Que traerte mi copia maestra, con mis derechos registrados legalmente no es suficiente? Parece ser que no. Por muy legal que te parezca el papelito, el de la $$$$ lo es más; no sólo eso, también es verde. Va a ser lo del color. Tienes que declarar a la $$$$ el número de copias y el precio de distribución, y pagar a la $$$$. «Qué gran riesgo», pensamos ahora, «qué bien que tenemos grandes compañías que se arriesgan». ¿De verdad se arriesgan? No: tú no eres una gran compañía, y tienes que ir con el dinero por delante. Es decir: primero pagas y luego cobras. Si fueras una gran compañía sería distinto: primero cobras y luego pagas, lo cual hace las cosas bastante mas fáciles.

Bueno, hemos conseguido los cedés fuera de España. Ahora queremos distribuirlos. Llegamos a la distribuidora, y cuál es nuestra sorpresa cuando ellos también nos piden el papelito de la $$$$; si no, nada de nada.

Hoy es nuestro gran día. El amigo de un amigo nuestro nos ha conseguido una actuación en un bar. Sacaremos dos duros (bueno, ahora diez céntimos) y nos tocará trabajar como esclavos durante horas para tocar delante de cuatro personas, pero no importa. Cuál será nuestra sorpresa al encontrarnos a la gente de la $$$$. ¡Qué alegría! Viene a vernos. Nos acercamos, les saludamos y nos dan un bonito papel. Nos piden que pongamos el nombre de las canciones que vamos a tocar y que se llevan parte del dinero. Si nos negamos, pues nada: llaman a la Guardia Civil, montan un escándalo y no hay concierto. Por supuesto, el dueño del local ya no te deja entrar nunca más.

De momento ya vemos las ayudas prestadas a la hora de sacar nuestro disco al mercado con cierta libertad, intentando no pasar por el aro y sin afiliarnos. Hemos encontrado un gran apoyo en esta querida Sociedad. Ellos dicen que velan por los derechos de los autores, pero el problema es que no nos aclaran de qué autores. Nos afiliamos, porque como dicen algunos autores, «en su momento parecía una buena idea»(?). Ahora podremos vivir tranquilos, pues la gran $$$$ nos protege. Y no debemos preocuparnos por nada, ya que ahora nos protege una sociedad que hace parecer al Padrino un aficionado.

Se pasará por los bares recolectando dinero. Es decir, que a un bar que nos haga el favor de poner un grupo al que nadie conoce, le cuesta dinero. No contento con ello, al pobre señor le cobran el día que compra el aparato, y aparte le cobran por tenerlo en un sitio público funcionando. ¿Cuántas veces le cobran nuestros derechos?

Da igual que sea un bar pequeño, donde tres jubilados juegan a las cartas y sólo se ve el telediario de Televisión Española (pagado con los impuestos de todos), y que ni es música ni es nada. Si está encendido el televisor, ellos pasan y le cobran, y pobre de él como diga que no.

Reconozco que algunos presentadores de telediario son muy buenos, pero para llegar a cantante tienen que practicar un poco más, ponerse música o algo por el estilo, y sobre todo, afiliarse a la $$$$, para que le puedan cobrar al señor del bar.

Vamos, que aquí parece que cobran incluso porque alguien tararee tus canciones en la ducha. Parece que la cosa va bien: nadie quiere ni hablar oír de ti ni de tu disco, nadie quiere pagar por poner la música de un grupo sin nombre, por lo que tu disco no se escucha ni en tu casa (no sea que a tu padre también le cobren: ¡quién sabe a estas alturas!).

También están los cánones: el conocido sobre los CDR, sobre las cintas de vídeo, sobre las cintas de audio, sobre los aparatos grabadores, sobre las fotocopiadoras, y como nos despistemos, sobre los discos duros de los ordenadores y la conexión a Internet.

Bueno, ha llegado el momento de la verdad, de ver el dinero, de ver los minolles como dice nuestro amigo Rafa. ¿Que no hay minolles? ¿Que no vemos ni un duro? Aaaaahhh, es que no nos habíamos enterado: más del 60% de los autores afiliados no cobran porque no llegan a los mínimos ¿Y qué pasa con ese dinero? Grandes secretos de la humanidad. Bien, no nos pongamos nerviosos: esto es una Sociedad y se podrá votar. Ah, ¿que no se puede votar? Pero si me han dicho que hay elecciones y cosas de ésas. Parece ser que tampoco nos enteramos de esa parte: que si no llegas a unos mínimos tampoco tienes derecho a voto. ¿Y por qué hay mas votos que gente que llega a los mínimos? Muchas gracias por explicarnos que a partir de ciertas cantidades tienes derecho a más de un voto, y puedes llegar a cinco votos tú solito. Eso está bien, pero creo que sólo está bien para los de arriba, los de abajo no cobramos y no tenemos derecho a rabiar.

Bien, ¿qué tenemos? Tenemos unas ventas casi nulas, ya que no nos escucha ni el gato del garaje en el que tocamos. Tenemos deudas por todas partes por todo lo que les hemos tenido que pagar. Tenemos a media sociedad española boicoteándonos porque somos socios de la $$$$ y la $$$$ les cae mal (entre otras cosas por los cánones indiscriminados que cobran). No vemos ni un duro y, para colmo, la $$$$ tiene más poder sobre nuestras canciones que nosotros mismos.

Bueno, pues entonces será que hace un bien social. La música es cara, cánones por todas partes, multas, cierre de locales, conciertos que no reportan beneficios a nadie (a nadie mas que a la $$$$), y la limitación de acceso a la música.

Bueno, llegará un momento en que esa música sea de todos. Efectivamente: 70 años tras la muerte del autor. Si tenemos en cuenta que la esperanza de vida actualmente está en torno a los 85 años y en ascenso, y que algunos miembros de grupos sacan sus canciones con menos de treinta años, nos salen unas bonitas cuentas. Todo este bien cultural por el que estamos pagando no será accesible libremente a la sociedad hasta dentro de más de 130 años en algunos casos.

Como podemos ver, la única sociedad a la que ayuda la $$$$ es a sí misma, y sólo a una parte, la de arriba. Desde aquí le mando mi agradecimiento por negarnos el acceso a la cultura y a la música de nuestros días, y por no ayudar a los autores que intentan mejorarla (no sea que lo consigan). Tan sólo les planteo una pregunta: ¿quiénes son los que realmente tendrían que plantearse respetar a los autores? También quiero agradecer a la gente del foro vilecha (http://vilecha.cibertad.org) por todo lo aprendido allí, sin lo cual este artículo no habría sido posible.

Arte "moderno"

Recuerdo muy bien una ocasión en la que, queriendo «conocer Madrid», nos aconsejaron a mi padre y a mí que «no dejáramos de visitar el Museo de Arte Moderno». Así que, ni cortos ni perezosos, hicimos un recorrido sentimental por el Madrid que mi padre conoció de joven y que en el ya ahora lejano 1980 tan poco se parecía a lo de antes. Desapareció la Posada del Peine, sustituida al igual que en la canción de Sabina, por «una sucursal del Banco Hispano-Americano» (o de un banco cualquiera: las sucursales bancarias son como las setas, que aparecen donde y cuando uno menos se lo espera).

Y entre tanto recorrido sentimental hubo tiempo para visitar el Museo de Arte Moderno. Era un museo como otro cualquiera: inmaculado, silencioso, con sus bedeles… y sobre todo, sus cuadros. No recuerdo muy bien qué autor exponía, pero muchos de sus cuadros eran «óleos sobre aceite», de tal suerte que, unidos, hubiesen compuesto un excelente catálogo de pinturas de brocha gorda. Pero no era ésa la única genialidad. Me acuerdo también de que un cuadro contenía cinco huellas de la mano de Joan Miró, si no me equivoco. En distintos colores. Muy profundo. Muy filosófico. Y muy caro, por cierto: 250.000 pesetas de entonces. Y otra aún más genial: un «tríptico» de lienzos de 2 x 1,5. En el primero se veía una raya más o menos larga. En el segundo, otra raya más corta. Y en el tercero, una rayita de nada, que casi daba pena ver el lienzo tan en blanco. ¿Título del tríptico? «Esperanza de vida de un condenado a muerte».

Aquella visita me curó para siempre del «arte moderno». Por eso cuando, en la última exposición de Arco, veo que una silla con las patas rotas es «arte», me acuerdo siempre del cuento del «traje nuevo del emperador». Y aunque he mencionado el arte plástico, lo mismo se puede decir del musical. Probablemente John Cage tendrá obras estimables; pero francamente, para titular una obra 4:33, que dure todo ese tiempo y que además lo sea de silencio, no hace falta estrujarse mucho la materia gris. Por no hablar de esos compositores cuyas obras consisten en un amasijo sonoro informe y chirriante. Las oigo por la radio. Normalmente son ejecuciones (nunca mejor dicho) en directo. Cuando termina la obra, se oyen unos correctos y educados aplausos. Nada más. Ninguna emoción.

Por eso me enfada que, ya se trate de pintura o música, traten de venderme esos engendros hijos del resfriado ingenio de algún vividor como «arte». Esos artistas y marchantes de arte saben perfectamente que siempre habrá un nouveau riche dispuesto a pagar lo que sea por parecer de lo más «avanzado» y quiera mostrar a sus amistades lo «atento» que está a las «últimas tendencias». Y no menos me enfada que los críticos (o algunos de ellos) les den palmaditas en la espalda mientras van desgranando chorradas solemnes: «Con esta obra (un conjunto amorfo de hierros retorcidos y a ser posible oxidados), el autor se ha superado a sí mismo pretendiendo mostrar el horror de la guerra. Observemos que uno de los hierros está enhiesto, lo cual se puede interpretar como un dedo acusador…».

Quizá esté un poco anticuado, pero el arte más «moderno» que conozco fue el del período de entreguerras del siglo pasado. Ninguno de estos «artistas» superará jamás la Madona de Port Lligat de Dalí. Para tomaduras de pelo valemos casi todos; para el Arte (con mayúsculas) no tantos, aunque el negocio sea el negocio.

Marea rojigualda

Ayer fue Madrid un clamor. Cientos de miles de personas, más allá de las apenas 180.000 que dice la Delegación del Gobierno que hubo. Personas de toda edad, raza y condición, dentro de lo que se puede encontrar en Madrid, se manifestaron contra el «diálogo», contra la «negociación». Exigieron al Gobierno que no se negociase más con los terroristas. Los protagonistas absolutos fueron las víctimas: no solamente las de la AVT, como dicen los manipuladores, sino todas. Hubo también un emocionado recuerdo y homenaje a las dos víctimas más recientes, Carlos Alonso Palate y Diego Armando Estacio, por parte de sus compatriotas residentes aquí. Excelente también la presencia de Rosa Díez: supongo que los camaradas del «vete a la mierda, Rosa» tendrán otro motivo para decirlo, pero da igual. Ella está con las víctimas, más allá de toda bandería, que es lo que importa.

Es significativo que nadie del Gobierno asistiese, cuando dice proteger tanto a las víctimas. Los voceros oficiales del Gobierno, como el agitador Pepiño y el converso López Garrido (ya se sabe que cuanto más reciente la conversión, mayor el furor) proclamarán a los cuatro vientos las consignas acostumbradas. Escenificarán (palabra consagrada para el uso, pero nunca mejor dicha) una de las mejores tácticas marxistas (de Groucho, no de Karl): «¿A quién va a creer usted: a mí o a sus propios ojos?».

También es muy significativo que Zapo ni sus corifeos hayan siquiera osado pronunciarse sobre la manifestación. Casi es de agradecer, porque las solemnes memeces que salían de sus bocas, cuando no la provocación lisa y llana, contribuían a caldear el ambiente. La consigna es el silencio; e incluso Pepiño, habitualmente incontinente, dedica su blog a meterse con Rajoy y con Aznar (qué obsesión con Aznar, oiga). Quizá debería preocuparse más por su propia casa, cuya permanencia en la Moncloa esperamos que tenga la fecha de caducidad de marzo del 2008.

Frente a la manifestación de los titiriteros, sin banderas españolas oficiales, una marea roja y gualda de personas de toda edad y condición sin deudas con el Gobierno. Frente a los carteles de «Alcaraz asesino» (lo vimos en Telemadrid), el «a ETA se la vence, no se la convence». Frente a los «cordones sanitarios» de Luppi (andaría sobrado de mate; si no, peor tantito), abrazo solidario (de verdad, no la solidaridad pagada de los titiriteros) a los compatriotas de Carlos Alonso Palate y Diego Armando Estacio.

Mientras tanto, las «investigaciones no oficiales» de Luis del Pino y compañeros avanzan lentamente, pero ya han conseguido que caiga un juez. Ha caído la versión oficial y lo que don Luis y compañeros empiezan a desvelarnos es para ponerle los pelos de punta al más pintado. Se trabaja nada menos que con la hipótesis de que fuera la ETA la responsable última del atentado, en la que el explosivo fue facilitado efectivamente por la trama asturiana, y se utilizara a unos moros con la doble función de atrezzo y de cabezas de turco. Y el foco se va dirigiendo lentamente hacia el PSOE.

Hay otra pregunta, no menos inquietante que todas las que se puedan hacer del 11-M: ¿se estaba enterando Ángel Acebes de lo que pasaba en su Ministerio siquiera un mes antes del horrible atentado? Lealtades vendidas y/o conservadas para Rafael Vera, que sin duda estaba mejor informado que el propio ministro… el despachiyo de Extremadura… eso es algo que también se ha de investigar.

Mira que si esto fuese verdad…

Programas del corazón

Es un hecho que repasando las parrillas de programación de cualquier cadena generalista, uno advierte que los programas del corazón ocupan buena parte de esa parrilla. Programas de «testimonios», de «interés humano» o simplemente «de petardeo», a los que buena parte de los españoles, sin importar sexo (es falso que sólo los ven las mujeres, por más que sean el colectivo más numeroso), edad o condición social, se apuntan alegre y silenciosamente. Programas cuyo share se vería notablemente disminuido si en algunas Comunidades se dejara de ver la televisión siquiera durante una semana.

Tal vez coincidiríamos con Fernando Díaz-Plaja en que la existencia de esos programas tiene en España una justificación muy sencilla: el saludable cultivo de la inmensa Envidia española, que creíamos adormecida con la transición, el «consenso», el «cambio», el «con mi puedo y con tu quiero vamos juntos, compañero»… Pues no. Y además hay programas que parecen cortados a medida con ese único, simple y perverso propósito…

Con Juan hablé mal de Pablo,
con éste hablé mal de Juan;
sábenlo y conmigo están
por esto dados al diablo.
Con gusto Pablo me oía,
Con gusto Juan me escuchaba
Y uno y otro me incitaba;
¿en qué, pues, les ofendía?
(Juan Pablo Forner, 1756-1797)

Como era de esperar, no hemos cambiado nada en doscientos años (ni en cuarenta, desde luego).
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La Imagen Reflejada

El Patito se vió reflejado en el agua, y la imagen que ésta le devolvía le cautivó por su hermosura: era un magnífico Cisne

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