Tiranías buenas y malas


En mis mocedades, hace ya tantos años, me tropecé con este libro, martillo de escritores herejes y luz y guía de almas que no deseaban salirse de la via ad caelos. Era el tal libro la obra del resfriado ingenio del jesuita que lo firma y en el cual se pueden leer parabienes y anatemas según fuese el color del libro recensionado (plenamente recomendable por su visión amable, inocuo o directamente condenable dado su anticlericalismo). Libros como éste, émulos del Index, son afortunadamente en nuestros días una reliquia; pues acaso ustedes puedan pedir consejo a alguien formado respecto de determinados libros, pero jamás permitir que ese alguien se convierta en luz de su conciencia de ustedes.

Les cuento este detalle porque estos días he tenido una desagradable sensación de dejà vu. Los vientos de libertad que comentábamos hace unos pocos posts se han convertido en un ardiente siroco que barre de punta a punta el Magreb: Túnez, Egipto, Libia… y parece que en Marruecos también empiezan a sentirse dichos efectos. Se habla incluso de la posibilidad de participar en una acción militar en suelo libio. Se me ocurren varias ideas, que paso a exponer a ustedes brevemente.

En primer lugar, esos vientos de libertad han soplado donde menos lo esperaríamos: en las aparentemente inmovilistas sociedades de inspiración musulmana. Egipcios, libios y tunecinos han demostrado que para lograr el cambio y cuando no hay más remedio, hay que luchar. No se sabe qué saldrá de todo esto, pero por lo menos están en movimiento. Desde Europa se contempla con escepticismo, como siempre.

¿Qué tienen en común esos tres países? Aparte de ser todos ellos dictaduras, explícitas (Libia) o implícitas (Egipto y Túnez), uno de los puntos en común es su socialismo islámico. «Socialismo» que, de golpe y porrazo, ha desaparecido de los medios de comunicación. Ahora el «coronel» Gadafi ya no es un «líder socialista libio», sino un «tirano libio». Al parecer, todos aquellos que disfrutaron de las jaimas de Gadafi se han apresurado a tildarlo de tirano y de dictador, cuando no a silenciar el detalle para que no salgan retratados. Y, naturalmente, a expulsarlos de la Internacional Socialista. «Le dijo la sartén al cazo: “Quítate, que me tiznas”».

Pero vean ustedes cómo antes, la impresión que se tenía del régimen libio era como de una dictadura, «pero no tan mala como una de derechas» (pongamos por caso, la de Pinochet o la siempre presente dictadura franquista). Ésas sí que son malas malísimas. No hay nada que decir de las dictaduras de izquierda pura, como la soviética o la cubana (que es lo mismo que la soviética pero a ritmo sabrosón), hasta tal punto que los irredentos progres tienen dificultades para condenarlas. Sin olvidar que en esos deleznables manuales de EpC se observa el mismo patrón: el comunismo era una dictadura, «pero no tan mala como el franquismo». Claro que a los chavales nadie les menciona el detalle de que en poco más de 75 años han causado 100 millones de muertos. Lo que importa es el eslogan, la foto, la propaganda, en suma.

De forma que ahora resulta que, según la vara progre de medir, el régimen venezolano es «bueno» y el de Alemania, dirigido por la fracasada
Merkel es «malo malísimo» (a pesar de que nos dictan la política económica y casi han salido de la crisis, con un índice de paro descendente y nuestros mejores cachorros yéndose para allá en busca de pastos más verdes).

Adoctrinamiento, adoctrinamiento puro y duro. Y dejà vu.

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Gotas que me vais dejando...

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